Part 8
--Pues, verán ustedes... Era poco antes de la Restauración, cuando andaban aquí más desatadas las cosas políticas y la República traía revuelta a toda España. Yo estaba en Tánger, contento, porque, como les he dicho a ustedes, África me gusta muchísimo. Pero somos hijos de la obediencia, y cátate que me encuentro con la orden de tocar tabletas para España... nada menos que a Madrid. Y el caso es que no se podía venir con el hábito: ¡bonitos estaban los tiempos para hábitos, señores! Ea, Moreno --dije yo para mí--, ahora tocan a desenfrailar (por fuera) y convertirse en un caballerete... Ya saben ustedes que allí nos dejamos siempre la barba, lo cual ayuda mucho para la esencia del disfraz, porque una de las cosas en que más se conoce al eclesiástico vestido de seglar es en la rasuración. La corona la teníamos bastante descuidadilla: de modo que con abandonarla enteramente los días que precedieron al viaje e igualar el resto del pelo, estábamos corrientes. La vestimenta se encargó al mejor sastre. Y los accesorios... porque el traje de caballero tiene mil accesorios... de esos se ocuparon las señoras que yo trataba, y en especial las del Cónsul inglés. Estas damas me querían muchísimo, y eran personas que entendían los perfiles de la elegancia, y cómo se emperejila un señor. Ellas me prepararon calcetines, ¡de seda, bordados y todo!, corbatas, camisolas y hasta pañuelos marcados con mi cifra. Todo el pío era verme puestas las galas. «Padre Moreno, después de vestido vendrá usted a enseñarse... Padre Moreno, es preciso que nosotras le demos la última mano, si no irá hecho una visión... No nos quite usted ese gusto, Padre Moreno.» Yo me cuadré. «¿Soy algún mico para andar luciendo las habilidades? A otra puerta, lo que es del fraile no se han de reir. No me verán vestido. Si lo quieren así, bueno, y si no perdemos las amistades.» Llega el día y me arreglo de pies a cabeza; no me faltaba ni el más pequeño detalle, incluso gemelos en los puños, que hasta eso me habían regalado. Me visto en el convento, y por calles excusadas salgo a tomar un barquichuelo que me lleva a bordo. ¿Pues creerán ustedes que así y todo aquellas buenas señoras consiguieron verme? Al saber que iba a zarpar el vapor, se plantaron en los balcones muy armadas de gemelos marinos, y como yo estaba tan descuidado sobre el puente, me contemplaron. Dicen que les parecía otro... ¡Claro! ¡pues si llevaba mi cazadora, y mis pantalones grises, y sombrero ladeado, y guantes!
Hubo una explosión de risa en el auditorio, al figurarse al Padre Moreno en semejante atavío.
--¿Y después? --preguntó la novia interesadísima.
--Desembarqué en Gibraltar... ¡menuda rabia que me dió ver flotando allí el banderín inglés! Volví a embarcarme con dirección a Málaga. No me ocurrió cosa de mayor importancia. De Málaga me fuí a Granada, y ¡zás! me encuentro un conocido, un juez a quien trataba yo allá en Canarias, y que se me queda mirando ¡claro está! sin dar crédito a sus ojos. Me fuí hacia él, y no tuvo más remedio que convencerse. Nos explicamos, me convidó al café, y quedamos citados para ver juntos la Alhambra en unión de algunos compañeros suyos de fonda. Encargué que no supiesen que yo era fraile. Lo prometió, y verán ustedes que aún hizo más de lo prometido. En efecto, cuando nos reunimos a la mañana siguiente, venía él acompañado de tres militares, dos médicos _in fieri_ y un sacerdote; y al divisarme desde lejos, pónese a gritar fingiendo sorpresa: «¡Hola, Aben-Jusuf! ¿Usted por aquí?» «¡Yo mismo!» respondí comprendiendo el objeto de mi amigo. «Por Alá, que al salir de Tánger no esperaba tan buen encuentro.» Los compañeros ya alborotados le preguntaban al oído: «Pero, qué, ¿este caballero es moro?» Y él por no mentir contestó: «Bien lo conocerán en el nombre. Aben-Jusuf le he llamado.» «¿Y es amigo de usted?» «Sí, le conocí en Canarias.» «¡Hombre! convidarle a ver la Alhambra por ver qué dice.» «Corriente.» Acepté el convite, por supuesto: como que lo tenía aceptado desde la víspera. Mi amigo, acercándose a mí, me tendió la mano y me dijo: «Aben-Jusuf, yo le convidaría a venir con nosotros a la Alhambra; pero temo causarle impresiones dolorosas.» Respondí que, en efecto, había de ser triste para un hijo del desierto la vista de monumentos erigidos por sus antepasados y que ya no pueden habitar; pero que por no desairar su compañía y la de aquellos señores, iría de buena gana...
