Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1

Part 13

Chapter 133,916 wordsPublic domain

La nube de arena que había llamado mi atención antes de empezar el diálogo con Mora, se movía y avanzaba sobre nosotros, se alejaba, giraba hacia el Poniente, luego hacia el Naciente, se achicaba, se agrandaba, volvía á achicarse y á agrandarse, se levantaba, descendía, volvía á levantarse y á descender; á veces tenía una forma, á veces otra, ya era una masa esférica, ya una espiral, ora se condensaba, ora se esparcía, se dilataba, se difundía, ora volvía á condensarse haciéndose más visible, manteniendo el equilibrio sobre la columna de aire hasta una inmensa altura, ya reflejaba unos colores, ya otros, ya parecía el polvo de cien jinetes, ya el de potros alzados, unas veces polvo levantado por las ráfagas de viento errantes, otras el polvo de un rodeo de ganado vacuno que remolinea; creíamos acercarnos al fenómeno y nos alejábamos, creíamos alejarnos y nos acercábamos, creíamos descubrir visiblemente en su seno algunos objetos y nada veíamos; creíamos juguetes de la óptica, la imagen de algo que se movía velozmente de un lado á otro, de arriba á abajo, que iba y venía, que de repente se detenía partiendo súbito luego; íbamos á llegar y no llegábamos porque el terreno se doblaba en médanos abruptos, subíamos, bajábamos, galopábamos, trotábamos con la imaginación sobreexcitada, creyendo llegar en breve á una distancia que despejara la incógnita de nuestra curiosidad; pero nada, la nube se apartaba del camino como huyendo de nosotros, sin cesar sus variadas y caprichosas evoluciones, burlando el ojo experto de los más prácticos, dando lugar á conjeturas sin cuento, á apuestas y disputas infinitas.

Así seguíamos nuestro camino, derrotados por aquella nube extraña, cuando divisamos en dirección á Leubucó unos polvos que momentáneamente fijaron nuestra atención, apartándola de lo que la traía preocupada en tan alto grado.

No tardamos en cerciorarnos de que los polvos eran de un grupo bastante crecido de indios que al gran galope se dirigían hacia nosotros. Tienen ellos un modo tan peculiar de andar por los campos que no era fácil confundirlos con otra cosa.

Volvimos, pues, á fijar la vista en la nube aquella que nos había ganado el flanco izquierdo y que ya afectaba un aspecto más conocido, transparentando formas movibles de seres animados. En ese momento los polvos se tendieron hacia el Oriente, formando un círculo inmenso y como queriendo envolver dentro de él todo cuanto andaba por los campos. Al mismo tiempo divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y oyéronse varias voces:

--¡Aquéllos andaban voleando!

--¡Aquéllos vienen para acá!

Mora me dijo: esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de otro parlamento que viene á saludarlo.

Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabarán algún día los cumplidos!

Caniupán me dijo: Ese comisión grande viniendo á topar.

--Bueno--le contesté, y señalándole á la izquierda, preguntéle:

--¿Qué es aquello?

El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte y luego me contestó:

--Boleando guanacos.

Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra atención, estaba ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas una masa enorme de guanacos que estrechada poco á poco por los boleadores, venía á llevarnos por delante.

--¡Cuidado con las tropillas!--grité, y haciendo alto las rodeamos porque la masa de guanacos podía arrebatarlas.

La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse alaridos en todas direcciones, sentíase un ruido sordo... la masa enorme de guanacos rompiendo la resistencia del aire pasó como un torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena. Detrás pasaron los indios reboleando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo punto, que parecía ser una planicie que quedaba á nuestra derecha.

Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas de arena, se hizo la luz, volvimos á ponernos al galope.

Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran otro parlamento que venía.

Esta vez no fué un indio el que se destacó de él; destacáronse tres.

Al verles Caniupán destacó otros tres.

Cruzáronse éstos á cierta altura con los otros, hablaron no sé qué y ambos grupos prosiguieron su camino.

