Una Cristiana

Part 9

Chapter 94,213 wordsPublic domain

Después de la pesca, todas las tardes vino mi tío a hacer la corte a su futura, y se desvanecieron aquellas vislumbres, acaso imaginarias, de inteligencia entre ella y yo. La boda se acercaba, y notábase en la casa la fermentación que precede a los grandes acontecimientos domésticos. Una mañana fué mi tío al Naranjal con el fin de conseguir que Sotopeña honrase con su presencia la ceremonia; pero el Santo andaba molestado de unos cólicos biliosos, y cabalmente se preparaba a salir para las aguas de Mondariz, sin que la multiplicidad de sus asuntos e importantes ocupaciones le permitiese diferir o modificar sus planes ni veinticuatro horas. Fué esta negativa un parchazo para mi tío, cuya influencia en la provincia crecería al recibir pública muestra de amistad del tutelar de la región, del hombre que alcanzaba popularidad hasta entre sus conterráneos de las Antillas y la América del Sur. El señor de Aldao, en cambio, se tranquilizó cuando supo que no les visitaría D. Vicente. ¿Qué opinión formaría el dueño del Naranjal acerca de las mejoras y ornato del Tejo? El instinto de conservación de la vanidad (que lo tiene, y muy grande) le dictaba a D. Román el recelo de que Sotopeña pudiese reirse, allá en su interior, de las bolitas tornasoladas donde se reflejaba el paisaje, de los bustos de yeso, de los cristales de colorines de la capilla, del gran escudo de boj que dibujaba las armas de los Aldaos, del invernáculo hecho con vidrieras, y, por último, de todo pormenor y requisito de la boda y convite.

A medida que se acercaba el día solemne, y llegaban regalitos de amigos y parientes, y el novio usaba y abusaba de su privilegio de dar conversación a Carmen, yo me encontraba más separado de ella por barreras inaccesibles.

En cambio advertía ya claramente la frialdad glacial de la tití hacia su futuro. Lo que es en esto sí que no podía equivocarme, como se equivocaría otra persona menos interesada en la observación. Dos o tres veces percibí movimientos de desvío, gestos de impaciencia nerviosa, en momentos en que el rostro de la mujer, sentada cerca del que quiere, se ilumina de alegría. Noté también que la novia no revelaba mayor complacencia y ternura al hablar con su padre o con su hermano. Era respetuosa, cordial, afable; pero nada más: faltaba la efusión. Y esta efusión, imposible de ocultar, porque la delatan los ojos con su luz y la voz con sus inflexiones, la mostraba tití al hablar con el Padre Moreno: en vista de lo cual hice desvergonzados soliloquios. «El frailecito no me engaña a mí. Con esos ojos tan negros, ese aire tan resuelto, ese carácter tan explícito y esos retratos barbudos... ¡Ay, ay! El tal Aben-Jusuf...»

Confirmé estas sospechas al cerciorarme que entre el Padre moro y mi tití se cruzaban alguna vez ojeadas significativas, ya rápidas, ya largas y llenas de sentido. Diríase que el fraile y la novia trataban de ponerse de acuerdo, con algún grave propósito. Una vez, en la huerta, oí que cambiaban ciertas palabras quedito. «¿Se verán de noche?» me atreví a pensar. Estudiando la distribución de la casa, comprendí que era imposible. Al padre Moreno le habían dado la mejor habitación, exceptuando la destinada a los novios; este dormitorio del Padre comunicaba con el del señor de Aldao, de manera que no podía el fraile rebullirse sin que D. Román lo sintiese. Al lado de mi tití dormían Candidiña y su hermana; ¿cómo intentar escapatoria nocturna que no fuese sabida? Por este lado tampoco encontró mi bárbara malicia terreno firme. Y sin embargo, no podía quedarme duda de que _se entendían_ el fraile y la señorita de Aldao, y andaban a caza de una ocasión de reunirse clandestinamente. Me dí cuenta en distintas ocasiones de estos proyectos de cita: ví a los culpables, que después de haber tomado el café intentaban escurrirse al jardín; noté que por la mañana, a la hora del chocolate, procuraban secretear en algún rincón de la galería. Siempre interrumpían su coloquio, o intervenciones mías, o jugarretas y travesuras de Candidiña, o majaderías de Serafín, o faranduladas obsequiosas de don Román. Era visible la contrariedad en el rostro de la muchacha. El Padre disimulaba mejor.

