Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1
Part 21
Salí del toldo, entré en la enramada, eché una visual hacia el lado por donde me habían llamado la atención, y viendo que aquél se dirigía á mi rancho, haciendo un rodeo, me apresuré á entrar en él.
Entré luego.
Hice salir á los que estaban dentro; al capitán Rivadavia le ordené que estuviera en acecho de los espías que, según costumbre, debían observar mis movimientos y escuchar mis conversaciones; y á otro oficial, que con todo disimulo se acercara á Camilo y le dijera que podía entrar.
Mi fiel y adicto compañero de tantas correrías por la frontera no se hizo esperar.
Según mis instrucciones, no se me había acercado desde el día que llegamos á Leubucó.
Algo grave, alarmante ó que convenía que yo no ignorase acontecía, cuando se me presentaba.
Él no era hombre de alarmarse, ni de faltar á su consigna sin razón. Tenía toda la sangre fría, toda la astucia, toda la experiencia del mundo, que tan prematuramente adquieren nuestros paisanos; son condiciones características en ellos, que la vida errante y azarosa que llevan desarrolla en sumo grado.
Es cosa que pasma verlos desde chiquitos cruzar los campos solos, á toda hora del día y de la noche, en un mancarrón ó picando una carreta; alejarse de las casas ó de las poblaciones, á bolear avestruces, guanacos ó gamas, á _peludear_ ó _quirquinchar_, dormir entre las pajas, desafiar las intemperies, casi desnudos, con el caballo de la rienda, y precaverse contra todas eventualidades, de los indios, de los cuatreros, de los ladrones.
Apenas entró Camilo en el rancho, le pregunté:
--¿Qué hay?
Miró á su alrededor, se cercioró de que no había nadie, y dudando aun del testimonio de sus sentidos, se me acercó al oído y me dijo:
--El indio Blanco ha venido.
--¿Y qué?...--le contesté encogiéndome de hombros.
--Está en una pulpería y dice que si Mariano Rosas ha hecho la paz, él no la ha hecho.
--¿Y quién está con él?
--Varios indios y cristianos.
--¿Y qué dicen?
--Lo mismo que él, que si Mariano Rosas ha hecho la paz, ellos no la han hecho.
--¿Nada más dicen?
--Sí, dicen más; dicen que ya lo veremos.
--¿Y cómo lo has sabido?
--Haciéndome el zonzo, el que no entendía, me allegué á ellos, y como algo entiendo su lengua he comprendido todo.
--Bien, retírate, cuidado esta noche con los caballos.
--No hay cuidado, señor.
Se marchó, y me quedé pensando qué haría. Después de un momento de reflexión, resolví decirle á Mariano Rosas lo que ocurría.
Llamé al capitán Rivadavia y le ordené que le anunciara mi visita.
Me contestó que podía ir cuando gustase.
Volví á su toldo, despidió á las visitas, y cuando nos quedamos solos le referí el caso.
Por más que quiso disimular, le conocí que la conducta del indio Blanco le irritaba, porque desconocía su autoridad.
--No tenga cuidado, hermano--me dijo, y mandó á uno de sus hijos que llamara á Camargo.
Mientras éste vino, me enteró de algunas costumbres de su tierra.
--Hermano--me dijo, más ó menos,--aquí á mi toldo puede entrar á la hora que guste, con confianza, de día ó de noche es lo mismo. Está en su casa. Los indios somos gente franca y sencilla, no hacemos ceremonia con los amigos, damos lo que tenemos, y cuando no tenemos pedimos.
No sabemos trabajar, porque no nos han enseñado. Si fuéramos como los cristianos, seríamos ricos, pero no somos como ellos y somos pobres. Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo de un techo que como vivo, sino porque, ¿qué dirían los que no tuviesen las mismas comodidades que yo? Que ya no vivía como vivió mi padre, que me había hecho hombre delicado, que soy un flojo.
Era excusado refutar estas razones; me limitaba á escuchar con atención y manifiesto interés.
Siguió hablando y me explicó, que entre los indios no existe la prostitución de la mujer soltera. Ésta se entrega al hombre de su predilección. El que quiere penetrar en un toldo de noche, se acerca á la cama de la china que le gusta y le habla.
