Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1
Part 14
Me daban una lección sobre el ceremonial decretado para mi recepción, cuando llegó un indiecito muy apuesto, cargado de prendas de plata y montando un _flete_ en regla.
Le seguía una pequeña escolta.
Era el hijo mayor de Mariano Rosas, que por orden de su padre venía á recibirme y saludarme.
La salutación consistió en un rosario de preguntas--todas referentes á lo que ya sabemos, al estado fisiológico de mi persona, á los caballos y novedades de la marcha.
Á todo contesté políticamente, con la sonrisa en los labios y una tempestad de impaciencia en el corazón.
Esta vez, á más de las preguntas indicadas, me hicieron otra--que cuántos hombres me acompañaban y qué armas llevaba.
Satisfice cumplidamente la curiosidad.
Ya sabe el lector cuántos éramos al llegar á las tierras de Ramón.
El número no se había aumentado ni disminuido por fortuna; ninguna desgracia había ocurrido. En cuanto á las armas, consistían en cuchillos, sables sin vaina entre las caronas y cinco revólveres, de los cuales dos eran míos.
El hijo de Mariano Rosas regresó á dar cuenta de su misión. Más tarde vino otro enviado y con él la orden de que nos moviéramos.
Una indicación de corneta se hizo oir.
Reuniéronse todos los que andaban desparramados; formamos como lo describí ayer y nos movimos.
Ya estábamos á la vista del mismo Mariano Rosas; yo podía distinguir perfectamente los rasgos de su fisonomía, contar uno por uno los que constituían su corte pedestre, su séquito, los grandes personajes de su tribu, ya íbamos á echar pie á tierra, cuando: ¡sorpresa inesperada! fuimos notificados de que aún había que esperar.
Esperamos, pues...
Habiendo esperado yo tanto; ¿por qué no han de esperar ustedes hasta mañana ó pasado?
La curiosidad aumenta el placer de las cosas vedadas difíciles de conseguir.
XXIV
¡Qué hacer cuando no hay más remedio!--Cuál era el objeto de esta otra parada.--Pretensiones de la ignorancia.--Las brujas.--Saludos y regocijos.--Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento.--Agitación en el toldo de Mariano Rosas.--Las brujas vieron al fin lo mismo que el Cacique.--Cómo estaba formado éste.--Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí.--Echo pie á tierra.--Vítores.
Hay situaciones en que una indicación, por más política que sea, tiene todo el carácter de una orden militar.
¿Qué había de hacer, cuando con la mayor finura araucana me insinuaron que, á pesar de hallarme ya á tiro de pistola del toldo suspirado, debía detenerme un rato más?
Claro está, conformarme.
Permanecimos á caballo, en el mismo orden de formación que llevábamos.
Aquella parada á última hora, inopinada, que no había formado parte del programa imaginario de nadie, tenía en el ceremonial de la corte de Mariano Rosas un gran significado.
En las paradas anteriores, el objeto real había sido--unas veces, ganar tiempo hasta que se tranquilizara la multitud,--otras veces, cumplir con los deberes oficiales y sociales de la buena crianza y cortesía.
Esta vez el cacique mayor, los caciques secundarios, los capitanejos, los indios de _importancia_--como se estila en Tierra Adentro,--querían verme un rato de cerca, antes de que echara pie á tierra, estudiar mi fisonomía, mi mirada, mi aire, mi aspecto; asegurarse, por ciertas razones fundamentales, de mis intenciones, leyendo en mi rostro lo que llevaba oculto en los repliegues del corazón.
Y querían hacer esto, no sólo conmigo, sino con todos los que me acompañaban, inclusive los dos reverendos franciscanos, santos varones, incapaces de arrancarle las alas á una mosca.
En medio de su disimulo y malicia genial y estudiada, los salvajes y los pueblos atrasados en civilización tienen siempre algo de candorosos.
Ellos creen cosa muy fácil engañar al extranjero.
El orgullo de la ignorancia se traduce constantemente, empezando por creer que se sabe más que el prójimo.
La ignorancia tomada individual ó colectivamente es la misma en sus manifestaciones--falsamente orgullosa y osada.
Mariano Rosas creyó engañarme.
