Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1
Part 17
Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los papeles, menos el que podemos. Se nos arguye con las instituciones, con las leyes, con los adelantos ajenos. Y es indudable que avanzamos.
Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los problemas de nuestra organización é inspirándonos en las necesidades reales de la tierra?
Más grandes somos por nuestros arranques geniales, que por nuestras combinaciones frías y reflexivas.
¿Adónde vamos por ese camino?
Á alguna parte, á no dudarlo.
No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social, que hace que el mundo marche y que la humanidad progrese.
¿Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera dejándonos contrahechos, nos llevan con más seguridad y más rápidamente que nuestros impulsos propios, turbulentos, confusos, á la abundancia, á la riqueza, al reposo, á la libertad en la ley?
Yo no soy más que un simple cronista; ¡felizmente!
Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, á pesar mío, ciertas reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación ni ayuda una alma tan noble como la suya, es permitido creer que nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos, puede servir para amasar sin liga extraña algo como un pueblo con fisonomía propia, con el santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas descansan por siempre en frías é ignoradas sepulturas.
Miguelito siguió hablando.
--Al día siguiente vino mi madre, trayéndome una olla de mazamorra, una caldera, hierba y azúcar; hizo ella misma el fuego en el suelo, calentó agua y me cebó mate.
La Dolores le había mandado una platita con la peona, diciéndole que ya sabía que andábamos en apuros; que no tuviese vergüenza, que la ocupara si tenía alguna necesidad.
Mientras tanto, mi mujer propia no parecía. Vea, mi Coronel, lo que es casarse uno de mala gana, por la plata, como lo hacen los ricos.
La peona de la Dolores le contó á mi madre, que la niña estaba enferma, y le dió á entender de qué, y que yo debía ser el malhechor.
Mi vieja me echó un sermón sobre esto. Me recordó los consejos que yo nunca quise escuchar, porque así son siempre los hijos, y acabó diciendo redondo: «Y ahora ¿cómo vas á remediar el mal que has hecho?»
Me dió mucha vergüenza, mi Coronel, lo que mi madre me dijo; porque me lo decía mucho mejor de lo que yo se lo voy contando y con unos ojos que relumbraban como los botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como ella no había hecho nunca mal á nadie, y la había visto criarse á la Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado.
¡Siquiera no te hubieses casado! me decía á cada rato.
Yo suspiraba; nada más se me ocurría. ¡El hombre se pone tan bruto cuando ve que ha hecho mal!
Una caldera llenita me tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.
Me curó después las heridas con unos remedios que traía; eran yuyos del cerro.
Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me mudé.
Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos en frente uno de otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse, se presentó el que le llevaba la pluma al Juez con unos papeles bajo el brazo y dos de la partida.
Le mandaron á mi madre que saliera y tuvo que irse.
El Juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas, que no entendí bien. Por fin me preguntó que si confesaba que yo era el que había muerto al otro Juez.
Me quedé suspenso, podían descubrir á mi padre y yo quería salvarlo.
¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece?
--Tienes razón--le contesté.
Él prosiguió:
--No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.
El escribano me volvió á preguntar que qué decía. Le contesté, que yo era el que había muerto al otro.
--¿Por qué?--me dijo.
Me volví á quedar sin saber qué contestar.
El escribano me dió tiempo.
Pensando un momento se me ocurrió decir, que porque en unas carreras, siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera del gateado overo que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era cierto, mi Coronel, fué una trampa muy fiera que me hicieron, y desde ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.
Después me preguntó, que si alguien me había acompañado á hacer la muerte, y le contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no tenían que culpar á naides.
Que qué había hecho con la plata que tenía el Juez en los bolsillos.
Le dije que yo no había tocado nada.
Cuando menos los mismos de la partida lo habían saqueado, como lo suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, y después le achacan la cosa al pobre que se ha desgraciado.
