Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1
Part 11
--Lo que se me pasó la tristeza le pregunté por qué lloraba, y me contó que su padre quería casarla con un tal Zárate, que era tropero y hombre hacendado; y que la noche antes ya le había dicho que si andaba en muchas conversaciones conmigo le había de pegar unos buenos. Con la conversación, no nos fijamos en que había llegado la oración, sin haber recogido las majadas. Salimos juntos á campearlas. Nos tomó la noche, se puso muy obscuro, estaba por llover y nos perdimos, pasando toda la noche en el campo.
* * * * *
Al día siguiente, Inés no vino al arroyo.
Yo fuí á su casa, el padre me recibió mal; quiso pelearme.
Inés estaba en el rancho y me miraba diciéndome con unos ojos muy tristes, que no le contestara á su padre y que me fuera. Le obedecí. El viejo me insultó mucho, hasta que me perdí de vista, sufrí y no le contesté. Á la noche vino la vieja y se pelearon con mi madre. Yo escuché todo de afuera. Más tarde, lo que nos quedamos solos, le conté á mi madre lo que me había pasado.
* * * * *
La pobre me quería mucho, me trató mal, lloró y por último me perdonó.
Pasaron varias lunas sin verse las familias.
Una noche ladraron los perros. Salí á ver qué era, y era una vecina que iba á casa de Inés, donde estaban muy apurados.
Á los pocos días Inés se casó con Zárate y estuvieron de baile y beberaje en la casa. Para esto yo ya sabía lo que le había pasado á Inés, la noche que ladraron los perros, porque la vecina que era muy buena mujer me lo había contado, preguntándome: ¿de quién será la hijita que ha tenido la Inés? Me dió mucha rabia oir los cohetes del casorio que se había hecho en la capilla de San Bartolo, que está contrita de la sierra. Me fuí á la casa. Pedí mi hija.
Me gritaron: ¡borracho!
Hice un desparramo y salí hachado. Estuve mucho tiempo enfermo. Sané, busqué mi hija--no la hallé.--Yo la quería muchísimo, no la había visto nunca. Una tarde sabiendo que la casa estaba sola, me fuí á ver si la hallaba á Inés. La hallé. Me recibió como si no me conociera. Le pedí mi hija y me contestó--¡que estaba borracho!--La hice acordar de la noche en que nos perdimos; me contestó--¡borracho!--Lloré no sé de qué; me echó de la casa llamándome--¡borracho!--Le pegué una puñalada...
Y esto diciendo, Crisóstomo se quedó pensativo.
Nosotros nos quedamos aterrados.--Y ¿después?--dije yo, sacando á todos del abismo de reflexiones en que los había sumido la última frase del infortunado amante.
--Después--murmuró con amargura,--después he padecido mucho, mi Coronel.
--¿Qué hiciste?
--Me fuí á mi casa, le confesé á mi madre lo que había hecho, y á mi padre también, me rogaron que me fuera para San Luis, me arreglaron unas alforjas, tomé dos buenos caballos y me dirigí á Chaján. Pero al pasar por el camino de los indios, me dió la tentación de rumbear al Sud y me vine para acá.
--¿Y no has vuelto á ver tus padres, ó á Inés?
--Sí, mi Coronel, los he visto, varias veces que he ido á malón con los indios, porque el que vive aquí tiene que hacer eso, si no, no le dan de comer. Á Inés la cautivamos en una invasión con su marido y sus padres. Por mí se salvó ella; lloró tanto y me rogó tanto que la dejara, que la perdonara, que me dió lástima, estaba embarazada y conseguí que la dejaran.
Al padre y la madre se los llevaron y los vendieron á los chilenos, para una carga de bebida, que son dos barrilitos de aguardiente. Y he oído decir que están en una estancia cerca de Mucum.
Y esto diciendo, Crisóstomo tomó resuello, como para seguir su narración.
--¿Y has ido á _maloquear_ (invadir), muchas veces?
--Sí, mi Coronel, ¡qué hemos de hacer! hay que buscarse la vida.
--¿Y tienes ganas de salir á los cristianos?
--Estoy casado con una china y tengo tres hijos--contestó, como leyéndose en sus ojos que sí tenía ganas de salir á los cristianos; pero que no lo haría sin su mujer y sus hijos.