Llegaron á nosotros los tres que venían, y después que hablaron con Caniupán, díjome éste:

--Formando gente, hermano, ese comisión.

Hice alto, di mis órdenes y formamos en batalla cubriéndome la retaguardia los indios de Caniupán.

Púsose éste á mi lado derecho y por indicación suya coloqué los dos franciscanos á mi izquierda. Mora se puso detrás de mí.

Una vez formados nos pusimos al galope. Galopamos un rato, y cuando la comisión que venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del terreno, como á unos dos mil metros de nosotros, Caniupán me dijo:

--Ese comisión lindo, hermano, ahora no más topando.

--Cuando guste, hermano, topando no más.

Los que venían hicieron alto; regresaron los tres indios de Caniupán y los otros tres volvieron á los suyos.

Caniupán me dijo:

--Poquito parando, hermano.

--Bueno, hermano--le contesté,--sujetando.

Destacó un indio sobre los que venían diciéndole no sé qué. Los otros hicieron lo mismo.

Llegó el heraldo, habló con Caniupán y éste me dijo:

--Ahora topando, hermano.

--Cuando quiera topando, hermano.

Y esto diciendo nos pusimos al gran galope.

Los otros nos imitaron; venían formados en orden de batalla, haciendo flamear tres grandes banderas coloradas, colocadas en largas cañas, que ocupaban los extremos y el centro de la línea.

Marchamos así hasta quedar distantes unos de otros como cuatrocientos metros.

Caniupán me dijo:

--Cerquita ya, topando.

--Topando--le contesté.

Él se lanzó á toda brida; yo le seguí, y los buenos franciscanos, haciendo de tripas corazón, imitaron mi ejemplo.

Cuando íbamos materialmente á toparnos, sujetamos simultáneamente unos y otros quedando distantes veinte pasos.

El que presidía el parlamento destacó su orador.

Caniupán destacó el suyo.

Colocáronse equidistantes de sus respectivos grupos, mirando el uno al Oriente y el otro al Occidente, y comenzó el parlamento.

Duró lo bastante para fastidiar á un santo.

El orador que mandaba Mariano Rosas era un Cicerón de la Pampa.

Hablaba por los codos, prolongaba la última sílaba de la palabra final, como si su garganta fuera un instrumento de viento, y tenía el arte de hacer de una razón quince razones.

El orador que Caniupán nombró para que me representara, no le iba en zaga.

Así fué que no me valió acortar mis contestaciones.

Mi representante se dió maña para multiplicar mis razones, tanto como su interlocutor multiplicaba las suyas.

Mariano Rosas me mandaba decir:

Que se alegraba mucho de que fuera llegando á su toldo (1.ª razón).

Que cómo me había ido de viaje (2.ª razón).

Que si no había perdido algunos caballos (3.ª razón).

Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4.ª razón).

Á estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro.

Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío hizo lo mismo con las mías.

Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano á todos. Eran unos ochenta; entre ellos habían muchos cristianos.

Á cada apretón de manos, á cada abrazo, me aturdían los oídos con hurras y vítores.

Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos.

Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro camino, avistando á poco andar otros polvos.

--Ese, otro comisión--me dijo Caniupán, señalándomelos.

--Me alegro mucho--le contesté, diciendo interiormente:--á este paso no llegaremos en todo el día á Leubucó.

Subíamos á la falda de un medanito, y Mora me dijo:

--Allí es Leubucó.

Miré en la dirección que me indicaba, y distinguí confusamente á la orilla de un bosque los aduares del cacique general de las tribus ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas.

Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también.

Así recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno rápidamente, de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de embajadores en cuyas garras íbamos á caer.

Caniupán me dijo:

--Ese comisión, lindo, grandote.

--Ya veo que es linda--le contesté.

Y tenía razón en lo de grandote, porque, en efecto, formaban un grupo considerable.

Caniupán me dijo:

--Topando fuerte, hermano.