Ni el padre, ni la madre, ni los hermanos le dicen una palabra. No es asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede, no se deshonra, no es criticada, ni mal mirada. Al contrario, es una prueba de que algo vale; de otra manera no la habrían solicitado, ó _cancaneado_.
En lengua araucana, el acto de penetrar en un toldo á deshoras de la noche se llama _cancanear_ y _cancán_ equivale á seducción.
Los filólogos franceses pueden averiguar si estos vocablos se los han tomado los indios á los galos ó éstos á los indios.
Yo sólo sé decir que es muy curioso que entre indios y franceses _cancanear_ y _cancán_, respondan á ideas que se relacionan con Cupido y sus tentaciones.
Como se ve, la mujer soltera es libre como los pájaros para los placeres del amor entre los indios.
¿Se creerá por esto que la licencia es general entre ellos, que los Lovelace abundan y que no hay más que fijarse en una china para exclamar después: _fuí, vi y vencí_?
No tal.
La libertad es un correctivo en todo. Como la lanza del guerrero antiguo, ella cura las mismas heridas que hace. Esta verdad es vieja en el mundo.
La libertad trae la licencia, pero la licencia tiene su antídoto en la licencia misma.
En cuanto á la libertad de la mujer, esta observación social ha sido hecha ya no recuerdo por quien.
Las francesas se casan para ser libres; las inglesas para dejar de serlo. ¿Cuáles son los efectos? Que en Francia es mayor el número de mujeres solteras seducidas y en Inglaterra el de casadas.
Y, por regla general, los predestinados del matrimonio son los celosos. ¿Por qué? porque el pudor es el mayor cancerbero de la mujer.
¿Existe el pudor entre las indias? se me preguntará quizá mañana por algunos curiosos.
Para ahorrarme contestaciones, anticiparé que en todas partes del mundo, así entre los pueblos civilizados, como entre las tribus salvajes más atrasadas, la mujer tiene el instinto de saber que el pudor aumenta el misterio del amor.
De lo contrario, sería cosa de hacerse uno indio mañana mismo, de renunciar á la seguridad de las fronteras y dejarnos conquistar por las Ranqueles.
Al lado de la mujer soltera, la mujer casada es una esclava, entre los indios.
La mujer soltera tiene una gran libertad de acción; sale cuando quiere, va donde quiere, habla con quien quiere, hace lo que quiere.
La mujer casada, depende de su marido para todo.
Nada puede hacer sin permiso de éste.
Tiene sobre ella derecho de vida ó muerte.
Por una simple sospecha, por haberla visto hablando con otro hombre, puede matarla.
¡Así son de desgraciadas!
Y tanto más cuanto que quieran ó no, tienen que casarse con quien las pueda comprar.
Hay tres modos de casarse.
El primero es como en todas partes. Con consentimiento de los padres y por amor, con el apéndice de que hay que pagarles á aquéllos. En este caso, si después de casada una china, se le escapa al marido y se refugia en casa de sus padres, el tonto que se casó por amor, pierde mujer y cuanto por ella dió.
El segundo, consiste en rodear el toldo de la china que se quiere, acompañado de varios y en arrancarla á viva fuerza, con el beneplácito y ayuda de sus padres. En este otro caso, también hay que pagar; pero más que en el anterior. Si la mujer huye después y se refugia en el toldo paterno, hay que entregarla.
El tercero, es parecido al anterior; se rodea el toldo de la china, con el mayor número de amigos posible, y quiera ella ó no, quieran los padres ó no, se la arranca á viva fuerza. Pero en este caso hay que pagar mucho más que en el otro. Si la mujer huye después y se refugia en el toldo paterno, la entregan ó no. Si no la entregan los padres, en uso de su derecho, el marido pierde lo que pagó. Y el loco que se casó á la fuerza, por la pena es cuerdo.
No están tan mal las cosas dispuestas entre los indios; el amor y la violencia exponen á iguales riesgos.
Un indio puede casarse con dos ó más mujeres; generalmente no tienen más que una, porque casarse es negocio serio, cuesta mucha plata.
Hay que tener muchos amigos que presten las prendas que deben darse en el primer caso, y en el segundo y tercero las prendas y el auxilio de la fuerza.
Sólo los caciques y los capitanejos tienen más de una mujer.
La más antigua es la que regenta el toldo; las demás tienen que obedecerle, aunque hay siempre una favorita que se substrae á su dominio.
