Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1

Part 10

Chapter 103,929 wordsPublic domain

Extendiendo ponchos bajo los árboles y formando rueda, nos pusimos á parlamentar entre mate y mate, entre trago y trago de aguardiente.

Hube de echar las entrañas por la boca.

No estaba en carácter, y no había más remedio que hacer bien mi papel.

Obsequié al cacique lo mejor que pude con lo poco que llevaba.

Tenía que armarle y encenderle yo mismo el cigarro, que probar primero que él el mate y la bebida para inspirarle confianza plena.

El cacique Ramón es hijo de indio y de una cristiana de la Villa de la Carlota.

Predomina en él el tipo de nuestra raza.

Es alto, fornido, tiene ojos pardos, cabello algo rubio, ancha frente y habla muy ligero.

Es en extremo aseado.

Viste como un paisano rico.

Quiere bien á los cristianos, teniendo muchos en sus tolderías y varios á su alrededor.

Tendrá cuarenta años.

Todo su aspecto es el de un hombre manso, y sólo en su mirada se sorprende á veces como un resplandor de fiereza.

Es de oficio platero; siembra mucho todos los años, haciendo grandes acopios para el invierno, y sus indios le imitan.

Su padre ha abdicado en él el gobierno de la tribu.

Charlamos duro y parejo.

Me agradeció con marcada expresión de sentimiento, todo cuanto había hecho en el Río 4.º por su hermano Linconao, á quien con mis cuidados salvé de las viruelas, preguntándome repetidas veces, si siempre vivía en mi casa, que cuándo volvería á su tierra.

Contestéle que estuviera tranquilo, que su hermano quedaba muy bien recomendado; que no le había traído conmigo porque estaba convaleciente, muy débil y que el caballo le habría hecho daño.

Me instó encarecidamente, á visitarle en sus tolderías, ofreciéndome presentarme su familia. Le prometí hacerlo de regreso, y nos separamos ofreciéndome visita para el día siguiente.

Bustos se marchó con él, pidiéndome por supuesto una botellita de aguardiente.

Le di la última que quedaba.

Mora se quedó á mi lado, diciéndome Ramón que le conservara tanto cuanto le necesitara.

Apenas se alejaba Ramón, se presentó el capitanejo Caniupán, insistiendo en que le diera un caballo gordo para comer.

El pedido tenía todo el aire de una imposición.

Me negué redondamente.

Insistió chocándome, y le contesté, que dónde había visto que un hombre gaucho diera sus caballos; que los necesitaba para volverme á mi tierra, que si se creía que me iba á quedar toda la vida en la suya.

Me dijo algo picante.

Lo mandé al diablo.

Los que le seguían murmuraron algo que podía traer un conflicto.

Creí prudente aflojar un poco la cuerda, y como haciendo una transacción, ordené con muy mal modo le dieran una yegua.

Llevaba dos gordas para cuando se nos acabara el charque, lo que probablemente sucedería esa noche, si teníamos muchos huéspedes.

Le entregaron la yegua, la carnearon en un santiamén y se la comieron cruda, chupando hasta la sangre caliente del suelo.

En el sitio del banquete no quedaron más residuos que las panzas, en las que se cebaron después algunos caranchos famélicos.

La tarde se acercaba y las visitas raleaban.

Llegó un hijo de Mariano Rosas, con unos cuantos. Mandábame saludar nuevamente su padre; quería saber cómo me había ido; recomendarme sobre todo, en todos los tonos _tuviera mucho cuidado con los caballos_.

Contesté secamente.

Marchóse el mensajero, se puso el sol, acomodáronse los caballos teniéndolos á _ronda cerrada_, se recogió bastante leña, se hizo un fogón, nos pusimos en torno, circuló el mate y comenzó la charla.

Discurriendo sobre lo que había pasado durante el día, cambiando ideas con Mora, no me quedó duda de que los indios temían un lazo. Iban, por consiguiente, á hacerme demorar en el camino con pretextos, hasta que regresasen sus descubiertas y se aseguraran y persuadieran de que tras de mí no venían fuerzas.

