Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1

Part 9

Chapter 93,798 wordsPublic domain

Á mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí debe haber animales alzados y han de ser baguales, por el modo como corre ese venado, y en efecto, no tardar muchos minutos en descubrir los ariscos animales, flotando al viento sus largas crines y corriendo impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos!

Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de que lo hiciera venir á mí.

Como ni el indio ni yo nos detuviéramos, llegamos á encontrarnos á la misma altura, pero en distintas direcciones. Hubiérase dicho que nos habíamos pasado la palabra, al vernos hacer alto simultáneamente.

Mi lenguaraz se puso al habla con el indio. Habló un momento con él, y volvió diciéndome que quería reconocerme.

Piqué mi caballo, y ordenándole á mi gente que nadie me siguiese, partí á media rienda sobre el indio, que me esperaba con el caballo recogido y la lanza enristrada. Á los veinte pasos de él, sujeté, diciéndole: buenos días, amigo. ¡Buenos días!--contestó.--Cambiamos algunas palabras más, por medio del lenguaraz, tendientes todas á tranquilizarlo, y él dió vuelta rumbiando al Sur á todo escape, y yo, reuniéndome con mi gente, seguí ganando terreno paso á paso.

Mora, mi lenguaraz, parecía de mal talante, y, en efecto, lo estaba, pues habiéndole interrogado, me manifestó las más serias inquietudes.

Hablábamos de las leguas que todavía teníamos que hacer para llegar á Leubucó, discurriendo sobre si seguiríamos por el camino de Cerrilobo, que pasa por los toldos del cacique Ramón, ó por el de la derecha, que pasa por la lagunita del Calcumuleu, que debíamos encontrar por momentos, cuando avistamos dos indios ocultos en un pliegue del terreno.

No podía saber si alguno de ellos era el mismo con quien acababa de hablar.

Le consulté á Mora.

Fijó su vista, observó un instante, y contestó con aplomo:

--Son otros, el pelo del caballo del primero era gateado.

Los dos indios avanzaron sobre mí resueltamente.

Como el anterior, venían armados.

No tardamos en estar muy cerca.

Éstos no trataban, como el primero, de buscarme el flanco.

--¡Vienen á toparnos!--decía Mora,--¡vienen á toparnos! Y vienen en buenos pingos.

--Pues vamos á toparlos, vamos á toparlos--agregaba yo, y esto diciendo, castigué con fuerza el caballo, y ordenándole á mi gente que no apuraran el paso, me lancé á escape.

Con la rapidez de relámpago nos hubiéramos topado, si unos y otros no hubiéramos sujetado á unos cincuenta pasos, avanzando después poco á poco, hasta quedar casi á tiro de lanzada.

--Buenos días, amigo, ¿cómo va?--les dije.

--Buenos días, ché amigo,--contestaron ellos.

Y como estuvieran con las lanzas enristradas, le observé á mi lenguaraz se los hiciera notar, diciéndoles quien era yo, que iba de paces, y que no traía más gente que la que se veía allí cerca.

Los indios recogieron las lanzas á la primera indicación de Mora, y cuando éste acabó de hablarles, llamando especialmente su atención, sobre que yo no llevaba armas, me insinuaron con un ademán el deseo de darme la mano.

No vacilé un punto; piqué el caballo, me acerqué á ellos y nos dimos la mano con verdadera cordialidad.

Les ofrecí cigarros, que aceptaron con marcada satisfacción, y quedándome solo con ellos, hice que Mora fuese donde estaba mi gente, en busca de un chifle de aguardiente.

Mientras fué y volvió, nos hicimos algunas preguntas sin importancia, porque ni ellos entendían bien el castellano, ni yo podía hacerme entender en lengua araucana.

Sin embargo, saqué en limpio que el cacique principal Mariano Rosas, con otros caciques y muchos capitanejos estaban entregados á Baco; el padre Burela había llegado el día antes de Mendoza, con un gran cargamento de bebidas.

Volvió Mora, tomaron mis interlocutores unos buenos tragos, y despidiéndose alegremente, siguieron ellos su camino que era la dirección de las tolderías de Ramón, y yo el mío.