Las viudas representan un gran papel entre los indios cuando son hermosas.
Son tan libres como las solteras en un sentido, en otro más, porque nadie puede obligarlas á casarse, ni robarlas.
De manera, que las tales viudas, lo mismo entre los indios que entre los cristianos, son las criaturas más felices del mundo.
Con razón hay mujeres que corren el riesgo de casarse á ver si enviudan.
El cacique Epumer está casado con una viuda y no tiene más que una mujer.
Yo la encontré muy hermosa[6] é interesante, y en una visita que la hice me recibió con suma amabilidad y gracia.
Es una india cuyo porte y aseo sorprenden.
¡Viuda había de ser la que lograse dominar á un hombre como Epumer, bravío, impetuoso, tremendo!
Terminaba Mariano Rosas sus lecciones ranquelinas, cuando llegó su hijo con Camargo.
--Teniente--le dijo,--vaya, dígale á Epumer que he sabido que Blanco ha llegado y que anda hablando lo que no debe; que lo cite para la junta que debe haber, y que si no calla ya sabe.
Este _ya sabe_ quería decir que lo matasen si era necesario, si no obedecía.
Camargo obedeció y salió, volviendo al rato con la contestación de Epumer.
Decía éste, que ya había sabido lo que andaba hablando Blanco y que le había hecho decir que se moderase.
Oyendo esto Mariano, me dijo:
--Ya ve, hermano, cómo no hay cuidado. No haga caso de ese indio. Yo he de hacer que se someta, y de no, que se vaya. Cuando oyó decir que nos iban á invadir, dejó el «Cuero» y sin mi permiso se fué para Chile con cuanto tenía. Y ahora que sabe que estamos de paz, que no hay temor de que nos invadan, vuelve. Ése es amigo para los buenos tiempos. No ha de hacer nada, es pura boca.
Camargo confirmó todo cuanto dijo Mariano y agregó algunas observaciones muy de gaucho, como por ejemplo: yo sé dónde ese indio pícaro tiene la vida.
En estas pláticas estábamos y la hora de comer se acercaba, cuando entrando el capitán Rivadavia, me dijo que me esperaban con la comida pronta.
Saqué el reloj, y haciéndoselo ver á Mariano, dije:
--Las cuatro.
El indio lo miró, como dándome á entender que estaba familiarizado con el objeto y me dijo:
--Muy bueno, yo tengo uno de plata. Pero no lo uso. Aquí no hay necesidad.
--Es verdad--le contesté.
Y él repuso:
--Vaya, no más, hermano, á comer, ya es un poco tarde.
Salí, pues, nuevamente del toldo, comí, y al entrarse el sol, volví á la enramada.
Mariano estaba sentado con unos cuantos indios medio _achumado_ con ellos.
Me ofrecieron asiento, lo acepté.
Bebían aguardiente.
Me hicieron un _yapaí_, acepté.
Me hicieron otro, acepté.
Me hicieron otro, acepté.
Felizmente para mis entrañas, la copa en que echaban el aguardiente era un cuerno muy pequeñito, y la botella de aguardiente estaba ya por acabarse en los momentos que llegué.
Mariano se había quedado meditabundo con la vista fija en el suelo.
Los otros indios se iban durmiendo.
Yo me engolfaba no sé en qué pensamientos, cuando un hombre de _mi séquito_ se presentó, manteniendo el equilibrio con dificultad y teniendo un cuchillo en una mano y una botella de aguardiente en la otra.
Al verle, la cólera paralizó la circulación de mi sangre.
--¡Retírate, Rufino!--le grité.
No me obedeció y siguió avanzando.
--¡Retírate!--volví á gritarle con más fuerza.
No me obedeció tampoco y siguió avanzando, y ofreciéndole la botella á Mariano Rosas, le dijo:
--Tome, mi General.
Mariano la tomó.
Se la quité. Aquel momento era decisivo para mí. Si me dejaba faltar al respeto por uno de mis mismos soldados era hombre perdido.
Y quitándosela, eché mano al puñal y gritándole al gaucho, _¡retírate!_ con más fuerza que antes, me abalancé sobre él, saltando por sobre varios indios.
Rufino obedeció entonces y huyó. Volví sobre mis pasos y me senté agitadísimo; la bilis me ahogaba.