No debía impacientarme.

¡Gran virtud es la conformidad! Me resigné á mi suerte. Filosofábamos con los frailes; y como Dios es inmensamente bueno, nos inspiró confianza, y concediéndonos un sueño reparador, nos permitió dormir en el suelo desigual, lo mismo que en un lecho de plumas y rosas.

XVII

Un cuerpo sano en alma sana.--El mate.--Un convidado de piedra.--Pánico y desconfianzas de los indios.--Historias.--Un mensajero de Caniupán.--Visitas.--En marcha.--Calcumuleu.--Nuevo mensajero.--La noche.--Amonestaciones.--Primer regalo.--Unos bultos colorados.

Los franciscanos, como de costumbre, habían hecho sus camas muy cerca de mí.

Así dormíamos siempre.

Yo se los había recomendado.

La abnegación generosa de estos jóvenes misioneros; su paciente conformidad en los peligros; su carácter afable, su porte siempre comedido, sus mismas simpáticas fisonomías, todo, todo lo que constituye la persona física y moral, inspiraba hacia ellos una fuerte adhesión.

Se concibe, pues, que unido á estos sentimientos el deber que tenía de cuidarlos, tratara de tenerlos constantemente á mi lado.

Cuerpo sano en alma sana es roncador.

Los reverendos roncaban á dúo, haciendo el padre Moisés de tenor y el padre Marcos de bajo profundo.

Estuve tentado algunas veces de hacerles alguna broma, pero debían estar tan fatigados, que habría sido imperdonable arrancarles á un sueño que, si no era interesante, debía ser agradable y reparador.

No pude continuar durmiendo.

Me puse á soñar despierto, y después de hacer unos cuantos castillos en el aire, llamé un asistente y le ordené que hiciera fuego.

Cuando la vislumbre del fogón me anunció que mis órdenes estaban cumplidas, hube de levantarme.

Seguí _morrongueando_ y contemplando las estrellas que tachonaban el firmamento, anunciando ya su trémula luz la proximidad del _rey del día_, hasta que sentí hervir el agua.

Levantéme, sentéme al lado del fogón y mientras mi gente dormía como unos bienaventurados, yo apuraba la caldera, junto con Carmen, echándonos al coleto varios mates de café.

Carmen había salvado un poco de azúcar, felizmente; y á propósito de esto, tuve que resignarme á escuchar su cariñoso reproche de que no diera tanto, porque pronto nos quedaríamos sin cosa alguna.

Yo estaba distraído, viendo arder la leña, carbonizarse, volverse ceniza, y desaparecer la materia, por decirlo así, cuando Carmen exclamó:

--Ya viene el día.

--Pues despierta á Camilo--le dije,--que venga á tomar mate.

Dicho esto cambié de postura, me recosté sobre el brazo derecho y me quedé dormitando un momento.

Los buenos días de Camilo me hicieron abrir los ojos, y enderezarme perezosamente, haciendo con los brazos una especie de aleteo que duró tanto cuanto mi boca se abrió y cerró para bostezar.

Al sentarse Camilo le oí decir: ¡Buen día, amigo! Y como la salutación despertara en mí la curiosidad de saber á quién se dirigía, tendí la vista alrededor del fogón y ví un indio rotoso, sin sombrero, tiritando de frío, acurrucado como un mono al lado de la bolsa en que Carmen tenía el azúcar, chupándose los dedos de la mano derecha y metiendo la izquierda con disimulo en aquélla.

--¿Cómo va, hermano?--le dije.

--Bueno, hermano--contestó fingiendo un estremecimiento, y añadió, llevando un puñado de azúcar á la boca:

--Mucho frío ese pobre indio.

Le hice dar un poncho calamaco que llevaba entre mis caronas.

