Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1
Part 20
Vi entrar de nuevo la luz del alba en el rancho. Después sentí frío. Caminaba á la par de otra persona que con cariño me sustentaba.
Me quedé dormido.
Al rato me desperté al lado de un gran fogón.
En torno de él estaban tres mujeres y tres hombres, cristianos todos. Me habían hecho una cama con jergas y cueros. Á mi lado estaba una china.
--¿Qué quiere tomar--me dijo,--mate ó café?
Fijé con agradecimiento los ojos en ella y reconocí á mi comadre Carmen.
--Café, comadre--le contesté.
Y mientras lo preparaba, contóme que cuando me separé de Mariano Rosas, ella estaba en la enramada, despierta por si algo necesitaba; que se deslizó entre las sombras de la noche, ayudándole á Miguelito á llevarme á mi rancho; que al salir, varios indios habían acudido á preguntar por mí; que fingiendo voz de cristiano les había contestado que no estaba; y que para que no me incomodaran y me dejaran descansar, me había llevado á un toldo vecino en el que habitaban puros cristianos.
Me puse á tomar café. Gradualmente fueron desapareciendo los efectos narcóticos del aguardiente. La aurora, color de rosa, entraba con sus rayos de fuego por entre las rendijas del toldo. Cantaban los gallos, cacareaban las gallinas, relinchaban los caballos, bramaban los toros, oíase el balido de las ovejas, agitábase todo al despertar de la Naturaleza.
Vibraron las notas de un mal tocado acordeón, y una voz que me hizo crispar los nervios, entonó unas coplas:
Señor Coronel Mansilla Permítame que le cante
Iba á tronar contra el negro, porque era él en cuerpo y alma el de la música, cuando entró en el toldo, y plegando su instrumento y sellando sus labios, interrumpió las coplas para decirme:
--Buenos días, mi amo, ¿su mercé ha pasado bien la noche?
Me pareció mejor írmele á las buenas, y así le contesté:
--Muy bien, hombre, gracias, siéntate. Pero con la condición que no has de tocar tu maldito acordeón, ni has de cantar. Ya estoy harto.
Sentóse.
Le pasaron un mate, y entre chupada y chupada, me refirió su vida en cuatro palabras.
--Mi amo, me dijo, yo soy federal. Cuando cayó nuestro padre Rosas, que nos dió la libertad á los negros, estaba de baja. Me hicieron veterano otra vez. Estuve en el Azul con el General Rivas. De allí me deserté y me vine para acá. Y no he de salir de aquí hasta que no venga el Restaurador, que ha de ser pronto, porque don Juan Saa nos ha escrito que él lo va á mandar buscar. Yo he sido de los negros de Ravelo.
Y aquí interrumpió la historia de su vida, entonando, ó mejor dicho, desentonando, esta canción:
Que viva la patria Libre de cadenas. Y viva el gran Rosas Para defenderla.
Le atajé el resuello, diciéndole:
--Hombre, ya te he dicho que no quiero oirte cantar.
Callóse, y mirándome con cierta desconfianza me preguntó:
--¿Usted es sobrino de Rosas?
--Sí.
--¿Federal?
--No.
--¿Salvaje?
--No.
--¿Y entonces, qué es?
--¡Qué te importa!
El negro frunció la frente, y con voz y aire irrespetuoso:
--No me trate mal porque soy negro y pobre, me dijo:
--No seas insolente--le contesté.
--Aquí todos somos iguales, repuso, agregando algo indecente.
Agarré una astilla de leña enorme, levanté el brazo, y diciéndole: ahora verás,--iba á darle un garrotazo, cuando mi comadre Carmen me contuvo, diciéndome:
--No le haga caso, compadre, á ese negro borracho.
Dirigióse á él hablándole en araucano, y el negro, que se había puesto de pie, volvió á sentarse, diciéndome:
--Dispense, su mercé.
--¡Estás dispensado--le contesté,--pero cuidado con volver á tratarme como me has tratado!
Intentó desplegar su acordeón. Era en vano. Me hacía el efecto de una lima de acero, que raspa los dientes.
Tuvo que renunciar á su pasión filarmónica. Tomó la palabra, y siguió hablando de sus opiniones políticas, y de las delicias de aquella tierra.
