Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1

Part 12

Chapter 123,744 wordsPublic domain

El indio vive sobre el caballo, como el pescador en su barca; su elemento es la Pampa, como el elemento de aquél es el mar.

¿Adónde va un indio que no ensille, que no salte en pelos? ¿Al toldo vecino que dista cuadras? Irá á caballo. ¿Al arroyo, á la laguna, al jagüel, que están cerca de su misma morada? Irá á caballo. Todo puede faltar en el toldo de un indio. Será pobre como Adán. Hay una cosa que jamás falta. De día, de noche, brille espléndido el sol ó llueva á cántaros, en el palenque hay siempre enfrenado y atado de la rienda un caballo.

_¡A horse! ¡A horse! ¡my kingdom for a horse!_

Todo, todo cuanto tiene dará el indio en un momento crítico, por un caballo.

Mudábamos, tomando _á mano_.

Es una operación campestre entretenida, no haciéndola torpemente, es decir, _enlazando_.

Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. Los animales remolineaban á su alrededor. Entre varios tenían dos ó más lazos formando un círculo á manera de corral. Entraban en él, uno después de otro, por turno de numeración, los que iban á mudar. El encargado de la tropilla elegía un caballo de los menos _sobados_, lo designaba diciendo verbigracia--el obscuro overo,--para el número 4; y el individuo determinado así, con el freno y el bozal en la siniestra, se acercaba á aquél con maña, con cuidado de no asustarlo, buscándole la vuelta, echándole de lejos sobre el lomo, si no era manso, la punta de la rienda ó del cabestro, á cuyo contacto se queda casi siempre quieto el manso y dócil corcel.

La operación de mudar tomando á lazo en el medio del campo, á más del riesgo de que los caballos menos asustadizos se espanten, disparen y se alcen, es sumamente morosa, requiere gran destreza y ofrece peligros; de todos los ejercicios del gaucho, del paisano, el más fuerte, el más difícil y el más expuesto de todos es el del lazo. Cualquiera maneja en poco tiempo regularmente las _boleadoras_. Ni ser muy de á caballo, se requiere: siquiera mucha fuerza. El manejo del lazo, al contrario, demanda completa posesión del caballo, vigor varonil y agilidad.

Mientras mudábamos, llegaron varios indios del Norte, de _afuera_, como dicen ellos. Nosotros le llamamos así al Sur.

Viendo sus caballos tan trasijados, le pregunté á Caniupán:

--¿De dónde vienen éstos?

--Éstos vinieron de _afuera_, boleando, me contestó.

Eran las últimas descubiertas que regresaban, pero Caniupán no quería confesarlo.

--¿Qué habiendo por los campos, hermano?--le agregué.

--Muy silencio estando Cuero, Bagual y Tres Lagunas.

--¿Entonces, indios no desconfiando ya de mí?--proseguí.

Camilo Arias interrumpió el diálogo, avisándome que estábamos prontos.

--¡Á caballo!--grité;--montamos, nos pusimos en marcha, y pocos minutos después entrábamos en el monte de Leubucó.

Sendas y rastrilladas, grandes y pequeñas, lo cruzaban como una red, en todas direcciones. Galopábamos á la desbandada. Los corpulentos algarrobos, chañares y caldenes, de fecha inmemorial; los mil arbustos nacientes desviaban la línea recta del camino obligándonos á llevar el caballo sobre la rienda para no tropezar con ellos, ó enredarnos en sus vástagos espinosos y traicioneros.

Nuestros caballos no estaban acostumbrados á correr por entre bosques. Teníamos que detenernos constantemente; por ellos, expuestos á rodar, y por nosotros mismos expuestos á quedarnos colgados de un gajo como arrebatados por un garfio.

La torpeza nuestra era sólo comparable á la habilidad de los indios; mientras nosotros, á cada paso, hallábamos una barrera que nos obligaba á abreviar el aire de la marcha, á ir al trote y al tranco, á hacer alto y proseguir, ellos seguían imperturbables su camino, veloces como el viento. Pronto, pues, salieron ellos del bosque, quedándonos nosotros atrás. Yo no podía perder de vista que conmigo iban los franciscanos, y no era cosa de dejarlos en el camino, ni de exponerlos á columpiarse contra su gusto en un algarrobo. Demasiada paciencia habíamos tenido ya, para perderla cuando llegábamos, Dios mediante, al término de la jornada.