Mariano, que no se había movido de su sitio, me dijo con estudiosa calma y siniestra expresión:
--Aquí somos todos iguales, hermano.
--No, hermano--le contesté.--Usted será igual á sus indios. Yo no soy igual á mis soldados. Ese pícaro me ha faltado al respeto, viniendo ebrio adonde yo estoy y negándose á obedecerme á la primera intimación de que se retirara. Aquí más que en ninguna parte me deben respetar los míos.
El indio frunció el ceño, tomando su fisonomía una expresión en la que me pareció leer: este hombre es audaz.
Yo no calculé el efecto, aunque comprendí que si me dejaba dominar por el borracho me desprestigiaba á los ojos de aquel bárbaro.
Nos quedamos en silencio un largo rato.
Ni él ni yo queríamos hablar.
Él murmuró de nuevo: «aquí todos somos iguales».
Mi contestación fué, viendo que Rufino armaba un alboroto en el fogón de mis asistentes, gritar, fingiéndome furioso, porque había recobrado la serenidad:
--Pónganle una mordaza.
El indio arrugó más la frente. Yo hice lo mismo y permanecimos mudos.
Miguelito nos sacó del abismo de nuestras reflexiones.
Venía á interceder por Rufino, ofreciéndome cuidarle él mismo.
Me pareció oportuno ceder.
--Llévalo--le dije.--¡Pero cuidado!
Rufino oyó y contestó: no hay cuidado, mi Coronel, y comenzó á dar vivas al coronel Mansilla.
Le hice señas con el dedo que callara, obedeció.
Un momento después oíase en un toldo vecino, en el que había una pulpería, su voz tonante.
Mariano me dijo:
--Están alegres los mozos.
--Sí--le contesté secamente,--y dándole las buenas tardes, le dejé solo.
La noche se acercaba, lo mandé traer á Rufino y le hice acostar á dormir.
Rufino tiene una historia.
Es un tipo de gaucho malo.
NOTAS:
[5] Esta carta será mejor que no la lean las señoras.
[6] Con permiso de los que pretenden que los gustos se pueden discutir.
XXXVII
El fogón al amanecer.--Quién era Rufino Pereira.--Su vida y compromisos conmigo.--Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.
Dormí muy bien sin que nadie ni nada me interrumpiera.
El hombre se aviene á todo.
Mi cama desigual y dura, me pareció de plumas.
Si no me hubieran faltado algunas cobijas, podría decir que pasé una noche deliciosa.
Me levanté con el lucero del alba, gritando:
--¡Fuego! ¡fuego!
En un abrir y cerrar de ojos hice mi _toilette_, á la luz de un candil.
Salí del rancho.
El fogón ardía ya y el agua hervía en la caldera.
Me puse á _matear_, divirtiéndome en escuchar los dicharachos y los cuentos de los soldados.
Cada uno tenía una anécdota que referir.
Á todos les había pasado algo con los indios.
El uno había tenido que dar hasta los cigarros; el otro las botas; éste el poncho; aquél la camisa.
Sólo un mendocino, muy agarrado, había tenido el talento de hacerse sordo y mudo. Los pedigüeños no habían podido con él.
Mientras amanecía, me puse á hacerles un curso sobre la conducta y el porte que debían observar; sobre los inconvenientes de que no fuesen moderados, de que no cuidasen y respetasen á sus superiores más que nunca.
Comprendían perfectamente mis razones, y las escuchaban con religiosa atención.
Á Rufino le eché un sermón con aspereza.
Este Rufino era un gaucho de Villanueva, con quien nadie podía.
Azote de los campos, le tomaron y le destinaron al 12 de línea, junto con otros de su jaez, haciéndome el Comandante militar las mayores recomendaciones, previniéndome que tuviera con él muchísimo cuidado, porque era un hombre de avería.
Comprendiendo que en el batallón 12 de línea sería un mal elemento, á los tres días de destinado lo hice venir á mi presencia.
Le habían cortado su larga cabellera, le habían encasquetado ya el kepis, plantificado la chaquetilla y la bombacha.
El gaucho había desaparecido bajo el exterior del recluta.
Era un hombre alto, fornido, de grandes ojos negros, de fisonomía expresiva, de mirada inquieta, de movimientos fáciles, de aspecto resuelto, en suma.
Entablé con él el siguiente diálogo:
--¿Cómo te llamas?