--Topando como guste--le contesté.

--Mandando hacer alto, hermano--agregó.

Hice alto.

--Formando gente, hermano--me dijo.

Llené sus indicaciones, y mi comitiva formó en batalla, poniéndome yo con los frailes al frente en el orden de antes. Los indios de Caniupán me cubrieron la retaguardia y los otros, haciendo dos alas, se colocaron á derecha é izquierda de mí. Las tres banderas ocuparon el centro de la línea que formábamos, como á veinte pasos á vanguardia. Caniupán iba á mi lado.

Formados en esa disposición, rompimos la marcha al galope.

Los que venían avanzaban también al galope.

Oyéronse toques de corneta.

Caniupán me dijo:

--Ese comisión ahorita topando.

--Ya lo veo--le contesté.

Galopamos algunos minutos, hicimos alto viendo que los que venían se habían parado, y después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando mensajes varios indios, continuamos la marcha.

Á una indicación de corneta, Caniupán me dijo:

--Ahora topando ya, hermano.

Y como de costumbre, lanzóse á media rienda, dándome el ejemplo.

Esta vez íbamos á toparnos á todo correr en medio de una espantosa algazara que hacían los indios golpeándose la boca abierta con la palma de la mano.

El terreno salpicado de pequeños arbustos, blando y desigual, exponía á todos á una tremenda rodada. No podíamos marchar en formación. Nos desbandábamos y nos uníamos alternativamente. Los pobres frailes, encomendando su alma á Dios, me seguían lo más cerca posible. Muchos rodaron apretándolos enteros el caballo, y eran jinetes de primer orden. ¡Sarcasmo de la vida! uno de los frailes rodó y salió parado.

Las dos comitivas avanzaban, íbamos materialmente á toparnos ya, cuando á una indicación de corneta sujetaron los que venían y nosotros también.

Siguióse una escena igual á la anterior, entre dos oradores que se ocuparon una media hora de mi salud y de mis caballos. Pero esta vez todo fué soportable porque mientras los oradores multiplicaban sus razones con elocuente encarnizamiento, yo conversaba con el capitán Rivadavia que había salido á mi encuentro.

Este valiente y resuelto oficial, prudente y paciente, me representaba hacía tres meses entre los indios.

Le abracé con efusión, y uno de los momentos más gratos de mi vida, ha sido aquél. Quien haya alguna vez encontrado un compatriota, un amigo en extranjera playa, ó en regiones apartadas y desconocidas, desiertas é inhabitadas, después de haber expuesto su vida unas cuantas veces podrá sólo comprender mis impresiones.

Terminados los saludos, que eran seis razones, las que fueron convertidas en sesenta de una parte y otra, llegó el turno de los abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más alteración en el ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos y apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla, ni nervio en la muñeca que no me doliera, comenzaron los alaridos de regocijo y los vivas, atronando los aires. Todo el mundo, excepto mi gente, se desparramó gritando, _escaramuceando_, _rayando_ los caballos, ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era una verdadera fiesta, una fantasía á lo árabe.

Así desparramados, dispersos, _jineteando_, marchamos un largo rato, viendo darse de pechadas mortales á unos, rodar á otros, haciendo éstos bailar los caballos, tirándose los unos al suelo en medio de la carrera y subiendo ágiles, corriendo los unos de rodillas sobre el lomo de su caballo y los otros de pie, en una palabra, haciendo cada cual alguna pirueta.

Á un toque de corneta se reunieron todos y formamos como antes lo expliqué, aumentando las alas los recién llegados.

Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas.

Su toldo estaba ahí cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al fin.

Regresó el mensajero y Caniupán me dijo:

--Caminando poquito, hermano--dicho lo cual recogió su caballo y se puso al tranco.

Tuve que conformarme á su indicación. Recogí mi caballo é igualé el paso del suyo.

Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me dijo éste:

--Parando, hermano.

