Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1
Part 15
Muy cerca de una hora tardamos en abrazos, salutaciones y demás actos de cortesanía indiana.
Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más fuerte que mis gastados pulmones me lo permitieron: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! se oyeron los postreros hurras y vítores de la multitud, que no tardó en desparramarse montando la mayor parte á caballo, entregándose á los regocijos ecuestres de la tierra, como carreras, _rayadas_, pechadas y piruetas de toda clase, por fin.
Yo estaba orgulloso, contento de mí mismo, como si hubiera puesto una pica en Flandes, no sólo por la energía y fortaleza de que había dado pruebas incontestables y señaladas, sino porque ciertas frases que oía vagar por la atmósfera hacían llegar hasta mi conciencia el convencimiento de que aquellos bárbaros admiraban por primera vez en el hombre culto y civilizado, en el cristiano representado por mí, la potencia física, dote natural que ellos ejercitan tanto y que tanto envidian y respetan.
De vez en cuando llegaban á mis oídos estos ecos: «Ese Coronel Mansilla muy toro; ese Coronel Mansilla cargando; ese Coronel Mansilla lindo».
Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban á mí, hasta estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo, la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el costado, mostrando su cabo cincelado, las botas granaderas, la cadena del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto llamaba por su hechura ó color la atención. Y después de mirarme bien, me decían alargándome la mano:
--Ese coronel, dando la mano, amigo. Y no sólo me daban la mano, sino que me abrazaban y me besaban, con sus bocas sucias, babosas, alcohólicas, pintadas.
Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y con los franciscanos. Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas, por no decir cristianas, se acercaban á éstos, se arrodillaban, y tomándoles los cordones les decían: «La bendición, mi Padre». De veras, aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa tan grande es la religión, cómo consuela, conforta y eleva el espíritu!
Los franciscanos dieron algunas bendiciones, y á poca costa hicieron felices á unas cuantas ovejas descarriadas ó arrebatadas á la grey.
El contento era general, ¡qué digo! ¡universal!
Nadie, y eso que había muchísima gente _achumada_, nos faltó al respeto en lo más mínimo. Al contrario, caciques y capitanejos, indios de importancia y chusma, cristianos asilados y cautivos, todos, todos nos trataban con la más completa finura araucana.
Francamente, nos indemnizaban con réditos de los malos ratos, hambrunas, detenciones é impertinencias del camino.
¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían?
¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los destinos sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábitos de trabajo? ¿Los primeros albores de la humanidad presentan acaso otro cuadro? ¿Qué era Roma un día? Una gavilla de bandoleros, rapaces, sanguinarios, crueles, traidores.
¿Y entonces, qué tiene que decir nuestra decantada civilización?
Quejarnos de que los indios nos asolen, es lo mismo que quejarnos de que los gauchos sean ignorantes, viciosos, atrasados.
¿Á quién la culpa, sino á nosotros mismos?
Pero entremos al toldo de Mariano Rosas, quien antes de ofrecérmelo, me preguntó: ¿Qué quería hacer con mis caballos, si hacerlos cuidar con mi gente ó que él me los haría cuidar?--quien, preguntándome si mi gente había comido, y habiéndole contestado que no, llamó á su hijo _Lincoln_,--por qué se llama así no sé,--y le ordenó en castellano que carneara pronto una vaca gorda.
El toldo de Mariano Rosas, como todos los toldos, tiene una enramada; descansemos en ella hasta mañana, á fin de no alterar el método que me he propuesto seguir en el relato.
También conviene hacerlo así para que ni tú, Santiago amigo, ni el lector se hastíen,--que lo poco gusta y lo mucho cansa, aunque á este respecto pueden dividirse las opiniones según sea el capítulo de que se trate.
¿Quién se cansa de leer á Byron, á Goethe, á Juvenal, á Tácito?
Nadie.
¿Y á mí?
Cualquiera.
XXVI
La enramada de Mariano Rosas.--Parlamento y comida.--Agasajo.--Pasión de los Indios por la bebida.--Qué es un yapaí.--Epumer hermano mayor de Mariano Rosas.--Él y yo.--Me deshago de mi capa colorada.--Regalos.--Distribución de aguardiente.--Una orgía.--Miguelito.
De las dos proposiciones de Mariano Rosas sobre las bestias, opté por la primera, teniendo presente que el ojo del amo engorda el caballo.
Llamé á Camilo Arias y le di mis órdenes; Mariano las completó con varias indicaciones relativas al mejor pasto, al agua, á las horas de recoger y encerrar, según lo que se dispusiera. Terminó recomendando el mayor cuidado y vigilancia de día y de noche, por los _indios gauchos ladrones_, probándome con lo primero, que era hombre entendido en asuntos de campo, con lo segundo, que no es mal sastre quien conoce el paño.