Reflexionando en lo que haría yo en el caso de ellos, vine a comprender que sólo les quedaba una hora hábil para verse de ocultis: la madrugada. Con un madrugón resolvían el problema. En efecto, cuando el Padre decía su misa tempranito, la mayor parte de los habitantes de la quinta se quedaban repantigados en la cama. En espera de que a mis dos reos se les ocurriese este ardid, empecé a darme los grandes madrugones. Me acostaba a las nueve, no sin luchar a brazo partido con el aprendiz de clérigo empeñado en charlar hasta las altas horas. Aún no clareaba la luz del día cuando dejaba yo las ociosas plumas; y mal despabilado me lanzaba al huerto, que a decir verdad estaba delicioso de frescura, regado por el rocío nocturno, lleno del estremecimiento misterioso del follaje al despertarlo la aurora, y embalsamado por los ligeros olores venidos del jardín de daturas, resedas y heliotropos. El ruidito de la fuente era más que nunca melodioso, dulce y alternativo, como si cayese del cielo en un tazón de cristal. Todos estos encantos me predisponían a soñar y hasta me hacían olvidarme de mi acecho. A la segunda mañana que lo practiqué, ya era para mí secundario, y madrugaba por gusto, temiendo que no conseguiría averiguar nada y que mis hábiles emboscadas no me producirían sino el recreo de ver el huerto tan deleitable. No obstante, continué madrugando, y la cuarta mañana, al respirar con delicia la primer bocanada de aire puro, se me ocurrió cuán bonito sería subir al _Teixo_ y presenciar desde allí la salida del sol en el mar. Dicho y hecho. Trepé por la escalera, pasé del salón de baile, ascendí hasta el cenador, y de allí a Vistabella.

Me detuve sorprendido ante el panorama que se desarrollaba a mis pies. Delante de mí, muy cercana, la gentil ladera donde se asienta San Andrés de Louza; bosquetes de castaños, maizales, praderías, algunos molinos salpicados por las vueltas del riachuelo, a manera de broches de perlas en un collar de brillantes, que el sol no hacía resplandecer aún. Apenas asomaba, como reflejo delator de una vasta hoguera, sobre la parte del horizonte en que se confundían mar y cielo y se dibujaba la mancha negruzca de las Casitérides. Era una luz difusa, semejante a la primer mirada incierta de unas hermosas pupilas que se entreabren. La niebla la velaba todavía. Cuando los primeros rayos del globo rojo empezaron a encender el mar prodigiosamente sereno, sacudida misteriosa estremeció la superficie de las olas, que se tiñeron de opulentos colores, como si la mano de algún mago esparciese en ellas oro, zafiro y derretido carmín. Al mismo tiempo el paisaje se animaba, espejeaban ya las aguas del riachuelo, y las playas de San Andrés y Portomouro surgían blancas y pulcras, como lavadas por el oleaje, con el plateado tono de sus arenas finísimas y el festón verde de sus algas. Las matas de grandes áloes en flor lucían, sobre la pureza del cielo, sus penachos amarillos. El rojo de los tejados podía compararse a pulido coral. De repente, como ave que sacude sus alas para ensayar el vuelo, la vela latina de una lancha sardinera brotó del infinito azul de la ría, al pie de San Andrés, y tras ella fueron saliendo otras muchas, apiñadas como bando de palomas. Me quedé embelesado.

No sé qué aviso interior hizo variar la dirección de mis miradas, convirtiéndola hacia el huerto y la quinta, muda y cerrada a tal hora. El escudo de armas de recortados bojes, las canastillas y arriates de rosas, pensamientos y petunias, el bosquecillo de frutales, el pilón, parecían, desde Vistabella, dibujos de un jardín geométrico, trazado sobre el fondo de un tapiz. Los cristales de la silenciosa casa rebrillaban. De improviso...

Un suceso muy previsto por la imaginación y que racionalmente nos parece inverosímil, causa viva emoción, aunque en el fondo no pueda importarnos. A mí el corazón se me apretó y se me enfriaron las manos cuando ví salir por dos puertas diferentes de la casa y casi a un tiempo al Padre Moreno y a la tití. Indudablemente competían en exactitud; habían convenido en una hora fija, y ni la saboneta de Carmiña ni el cronómetro cebolla del Padre, regalado por la señora del Cónsul inglés, discrepaban un minuto.