--Aquí hay de todo, mi Coronel, me decía. Al que es hombre de bien, lo tratan bien, y al que es pícaro, el General Mariano lo castiga, haciéndole trabajar en las obras públicas.
Solté una carcajada amplia é ingenua.
--¿Las obras públicas?
--Sí, mi amo.
--¿Y qué obras públicas son ésas?
--¡Ahhhhh! los corrales del General.
En este momento entró, refregándose los ojos, el padre Marcos, atraído por la lumbre de nuestro hermoso fogón, buscando agua caliente para tomar un jarro de té.
Sentóse en la rueda el buen franciscano y siguió la charla, sazonándola el negro con algunas agudezas, y rogándome de vez en cuando que le dejara tocar su acordeón.
--No, no, le decía yo, prefiero oir un cuerno á tu acordeón.
Su aire favorito era el muy popular de _arrincónemela_[4], y esta tocata, recordándome á Buenos Aires, me entristecía.
Suplicaba.
Decididamente, el acordeón era para él una necesidad--como el violín para Paganini,--el piano, para Gottschalk.
Yo me negaba inflexiblemente.
Y no sólo me negaba á que luciera su habilidad, sino que le amenazaba con hacerle perder la gracia de Mariano Rosas, si no tenía juicio, mandándole á éste á mi regreso al Río 4.º, un organito de resorte.
--Entonces--le decía,--ya no serás un hombre necesario aquí.
Salió el sol; tenía necesidad de refrescar mi cuerpo. Recuerda, Santiago amigo, que no he dormido ni me he lavado, desde que estábamos en Calcumuleu.
Pregunté si no había por allí cerca dónde bañarse.
Me dijeron que sí, que á veinte cuadras de distancia había un gran jagüel, con piso de tosca, donde se bañaban de madrugada las chinas de Mariano y él mismo.
Le pedí á un cristiano que me lo enseñara.
Llamé á un asistente, hice traer un caballo, abandoné el fogón, salté en pelo y de una sentada estuve en el baño.
Hacía un frío glacial. Manuel Gazcón, que es un pato, un hidrópata por estudio y por convicción, se habría deleitado allí.
Las abluciones despejaron mis sentidos y retemplaron mi cuerpo, borrando hasta los rastros de la mala noche. Me sentí otro hombre.
Hice que mi asistente se bañara, y mientras él tiritaba de frío, dando diente con diente, por la falta de costumbre de zambullirse en el agua con el alba, yo me paseaba á largos trancos por la blanda arena, provocando la reacción. Se produjo, monté á caballo y tomé el camino de los toldos.
De regreso vi mucha gente, y una gran polvareda cerca de la orilla del monte. Corrían dentro de un corral. Cambié de dirección y fuí á ver qué hacían.
Habían enlazado una vaca gorda y se disponían á carnearla.
Mariano Rosas estaba allí, fresco como una lechuga. Se había bañado primero que yo. Nadie que no estuviera en el secreto habría sospechado la noche que había pasado. Los estragos hechos en su cuerpo por el aguardiente se descubrían, sin embargo, en la depresión de los párpados inferiores, cuyo tinte era violáceo.
En el instante de acercarme al corral, revoleaba el lazo para echar un piale. Lo recogió, y viniendo á mí con el mayor cariño y cortesía, me estiró la mano y me dió los buenos días, preguntándome cómo había pasado la noche, que si no me había incomodado.
Estuve tan galante y afectuoso como él.
--Esa vaca gorda es para usted, hermano--me dijo.
Y súbito, revoleó el lazo y echó un piale maestro, y volviéndose á mí, haciendo pie con una destreza admirable, me dijo:
--Esto se lo debo á su tío, hermano.
Enlazada y pialada la res, cayó en tierra.
Creí que iban á matarla como lo hacemos los cristianos, clavándole primero el cuchillo repetidas veces en el pecho, y degollándola en medio de bramidos desgarradores que hacen estremecer la tierra.
Hicieron otra cosa.
Un indio le dió un bolazo en la frente dejándola sin sentido.
En seguida la degollaron.
--¿Para qué es ese bolazo, hermano?--le pregunté á Mariano.
--Para que no brame, hermano--me contestó. ¿No ve que da lástima matarla así?