Pasamos á la enramada, que quedaba unida al toldo. Éste es siempre de cuero, aquélla de paja, generalmente de _chala_ de maíz. Otro día, cuando entremos en un toldo, veremos cómo está construido y distribuido; hoy quedemos en la enramada, que era como todas, un armazón de madera, con techumbre de plano horizontal. Tendría sesenta varas cuadradas.
Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros, negros, lanudos, grandes y aseados; dos ó tres formaban el lecho, otros tantos arrollados el respaldo. Estaban colocados en dos filas y el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes y visitas. La fila que me designaron á mí miraba al Naciente; á la derecha, en la primera hilera, veíase un asiento que era el mío, más elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de ponchos á la derecha é izquierda, formando almohadones.
Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con comodidad, con las piernas cruzadas á la turca, estiradas, dobladas; acostarse, reclinarse ó tomar la postura que se quisiera.
Frente á frente de mí se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bastante bien el castellano, lo mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un lenguaraz. Convenía que todos los circunstantes oyesen _mis razones_ para que llevasen lenguas á sus _pagos_ y se hiciese en favor mío una atmósfera popular.
El parlamento comenzó como aquellos avisos de teatro del tiempo de Rosas, que decían, después de los _vivas y mueras de costumbre_ (¡y qué costumbre tan civilizada y fraternal!), se representará el lindo drama romántico en verso _Clotilde_, _ó el crimen por amor_, verbigracia, que cuadraba tan bien con el introito del cartel como ponerle á un santo Cristo un par de pistolas.
Es decir, que en pos de las preguntas y respuestas de ordenanza: Cómo está usted, cómo le ha ido con todos sus jefes y oficiales, no ha perdido algunos caballos, porque en los campos sólo suceden desgracias. Vinieron otras inesperadas; pero todas ellas sin interés.
Yo hablé de los dos caballos que me habían robado en Aillancó, del saqueo de Wenchenao á las cargas, y lo hice con vivacidad, apostrofando á los que así me habían faltado al respeto, pareciéndome que mi tono de autoridad llamaba la atención de todos.
Haría cinco minutos que conversábamos, traduciendo el lenguaraz de Mariano sus razones y Mora las mías, cuando trajeron de comer.
Entraron varios cautivos y cautivas--una de éstas había sido sirvienta de Rosas,--trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los mismos indios, rebosando de carne cocida y caldo aderezado con cebolla, ají y harina de maíz.
Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero.
Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata; los tenedores lo mismo, los cuchillos comunes.
Sirvieron á todos, á los recién llegados y á las visitas que me habían precedido.
Á cada cual le tocó un plato como una fuente.
Mientras se comía, se charlaba.
Yo no tardé en tomar confianza; estaba como en mi casa, mejor que en ella, sin tener que dar ejemplo á mis hijos.
Comía como un bárbaro--me acomodaba á mi gusto en el magnífico asiento de cueros y ponchos; decía cuanto disparate se me venía á la punta de la lengua y hacía reir á los indios ni más ni menos que Allú á la concurrencia.
Al que se me acercaba, algo le hacía--ó le daba un tirón de narices, ó le aplicaba un coscorrón, ó le pegaba una fuerte palmada en las posaderas.
Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas.
Se acabó el primer plato y trajeron otro, como para frailes _pantagruélicos_, lleno de asado de vaca, riquísimo.
Materialmente--me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer á manteles que en el suelo y en Leubucó.
Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido, á manera de postre; es bueno.
Trajeron agua en vasos, jarros y _chambaos_ (es un jarrito de aspa).
Y, á indicación del dueño de casa, que con impaciencia gritó varias veces: ¡trapo! ¡trapo! (los indios no tienen voz equivalente) unos cuantos pedazos de género de distintas clases y colores para que nos limpiáramos la boca.
Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.
Este capítulo es serio, si es que después de sabias máximas, consejos oportunos y graves reflexiones de Brillat Savarin, puede haber algo más serio que el comer.
Aquel filósofo, inmortal en su género, tiene dos aforismos que podían parafrasearse aquí, diciendo: díme lo que bebes, te diré lo que eres; el destino de las naciones depende de lo que beben.
Manuel Gascón ha de pretender _á priori y á posteriori_, que para él el problema está resuelto, sosteniendo que de todas las bebidas la mejor es el agua.
Digo que esto depende de las circunstancias, como que no hayan visitas, y prosigo.
Los indios beben, como todo el mundo, por la boca.