--¿Y seguían teniéndole a usted por moro? --preguntó al señor de Aldao.
--¡Vaya! Por morísimo. Yo representaba mi papel con toda seriedad. A uno de los acompañantes le oí que decía: «Buen tipo de raza tiene este moro.» En cada puerta, en cada ajimez, en cada patio, me detenía como entristecido, pronunciando frases entrecortadas, gruñidos de pena: en fin, lo que imaginaba que un moro debía expresar allí. Una vez me eché mano a la barba...
--¡Ay, Padre Moreno! --exclamó mi futura tía--. ¡Quién me diera verle con barba!
--¡Naranjas! ¿Verdad que no me has visto? --exclamó el fraile moro soltando el hilo de la narración--. Aguárdate, mujer... Espera... --Y rebuscando en la joroba de su manga, sacó una cartera desflorada y pobre, y de ella una tarjeta fotográfica que en un momento recorrió toda la sociedad reunida en el segundo piso del árbol. Las mujeres lanzaban gritos de admiración, y Candidiña exclamó con maliciosa bobería: «¡Qué buen mozo era, Padre Moreno!» Cuando me llegó mi turno, no pude menos de convenir en que efectivamente resultaba buen mozo. La longitud del cabello y lo poblado de la barba acentuaban el carácter siempre franco y varonil de la figura del fraile, el cual, terminado el incidente del retrato, prosiguió:
--Pues yo me eché mano a esas barbazas que ven ustedes ahí, y con gran formalidad exclamé: «Si España continúa por el camino que ha emprendido desde hace algunos años, Alá volverá a conducir los caballos africanos a estas llanuras, que aún recuerdan en medio del desierto.» Y luego me volví hacia los presentes y les dije: «Perdonen, señores, a un hijo de África; estos conceptos se me han escapado sin yo poderlo remediar...» ¡Vería usted a aquellos hombres entusiasmados con mi salida! «No, no, que nos parece muy bien; ole los moros simpáticos...» El apuro fué cuando empezaron a hacerme preguntas sobre las que ellos creían mi religión y las costumbres de mi supuesto país. A uno se le ocurrió interrogarme: «si era cierto que la ley de Mahoma autoriza para casarse con muchas mujeres:» y entonces otro, oficial de caballería por más señas, saltó diciendo... «¡Ajo! eso es lo mejor que tiene la ley de Mahoma...»
Algazara general provocó esta parte del relato. Mi tío se apretaba la frente; el señor de Aldao la cintura; Serafín hipaba; Carmiña reía de muy buen corazón y yo le hacía el dúo.
--Oigan ustedes --prosiguió el fraile cuando se hubo calmado la hilaridad--. Me puse serio, y les dije en un tono así... muy natural: «Señores, aunque nos llaman bárbaros y fanáticos, sabemos reconocer los defectos de nuestra legislación. He viajado mucho, he estudiado la constitución íntima de muchas sociedades, y puedo asegurar que nada me encanta tanto como una familia de un solo varón y una sola mujer, consagrados a amarse mutuamente y a protejer al fruto de sus amores. Ni el corazón del hombre, ni el reposo y tranquilidad de la familia, ni la dignidad de la mujer se realzan y consolidan con la poligamia.»