No me preguntó nada más, y se fué, y me volvieron á poner incomunicado, y de esa suerte me tuvieron una infinidad de días.
Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos los días una porción de veces á ver cuándo se podría y á llevarme que comer.
Yo me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían empeorado con la humedad del cuarto, y porque las sabandijas no me dejaban dormir, ni de día ni de noche.
Aquello no era vida.
Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia.
Me condenaba á muerte, vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y dicen que los doctores saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían descubrido que no era el asesino del Juez aunque lo hubiera confesado? ¡Y muchos que después de la patriada de Caseros, no hablan sino de la Constitución!
Será cosa muy buena. Pero los pobres somos siempre pobres, y el hilo se corta por lo más delgado.
Si el Juez me hubiera muerto á mí en de veras, ¿á que no lo habían mandado matar?
He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho.
El escribano me dejó solo.
Pasé una noche como nunca.
Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan tristes! ¡tan tristes! en la cabeza, que á veces me daba miedo la muerte. Pensaba, pensaba en que si yo no moría moriría mi padre, y eso me daba aliento. ¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habíamos andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y en riñas. Cómo no le había de querer, hasta perder la vida por él--la vida, que, al fin, cualquier día la rifa uno por una calaverada, ó en una trifulca, en la que los pobres salen siempre mal.
Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel.
En cuanto me volvieron á poner comunicado fué lo primerito que le pedí á mi madre que llevara. Me la llevó y cantando me lo pasaba.
Los de la partida venían á oirme todos los días, y ya se iban haciendo amigos míos. Si hubiera querido fugarme me fugo. Pero por no comprometerlos no lo hice. El hombre ha de tener palabra, y ellos me decían siempre: no nos vaya á comprometer, amigo.
Siempre que mi vieja iba á visitarme, me lo repetían; y el centinela se retiraba y me dejaba platicar á gusto con ella.
Mi madre no sabía nada todavía de que me hubieran sentenciado, y yo no lo quería decir, porque la veía muy contenta creyendo que me iban á largar, desde que nada se descubría, y no la quería afligir.
Pero como nunca falta quien dé una mala noticia, al fin lo supo.
Se vino zumbando á preguntármelo.
¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena que me quería tanto!
Cuando le confié la verdad, lloró como una Magdalena.
Sus ojos parecían un arroyo, estuvieron lagrimeando horitas enteras.
De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino del Juez, por salvar al viejo.
Y hubiera visto, mi Coronel, una mujer que no se enoja nunca, enojarse, no conmigo, porque á cada momento me abrazaba y me besaba diciéndome mi hijito, sino con mi padre.
--Él, él no más tiene la culpa de todo, decía, y yo no he de consentir que te maten por él; todito lo voy á descubrir.
Y de pronto se secó los ojos, cesó de llorar, se levantó y se quiso ir.
--¿Adónde va, mamita?--le dije.
--Á salvar á mi hijo--me contestó.
Iba á salir, le agarré de las polleras, y á la fuerza se quedó.
Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer algo y salvarme.
Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte del hombre. Cuando más alegre anda, lo refriegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva.
Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.
--Y has hecho bien--le dije.--Dios no abandona nunca á los que creen en él.
--Así es, mi Coronel, por eso esa vez, y después otras me he salvado.
--¿Y qué hizo tu madre?
--Cedió á mis ruegos, y se fué diciendo: esta noche le voy á poner velas á la Virgen y ella nos ha de amparar.
Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba, me salvó.
Miguelito hizo una pausa.
Yo me quedé filosofando.
¡Filosofando!
Sí; filosofar es creer en Dios ó reconocer que el mayor de los consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino á la protección misteriosa, omnipotente de la religión.
Por eso al grito de los escépticos, yo contesto, como Fenelón:
_¡Dilatamini!_
Si hay un _anankè_,[2] hay también quien mira, quien ve, quien protege, resguarda, ama y salva á sus criaturas, sin interés.
Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa convicción suave, dulce, que me consuela y me fortalece, ¿qué me habréis arrancado?
NOTAS:
[2] ἀνάγκη en griego: fatalidad.
XXX
Mi vademécum y sus méritos.--En qué se parece Orión á Roqueplán.--Dónde se aprende el mundo.--Concluye la historia de Miguelito.
Quiero empezar esta carta ostentando un poco mi erudición á la violeta.
Yo también tengo mi vademécum de citas--es un tesoro como cualquier otro.
Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo he formado.
En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he impuesto ciertas labores útiles.
De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como para poder exclamar cualquier día: _anche io son pittore_.
Mi vademécum tiene, á más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy manuable y portátil. Lo llevo siempre en el bolsillo.
Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo.
No hay cuidado que me sorprendan con él en la mano, como á esos literatos cuyo bufete es una especie de sancta sanctórum.
¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciarlos cuando están pontificando!
¡Imprudentes!
¡Os impondríais de los misteriosos secretos!
¡Le arrancaríais á la esfinge el tremendo arcano!
¡Perderíais vuestras ilusiones!
Veríais á vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con las plumas de la ave silvana, de negruzcas alas, de rojo pico y pies, de grandes y negras uñas.
Yo no sé más de lo que está apuntado en mi vademécum por índice y orden cronológico.
No es gran cosa. Pero es algo.
Hay en él todo.
Citas _ad hoc_, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas, cuentos, impresiones de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres, mujeres, guerras terrestres y marítimas, bocetos, esbozos, perfiles, siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor que corremos, escritas en diez minutos.
Si yo diera á luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido.
Yo no creo que el público se fastidiaría leyendo, por ejemplo:
¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el municipal de Tebas, como lo llamaba el demagogo Camilo Desmoulins, y don Bartolo?
¿Qué frac llevaba nuestro actual Presidente cuando se recibió del poder; en qué se parece su cráneo insolvente de pelo á la cabeza de Sócrates?
¿En qué se parece _Orión_ á Roqueplán? este _Orión_, de quien sacando una frase de mi vademécum,--ajena por supuesto,--puede decirse que es la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene á Buenos Aires en la sangre, ó mejor dicho una encarnación andante y pensante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro, no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones ha aprendido la política, que como periodista y hombre á la moda, ha enriquecido la literatura de la tierra, á los sastres y sombrereros; que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van á ser cosas nuevas en provincias; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal, pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce á todo el mundo y á quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra, que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la ciudad californiana, á propósito de la fraternidad universal; que se hace aplaudir en Gualeguaichú, disertando en tiempos de Urquiza, sobre la justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser profeta en todas partes _ed altri siti_, menos... iba á decir en su tierra; que no ha podido ser municipal en ella, que hoy cumple treinta y ocho años, y á quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que esto es traer las cosas por los cabellos.
Sí, _Orión_ amigo, yo te deseo, y tú me entiendes,--«la fuerza de la serpiente y la prudencia del león»,--como diría un _Bourgeois gentil-homme_, cambiando los frenos al entrar en tu octavo lustro, frisando en la vejez, en ese período de la vida en que ya no podemos tener juicio, porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?
Y con esto lector, entro en materia.
Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se entiende.
_Ek te biblion kubernetes_.
Yo también he estudiado griego.
Monsieur Rouzy puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo metió en la cabeza.
Es una de las cosas menos malas que le debo á tu inspiración mefistofélica.
Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo.
¿Acaso yo le conocía bien en 1860?
En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción de dicho anónimo:
«No se aprende el mundo en los libros».
Aquí era donde quería llegar.
Los circunloquios me han demorado en el camino.
Siento tener que desagradecer á mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen gusto literario los abomina. Sírvame de excusa el carácter confidencial del relato.
Sí, el mundo no se aprende en los libros; se aprende observando, estudiando los hombres y las costumbres sociales.
