Part 7
--O con llevar unos calzoncillos de repuesto...
--Vamos; así, pase.
A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el monago), se arrellanó en la silla con trazas de no irse en toda la noche. Comprendí que era preciso hacer como si no existiese, y desnudándome rápidamente, me deslicé en la cama.
--¿Hay _soneca_? --preguntóme Serafín arrimándose al lecho y pegándome, con la mayor confianza, un pellizco monjil en un hombro y una sobadura en los carrillos. Chillé y por instinto devolví un coscorrón formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva risa: «¡Gui guiíi, gui guiíi!» Empeñóse después en averiguar experimentalmente si yo tenía cosquillas, y también si tenía mimo, para lo cual me apretó fuertemente el dedo meñique. Aquella extraña familiaridad, más propia de criatura de seis años que de hombre, y particularmente de hombre que aspira al sacerdocio, ejerció sobre mí el irresistible contagio de un desprecio cómico, y en el fondo indulgente, y amenacé al monago con tirarle una bota si no se estaba quieto. La amenaza surtió efecto; Serafín se calmó, y echándose como un perrillo, atravesado a los pies de mi cama, me dijo que no tenía sueño, que lo que apetecía era charlar un poco. Le autoricé a que charlase, y nunca se cumplió programa alguno más al pie de la letra. Salió de aquella boca un río de tonterías y despropósitos, de inocentadas ridículas, mezcladas con golpes de ciencia teológica y rasgos de malicia grosera tan certeros a veces, que me sorprendían, dejando planteado el problema de si aquel tipo era rematado imbécil o astutísimo truhán.
--Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo no fuí nunca. No hay cuartos para el _ferrancho ferril_. ¡Cuartos! ¡Quién los viera! Límpiate Serafín, que estás de huevo. ¿Y en Madrí las calles son... así... como las de Pontevedra? ¡Cá! El _empiedrado_ será de _marmole_... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo rabiando o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para qué estudia? ¿Para esos que hacen _ferriles_ y _viraductos_ y _tunantes_, digo _toneles_? ¡Ah! Entonces tenemos que darle vucencia. Será ministro de la ministración y me hará a mí canónigo electoral. Aunque yo sirvo mejor para penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted, aunque llegue a ser más ingeniero que el que discurrió la condenada ingeniería, no hará la carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío sabe: es peje. Nadie le saca a D. Vicente Sotopeña la nata como él. Los solares ya fueron buena tajada, y ahora le alquilan la casa para correo y le pagan de alquiler un millón de duros... ¡gui, gui! Luego, cuando hay _eleuciones_, nos viene a jonjabar a los cerdotes... bueno, a los que seguimos la sacrosanta carrera del sacerdocio... Pero lo que le dijo un cerdote amigo mío: ¡Arre allá, _vade retro exorciso te_, que el liberalismo es pecado, y al que lo dude le paso por las narices la doctrina fundamental _de fide_, expuesta por el santo Concilio Vaticano! Aquí no somos de esos paladares estragados por salsas mestizas. ¡Gui, gui, gui!...
--¿Y tú cómo piensas en política? --pregunté resolviéndome a tutear al monillo eclesiástico.
--¿Yo? ¿En pulítica? No cabe en pechos nobles más que una opinión...
--Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles.
--Pues lo diré por boca del que supo lo que se decía: _Nequit idem simul esse et non esse_: ¿lo quiere más claro? Yo no soy partidario de la Iglesia liebre en el Estado galgo. _Quod semper, quod ubique, quod ab omnibus._
--Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres carcunda?
--_Ego sum qui sum_; es decir, ¡ojo con las mesticerías y los distingos y las transaciones! A su señor tío D. Felipe se lo canté muy claro; y también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y anda lampando por el título de Marqués del Tejo o al menos por una gran cruz. Dicen que el yerno se la trae de regalo de boda. _Vanitas vanitatis_, gori, gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese quiere la chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan mucho las cataplasmas...