Francamente, estos sentimientos paternales me hacían olvidar al hombre que le diera la puñalada á Inés.
¡Qué abismos insondables de ternura y de fiereza oculta en sus profundidades tempestuosas el corazón humano!
Me iba perdiendo en reflexiones, cuando se oyeron varias voces: ¡Ya vienen cerca los bultos colorados!
--No te vayas, Crisóstomo--le dije, y levantándome fuí á posarme en un mogote del terreno para ver mejor los bultos.
--Son dos chinas--dijeron unos.
--Y viene un indio con ellas--otros.
Los bultos se acercaban á media rienda.
Llegaron, saludaron cortésmente en castellano y preguntaron por el Coronel Mansilla.
--Yo soy--les contesté,--echen pie á tierra.
El indio se apeó al punto. Las chinas recogieron el pretal de pintadas cuentas que les sirve de estribo y bajaron del caballo con cierta dificultad por la estrechez de la manía en que van envueltas.
Era el caballero Villarreal, hijo de india y de cristiano, casado con la hermana de mi comadre Carmen, que me mandaba saludar y algunos presentes,--choclos y sandías.
La segunda china era hermana de mi comadre y de la hermana de Villarreal.
Es éste un hombre de regular estatura, de fisonomía dulce y expresiva, embellecida por unos grandes ojos negros llenos de fuego. Vestía como un gaucho lujoso. Habla bastante bien el castellano y se distingue por la pulcritud de su persona. Su padre, cuyo apellido lleva, fué vecino del Bragado. Tenía treinta y cinco años. Ha estado en Buenos Aires en tiempo de Rosas, y conoce perfectamente las costumbres de los cristianos decentes. La mujer es una china magnífica, que también ha estado en Buenos Aires; me habló de Manuelita Rosas, tendrá treinta años. Su hermana tendrá dieciocho, y era soltera. Ambas vestían con lujo, llevando brazaletes de cuentas de muchos colores y de plata, collares de oro y plata, el colorado _pilquén_ (la manta), prendida con un hermoso alfiler de plata como de una cuarta de diámetro, aros en forma de triángulo, muy grandes, y las piernas ceñidas á la altura del tobillo con anchas ligas de cuentas.
La cuñada de Villarreal es muy bonita y vestida con miriñaque y otras hierbas sería una _morocha_ como para dar dolor de cabeza á más de cuatro. Vestía con menos recato que su hermana, pues, al levantar los brazos, se veía la concavidad que forma el arranque del brazo cubierto de vello y agrandándose los pliegues de la camisa descubrían parte del seno.
Me entregaron los obsequios con mil disculpas de no haber traído más, por la premura del tiempo y los apuros de mi comadre.
Les agradecí la fineza, hice que les acomodaran los caballos, les invité á sentarse y entramos en conversación.
Al caer la tarde, les pregunté si venían con intención de pasar la noche conmigo; me contestaron que sí, si no incomodaban.
Mandé que desensillaran los caballos, se puso en el asador el cordero de Crisóstomo, y mientras se asaba, le pegamos al mate y al cominillo de los franciscanos.
Anochecía cuando llegó un enviado de Mariano Rosas con el mensaje consabido: ¿cómo está, cómo le va, no se han perdido caballos?
Contesté que no había habido novedad, y despedí al embajador lo más pronto que pude, sin invitarle á que se apeara.
Á Crisóstomo, le rogué que pasara la noche conmigo; tenía mis razones para querer conversar á _solas_ con él.
Se quedó.
Nos sentamos alrededor del fogón, cenamos hasta saciarnos con choclos, que me parecieron bocado de cardenal, charlamos mucho, y, cuando ya fué tarde, tendimos las camas y como en los buenos viejos tiempos de los patriarcas, nos acostamos todos juntos, por decirlo así, teniendo por cortinas el limpio y azulado cielo coronado de luces.
No hubo ninguna novedad. Dormimos á las mil maravillas. El hombre es un animal de costumbres.
Conviene prevenir por la malicia del lector, que los franciscanos, según estaba acordado, hicieron sus camas al lado de la mía.