Los indios me esperaban en una aguadita al salir del bosque; en un gran descampado, sucesión de médanos pelados, tristes, solitarios.

Á lo lejos, como una faja negra, se divisaba en el horizonte la ceja de un monte.

--Allí es Leubucó--me dijeron, señalándome la faja negra.

Fijé la vista, y, lo confieso, la fijé como si después de una larga peregrinación por las vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al acercarme á la raya de la China, me hubieran dicho: ¡allí es la gran muralla!

Voy á penetrar, al fin, en el recinto vedado.

Los ecos de la civilización van á resonar pacíficamente por primera vez, donde jamás asentara su planta un hombre del coturno mío.

Grandes y generosos pensamientos me traen; nobles y elevadas ideas me dominan; mi misión es digna de un soldado, de un hombre, de un cristiano, me decía; y veía ya la hora en que reducidos y cristianizados aquellos bárbaros, utilizados sus brazos para el trabajo, rendían pleito homenaje á la civilización por el esfuerzo del más humilde de sus servidores.

Aspiraciones del espíritu despierto, que se realizan con más dificultad que las mismas visiones del ensueño, ¡apartaos!

El hombre no es razonable cuando discurre, sino cuando acierta.

Vivimos en los tiempos del éxito.

Nadie lucha contra los que tienen treinta legiones aunque la conciencia pueda más que todas las legiones del mundo.

Alguien habrá que lo intente algún día. Y no con el desaliento del gladiador, que anticipándose á su destino y mirando al César encumbrado sobre las más altas gradas del circo, exclamaba:

«Los que van á morir os saludan»--sino como el fuerte y viril republicano:

«Primero muerto que deshonrado.»

Donde los indios me esperaban hicimos alto: mandé aflojar las cinchas, dar un descanso á los caballos y de beber después.

Hecho esto, en dos grupos unidos que no tardaron en deshacerse, nos pusimos en marcha al galope, con la mirada fija en la faja negra.

Galopábamos en alas de la impaciencia y de la curiosidad.

No había sido fácil empresa llegar hasta la morada de Mariano Rosas. ¡Hasta los bárbaros saben rodearse de aparato teatral para deslumbrar ó embaucar á la multitud!

De repente hizo alto un grupo de indios que nos precedía.

--Hay alguna novedad--me dijo Mora,--porque si no aquéllos no se habrían parado.

--¿Y qué será?

--Cuando menos han avistado algún parlamento.

--¿De quién?

--Del general Mariano.

--¿Y cuántos tendremos que encontrar antes de llegar á Leubucó?

--Quién sabe, señor; eso depende de los honores que el general le quiera hacer.

Un indio venía á media rienda hacia nosotros, destacado del grupo que acababa de hacer alto, en busca de Caniupán.

Sujetamos.

Habló con él en su lengua, y luego, partió á escape, contramarchando.

Caniupán me dijo:

--Viniendo parlamento.

--Me alegro mucho.

--Topando con él, galope.

--Bueno topando, al galope.

Y esto diciendo, nos pusimos al gran galope sin reparar en nada.

Yo echaba de cuando en cuando la vista atrás, y veía á mis franciscanos, expuestos sin remisión á dar una furiosa rodada, y contenía un tanto la carrera de mi caballo para que aquéllos se me incorporaran, pues Caniupán me decía á cada momento: poniendo padre á tu lado.

Así íbamos ganando terreno, levantando torbellinos de arena, rodando más de cuatro en pocos instantes y viendo una nube que transparentaba diversos colores, avanzar sobre nosotros.

Coronamos el dorso de un médano y distinguimos claramente un grupo como de cincuenta jinetes.

--Ese son, poquito galope--dijo Caniupán recogiendo su caballo.

--Bueno, amigo--le contesté, igualando mi caballo con el suyo.

