Part 17
—Es lo único que han dejado esos pillos —le dijo—. Afortunadamente se van dentro de media hora.
Más tarde (tampoco supo ella a qué hora) sintió bullicio de tropas. Era Chaperón, que salía para seguir desempeñando su papel de misionero realista en la extirpación de liberales.
Después reinó profundo silencio.
Mucho más tarde (a ella le pareció que sería al anochecer), dos hombres entraron en la sala. Sintió al verles turbación tan honda que estuvo a punto de desmayarse. Eran Guimaraens y Servet. Hablaron los tres un momento, y después el coronel realista salió.
—Sin comprender la causa —dijo Servet— de la sustitución milagrosa a que debo la vida, sé que he tenido un ángel tutelar. Hay aquí un misterio; yo no trato de penetrarlo, porque no se penetra lo divino. Mi ángel ha sido usted, reverenda madre.
—¡Yo! —dijo ella tratando de fingir sorpresa, sin conseguir otra cosa que revelar más su confusión.
—Sí, usted, ilustre y santa mujer. A usted debo la vida. Permítaseme arrodillarme delante de esa noble figura, cuya belleza proclama su santidad, y besar esas manos que tan bien saben arrancar víctimas a la muerte.
Se arrodilló delante de ella, como si fuera una imagen santa. Sor Teodora, que había vuelto el rostro, le miró, y, mal que le pesara a la sombra, hubo de confesarse a sí misma que veía hecho carne delante de sí el ideal de la belleza varonil, de la gallardía, de la discreción y de la caballerosidad.
—Ofendería a usted —añadió el llamado Servet— si hablase el lenguaje vulgar de los afectos humanos. No; si yo hablara de amistad, de amor, rebajaría la grandiosa personificación de la caridad cristiana que veo delante de mí. Una memoria sagrada como la de mi madre, una veneración pura como la que nos inspirase el Dios que a todos nos hizo y la Virgen que a todos nos ampara, vivirán eternamente en mi corazón.
Se levantó. Sor Teodora invocó a Dios, y haciendo un esfuerzo desesperado, pudo poner en su rostro algo de expresión seráfica y en su boca estas palabras:
—Yo no sé nada de lo que usted habla... ¡Qué error! Ni yo me interesé en salvarle, ni podía hacerlo por quien no conozco, por quien solo he visto una sola vez... ¿Quién es usted? Un aventurero, un desconocido. ¿Qué tiene de común usted conmigo? El amparo que le di anoche antes de aquella horrenda catástrofe... A fe que los sucesos que vinieron después han sido tales, que debían hacerme olvidar su entrada en el convento... Santo Domingo, mi patrón, me ampare... Yo no sé quién es usted..., yo no le conozco..., déjeme usted.
—Compañera de la caridad es la modestia —dijo Servet disponiéndose a retirarse—. No quiero importunar con mi agradecimiento a un alma superior, que a las pocas horas de haber hecho un inmenso bien, ya no se acuerda de él. Usted es una santa, yo un pecador. La enorme diferencia que hay entre los dos, usted, madre reverendísima, la agrandará con su vida de constante sacrificio, de oración, de paz espiritual y de comunicación con Dios. A mí me esperan las luchas del mundo, las turbulentas pasiones, las penas incesantes, las dolorosas victorias o tristes caídas; a usted la paz del convento, la devoción sublime, los puros éxtasis del alma, aspirando siempre a volver a su origen, y el noble privilegio de alcanzar de Dios, con oraciones y penitencias, el perdón de los malos. ¡Cuán distinto destino el nuestro, y qué abismo tan grande nos separa!... Adiós, señora: una memoria en sus oraciones es lo que pide este miserable, y el permiso para besar la cruz del rosario que pende de la cintura de una santa.
Servet besó la cruz, y haciendo una gran reverencia se retiró para unirse a don Pedro Guimaraens, que había preparado el negocio de su marcha.
Sor Teodora sintió, no ya una voz, sino mil voces en su alma, y un horroroso sacudimiento y estallido como si parte muy principal de ella fuese arrancada por violenta mano. Viose caída en un negro abismo; pero en medio de su congoja y espanto, pudo alzar la voz a su padre espiritual y gritar:
—¡Confesión!... ¡Un confesor!
Pero ni el padre Martín de la Concepción ni el padre Juanico pudieron acudir a ella, porque estaban abriendo un hoyo en el patio.
XXXII
El aventurero emprendió de noche su camino. Iba solo, bien montado, algo molesto a causa de sus heridas, pero contento, apercibido de armas y pasaporte, con el mismo traje de paisano que usara Tilín en su postrera noche. No apartaba su pensamiento de las peripecias de su insensato viaje por el campo de aquella extraña guerra, tan parecida a los sangrientos desórdenes y rebeldías de la Edad Media. Él tenía del historiógrafo el discernimiento que clasifica y juzga los hechos, y del poeta la fantasía que los agranda y embellece; también poseía la vista larga y penetrante del profeta. Claramente vio que aquella guerra no era más que el prólogo, o hablando musicalmente, la sinfonía de otra guerra mayor.
Pero la mayor parte de sus pensamientos la absorbían los chistosos o trágicos lances de su correría por Cataluña, y principalmente la milagrosa sustitución que le había salvado de la muerte. Quiso penetrar aquel misterio, y no pudo. El mismo Guimaraens no lo sabía más que a medias. Tilín declarándose culpable, y muriendo con heroica paciencia, sereno, grave, con más aire de convicción que de sufrimiento; Guimaraens sacándole de la prisión, después de hacerle cambiar de vestido, y, por último, la hermosa monja que en dos momentos críticos le había salvado la vida, confundían su mente, llevándole a forjar mil explicaciones quiméricas y a revestir de formas exageradamente dramáticas los hechos más sencillos.
Iba al extranjero, y en su triple calidad de historiógrafo, de poeta y de profeta, aportaría, sin duda, alguna idea, alguna forma nueva a las regiones donde ya se estaba elaborando el romanticismo.
FIN DE «UN VOLUNTARIO REALISTA»
Madrid, febrero-marzo de 1878.