Continué conversando, y supe que había pasado la mayor parte de la noche cerca de nosotros; que su toldo estaba inmediato; que cuando había vuelto á él, el día antes, después de haber andado con la gente de Ramón, se había encontrado sin su familia, la que junto con otras andaba huyendo por los montes, porque decían que los cristianos traían un gran malón; que el indio Blanco que había llegado de Chile al mismo tiempo que yo, era el autor de la mala nueva; que todos estaban muy alarmados; que habían mandado tres grandes descubiertas para el Norte, para el Naciente y para el Poniente, por los caminos del Cuero, del Bagual y de las Tres Lagunas, cada una de cincuenta hombres, y que la alarma duraría hasta que no viniese el parte sin novedad.

Era la confirmación de mis conjeturas.

--Quién sabe lo que va á suceder--decía yo para mis adentros,--si las tales descubiertas avanzan demasiado sobre las fronteras de San Luis, Córdoba y Sur de Santa Fe. Nada de extraño tiene que las sientan, que las tomen por una invasión, que las fuerzas se muevan y salgan al Sur, y que los descubridores traigan un parte falso.

Los franciscanos me sacaron de estas reflexiones dándome los buenos días, y sentándose en la rueda del fogón que convidaba con sus hermosas brasas.

Después de los padres se levantaron y ocuparon su puesto los oficiales, y la conversación se hizo general, ponderando todos sin excepción alguna, lo bien que habían dormido.

Los padres no necesitaban jurarlo.

El indio era muy ladino; nos entretuvo un rato contándonos una porción de historias; entre ellas nos habló de un pariente suyo que había vivido sin cabeza; de unos indios que diz que vivían en tierras muy lejanas, que se alimentaban con sólo el vapor del puchero; de otros que corren tan ligero como los avestruces, que tienen las pantorrillas adelante pretendiendo hacernos creer que todo cuanto decía era verdad.

Yo no sé si él lo creía, pero parecía creerlo.

Varias veces le pregunté si él había visto esas cosas.

Me contestó que no, que su padre se las había contado.

Por supuesto, que éste tampoco las había visto; se las había contado el abuelo de nuestro interlocutor.

¿Pero, qué tenía de extraño que un pobre indio creyese tales patrañas, cuando uno de mis ayudantes, el mayor Lemlenyi, creía, porque se lo había contado no sé qué chusco, que en Patagones hay unos indios que tienen el rabo como de una cuarta, cuyos indios antes de sentarse en el suelo, hacen un pocito con el dedo, ó con el mismo rabo, para meterlo en él, y estar con más comodidad?

Las creederas de la humanidad suelen tener unas proporciones admirables.

Todo cabe dentro de ellas--la verdad lo mismo que la mentira.

Si me apurasen mucho, demostraría que es más común creer en la mentira que en la verdad.

Machiavello dice que el que quiera engañar, encontrará siempre quien se deje engañar, lo que prueba que, si no hay quien mienta más, no es por la dificultad de encontrar quien crea, sino por la dificultad de encontrar quien se resuelva á mentir.

Amaneció.

Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad. En cambio, la yegua que conservaba para comer había muerto envenenada por un yuyo malo.

Íbamos á estar frescos si esa tarde no llegaban las cargas.

Cuando salía el sol, se presentó un mensajero de Caniupán, y después de darme los buenos días con muchísima política, de preguntarme si había dormido bien, si no había habido novedad, si no había perdido algunos caballos, me notificó que el capitanejo vendría á visitarme al rato. Devolví los saludos y contesté que estaba pronto.

El mensajero pidió cigarros, aguardiente, yerba, _achúcar_, _achúcar_, se lo dieron y se marchó.

Poco á poco fueron llegando _visitantes_, ó mejor dicho curiosos, porque no se bajaban del caballo, sino que, echados sobre el pescuezo, se quedaban largo rato así mirándonos, y luego se marchaban, diciendo algunas veces: Adiós, amigo; pidiendo otras un cigarro.

La visita anunciada llegó á las dos horas. Le acompañaban veintitantos indios. Se apeó del caballo, después de saludar cortésmente, me dió un mensaje de Mariano Rosas, y tomó asiento en el suelo, á mi lado, pidiéndome con la mayor familiaridad un cigarro.

Arméselo, encendílo yo mismo, y se lo puse en la boca por decirlo así.