Yo he aprendido más de mi tierra yendo á los indios Ranqueles, que en diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales.
Oyendo á los paisanos referir sus aventuras,--he sabido cómo se administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.
Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y entretener al lector.
¡Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!
Desgraciadamente ha pasado tal cual la narro, y si fija la atención un momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta sobre la imaginación.
Miguelito siguió hablando así:
--Las voces que andaban era que pronto me fusilarían, porque iba á haber revolución y me podía escapar.
¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas para la Virgen.
Día á día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que la Virgen no nos había de abandonar en la desgracia, que ella tenía experiencia y que más de una vez había visto milagros.
Yo no estaba afligido sino por ella.
Quería disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo conocía.
Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no engañan á los padres, sobre todo á la madre.
Vea si yo pude engañar á mi vieja cuando entré en amores con la Dolores.
¡Qué había de poder!
En cuanto empezó la cosa me lo reconoció, y me mandó que me fuera con la música á otra parte.
Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo.
La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mí.
Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres.
Siempre creemos que sabemos más que ellos.
Al fin nos arrepentimos.
Pero entonces ya es tarde.
--Nunca es tarde cuando la dicha es buena--le interrumpí.
Suspiró y me contestó:
--¡Qué! mi Coronel, hay males que no tienen remedio.
--¿Y has vuelto á saber de la Dolores?--le pregunté.
--Sí, mi Coronel--me contestó,--se lo voy á confesar porque usted es hombre bueno, por lo que he visto y las mentas que les he oído á los muchachos que vienen con usted.
--Puedes tener confianza en mí--repuse.
Y él prosiguió:
--Siempre que puedo hacer una escapada, si tengo buenos caballos, me corto solo, tomo el camino de la laguna del Bagual, llego hacia el Cuadril, espero en los montes la noche. Paso el Río 5.º, entro en Villa de Mercedes, donde tengo parientes, me quedo allí por unos días, me voy después en dos galopes al Morro, me escondo en el Cerro, en lo de un amigo, y de noche visito á mi vieja y veo á la Dolores que viene á casa con la chiquita.
--¿Entonces tuvo una hija?--le dije.
--Sí, mi Coronel--me contestó.--¿No le conté antes que nos habíamos desgraciado?
--¿Y á tu mujer no la sueles ver?
--¡Mi mujer!--exclamó,--lo que hizo fué enredarse con un estanciero.
Y dice la muy perra que está esperando la noticia de mi muerte para casarse. ¡Y que se casaban con ella! ¡Como si fuera tan linda!
--¿Y otros paisanos de los que están aquí salen como tú y van á sus casas?
--El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel, que los campos no tienen puertas; las descubiertas de los fortines, ya sabe uno á qué hora hacen el servicio, y luego, al frente casi nunca salen.
Es lo más fácil cruzar el Río 5.º y la línea, y en estando á retaguardia ya está uno seguro, porque ¿á quién le faltan amigos?
--Entonces, constantemente estarán yendo y viniendo de aquí para allá.
--Por supuesto. Si aquí se sabe todo.
Los Videla, que son parientes de don Juan Saa, cuando les da la gana, toman una tropilla; llegan á la Jarilla, la dejan en el monte, y con caballo de tiro se van al Morro, compran allí lo que quieren, ellos mismos á veces, en las tiendas de los amigos y después se vuelven con cartas para todos.
Algunas veces suelen llegar á Renca, que ya ve donde queda, mi Coronel.
Á medida que Miguelito hablaba, yo reflexionaba sobre lo que es nuestro país; veía la complicidad de los moradores fronterizos en las depredaciones de los indígenas y el problema de nuestros odios, de nuestras guerras civiles y de nuestras persecuciones, complicado con el problema de la seguridad de las fronteras.
Le escuchaba con sumo interés y curiosidad.