XIX
El amanecer.--Llegada de las cargas.--El marchado de la mula Achauentrú en el Río 4.º.--Un almuerzo en el fogón.--Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron.--El cabo Mendoza y Wenchenao.--Enojo fingido.--Se presentó Caniupán.
Al día siguiente amaneció la atmósfera turbia y atornasolada.
Las ondulaciones del terreno arenoso reverberando el sol, formaban caprichosos mirajes, los objetos cercanos se divisaban lejos, creciendo sus proporciones.
Veíanse en lontananza grandes lagunas de superficie plateada y quieta; árboles colosales, que eran pequeños arbustos chamuscados por la quemazón; potros alzados que _escarceaban_ y eran aves de rapiña, que aleteando alzaban el polvo sutil.
Una nubecilla de color terroso pardusco, llamaba hacía rato la atención de mi gente.
Yo estaba vacilando entre matar otra mula ó mandar á Crisóstomo comprar una res, porque los choclos no bastaban para que almorzara toda mi gente, cuando oí:
--¡Son indios!
--No, vienen muy despacio para ser indios.
--Son mulas.
--Deben ser las cargas.
La última frase sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo incorporar, ponerme de pie, echar la visual en dirección á los objetos que ocasionaban la contradicción y llamar á Camilo Arias, que tiene la vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano:
--¿Á ver qué es aquello?
Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como un dardo, y después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual y su aire de profunda certidumbre, me contestó:
--Son las cargas, señor.
--¿Estás cierto?
--Sí, mi Coronel.
--¡Arriba todos!--grité.--¡Á la leña todos! ¡Pronto, pronto un fogón que ya llegan las cargas!
Los asistentes se pusieron en movimiento, desparramándose á todos los vientos; y cuando cada cual regresaba con su carga, la nubecilla que había ido avanzando sobre nosotros trasparentaba claramente, á la vista del observador menos agudo, los tres hombres que quedaron atrás y las cuatro cargas con los ornamentos sagrados pertenecientes á los franciscanos, la hierba, el azúcar, las bebidas y otras menudencias de poco valor, que eran los grandes presentes que yo destinaba á los caciques principales.
Venían andando á ese paso de la mula que ni es tranco, ni es trote, ni es galope; pero que es rápido, y que en la jerga de la lengua de nuestra tierra, se llama _marchado_.
Es una especie de trote inglés, una especie de sobrepaso, que al jinete le hace el efecto de que la mula, en lugar de caminar, se arrastra culebreando.
Todos los aires de marcha, el tranco, el trote, el galope, son cansadores, fatigan hasta postrar.
Sólo el _marchado_ no deshace el cuerpo, ni produce dolores en las espaldas ni en la cintura, permitiendo dormir cómodamente sobre el lomo del macho ó de la mula, como en veloz esquife que, rápido, hiende las mansas aguas, dejando tras sí espumosa estela que, aunque parezca macarrónico, compararé el rastro que deja en el suelo blando el híbrido cuadrúpedo, cuya cola maniobra incesantemente á derecha é izquierda, á manera de timón cuando se mueve.
Llegaron, pues, las suspiradas cargas, y mientras se puso todo en tierra y se eligieron los pedazos de charque más gordos, se hizo un gran fogón, colocando en él una olla para cocinar un _pucherete_ y cocer el resto de choclos que quedaba.
Los padres se ocuparon en abrir sus baúles, en sacar los ornamentos sagrados, que estaban húmedos, y en extenderlos con el mayor cuidado al sol.
Con una parte de los presentes para los caciques hubo que hacer lo mismo.
Las mulas se habían caído repetidas veces en los guadales del Cuero, y todo se había mojado, á pesar de haber sido retobado en cuero fresco, con la mayor prolijidad en el Fuerte Sarmiento.
Yo estaba contrariadísimo; ya sabía por experiencia cuán delicado es el paladar de los indios, pues muchísimas veces se sentaron á mi mesa en el Río 4.º, teniendo ocasión, al mismo tiempo, de admirar la destreza con que esgrimían los utensilios gastronómicos, la cuchara y el tenedor; lo bien que manejaban la punta del mantel para limpiarse la boca, el perfecto equilibrio con que llevaban la copa rebosando de vino á los labios.