--Cállate, que me revuelves el estómago.
--No las catará, que el cuñado le tiene tema. No hará el caldiño con harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres enfermos gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de Candidiña por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya sabe más que muchas viejas. _Ne attendas fallaciæ mulieris._
--No calumnies a mi tío, miquín --exclamé impulsado por la curiosidad, pues se me figuraba que aquel bufón, en bastantes ocasiones, no dejaba de dar en el clavo--. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar siguiendo chicuelas?
--Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que ya no pueden con los calzones ir detrás de la monicaca... _Vinum et mulieres apostatare faciunt sapientes_, como dijo el otro. La Cándida les da cuerda: y no piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe dónde echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una madrastra.
Me incorporé sorprendido.
--¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...?
El monago pegó un chillido.
--¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntar las yemas de los dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra pequeña son _higas_ de la higuera de doña Andrea... Son sobrinas... Yo conocí a su papá, que era general... digo, cabo de carabineros. La vieja cargó con ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza... acuérdese que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por la _concupiscentia carnis_... Esa quiere arrastrar un rabo de seda... Si vivimos hemos de ver milagros.
X
A la mañana siguiente nos bañamos en la preciosa playa, nos paseamos por San Andrés, dándonos tono, pues nuestra presencia era acontecimiento en el pueblecito, visitamos la iglesia parroquial, cogimos lapas, nácaras y bocinas, y a las nueve estábamos en el Tejo, dispuestos a despachar el chocolate. El Padre Moreno no nos había acompañado: prefería el baño por la tarde, pues no le gustaba prescindir de su misa. Mi tío no se había presentado aún, ni vendría hasta la una, hora de comer; y Carmiña, libre de la obligación de charlar con su novio, me prestó atención, y hasta me dió indicios de confianza y afecto.
--Anoche se retiró usted temprano porque se aburría. No sabemos realmente con qué divertirle, y si usted no procura buscarse entretenimiento... En el campo...
--No se apure por eso, Carmiña. El campo me gusta muchísimo. Nunca me aburro en él. Este sitio es precioso. Hoy tomé un baño más rico...
--¿Y esa ingrata de Benigna? ¡Cuánto siento que no venga! Es muy simpática su mamá de usted, y yo siempre la quise. Ahora... con más razón.
--Ya ve usted... A mamá no la es fácil moverse. Nunca falta que hacer por allá...
Después de estos lugares comunes, mi futura tiíta y yo nos quedamos sin saber qué decirnos. Ella, al fin, discurrió un acto de cortesía y amabilidad.
--Como me trajo usted una fineza tan mona... ¿quiere ver las demás que he recibido? Las tenemos en una habitación aparte, porque si no, las chiquillas son tan curiosas y tan amigas de revolver, que... Por aquí.
Echó a andar y yo tras ella: en el bolsillo de su traje, al compás de sus pasos, sonaban varias llaves, haciendo una musiquilla graciosa, familiar. Sacó el manojo, y abierta la puerta misteriosa, descorridas las cortinas, brotaron en todo su esplendor las magnificencias del equipo.
Cuando digo magnificencias, no hay que entenderlo en sentido absolutamente literal, porque bastantes objetos olían a provincia, y otros, aunque de origen madrileño, no eran de exquisito gusto, al menos según puedo yo juzgar de estas materias. La novia iba explicándome todo. Aquel vestido de raso, con bordados de azabache, era regalo del novio, como también los pendientes de la perlita rodeada de brillantes. El papá se había despilfarrado con un traje azul marino, de seda rica y muy buena combinación de brochado; y por allí andaban los sombrerillos correspondientes. Otro traje me pareció muy lindo: de seda blanco hueso, lucía delante una sutil red que imitaba perlas, se alargaba en majestuosa cola, y se adornaba con azabaches. Este --declaró Carmiña-- era una inutilidad, un capricho de la señora de Sotopeña, encargada en Madrid de la elección de galas, y que se había empeñado en que la novia no podía estar sin un traje de sociedad. Las joyas ofrecidas por el papá eran arreglo de un aderezo antiguo: había un hermoso broche y no sé qué otras menudencias. La familia Sotopeña había contribuído con un abanico riquísimo, la Vicaría de Fortuny, varillaje de concha. El hermano de la novia, un brazalete feo. Después una serie de joyeros, álbumes, cacharros, las mil fruslerías inútiles, que sólo se compran o venden a pretexto de santos y bodas. Detrás de ellos, en un rincón, como avergonzado, descubrí un objeto rarísimo: una ratonera enorme...