Que la civilización haga sus comentarios y se conteste á sí misma, si bárbaros que tienen el sentimiento de la bondad para con los animales sean susceptibles ó no de una generosa redención.
Degollada la res, la abandonaron á las chinas. Ellas la desollaron, la descuartizaron y la despostaron, recogiendo hasta la sangre.
Mariano Rosas y yo nos volvimos juntos á su toldo, conversando por el camino como dos viejos camaradas.
Ni él, ni yo hicimos mención para nada de las escenas de la noche anterior.
Mariano montaba un caballo obscuro de su predilección, aperado con sencillez.
Era un animal vigoroso. Tenía la marca del General don Ángel Pacheco.
Llegamos á su toldo. Nos apeamos, nos sentamos, y poco á poco comenzaron á llegar visitas, entrando y saliendo las gentes de la casa. Yo era objeto de todo género de atenciones. Me cebaron mate, me sirvieron un churrasco gordo, suculento, chorreando sangre, á la inglesa.
Me lo comí todo entero, quemándome los dedos y chupándomelos después, como se estila en esta tierra. Donde no hay manteles ni servilletas, ¿qué otra cosa se ha de hacer?
Mariano me pidió permiso para dejarme solo un momento. Salió, desensilló el obscuro, lo soltó, ensilló un moro, y lo ató de la rienda en el palenque. Dió algunas órdenes y volvió á la enramada sobando una manea.
--Hermano--me dijo,--á mí me gusta hacer yo mismo mis cosas. Así salen mejor. Mi apero no lo maneja nadie, ni mis caballos tampoco. Mi padrino era lo mismo cuando yo lo conocí. Á Dios gracias, soy hombre sano.
Después de esto cambiamos algunas palabras sin interés. Por último me ofreció presentarme su familia.
Mañana estaremos de recepción.
NOTAS:
[4] La había sacado de oído oyéndosela tocar en la guitarra á un desertor.
XXXV
El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada.--Preparativos para recibirme.--Un bufón de Leubucó.--De visita.--Descripción de un toldo.--La mesa.--El indio y el gaucho.--Paralelo afligente.--Reflexiones.--La comida.--Un incidente gaucho.
La puerta del toldo de Mariano Rosas caía á la enramada.
Varias chinas y cautivas lo barrían con escobas de biznaga, regaban el suelo arrojando en él jarros de agua, que sacaban con una mano de un gran tiesto de madera que sostenían con otra; colocaban á derecha é izquierda asientos de cueros negros de carnero, muy lanudos, ponían todo en orden, haciendo líos de los aperos, tendiendo las camas, colgando en ganchos de madera, hechos de horquetas de chañar, lazos, bolas, riendas, maneadores y bozales.
Una cuadrilla de indiecitos sacaba en cueros, arrastrados mediante una soga de lo mismo, los montones de basura é inmundicia que las chinas y cautivas iban haciendo en simetría, revelando que aquella operación era hecha con frecuencia.
Un grupo de chinas de varias edades se peinaba con escobitas de paja brava, arreglando sus largos y lustrosos cabellos en dos trenzas de á tres gruesas guedejas cada una que remataban en una cinta pampa, y, para ajustarlas y alisarlas mejor, las humedecían con saliva, se pintaban unas á las otras con carmín en polvo, los labios y los pómulos, se sombreaban los párpados y se ponían lunarcitos negros con el barro consabido; se ponían zarcillos, brazaletes, collares, se ceñían el cuerpo bien con una ancha faja de vivos colores, y por último, se miraban en espejitos redondos de plomo de dos tapas, de unos que todo el mundo habrá visto en nuestros almacenes.
Yo veía todos estos preparativos, echando miradas furtivas al interior del toldo.
El negro del acordeón se presentó con su instrumento en mano. Estaban identificados por lo visto, no podían separarse; sin negro no había acordeón, sin acordeón no había negro.
Preludió un airecito y entonó unas coplas de su invención.
También era poeta, ya lo previne, aunque haciendo constar que sus baladas no recordaban las de Tirteo.
«Señor don Mariano Rosas La familia ya lo espera.»
Cantó el maestro de ceremonias de Leubucó, fiel judío de la política, resuelto á esperar allí hasta la consumación de sus días la venida del Mesías--el regreso del Restaurador.