Mariano Rosas me invitaba á cambiar de campamento, á avanzar una legua; y me pedía disculpas.

El comisionado le disculpaba por su cuenta confidencialmente, diciéndome que estaba _achumado_ (ebrio).

Mandé tomar caballos y ensillar, y como el terreno era muy quebrado, durante la operación se distrajeron los caballerizos y me robaron dos pingos.

Se lo dije á Caniupán, manifestándole _con grosería_ que aquello era mal hecho, que Mariano Rosas estaba en el deber de tomar á los ladrones, para castigarlos y hacerles entregar mis caballos si no se los habían comido. Y quise hacer aquella comedia de enojo, porque entre bárbaros más vale pasar por brusco que por tonto.

Caniupán hizo la suya; me aseguró que los ladrones serían perseguidos, tomados y castigados, pero él sabía perfectamente bien que nadie lo había de hacer. Por supuesto que no lo hicieron. Perdí, pues, mis caballos, quedándome sólo la satisfacción de haber refunfuñado un rato con desahogo.

Avisáronme que todo estaba pronto para la marcha. Se lo previne á mi conductor y nos pusimos en viaje.

Los indios no andan jamás al tranco cuando toman el camino.

Al entrar en el que debíamos seguir, me dijo Caniupán, poniéndose al galope:

--Galope, amigo.

Yo, que no quería dejarme dominar ni en las cosas pequeñas, ni contesté, ni galopé.

--Galope, galope, amigo--me gritó el indio.

Si yo hubiera estado prisionero, no me habría hecho tan mal efecto aquella especie de imposición.

--No quiero galopar--le contesté.

Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la marcha de los indios, llegasen galopando:

--¡Despacio! ¡despacio!--les grité.

Los indios se fueron adelante formando un grupo; los cristianos nos quedamos atrás, formando otro.

Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme á su altura piqué el caballo, le apliqué un fuerte rebencazo, y gritándoles á los míos: ¡al galope! galopamos todos, y digo todos, hablando con propiedad, porque también los indios galoparon poniéndose Caniupán á la par mía.

El punto adonde nos dirigíamos era á la Laguna de Calcumuleu, que quiere decir Agua en que viven brujas. Distaba una legua larga de Aillancó y quedaba como á seiscientos metros de la orilla del monte de Leubucó.

De consiguiente, poco demoramos en llegar.

El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay muchas, reduciéndose su mérito á tener vertiente de agua potable casi siempre. Sus bordes son bajos; estaban adornados de tal cual arbusto.

Al llegar, Caniupán me dijo:

--Aquí es donde dice Mariano que puede parar.

--Está bien--le contesté, haciendo alto, echando pie á tierra y ordenando que acamparan.

El indio vió desensillar los caballos, sacar las tropillas á cierta distancia para que comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de que allí no me movería, se despidió recomendándome unas cuantas veces el mayor cuidado con los caballos y se fué, á Dios gracias, dejándome en paz, pero no sin que quedaran por ahí dispersos, á manera de espías, unos cuantos de los mismos que yo había visto llegar con él, hacía un rato, á Aillancó.

Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó hacer algunos asados, pero el charque había desaparecido. Fué menester apretarse la barriga, y seguir dándole á la yerba y al café.

Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del Norte para el Sur, del Sur para el Norte. Todos se detenían, se acercaban, nos miraban y luego proseguían su camino.

Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran siempre los más solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un trago de un botellón de cominillo, que no sé cómo no había volado ya.

Yo me propuse no hablar con nadie ese día, á no ser que viniera exprofeso, mandado por alguien; así fué que me lo llevé paseando por la costa de la laguna, leyendo á Beccaria á ratos, otras veces, un juicio crítico sobre las obras de Platón, de ese filósofo inmortal á quien podría tributársele el fanático homenaje de mandar quemar todo cuanto se ha escrito sobre filosofía, desde sus días hasta la fecha, sin que por eso las ciencias especulativas perdieran gran cosa.

