Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1

Part 18

Chapter 183,900 wordsPublic domain

Ojeada retrospectiva.--El valor á media noche, es el valor por excelencia.--Miedo á los perros.--Cuento al caso.--Qué es loncotear.--Sigue la orgía.--Epumer se cree insultado por mí.--Una serenata.

Estábamos en el toldo de Mariano Rosas cuando conocí por primera vez á Miguelito.

La orgía había comenzado:

«Éste chilla, algunos lloran, Y otros á beber empiezan, De la chusma todo al cabo La embriaguez se enseñorea.»

Los franciscanos comprendiendo que aquello no rezaba con ellos, se pusieron en retirada, refugiándose en el rancho de Ayala; los oficiales se habían colocado á distancia de poder acudir en auxilio mío si era necesario; los asistentes rodeaban la enramada con disimulo; Camilo Arias, con su aire taciturno, se me aparecía de vez en cuando como una sombra, diciéndome de lejos con su mirada ardiente, expresiva, penetrante: por aquí ando yo.

Por bien templado que tengamos el corazón, es indudable que el silencio, la soledad, el aislamiento y el abandono hacen crecer el peligro en la medrosa imaginación.

Es por eso que el valor á media noche, es el valor por excelencia.

Las tinieblas tienen un no sé qué de solemne, que suele helar la sangre en las venas hasta congelarla.

Yo no creo que exista en el mundo un solo hombre que no haya tenido miedo alguna vez de noche.

De día, en medio del bullicio, ante testigos, sobre todo ante mujeres, todo el mundo es valiente, ó se domina lo bastante para ocultar su miedo.

Yo he dicho por eso alguna vez: el valor es cuestión de público.

El hombre que en presencia de una dama hace acto de irresolución puede sacar patente de cobarde.

Yo tengo un miedo cerval á los perros, son mi pesadilla; por donde hay, no digo perros, un perro, yo no paso por el oro del mundo si voy solo, no lo puedo remediar, es un heroísmo superior á mí mismo.

En Rojas, cuando era capitán, tenía la costumbre de cazar.

De tarde tomaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito.

En dirección al bañado, donde los patos abundaban más, había un rancho.

Inevitablemente debía pasar por allí si quería ahorrarme un rodeo por lo menos de tres cuartos de legua.

Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un mastín que habitaba el susodicho rancho, era todo uno.

Desde este instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él.

Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que debiera batirme cuerpo á cuerpo.

En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía; estiraba la cola, se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contraía las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos dientes.

Eso sólo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí mismo, pero diciéndome interiormente:--«El miedo es natural en el prudente,--cambiaba de rumbo, rehuyendo al peligro».

Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé á ver si temblaba.

Estaba entero, me sentí hombre de empresas, y me dije: _pasaré_.

Salgo, marcho, avanzo y llego á Rubicón.

¡Miserable! temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón pero fué en vano.

Yo no era hombre, ni soy ahora, capaz de batirme con perros.

Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque sean falderos, cuscos ó pelados.

Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que tenía miedo de él.

Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro.

Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro hizo una evolución, tomó distancia y se plantó, como diciendo: descarga tu arma y después veremos.

¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante?

Probablemente no.

Era manso, yo lo averigüé después.

Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi debilidad, se divertía conmigo, como yo podía haberlo hecho con un muchacho.

No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, á falta de otras facultades, está sumamente desarrollada.

Cualquier caballo, mula, jumento ó perro, nos aventaja en conocer el intrincado camino por donde tenemos costumbre de andar.

Los pájaros se trasladan todos los años de un país á otro, emigrando á más ó menos distancia, según sus necesidades fisiológicas.

Ahí están las golondrinas que, después de larga ausencia vuelven á la guarida de la misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que habitaron el año anterior.

Queda de consiguiente fuera de duda que lo que el perro hacía conmigo, lo hacía á sabiendas. ¡Pícaro perro!

Hubo un momento en que casi lo dominé. ¡Ilusión de un alma pusilánime!

Al primer amago de carga eché á correr con escopeta y todo; los ladridos no se hicieron esperar, esto aumentó el pánico, de tal modo, que el animal ya no pensaba en mí y yo seguía desolado por esos campos de Dios.

Y sin embargo, si yo hubiera ido en compañía de alguna dama, el muy astuto no me corre.

Y ella habría huido.

Las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de disparates, inclusive el de hacernos matar.

Yo me bato con cualquier perro, aunque sea de presa, por una mujer, aunque sea vieja y fea, si soy su _cabaleiro servente_.

Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno ó arrojándose de una torre. No hay que discutirlo.

Hay héroes porque hay mujeres.

Y es mejor no pensarlo--¿qué sería el hermoso planeta que habitamos, sin ellas?

La presencia é inmediación de los míos, el orgullo de no dejarme avasallar, ni sobrepujar por aquellos bárbaros en nada y por nada, me hacían insistir contra las reiteradas instancias de Mariano Rosas, en no retirarme.

Mi principal temor era embriagarme demasiado. Á una _loncoteada_ no le temía tanto.

_Loncotear_, llaman los indios á un juego de manos, bestial.

Es un pugilato que consiste en agarrarse dos de los cabellos y en hacer fuerza para atrás, á ver cuál resiste más á los tirones.

Desde chiquitos se ejercitan en él.

Cuando á un indiecito le quieren hacer un cariño varonil, le tiran de las mechas, y si no le saltan las lágrimas le hacen este elogio: _ese toro_.

El toro es para los indios el prototipo de la fuerza y del valor. El que es toro, entre ellos, es un nene de cuenta.

Los «_yapaí_, hermano» ¡no cesaban!

Epumer la había emprendido conmigo, y un indiecito Caiomuta, que jamás quiso darme la mano, so pretexto de que yo iba de mala fe: ¡_Winca_ engañando! salía constantemente de sus labios.

El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula mano de los beodos, que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya cantaban, ya caían como piedras, roncando al punto ó trasbocando, como atacados del cólera.

Aquello daba más asco que miedo.

Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta.

Tambaleaban de embriaguez.

Epumer llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su refulgente facón, y me miraba con torvo ceño.

Miguelito me decía:

--No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.

Cuando rehusaba un _yapaí_, gruñían como perros, la cólera se pintaba en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía entender.

Miguelito me decía:

--Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que lo hace por no descubrir sus secretos con la chupa.

Yo entonces me dirigí á alguno de los presentes y lo invitaba, diciéndole:

--_Yapaí_, hermano, y apuraba el cuerno ó el vaso.

Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinenti.

¡¡¡Babababababababababababababababa!!!

Resonaba ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos gritones.

Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría.

La tarde venía.

Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma hedionda, cuyo cuerpo contaminado por el uso de la carne de yegua, exhalaba nauseabundos efluvios; regoldaba á todo trapo, cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.

En donde hay indios, hay olor á asafétida.

Intenté levantarme del suelo para retirarme á la sordina, viendo que la mayoría de los concurrentes estaba ya achumada.

Epumer me lo impidió.

_¡Yapaí! ¡yapaí!_ me dijo.

_¡Yapaí! ¡yapaí!_ contesté.

Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta.

El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta.

Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear á un elefante, si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.

Medio perdió la cabeza.

Al llevar yo el mío á los labios, me santigüé con la imaginación como diciendo: Dios me ampare.

Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un mosaico de tintes atornasolados, como cuando por efecto de un dolor agudo apretamos los párpados, y cerrando herméticamente los ojos la retina ve visiones informes.

Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.

El indio se puso furioso; quiso venírseme á las manos.

Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me retirara.

Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.

Me hicieron presente que cuando se _caldeaba_, se ponía fuera de sí, que era mal intencionado.

--No hay cuidado--fué toda mi contestación.

El indio pugnaba por desasirse de los que le tenían; quería abalanzarse sobre mí, su mano estaba pegada al facón.

Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo y se enderezaba como galvanizado.

Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.

En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.

Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un vaivén llegó á ponerse casi sobre mí.

--Cuidado, mi Coronel--me dijo Miguelito, interponiéndose, y hablándole al salvaje en su lengua con acento dulcísimo.

--¡Cuidado!--gritaron varios.

Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi sangre y de mi raza:

--No hay cuidado--contesté.

El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.

Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer abandonaron el cuerpo á su propia gravedad; cumplióse la inmutable ley:

_¡E caddi, come corpo morto cade!_

Cesó la agitación.

Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera de sí á mi contendor, pregunté:

--¿Por qué se ha enojado?

--Porque usted le ha llamado perro--dijo uno.

--Es falso--dijo Miguelito en araucano; el Coronel habló de perros; pero no dijo que Epumer fuera perro.

Nadie respondió.

Efectivamente, en la broma que intenté hacerle á Epumer, por ver si lo arrancaba á sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo perros.

Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor que llamarles _perro_.

Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.

De ahí su rapto de furia.

La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, se revolvían por el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro.

Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas.