Así seguimos un momento, hasta que hallándonos como á seiscientos metros:

--¡Ese son hermano, topando!--dijo Caniupán y se lanzó violento.

Le seguí y mi gente me imitó.

Los franciscanos no se quedaron atrás.

Yo no sé cómo hicieron, pero el hecho es que llegaron juntos conmigo hasta el punto en que diciendo y haciendo, Caniupán gritó:

--¡Parando, hermano!

Los dos grupos, el que iba y el que venía, sujetamos al mismo tiempo, quedando como á veinte pasos uno de otro.

Del que venía salió un indio.

Del nuestro salió otro.

Se colocaron equidistantes de sus respectivos grupos y mirando el uno para el Norte y el otro para el Sur, tomó la palabra el que venía de Leubucó.

¿Cuánto tiempo habló?

Hablaría seguido, sin interrupción alguna, sin tragar la saliva, como cinco minutos.

¿Qué dijo?

Lo sabremos después.

Le contestó el otro en la misma forma y modo.

¿Qué dijo?

Lo sabremos también después.

Tres preguntas y respuestas se hicieron.

Le pregunté á Mora qué habían conversado.

Me contestó que el uno me había saludado, y el otro había contestado por mí; que el uno representaba á Mariano Rosas y el otro me representaba á mí, según orden de Caniupán que acababa de recibir.

--Pero hombre, le observé, ¿tanto ha hablado sólo para saludarme?

--Sí, mi Coronel, es que los dos son buenos _lenguaraces_--oradores quería decir.

--Pero hombre, insistí, si han hablado un cuarto de hora, ¿cómo no han de haber hecho más que saludarme?

--Mi Coronel, es que las _razones_ que traía el parlamento de Mariano las ha hecho muchas más; y el de usted ha hecho lo mismo para no quedar mal.

--¿Y cuántas razones traía el de Mariano?

--¡Tres razones no más!

--¿Y qué decían?

--Que cómo está Usía, que cómo le ha ido de viaje, que si no ha perdido caballos, porque en los campos solos siempre suceden desgracias.

--¿Y para decir eso ha charlado tanto, hombre?

--Sí, mi Coronel; no ve que cada _razón_ la han hecho _diez razones_.

--¿Y qué es eso, hombre?

--Es, mi Coronel...

Decía esto Mora, cuando Caniupán nos interrumpió, proponiéndome que saludara á la comisión que acababa de llegar.

Deferí á su indicación y comenzó el saludo.

Tendrás paciencia, hasta mañana, Santiago amigo, y el paciente lector contigo.

La paciencia es una virtud que conviene ejercitar en las cosas pequeñas, que en las grandes yo opino como Romeo, por boca de Shakespeare.

XXI

En qué consiste el arte de hacer de _una razón_ varias razones.--De cuántos modos conversan los indios.--Sus oradores.--Sus rodeos para pedir.--Precauciones de los Caciques antes de celebrar una junta.--Numeración y manera de contar de los Ranqueles.

Aprovechando una parada interrogué á Mora, que tomó la palabra para explicarme en qué consiste el arte de hacer de _una razón_, dos ó más razones.

Á su modo me hizo un curso de retórica completo. Ya he dicho que es un hombre perspicaz y si no lo he dicho, viene aquí á pelo decirlo.

Los indios Ranqueles tienen tres modos y formas de conversar.

La conversación familiar.

La conversación en parlamento.

La conversación en junta.

La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil, sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del ó de los interlocutores, animada, vehemente, según el tópico ó las pasiones excitadas.

La conversación en parlamento está sujeta á ciertas reglas; es metódica, los interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse; es en forma de preguntas y respuestas.

Tiene un tono, un compás determinado, su estribillo y actitudes académicas, por decirlo así.

El tono y el compás pueden sólo compararse á lo que en las festividades religiosas se canta con el nombre de villancico.

Es algo cadencioso, uniforme, monótono, como el murmullo de la corriente del agua.

Yo no conozco suficientemente la lengua araucana para consignar una frase.

Pero el penetrante lector, y tú, Santiago, que á este respecto te pierdes de vista, haciendo un pequeño esfuerzo, me comprenderán.