Estábamos al habla, con tal de esforzar un poco la voz, y siguiendo el plan conocido me destacó un embajador.
Ni una palabra de mi lengua entendía éste.
Era calculado.
Se buscaba que sin apelación me valiera del lenguaraz hasta para contestar sí, ó no.
Así duraba más tiempo la exposición de mi persona y séquito--se nos examinaba prolijamente.
Y mientras se nos examinaba, las viejas brujas, en virtud de los informes y detalles que recibían, descifraban el horóscopo, leyendo en el porvenir, relataban mis recónditas intenciones y conjuraban el espíritu maligno--el _gualicho_.
Habló el representante de Mariano Rosas.
Las coplas fueron las consabidas, con el agregado de que--se alegraba tanto de verme llegar bueno y sano á su tierra; que estaba para servirme con todos sus caciques, capitanejos é indios, que aquél era un día grande, y que, en prueba de ello, oyese.
Al decir esto, hacían descargas con carabinas y fusiles, unos cuantos cristianos andrajosos, entre los que se distinguía un negro, especie de _Rigoletto_; quemaban cohetes de la India en gran cantidad y prorrumpían en alaridos de regocijo.
Yo contestaba con toda la afabilidad de un diplomático--por el órgano de mi lenguaraz, que á su turno se dirigía á un representante que me había designado Caniupán, mi estatua del Comendador, desde el instante en que nos movimos de Calcumuleu.
Multiplicando los dos interlocutores principales, á cual más sus razones--so pena de desacreditarse ante el concepto de la opinión pública, que estaba allí congregada, no había remedio, los saludos duraban tanto como un rosario.
Después que fuí saludado, cumplimentado y felicitado, me pidieron permiso para hacerlo con los franciscanos, que por el hecho de andar á mi lado, de ver mis atenciones con ellos, y, sobre todo, porque _llevaban corona_, eran reputados mis segundos en jerarquía.
Concedí el permiso, y vino un diálogo como los que ya conocemos, con su multiplicación de razones, con sus últimas sílabas prolongadas á más no poder, y en el que resonaron con mucha frecuencia los vocablos: _chao_, padre; _uchaimá_, grande; _chachao_, Dios y _cuchauentrú_, que también quiere decir Dios, con esta diferencia: _chachao_, responde á la idea de _mi padre_ y _cuchauentrú_, á la de el _omnipotente_, literalmente traducido significa _hombre grande_, de _cucha_ y _uentrú_.
Los franciscanos contestaron evangélicamente, ofreciendo bautizar, casar y salvar todas las almas que quisieran recurrir al auxilio espiritual de su ministerio.
Felizmente los intérpretes no entendieron muy bien sus apostólicas razones, y no pudieron multiplicarlas tanto como la concurrencia lo habría deseado.
En pos de los franciscanos vinieron mis oficiales, para cuyo efecto me pidieron también la venia.
Á ese paso, iban á ser interrogadas, saludadas y agasajadas hasta las mulas que llevaban las cargas.
Este artículo del ceremonial se hizo hablando uno de mis oficiales por todos, según me lo indicó Mora.
Se redujo todo á lo sabido--razones elevadas á la quinta potencia, en medio de la mímica oratoria más esforzada.
En tanto que estos parlamentos tenían lugar, muchos indios viejos, de extraño aspecto, giraban en torno mío y de los míos, con aire misterioso, callados, cejijunto el rostro como estudiando á los recién llegados y la situación. Se iban y venían, tornaban á irse y volvían á venir, llevándoles lenguas á las brujas, que hacían el exorcismo, y á las cuales iba el pellejo, ó la vida, si por alguna casualidad, incongruencia ó nigromancia acontecía una desgracia como enfermarse, morirse un indio ó un caballo de estimación.
Las tales adivinas acaban sus días así, sacrificadas si no tienen bastante talento, previsión ó fortuna para acertar.
Á cada triquitraque las llaman y consultan.
Para ir á malón, consulta; para saber si lloverá habiendo sequía, consulta; para saber de qué está enfermo el que se muere, consulta. Y si los hechos augurados fallan, ¡adiós, pobre bruja! su brujería no la salva de las garras de la sangrienta preocupación,--muere.