Mora seguía cabizbajo, á pesar del aire franco de los dos indios. No las tenía todas consigo. ¡Quién sabe qué va á suceder!--decía á cada paso, y luego murmuraba:--¡son tan desconfiados estos indios!

De cálculo en cálculo, de sospecha en sospecha, de esperanza en esperanza, mi caravana se movía pesadamente, envuelta en una inmensa nube de polvo.

Mora decía: Los indios van á creer que somos muchos.

Yo seguía tranquilo; un secreto presentimiento me decía que no había peligro.

Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la reflexión. Debe nacer del alma.

El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos, espinillos, algarrobos y chañares.

Nos aproximábamos á una ceja de monte.

Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por el horizonte, procurando descubrir algo.

Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo á la cumbre de los médanos, descendiendo á sus bajíos guadalosos, esquivando los arbustos espinosos, bajo los rayos del sol, que estaba en el cenit, alargándose la distancia cada vez más, por ciertas equivocaciones de Mora, cuando casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron:--¡Indios! ¡indios!

En efecto, fijando la vista al frente y estando prevenida la imaginación, descubrí varios pelotones de indios armados.

--Parémonos, señor--me dijo Mora.

--No, sigamos--repuse,--pueden creer que tenemos miedo, ó desconfiar. Adelantémonos más bien.

Dejé mi comitiva atrás, aunque mi caballo iba bastante fatigado, y apartándome del camino, que ya habíamos encontrado, y poniéndome al galope, me dirigí al grupo más numeroso de indios.

Tendiendo la vista en ese momento á mi alrededor, vi que me hallaba circulado de enemigos ó de curiosos. Poco iba á tardar en saber lo que eran.

Vinieron á decirme que estábamos rodeados.

--Que avancen al tranco--contesté, y seguí al galope.

Rápidos como una exhalación, varios pelotones de indios estuvieron encima de mí.

Es indescriptible el asombro que se pintaba en sus fisonomías.

Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes lo más caprichosos, los unos tenían sombrero, los otros la cabeza atada con un pañuelo limpio ó sucio. Éstos, vinchas de tejido pampa, aquéllos, ponchos, algunos, apenas se cubrían como nuestro primer padre Adán, con una jerga; muchos estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada de colorado, los pómulos y el labio inferior; todos hablaban al mismo tiempo, resonando la palabra ¡winca! ¡winca! es decir: ¡cristiano! ¡cristiano! y tal cual desvergüenza, dicha en el mejor castellano del mundo.

Yo fingía no entender nada.

¡Buen día, amigo!

Buen día, hermano, era toda mi elocuencia, mientras mi lenguaraz apuraba la suya, explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje.

Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca, mirándome como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos me agarraban la manga del chaquetón que vestía, y como quien reconoce por primera vez una cosa nunca vista, decían: ¡ese coronel Mansilla! ¡ese coronel Mansilla!

--Sí, sí, contestaba yo, y repartía cigarros á diestro y siniestro, y hacía circular el chifle de aguardiente.

Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de mí, resolví terminar aquella escena. Se lo dije á Mora, habló éste, y abriéndome calle los indios, marchamos todos juntos al galope, á incorporarnos á mi gente.

Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos, nos acercábamos á un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque. Llámase Aillancó.

Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios--dábanles cigarros, hierbas y tragos de aguardiente.

--_Achúcar_ (azúcar), pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la reserva venía en las cargas, y no había cómo complacerlos.

Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.

Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga á la que dejo descripta, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban todos los indios y la mala voluntad de los cristianos cautivos ó refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos, contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando ésta subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, á mi vez, y así conseguí imponerles respeto á aquellos desgraciados ó pillos, á quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo orégano.

Llegados á Aillancó, y como allí hay una lagunita de agua excelente, hice alto, eché pie á tierra y mandé mudar caballos.

Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios, encabezados por un hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena, atada con una vincha; de aspecto varonil, un tanto antipático, montando un magnífico caballo overo negro, perfectamente ensillado, con ricos estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas, también de plata, y blandiendo una larguísima lanza, y dirigiéndose á mí, y sofrenando de golpe el caballo, me dijo: Yo soy Bustos.

--Me alegro de saberlo--le contesté con disimulada arrogancia.

--Soy cuñado del cacique Ramón--añadió, cruzando la pierna derecha sobre el pescuezo de su caballo.

--Soy el coronel Mansilla--repuse, imitando su postura, y añadiendo: ¿cómo está el cacique Ramón?

Contestóme que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales, y á saber por qué razón habiendo llegado á sus tierras, pasaba de largo por ellas.

Le dije, agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus tierras, callado la boca; que el día antes había adelantado al indio Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje.

Me dijo, que precisamente de ahí nacía la sorpresa de Ramón, que ellos habían dicho que antes de llegar á las tolderías del cacique Mariano, yo pasaría por las de Ramón.

Seguimos cambiando palabras sobre este tópico, y no tardé en apercibirme de que el cacique Ramón hacía una mixtificación exprofeso del mensaje que recibiera.

Ni el indio Angelito, ni el cabo Guzmán podían haberse equivocado. Era sumamente difícil. Yo me aseguré antes de despacharlos de Coli-Mula de que me habían entendido perfectamente bien.

Por otra parte, mi carta al cacique Mariano era terminante, y las tolderías de éste no distan tanto de las de Ramón, como para que no hubiera tenido tiempo de prevenirlo.

Mi diálogo con el _caballero Bustos_, se prolongó bastante, porque él hablaba castellano lo mismo que yo.

Me avisaron que los caballos estaban prontos, preguntándome si quería mudar el mío.

Contesté que sí, que me tomaran otro; y ofreciéndole á Bustos un cigarro, eché pie á tierra, y convidándole á hacer lo mismo, le dije que pensaba llegar en un rato al toldo de Mariano Rosas.

Mientras me mudaban el caballo, hice extender un poncho bajo de un árbol, y sentados en él nos pusimos á platicar como dos viejos conocidos.

Me trajeron el caballo, y cuando ponía el pie en el estribo, despidiéndome de Bustos, á quien conocí le había caído en gracia, llegaron simultáneamente por dos rumbos distintos dos grupos de indios.

El uno venía de los toldos de Ramón, y el otro de los toldos de Mariano.

El de Mariano lo encabezaba un capitanejo, hombre de malas pulgas, como se verá después.

El otro, un indio cualquiera.

Mariano mandaba saludarme; Ramón á decirme que ya salía á encontrarme.

Despedí al primero con mis agradecimientos, y me dispuse á esperar á Ramón.

Esperándolo estaba, conversando con Bustos, mi comitiva charlaba y se entretenía con los demás indios y con unas chinas que acababan de llegar enancadas de á tres, cuando fuimos acometidos por unos cuantos indios, que, lanza en ristre, y viniendo hacia mí: gritaban _¡winca! ¡winca! ¡matando! ¡matando, winca!_

Eché una mirada á mi alrededor, y vi que mi gente estaba resuelta á todo, y con disimulada irritación, le dije á Bustos: ¿Pensarán éstos hacer alguna barbaridad?

Los bárbaros estaban ya encima. Hablóles Bustos y mi lenguaraz en su lengua, y echándose sobre ellos las chinas, sin temor de ser pisoteadas por los caballos, y asiéndose vigorosamente de sus lanzas, se las arrancaron de las manos. Los indios bramaban de coraje. Felizmente, el incidente no pasó de ahí.

Los augurios y temores de mi lenguaraz amenazaban confirmarse. Pero ya estábamos en las astas del toro, y no era cosa de retroceder.

Volvió el _embajador_ del cacique Ramón.

¿Con qué embajada? Mañana lo sabrás.

XVI

El embajador del cacique Ramón y Bustos.--Desconfianza de cacique.--Quién era Bustos.--Caniupán.--Otra vez el embajador de Ramón y Bustos.--Un bofetón á tiempo.--_Mari purrá wentru._--Recepción.--Retrato de Ramón.--Exigencias de Caniupán.--¡Lo mando al diablo!--Conformidad.