Mariano le miró con esa cara benévola, con esa sonrisa afectuosa con que los hombres ensoberbecidos por el poder miran á sus palaciegos y aduladores.
El negro que conocía su posición, hizo algunas piruetas y danzó.
Parecía un sátiro.
Tenía la mota parada como cuernos, los ojos saltados enrojecidos por el alcohol, unas narices anchas y chatas llenas de excrecencias, unos labios gordos y rosados como salchichas crudas.
Se le hizo bueno su partido y siguió tocando su acordeón, mirándome picarescamente, como quien dice: ahora te tengo.
La buena crianza no permitía manifestarme disgustado de las gracias coreográficas, ni de la habilidad musical de aquel valido predilecto y mimado del dueño de casa.
Al contrario, como Mariano Rosas me mirara, de cuando en cuando sonriéndose, tenía que sonreirme.
Los circunstantes festejaban las bufonadas del negro.
Estaba radiante de júbilo; se sentaba al lado del cacique: le palmeaba, le abrazaba y mirándole con admiración, exclamaba ¡ah! ¡toro lindo! ¡Éste es mi padre! ¡Yo doy por él la vida! ¿No es verdad, mi amo?
Mariano hacía un movimiento de aprobación con la cabeza y en voz baja me decía: es muy fiel.
¡Miserable condición humana!
El hombre es el mismo en todas partes, se inclina á los que lisonjean su necio orgullo, su amor propio, su vanidad; huye y se aleja de los que se estiman lo bastante para no envilecerse con la mentira.
No en balde Dante ha colocado á los aduladores en el Malebolge--la fosa maldita,--hundidos hasta las narices en pestíferas letrinas.
Llegaron más visitas.
Todas fueron recibidas por Mariano con estudiada cortesía, observando estrictamente el ceremonial.
Y sabemos que consiste en una serie monótona de preguntas y respuestas.
Para todo el mundo había asiento.
Después que terminaban los saludos, venía la presentación.
Yo tenía que levantarme, que dar la mano, que abrazar y que contestar con frases análogas, esas preguntas y salutaciones:
¡Me alegro de haberle conocido!
¿Cómo le ha ido de camino?
¿No ha perdido algunos caballos?
¡Estamos muy contentos de verlo aquí!
El negro tocaba, cantaba, bailaba y á quien mejor le parecía le adjudicaba una patochada. Para él era lo mismo que fuera un cacique que un capitanejo; un indio que un cristiano. Tenía influencia en palacio y podía usar y abusar de sus festejadas gracias.
Llamé á los franciscanos para que los recién llegados les conocieran.
Vinieron. Con su aire dulce y manso saludaron todos, siendo objeto de demostraciones de respeto. El sacerdote es para los indios algo de venerando.
Hay en ellos un germen fecundo que explotar en bien de la religión, de la civilización y de la humanidad.
Mientras tanto ¿qué se ha hecho?
¿Cómo se llaman, pregunto yo, los mártires generosos que han dado el noble ejemplo de ir á predicar el Evangelio entre los infieles de esta parte del continente americano?
¿Cuántas cruces ha regado la barbarie con sangre de misioneros propagadores de la fe?
¡Ah! esta civilización nuestra puede jactarse de todo, hasta de ser cruel y exterminadora consigo misma. Hay, sin embargo, un título modesto que no puede reivindicar todavía--es haber cumplido con los indígenas los deberes del más fuerte.--Ni siquiera clementes hemos sido. Es el peor de los males.
La presencia de los franciscanos no fué un obstáculo para que siguiera funcionando el acordeón.
Yo estaba impaciente por entrar en el toldo de Mariano y conocer su familia.
En una de las vueltas que el negro daba, sentándose acá y allá, se puso á mi lado.
--Mira--le dije al oído,--si sigues tocando, en cuanto llegue al Río 4.º mandaré lo que te dije, el organito para Mariano.
Me miró como diciéndome, por piedad no; y haciendo callar el instrumento y dirigiéndose á Mariano le dijo:
--Ya está todo pronto.
Mariano me invitó entonces á pasar al toldo, se puso de pie y me enseñó el camino.
Le seguí dejando á los franciscanos con las visitas en la enramada.
Entramos.
Sus mujeres, que eran cinco, sus hijas que eran tres y sus hijos que eran Epumer, Waiquiner, Amunao, Lincoln, Duguinao y Piutrín, estaban sentados en rueda.