Al caer la tarde, llegó un nuevo mensajero de Mariano Rosas, con una retahila de preguntas y recomendaciones, que terminaban todas con esta recomendación sacramental: que tenga mucho cuidado con los caballos. Recibí y despedí secamente al mensajero, llamándome sobremanera la atención no tener hasta ese instante noticia alguna del capitán Rivadavia, que hacía dos meses se encontraba entre los indios con motivo del tratado que desde el año pasado venía negociando yo con ellos.

Llegó la noche; se hizo un gran fogón, nos comimos una mula de las más gordas y algunos peludos, y repletos y contentos, se cantó, se contaron cuentos y se durmió hasta el amanecer del siguiente día.

Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé á Camilo Arias, y le pregunté si había habido alguna novedad. Contestóme que no, aunque habíamos estado rodeados de espías. Me incorporé en el blanco lecho de arena, dirigí la visual á derecha é izquierda; á la espalda y al frente, y en efecto, los que habían velado nuestro sueño estaban todavía por ahí.

Calentó el sol y empezaron á llegar visitantes y á incomodarnos con pedidos de todo género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con mis ayudantes Rodríguez y Ozarowski, porque al paso que iban, pronto se quedarían en calzoncillos.

--Bueno es dar--les dije,--mas es conveniente que estos bárbaros no vayan á imaginarse que les damos por miedo.

Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de conducta que debían observar, y como un indio me pidiera el pañuelo de seda que tenía al cuello, aproveché la ocasión para despedirlo con cajas destempladas.

Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza, añadiendo: cristiano malo, y se fué.

Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas.

Le recibí con mala cara.

--Manda decir el general que cómo está--me preguntó.

--Tirado en el campo, dígale--le contesté.

--Manda decir el general, que cómo le va--añadió.

--Dígale--repuse,--que busque una bruja de las que viven en estas aguas que le conteste cómo le irá al que no teniendo qué comer se está comiendo las mulas que necesita para volverse á su tierra.

--Manda decir el general--continuó,--si se le ofrece algo.

--Dígale al general--contesté, echando un voto tremendo,--que es un bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega desarmado, y que otro día ha de creer en algún pícaro de mala fe que lo engañe.

El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oir aquella contestación; advirtiéndolo yo, agregué:

--Y dígaselo, no tenga miedo.

Dicho esto, le di la espalda, y viendo él que yo no tenía gana de seguir conversando, recogió el caballo y se dispuso á partir. Mas en ese momento llegó un grupo de indios del Norte, y mezclándose con ellos, allí se quedaron hablando, según me dijo Mora después de que no había novedad por el Cuero y que más allá no sabían.

Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fué á pasar por entre los dos franciscanos que estaban descansando en el suelo, como á dos varas uno de otro.

Gritéle con voz de trueno, saltando furioso sobre él para sofrenarle el caballo y empuñando mi revólver, dispuesto á todo:

--¡Eh! ¡no sea bárbaro! ¡no me pise los padrecitos!

Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe el caballo, casi en medio de los padres, contestó:

--Yo también sé.

--¿Y si sabes, pícaro, por qué pasas por ahí?

--No les iba á hacer nada--repuso.

--¡Conque no les ibas á hacer nada, bandido!

Calló, dió vuelta, les habló á los indios en su lengua, siguiéronle éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres por un rato asaz amargo, pues creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro.

¡Extraños fenómenos del corazón humano!

Algunas horas después de esta escena, á la que nada notable se siguió, ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome:

--Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y estos choclos.

El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera á mi vez.

--Gracias, hijo--le contesté,--¿para qué te has incomodado? Apéate, tomaremos un mate y me contarás tu vida.

Apeóse del caballo, maneólo, sentóse cerca de mí y después de algunas palabras de comedimiento dirigidas á los franciscanos, nos contó su historia.

En ese instante gritaron que se avistaban, saliendo del monte, unos bultos colorados.

Ya sabremos lo que era.

XVIII

Historia de Crisóstomo.--Quiénes eran los bultos colorados.--El indio Villarreal y su familia.--De noche.

Tomó la palabra Crisóstomo, y dijo:

--Mi Coronel, el hombre ha nacido para trabajar como el buey y padecer toda la vida.