Pero ellos no beben comiendo.
Beber es un acto aparte.
Nada hay para ellos más agradable.
Por beber posponen todo.
Y así como el guerrero que se apresta á la batalla prepara sus armas, ellos, cuando se disponen á beber, esconden las suyas.
Mientras tienen qué beber, beben; beben una hora, un día, dos días, dos meses.
Son capaces de pasárselo bebiendo hasta reventar.
Beber es olvidar, reir, gozar.
No teniendo aguardiente ó vino, beben _chicha_ ó _piquillín_.
Esta vez estaban de fiesta con vino.
El acto está sujeto á ciertas reglas, que se observan como todas las reglas humanas, hasta que se puede.
Se inicia con un _yapaí_, que es lo mismo que si dijéramos: _the pleasure of a glass of wine with you?_ para que vean los de la colonia inglesa que en algo se parecen á los ranqueles.
Pero esta invitación se diferencia algo de la nuestra.
Nosotros empezamos por llenar la copa del invitado, luego la propia; bebemos simultáneamente, haciéndonos un saludo más ó menos risueño y cordial, espiándonos por sobre el borde de la copa, á ver quién la apura más; y es de buena educación, de estilo clásico, no beberla toda, ni tampoco que parezca se ha aceptado el brindis por compromiso; como que él significa:--Á la salud de usted cuando no se ha propuesto uno por la patria, por la libertad ó por el Presidente de la República.
Los indios empiezan por decir _yapaí_, llenando bien el tiesto en que beben, que generalmente es un cuernito.
La persona á quien se dirigen, contesta _yapaí_.
Bebe primero el que invitó, hasta poder hacer lo que los franceses llaman _goute en l'ongle_, es decir, hasta que no queda una gota, llenan después el vaso, copa, jarro ó cuernito exactamente, como él lo bebiera, se lo pasa al contrario, y éste se lo echa al coleto diciendo _yapaí_.
Si el yapaí ha sido de media cuarta, media cuarta hay que beber.
Por supuesto que no conozco nada peor visto que una persona que se excusa de beber, diciendo:--No sé.
En un hombre tal, jamás tendrían confianza los indios.
Así como en toda comida bien dirigida, hay siempre un anfitrión que la preside, que hace los honores, que la anima; así también en todo beberaje de indios hay uno que lleva la palabra; es el que hace el gasto, por lo común.
Esta vez, el que hacía el gasto ostensiblemente era Mariano Rosas, en realidad el Estado, que le había dado sus dineros al Padre Burela para rescatar cautivos.
Pero aunque Mariano Rosas hacía el gasto y era el dueño de la casa, Epumer, su hermano, era el anfitrión.
Epumer es el indio más temido entre los ranqueles, por su valor, por su audacia, por su demencia cuando está beodo.
Es un hombre como de cuarenta años, bajo, gordo, bastante blanco y rosado, ñato, de labios gruesos y pómulos protuberantes, lujoso en el vestir, que parece tener sangre cristiana en las venas, que ha muerto á varios indios con sus propias manos, entre ellos á un hermano por parte de madre, que es generoso y desprendido, manso estando bueno de la cabeza, que no estándolo le pega una puñalada al más pintado.
Con este nene tenía que habérmelas yo.
Llevaba un gran facón con vaina de plata cruzado por delante, y me miraba por debajo del ala de un rico sombrero de paja de Guayaquil, adornado con una ancha cinta encarnada, pintada de flores blancas.
Yo llevaba un puñal con vaina y cabo de oro y plata, sombrero gacho de castor, y alta ala, no le quitaba los ojos al orgulloso indio, mirándole fijamente cuando me dirigía á él.
Bebíamos todos.
No se oía otra cosa que ¡_yapaí_, hermano! ¡_yapaí_, hermano!
Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y parecía estarlo.
Atendía á todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban; amonestaba á unos, despedía á otros cuando me incomodaban mucho con sus impertinencias; me pedía disculpas á cada paso; en dos palabras, hacía, á su modo, y según lo usos de su tierra, perfectamente bien los honores de su casa.
Epumer no había simpatizado conmigo, y á medida que se iba _caldeando_, sus pullas iban siendo más directas y agudas.
Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su hermano y yo, terciando en la conversación.
Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.
Á todo lo hallaba taimado y reacio.
Llegó á contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza.
Y sin embargo, á cada paso me decía:
--Coronel Mansilla, ¡yapaí!
--Epumer, ¡yapaí!--le contestaba yo.
Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos.
Mis oficiales se habían visto obligados á abandonar la enramada, so pena de quedar tendidos, tantos eran los _yapaí_.