Le habló á Mora en su lengua y éste me tradujo, que debíamos echar pie á tierra y esperar órdenes.

El lector juzgará si había motivo para rabiar un rato.

Yo, que en esta excursión á los indios he aprendido una virtud que no tenía, que por modestia callo, repito lo que antes he dicho: que no es tan fácil penetrar en el toldo del señor General don Mariano Rosas, como le llaman los suyos.

XXIII

Épocas buenas y malas.--En qué cosas cree el autor.--La cadena del mundo moral.--¿Será cierto que los padres saben más que los hijos?--El capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai, Camargo.--Dilaciones.

Con la última parada se me quemaron los libros. Es verdad que hace mucho tiempo que en mis cálculos entra todo, menos lo principal.

El hombre suele tener épocas de graves errores, de imperdonables desaciertos y tristes equivocaciones.

Como todo el que se ha lanzado sin preparación en la corriente de la vida lo sabe, hay años buenos y malos, meses propicios y fatales, días color de rosa, días negros como el hollín de una chimenea.

Años, meses y días en que á todo acertamos, en que nuestro espíritu parece tener su geometría, en que todo nos halaga y nos sonríe.

Y, á la inversa, años, meses y días en que todo nos sale al revés.

Si amamos, nos olvidan; si vamos á la guerra, nos hieren ó nos postergan; si somos candidatos al parlamento, nos derrotan; si jugamos, perdemos; si tomamos comidas con aceite, se nos indigestan; si compramos billetes de lotería, ni cerca le andamos á la suerte; finalmente, hay temporadas aciagas en que ni por chiripa andamos bien. Ó, como dicen los andaluces, temporadas en que nuestro estado normal, es andar en la mala.

Esto debe consistir en algo.

Yo he pensado mucho en la justicia de Dios, con motivo de ciertos percances propios y ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia y en cabeza ajena.

Y, francamente, hay momentos en que me dan tentaciones de creer que nuestro bello planeta no está bien organizado.

¡Quién sabe si no estamos en un período de desequilibrio moral!

He de buscar algún amigo ducho en trotes de ciencia y conciencia que me indique si hay algún tratado de mecánica terrenal, por el estilo del de Laplace.

Por lo pronto me he refugiado en un tratadito cuyo título es:--«La moral aplicada á la política, ó el arte de esperar».

Debe ser muy bueno; es un libro chico y anónimo,--hace tiempo vengo observando que los mejores libros son los manuales, cuyo autor se ignora.

La razón creo hallarla en la modestia, sentimiento que anda generalmente á caballo.

En este tratadito pienso hallar la solución de muchas de mis dudas.

Yo tengo creencias y convicciones arraigadas, que las he sacado no sé de dónde--hay cosas que no tienen filiación,--y no quisiera perderlas ó que se embrollaran mucho en los archivos de mi imaginación.

Yo creo en Dios, por ejemplo, cosa en la que sin duda cree el respetable público--aunque hay un refrán maldito que dice: fíate en Dios y no corras.

Yo creo en la justicia y que las almas nobles deben hacérsela aun á aquéllos mismos que se la niegan á ellos; sin embargo, todos los días veo gente desesperada por la calle, quejándose de que no hay justicia en la tierra.

Y hasta ahora les he oído decir, á los que tienen y ganan pleitos: ¡Qué bien anda la justicia!

¡Los mismos abogados no hacen otra cosa que gritar contra la justicia!

Dos alegatos distintos de bien probado sobre lo mismo, ¿qué implican?

Yo creo en la caridad, y mientras tanto, todo el día oigo hablar mal del prójimo, y veo gente conducida al cementerio que no tiene tras de qué caerse muerta.

Yo creo en la religión; creo que el patriotismo, el honor, la probidad, el amor del prójimo son cuestiones de religión.

Mientras tanto, el otro día he leído en un libro italiano--estos italianos pierden la cabeza cuando se ocupan de religión,--que todas las religiones quieren hacerse ricas.