Tengo muy presente un rasgo de buena crianza de Achauentrú, capitanejo de Mariano Rosas.
Comía en mi mesa; el asistente que le servía le pasó la azucarera, y como el indio viese que no tenía cuchara dentro, echó la vista al platillo de su taza de café, y como viese que tampoco tenía cucharita miró al soldado, y lo mismo que lo habría hecho el caballero más cumplido, le dijo:
--¡Cuchara!
--Pronto, hombre, una cuchara para Achauentrú,--le grité yo, cambiando miradas de inteligencia con todos los presentes como diciendo: Positivamente, no es tan difícil civilizar á estos bárbaros.
Avisaron que el charqui estaba soasado y los choclos cocidos, pronto el _pucherete_.
--Á comer--llamé.
Y sentándonos todos en rueda, comenzó el almuerzo, ocupando las visitas los asientos preferentes, que eran al lado de los franciscanos y de mí.
Las dos chinas estaban hermosísimas, su tez brillaba como bronce bruñido; sus largas trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas pampas les caían graciosamente sobre las espaldas; sus dientes cortos, iguales y limpios por naturaleza, parecían de marfil; sus manecitas de dedos cortos, torneados y afilados; sus piececitos con las uñas muy recortadas, estaban perfectamente aseados.
Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habían ido á la costa de la laguna, se habían dado un corto baño, y recatándose un tanto de nosotros, se habían pintado las mejillas y el labio inferior, con carmín que les llevan los chilenos, vendiéndoselos á precio de oro.
María, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada, se había puesto lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas.
Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la orilla de ciertas lagunas, barro de color plomizo, bastante compacto, como para cortarlo en panes y secarlo así al sol, ó dándole la forma de un bollo.
El charqui estaba sabrosísimo--á buena gana no hay pan duro, dice el adagio viejo,--el _pucherete_ suculento; los choclos dulces y tiernos como melcocha.
Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con aguardiente.
Villarreal lo hizo hasta _caldearse_, término que, entre los indios, equivale á lo que en castellano castizo significa ponerse calamucano.
Llegó el turno del mate de café, no teniendo otro postre, y habiéndome apercibido de que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los llamé, los convidé á tomar asiento en nuestra rueda y les di unos buenos tragos del alcohólico anisado.
Hice acuerdos en ese momento de que no me había informado del cabo conductor de las cargas, de las novedades del camino; y que aquél no habiendo sido interrogado, nada me había dicho al respecto.
Rumiaba si le llamaría ó no en el acto, cuando ciertas palabras cambiadas entre mis ayudantes me hicieron colegir que algo curioso había ocurrido.
Me resolví al interrogatorio, decidiendo incontinenti.
--¡Que llamen al cabo Mendoza!
--¡Mendoza! ¡Mendoza! lo llama el Coronel--oyóse.
Y acto continuo se presentó el cabo, cuadrándose militarmente.
--Y, ¿cómo ha ido por el camino?--le pregunté.
--Medio mal, mi Coronel--me contestó.
--¿Por qué no me habías dicho nada?
--Porque usía no me preguntó nada.
--Yo creía que no hubiera habido novedad, y tú debías haber pedido la venia para hablarme.
El cabo agachó la cabeza y no contestó.
--Bueno, pues, cuéntame lo que te ha sucedido.
--Señor, cuando íbamos llegando á un charco que está _allicito_ no más, cerca del médano de la Verde, me salió un indio malazo, con cuatro más diciéndome:
--Ese soy Wenchenao, ese mi toldo, esa mi tierra. ¿Con permiso de quién pasando?
--Voy con el Coronel Mansilla.
--Ese Coronel Mansilla, ¿con permiso de quién pisando mi tierra?
--Eso no sé yo, amigo, déjeme seguir mi camino.
Los indios nos ponían las lanzas en el pecho y las hincaban á las mulas en el anca para hacerlas disparar.
--No siguiendo camino sino pagando.
--¿Y qué quiere que le pague, amigo? ¿no ve que lo que llevamos es para el cacique Mariano?
--Entonces dando, mejor. Mariano teniendo mucho; padre Burela viniendo con mucho aguardiente.