Regresó el embajador de Ramón.

En lugar de dirigirse á mí, se dirigió á Bustos.

¿Qué le dijo? Ni lo supe, ni lo sé. Mi lenguaraz no tenía suficiente libertad para hablar conmigo, porque, á más de pertenecer á las tolderías de Ramón, cuyo cuñado estaba allí, á mi lado, rodeábannos muy de cerca muchísimos indios, que atentos y curiosos, no apartaban sus miradas de mí, como queriendo penetrar mis pensamientos.

Lo que no podía ocultárseme era que Bustos y el embajador no estaban acordes. El primero se expresaba con verbosidad, con calor y perceptible descontento.

Mora, aprovechando un instante de distracción de Bustos, me insinuó con aire significativo que Ramón desconfiaba y que Bustos me defendía.

No me había engañado. El hombre había simpatizado conmigo. Ya tenía un aliado. Traté, pues, de acabar de hacer su conquista, afectando la mayor tranquilidad, disimulando que conocía las desconfianzas de Ramón, y encontrando muy natural todo lo que hasta entonces había pasado.

El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando, dándome mala espina el que á cada rato me dijera, como queriendo justificar el extraño proceder de Ramón, que con toda astucia y disimulo me retenía en el camino:

--No tenga miedo, amigo.

--No, no hay cuidado, contestaba yo.

Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé á engendrar sospechas, inclinándome á creer que había andado muy ligero al hacerme la idea de que el hombre había simpatizado conmigo.

Estábamos platicando, habiéndome dicho que había nacido en el antiguo Fuerte Federación, hoy Villa de Junín, que su madre fué india y su padre un vecino de Rojas, de apellido Bustos, que en un tiempo fué comandante de Guardia nacional. Mi comitiva, asediada por los indios, que pedían cuanto sus ojos veían, repartía cigarros, hierba, fósforos, pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba encima y le era menos indispensable. De repente, sintióse un tropel, y envueltos en remolinos de polvo, llegaron unos treinta indios, sujetando los caballos tan encima de mí, que si hubieran dado un paso más me habrían pisoteado.

Bustos no pudo prescindir de gritarles: ¡Eeeeeh!

Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura, fruncí el ceño y clavé la mirada en el que venía haciendo cabeza, que encarándoseme y llevando la mano derecha al corazón, me dijo:

--¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! (y volviendo á señalarse á sí propio) ¡Ese indio guapo!

Seguí mirándolo con torvo ceño.

Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron algunas otras groseras, de calibre grueso.

Bustos me dijo:

--Montemos á caballo.

Lo tenía ahí cerca, y sin esperar otra insinuación, me levanté del suelo y monté.

Mora me dijo, al hacerlo:

--Caniupán quiere hablar con usted, señor.

--Pues que hable lo que guste, dile.

Díjome por medio del lenguaraz:

Que Mariano Rosas mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales; que sentía muchísimo no poder recibirme ese día como yo lo merecía; que al día siguiente me recibiría; que tuviese á bien acampar donde me encontraba.

Contestéle con la mayor política, resignándome á pasar la noche en Aillancó, y viendo ya que todas aquellas dilaciones eran calculadas.

Mientras el capitanejo y yo hablábamos, varios indios, particularmente uno chileno, nos interrumpían con sus gritos, echándome encima el caballo y metiéndome, por decirlo así, las manos en la cara.

Hasta donde era posible me daba por no apercibido de estas amabilidades, que llegaron á alarmarme seriamente, cuando vi que un indio lo atropelló al Padre Marcos, pechándolo con el caballo, en medio de un grito estentóreo, cariño que el reverendo franciscano recibió con evangélica mansedumbre, á pesar de haber andado por las gavias, lo mismo que su compañero, el Padre Moisés, que simultáneamente era objeto de otra demostración por el estilo.

El indio chileno vociferaba algo que debían ser amenazas de muerte.

Bustos, que no se separaba de mi lado, volvió á decirme:

--No tenga miedo, amigo.

Le contesté, con tono áspero y fuerte:

--Usted me está fastidiando ya con su: No tenga miedo, amigo, y echando un voto cambrónico, agregué:

--Dígame eso cuando me vea pálido.

Algunos indios que entendían el castellano, exclamaron á una: ¡Ese coronel Mansilla, ese cristiano toro!

Caniupán me dijo con aire imperioso: Dame un caballo gordo para comer.

--¿Conque habías entendido la lengua?--le dije.

--Poquito--repuso el indio,--¿dando caballo?

--Sí... en eso estoy pensando.

El capitanejo iba á contestar, cuando el embajador de Ramón se presentó por tercera vez.

Habló con Bustos, parando la oreja todos los indios que me rodeaban, porque lo hacía con aire misterioso.

Bustos contestaba con monosílabos que me parecían significar solamente sí y no. Dirigiéndose á los circunstantes, me dijo:

--Dice el cacique Ramón que usted no es el coronel Mansilla, que el coronel vendrá atrás con la demás gente.

Lo llamé á Mora, y le dije:

--Vete al toldo de Ramón, asegúrale que yo soy el coronel Mansilla, que mande algún indio de los que han estado en el Río 4.º á reconocerme y quédate en rehenes.

Mora contestó.

--Le voy á decir que si lo engaño, me degüelle.

Y dirigiéndose á Bustos, al separarse de mi lado, añadió:

--Amigo, repáremelo al coronel, por si quiere conversar con alguno.

La resolución con que se separó Mora de mi lado, acompañado del embajador, produjo un efecto inesperado en los indios. Cesaron sus impertinencias, continuando, sin embargo, las de algunos cristianos.

Á uno de mis soldados se le fué la mano y le plantificó un bofetón al más atrevido de ellos, diciéndole:

--¡Tomá, chachino pícaro!

El cristiano quiso hacer barullo, pero los otros colegas no le ayudaron, y menos los indios.

El soldado era un diablo. Echó el bofetón á la risa, y esgrimiendo un chifle de aguardiente, gritaba encarándose con los que le parecían más capaces de una avería: Bebiendo, peñi (_peñi_ quiere decir _hermano_).

Por algunos indios sueltos que llegaron, supe que el cacique Ramón no estaba en su toldo, sino que se hallaba allí cerca, dentro del monte; que Mora ya estaba con él, que se hacían los preparativos para recibirme.

Detrás de éstos llegó un propio, y después de hablar con Bustos, me dijo éste:

--Amigo, haga formar su gente y dígame cuántos son.

Llamé al Mayor Lemlenyi, y le di mis órdenes.

Cumplidas éstas, le dije á Bustos:

--Somos cuatro oficiales, once soldados, dos frailes y yo.

--Bueno, amigo, déjelos así formados en ala como están.

Y dirigiéndose al propio, le dijo: entre otras cosas, _Maripurrá wentru_, palabras que comprendí, y que querían decir _diez y ocho hombres_.

Mientras mi gente permanecía formada, mis tropillas andaban solas. Yo estaba con el Jesús en la boca, viendo la hora en que me dejaban con los caballos montados.

Bustos despachó de regreso el propio.

Siguiendo sus insinuaciones al pie de la letra, primero, porque no había otro remedio; segundo... Aquí se me viene á las mientes un cuento de cierto personaje, que queriendo explicar por qué no había hecho una cosa, dijo:

No lo hice--primero, porque no me dió la gana; segundo... Al oir esta razón, uno de los presentes le interrumpió diciendo: Después de haber oído lo primero, es excusado lo demás.

Iba á decir que siguiendo las insinuaciones de Bustos, me puse en marcha con mi falange formada en ala, yendo yo al frente, entre los dos frailes.

Anduvimos como unos dos mil metros en dirección al monte donde se hallaba el cacique Ramón.

Llegó otro propio, habló con Bustos, y contramarchamos al punto de partida.

Esta revolución se repitió dos veces más.