Á cierta distancia había un grupo de cautivas.
Las chinas me saludaron con la cabeza, los varones se pusieron de pie, me dieron la mano y me abrazaron.
Las cautivas con la mirada. Me conmovieron.
¿Quién no se conmueve con la mirada triste y llorosa de una mujer?
Mariano me enseñó un asiento, me senté; él se puso á mi lado dándome la izquierda.
En frente había otra fila de asientos. Entraron varios indios y los ocuparon. Eran indios predilectos de Mariano.
Las chinas se levantaron y se pusieron en movimiento. En medio del toldo había tres fogones en línea y en cada uno de ellos humeaban grandes ollas de puchero y se tostaban gordos asados.
Un toldo, es un galpón de madera y cuero. Las cumbreras, horcones y costaneras son de madera; el techo y las paredes de cuero de potro cosido con vena de avestruz. El mojinete tiene una gran abertura; por allí sale el humo y entra la ventilación.
Los indios no hacen nunca fuego al raso. Cuando van á malón tapan sus fogones. El fuego y el humo traicionan al hombre en la Pampa, son su enemigo. Se ven de lejos. El fuego es un faro. El humo una atalaya.
Todo toldo está dividido en dos secciones de nichos á derecha é izquierda, como los camarotes de un buque. En cada nicho hay un catre de madera, con colchones y almohadas de pieles de carnero; y unos sacos de cuero de potro colgados en los pilares de la cama. En ellos guardan los indios sus cosas.
En cada nicho pernocta una persona.
De las teorías de Balzac sobre los lechos matrimoniales, los indios creen que la mejor para la conservación de la paz doméstica es la que aconseja cama separada.
Como ves, Santiago amigo, el espectáculo que presenta el toldo de un indio, es más consolador que el que presenta el rancho de un gaucho. Y no obstante, el gaucho es un hombre civilizado. ¿Ó son bárbaros? ¿Cuáles son los verdaderos caracteres de la barbarie?
En el toldo de un indio, hay divisiones para evitar la promiscuidad de los sexos: camas cómodas, asientos, ollas, platos, cubiertos, una porción de utensilios que revelan costumbres, necesidades.
En el rancho de un gaucho falta todo. El marido, la mujer, los hijos, los hermanos, los parientes, los allegados, viven juntos, y duermen revueltos. ¡Qué escena aquélla para la moral!
En el rancho del gaucho no hay generalmente puerta.
Se sientan en el suelo, en duros pedazos de palo, ó en cabezas de vaca disecadas. No usan tenedores, ni cucharas, ni platos. Rara vez hacen puchero, porque no tienen olla. Cuando lo hacen, beben el caldo en ella, pasándosela unos á otros. No tienen jarro, un cuerno de buey lo suple. Á veces ni esto hay. Una caldera no falta jamás, porque hay que calentar agua para tomar mate. Nunca tiene tapa. Es un trabajo taparla y destaparla. La pereza se la arranca y la bota.
El asado se asa en un asador de hierro, ó de palo, y se come con el mismo cuchillo con que se mata al prójimo, quemándose los dedos.
¡Qué triste y desconsolador es todo esto! Me parte el alma tener que decirlo. Pero para sacar de su ignorancia á nuestra orgullosa civilización, hay que obligarla á entablar comparaciones.
Así se replegará cuanto antes sobre sí misma, y comprenderá que la solución de los problemas sociales de esta tierra es apremiante.
La suerte de las instituciones libres, el porvenir de la democracia y de la libertad serán siempre inseguros mientras las masas populares permanezcan en la ignorancia y atraso.
El _cabrío emisario_ de las leyes, tienen que ser las costumbres. Dadme una asociación de hombres cualquiera con hábitos de trabajo, con necesidades, con decencia, y os prometo en poco tiempo un pueblo con leyes bien calculadas. El bien es una utopía cuando la semilla que debe producirlo no está sazonada. La aspiración de la libertad racional es una quimera, cuando los instrumentos que deben practicarla son corrompidos.
Dios ha ligado fatalmente los efectos á las causas. Ni los olmos dan peras, ni las instituciones sus frutos donde las nociones del bien y del mal, de lo bueno y de lo malo, no están universalmente encarnadas en todo pecho. Siguiendo la ruta que llevamos, elevaremos los andamios del templo; pero al levantar la bóveda, el edificio se desplomará con estrépito y aplastará con sus escombros á todos.