--¿Pero quién le ha regalado a usted eso? --pregunté sin contener la risa.
--¿Quién había de ser sino Serafín? --respondió acompañándome en mi hilaridad.
--¿Pero es posible?
--Y venía tan ufano. Quisiera que usted le viese, con su ratonera enarbolada, diciendo: «Esto al menos de algo sirve».
--¿Pero ese Serafín es tonto, o loco, o qué es?
--En mi opinión no ha pasado de chiquillo. Su corazón no es malo, y a veces tiene dichos de persona lista. Pero a los dos minutos se le va el santo al cielo, y habla mil simplezas. Acertará por ejemplo, en un punto de teología o de moral --esto lo sé porque lo dice el Padre Moreno-- y en cambio es tan romo para las cosas más sencillas, que una vez que le pusimos delante unas despabiladeras encargándole que despabilase una vela, las cogió, las estuvo mirando, mojó los dedos con saliva, despabiló con ellos, y abriendo las despabiladeras metió dentro el pábilo, diciendo muy ufano: «¡Bien te entiendo, cajetilla!».
Nos duraba la risa de esa anécdota cuando salimos al jardín. La futura tití me enseñó las dependencias, el gallinero, los establos y la huerta, convidándome a probar la fruta del cerezo dulce, a coger flores y a ensayar los trapecios y el columpio. Por allí se apareció el Padre Moreno, reposado, comunicativo, y aun bromista. Me interpeló acerca de ciertas personas que habían preferido remojarse a oir misa frailuna; de Serafín, que no había sido para hacer de acólito; de nuestro paseo triunfal por San Andrés. A su vez, no tardó en presentarse el señor de Aldao. Venía atusado, engomado, con los bigotes teñidos, el cráneo luciente como una bola de billar; pero se me figuró una ruina, bajo la sombra verdosa del quitasol abierto. Preguntóme si «lo había visto todo» con el tono de un Médicis que se informa de si un extranjero ha visitado detenidamente sus palacios y galerías. Y en seguida añadió:
--¿Qué me dice usted del Tejo? ¿El Tejo famoso?
--¡Ah! cosa magnífica, sorprendente.
--¡Oh! el año pasado estuvo aquí un marino de la escuadra inglesa... entusiasmado, empeñado en fotografiarlo. Se llevó más de diez fotografías, tomadas de distintos puntos. D. Vicente Sotopeña me ha asegurado que Castelar, en el discurso de los Juegos florales, al hablar de las bellezas y maravillas de Galicia, también sacó a relucir el Tejo... Gran orador Castelar ¿eh? Florido, sobre todo, florido.