Voy á estampar sonidos cuya eufonía remeda la de los vocablos araucanos.

Por ejemplo:

_Epú_, _bicú_, _mucú_, _picú_, _tanqué_, _locó_, _painé_, _bucó_, _có_, _rotó_, _clá_, _aimé_, _purrá_, _cuerró_, _tucá_, _claó_, _tremen_, _leuquen_, _pichun_, _mincun_, _bitooooooon_.

Supongamos que los sonidos enumerados hayan sido pronunciados con énfasis, muy ligero, sin marcar casi las comas, y que el último haya sido pronunciado tal cual está escrito á manera de una interjección prolongada, hasta donde el aliento lo permite.

Supongamos algo más, que esos sonidos imitativos representando palabras bien hilvanadas, quisieran decir:

Manda preguntar Mariano Rosas, que ¿cómo le ha ido anoche por el campo, con todos sus jefes y oficiales?

Ó, en los tiempos de Mora, supongamos que esa interrogación sea _una razón_.

Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro ó más razones, quiere decir, dar vuelta la frase por activa, y por pasiva, poner lo de atrás adelante, lo del medio al principio, ó al fin; en dos palabras, dar vuelta la frase de todos lados.

El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento, consiste en el mayor número de veces que da vuelta cada una de sus frases ó razones; ya sea valiéndose de los mismos vocablos, ó de otros; sin alterar el sentido claro y preciso de aquéllas.

De modo que los oradores de la pampa son tan fuertes en retórica, como el maestro de gramática de Molière, que instado por el _Bourgeois gentil-homme_, le escribió á una dama este billete: _«Madame, vos vells yeux me font mourir d'amour»_. Y no quedando satisfecho el interesado: _«Vos vells yeux, madame, me font mourir d'amour»_. Y no gustándole esto: _«D'amour, madame, vos vells yeux me font mourir»_. Y no queriendo lo último: _«Me font mourir d'amour, vos vells yeux, madame»_.--Con lo cual el _Bourgeois_ se dió por satisfecho.

La gracia consiste en la más perfecta uniformidad en la entonación de las voces. Y, sobre todo, en la mayor prolongación de la última sílaba de la palabra final.

Una cantante que aprendiera el araucano, haría furor entre los indios, por su extensión de voz, si la tenía, y por otros motivos, de que se hablará á su tiempo. No es posible poner todo en la olla de una vez.

Esa última sílaba prolongada, no es una mera _floritura_ oratoria. Hace en la oración los oficios del punto final; así es que en cuanto uno de los interlocutores la inicia, el otro rumia su frase, se prepara, toma la actitud y el gesto de la réplica, todo lo cual consiste en agachar la cabeza y en clavar la vista en el suelo.

Hay oradores que se distinguen por su facundia; otros por su facilidad en dar vuelta una razón: éstos, por la igualdad cronométrica de su dicción; aquéllos, por la entonación cadenciosa; la generalidad por el poder de sus pulmones para sostener lo mismo que si fuera una nota musical, la sílaba que remata el discurso.

Mientras dos oradores parlamentan, los circunstantes les escuchan y atienden en el más profundo silencio, pesando el primer concepto ó razón, comparándolo con el segundo, éste con el tercero, y así sucesivamente, aprobando y desaprobando con simples movimientos de cabeza.

Terminado el parlamento, vienen los juicios y discusiones sobre las dotes de los que han sostenido el diálogo.

La conversación en parlamento, tiene siempre un carácter oficial. Se la usa en los casos como el mío, ó cuando se reciben visitas de etiqueta.

No hay idea de lo cómico y ceremoniosos que son estos bárbaros. Si el cacique recibe durante el día veinte capitanejos, con los veinte emplea las mismas formas: con los veinte cambia las mismas preguntas y respuestas, empezando por preguntarles por el abuelo, por el padre, por la abuela, por la madre, por los hijos, por todos los deudos, en fin.

Después de esta serie de preguntas sacramentales, inevitables, infalibles, vienen otras de un orden secundario, que completan el ritual, referentes á las novedades ocurridas en los campos y en la marcha, haciendo siempre los caballos un papel principal.