No obstante, es un artículo abundante entre los indios,--prueba evidente de que el charlatanismo tiene su puesto preferente en todas partes: pronosticar el destino de la humanidad y de las naciones, aunque la civilización moderna es más indulgente. Nosotros mandaremos guillotinar á Mazzini, es un gritón menos de la libertad; pero á los que hacen el milagro de la extravasación de la sangre de San Genaro, no.
Una indescriptible agitación reinaba en el toldo de Mariano Rosas. Indios y chinas á pie y á caballo, iban y venían en todas direcciones. Algo extraordinario acontecía, que se relacionaba conmigo.
Llamó mi atención.
Le pregunté impaciente á Mora qué sería. No pudo satisfacerme. El mismo lo ignoraba. Después supe que las viejas brujas habían andado medio apuradas. Sus pronósticos no fueron buenos al principio. Yo era precursor de grandes é inevitables calamidades; _gualicho_ transfigurado venía conmigo.
Para salvarse había que sacrificarme, ó hacer que me volviera á mi tierra con cajas destempladas. Como se ve, todas las brujas son iguales,--la base de la nigromancia está en la credulidad, en el miedo, en los instintos maravillosos, en las preocupaciones populares.
Pero Mariano Rosas no quería sacrificarme, ni que me volviera como había venido, sin echar pie á tierra siquiera en Leubucó.
Los recalcitrantes, los viejos, los que jamás habían vivido entre los cristianos, los que no conocían su lengua, ni sus costumbres, los que eran enemigos de todo hombre extraño, de sangre y color que no fuera india,--creían en los vaticinios de las brujas.
Pero ya lo he dicho. Mariano Rosas, que á fuer de cacique principal sabía más que todos, no participaba de sus opiniones.
Se les previno, pues, á las brujas, que estudiasen mejor el curso del sol, la carrera de las nubes, el color del cielo, el vuelo de las aves, el jugo de las hierbas amargas que masticaban, los sahumerios de bosta que hacían: porque el cacique, que _veía otra cosa_, quería estrecharme la mano, y abrazarme convencido de que _gualicho_ no andaba conmigo, de que yo era el coronel Mansilla en cuerpo y alma.
Mariano Rosas estaba formado en ala, frente á mí, como á unos cincuenta pasos. Á su izquierda tenía á Epumer, su hermano mayor, su general en campaña. Por un voto solemne, aquél no se mueve jamás de su tierra, no puede invadir, ni salir á tierra de cristianos. Después de Epumer, seguían los capitanejos Relmo, Cayupán, otros más, y entre éstos Melideo, que quiere decir _cuatro ratones_, de _meli_, cuatro, y _deo_, ratón.
Es costumbre entre los ranqueles ponerse nombres así, y nótese que digo nombres, no apodos ni sobrenombres. El uno se llama como dejo dicho,--el otro se llamará «cuatro ojos», éste «cuero de tigre», aquél «cabeza de buey», y así.
En seguida de los capitanejos, ocupaban sus puestos varios indios de importancia, luego algunas chusmas y por fin algunos cristianos de la gente de un titulado coronel Ayala que fué de Saa, extraviado político, pero que no es mal hombre, que me trató siempre con cariño y consideración.
Estos cristianos estaba armados de fusil y carabina, que no brillaban por cierto de limpios, y eran los que con gran apuro y dificultad hacían las salvas en honor mío. Ayala los dirigía. El padre Burela, que, como se sabe, había llegado de Mendoza dos días antes que yo, con un cargamento de bebidas y otras menudencias para el rescate de cautivos, también andaba por allí, ocupando un puesto preferente. Jorge Macías, condiscípulo mío en la escuela del respetable y querido señor don Juan A. de la Peña, cautivo hacía dos años, andaba el pobre como bola sin manija.
La morada de Mariano Rosas, consistía en unos cuantos toldos diseminados y en unos cuantos ranchos, construidos por la gente de Ayala, en un corral y varios palenques.
Leubucó es una laguna sin interés,--quiere decir _agua que corre_, _leubú_ corre y de _có_ agua. Queda en un descampado á orilla de una ceja de monte, en una quebrada de médanos bajos. Los alrededores de aquel paraje son tristísimos, es lo más yermo y estéril de cuanto he visto; una soledad ideal.