Otros se quedaron murmurando con indescriptible é inefable fruición báquica.

Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería darle el resto de aguardiente que le había reservado.

--De mil amores--contesté; y aprovechando la coyuntura que se me presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y me dirigí al ranchito en que se habían alojado mis oficiales.

Entregué el aguardiente.

Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas á la cumbre del Vesubio.

¿En qué me tendí?

Sobre un cuero de potro; era el colchón de una mala cama improvisada con palos desiguales y nudosos.

El sueño no tardó en llevarme al mundo de la tranquilidad pasajera.

Gozaba, cuando una serenata me despertó.

Era un negro, tocador de acordeón, una especie de Orfeo de la pampa.

Tuve que resignarme á mi estrella, que levantarme y escuchar un cielito cantado en honor mío.

¡Qué mal rato me dió el tal negro después!

XXXII

El negro del acordeón y la música.--Reflexiones sobre el criterio vulgar.--Sueño fantástico.--Lucius Victorius Imperator.--Un mensajero nocturno de Mariano Rosas.--Se reanuda el sueño fantástico.--Mi entrada triunfal en Salinas Grandes.--La realidad.--Un huésped á quien no le es permitido dormir.

El negro no tardó en irse con la música á otra parte. Bendije al cielo.

Como poeta festivo, como payador, no podía rivalizar con _Aniceto el Gallo_ ni con _Anastasio el Pollo_.

Ni siquiera era un artista en acordeón.

Yo tengo, por otra parte, poco desarrollado el órgano frenológico de los tonos, pudiendo decir, como Voltaire: _la musique c'est de tous les tapages le plus supportable_.

Es una fatalidad como cualquier otra, que me priva de un placer inocente más en la vida.

Te contaría á este respecto algo muy curioso, un triunfo de la frenología, ó en otros términos, la historia de mis padecimientos infantiles por la guitarra.[3] Y te la contaría á pesar del natural temor de que me creyesen más malo de lo que soy; porque tengo la desgracia de ser insensible á la armonía.

Tú sabes, que según las reglas del criterio vulgar, no puede ser bueno quien no ama la música, las flores, aunque ame muchas otras cosas que embriagan y deleitan más que ellas.

Hay gentes que de buena fe, creen que el sentimiento estético ó el arte es inseparable de los hombres de corazón.

Tal persona que ama con locura la música, es, sin embargo, incapaz de un acto de generosidad.

Tal otra que gastaría cien mil pesos en un auténtico de Rubens, no haría un sacrificio por el amigo más querido.

Esas gentes viven acariciando dulces errores, lo mismo que los que subordinan la moral al sentimiento, y hay que dejar á cada loco con su tema.

Pero semejante página sería demasiado íntima para agregarla aquí.

Me resigno, pues, á suprimirla, substrayéndome á la tentación de una confidencia personal ajena al asunto jefe.

Apenas me vi libre de quien inhumanamente me había arrancado de los brazos de Morfeo, volví á tenderme en mi duro y sinuoso lecho.

Poco tardé en dormirme profundamente.

Saboreaba el suave beleño; soñaba que yo era el conquistador del desierto; que los aguerridos ranqueles, magnetizados por los ecos de la civilización, habían depuesto sus armas; que se habían reconcentrado formando aldeas; que la iglesia y la escuela habían arraigado sus cimientos en aquellas comarcas desheredadas; que la voz del Evangelio ahogaba las preocupaciones de la idolatría; que el arado, arrancándole sus frutos óptimos á la tierra, regada con fecundo sudor, producía abundantes cosechas; que el estrépito de los _malones_ invasores había cesado, pensando sólo, aquellos bárbaros infelices, en multiplicarse y crecer, en aprovechar las estaciones propicias, en acumular y guardar, para tener una vejez tranquila y legarles á sus hijos un patrimonio pingüe; que yo era el patriarca respetado y venerado, el benefactor de todos, y que el espíritu maligno, viéndome contento de mi obra útil y buena, humanitaria y cristiana, me concitaba á una mala acción, á dar mi golpe de estado.

¡Mortal! me decía, aprovecha los días fugaces. ¡No seas necio, piensa en ti, no en la Patria!

La gloria del bien es efímera, humo, puro humo. Ella pasa y nada queda. ¿No tienes mujer é hijos? Pues bien. ¿No te obedecen y te siguen, no te quieren y respetan estos rebaños humanos?

Pues bien.

¿No tienes poder, no eres de carne y huesos, no amas el placer?

Pues bien.