--Rufino Pereira.
--¿De dónde eres?
--No sé.
--¿Dónde has nacido?
--No sé.
--¿Quiénes son tus padres?
--No sé.
--¿En qué trabajabas antes de ser soldado?
--En nada.
--¿Sabes por qué te han destinado?
--No sé.
--Dicen que eres ladrón, cuatrero y asesino.
--Así será.
--¿Pero tú qué crees?
--Yo no soy hombre malo.
--¿Qué eres entonces?
--Soy hombre gaucho.
--Pero, por eso solamente no te han de haber destinado.
--Es que los jueces no me quieren.
--No te habrás querido someter á su autoridad.
--No me ha gustado ser soldado; cuando he sabido que me buscaban, he andado á monte. He peleado algunas veces con la partida, y la he corrido.
--¿Eso es todo lo que has hecho?
--Todo.
--Pero me has dicho que no trabajabas en nada, y para vivir sin hacer daño al prójimo es menester trabajar en algo. Te vuelvo á preguntar, ¿de qué vivías?
--Soy jugador.
--¿Pero cómo es posible que digan que eres ladrón, cuatrero y asesino, si no lo eres?
--Me han achacado las cosas de otros compañeros que no he querido delatar, y dirán que soy asesino, porque les he dado algunos tajos á los de la partida.
--¿Quieres que hagamos un trato?
--Como usted quiera, Coronel.
--¿Tienes palabra?
--Sí, señor.
--¿Tienes honor?
Rufino no contestó.
--¿Sabes lo que es el honor?
Volvió á guardar silencio.
--El honor consiste en cumplir uno siempre su palabra, aunque le cueste la vida. ¿Me entiendes ahora?
--Sí, Coronel.
--Bien, vas á ser mi asistente, vas á cuidar mis caballos, vas á ser mi hombre de confianza, y ahora mismo te voy á hacer poner en libertad.
El gaucho no contestó una palabra.
--¿Te animas á servirme bien? Yo no puedo darte la baja. Tienes que ser soldado; te ayudaré en tus necesidades. ¿Qué te parece? ¿Te animas?
--Sí, mi Coronel.
Sólo entonces el gaucho me dijo al contestarme: _mi Coronel_.
Di las órdenes en el cuerpo, y al rato andaba Rufino por Villanueva, como uno de tantos militares.
Vinieron á avisarme que se había desertado, y expliqué lo que había.
Me aseguraron que se iría, y contesté que lo dudaba.
Yo decía para mis adentros:
--Si el bandido se va, porque tiene la libertad de hacerlo, se irá solo, no llevará otros consigo.
Yo vivía en la casa de Belzor Moyano.
Allí vivía él.
Todo el mundo estaba asombrado, tal era el terror que Rufino Pereira inspiraba.
Una mañana estaba él en el zaguán, mientras yo hablaba en la puerta de la calle con un sargento de la partida de Policía.
Entré con el sargento á mi cuarto, que tenía puerta al zaguán, y detrás de mí, sin que yo lo viera, entró Rufino.
Cuando me apercibí de su presencia, estaba sentado en una silla.
--¿Por qué no se acuesta, amigo, en la cama--le dije,--con confianza?
Al oir esta irónica insinuación se puso de pie.
--Hola--le dije,--¿conque sabías que no debías sentarte delante de tu jefe, ni entrar cuando él no te llamara?
Y esto diciendo le saqué de allí á fuertes empellones.
El gaucho hizo pie y se encrespó diciéndome con una tonada la más cordobesa, con tonada de la Sierra:
--¿Y si no sé, por qué no me enseña pues?
--Pues, por esa compadrada, toma--le dije, y le di algo que solemos dar los militares cuando queremos aventar un recluta que no tiene el instinto de la disciplina y del respeto á sus superiores.
Durante algunos días el gaucho anduvo con el ceño fruncido, mirándome de reojo, como viendo el lugar de mi cuerpo que más le convenía para acomodarme una puñalada.
No había más que un solo medio de dominarle; despreciarle é inspirarle confianza plena á la vez.
Llamélo y le dije:
--Mañana, en cuanto salga el lucero, ensillas mi zaino grande, empujas la puerta de mi cuarto, entras despacio, te acercas á mi cama, me llamas, y si no me despierto, me mueves.
