Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1

Part 16

Chapter 164,191 wordsPublic domain

Miguelito tiene veinticuatro años. Es lampiño, blanco como el marfil y el sol no ha tostado su tez; tiene ojos negros, vivos, brillantes como dos estrellas, cejas pobladas y arqueadas, largas pestañas, frente despejada, nariz afilada, labios gruesos, bien delineados, pómulos salientes, cara redonda, negros y lacios cabellos largos; estatura regular, más bien baja, anchas espaldas y una musculatura vigorosa.

Sus cejas revelan orgullo, sus pómulos valor, su nariz perspicacia, sus labios dulzura, sus ojos impetuosidad, su frente resolución.

Vestía bota de potro, calzoncillos cribados con fleco, chiripá de poncho inglés listado, camisa de Crimea mordoré, tirador con botones de plata, sombrero de paja ordinaria, guarnecida de una ancha cinta colorada; al cuello tenía atado un pañuelo de seda amarillo pintado de varios colores; llevaba un facón con cabo de plata y unas boleadoras ceñidas á la cintura.

Ya he dicho que Miguelito es cristiano; me falta decir que no es cautivo ni refugiado político.

Miguelito está entre los indios huyendo de la justicia.

Á los veinticuatro años ha pasado por grandes trabajos; tiene historia, historia que vale la pena de ser contada, y que contaré,--antes de seguir describiendo las escenas báquicas con Epumer,--tal cual él me lo contó noches después de haberle conocido yendo en mi campaña de Leubucó á las tolderías del cacique Baigorrita.

Hablaré como él habló.

--Yo era pobre, señor, y mis padres también. Mi madre vivía de su conchabo; mi padre era gallista, yo corredor de carreras.

Á veces mi padre y yo juntos, otras separadamente, nos conchabábamos de peones carreteros, ó para acarrear ganados de San Luis á Mendoza.

Los tres éramos nacidos y criados en el Morro, y allí vivíamos. Mi viejo era un gaucho lindo, nadie pialaba como él, ni componía gallos mejor; era joven y guapetón. No he visto hombre más alentado. Sólo tenía el defecto de la chupa. Cuando tomaba le daba por celarla á mi madre, que era muy trabajadora y muy buena, la pobre, que Dios la tenga en gloria.

Á más de eso, mi viejo era buen guitarrero, hombre bastante leído y escribido pues sus primeros patrones, que fueron muy hacendados, lo enseñaron bien.

--¿Y cómo se llamaba tu padre?

--Lo mismo que yo, mi Coronel, Miguel Corro. Somos de unos Corro de la Punta de San Luis, que allí fueron gente de posibles en tiempo de Quiroga.

Pero mi madre, mi padre y yo, como le he dicho, hemos nacido en el Morro, cerca del cerro, en un rancho que está en un terrenito que siempre pasó por nuestro, aunque yo no sé de quién será. Si conoce el Morro, mi Coronel, le diré dónde queda: queda hacia el ladito de abajo de la quinta de D. Novillo, á quien cómo no ha de conocer, si es rico como usted.

La casa estaba casi siempre sola, porque mi madre se iba por la mañanita al pueblo, y no volvía de su conchabo hasta después de la cena de sus patrones.

Mi padre y yo no parábamos; él por sus gallos, yo por los caballos que tenía en compostura.

Todos los días, tarde y mañana, tenía que caminarlos. Luego, el viejo y yo éramos alegres y no perdíamos bailecito. Me quería mucho y siempre me buscaba para que le acompañara; así es que yo era quien lo disculpaba y lo componía con mi madre lo que se peleaban.

De ese modo lo pasábamos y, aunque éramos pobres, vivíamos contentos, porque jamás nos faltaban buenos reales con que comprar los vicios y ropa. Caballos, ¡para qué hablar! Siempre teníamos superiores.

En la casa donde mi madre estaba acomodada, había una niña muy donosita, que yo veía siempre que iba por allí de paso, á hablar con la vieja.

Como los dos éramos muchachos, lo que nos veíamos nos reíamos. Yo al principio creí que era juguete de la niña; pero después vi que me quería y la empecé á hacerle el amor, hasta que mi madre lo supo, y me dijo que no volviera más por allí.