De Leubucó, arrancan caminos, grandes rastrilladas por todas partes. Allí es la estación central. Salen caminos para las tolderías de Ramón que quedan en los montes de _Carrilobo_; para las tolderías de Baigorrita, situadas á la orilla de los montes de _Quenque_; para las tolderías de Calfucurá en Salinas Grandes; para la Cordillera, y para las tribus araucanas.
Yo he recogido, á fuerza de maña y disimulo, muchos datos á este último respecto, que algún día no lejano, publicaré, para que el país los utilice. Y digo con maña y disimulo, porque entre los indios, nada hay más inconveniente para un extraño, para un hombre sospechoso, como debía serlo y lo era yo, que preguntar ciertas cosas, manifestar curiosidad de conocer las distancias, la situación de los lugares á donde jamás han llegado los cristianos, todo lo cual se procura mantener rodeado del misterio más completo. Un indio no sabe nunca dónde queda el Chalileo, por ejemplo; qué distancia hay de Leubucó á Wada. La mayor indiscreción que puede cometer un cristiano asilado es decirlo.
Me acuerdo que en el Río 4.º, queriendo yo tener algunos datos sobre la población de los Ranqueles, le hice cierto número de preguntas á Linconao, que tanto me quería, delante de Achauentrú. Como aquél contestara bastante satisfactoriamente, éste, con tono airado, le amenazó diciéndole en araucano: que cuando regresase á Tierra Adentro, le diría á Mariano Rosas que era «un traidor que había estado hablando esas cosas conmigo,--y dirigiéndose á los demás indios circunstantes, añadió: ustedes son testigos».
Yo, qué había de entender; lo supe por mi lenguaraz. Mora, me lo dijo en voz baja, rogándome que no lo comprometiera y que no continuara el interrogatorio, que suspendí; quedando poco más enterado que antes.
Los conjuros terminaron, el horóscopo astrológico dejó de augurar males, las águilas no miraron ya para el Sur, sino para el Norte,--lo que quería decir que vendría gente de _adentro_ para _fuera_, no de afuera para adentro, ó en otros términos, que no habría malón de cristianos, que nada habría que temer.
La hora de recibirme había llegado.
¡Ya era tiempo!
Un enviado salió de las filas de Mariano Rosas y me dijo, siempre por intérprete:
--Manda decir el General que eche pie á tierra con sus jefes y oficiales.
--Está bien--contesté.
Y eché pie á tierra, y junto conmigo los cristianos é indios que me seguían. Y á ese tiempo se oyó un hurra atronador y un viva al coronel Mansilla.
Yo contesté, acompañándome todo el mundo.
¡Viva Mariano Rosas!
¡Viva el Presidente de la República!
¡Vivan los indios argentinos!
Había verdadero júbilo, los tiros de carabina y de fusil no cesaban, ni los cohetes, ni la infernal gritería, golpeándose la boca abierta con la palma de la mano.
Jorge Macías vino á mí y me abrazó llorando.
Como no me habían hecho ninguna indicación, me quedé junto á mi caballo, después de desmontarme.
Ya estaba aleccionado.
Hubo otro parlamento.
Lo volveré á repetir: no es tan fácil como se cree llegar hasta hacerle un _salam-alek_ á Mariano Rosas.
XXV
Gracias á Dios.--Empieza el ceremonial.--Apretones de mano y abrazos.--De cómo casi hube de reventar.--Por algo me había de hacer célebre yo.--¿Qué más podían hacer los bárbaros?
Mucho me había costado llegar á Leubucó y asentar mi planta en los umbrales de la morada de Mariano Rosas.
Pero ya estaba allí, sano y salvo, sin más pérdidas que dos caballos, sin más percances que el susto á inmediaciones de Aillancó, á consecuencia de la extraña y fantástica recepción del cacique Ramón.
Haber pretendido otra cosa habría sido querer cruzar el mar sin vientos ni olas; andar en las calles de Buenos Aires en verano sin polvo, en invierno sin lodo, lavarse la cara sin mojársela: ó como dice el refrán, comer huevos sin romper cáscaras.