Los artífices desaparecerán y el desaliento de los que contemplaban su obra conducirá á la anarquía. Por eso el primer deber de los hombres de estado es conocer su país.
Á los cinco minutos de estar en el toldo nos sirvieron de comer. Á cada cual le pusieron delante un gran plato de madera con puchero abundante de choclos y zapallo, cubiertos, cuchara, tenedor, cuchillo y agua.
Las cautivas eran las sirvientas. Algunas vestían como indias, estaban pintadas como ellas. Otras ocultaban su desnudez en andrajosos y sucios vestidos.
¡Cómo me miraban estas pobres! ¡Qué mal disimulada resignación traicionaban sus rostros! La que más avenida parecía era la nodriza de la hija menor de Mariano; había sido criada en la casa de don Juan Manuel de Rosas. La cautivaron en Mulitas, en la famosa invasión que trajo el indio Cristo, en la época del gobierno de Urquiza, cuando lo que se robaba aquí se vendía en las fronteras de Córdoba y San Luis.
Yo no había comido más que un churrasquito, desde el día antes; el puchero estaba muy apetitoso y bien condimentado. Me puse, pues, á comer con tanta gana como anoche en el Club del Progreso. Y como no habían olvidado los trapos, como olvidaron las servilletas allí, lo hice como un caballero.
Terminado el puchero, trajeron asado, después sandías.
Estábamos en los postres, cuando volvió á presentarse el negro con su inseparable acordeón. Se sentó como en su casa al lado de Mariano y comenzó la música. Afortunadamente se había puesto muy ronco y no podía cantar. Que te dure la ronquera, decía yo para mis adentros, y lo miraba, haciéndole con la cabeza una especie de amenaza de mandar el organito ofrecido y temido por él. El sátrapa me miraba compasivamente. Lo dejé seguir.
Conversábamos como en un salón, cada uno con quien quería.
Los indios no dan cigarros á los cristianos que están de visita. Para fumar yo, tuve que regalar de los míos á todos.
Los indiecitos nos alcanzaban fuego, y cuando se quedaban jugando ó distraídos, Mariano los aventaba diciéndoles: Salgan de ahí, no falten al respeto á sus mayores, eran sus palabras casi textuales. Observé que eran en este sentido bien criados.
Mariano, queriendo ponderarme uno de sus hijos me dijo:
--Éste es muy gaucho.
Después me explicaron la frase. El indiecito ya robaba maneas y bozales. Más tarde completaría su educación robando ovejas, después vacas. Es la escala.
En seguida me presentó otro.
Era un muchacho de _trece_ años, no podía tener más. Y eso debía tener por la época en que me aseguraran había nacido. Su mérito consistía en tener mujer ya. Su cara no carecía de atractivos; tenía bastante expresión. Revelaba excesos prematuros, un tísico en perspectiva.
Fumábamos y charlábamos alegremente, cuando se presentó Epumer, con mi capa colorada, la capa causante de tantos malos ratos y dolores de cabeza. Confieso que no me pareció tan fea.
Me saludó con política y me habló con cariño.
Pidió aguardiente, y Mariano le dijo en su lengua, que no era hora de beber.
Sentóse y tomó parte en la conversación.
Una cara, que yo no había visto desde que llegamos, cuya aparición por allí debía preocuparme, se mostró por una rendija del toldo y con disimulo me hizo una seña significativa.
Fingí un pretexto. Se lo comuniqué á mi huésped y le pedí permiso para retirarme, y me retiré diciéndome á mí mismo, lleno de curiosidad: ¿qué habrá?
XXXVI[5]
Por qué se me presentaba Camilo Arias.--Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos.--El indio Blanco.--Sus amenazas.--Le pido una entrevista á Mariano Rosas.--Me tranquiliza.--Costumbre de los indios.--No existe la prostitución de la mujer soltera.--Qué es _cancanear_.--El pudor entre las indias.--La mujer casada.--De cuántos modos se casan las indias.--Las viudas.--Escena con Rufino Pereira.--Igualdad.--Miguelito intercede por Rufino.
La cara era la de Camilo Arias.