Le obedecí, y me puse á visitar otra muchacha, hija de un paisano amigo de mi familia, que tenía algunos animales y muchas prendas de plata, como que era hombre de unas manos tan baqueanas para el naipe, que de cualquiera parte le sacaba á uno la carta que él quería. Era peine como él solo. Nadie le ganaba al monte, ni al truco, ni á la primera.

La hija de la patrona de mi madre se llamaba Dolores; la otra se llamaba Regina. Ésta era buena muchacha; ¡pero de ánde como aquélla!

No me acuerdo bien cuánto tiempo pasaría; debió pasar así como medio año.

Un día mi madre volvió á descubrir que yo seguía en coloquios con la Dolores, siempre que podía, y se me enojó mucho, y aunque ya era hombrecito me amenazó.

Yo me reía de sus amenazas y seguí cortejando á Dolores y á la Regina; porque las dos me gustaban y me querían.

Ya usted sabe, mi Coronel, lo que es el hombre, cuantas ve, cuantas quiere, ¡y las mujeres que necesitan poco!

Yo no me acuerdo ni de lo que hice, ni de lo que contesté entonces. Pero probablemente aprobé el dicho de Miguelito y suspiré.

Miguelito prosiguió.

Otro día, mi padre y mi madre me dijeron, que el padre de Regina les había dicho que si ellos querían nos casaríamos; que él me habilitaría. Que qué me parecía.

Les contesté que no tenía ganas de casarme. Mi madre se puso furiosa, y el viejo, que nunca se enojaba conmigo, también. Mi madre me dijo, que ella sabía por qué era; que me había de costar caro, por no escuchar sus consejos, que cómo me imaginaba que la Dolores podía ser mi mujer, que al contrario, en cuanto la familia maliciara algo me echaría de veterano; porque eran ricos y muy amigos del Juez y del Comandante militar.

Yo no escuchaba consejos, ni tenía miedo á nada y seguía mis amores con la Dolores, aunque sin conseguir que me diera el sí.

Mi madre estaba triste, decía que alguna desgracia nos iba á suceder; ya la habían despedido de casa de la Dolores y de todo me echaba la culpa á mí.

De repente lo pusieron preso á mi padre, y lo largaron después; en seguida me pusieron preso á mí, nada más que porque les dió la gana, lo mismo que á mi padre. Usted ya sabe, mi Coronel, lo que es ser pobre y andar mal con los que gobiernan.

Pero me largaron también; y al largarme me dijo el teniente de la partida, que ya sabía que había andado maleando.

--¿Maleando cómo?--le pregunté.

--En juntas contra el Gobierno--me contestó.

--¿Y de ánde, mi Coronel?

Todito era purita mentira.

Lo que había era que ya me estaban haciendo la cama.

Ni mi padre ni yo nunca habíamos andado con los colorados, porque no teníamos más opinión que nuestro trabajo y nos gustaba ser libres, y cuando se ofrecía una guardia, por no tomar una carabina, más bien le pagábamos al Comandante, que es como se ve uno libre del servicio; si no, es de balde.

Una tarde, ya anochecía, estábamos en el fogón todos los de la casa; sentimos un tropel, ladraron los perros y lueguito se oyó un ruido de sables.

--¿Qué será, qué no será?--decíamos.

Mi madre se echó á llorar diciéndome:

--Tú tienes la culpa de lo que va á suceder.

--Usted sabe, mi Coronel, lo que son las mujeres y sobre todo las madres para adivinar una desgracia.

Parece que todo lo viesen antes de suceder, como le pasó á mi vieja aquella noche. Porque al ratito de lo que le iba diciendo, ya llegó la partida y se apeó el que la mandaba, haciendo que mi padre marchara con él sin darle tiempo ni á que alzara el poncho.

Se lo llevaron en cuerpito.

Pasamos con mi madre una triste noche, muy triste, mirándonos, yo callando y ella llorando sentada en una sillita al lado de su cama, porque no se acostó.

Al día siguiente, en cuanto medio quiso aclarar, ensillé, monté y me fuí derechito al pueblo, á ver qué había.

Lo acusaban á mi padre de un robo.

Y decía que si no ponía personero, lo iban á mandar á la frontera.

¿Y de ánde había de sacar plata para pagar personero, ni quién había de querer ir?