Los indios, _caldeados_ ya, apuraban las botellas, bebían sin método; ¡vino! ¡vino! pedían para _rematarse_, como ellos dicen, y Mariano hacía traer más vino, y unos caían y otros se levantaban, y unos gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos venían y me abrazaban y me besaban, y otros me amenazaban en su lengua, diciéndome _winca engañando_.
Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían, empujaba hasta darlo en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como el vino iba haciendo su efecto, estaba dispuesto á todo. Pero con bastante calma para decirme:
--Es menester aullar con los lobos para que no me coman.
Mis aires, mis modales, mi disposición franca, mi paciencia, mi constante aceptar todo _yapaí_ que se me hacía, comenzaron á captarme simpatías.
Lo conocí y aproveché la coyuntura.
La ocasión la pintan calva.
Llevaba una capa colorada, una linda, aunque malhadada capa colorada, que hice venir de Francia, igual á las que usan los oficiales de caballería de los cuerpos argelinos indígenas.
Yo tengo cierta inclinación á lo pintoresco, y durante mucho tiempo, no he podido substraerme á la tentación de satisfacerla.
Y tengo la pasión de las capas,--que me parece inocente, sea dicho de paso.
En el Paraguay usaba capa blanca siempre.
Hasta dormía con ella.
Mi capa era mi mujer.
Pero qué caro cuestan á veces las pasiones inocentes.
Por usar capa colorada me han negado el voto de los comicios.
Por usar capa colorada me han creído _colorado_.
Por usar capa colorada me han creído caudillo de malas intenciones. Pero entonces, ¿cómo dicen que el hábito no hace al monje?
Decididamente, Figueroa es quien tiene razón. «Pues el hábito hace al monje, por más que digan que no».
Me quité la histórica capa, me puse de pie, me acerqué á Epumer, y dirigiéndole palabras amistosas, le dije:
--Tome, hermano, esta prenda, que es una de las que más quiero.
Y diciendo y haciendo, se la coloqué sobre los hombros.
El indio quedó idéntico á mí, y en la cara le conocí que mi acción le había gustado.
--Gracias, hermano--me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó.
Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el relámpago de la envidia hiere el corazón.
Tomé mi lindo puñal, y dándoselo, le dije:
--Tome, hermano, usted úselo en mi nombre.
Lo recibió con agrado, me dió la mano y me lo agradeció.
Mandé traer mi lazo que era una obra maestra y se lo regalé á Relmo.
Ya estaba en vena de dar hasta la camisa.
Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de plata, y se las regalé á Melideo.
Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé á los hijos de Mariano.
Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos, camisas, regalé cuanto tenía.
Y por último mandé traer un barril de aguardiente y se lo regalé á Mariano.
Mariano me dijo:
--Para que vea, hermano, cómo soy yo con los indios, delante de usted les voy á repartir á todos. Yo soy así, cuanto tengo es para mis indios, ¡son tan pobres!
Vino el barril y comenzó el reparto por botellas, calderas, vasos, copas y cuernos.
En tanto que Mariano hacía la patriarcal distribución, un hombre de su confianza, un cristiano, se acercó á mí y á voz baja me dijo:
--Dice el general Mariano que si trae más aguardiente le guarde un poquito para él, que esta noche cuando se quede solo piensa divertirse _solo_; que ahora no es propio que él lo haga.
¿Qué te parece cómo se hila entre los indios?
Contesté que tenía otro barril, que repartiese todo el que acababa de recibir.
La orgía siguió; era una bacanal en regla.
Epumer comenzó á ponerse como una ascua, terrible.
Mariano quiso sacarme de allí: me negué, su hermano quería beber conmigo y yo no quería abandonar el campo, exponiéndome á las sospechas de aquellos bárbaros.
Soy fuerte, contaba conmigo.
Si la fortuna no me ayudaba, alguna vez se acababa todo, algún día termina esta batalla de la vida en que todo es orgullo y vanidad.
--Yapaí--me dijo Epumer, ofreciéndome un cuerno lleno de aguardiente.
--Yapaí--contesté horripilado;--yo podía beber una botella de vino en una sentada. Pero un cuerno, al mejor se la doy.
En ese instante y mientras Epumer apuraba el cuerno, una voz suave me llamó al oído.
Di vuelta sorprendido, y me hallé con una fisonomía infantil, pero enérgica.
--Y ¿quién eres tú?
--Un cristiano, Miguelito.
XXVII
Pasión de Miguelito.--Los hombres son iguales en todas circunstancias de la vida.--Retrato de Miguelito.--Su historia.