Mientras estábamos en esa conversación, mi Coronel, uno de los indios descargó una mula, y llegaron unas chinas con unas pavas, las llenaron bien, echaron bastante azúcar, tabaco y papel en un poncho y se fueron.
Wenchenao nos dijo entonces:
--Bueno, amigo, siguiendo camino no más, pero dando camisa, pañuelo, calzoncillo.
Y hasta que no le dimos algo de eso, no nos quitaron las lanzas del pecho, ni nos dejaron pasar.
--Pues has hecho buena hazaña--le dije.--¿Conque tres hombres se han dejado saquear por unos cuantos indios rotosos?
--¿Y qué habíamos de hacer, mi Coronel?--contestó,--que por hacer pata ancha, nos hubieran quitado todo.
--Tienes razón--le dije;--retírate.
Dió media vuelta, hizo la venia y se alejó.
Aprovechando la presencia de Villarreal y de los otros indios, simulé el mayor enojo é indignación; me levanté de la rueda del fogón; paseándome de arriba abajo exclamaba á cada rato:
--¡Pícaros! ¡ladrones!--rellenando estas palabras con imprecaciones por el estilo de ésta: ¡Ojalá me hagan algo á mí, para que se los lleve el diablo!
Los indios, sin excepción alguna, me oían fulminar rayos y centellas contra ellos, sin decir una palabra, sin moverse siquiera de su lugar.
Sólo cuando parecí calmado,--Villarreal medio entre San Juan y Mendoza, valiéndome de la metáfora de la tierra, se levantó y viniendo á mí con paso vacilante y aire receloso, me dijo:
--Tenga paciencia, mi Coronel.
--¿Qué paciencia quiere que tenga con esta canalla?--le contesté.
Siguió rogándome que me calmara, y yo contestando, y, después de escucharle una larga explicación sobre cómo eran los indios, la diferencia que había entre uno trabajador y uno ladrón, nos quedamos muy amigos.
Hecha la comedia pedí más aguardiente, y volví á convidar á los indios del fogón.
Por supuesto que la señora Villarreal y su hermana no dejaron de dirigirme algunas exhortaciones amables, que finalizaban todas con esta frase: tenga paciencia, señor.
Viendo que los huéspedes se iban _caldeando_, creí oportuno hacer cesar las libaciones.
--Dando, dando más, Coronel--me decían varios á la vez,--ya caldeados, queriendo rematar.
No hubo tutía.
Viéndome firme, fueron despejando el campo uno tras de otro.
Villarreal y sus chinas ni pidieron los caballos para retirarse.
Me daban un solo sobre el modo de tratar á los indios, sobre las relevantes prendas del carácter de Ramón, su cacique inmediato, en los momentos que se presentó un precursor de Caniupán, diciéndome que éste no tardaría en llegar; que en Leubucó se hacían grandes preparativos para recibirme, ponderando con tales aspavientos la indiada que se había reunido, los cohetes que se quemarían, que era cosa de chuparse los dedos de gusto, pensando en la imperial recepción que me aguardaba.
Presentóse por fin Caniupán con unos cuarenta individuos vestidos de parada, es decir, montando briosos corceles, enjaezados con todo el lujo pampeano, con grandes testeras, coleras, petrales, estribos y cabezadas de plata, todo ello de gusto chileno.
Los jinetes se habían puesto sus mejores ponchos y sombreros, llevando algunos bota fuerte, otros de potro y muchos la espuela sobre el pie pelado.
Levanté campamento; me despedí de las visitas, y escoltado por Caniupán, tomé el camino de Leubucó.
Mañana haré mi entrada triunfal allí.
XX
El camino de Calcumuleu á Leubucó.--Los indios en el campo.--Su modo de marchar.--Cómo descansan á caballo.--Qué es tomar caballos á mano.--No había novedad.--Cruzando un monte.--Se divisa Leubucó.--Primer parlamento.--Cada razón son diez razones.
El camino del Calcumuleu á Leubucó corría en línea paralela con el bosque que teníamos hacia el Naciente, buscando una abra, que formaba una gran ensenada. De trecho en trecho se bifurcaba, saliendo ramales de rastrilladas para las diversas tolderías. Reinaba mucho movimiento en el desierto.