Me volví á mi casa bastante afligido con la noticia que le llevaba á mi madre. Pero pensando que si me admitían por mi padre podía librarlo.

Le conté á mi madre lo que sucedía, y le dije lo que quería hacer.

Se quedó callada.

Le pregunté qué le parecía.

Siguió callada.

Se enojó mucho, me echó; me fuí, volví tarde, los perros no ladraron, porque me conocieron; llegué sin que me sintieran hasta la puerta del rancho.

La hallé hincada rezando, delante de un nicho que teníamos que era _Nuestra Señora del Rosario_.

Rezaba en voz muy baja; yo no podía oir sino el final de los Padres Nuestros y de las Ave Marías.

Contenía el resuello para no interrumpirla, cuando oí que dijo:

«Madre mía y señora, ruega por él y por mi hijo.»

Suspiré fuerte.

Mi madre dió vuelta; yo entré en el rancho y la abracé.

No me dijo nada.

Con mi padre no se podía hablar, estaba incomunicado.

Yo anduve unos cuantos días dando vueltas á ver si conseguía conversar con él, y al fin lo conseguí.

Me contó lo que había.

No era nada.

Todo era por hacernos mal.

Querían que saliéramos del pago.

Empezaban con él, seguirían conmigo.

Á fuerza de plata, vendiendo cuanto teníamos, logramos que lo largaran.

Para esto el Juez dió en visitar á mi madre solicitándola, y yo me tuve que casar con Regina, porque su padre fué quien más dinero nos prestó para comprar la libertad del mío.

Desde el día en que mi padre salió de la prisión--esa noche me casé yo,--ya no hubo paz en mi casa.

El hombre se puso tristón, no lo pasaba sino en riñas con mi madre.

Se le había puesto que la pobre había andado en tratos con el Juez, por su libertad; creía que todavía andaba.

¡Y qué había de andar, mi Coronel, si era una mujer tan santa!

Pero ya sabe usted lo que es un hombre desconfiado.

Mi padre lo era mucho.

--¿Y á ti cómo te iba con la Regina?--le pregunté al llegar á esta altura del relato.

--Como el diablo--me contestó.

--Pero, antes me has dicho que la querías y que te gustaba--agregué.

--Es verdad, señor, pero es que á la Dolores la quería mucho también, y me gustaba más--repuso.

--¿Y la veías?--proseguí.

--Todas las noches, señor, y de ahí vino mi desgracia y la de toda mi familia--contestó con amargura, envolviéndose en una nube de melancolía.

--¡Pobre Miguelito!--exclamé interiormente, admirando aquella ingenuidad infantil en un hombre cuyo brazo había estado resuelto, por simpatía hacia mí, á darle una puñalada al tremendo y temido Epumer.

XXVIII

Teoría sobre el Ideal.--Miguelito continúa contando su historia.--Cuadro de costumbres.

Toda narración sencilla, natural, sin artificio ni afectación, halla ecos simpáticos en el corazón.

El ideal no puede realizarse sino manteniéndonos dentro de los límites de la Naturaleza.

¿Ó no existe, ó no es verdad?

¿Ó no hay belleza plástica--rasgos, líneas, formas humanas perfectas?

¿Ó no hay belleza aérea--accidentes, fenómenos fugitivos, perfección moral?

Miguelito me había cautivado.

Era como una aparición novelesca en el cuadro romántico de mi peregrinación; de la azarosa cruzada que yo había emprendido devorado por una fiebre generosa de acción, con una idea determinada, y digo determinada, porque siendo la capacidad del hombre limitada, para hacer algo útil, grande ó bueno, tenemos necesariamente que circunscribir nuestra esfera de acción.

Viendo el tinte de tristeza que vagaba por su simpática fisonomía, lo dejé un rato replegado sobre sí mismo, y cuando la nube sombría de sus recuerdos se disipó le dije:

--Continúa, hijo, la historia de tu vida me interesa.

Miguelito continuó:

--Yo no vivía con mis padres, ellos estaban sumamente pobres, y yo había gastado cuanto tenía por la libertad de mi viejo. Tuve que irme á vivir con la familia de Regina.

Los primeros tiempos anduve muy bien con mi mujer.