Los indios se ocupan de éstos á propósito de todo. Para ellos los caballos son lo que para nuestros comerciantes el precio de los fondos públicos. Tener muchos y buenos caballos, es como entre nosotros tener muchas y buenas fincas. La importancia de un indio se mide por el número y la calidad de sus caballos. Así, cuando quieren dar la medida de lo que un indio vale, de lo que representa y significa, no empiezan por decir: tiene tantos y cuantos rodeos de vacas, tantas ó cuantas manadas de yeguas, tantas ó cuantas majadas de ovejas y cabras; sino tiene tantas tropillas de obscuros, de overos, de bayos, de tordillos, de gateados, de alazanes, de cebrunos, y resumiendo, pueden cabalgar tantos ó cuantos indios; lo que quiere decir, que en caso de malón podrá poner en armas muchos, y que si el malón es coronado por la victoria tendrá participación en el botín con arreglo al número de caballos que haya suministrado, según lo veremos cuando llegue el caso de platicar sobre la constitución social, militar y gubernativa de esas tribus.

Mariano Rosas tiene la fama de un orador de nota. Cuando lleguemos á su toldo, penetremos en el recinto de su hogar, cuente sus costumbres, su vida, sus medios de gobierno y de acción, será ocasión de comprobarlo con ejemplos palmarios, probando á la vez que hasta entre los bárbaros la elocuencia unida á la prudencia puede disputarle la palma con éxito completo al valor y á la espada.

Tomando el hilo de mi interrumpido relato sobre los diferentes modos de conversar de los Ranqueles, agregaré, que en pos de las interrogaciones y contestaciones sobre la salud de la familia y las novedades de los campos, vienen otras sin importancia real, y que sólo después de muchas idas y venidas, vueltas y revueltas, se llega al grano.

Un indio, cuando va de visita con el objeto de pedir algo, no descubre su pensamiento á dos tirones. Saluda, averigua todo cuanto puede serle agradable al dueño de casa, devolviendo los cumplimientos con cumplimientos, las ofertas y promesas, con ofertas y promesas, se despide; parece que va á irse sin pedir nada; pero en el último momento desembucha su entripado; y no de golpe, sino poco á poco. Primero pedirá yerba. ¿Se la dan? Pedirá azúcar. ¿Se la dan? Pedirá tabaco. ¿Se lo dan? Pedirá papel. Y mientras le vayan concediendo ó dando, irá pidiendo, y habrá pedido lo que fué buscando, que era aguardiente. El golpe de gracia viene entonces, pide por fin lo que más le interesa y si se lo niegan contestará: no dando lo más; pero dando aguardiente.

Esta táctica socarrona no la emplea el indio solamente en sus relaciones con los cristianos. Disimulado y desconfiado por carácter y por educación, así procede en todas las circunstancias de su vida. Tiene mil reservas en todo y mil cosas reservadas. No hay indio que no sea poseedor de uno ó unos cuantos secretos, sin importancia, quizá, pero que no descubrirá sino por interés. Éste conoce él solo una laguna, aquél un médano, el otro una cañada; éste una hierba medicinal, aquél un pasto venenoso; el otro una senda extraviada por el bosque. Y así dicen, no como los cristianos:--Yo conozco una laguna, una hierba, una senda que nadie conoce; sino:--Yo tengo una laguna, y una hierba, una senda que nadie conoce, que nadie ha visto, por donde nadie ha andado.

Decididamente, hoy estoy fatal para las digresiones. Tomé el hilo más arriba y me apercibo que lo he vuelto á dejar. Para dejarlo del todo, me falta decir lo que es la conversación en junta.

Es un acto muy grave y muy solemne. Es una cosa muy parecida al parlamento de un pueblo libre, á nuestro congreso, por ejemplo. La civilización y la barbarie se dan la mano; la humanidad se salvará porque los extremos se tocan. Y por más que digan que los extremos son viciosos, yo sostengo que eso depende de la clase de _extremos_. Será malo, irritante, odioso ser en extremo avaro; pero ¿quién puede tachar á un caballero por ser en extremo generoso? Será una calamidad para una mujer ser en extremo fea. Pero ¿qué mujer sostendrá que es una desgracia ser en extremo hermosa?