La señorita y el fraile, al verse, se acercaron aprisa, como personas que desde hace tiempo aspiran a encontrarse a solas y tienen algo muy importante que decirse; mi tití se inclinó, besando la manga del Padre. Luego parecieron discutir un momento acaloradamente, serios y animados; y de repente el Padre extendió el brazo y señaló al Tejo.

Yo sabía que no podían verme. Por instinto de prudencia me había agazapado detrás del ramaje. Así es que comprendí el significado de aquella mímica. «En el Tejo es donde estaremos mejor y podremos charlar tranquilos.» Hacerme cargo de esto y tener súbita inspiración fué todo uno. Lo quería, lo necesitaba; ansiaba oir aquella conversación criminal o inocente, pero de seguro interesantísima para mí. Adiviné que lo primero que harían, antes de hablar sin recelo, sería registrar el árbol, aunque a tales horas no podían suponer razonablemente que estuviese habitado. En consecuencia, miré alrededor buscando un escondrijo. El ramaje del Tejo era, a más de tupido, sólido, cerrado y adecuado para recatar a una persona; pero hacia la copa se clareaba. No ví medio de ocultarme sino bajando de nivel, es decir, poniéndome al del cenador. Donde quiera que el Padre y la señorita se colocasen a aquella altura yo podía oirlos y verlos. Bajé, pues, y salvando la barandilla y perdiéndome entre las sombrías ramas, cabalgué en la más fuerte y resistente. Crujieron muchas, rompiéronse dos o tres pequeñas, gimió la espesura, y algunos pajarillos salieron azorados y revoloteando para huir de mi supuesta agresión. Por fortuna el fraile y la novia pasaban entonces bajo las calles cubiertas del espaller, y ni era posible que mirasen hacia el Tejo, ni que viesen aunque mirasen. De otro modo, notarían el oleaje de las ramas, comparable al de un estanque cuando cae en él la cáscara de nuez de un botecillo. Aún susurraban y se estremecían, cuando sentí por la escalera el taconeo de tití y las reverendas pisadas del Padre Moreno.

Sentáronse muy cerca el uno del otro. Se habían colocado tan bien en lo alto del mirador, que les veía de frente, aunque un poco de abajo arriba; y el estar ellos en plena luz y yo en relativa oscuridad, me permitía sorprender mejor la expresión de sus caras. Oía hasta el sobrealiento de la subida en el pecho de Carmen Aldao, y el crujido del asiento de madera al caer en él todo el peso del Padre. Él fué quien habló primero, celebrando la acertada elección de sitio y el acuerdo de refugiarse donde era imposible que nadie sorprendiese su diálogo confidencial.

--Verdad --afirmó la señorita satisfecha--. También a mí me parecía que aquí o en ninguna parte podríamos hablar con libertad completa. En la huerta se descolgarían Serafín o Salustio, se nos pegarían, y ya imposible. Aunque les dé la manía de madrugar, es bien seguro que al Tejo no se les ocurre venir. ¿Y ha visto usted qué pesados son?

XIV

--Particularmente tu futuro sobrino --respondió el Padre--. No sé qué tripa se le ha roto a ese caballero, que hasta parece que nos espía. A veces me entran ganas de mandarle al caramelo doble. Porque si no nos atisbasen él y todo bicho viviente, maldita la necesidad que teníamos de estos tapujos, que no me agradan, hija, no me agradan; porque pueden dar lugar a interpretaciones maliciosas, y no basta ser bueno; hay que parecerlo también.

--Es cierto; pero yo, si no desahogaba con usted, creo que me moría. En el confesionario no se pueden explicar bien ciertas cosas.

--Corriente; esperemos que Dios nos saque con bien de este fregado... Chiquilla, abre el corazón y dí lo que quieras; aquí está el padre Moreno para oirte y aconsejarte, no ya como confesor, sino como amigo. Lo soy muy de veras... y me conoces, y basta de exordio.

--Pues padre, yo tampoco tengo más amigo que usted: mi mala sombra es tal, que ni con mi padre ni con mi hermano es posible que consulte, porque no hay unión de las almas... El asunto de mi consulta creo que ya usted se lo sospecha.

El padre se cogió la barbilla con la diestra, reflexionando.

--Según me dijiste te casas por evitar mayores males... Se me figura que he comprendido...

--No, padre, no es eso... Mire usted: los males que aquí sobrevengan, no puedo evitarlos ya: he puesto de mi parte cuanto he podido; me he convertido en guardia civil, en policía, en esbirro, en todo lo que una puede convertirse... papel bien desairado a veces... pero estoy convencida de que a la mujer que no quiere guardarse, nadie la guarda, y que los caprichos de los señores mayores son más difíciles de combatir que los de los niños. Mi...

La tití vaciló un poco.

--Mi papá --dijo al fin con resolución-- está como en sus quince. Ciego por la tal muchacha, ciego siguiéndola, aguantándole las burlas y cayéndosele la baba si ella le hace un gesto tonto. A mí esto bien sabe Dios que no me importaría, si... al fin y al cabo...

--Tú querrías que se casase...

--Naturalmente. Que no condene su alma el que me dió la vida... y a todo lo demás me resigno. Ya sabe usted la campaña que sostuve en favor de doña Andrea. Mientras ella y mi padre vivieron... así... yo aspiré únicamente a que se casasen. Tendría por madrastra a la doncella de mi madre; pero papá viviría en gracia de Dios. Doña Andrea es una infeliz, créame usted, de pasta excelente; no me ha dado nunca lo que se llama una desazón; me ha cuidado con un cariño que no lo puedo pintar; sólo que no tiene... ¿cómo diré?

--Sentido moral.

--Eso. Es buena de suyo; pero no distingue lo malo de lo bueno.

--A eso llamo yo --dijo el padre-- ser idiota de la conciencia.

--Justo. Pues así que comprendió que estaba vieja y hecha una calamidad, le pareció lo más natural del mundo traer a casa a esa chica, con propósito sin duda de recobrar la influencia que ejercía sobre mi padre, o de que un individuo de la familia heredase puesto tan honorífico.

--Chiquilla, como vas a casarte... es mejor hablar claro para que nos entendamos. Antes, tu padre vivía maritalmente con doña Andrea, y ahora... ya no.

--Cabal. Ahora no.

--Pues entonces... no importa mucho que se case o no se case con ella tu papá. Si cesó el pecado... Verdad que como vive en la misma casa, el escándalo continúa.

--No señor. Digo, se me figura. Doña Andrea está tan horrible, que no escandaliza a nadie--. Advirtió con sonrisa graciosa y un tanto maliciosa la tití.

--Mejor, mejor... por más que, hija, la gente para escandalizarse no mira si las caras son bonitas o feas.

--Padre, por desgracia, aquí hay o habrá muy pronto otra piedra de escándalo. No crea usted que se le pasa por alto a la gente nada... Ni tanto así. Se me sube a la cara la vergüenza, cuando noto que alguien repara en ciertas cosas...

--Tú no tienes de qué avergonzarte, hija. Las vergüenzas, para ti no se han hecho --murmuró el fraile con acento tan halagüeño y cariñoso, que mi tía se ruborizó un poco, creo que de placer.

--No lo puedo remediar --balbució--. Es tan sagrado un padre, que usted no sabe cuánto se sufre al comprender que no podemos respetarle como corresponde y como manda Dios. Yo por fuera no le he perdido el respeto a papá; pero interiormente... No, no es posible vivir de esta manera: hay momentos en que imagino volverme loca.

--¡Tururú! --exclamó festivamente el fraile--. ¡Loca nada menos! Te lo he dicho; esa cabeza tuya es un volcán. Ea, sigue. ¿De modo que Candidiña...?

--Sí, señor. Anda tras ella lo mismo que un cadete. Yo no sé a qué santo encomendarme. Estos días, por la gente y los huéspedes, se domina; pero cuando estábamos solos, era un desbordamiento. No doy detalles; hasta feo me parece: bástele saber que un día ví tal escena que a la noche me eché de rodillas a los pies de papá, rogándole por Dios y por la Virgen que o se casase de una vez con la chiquilla o la enviase fuera a servir.

--Y la chiquilla, ¿le da cuerda?

--Sí, señor. Cuerda sí: pero al mismo tiempo... en las cosas graves... se defiende, se defiende, y me lo deja chasqueado. En fin... yo no estoy obligada a mirar por ella. Bien la he persuadido, bien la he regañado, bien la he aconsejado; la tengo en mi propia habitación: su madre no hiciera más. Lo que me horroriza es que mi padre... Y créame usted: no sabe por dónde anda. Se ha vuelto loco, loco de remate. Perdido por la chica. En eso me fundaba yo para rogarle que se casara; pero me sale con el mundo... y la gente... y su categoría... ¡Ah, Padre, yo no puedo resistir más! No puedo.

--¡Válgame Dios! --suspiró el fraile--. Qué ceguera... y permíteme la frase, ¡qué estupidez! ¡caramelo! ¡A su edad! ¡A su edad!

--Figúrese usted que ha llegado al extremo de decirme: «No me caso porque es un desatino; pero si Cándida sale por una puerta saldrás tú por otra...» Y con un tono y un aire, que... Más lágrimas lloré entonces que si mi padre se hubiese muerto. ¡Si se hubiese muerto en gracia! ¡Ojalá! ¡Mil veces verle de cuerpo presente y no así, enlodando sus canas!

Al decir esto la señorita de Aldao me pareció hermosísima. Sus ojos centelleaban y el entusiasmo y la indignación hacían palpitar las alas de su nariz. Su seno se alzaba y deprimía a intervalos. El fraile la miraba consternado.

--¡Tienes razón que te sobra! --exclamó al fin--. ¡Cuánto mejor sería morirse que encenagarse en asquerosos pecados! Morir es la ley natural: todos hemos de pagar ese tributo... pero chiquilla, al menos no paguemos otro al demonio, para que se ría de las indecencias con que nos engaña... ¡Qué poca cosa es el hombre, hija, y por qué cochinadas se pierde! El pecado de Luzbel era la soberbia: mal pecado es, pero siquiera no es sucio y nauseabundo... ¡eff! y el fraile hizo el movimiento del que retrocede viendo un bicho asqueroso.

--Por desgracia --añadió la señorita, tratando de serenarse--, aquí hay de todo, y la soberbia toma mucha parte en el asunto. Si no fuese por la soberbia, papá se casaría con esa chiquilla que le sorbe el seso, la gente se reiría un poco, es decir, mucho... pero no habría delito ni vergüenza: no vería yo a mi alrededor lo que tan amargos ratos me ha costado... y además... no tendría...

Aquí titubeó, decidiéndose al fin.

--No tendría necesidad de casarme yo.

La revelación entrañaba tal gravedad, que el fraile se quedó suspenso, moviendo la cabeza y apretando los labios, como el que dice para sí: «Malo, malísimo».

--De modo que tú... Sin empacho, Carmiña, que aquí en cierto modo estamos en el confesonario. Tú no te casas gustosa.

--Sí, señor; me caso gustosa porque lo he resuelto, y cuando yo resuelvo las cosas... Formé la resolución el día en que mi padre me dijo que si Candidiña salía, saldría yo también. Todo, menos oir y ver lo que tengo oído y visto. No puedo protestar de otra manera: el respeto filial me ata las manos, y hasta la lengua. Pero la sanción de mi presencia... ¡eso no!

--¿Y tu hermano? --preguntó vivamente el fraile.

--Mi hermano... Mi hermano tiene cada año un hijo... Necesita dinero... mi padre se lo da... Ese cierra los ojos a todo... y hasta me ha regañado muchas veces porque doy a papá ciertos consejos. Me llama necia porque busco madrastra. Alguna vez pensé recogerme a casa de mi hermano; pero su mujer no me quiere allí, ni él tampoco... No he de meterme donde no tienen gana de mí.

El Padre se quedó un rato mudo, con el entrecejo fruncido y las manos ocupadas en dar tormento a los nudos del cordón. Su fisonomía revelaba la mayor ansiedad, y tosió y respiró fuerte, antes de resolverse a tomar la palabra, como si lo que iba a decir fuese sumamente importante y decisivo.

--Pues chiquilla... --pronunció al fin--, mi consejo aquí no puede ser otro sino el que te daría cualquier persona de mediano criterio. El casarse no es broma, ni se hace para un día. No, hija: es el paso más decisivo de la vida entera de una mujer honrada, como eres tú; por la misericordia de Dios. La verdad, ¿ese hombre... te repugna?

--Repugnarme...

Hubo otro momento de silencio, bastante largo. Yo contenía hasta la respiración. Las asperezas de las ramas del Tejo se me incrustaban en las carnes y la mano con que me agarraba al árbol empezaba a dormirse.

Al fin se oyó nuevamente la voz alterada de la novia.

--Repugnarme... No sé. Lo que sé es que no siento por él ni cariño, ni nada de ese entusiasmo... No se asuste, Padre; yo no digo entusiasmo... amoroso. A ver si me explico o si hablo tonterías. Yo quisiera, al casarme, considerar al marido que he de recibir delante de Dios, como a una persona digna de la estimación de todo el mundo... Padre, ¿usted cree que don Felipe es... así?

--Hija, con el corazón en la mano... No he oído contar de él ningún crimen; pero tiene una fama mediana en lo tocante a manejos políticos... y goza de pocas simpatías... Ya que preguntas... te lo he de decir.

--Lo de las pocas simpatías --advirtió con rara sagacidad la novia-- no será por lo de los manejos políticos, porque, Padre, en eso el que menos y el que más... A mí se me figura que es por otra cosa... ¿Ha reparado usted la cara de Felipe?

--Sí, la he reparado... Es... ¡Caramelo, qué apuro!

--Es _de judío_ --afirmó terminantemente la novia--. Le parecerá a usted extraño que lo diga... No me atrevo a decirlo sino a usted. Es de judío; sí; clavada. Por eso, al preguntarme usted si me repugna... me he quedado indecisa. Esa cara... me ha costado bastante trabajo acostumbrarme a ella. Ni le llamo feo ni bonito: ni eso me importaría gran cosa, si no fuese...

Oía yo con toda mi alma, cuando, por una circunstancia ajena a la conversación, se apoderó de mí verdadera angustia. Es el caso que creí sentir que la rama en que a horcajadas me sostenía empezaba a crujir con lentitud, como avisándome de que no estaba hecha a soportar aves de mi tamaño. No obstante, seguí atendiendo.

--Pues, mujer --decidió el Padre--, con esa antipatía o repulsa, porque en realidad me parece que lo es, no debieras casarte; no. Al menos, consulta tus fuerzas... Medita bien lo que es el estado de casada. Considera que el marido que tomes, agrádete o no, es el compañero de toda tu vida, el único hombre a quien te es lícito querer, el que va a ser contigo en una carne; así, así dice la Iglesia: en una carne. Él será el padre de tus hijos, y le debes, no sólo fidelidad, sino amor... ¿entiendes?: te lo voy a repetir: ¡amoor! Chiquilla... reflexiona, ahora que todavía estás a tiempo. No te apures: ya sé que sería un alboroto deshacer el casamiento; pero mientras no exista indisoluble lazo... ¡pch! son cosas que dan pábulo a las lenguas de los necios un par de días, y luego se las lleva el aire. Lo otro, hija... la muerte, sólo la muerte de uno de los consortes lo remedia. ¿Tú te haces cargo de lo que significa el sacramento del matrimonio? ¿Sabes lo que es un esposo para la mujer cristiana? Quiero que te fijes bien. No digas luego que tu amigo Moreno no te avisó.

Al llegar aquí un sudor frío, sudor de congoja, empezó a asomarse a mis sienes. No era aprensión: la rama crujía. No bastaba el peligro de una caída desde tan alto para asustarme en aquel momento: más me fatigaba la vergüenza de ser sorprendido en indiscreto e indigno espionaje. Porque entonces veía claro que el espionaje era indigno, mi curiosidad una ofensa, y mi emboscada una mala acción. Los crujidos de la madera seca, aquel sordo y agonioso ¡crrraá! ¡crraá!, me decían en su lengua obscura y truncada: «Impertinente entrometido, novelero, mamarracho.» Y creía escuchar la voz recia y despreciativa del Padre, abofeteándome con estas palabras categóricas: «Ya le había yo calado a usted. Ya noté que usted nos espiaba. Necio, creyó usted que todos éramos esclavos complacientes de la materia, y que esta señorita y yo... Habrá usted visto con rubor que existen personas decentes.»