Me parece que tenía por qué conceptuarme afortunado, ó en términos más cristianos, por qué darle gracias al que todo lo puede, como en efecto lo hice, exclamando interiormente: ¡Loado sea Dios!
Con el caballo de la brida, esperaba indicaciones para adelantarme á saludar á Mariano Rosas, pasando en revista los personajes que tenía al frente, aunque afectando una gran indiferencia por cuanto me rodeaba.
Todos los bárbaros son iguales, ni les gusta confesar que no han visto antes ciertas cosas, cuando éstas llaman su atención, ni que los que penetran sus guaridas, hallen raro lo que en ellas ven.
En el Río 4.º yo me solía divertir, mostrándoles á los indios un reloj de sobremesa, que tenía despertador, un barómetro, una aguja de marear óptica, un teodolito y un anteojo.
Miraban y miraban con intensa ojeada los objetos, y como quien dice, eso no llama tanto como usted cree mi atención, me decían: «Allá en Tierra Adentro mucho lindo teniendo».
Un indio, que debía ser algo, como paje del cacique, habló con Mariano Rosas, y en seguida con Caniupán, mi inseparable compañero.
Éste á su turno habló con Mora.
Mi lenguaraz, siguiendo la usanza, me dijo:
--Señor, dice el general Mariano, que ya lo va á recibir; que quiere darle la mano y abrazarlo; que se dé la mano con sus capitanejos y se abrace también con ellos, para que en todo tiempo lo conozcan y lo miren como amigo, al hombre que les hace el favor de visitarlos, poniendo en ellos tanta confianza.
Pasando por los mismos trámites, fué despachado el mensajero con un recadito muy afectuoso y cordial.
Mora volvió á conversar con Caniupán, y me dijo después:
--Señor, dice Caniupán que ya puede adelantarse á darle la mano al general Mariano; que haga con él y con los demás que salude _lo mismo que ellos_ hagan con usted.
--¿Y qué diablos van á hacer conmigo?--le pregunté.
--Nada mi Coronel, cosas de los indios, así es en esta tierra--me contestó.
--Supongo que no será alguna barbaridad--agregué.
--No señor, es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy contentos de verlo y medio _achumados_--repuso.
--¿Pero, poco más ó menos, qué van á hacer?--proseguí.
--Es que han de querer abrazarlo y cargarlo, respondió.
Pues si no es más que eso, murmuré para mis adentros, no hay de qué alarmarse, y como cuando grita uno á los que acaudilla en un instante supremo, ¡adelante! ¡adelante!
--¡Caballeros!--dije, mirando á mis oficiales y á los dos franciscanos, que estaban hechos unas pascuas, sonriéndose con cuantos los miraban,--vamos á saludar á Mariano.
Avancé, me siguieron, llegamos á tiro de apretón de manos del cacique y comenzó el saludo.
Mariano Rosas me alargó la mano derecha, se la estreché.
Me la sacudió con fuerza, se la sacudí.
Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro izquierdo, lo abracé.
Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro derecho, lo abracé.
Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo cargué, y suspendí, dando un grito igual.
Los concurrentes, á cada una de estas operaciones, golpeándose la boca abierta con la mano y poniendo á prueba sus pulmones, gritaban: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
Después que me saludé con Mariano, un indio, especie de maestro de ceremonias, me presentó á Epumer.
Nos hicimos lo mismo que con su hermano, en medio de incesantes y atronadores ¡¡¡aaaaaaaa!!!
Luego vino Relmo,--igual escena á la anterior: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
En seguida Cayupán,--lo mismo: ¡¡¡aaaaaaaa!!!
En pos de éste, Melideo (alias) _cuatro ratones_, indio sólido como una piedra, de regular estatura; pero panzudo, gordo, pesado, ¿como quién? como mi camarada Peña, el edecán del Presidente.
Aquí fueron los apuros para cargarlo y suspenderlo.
Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de hombre forzudo estaba comprometido, no alcanzarlo me parecía hasta desdoroso para los cristianos; redoblé el esfuerzo y mi tentativa fué coronada por el éxito más completo, como lo probaron los ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que los anteriores.