¡Cuando he dicho que estoy fatal para las digresiones!

Volvamos á la junta, á ver si se parece ó no á lo que he dicho.

Reúnese ésta, nómbrase un orador, una especie de miembro informante, que expone y defiende contra uno, contra dos, ó contra más, ciertas y determinadas proposiciones. El que quiere le ayuda.

El miembro informante suele ser el cacique. El discurso se lleva estudiado, y el tono y las formas son semejantes al tono y las formas de la conversación en parlamento, con la diferencia de que en la junta se admiten las interrupciones, los silbidos, los gritos, las burlas de todo género. Hay juntas muy ruidosas, pero todas, excepto algunas memorables que acabaron á capazos, tienen el mismo desenlace. Después de mucho hablar, triunfa la mayoría aunque no tenga razón. Y aquí es el caso de hacer notar que el resultado de una junta se sabe siempre de antemano, porque el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar con tiempo á los indios capitanejos más influyentes en la tribu.

Todo lo cual prueba que la máquina constitucional llamada por la libertad Poder Legislativo, no es una invención moderna extraordinaria; que en algo nos parecemos á los indios, ó como diría Fray Gerundio: que en todas partes se cuecen habas.

Como las explicaciones de Mora interesasen, prolongué la parada hasta que no quedó ya nada que saber en materia de conversaciones pampeanas.

--¡Vamos! le dije á Caniupán, y diciendo y haciendo seguimos el camino de Leubucó. Los indios se tendieron al galope. Por no recibir su polvo los imité.

Hacia el Sur se alzaba en el horizonte una nube que parecía de arena.

--Son jinetes--dijeron algunos.

Yo fijé un instante la vista en ella, no descubrí nada.

Tenía interés en aprender á contar en lengua araucana. Me dirigí, pues, á Mora, aprovechando el tiempo, ya que por algunos momentos me veía libre de embajadores, mensajeros y parlamentarios, y le pregunté:

--¿Cómo se llaman los números en la lengua de los indios?

Mora no entendió bien la pregunta. Él sabía perfectamente bien lo que quería decir _cuatro_, pero ignoraba qué era _número_.

Le dirigí la interpelación en otra forma, y el resultado fué, que mis lectores mañana, y tú después, Santiago amigo, sabrán contar en una lengua más.

Uno--_quiñé_. Dos--_epú_. Tres--_clá_. Cuatro--_meli_. Cinco--_quehú_. Seis--_caiu_. Siete--_relgué_. Ocho--_purrá_. Nueve--_ailliá_. Diez--_marí_. Cien--_pataca_. Mil--_barranca_.

Ahora, cincuenta se dice _quehú-marí_; doscientos, _epú-pataca_; ocho mil, _purrá-barranca_; y cien mil, _pataca-barranca_.

Y esto prueba dos cosas:

1.º Que teniendo la noción abstracta del número comprensivo de infinitas unidades como un millón, que en su lengua se dice, _marí-pataca-barranca_, estos bárbaros no son tan bárbaros ni tan obtusos como muchas personas creen.

2.º Que su sistema de numeración es igual al teutónico según se ve por el ejemplo de _quehú-marí_, que vale tanto como _cincuenta_; pero que gramaticalmente es _cinco-diez_.

Si hay quien se haya afligido porque nuestro sistema parlamentario se parece al de los Ranqueles, ¡consuélese, pues!

Los alemanes, justamente orgullosos de ser paisanos de Schiller y de Gœthe, se parecen también á ellos. Bismarck, el gran hombre de Estado, contaría las águilas de las legiones vencedoras en Sadowa, lo mismo que el indio Mariano Rosas cuenta sus lanzas al regresar del malón.

Pero la nube de arena avanza...............................

XXII

Una nube de arena.--Cálculos.--El ojo del indio.--Segundo parlamento.--Se avista el toldo de Mariano Rosas.--Frente á él.