Mis suegros me querían y me ayudaban á trabajar, prestándome dinero, me cuidaban y me atendían.

Al principio todos los suegros son buenos. ¡Pero después!

Por eso los indios tienen razón en no tratarse con ellos.

--¿Conoce esa costumbre de aquí, mi Coronel?

--No, Miguelito, ¿qué costumbre es ésa?

--Cuando un indio se casa, y el suegro ó la suegra van á vivir con él, no se ven nunca, aunque estén juntos. Dicen que los suegros tienen _gualicho_.

Fíjese lo que entre en un toldo y verá cómo cuelgan unas mantas para no verse el yerno con la suegra.

--Vaya una costumbre, que no anda tan desencaminada--exclamé para mis adentros,--y dirigiéndome á mi interlocutor--continúa--le dije.

Miguelito murmuró:

--Son muy diantres estos indios, mi Coronel--y prosiguió así:

--Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó mi familia[1] á andar como mi padre y mi madre.

Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos.

Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces mi suegra, siempre dándole la razón á la hija.

Cuando la sacaba mejor tenía que salirme de la casa, dejando que me gritasen pícaro, calavera, pobretón.

Me daba rabia y no volvía en muchos días, me lo llevaba comadreando por ahí, y era peor.

Así es el mundo.

De yapa cuando volvía, como la Regina estaba mal acostumbrada, porque los padres la aconsejaban, no quería ser mi mujer.

Me daba rabia y poco á poco le iba perdiendo el cariño.

Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche, á escondidas de sus padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores, ya no tenía mucha necesidad de ella.

Al hombre nunca le falta mujer, mi Coronel, como usted no ignora.

Ya ve aquí; tiene uno cuantas quiere.

Lo que suele faltar es plata.

En habiendo, compra uno todas las que puede mantener. Mariano Rosas tiene cinco ahora, y antes ha tenido siete. Calfucurá tiene veinte. ¡Qué indio bárbaro!

--¿Y tú, cuántas tienes?

--Yo no tengo ninguna, porque no hay necesidad.

--¿Cómo es eso?

--Sí; aquí la mujer soltera hace lo que quiere.

Ya verá lo que le dice Mariano de las chinas y cautivas, de sus mismas hijas. ¿Y por qué cree entonces que á los cristianos les gusta tanto esta tierra? Por algo había de ser, pues.

Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y como había tiempo para enterarme de ellas y quería conocer el fin de la historia empezada, le dije:

--¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con tu mujer propia?

--Me arreglaba y me desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados; otros, yo por un lado, ellos por otro.

Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo mis cosas con la Dolores.

Hasta me amenazó una vez con que me había de delatar.

Aquello era una madeja que no se podía desenredar y á más habían dado en la tandita de hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera. Decían que ella era mi tapadera y yo la del Juez.

Una noche casi me desgracié con mi suegro.

Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado.

Era una picardía; porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley.

Trabajaba como un macho todo el día, y rezar era su vida.

Como sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios para afuera. Adentro había otra cosa.

Yo prudenciaba, porque mi madre me decía siempre: tené paciencia, hijo.

--¿Y la Dolores?--le pregunté.

--Siempre la veía, mi Coronel--me contestó.

--¿Y cómo hacías?

--Ahorita le voy á contar, y verá todas las desgracias que me sucedieron.

Yo iba casi todas las noches obscuras á casa de la Dolores.

Saltaba la tapia y me escondía entre los árboles de la huerta, y allí esperaba hasta que ella venía.

Mi caballo lo dejaba maneado del lado afuera.

Cuando la Dolores venía, porque no siempre podía hacerlo, nos quedábamos un largo rato en amor y compañía, y luego me volvía á mi casa.

Un día mi madre me dijo:

«Hijo, ya no lo puedo sufrir á tu padre; cada vez se pone peor con la chupa; todo el día está dale que dale con el Juez. Me ha dicho que si viene esta noche lo ha de matar á él y á mí. Y yo no me atrevo á despedirlo; porque tengo miedo de que á ustedes les venga algún perjuicio. Ya vez lo que sucedió la vez pasada. Y ahora con las bullas que andan, se han de agarrar de cualquier cosa para hacerlos veteranos.»