Preparé un rollo de cincuenta bolivianos y una carta para el Comandante Racedo, del Batallón 12 de línea, que estaba de allí cinco leguas, diciéndole:
«Eso que lleva Rufino Pereira, es con el objeto de probarle, despáchele sin demora, y anote la hora en que llega y la hora en que sale.»
Yo tengo el sueño sumamente liviano.
Á la hora consabida, sentí que abrían la puerta de mi cuarto; fingí que roncaba. Rufino entró, llegó hasta mi cama, caminando despacito, porque el cuarto estaba completamente á obscuras.
--Mi Coronel--me dijo.--No contesté. Volvió á llamarme. Hice lo mismo. Me llamó por tercera vez. Permanecí mudo. Me tocó y me movió. Sólo entonces, contestando como quien despierta de un sueño profundo:
--¿Quién es?--pregunté.
--Yo soy.
--Busca los fósforos que están ahí, en la silla, al lado de la cabecera, y prende la vela.
Rufino obedeció, y tanteando encontró los fósforos, sacó fuego y se hizo la luz.
Sin incorporarme siquiera metí la mano bajo la cabecera, saqué el rollo de bolivianos y la carta, y dándoselos, le dije:
--¿Sabes dónde queda el arroyo de Cabral?
--Sí, mi Coronel.
--¿Has ensillado el zaino?
--Sí, mi Coronel.
--Llévale eso al Comandante Racedo, y á las doce estás de vuelta. Son diez leguas. No tienes por qué apurarte. No me vayas á sobar el pingo.
--No--contestó. Se cuadró militarmente, hizo la venia, dió media vuelta y salió.
Apagué la luz y me quedé dormido. Me había acostado muy tarde. Esa noche había estado en un baile.
Dormía profundamente, sentí pisadas cerca de mi cama, me desperté, abrí los ojos, miré--Rufino Pereira estaba ahí, de vuelta, alargándome la mano con una carta.
La tomé, rompí la nema y leí.
Racedo me decía: «Entregó todo á las nueve y media y regresa.»
Desde ese día seguí tratando á Rufino Pereira con la mayor confianza, y el gaucho me sirvió en todo honradamente, hasta en cosas reservadas.
Nuestros campos están llenos de Rufinos Pereiras.
La raza de este ser desheredado que se llama _gaucho_, digan lo que quieran, es excelente y como blanda cera, puede ser modelada para el bien; pero falta, triste es decirlo, la protección generosa, el cariño y la benevolencia. El hombre suele ser hijo del rigor, pero inclinado naturalmente al mal, hay que contrariar sus tendencias, despertando en él ideas nobles y elevadas, convenciéndonos de que más se hace con miel que con hiel.
Durante dos años, Rufino, el gaucho malo de Villanueva, el bandido famoso, temido por todos, acusado de todo linaje de iniquidades--sólo cometió un desliz,--el que le hizo presentarse ebrio delante de Mariano Rosas y de mí.
Fiel á mi regla de conducta, á mis propósitos y á mis convicciones arraigadas, por el estudio que he hecho del corazón, de la humanidad, después del reto le di al gaucho una porción de consejos útiles, exhortándolo con cariño á que no los echase en saco roto.
Me prometió no volver á incurrir en la falta cometida, y lo cumplió.
El licor se le iba á la cabeza fácilmente. Mientras estuvimos entre los indios no volvió á beber.
El disco de fuego del sol, resplandeciendo en el horizonte, lo teñía con ricos colores de púrpura y mieles.
Hacía un rato que había amanecido.
Resolví irme á bañar al jagüel. Me puse de pie, abandoné el fogón y tomé el camino del baño.
Había andado unos pocos pasos, cuando me encontré con Mariano Rosas. Venía del jagüel, sus mojadas melenas y la frescura de su tez lo revelaban.
Nos saludamos con cariño.
--Voy á bañarme, hermano--le dije.
--Yo acabo de hacer lo mismo--me contestó,--y ahora voy á varear mi caballo.
Marchamos en opuesto rumbo.
Yo regresaba del baño y él regresaba con su caballo cubierto de espumoso sudor.
Llegó, se apeó, lo desensilló, lo soltó y ensilló otro que estaba atado al palenque. Terminada la operación le puso el freno y lo volvió á atar de la rienda.
Los indios hacen esta operación todas las mañanas.