Yo creo en la Constitución y en las leyes; y un viejo muy lleno de experiencia que me suele dar consejos, me dice: todos gobiernan lo mismo, no es Rosas el que no puede.

Yo creo en el pueblo, y si mañana lo convocan á elecciones, resulta que no hay quién sufrague.

Yo creo en el libre albedrío, y todos los días veo gentes que se dejan llevar de las narices por otros; y mi noción de la responsabilidad humana se conmueve hasta en sus más sólidos fundamentos.

Como se ve, yo creo en una porción de cosas muy buenas, muy morales y muy útiles.

El pulpero de enfrente no cree ni entiende nada de eso.

Pero lo pasa bien.

Tiene buena salud, una renta fija, una clientela segura: nadie le inquieta, ni le amenaza, ni le fulmina. Es un desconocido; pero es una potencia.

La suerte debe entrar por mucho; porque de balde no han inventado el refrán: «Suerte te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale».

Y el apellido ha de influir también algo.

Es muy raro hallar un hombre que aborrezca á otro que no sabe cómo se llama.

Por eso, sin duda, los brasileños se mudan el nombre.

El otro día no se me ocurrió esto.

Cuando acabe de leer mi tratadito, he de estar ya en estado de curarme de todas mis supersticiones.

Dentro de poco voy á ser un hombre completo, moralmente, bien entendido.

¿Entonces sí, á que todo cuanto emprenda me sale á las mil maravillas?

¿Á que si entablo un pleito gano?

¿Á que si emprendo un viaje no naufrago?

¿Á que si compro billetes de lotería me saco una suerte mayor?

¿Á que si hago una campaña me dan un premio?

¿Á que si vuelvo á los indios no me sucede lo que me ha sucedido--que me hagan esperar tanto en el camino?

¿Será cierto que la experiencia es madre de la ciencia?

Sin duda, por eso dicen que el Diablo no sabe tanto por ser Diablo, cuanto por ser viejo.

Se me había olvidado anotar, al enumerar mis creencias, que también creo en este caballero. Le he visto varias veces.

¿Será cierto que mi anciano padre tiene razón en los consejos que me ha dado y me da consejos que en mi petulancia moderna jamás he querido seguir, tanto que para saber cómo piensa él no hay más que averiguar cómo pienso yo?

¿Será cierto que la cadena del mundo moral se forma así vinculando la amarga experiencia de ayer con los desencantos de hoy, metodizando y conformando nuestra vida según los preceptos de los que han vivido y visto más que nosotros, orgullosos filósofos de papel?

¿Será cierto que el muchacho más instruido, más aventajado, más sabio, al lado de su padre será siempre un niño de teta, un pigmeo?

¡Santiago amigo! ¿Será cierto que tu padre sabe más que tú?

¿Que el general Guido sabía más que Carlos, que es un pozo de sabiduría?

¿Que don Florencio Varela sabía más que Héctor, que sabe tantas _cosas_?--más que Mariano, lo dudo.

¿Que mi padre sabe más que yo, que no soy muy atrasado que digamos, particularmente en estudios sociales?

Á mí me da por ahí. Mi fuerte es el conocimiento de los hombres.

¡Pero éstos me reservan unos desengaños!

Es con lo que pienso argüir al mocoso de mi hijo, cuando se me levante con el santo y la limosna, que no tardará en suceder.

Ya ha empezado á hacer actos espontáneos, calculados para desprestigiar mi autoridad paternal, á gastar más de lo que debe, siendo objeto de privadas murmuraciones en la familia, y metiéndose á estudiar medicina contra mis consejos.

¡Estudiar medicina sin mi consentimiento! ¡Pues es disparate!

Sólo puedo comparar semejante aberración, en un siglo como éste, en que yo le curo homeopáticamente un panadizo al que lo tenga, con una expedición á los Indios Ranqueles.

En efecto, querido Santiago, mirando con sangre fría mi viaje á los toldos, ¿no te parece que ha sido perder tiempo?