Este introito en labios de un hombre inculto llamó la atención de los interlocutores.

Me acomodé lo mejor que pude en el suelo para escucharle con atención, convencido de que los dramas reales tienen más mérito que las novelas de la imaginación.

La otra noche se lo decía yo á Behetti, rogándole me hiciera el sacrificio de ciento cincuenta varas, vulgo, me acompañara una cuadra.

La historia de cualquier hombre de ésos que nos estorba el paso, es más complicada é interesante que muchos romances ideales que todos los días leemos con avidez; así como hay más chiste y más gracia circulando en este momento en el más humilde café, que en esos libros forrados en marroquín dorado, con que especula el ingenio humano.

Behetti convino conmigo, y me hizo este cumplimiento:

--Usted es célebre por sus dichos.

--Y por mis desgracias, como sir Walterio Raleigh--le contesté,--diciendo para mi capote:

--Así es el mundo, trabajamos por hacernos célebres en una cuerda y lo conseguimos por el lado del ridículo.

¡Nos cuesta tanto conocernos!

Crisóstomo continuó:

--Yo vivía en la calle del cerro de Intiguasi.

Este cerro está cerca de Achiras, y su nombre significa en quichua, si no ando desmemoriado en mis recuerdos etnográficos y filográficos, _casa del sol_. Diéronselo los incas en una de sus famosas expediciones por la parte oriental de la Cordillera. _Inti_, quiere decir sol, y _guasi_ casa.

--Vivía con mis padres, cuidando unas manadas, una majada de ovejas pampas y otra de cabras.

También hacíamos quesos. No nos iba tan mal. Hubo una patriada, en la que salieron corridos los _colorados_ con quienes yo me fuí, porque me arrió don Felipe--se refería á Saa,--anduve á monte mucho tiempo por San Luis, y cuando las cosas se sosegaron, me volví á mi casa. Los colorados nos habían saqueado. Los pobres siempre se embroman. Cuando no son unos, son otros los que les caen. Por eso nunca adelantamos. Seguimos trabajando y aumentando lo poco que nos había quedado hasta que me desgracié...

Aquí frunció el ceño Crisóstomo, y un tinte de melancolía sombreó su cobriza tez, quemada por el aire y el sol.

--¿Y cómo fué eso?--le pregunté.

--¡Las mujeres! ¡las mujeres, señor! que no sirven sino para perjuicio--repuso.

--¿Y ahora no tienes mujer?

--Sí tengo.

--¿Y cómo hablas tan mal de ellas?

--Es que así es el hombre, mi Coronel: vive quejándose de lo que le gusta más.

--Bueno, prosigue--le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración, que ya había predispuesto á todos en su favor, despertando fuertemente la curiosidad.

Cerca de casa vivía otra familia pobre. Éramos muy amigos; todos los días nos veíamos.

Tenía una hija muy donosa. Se llamaba Inés. Por las tardes cuando recogíamos las majadas, nos encontrábamos en el arroyo, que nace de arriba del cerro. Y como la moza me gustaba, yo le tiraba la lengua y nos quedábamos mucho rato conversando. Un día le dije que la quería, que si ella me quería á mí. Me contestó callada que sí.

--¿Y cómo es eso de contestar callada?

--Bueno, mi Coronel, yo le conocí en la cara que puso, que me quería.

--¿Y después?

--Seguimos viéndonos todos los días, saliendo lo más temprano que podíamos á recoger para poder platicar con _holgura_.

Nos sentábamos juntitos en la orilla del arroyo, en un lugar donde había unos sauces muy lindos; nos tomábamos las manos y así nos quedábamos horas enteras viendo correr el agua. Un día le pregunté si quería que nos casáramos. No me contestó, dió un suspiro, se le saltaron las lágrimas, lloró y me hizo llorar.

--¿Á ti?

--Á mí, pues, señor--contestó Crisóstomo, mirándome con un aire que parecía decir: ¿acaso no puedo llorar yo, porque vivo entre los indios?

Sentí el reproche y le contesté: no te había entendido bien, sigue.

Prosiguió.