El señor de Aldao me pareció una de esas personas que llevan la vanidad (algo escondida en los demás hombres) por fuera y completamente a la vista. Supe después que en efecto, siempre había pecado de vanidoso, y puesto la vanidad en las cosas más vacías. Cuando joven presumía de buen mozo, del género empalagoso, con bigotes retorcidos y cejas tiradas a cordel. Luego le picó la tarántula de la nobleza, y durante una larga temporada le dió por usar a cada repiquete el uniforme de maestrante de Ronda y soñar con el marquesado del Tejo. A tal marquesado le hizo una corte platónica, arrimándose mucho a los gobernadores civiles cuando lo deseaba de Castilla, y a los obispos cuando lo quería pontificio. Este conato de haitianismo se frustró enteramente. Ya llegado a la vejez, el dominio absoluto que ejercía sobre la provincia y sobre mucha parte de la región gallega don Vicente Sotopeña, habían hecho comprender al señor de Aldao que en nuestra época la importancia social no se funda en pergaminos más o menos rancios. «En el día la política --solía decir él-- lo absorbe todo. El que puede repartir con la derecha confites, latigazos con la izquierda, es el verdadero personaje». Esta apreciación había influído bastante en la buena acogida que mereció al papá de Carmiña Aldao la candidatura matrimonial de mi tío. Vió en ella el asidero por donde agarrarse a una puntita del faldón del gran Santo galáico, y satisfacer multitud de ambiciones que guardaba en conserva años hacía y que ya iban avinagrándose; lo de la gran cruz, la despertadura del expediente de una carretera que dormía el sueño de los justos, y no sé qué otras menudencias relacionadas con la Diputación Provincial y la contrata.
Por mucho que descendamos a bucear en ese abismo laberíntico llamado el corazón del hombre, jamás lograremos desentrañar la causa de ciertos inconfesables sentimientos. La envidia, la competencia y la emulación, exigen, al parecer, alguna analogía, y no se comprende que estas malas pasiones se desarrollen cuando no existe la menor paridad entre el envidioso y el envidiado. ¿Ha de envidiar a la Patti una tiple de zarzuela, a la reina una modesta señora de la burguesía? Pues las envidian, no cabe duda; y desde la penumbra en que viven tratan de echar un rayito de luz que compita con el del astro. Así don Román Aldao, caballerete de provincia, poseedor de una renta mediana, se permitía a veces sus pujos de competencia... ¿con quién? con don Vicente Sotopeña, el renombrado político, la lumbrera del aula de Derecho, el famoso Santo, el gran cacique de Galicia, el jurista abrumado de negocios, el poderoso, el millonario, la influencia universal. ¿Y en qué terreno quería don Román eclipsar a Sotopeña? Pues en el de la residencia de verano. Don Vicente poseía en las inmediaciones de Pontevedra una especie de sitio real, descanso de sus fatigas y solaz de sus contados ocios, y cada vez que el señor de Aldao oía hablar de la soberbia villa, de su vega de naranjos, de su bosque de eucaliptos, de sus estatuas de mármol, de su capilla de estalactitas, de su magnífica verja, y de otras mil preciosidades que el Naranjal luce, torcía el gesto, se contraían sus labios con el mohín de la vanidad mortificada, y preguntaba a sus interlocutores: «¿Qué le parece a usted del Tejo? ¿De mi Tejo? Un marino de la escuadra inglesa, entusiasmado, empeñado en fotografiarlo...» etc., etc.
Embellecer su finca, a imitación del Naranjal, constituyó la aspiración irrealizable de don Román Aldao. La naturaleza era cómplice de este ensueño, porque además de haber criado aquel Tejo gigante y único, desplegaba en torno de él los hechizos del rincón de paraíso llamado las Rías Bajas. El sol, el mar, el cielo, el clima, las playas, la vegetación de comarca tan espléndida, hacían que el Tejo, sin poder compararse al Naranjal en lo que depende de la mano del hombre, fuese un oasis. Puede el arte ostentarse en el campo, pero el mayor atractivo de una quinta pende siempre de la naturaleza. Don Román no lo entendía así. Del campo, no sentía la inefable dulzura y reposo que infunde olvido de la vida social, sino al contrario, la apariencia y el bullicio, las glorias de propietario y anfitrión, y el pugilato con don Vicente. Claro está que Aldao no intentaba copiar esplendores como la famosa capilla de estalactitas, tan ensalzada por cronistas y viajeros; pero si en el Naranjal se alzaba, pongo por caso, un amplio merendero emparrado de jazmín, ya estaba don Román ideando un _chocolatorio_ raquítico todo cubierto de madreselva. ¿Que en el Naranjal colocaban estatuas preciosas? Pues el señor de Aldao salía con sus bustos de yeso, sus «cuatro Estaciones» o su grupo de «amorcillos» y me los plantificaba en mitad de un prado. ¿Que en el Naranjal instalan una estufa caliente, con sus gomeros, sus helechos, sus orquídeas? Cátate al señor de Aldao adquiriendo de lance en Pontevedra la mayor cantidad posible de vidrieras de desecho, para armar un invernáculo barato, atestado de las ya insufribles y acartonadas begonias. ¿Que en el Naranjal había mesas y bancos rústicos traídos de Suiza? Pues el señor de Aldao enseñaba al carpintero de su aldea a aserrar por la mitad las piñas y a armar con troncos de pino cada asiento y cada mueble. ¡Y por último... el árbol colosal!
El primer día de mi estancia en el Tejo vino a comer gente de Pontevedra: Luciano, hijo mayor del señor de Aldao, con su niño, que podría tener entonces cosa de cuatro años de edad, y un Diputado provincial llamado Castro Mera, a la sazón el mayor amigote de mi tío, jefe de la fracción que representaba su política en el seno de la Asamblea pontevedresa: porque todo es relativo, y en Pontevedra había _los_ de mi tío, y la «política propia» de mi tío, gobernada por los rígidos principios que el lector supondrá. Acudió asimismo el director del _Teucrense_, periodiquito afecto a mi tío entonces, aun cuando seis meses antes le tiraba a codillo; pero para tales cancerberos hay tortas mágicas. Hablóse mucho de la consabida política local, tan menuda, que rayaba en microscópica.
El café se tomó en el árbol. Con este motivo fijé la atención en aquel respetable patriarca de los vegetales, llamado a ejercer alguna influencia en mi destino. El tronco, enorme, rugoso, caprichosamente veteado de musgo y con la corteza, a pesar de los años, viva y sana, soportaba bien el peso de la majestuosa ramazón del gigante de la Ría, según le llamaban en estilo poético los revisteros de Helenes y los corresponsales de diarios madrileños cuando venían a veranear. La manera de crecer y extenderse aquel ramaje, su intenso y obscuro verdor, tenían algo de bíblico y solemne. Era imposible mirar al Tejo sin profunda veneración, como símbolo de la naturaleza exuberante y maternal que había producido tan soberana criatura.
Enamorado el Océano de la gentileza de Galicia, la ciñe amoroso con sus olas, la besa y orla con sus espumas, la rodea, la acaricia, y tiende hacia ella una mano azul, ávida de palpar las suaves redondeces de la costa: las Rías son los dedos de esta mano. En las Rías el aire es más puro, tibio y fragante; la vegetación más lozana y meridional. Aquel Tejo, rey de los otros árboles, solo al borde de una Ría, y en terreno fecundo por ella, pudo desarrollarse con tal señorío y pujanza. Él era el verdadero monumento de la región. Daba nombre a la quinta; servía de faro a los lancheros y pescadores, cuando dudaban al orientarse hacia San Andrés; desde lo alto de su copa se dominaba la perspectiva, no sólo de los pueblecitos ribereños, sino del grupo de islas, las famosas Casitérides de los antiguos geógrafos, y la extensión ilimitada de un mar casi helénico por su serenidad y belleza. Para construir en el Tejo los tres miradores sobrepuestos que lo adornaban, no se había requerido gran habilidad ni ciencia arquitectónica, bastando con aprovechar la gallarda horizontalidad de sus ramas y construir sobre tan robusto apoyo unas plataformas circulares, que guarnecía alrededor ligero balaustre.
La escalera, de caracol, encontraba natural sostén en el mismo tronco del gigante. La espesura del ramaje era tal, que desde el suelo no se distinguía a los que tomaban café o refrescaban en el segundo piso, ni a los que danzaban en el primero; y quien se encaramase al tercero, necesitaba asomarse al mirador practicado entre las ramas para admirar la perspectiva. Cada piso tenía su nombre. El primero se llamaba «el salón de baile», el segundo «el cenador», el tercero «Vistabella». Y en casa de Aldao se oía a menudo preguntar: «¿Subiste a Vistabella?» «No, me quedé en el salón de baile». A la verdad, el salón de baile --preciso es reconocerlo, aunque el señor de Aldao se desazone-- no asombraba por su magnitud. Con todo, se podía bailar desahogadamente un rigodón, a los ecos del piano que para estas solemnidades era llevado al jardín. Y no carecía de encanto danzar bajo el toldo verde, entre paredes verdes también, que apenas filtraban la luz solar. El salón retemblaba mucho; semejante ejercicio era bailar y columpiarse.
XI
Aquel día, cuando subimos a tomar café al «cenador», donde ya a prevención había sillas, bancos y veladores rústicos en cantidad suficiente, el Tejo estaba más atractivo que nunca. Una brisa fresca, procedente de la Ría, hacía ondular ligeramente las ramas; el sol, hiriendo de lleno su copa, la doraba y arrancaba del árbol ese perfume penetrante y algo resinoso que aumenta en nuestro corazón la embriaguez de la vida. La altura a que nos hallábamos suspendidos podía persuadirnos de que éramos aves; a mí se me ocurrió que los pájaros tenían bien grata morada en el seno del coloso; y de repente, como si la Naturaleza se complaciese en infundirme uno de esos deseos imposibles de satisfacer con que ilude a los mortales, me entraron ganas, mejor diré ansias de volar, de perderme en aquellos espacios azules, puros e inmensos que veíamos al través de las aberturas que siempre ofrece el ramaje. Cuando noté que estaba envidiando a las gaviotas que allá a lo lejos descendían sobre los peñascos de San Andrés, me acusé de insensato y, haciendo un esfuerzo atendí a la conversación.
Llevaba la batuta, como no podía menos de suceder, el Padre Moreno, afirmando una vez más a su auditorio que él se había encontrado siempre mejor en Marruecos que en España; mejor entre moros que entre cristianos «de estos de por acá».
--No crean ustedes --apresuróse a añadir-- que en África hacemos vida regalada los frailes. Si allí me hallo más a gusto, es que aquella pobre gente se desvive por uno y le manifiesta gran respeto. Yo aprendí el árabe, aunque no como mi hermano en religión el Padre Lerchundi, lo bastante para entenderme. ¡Pues si viesen ustedes qué útil me fué! Para aquellos infelices es una recomendación el hábito. Nos llaman, en su idioma, santos y sabios... ¡Lo mismito que por aquí!
--Más claro no puede decir el Padre que le agradaría pasarse al moro --advirtió don Román.
--Moro, ya lo fuí --respondió con viveza el fraile--. Es decir --rectificó en seguida--, ya supondrán ustedes que no me hice mahometano, ni yo digo mahometano, esto es, sectario de Mahoma, sino moro, que significa hijo del África; mauritano.
--Bien entendemos que usted no renegó --exclamó mi futura tía con el acento de apacible y tierna broma que adoptaba siempre al dirigirse al Padre.
--No, hija, renegar no: por la misericordia divina no llegué a eso.
--Pues cuéntenos cómo fué moro.
--¡Anda! ¡Pues apenas tiene que contar! Es una historia muy larga... Si hasta anduvo en periódicos: la _Revista Popular_, de Barcelona, insertó sobre eso un artículo.
--¡Ay, cuente, por Dios!
No deseaba otra cosa el fraile, a juzgar por la complacencia con que se avino a narrar su historia. Echó mano al pañuelo que llevaba en la manga, y se limpió los labios del anisado que acababa de beber.