¿No te parece que las demoras que me ha hecho sufrir Mariano Rosas, antes de dejarme penetrar en su morada, las he merecido por mi extravagancia?

¡Cuánto mejor hubiera sido que mi jefe inmediato me negara la licencia!

Si lo hace, cuando menos me atufo, que así somos--¡desconocemos la mano que nos desea el bien y se la damos á quien nos quiere mal!

Pero acerquémonos á Leubucó, saliendo de donde nos detuvimos ayer.

Viendo que la parada se prolongaba y que mis cabalgaduras estaban muy sudadas, mandé mudar, para hacer la entrada en regla.

Era temprano aún y quién sabe cuánto tiempo íbamos á permanecer todavía sobre el caballo.

Mientras mudaban, el capitán Rivadavia me presentó varios personajes políticos refugiados en Tierra Adentro--siendo los dos más notables, un mayor Hilarión Nicolai y un teniente Camargo.

Ambos han pertenecido á la gente de Saa, y ganaron los indios después de la sableada de San Ignacio, llevando un puñado de soldados.

Muy mal me habían hablado de estos dos hombres.

Yo iba sumamente prevenido contra ellos, temiendo ser objeto de alguna maldad, aunque reflexionando me parecía que el hecho de ser cristiano debía mirarlo como una garantía.

Dígase lo que se quiera--la cabra siempre tira al monte.

Más tarde veremos si yo discurría mal en medio de las preocupaciones de mi ánimo. Y mi ejemplo podrá serles útil á los que juzguen á los hombres por las reglas vulgares, apasionadas, iracundas, cuando la gran ley de la vida y de Dios es la caridad.

Ni el viejo Hilarión, ni el bandido Camargo, me hicieron el efecto que yo esperaba, ni me saludaron como me lo temía. Hilarión con todas sus mañas y Camargo con todas sus bellaquerías son dos hombres simpáticos, atentos y educados, especialmente Hilarión. Camargo es un tipo más crudo.

El primero tendrá cincuenta y cinco años, el segundo veintiocho. El uno tiene una larga barba, blanca como la nieve; el otro un lindo bigote negro, como azabache.

El uno parece un inglés, el otro tiene todo el sello del hijo de la tierra.

Hilarión es una especie gauchi-político. Camargo es un compadre neto, que sabe leer y escribir perfectamente, valiente, osado, orgulloso y desprendido. Hilarión contemporiza con los indios, no habla su lengua. Camargo al contrario, habla el araucano, dice lo que siente, no le teme á la muerte y al más pintado le acomoda una puñalada.

Y sin embargo, Camargo es un ser susceptible de enmienda, según lo veremos cuando llegue el momento de referir su vida, sus desgracias--las causas por qué se hizo federal, debidas en gran parte á una mujer.

Las tales mujeres tienen el poder diabólico de hacer todo cuanto quieren, y por eso ha de ser que los franceses dicen: _ce que femme veut Dieu le veut_. De un federal son capaces de hacer un unitario y viceversa, que es cuanto se puede decir. Por supuesto que de cualquiera hacen un tonto.

La presencia de mis nuevos conocidos, la charla con ellos, la operación de mudar caballos, hicieron más soportable la imprevista _antesala_ que me obligaron á hacer.

Yo disimulaba mal, sin duda, mi destemplado humor, porque todos á una, los que parecían más racionales y conocedores de los usos y costumbres de los indios, me decían:--Tenga paciencia, señor; así es esta tierra; el general es buen hombre, lo quiere recibir en forma.

No había más recurso que esperar, hasta que se acabaran los preparativos. Aquello iba á estar espléndido, según el tiempo que se empleaba en los arreglos. Ni la pirámide de la plaza de la Victoria, cuando se viste de gala, gastando más en traje de lienzo y cartón que en un forro de mármol eterno, emplea tanto tiempo en adornarse, como todo un cacique de las tribus ranquelinas.