Miguelito había concebido por mí una de esas pasiones eléctricas, que revelan la espontaneidad del alma; que son un refugio de las grandes tribulaciones, que consuelan y fortalecen; que no retroceden ante ningún sacrificio; que confunden al escéptico y al creyente lo llenan de inefable satisfacción.
Cruzamos el mar tempestuoso de la vida entre la angustia y el dolor, la alegría y el placer, entre la tristeza y el llanto, el contento y la risa; entre el desencanto y la duda, la creencia y la fe. Y cuando más fuertes nos conceptuamos, el desaliento nos domina, y cuando más débiles parecemos, inopinadas energías nos prestan el varonil aliento de los héroes.
Vivimos de sorpresa en sorpresa, de revelación en revelación, de victoria en victoria, de derrota en derrota.
Somos algo más que un dualismo; somos algo de complejo, de complicado ó indescifrable.
Y sin embargo, es falso que los hombres sean mejores en la mala fortuna que en la buena; caídos que cuando están arriba, pobres que ricos.
El avaro, nadando en la opulencia, no se cree jamás con deberes para el desvalido.
El generoso no calcula si lo superfluo de que hoy día se desprende, será mañana para él una necesidad.
El cobarde es siempre fuerte con los débiles, débil con los fuertes.
El valiente, ni es opresor, ni se deja oprimir, puede doblarse,--quebrarse jamás.
El débil, busca quien le dé sombra, quien le gobierne y le dirija.
El fuerte, ampara y protege, se basta á sí mismo.
El virtuoso es modesto.
El vicioso es audaz.
Somos como Dios nos ha hecho.
Es por eso que la caridad nos prescribe el amor, la indulgencia, la generosidad.
Es por eso que la grandeza humana consiste en adherirse á lo imperfecto.
Tal hombre que yo amo, no merece mi estimación; tal otro que estimo, no es mi amigo.
La razón, es la inflexible lógica.
El corazón, es la inexplicable versatilidad.
Los problemas psicológicos son insolubles.
¿De dónde brota para la planta la virtualidad de emisión?
¿De la hoja, de la celda, de los pétalos, de los estambres, de los ovarios?
Misterio...
Las fuerzas plásticas de la Naturaleza son generadoras.
Quien dice biología, dice órganos productores.
¿Pero cómo se operan los fenómenos de la vida?
Del corazón nacen los grandes afectos y los grandes odios; del corazón nacen los pensamientos sublimes y las sublimes aberraciones; del corazón nace lo que me estremece y me enternece, lo que me consuela y lo que me agita.
¿Á impulsos de qué?
Lo que ayer embellecía mi vida hoy me hastía; lo que ayer me daba la vida, hoy me mata; ayer creía no poder vivir sin lo que hoy me falta, y hoy descubro en mí gérmenes inesperados para resistir y sufrir.
Como la lámpara que se extingue, pero que no muere, así es nuestro corazón.
Nos quejamos de los demás, jamás de nosotros mismos.
¿Es que somos ingratos ó severos?
¡No!
Es que no nos entendemos.
Si nos comprendiéramos no seríamos injustos, anhelando como anhelamos el bien.
_«There is a tide in the affairs of men, Which, taken at the flood, leads on to fortune.»_
Que hay una marea en los negocios humanos que entrando en ella cuando sube conduce á la fortuna.
Sea de esto lo que fuere, una cosa es innegable,--que quien sabe sufrir y esperar, á todo puede atreverse. Y si esto se negase, no me negarán esto otro: que cuando el hombre tiene necesidad de un hombre y lo busca, le halla.
Nuestra desesperación no es frecuentemente más que el efecto de nuestra impaciencia febril.
La solidaridad humana es un hecho tangible,--en política, en economía social, en religión, en amistad.
La vida se consume cambiando servicios por servicios. La armonía depende de este convencimiento vulgar, que está en la conciencia de todos: hoy por ti mañana por mí.
Es por eso que el tipo odioso por excelencia, es el de aquél que, violando la sabia ley de la reciprocidad, se mancha eternamente con el borrón de la ingratitud.
Dante coloca á estos desgraciados en el cuarto recinto del último infierno.
Á los que entran allí.--_Vexilla regis prodeunt inferni_,--los estandartes de Satanás salen á recibirlos y la cohorte diabólica empiedra con sus cráneos la glacial morada.
¡Cuántas veces sin buscar el hombre que necesitamos, no le hallamos en nuestro camino!
La aparición de Miguelito en el toldo de Mariano Rosas, es una prueba de ello.
Yo estaba amenazado de un peligro y no lo sabía.
Miguelito me lo previno y me puse en guardia. Estar prevenido, es la mitad de la batalla ganada.