Con esta conversación me fuí muy pensativo á ver á la Dolores.

Estuvimos como siempre, desechando penas.

Nos despedimos, salté la tapia, desmanié mi flete, monté, le solté la rienda y tomó el camino de la querencia al trotecito.

Yo iba pensando en mi madre, diciendo:--Si le habrá sucedido algo--mejor será que vaya para allá,--cuando el caballo se paró de golpe.

El animal estaba acostumbrado á que yo me apeara en mi camino á prender un cigarrito, en un nicho en donde todas las noches ponían una vela por el alma de un difunto.

Me desmonté.

El nicho tenía una puertita.

Hacía mucho viento.

Fuí á abrirla antes de haber armado el cigarro y se me ocurrió que si se apagaba la luz, no lo podría encender.

La dejé cerrada hasta armar bien.

Acabé de hacerlo, abrí la puerta y teniendo el caballo de la rienda con una mano y empinándome, porque el nicho estaba en una peña alta, encendía el cigarro con la derecha cuando,--zás, trás, me pegaron un bofetón.

Solté la rienda, el caballo con el ruido se espantó y disparó; yo creí que era el alma del difunto, que no quería que encendiera el cigarro en su vela, me helé de miedo y eché á correr asustado, sin saber lo que me pasaba, sin ocurrírseme de pronto que no era un bofetón lo que había recibido, sino un portazo dado por el viento.

Corría despavorido y había enderezado mal. En lugar de correr para mi casa, que quedaba en las orillas, corría para el pueblo. La noche estaba como boca de lobo. Se me figuraba que me corrían de atrás y de adelante. De todos los lados oía ruido, nunca me he asustado más fiero, mi Coronel.

Al llegar á las calles del pueblo, la sangre se me iba calentando; y veía claro en la obscuridad y oía bien.

Muchas voces gritaban:

--¡Por allí! ¡por allí!

--¡Cáiganle! ¡dénle!

Al doblar una cuadra me topé con unos cuantos, que no tuve tiempo de reconocer.

--¡Alto ahí!--me gritaron.

Hice alto.

--¿Quién es usted?--me preguntaron.

--Miguel Corro--contesté.

--¡Maten! ¡maten!--gritaron.

Hicieron fuego de carabina, me dieron sablazos y caí tendido en un charco de sangre. Por suerte no me pegaron ningún balazo. De no, ahí quedo para toda la siega.

Y esto diciendo, Miguelito cayó en una especie de sopor, del que volvió luego.

--¿Y?...--le dije.

--Al día siguiente--prosiguió,--me desperté en el cuerpo de la guardia de la partida. No podía ver bien porque la sangre cuajada me tapaba los ojos. Quise levantarme, no pude.

Me limpié la cara, poco á poco fuí viendo luz. Me habían puesto en el cepo del pescuezo y de los pies. Ya sabe como son los de la partida de policía, mi Coronel, los más pícaros de todos los pícaros, y los más malos.

Todo ese día no vi á nadie, ni oí más que ruido de gente que entraba y salía. Estarían tomando declaraciones.

Á la noche entró una partida y me tiró una tumba de carne. No tuve alientos para comerla. Me estaba yendo en sangre.

Como tenía las manos libres, me rompí la camisa, hice unas tiras y medio me até las heridas, que eran en la cabeza y en la caja del cuerpo. Estaba cerca de un rincón y alcancé á sacar unas telas de araña. ¡Quién sabe de no cómo me va!

Pasé una noche malísima; cuando no me despertaban los dolores, me despertaban los ratones ó los murciélagos. ¡Qué haber de bichos, mi Coronel! Los ratones me comían las botas y los murciélagos me chupaban los cuajarones de sangre.

Al otro día, reciencito, me sacaron del cepo, y me llevaron entre dos adonde estaba el Juez.

Me preguntaron que cómo me llamaba, que cuántos años tenía, y otras cosas más.

Me preguntaron que de dónde venía la noche que me prendieron, y por no comprometer á la Dolores eché una mentira. Dije que de casa de mi madre. Fué para perjuicio.

Se me olvidaba decirle que el Juez no era el que yo conocía, el que visitaba á mi madre, causante de tantos males en mi casa, sino otro sujeto del Morro.