Como se hiciera fastidiosa, le dije á Bustos, sin disimular mi mal humor.

--Amigo; ya me estoy cansando de que jueguen conmigo. Si sigue esta farsa mando al diablo á todos y me vuelvo á mi tierra.

--Tenga paciencia--me dijo,--son las costumbres. Ramón es buen hombre, ahora lo va á conocer. Lo que hay es que están contando su gente bien.

Oyéronse toques de corneta.

Era el cacique Ramón que salía del bosque, como con ciento cincuenta indios.

Á unos mil metros de donde ya estaba formado en ala, el grupo hizo alto; tocaron llamada, y se replegaron á él todos los otros que habían quedado á mi espalda, excepto el de Caniupán, que formó en ala, como cubriéndome la retaguardia.

Tocaron marcha, y formaron en batalla.

Serían como doscientos cincuenta. Un indio seguido de tres trompas que tocaban á degüello recorría la línea de un extremo á otro en un soberbio caballo picazo, proclamándola.

Era el cacique Ramón.

Llegaron dos indios y mi lenguaraz, diciéndome que avanzara. Y Bustos, haciendo que los franciscanos me siguieran como á ocho pasos, se puso á mi izquierda, diciéndome:

--Vamos.

Marchamos.

Llegamos á unos cien metros del centro de la línea de los indios, al frente de la cual se hallaba el cacique teniendo un trompa á cada lado, otro á retaguardia.

Caniupán me seguía como á doscientos metros.

Reinaba un profundo silencio.

Hicimos alto.

Oyóse un solo grito prolongado que hizo estremecer la tierra, y conversando las dos alas de la línea que teníamos al frente, formaron rápidamente un círculo, dentro del cual quedamos encerrados, viendo brillar las dagas relucientes de las largas lanzas adornadas de pintados penachos, como cuando amenazan una carga á fondo.

Mi sangre se heló...

Estos bárbaros van á sacrificarme--me dije.

Reaccioné de mi primera impresión, y mirando á los míos: Que nos maten matando--les hice comprender con la elocuencia muda del silencio.

Aquel instante fué solemnísimo.

Otro grito prolongado volvió á hacer retemblar la tierra.

Las cornetas tocaron á degüello...

No hubo nada.

Lo miré á Bustos como diciéndole:

--¿De qué se trata?

--Un momento--contestó.

Tocaron marcha.

Bustos me dijo:

--Salude á los indios primero, amigo, después saludará al cacique.

Ya haciendo de _cicerone_, empezó la ceremonia por el primer indio del ala izquierda que había cerrado el círculo.

Consistía ésta en un fuerte apretón de manos, y en un grito, en una especie de hurrah dado por cada uno de los indios que iba saludando, en medio de un coro de otros gritos que no se interrumpían, articulados abriendo la boca y golpeándosela con la palma de la mano.

Los frailes, los pobres franciscanos, y todo el resto de mi comitiva hacían lo mismo.

Aquello era una batahola infernal.

¡Imagínate, Santiago amigo, cómo estarían mis muñecas después de haber dado unos doscientos cincuenta apretones de manos!

Terminado el saludo de la turbamulta, saludé al cacique, dándole un apretón de manos y un abrazón que recibió con visible desconfianza de una puñalada, pues, sacándome el cuerpo se echó sobre el anca del caballo.

El abrazo fué saludado con gritos, dianas y vítores al coronel Mansilla.

Yo contesté.

--¡Viva el cacique Ramón! ¡Viva el Presidente de la República! ¡Vivan los indios argentinos!

Y el círculo de jinetes y de lanzas se quebró en todas partes, desparramándose los indios al son de las dianas que no cesaban, haciendo molinetes con las lanzas, dándose de pechadas los unos á los otros, cayendo aquí y levantándose allá, ostentando los más diestros su habilidad, _rayando_ los corceles, hasta que jadeantes de fatiga les corría el sudor como espuma.

Los gritos de regocijo se perdían por los aires.

El cacique Ramón y yo, rodeados de pedigüeños, tomamos el camino de Aillancó.

Llegamos...