Miguelito prosiguió:
--El otro día cuando usted llegó, mi Coronel, los Videla habían andado por San Luis; vinieron con la voz de que usted y el general Arredondo estaban en la Villa de Mercedes, y diciendo que por allí se decía que ahora sí que las paces se harían.
Deseando conocer el desenlace de la historia de los amores de Miguelito, le dije:
--¿Y la Dolores vive con sus padres?
--Sí, mi Coronel--me contestó,--son gente buena y rica, y cuando han visto á su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho á mi hijita. Si algún día me puedo casar ellos no se han de oponer, así me lo ha dicho la Dolores.
¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquí porque la justicia me agarraría y mucho más del modo cómo me escapé.
--¿Y cómo te escapaste?
--Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo:
Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar á ver si son espías; que en cuanto esté seguro que juegan limpio se va á meter en la cosa con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la guardia y salvarte; que de no, no se mete.
En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de ir los hombres y mañana te diré lo que convengan.
Yo lo animo á tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que nos queda, y le pongo velas á la Virgen para que nos ayude. Todas las noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de la Virgen.
Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era quien diera el grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto á las dos noches, y que él lo daría; que si no venía, como había un día fijo, lo daría el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo.
Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado.
Una noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la orilla del pueblo, atropellaron la casa del Juez, otros la Comandancia, y mi padre con algunos amigos cargó la Policía.
Para esto, un rato antes ya los habían emborrachado bien á los de la partida. Algunos quisieron hacer la pata ancha. ¡Pero qué! los de afuera eran más. Entraron, rompieron la puerta del cuarto en que yo estaba y me sacaron.
Cuando estuve libre mi padre me dijo: «Dame un abrazo hijo, yo no te he querido ver porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y porque no fueran á sospechar alguna cosa».
Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habían salido pelos blancos, y no era hombre grande, todavía era joven.
Esa noche el Morro fué un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y repiques de campana.
Murieron algunos.
Yo lo anduve acompañando á mi padre y evité algunas desgracias porque no soy matador. Querían saquear la casa de la Dolores, con achaque de que era _salvaje_, yo no lo permití, primero me hago matar.
Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo. Unos tomaron para la Sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi padre, como había sido tropero, enderezó para el Rosario. Yo, por tomar un camino tomé otro,--galopé todo el santo día,--y cuando acordé me encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo como la luz, ¡qué me habían de alcanzar! Fuí á sujetar cerca del Río 5.º, por esos lados de Santo Tomé. Entonces no había puesto usted fuerzas allí, mi Coronel; me topé con unos indios, me junté con ellos, me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, ó usted, me saquen de aquí, mi Coronel.
--¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes?--le pregunté.
--Murió del cólera--me contestó con amargura, exclamando:--¡pobre viejo! ¡era tan chupador!
Y con esto termina la historia real de Miguelito, que _mutatis mutandis_, es la de muchos cristianos que han ido á buscar un asilo entre los indios.
Ese es nuestro país.
Como todo pueblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos.
Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, con todos los placeres y halagos de la civilización, teatros, clubs, jardines, paseos, palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas, una agitación vertiginosa--en medio de unas calles estrechas, fangosas, sucias, fétidas, que no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro, sembrado de estrellas relucientes,--en las que yo me ahogo, echando de menos mi caballo.
Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el proletario en la ignorancia y la estupidez.
La iglesia, la escuela, ¿dónde están?
Aquí el ruido del tráfago y la opulencia que aturde.
Allá, el silencio de la pobreza y la barbarie que estremece.
Allí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso por el egoísmo.
Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de promisión,--por el egoísmo también.
Tesis y antítesis de la vida de una república.
Eso dicen que es gobernar y administrar.
¡Y para lucirse mejor, todos los días clamando por gente, pidiendo inmigración!
Me hace el efecto de esos matrimonios imprevisores, sin recursos, miserables, cuyo único consuelo es el de la palabra del verbo,--creced y multiplicaos.
XXXI