Aquello fué pasaje de comedia, casi reventé, casi se me salieron los pulmones, porque esto de tener que dar un grito que haga estremecer la tierra al mismo tiempo que el cuerpo se encorva, haciendo un gran esfuerzo para levantar del suelo un peso mayor que el de uno mismo, es asunto serio del punto de vista de la fisiología orgánica; pero que más que á todo se presta á la risa.
Imaginaos á Orión, á este querido amigo, de quien la biografía dirá algún día que tenía la impaciencia del bien, el sentimiento delicado de la amistad, todo el talento chispeante del porteño, y bajo una corteza de escéptico, por cierta inclinación al caricato, un corazón de oro,--imaginaos, decía, á este amigo, en un día de público regocijo, el próximo 9 de julio, verbigracia, en la Plaza de la Victoria, muy emperifollado con sus adornos de papel, cartón, lienzo y engrudo, subido sobre un tablado, luchando á brazo partido, en medio de las más risueñas algazaras de una turbamulta, por cargar y levantar á nuestro cofrade Hernández, ex-redactor del _Río de la Plata_, _cué_, cuya obesidad globulosa toma diariamente proporciones alarmantes para los que, como yo, le quieren, amenazando á remontarse á las regiones etéreas ó reventar como un torpedo paraguayo, sin hacer daño á nadie; imaginaos eso, vuelvo á decir, y tendréis una idea de lo que me pasó á mí durante mi faena hercúlea con Melideo, cumpliendo con el ceremonial establecido en la tierra donde me hallaba y con las leyes del orgullo de raza y de religión que me prohibían cejar un punto, dar un paso atrás, retroceder, aflojar en lo más mínimo.
¡Ah! si aquello se hubiera concluido con el abrazo de Melideo.
¡Pero qué! después de Melideo vinieron otros y otros capitanejos; después de éstos varios indios de importancia; por conclusión, la chusma ranquelina y cristiana.
No se oía más que la resonación producida por la repercusión de los continuados gritos ¡¡¡aaaaaaa!!!
Yo sudaba la gota gorda, mi voz estaba ronca como el eco de un gallo en frígida mañana de julio, mis fuerzas agotadas.
Se me figuraba que la atmósfera tenía mil grados sobre cero, que no era transparente sino densa, como para cortarla en tajadas, pesaba sobre mí como una plancha de hierro.
No me morí de calor, de cansancio, de tanto gritar, porque Alá es grande, y nos sostiene y nos da energía física y moral cuando habemos menester de ella, ¡tal es de bueno!
Mientras yo pasaba revista de aquellos bárbaros, me acordaba del dicho de Alcibiades: á donde fueres, haz lo que vieres, y rumiaba: ¡Te había de haber traído á visitar los ranqueles!
Al mejor se la doy, á abrazar cuatro veces, cargar y suspender otras tantas á cualquiera, gritando como un marrano: ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!! no es cosa.
Pero cuando ese cualquiera llega á pesar nueve arrobas, tanto como Melideo; pero cuando hay que repetir la misma operación muscular y pulmonar ochenta ó cien veces, el ejercicio es grave, y puede darle á uno títulos suficientes para ocupar algún día en el mausoleo de la posteridad un lugar preferente entre los gladiadores ó luchadores del siglo XIX.
Por algo me había de hacer célebre yo, aunque las olas del tiempo se tragan tantas reputaciones.
Espero, sin embargo, que en esta tierra fecunda no faltará un bardo apasionado, que cual otro don Alonso de Ercilla, cante: No las damas, no amor, no gentilezas,--si no las _loncoteadas_ de un pobre coronel y sus franciscanos.
Asuntos más pobres y menos interesantes he visto cantados en estos últimos tiempos por la lira de trovadores, cuyos nombres no pasarán á remotos siglos, pero que son poetas, según el diccionario de la lengua, en una de sus varias acepciones que en este momento se me ocurre: «Cualquier titulado vate, bardo, trovador, sin méritos para ello; cualquiera que versifica siquiera lo haga contra la voluntad de Dios y falseando las leyes del Parnaso».
Los franciscanos no fueron obligados más que á dar la mano; lo mismo mis oficiales; lo propio mis asistentes.