--¡Bravo, padre!
--¡De primera! ¿Y qué respondieron ellos?
--Se quedaron de una pieza. El Oficial me miraba, y abría una boca de a palmo. ¿Por dónde dirán ustedes que salió así que pudo recobrar su aplomo? Pues se encaró conmigo y me preguntó muy formal: «Y usted, Aben-Jusuf, ¿cuántas mujeres tiene?»
El auditorio rió de nuevo.
--¡Ay qué lance!
--¡Arre, ese se iba al bulto!
--¿Y usted qué contestó?
--A la verdad me quedé parado. Pero se me ocurrió una idea. «El señor (señalando a mi amigo) conoce mis gustos. Soy hombre que no quiere sacrificar su afición a los viajes y su independencia a la obligación de sostener una esposa y una familia. Quiero ser libre como el ave y por eso he formado, desde muy antiguo, la resolución de no casarme nunca.»
--¿Y se dieron por satisfechos? ¿No preguntaron más?
--De eso nada --respondió el fraile--. La conversación cesó de girar sobre mujeres. Se habló de política, y ahí tenía yo el camino más expedito aún. Los mediquillos y dos de los militares, que eran más liberales que Riego, empezaron a ponderar los beneficios de la revolución. Entonces les dije que ese concepto de libertad acaso lo entendía yo, moro, de distinta manera que ellos. «Dispénsenme, que al fin soy extranjero aquí, y explíquenme cómo es que habiendo tanta libertad para todo el mundo, me han asegurado que no consienten ustedes a unos hombres a quienes respetamos mucho por allá; una especie de santones cristianos que llevan túnica parduzca; los pies casi descalzos... y se llaman... se llaman...» Chilló el oficialito: «¡Frailes! Buenos peines están... Entre moros, que los dejen entre moros...» Sin hacerle caso, continué: «Allá en Marruecos se les respeta, y contribuyen a infundirnos cariño a esta tierra española que consideramos nuestra segunda patria... Me admiro de que aquí (según refiere la historia de ustedes que he leído, porque soy amigo de leer) les hayan degollado bárbaramente... ¿Estoy equivocado o fué así? Esto no lo ejecutamos en Marruecos con gente inofensiva dedicada a rezar y hacer penitencia...» Ellos callados como difuntos. Uno dió al otro un codazo y le oí que decía: «¡Ves qué ilustrado es el morito!» «Nos ha jeringado.» --replicó el otro. Así dijo: jeringado.
--¿Y al fin en qué paró todo eso de la morería?
--¡Bah! Pueden ustedes suponer en lo que paró. Al regresar a Granada y meternos por las callejuelas tortuosas, cerca ya de mi posada, me volví hacia aquella gente, y dije con mucha seriedad: «Señores, lo de moro ha sido una broma. No soy sino un pobre fraile franciscano, que gracias a la libertad reinante ha tenido que disfrazarse de moro para venir a su país natal. En mi verdadero ser saludo a ustedes.» Dí media vuelta y me largué dejándolos aturdidos.
Salimos del cenador cuando ya casi anochecía. Iba la novia tan radiante de animación, comentando tan alegremente el relato del Padre, que cruzó por mi mente una sospecha respecto al Abencerraje con sayal. Procuré desecharla; pero se formuló así:
--Del padre no será, pero lo que es del futuro... tampoco, tampoco.
XII
Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata. Sé que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?
Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba cariñosamente a la señorita de Aldao, y ella, a su vez, mostraba confianza e indulgencia a la criada antigua. Doña Andrea no se salía jamás de su esfera propia, el gobierno interior de la casa, ni aparecía en el salón, ni manifestaba otras pretensiones más que las compatibles con su oficio. Allí la única persona fuera de su lugar me pareció Candidiña. Ni era señorita que pudiese alternar con la hija de D. Román Aldao, ni fregatriz que viviese entre los pucheros: algo tenía de lo uno y de lo otro, y no se explicaba bien su presencia y su ambigua personalidad admitida en la sala y excluída de la mesa. Su hermanita pequeña ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que la diferencia se justificase.
Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida de Cenicienta, ni al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de reinar en su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a la desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía menos. Se casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al menos porque no es razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque el modo de proceder de la señorita de Aldao no se pasaba de sublime, tampoco era lícito censurarlo.
Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero móvil de los actos de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla diariamente, en la intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y la vida del campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos que le atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos, palpitaban las ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba en aquel rostro soñador de ascéticas líneas. A mí se me figuraba que debajo de la superficie debía de haber fuego, y mucho fuego, oculto.
Como no soy novelista, no he menester preparar hábilmente las transiciones; y como tampoco soy hipócrita, he de consignar algo que no sé si ha declarado algún observador o moralista. Y es que casi siempre la primer mirada de un hombre a una mujer --hombre en mis circunstancias, mozo y en disponibilidad amorosa-- es mirada de curiosidad amorosa también: mirada que dice: «¿Me querría esta mujer a mí? ¿Cómo sería si me quisiese?» Esto no es un alarde de cinismo, ni hacer a la humanidad peor de lo que Dios la hizo: es indicar solamente que el instinto sexual, como todos los instintos, no descansa, aunque lo reprima la razón. Si profesase a mi tío cariño y respeto, hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz confusa del instinto. Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba, me sublevaba el alma secretamente; y al creer advertir en su novia gérmenes de sentimiento análogo, me sentía atraído hacia ella, por una fraternidad psíquica que iba derecha hacia el enamoramiento.
Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la cosa me sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y me propuse insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó de mí con tanta mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado todavía el matrimonio, ni aun se libró en mi alma el breve combate interior, entre el deseo y las conveniencias.
Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse no fué seducir a la futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo _seducir_ indica una fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío lo que Luis Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué a averiguar si eran ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al novio, y si a mí podía verme con tierna indulgencia. De buena fe creí que, conseguido esto, se calmaría mi inquietud.
La vida en el Tejo se prestaba a estrechar intimidades. De vuelta del baño tomábamos el desayuno dónde y cómo quería cada cual; libertad sumamente propicia a encontrar a la novia en grato aislamiento, por el huerto o por el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr este propósito, desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado afición y se me agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo periódicos, o jugando a las damas con don Román, o cogiendo cerezas y fresas con Candidiña, y yo me escurría en busca de Carmen. Generalmente la sorprendía al salir de la capilla, donde había oído la misa del Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la ofrecía flores y la daba palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una muchacha soltera: de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la Peregrina, de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de las amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo bonito de su pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo para andar, alegando que no podía fatigarme tan grata pesadumbre. A estas insinuaciones mi tía no opuso jamás la _cara feroce_ de la virtud. Acogía los requiebros con graciosa sonrisa de malicia, como si dijese: «Bueno, quedamos enterados: es muy amable mi futuro sobrino.» A los ofrecimientos respondía apoyándose en efecto, sin recelo alguno, con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo melancólico que adopté un día por variar de registro, dió ella en suponerme enfermo y cuidarme con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos, cuando yo afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha abierta por donde atacar aquel corazoncito.
Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo, hecho ya el conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le demostraba, al par que sumisión y solicitud complaciente, formalidad y corrección excesivas, que podían tomarse por encogimiento o púdica modestia, pero que a mí, vistas a la luz siniestra que alumbraba mi alma, me parecieron síntomas de frialdad absoluta.
Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un impulso de simpatía hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el mismo desvío que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna. Acaso ella misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen gusto, su delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna pregunta: «¿Y entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?»
Mientras me proponía este enigma, continuaba mi respetuoso asedio. Parecíame que lo único indispensable para lograr mis propósitos era el tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que aspirando a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora diese su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de agua el tallo, las arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó. «Naturalmente,» discurría yo al verla tan amable, pero tan reservada en cuanto toca a los asuntos del corazón, «esta mujer no va a entregarme de buenas a primeras la llave del tesoro. No es fácil que yo sepa de su boca las razones que tiene para aceptar al tío.»
Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades corteses, procurando ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué llamarla _tiíta_. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se resolvió a tratarme, chanceándose también, de _sobrino_. Así que oí de sus labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso para llamarla _tití Carmen_. Estos dos nombres, el primero tierno e infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y belleza me parecieron encantadores, y desde aquel momento los vinculé en la señorita de Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera.
Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen había entrado ya en ese período en que deliberada o indeliberadamente reflejamos algo del ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a nuestro lado se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés, sino en Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román dispuso que saliésemos a pescar _panchos_ en las aguas tranquilas de la ría. Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación muy despacio, y echando anzuelos cebados con carnada de _miñocas_ o lombrices de tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más dulce que se puede disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una lancha. Tití, sentada a mi lado, me embromaba porque en mi _liña_ no se sentía jamás el nervioso tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba de atirantarse y traer a la superficie pesca menuda. Propúsele cambiar de liña, y aceptó el cambio, pero los peces no se dejaron engañar y siguieron desairándome. Aprovechándome de que Candidiña se peleaba con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me infundía temor, pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a decir a la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar sino diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical travesura. Si aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada de rosas y sazonada con la dulce sal de la cariñosa risa. De repente, me pareció que los ojos de gloria se velaban con profunda tristeza; que de aquel pecho salía un suspiro... suspiro hondo, el cual no expresaba ni podía expresar más que esto: «Muy bien, futuro sobrino, pero yo por desgracia ya estoy ligada al antipático de tu tío y resulta que no podemos entendernos. Déjate de niñadas, o tendré que decirte _tarde piache_.»
Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos al Tejo a pie, por el camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el campo parece más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las ciudades. Tití iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces se volvía para hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar, atravesamos por sembrados, y hasta nos metimos en una era, arrostrando la furia de un mastín que quería probar el sabor de nuestra carne.
Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde alrededor de la gran lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que entraban por las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación: «¡Ay! ¡Al pasar la era me he llenado de _amores_!» Comprendí perfectamente el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas esas florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y empecé a quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se agarraban al paño de mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos hacia la novia murmurando: «Se me pegan». Mi actitud debió de expresar mucho. Hay movimientos que delatan la pasión.
De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un murciélago alevoso. Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales avechuchos, giró varias veces por la sala, apareciéndose en los rincones, donde menos contábamos con él, y batiéndose contra las paredes o cayendo, cuando más descuidados estábamos, sobre nuestras cabezas. Risa va y grito viene, nos armamos todos de lo primero que encontramos: pañuelos, cubiertas de las sillas... y dimos caza al feo monstruo. Serafín fué el primero que le puso la mano encima. A pesar de los agrios chillidos que exhalaba al verse preso, el monago le sujetó, pidió dos alfileres y extendiéndole de punta a punta las alas membranosas, lo clavó contra la madera de una ventana. Después le introdujo en el hocico un cigarro hecho de un rollo o flecha de papel, encendiéndolo con un fósforo; y mientras el animal se estremecía agonizante y convulso, su verdugo le hacía mil visajes. Era una escena grotesca, para desternillarse de risa, y yo me entretenía en saborearla, cuando oí a la novia preguntar impaciente:
--¡Cándida! ¿Dónde está Cándida?
La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose a la ventana, exclamó:
--¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que hemos cazado...
Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román Aldao, y el vejete entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo. El suplicio del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por la víctima.
--¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno; pero atormentarlo no... No seas judío!
XIII