De todos lados asomaban indios, al gran galope siempre, sin curarse de los obstáculos naturales del terreno, donde caballos educados como los nuestros ó los ingleses habrían caído postrados de fatiga á los diez minutos por vigorosos que hubieren sido. Subían rápidos á la cumbre de los médanos de movediza arena y bajaban con la celeridad del rayo; se perdían entre los montecillos de chañar, apareciendo al punto; se hundían en las blandas sinuosidades y se alzaban luego; se tendían á la derecha, evitando un precipicio, después á la izquierda rehuyendo otro, y así, ora en el horizonte, ora fuera de la vista del plano accidentado, cuando menos pensábamos brotaban á nuestro lado, por decirlo así, incorporándose á mi comitiva.
Íbamos formados á ratos, yendo yo con Caniupán adelante, sus indios, atrás y después de éstos mi gente; otras veces en dispersión.
Andando con indios no es posible marchar unidos.
Ellos le aflojan la rienda al caballo para que dé todo lo que puede, sin apurarlo nunca; de modo que los jinetes cuyo caballo tiene el galope corto se quedan atrás y los otros se van adelante.
Toda marcha de indios se inicia en orden; al rato se han desparramado como moscas, salvo en los casos de guerra. En ésta, pelean unidos ó en dispersión, á pie unos, á caballo otros, interpolados todos según las circunstancias.
En un combate que mis fuerzas tuvieron con ellos en los Pozos Cavados, pelearon interpolados. Mi gente, siendo inferior en número, había echado pie á tierra. Le llevaron tres cargas, que fueron rechazadas á balazos, y al dar vuelta caras, los pedestres se agarraban de las colas de los caballos, y ayudados por el impulso de éstos, se ponían en un verbo fuera del alcance de las balas.
En marcha, que no es militar, los indios no reconocen jerarquías.
Lo mismo es para ellos la derecha que la izquierda, ir adelante que atrás: el capitanejo, el cacique menor ó mayor, todo es igual al último indio. El terreno, el aire de la marcha y el caballo deciden del puesto que lleva cada uno. ¿Va bien montado el cacique? Se le verá adelante, muy adelante. ¿Va mal montado? Se quedará rezagado. Y el lujo consiste en tener el caballo de galope más largo, de más bríos y de mayor resistencia.
Ya veremos cómo los mismos caballos que nos roban á nosotros, pues ellos no tienen crías ni razas especiales sometidas á un régimen peculiar y severo, cuadruplican sus fuerzas reduciéndonos muchas veces en la guerra á una impotente desesperación.
Al llegar á la entrada del bosque, viendo que mi gente marchaba formando una chorrera y que mis caballos no podían resistir á un galope largo sostenido por la arena, que se enterraban hasta las rodillas no obstante que seguíamos las sendas de la rastrillada, le dije á Caniupán:
--Hagamos alto un rato, los padrecitos vienen muy cansados.
Era un pretexto como cualquier otro.
Caniupán sujetó de golpe su caballo, yo el mío, los que nos seguían unos después de otros; lo mismo hicieran los indios que nos precedían, cuando se apercibieron de que estábamos parados, y poco después formábamos dos grupos, envueltos en una nube de arena.
Para ganar tiempo y dar más alivio á mis cabalgaduras, mandé mudarlas. Los indios no echaron pie á tierra. Tienen ellos la costumbre de descansar sobre el lomo del caballo. Se echan como en una cama, haciendo cabecera del pescuezo del animal, y extendiendo las piernas cruzadas en las ancas, así permanecen largo rato, horas enteras á veces. Ni para dar de beber se apean; sin desmontarse sacan el freno y lo ponen. El caballo del indio, además de ser fortísimo, es mansísimo. ¿Duerme el indio? No se mueve. ¿Está ebrio? Le acompaña á guardar el equilibrio. ¿Se apea y le baja la rienda? Allí se queda. ¿Cuánto tiempo? Todo el día. Si no lo hace es castigado de modo que entienda por qué. Es raro hallar un indio que use manea, traba, bozal y cabestro. Si alguno de estos útiles lleva, de seguro que anda _redomoneando_ un potro, ó en un caballo arisco, ó enseñando uno que ha robado en el último malón.