Apártate de ese camino, ¡insensato! ¡Imprevisor, loco! ¡Escucha la palabra de la experiencia, hazte proclamar y coronar emperador! Imita á Aurelio I. Tienes un nombre romano, _Lucius Victorius Imperator_, sonará bien al oído de la multitud.

Yo escuchaba con cierto placer mezclado de desconfianza las amonestaciones tentadoras; ideaba ya si el trono en que me había de sentar, la diadema que había de ceñir y el cetro que había de empuñar, cuando subiera al capitolio, serían de oro macizo, ó de cuero de potro y de madera de caldén, cuando una voz que conocí entre sueños llamó á mi puerta diciendo:

--¡Coronel Mansilla!

No contesté de pronto. Reconocí la voz, la había oído hacía poco; pero no estaba del todo despierto.

--¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!--volvieron á decir.

Reinaba una profunda obscuridad en el desmantelado rancho donde me había hospedado; mis oficiales roncaban, como hombres sin penas; un ruido tumultuoso, sordo, llegaba confusamente hasta la nocturna morada. Me senté en la cama y paré la oreja, á ver si volvían á llamar, fijando la vista en un resquicio de la puerta, que era un cuero de vaca colgado.

--¡Coronel Mansilla!--volvieron á decir.

Al fulgor de la luz estelar, columbré una cabeza negra, motosa, y entre dos fajas rojas resaltando como lustrosas cuentas negras sobre el turgente seno de una hermosa, dos filas de ebúrneos dientes.

Era el negro del acordeón.

Para serenatas estaba yo.

Me hizo el efecto de Mefistófeles.

--_¡Vade retro, Satanás!_--le grité.

No entendió. Ya lo creo. ¡Latín puro á esas horas y al lado del toldo de Mariano Rosas!

--Mi Coronel Mansilla, fué su contestación.

--Vete al diablo, repliqué.

--Me manda el General Mariano.

--¿Y qué quiere?

--Manda decir, que ¿cómo le ha ido á _su merced_ (textual), de viaje; que si no ha perdido algunos caballos; que cómo ha pasado la noche; que--si ha dormido bien?

Me pareció una burla.

Me quedé perplejo un instante, y luego contesté.

--Dile que de viaje me ha ido bien; que caballos, Wenchenao me ha robado dos, que es un pícaro: que para saber cómo he pasado la noche y cómo he dormido, es menester que me dejen descansar y que amanezca.

Y esto diciendo, me coloqué horizontalmente haciendo una línea mixta con el cuerpo de manera que el hueso del cuadril y los hombros coincidieran con los hoyos de mi escabroso lecho.

La cara desapareció.

Hacía frío, helaba en los primeros días de abril, tenía pocas cobijas, no era fácil conciliar el sueño bajo tales auspicios; tanteando en las tinieblas cogí la punta de algo que debía ser jerga ó poncho, tiré y como quien pesca un cetáceo de arrobas, que se agarra en el fondo fangoso, despojé á un prójimo de una de sus _pilchas_.

Me la eché encima, me envolví, me acurruqué bien, me tapé hasta las narices y comencé á resollar fuerte, haciendo de mis labios una especie de válvula para que saliera el aliento condensado y crecieran los grados de la temperatura que circundaba mi transida humanidad.

Me estaba por dormir. Hay ideas que parecen una cristalización. Así no más no se evaporan. Veía como envuelta en una bruma rojiza la visión de la gloria.

El espíritu maligno se cernía sobre ella.

Yo era emperador de los Ranqueles.

Hacía mi entrada triunfal en Salinas Grandes. Las tribus de Calfucurá me aclamaban. Mi nombre llenaba el desierto preconizado por las cien lenguas de la fama. Me habían erigido un gran arco triunfal.

Representaba un coloso como el de Rodas. Tenía un pie en la soberbia cordillera de los Andes, otro en las márgenes del Plata. Con una mano empuñaba una pluma deforme de ganso, cuyas aristas brillaban como mostacilla de oro, chispeando de su punta letras de fuego, que era necesario leer con la rapidez del relámpago para alcanzar á descifrar que decían: _mane_, _thesel_, _phares_. Con la otra blandía una espada de inconmensurable largor, cuya hoja de bruñido acero resplandecía como un meteoro, centelleando en ella diamantinas letras que era menester leer con la rapidez del pensamiento para adivinar que decían: _In hoc signo vincis_.