Ese día no me preguntaron más. Al otro me tomaron otras declaraciones, y al otro, otras, y así me tuvieron una porción de tiempo, incomunicado, dándome á medio día una tumba de carne y un guámparo de agua.

Yo estaba medio loco, nada sabía de mi madre, ni de mi padre, ni de mi mujer, ni de la Dolores. Creía que no se acordaban de mí y me daban ganas de ahorcarme con la faja.

Por fin una noche escuché una conversación del centinela con no sé quién, y supe que yo había muerto al Juez. Así decían. Y decían también que si no me fusilaban, me destinarían. Yo no entendía nada de aquel barullo.

Un día, el soldado de la partida que me daba de comer y beber, me hizo una seña, como diciéndome: tengo algo que decirle.

Le contesté con la cabeza, como diciendo: ya entiendo.

Más tarde entró y me dijo: manda decir la hija de don... que si necesita dinero que le avise.

Temiendo que fuera alguna jugada que me quisieran hacer, contesté: déle las gracias, amigo.

Y cuando el policiano se iba á ir, le dije: me hace un favor, paisano; ¿me dice por qué estoy preso?

--Eso lo sabrá usted mejor que yo.

--¿Sabe usted si está en su casa mi padre, Miguel Corro?

--Sí, está.

--¿Y mi madre?

--También.

--¿Y dónde lo han muerto al Juez?

--Cerca de la casa de usted, _pues_. ¿Para qué quiere hacerse el que no sabe? ¡No ve que ya está todo descubierto!

Me quedé confuso--no le pregunté nada más, y el hombre se fué.

Á los pocos días me pusieron comunicado.

Mi madre fué la primera persona que vi. ¡No le decía, mi Coronel, que era una santa mujer!

Por ella supe lo que había. Llorando me lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi padre había muerto de celos al Juez. Pero nadie sino ella lo había visto. Y á mí me creían el asesino, porque me habían hallado corriendo á pie, por las calles del pueblo, á deshoras.

Mi vieja estaba muy afligida. Decía que decían, que me iban á fusilar y que eso no podía ser, que yo qué culpa tenía.

Yo le dije: mi madrecita, yo quiero salvar á mi padre.

Ella lloraba...

En ese momento entró uno de la partida y dijo:--Ya es hora de retirarse. Se va á entrar el sol.

Nos abrazamos, nos besamos, lloramos,--mi vieja se fué y yo me quedé triste como un día sin sol.

Me prometió volver al día siguiente, á ver qué se nos ocurría.

Esto dijo Miguelito, y como quien tiene necesidad de respirar con expansión para proseguir, suspiró... lágrimas de ternura arrasaron sus ojos.

Me enterneció.

NOTAS:

[1] Nuestros paisanos le llaman así á la mujer, y viceversa.

XXIX

El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina.--Monomanía de la imitación.--Continuación de la historia de Miguelito.--Cuadro de costumbres.--¿Qué es filosofar?

Cada zona, cada clima, cada tierra, da sus frutos especiales. Ni la ciencia, ni el arte, inteligentemente aplicados por el ingenio humano alcanzan á producir los efectos químico-naturales de la generación espontánea.

Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas Paranaenses; las esbeltas y verdes palmeras de Morería; los encumbrados y robustos cedros del Líbano; los banianos de la India, cuyos gajos cayendo hasta el suelo, toman raíces, formando vastísimas galerías de fresco y tupido follaje, crecen en los invernáculos de los jardines zoológicos de Londres y París. ¿Pero cómo? Mustios y sin olor aquéllos, bajas y amarillentas éstas; enanos, raquíticos los unos; sin su esplendor tropical los otros.

Lo mismo en esa bella planta indígena, que se desarrolla del interior al exterior; que vive de la contemplación y del éxtasis, que canta y que llora, que ama y aborrece, que muere en el presente para poder vivir en la posteridad.

El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos como el mar, las montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el combate diario, la ignorancia, la pobreza, la privación de la dulce libertad, el respeto por la fuerza; la aspiración inconsciente de una suerte mejor--la contemplación del panorama físico y social de esta patria,--produce un tipo generoso, que nuestros políticos han perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no han tenido el valor de cantar, sino para hacer su caricatura.

La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo; de nuestra fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición.