Part 10
Renunciando a oir lo que faltaba del diálogo, probé a escurrirme por la rama abajo, cabalgar en otra, y, de rama en rama, descender hasta el salón de baile, y de allí a tierra. La operación, como gimnasia, no era difícil; pero imposible realizarla sin hacer ruído, y un ruído que tenía que llamar la atención de los dos interlocutores y delatar al punto mi acecho. Ya los tanteos y ensayos que practiqué para medir la distancia causaron un susurro prolongado entre el ramaje. Único arbitrio: tener calma, aguantarse, no respirar, encomendarse a Dios y esperarlo todo de la firmeza y complacencia de la rama... Con este propósito hice por no apoyarme fuerte, y me quedé medio en el aire, en posición sumamente violenta. Lo que me desesperaba era no poder atender bien a la conferencia, entonces más animada que nunca. No sé si habré oído bien la última parte: se me figura que así, poco más o menos, habló la novia:
--Claro que no podemos prescindir de la gracia de Dios: pero creo que no es vanidad el asegurarle que he de cumplir con los deberes que me impongo. ¡Si usted supiese, Padre, cómo me suena a mí eso del deber!... Con toda la verdad de mi alma, si me figurase que había de faltar a él andando el tiempo, quisiera morirme mil veces antes. Ni mi padre, ni mi marido, ni Dios han de tener nunca queja de mí. Así viviré... o moriré contenta. De otro modo... ¡me ahogaría! Me caso a sabiendas... las circunstancias me ponen en esta situación especial... pues a sabiendas seré buena. No quiero disculpas anticipadas. Seré buena... aunque se hunda el mundo.
Ríase el lector: estas palabras me volvieron loco de entusiasmo, hasta hacerme olvidar mi posición difícil. Me levanté como para aplaudir, tendiendo las manos hacia la tití angelical. Cuando por inevitable movimiento descendí pesadamente sobre la rama, oyóse un estallido formidable, que me sonó como el fragor de la más desencadenada tormenta; y sin dilación comprendí que caía, que caía despacio, sirviéndome de paracaídas el extenso y tupido ramaje, pero causándome contusiones y arañazos sin número los picos de las ramas menudas y los _gallos_ de las gruesas. La caída se me figuró que duraba un siglo: y en medio de mi trastorno, creí oir arriba, en lo alto del árbol, exclamaciones, gritos, clamoreo confuso.
Al fin mi bajada se aceleró, desgarróse no sé qué prenda de mi ropa y me aplané, la faz contra tierra, sobre el césped. No sé cuál fué más pronto, si dar en el suelo o rebotar lo mismo que una pelota de goma y echar a correr como ciervo perseguido. Lo que yo pretendía era esconderme, desaparecer, encubrir si era posible mi delito y mi ridículo fracaso. Y este pensamiento me espoleó, me dió alas y hasta creo que aguzó mi instinto llevándome a meterme en la calle de frutales, entoldada toda, refugio el más seguro, pues no me verían desde el Tejo. De allí al bosquecillo no había un paso: y del bosquecillo al merendero de madreselva, cortísima distancia. A él me subí, y sin reparar en mis ensangrentadas y arañadas manos, sin notar las consecuencias de la caída, excitado, loco, me descolgué por el muro, y fuera ya de la huerta, no me creí salvado hasta que, por atajos y veredas, a escape, llegué a la playa. «Coartada segura... Yo estaba bañándome.»
Y me desnudé en un periquete.
XV
El día de la boda, dos después de este episodio, me desperté con la impresión de sentir allá dentro, dentro, en el fondo de la caja torácica, el molimiento del batacazo. A fuerza de aplicarme paños del árnica que compré secretamente en la botica de San Andrés, había conseguido que no se marcasen las contusiones y erosiones que tenía en la cara y manos. De mi ropa se había rasgado tan sólo el forro de la americana; menos mal. Los dos únicos testigos de la escena sin duda se habían puesto de acuerdo para callar; pero me miraban de vez en cuando, y yo sentía desagradable impresión al encontrar la mirada de Carmiña, triste y severa, o los ojos del franciscano, en que me parecía notar mezcla humillante de enojo y desdén.
Por eso lamentaba tener el cuerpo tan quebrantado, «¿A que me he resentido o roto alguna cosa» pensé «y ahora se descubre el pastel por fuerza?» Con el decaimiento físico se enlazaba un estado espiritual de bastante lirismo, según demostrarán algunos párrafos de mi nueva carta a Luis:
«Chacho, no sé cómo decirte lo que me sucede. He sorprendido los secretos de mi futura tía, por casualidad, y me he convencido de que es un ángel, un serafín en figura de mujer. Con razón aseguraba el fraile que Carmiña realiza el tipo de la perfecta cristiana. Es indudable que en una mujer así hay algo que impone veneración, algo de celestial. Hice mal en dudarlo y en imaginar siquiera que no fuese una santa. ¡Y si vieses qué desgraciada, qué abnegación la suya! Te referiré lo que sucede... y me dirás si cabe mayor heroismo, ni más dignidad. Estoy absorto desde que he penetrado los móviles de su conducta...»
Se los explicaba largamente, encomiando la resolución admirable de tití, y añadía para concluir de descargar mi conciencia:
«También el fraile me parece bueno... Me voy inclinando a que cumplirá todos sus votos. Nada, chico: los cumplirá. Existe la virtud, ¡cuidado si existe! Aún hay patria... No sé lo que siento: no sé si desde que veo claro quiero más a la tití, de un modo allá muy refinado, o si ya no me importa como mujer. Lo seguro es que mi tío no merece el tesoro. ¡No encontraré yo mujer semejante, si llego a casarme andando el tiempo!»
Esta epístola la escribí la víspera del día fatal. Al amanecer éste, me encontré, según iba diciendo, molido y con los huesos hechos harina, y unas ganas incontrastables de quedarme así, tumbado boca arriba, sin moverme, ni pensar, ni resollar siquiera. Pero el maldito monaguillo entró en mi cuarto y vino derecho a alzar las sábanas.
--¿Qué tiene? --preguntaba--. Está como los gatos cuando se tumban al caerse de los tejados. ¿Qué le duele al señorito? ¿Le doy unas friegas?
Me enderecé penosamente, y amenazándole con el puño cerrado, exclamé:
--Como hables de caídas...
--Bueno, hablaremos de lo que usía disponga... _¡Ne in furore tuo arguas me!_
--Voy a argüírte con un zapatazo si no callas...
--Ey... no vale arrimar piñas. Arribiña, que ya están poniéndole cascabeles a la novia... ¿No oye la orquesta del teatro Real, Imperial y Botánico? Pues toca que se las pela.
En efecto, del patio subían notas ligeras, campesinas, que parecían danzar con alegría pastoril. Eran los gaiteros afinando y preludiando la alborada. Aquella música fresca, jubilosa, me oprimió el corazón. Haciendo un esfuerzo me levanté. Parecíame notar en el pecho una especie de malestar depresivo, como si tuviese allí una piedra de mucho peso, un malestar intolerable. De mala gana me lavé, me vestí lo mejor que supe, y bajé a desayunarme. Otro tanto hacían la mayor parte de los convidados a la boda. Noté que el señor de Aldao estaba inquieto, y supe que su inquietud provenía de una carta recién llegada del Naranjal. Escribíala, en nombre de don Vicente Sotopeña, su ahijado y protegido Lupercio Pimentel; el cual, después de muchas y muy corteses felicitaciones y grandes protestas de amistad hacia mi tío se declaraba comisionado por don Vicente para asistir en su nombre, ya que no a la ceremonia, a la comida. Y aquí de los apuros de don Román, temeroso de que no hubiese todos los perfiles que requería la presencia de tan importante persona. Casi hubiera preferido Aldao tener que habérselas con el mismo Santo. Este al fin era la quinta esencia de la llaneza, y en dándole platos regionales y bromas en dialecto, en ninguna falta repararía. En cambio el ahijado... ¡Dios sabe! Joven, elegantón, acostumbrado a los festines de la corte...
Despachado el chocolate entramos en la sala, se oyeron en el pasillo voces femeniles, exclamaciones, y apareció la novia rodeada de varias amiguitas pontevedresas convidadas a la ceremonia y seguida de Candidiña, de doña Andrea, de la chiquilla, que se atropellaban por contemplarla mejor.
Carmiña Aldao venía pálida y ojerosa: sus ojos negros tenían el cerco cárdeno que pintan las noches de insomnio. Lucía el traje blanco de red de perlas, mantilla negra sujeta con joyas, un ramito de azahar natural en el pecho, rico pañuelo, guantes largos, devocionario y rosario de nácar. Después de saludar a su novio, que le dió los buenos días algo cohibido, y de sonreir a los demás, se quedó sin saber qué hacer, plantada en mitad del saloncito; pero cuando el señor de Aldao, a un movimiento de cabeza de mi tío Felipe, contestó diciendo «Vamos», la señorita se adelantó y con sencillez y viveza se acercó a su padre: «Perdóname si en algo te he ofendido», le dijo en voz vibrante aunque contenida, «y dame tu permiso, para que sea feliz.» Al pronunciar estas palabras, clavó en su padre una mirada elocuente, profunda, casi terrible a fuerza de concentración. El señor de Aldao volvió la cabeza murmurando un «Dios te bendiga». Creo que noté en sus pupilas cierto brillo... Hay cosas que crispan las nervios. Las amiguitas se dedicaron a arreglar a la novia los volantes, a recoger las perlitas del bordado, algunas de las cuales andaban por el suelo ya. Y sin darnos el brazo, en formación desordenada, nos encaminamos a la capilla.
Esta estaba fragante de flores, toda tapizada de helecho y anís, iluminado el altar con infinitos cirios. La ceremonia fué larga, porque se casaron y velaron a un tiempo. Escuché el claro _sí_ de la esposa y el opaco del esposo. Oí leer la que todo el mundo llama epístola de San Pablo, aunque no lo sea. Allí el marido era asimilado a Cristo, la mujer a la Iglesia; y en confirmación de esta superioridad viril, la bordada estola cayó sobre la cabeza de la novia a la vez que sobre el cuello del novio. Carmiña Aldao, cruzando las manos sobre el pecho, inclinó la frente sometiéndose al yugo.
Había entre el concurso de espectadores aldeanos y aldeanas, venidos por curiosidad, y que se empujaban, con murmullo respetuoso, a fin de ver algo por encima de las cabezas del señorío. Cuando se hubo terminado la misa, estallaron los cohetes, las gaitas del país dejaron oir su ronquido característico, y la gente se agolpó, saliendo en tropel, la novia rodeada de sus amiguitas, que pellizcaban pétalos y gromos de azahar y la besuqueaban. Fué un momento embarazoso. ¿A dónde ir, qué hacer, con qué entretener a la reunión? Castro Mera, que era joven y animado, propuso que nos trasladásemos al Tejo, que sacasen el piano al jardín y que armásemos baile, mientras los novios y el Padre Moreno se desayunaban, pues por la misa y la comunión no habían podido hacerlo.
Se aceptó la idea. Aún no había empezado el baile, cuando volvió a aparecer la novia, ya sin mantilla; había tomado un sorbo de chocolate y venía a cumplir sus deberes de sociedad. El primer rigodón lo tocó ella, desde el jardín. El segundo una señorita pontevedresa, y Castro Mera lo bailó con la que ya puedo llamar mi tía. Después, una señorita de San Andrés propuso un vals de vueltas. Yo había bailado los rigodones arrastras, sólo porque no cayesen en la cuenta del molimiento y dolor de mis costillas; pero apenas oí vals, me pasó por la mente un verteriano relámpago. «La abrazaré antes que la hayan tocado los brazos de su novio». Y levantándome con ímpetu, olvidado ya de la caída, la propuse el vals. Se negaba sonriendo, pero las amiguitas la empujaron, y entonces, haciendo un gesto que podría significar «así como así ya es la última vez», colocó su brazo izquierdo sobre el mío y dejó que con el derecho rodease su cintura.
Al estrecharla comprendí por repentina intuición que estaba prendado de aquella mujer, irremisiblemente ligada ya a otro hombre. El tenerla así enlazada --en aquel camarín vegetal, aromático, espolvoreado de oro por el sol que a veces, colándose entre las ramas, lanzaba una juguetona estrellita de luz al pelo o a la frente de la novia-- me volvía loco. Notaba las delicadas líneas del cuerpo airoso de Carmiña; sentíame bañado en su aliento, y la disparatada idea se convirtió en sentimiento tan vehemente, que necesité reprimirme para no estrechar a mi pareja, haciéndola daño. Mi arrebato era, no obstante, de lo más puro y elevado que se ha visto en esto de transportes amorosos. Sentía una ilusión celestial (si me es dado expresarme así), una ilusión divina, noble en su origen y en su desarrollo. Lo que me exaltaba era pensar que tenía allí en mis brazos a la mujer más santa y pura de la tierra, y que esta mujer, aunque perteneciente a otro, estaba todavía virgen, intacta, como el cáliz de una azucena, como el propio azahar que llevaba prendido aún en el pecho, y que al empezar a marchitarse despedía aroma fuerte y embriagador.
Girábamos con gran suavidad, y entre vuelta y vuelta, creo que la dije: «Ya somos parientes; ¿puedo tutearte?».
--Naturalmente: sólo faltaría que me dijeses de usted con mucha política.
--¿Te enfadarás?
--No. ¿Por qué?
Guardé silencio. Los pliegues de su traje de seda me acariciaban las rodillas, y sentía el corazón, agitado por el movimiento del vals, latir fuertemente.
Entonces, con impulso invencible, ascendió la verdad a mis labios.
--Tití--murmuré--, perdóname; yo me he portado mal contigo. ¿No sabes? Fuí un indiscreto... ¡Pero me alegro tanto, tanto! Porque ahora conozco todo lo que vales tú... y mira, porque lo conozco, estoy fuera de mí. ¿No lo ves?
--Calla, bobo --articuló ella, algo acortada de respiración por el movimiento del vals--. Si fuiste indiscreto... ¿qué quieres que te diga? Hiciste muy mal. ¡Muy mal!
--Ya lo sé --respondí compungido--. Por eso te pido que me perdones. Anda. ¿Me perdonarás?
--Bueno --murmuró ella como el que accede al antojo de un niño.
--¡Qué santa eres! --exclamé con delirio en voz baja y honda.
Dimos algunas vueltas. Nos mareábamos de girar en aquel sitio tan estrecho. Ella se detuvo un instante. Entonces la pregunté:
--Tití, ¿piensas bailar más en tu vida?
--No. Este es el último vals. Las casadas no bailan.
--¿El último?
--De seguro.
--Pues dame, por Dios y por la Peregrina, ese ramito de azahar. Dámelo.
--¿Para qué lo quieres?
--Dámelo... Si no, haré cualquier estupidez.
--¡Toma, sobrino! --exclamó deteniéndose-- y no vuelvas a esconderte en los árboles.
Guardé el ramo como el ladrón la robada presea, y miré a mi tití, calando la mirada hasta el fondo de los ojos. No me pareció notar en ella severidad ni cólera al hacerme aquella franca declaración de haber sorprendido mi diablura. Un poco de pudor alarmado se veía, sí, en sus pupilas; pero este continente grave lo templaba la media sonrisa y la animación de su rostro, encendido por el movimiento del vals. Por mi gusto, el tal baile no se concluiría nunca. Silencioso ya, porque la fuerza de mis sentimientos me ataba la lengua; arrebatado al quinto cielo, incapaz de reprimirme, debí de apretar convulso la delgada cintura... pues de improviso se detuvo mi tití, y con rostro demudado y voz firme, pronunció:
--Basta.
XVI
No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la tarde. En el comedor apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en forma de herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la boda: los convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío de San Andrés, mucho cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o tres propietarios rurales, alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos políticos de mi tío, y hasta el buen D. Wenceslao Viñal, que se colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar de sus chifladuras arqueológico-históricas.
Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente Sotopeña, ocupaba el puesto de honor a la derecha de la novia. Era apuesto, correcto, bien hablado, cordial y bromista al modo que lo son los políticos de este período actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los principios con la de las simpatías personales que suman incesantemente. Desde que empezó la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de atraerse a aquel auditorio, a aquellos _elementos_, como diría él. Tendió la vista en derredor, e inclinándose hacia mi tío por encima del hombro de la novia, le oí que murmuraba:
--Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí?
--Verá usted... --respondió mi tío--. Le tenemos tan de esquina con nosotros...
--Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el amigo Calvete le ponga entre los convidados --añadió señalando al director del _Teucrense_, que se inclinó lisonjeadísimo.
Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel:
--Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por fuerza si es preciso. Con que llegue a los brindis...
Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante de Marina, y bajo un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de traernos el _elemento_ refractario.
Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo hablaba a media voz con el novio, pero de manera que sus palabras produjesen impresión en el público.
--Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a la opinión sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación conservadora no sería viable...
Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los presentes no comprendían el sentido de la palabra _viable_; pero en fin, se daban cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado sumo para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido _utópico_, eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de aprobación a la redonda.
Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando, sintiendo a cada vuelta cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el ramaje verde... Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que Pimentel decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso los dos vasitos de rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa, estimularon su empobrecida sangre y le sacaron de su infantil sosera, convirtiéndolo en satírico mordaz: lo que afirmo es que al par de los codazos y pisotones, dió en soltarme observaciones tremendas, dignas de un Juvenal con sotana.
--Mire --me decía pasito--, ¿qué le parece, Salustio? ¿Qué me dice de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... _¡Fecerumque sibi deos aureos!_ No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y van al Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón... Van todos, ni uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted no escapa. Ya le rezará al Santiño milagroso. Y si no le reza... más que invente _puentes imánticos_ o _carreteras eléctricas_... maldito el caso que sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo también, tonto?
Afortunadamente la extensión de la mesa, el número de los convidados y el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los disparates que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener la risa al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a mi derecha. Acababa el Santo de obrar uno de sus milagros con el bienaventurado arqueólogo, otorgándole un sueldecillo de bibliotecario de la Diputación, y el terror más profundo se pintaba en sus espantados ojos. ¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas y se las atribuía a él! A pesar del habitual sonambulismo de los ratones de biblioteca, Viñal aguzaba las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían sus benditos seis mil reales...
--Salustio --suplicó angustiado--, haga callar a ese majadero... Está poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas...
La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la contraria al pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura agria y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando satisfacción, haciendo la corte a Pimentel más que a su novia; brindándole la función, «¡Gente rastrera! --pensaba yo--, si queréis inclinaros, inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa el sacrificio de la vida en aras de una idea; ante esa recién casada, que personifica la virtud y el deber, pero no ante el que reparte la sopa boba... También a mí me entran ganas de desahogar. Serafín no va descaminado.»
No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin hacer caso de Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura para contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías y de las cosas _viables_ o no _viables_. Causó general asombro el que me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi tío me miró con una expresión que redobló mis bríos.
--¿Que no es _viable_ la república aquí? ¿Y por qué, vamos a ver? Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa en que vivimos... Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos sus ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas han llegado a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que aspira a dar ejemplo de moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene convicciones, ídem.
Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con calma y cortesía:
--Lo que usted desea, y que en el fondo todos deseamos, en otras razas, en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí, con la sangre árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina... ¡oh! imposible, imposible...
Nadie más ardiente defensor de las libertades que él, conocidos eran sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no confundamos, señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con la libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen hombres de Estado porque las multitudes están educadas ya para las libertades políticas, es una transmisión hereditaria, digámoslo así; hereditaria. Y si no, vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa...
No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers como quien se agarra a un clavo ardiendo.
--Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted no ignorará que Thiers...
Hice de propósito una pausa durante la cual mi adversario me miró con cierta ansiedad.
--Que Thiers era francés.
El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó tímidamente:
--Claro que era francés. Como que fué el que pacificó a Francia después de la Commune.
Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del efecto de mis palabras, ví el rostro del señor de Aldao que expresaba desaprobación y sorpresa; el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre Moreno, alegrado por una picaresca sonrisa. Pimentel replicó:
--Desde luego que era francés... No se trataba de eso, me parece... Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda, Inglaterra es el país del _self_... del _self governement_, como demostró con mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros... nuestra idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las tendencias ingénitas de la raza...
--Todo eso es palabrería --argüí--. Generalidades que nada prueban. Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la república española, con la cual el que más y el que menos de los que hoy mandan tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta dineros como Judas. ¿Harían otro tanto si la Restauración no les hubiese abierto el presupuesto de par en par?
Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al oir a Serafín que, batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido:
--Por ahí, por ahí... Gui guii. ¡Por ahí duele!
Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta, se volvió hacia mí, y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo.
--Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la Restauración al aceptar los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que acaso en otras circunstancias...