Por debajo de aquel monumento de egipcia estructura y proporciones, capaz de provocar la envidia sangrienta, la venganza corsa y el odio eterno de un Faraón, desfilaba como el rayo, tirada por veinte yuntas de yeguas chúcaras, una carreta tucumana, cubierta de penachos, de crines caballares de varios colores y en cuyo lecho se alzaba un dosel de pieles de carnero.

En él iba sentado un mancebo de rostro pintado con carmín. ¡Era yo! Manejaba la ecuestre recua con un látigo de cháguara que no tenía fin, al grito infernal de: ¡pape satán! _¡pape satán alepe!_ Mi traje consistía en un cuero de jaguar; los brazos del animal formaban las mangas, las piernas, los calzones, lo demás cubría el cuerpo y, por fin, la cabeza con sus colmillos agudos adornaba y cubría mi frente á manera de antiguo capacete.

La cola no sé qué se había hecho. Un ser extraño, invisible para todos, menos para mí, quería ponerme una de paja. Yo le miraba como diciéndole, basta de atavíos, y él vacilaba y me seguía sin saber qué hacer.

Una escolta formada en zigzag, me precedía, cubriéndome la retaguardia. Indígenas de todas las castas australes se veían allí,--ranqueles, puelches, pehuenches, picunches, patagones y araucanos. Los unos iban en potros bravos, los otros en mansos caballos, éstos en guanacos, aquéllos en avestruces, muchos á pie, varios montados en cañas, infinitos en alados cóndores.

Sus armas eran lanzas y bolas; sus trajes mixtos, á lo gaucho, á la francesa, á la inglesa, á lo Adán los más. Cantaban un himno marcial al son de unas flautas de cañuto de grueso carrizo, y las palabras _Lucius Victorius Imperator_, resonaban con fragor en medio de repetidas, ¡¡¡ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!!!

Nuevo Baltasar, yo marchaba á la conquista de una ciudad poderosa, contra el dictamen de mis consejeros, que me decían: Allí no penetrarás victorioso jamás; porque sus calles están empedradas con enormes monolitos y cubiertas de pantanos, por donde es imposible que pase tu carreta.

Tenaz, como soy en sueños, no quería escuchar la voz autorizada de mis expertos monitores. Me había hecho aclamar y coronar por aquellas gentes sencillas, había superado ya algunos obstáculos en mi vida; ¿por qué no había de tentar la empresa de luchar y vencer una civilización decrépita?

Por otra parte, yo no había nacido en esa egregia ciudad y ella iba á enorgullecerse de verme llegar á sus puertas, no como Aníbal á las de Roma, sino cual otro valiente Camilo.

Por aquí iba medio despierto, medio dormido, cuando volvieron á hacerme sentar en la cama, llamando á mi puerta.

--¡Coronel Mansilla!

--¿Qué hay?--pregunté.

¡El malhadado negro contestó!

--Dice el General que ¿cómo ha pasado la noche?

--Hombre, dile que mañana le contestaré.

El mensajero contestó, no pude percibir qué.

Una baraúnda repentina ahogó su voz.

Volvía yo á estudiar qué postura se adaptaría más á la cama que me habían deparado las circunstancias y esperaba no ser interrumpido otra vez. ¡Quimeras!

Mi verdadera bestia negra había ido y vuelto.

--¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!--me gritó.

--¿Qué quieres?--le contesté con mal humor, sin moverme.

--Aquí está el hijo del General.

Esto era ya más serio.

Me incorporé.

--¿Qué se ofrece, hermano?--pregunté.

--Dice mi padre que vaya--me contestó.

--¿Que vaya, ahora?

--Sí.

Llamé á Carmen, mi fiel ministril; le pedí agua para lavarme, luz, peine, un cepillo de dientes, todo cuanto podía ser un pretexto para demorarme y ganar tiempo, á ver si venía el día.

Oía el ruido de la orgía nocturna, y no me hacía buen estómago la idea de tomar parte en ella á obscuras.

Según mi costumbre en campaña, dormía vestido, desnudándome de día por la higiene y otras hierbas.

De un salto estuve en pie.

Carmen trajo luz, un candil de grasa de potro, agua, peine, cuanto le pedí, haciendo un viaje para cada cosa, como que tenía que revolver las alforjas para hallarlas.

Hice mi estudiosa _toilette_, lo más despacio que pude.

Mientras tanto, varios curiosos, ebrios á cual más, llegaron á mi puerta y me estuvieron observando.

Como tardase en salir del rancho, presentóse una nueva diputación. La componían dos hijos de Mariano. Tomó la palabra el mayor de ellos y me dijo: