Un voluntario realista

Part 16

Chapter 164,157 wordsPublic domain

—Los de Chaperón no, porque no conocen a mi hermano —dijo sor Teodora—. Los de Guimaraens tampoco... Mi pobre hermano ha entrado de noche. Don Pedro me responde de que se atreverá a engañar de este modo a Chaperón. Hablemos de esto. Yo pensaba en ti, que eres el verdadero criminal... La sustitución, además de ser justa, es fácil.

—¡Oh!, morir así, morir a sangre fría —exclamó con fiereza Tilín, sintiendo que el instinto se sublevaba en él con impetuosa voz—. ¡Y todo en cambio de un amor, de un premio que recibiré... en la eternidad!

La monja se levantó bruscamente. Tilín la miró con estupor, porque parecía una encarnación divina, un ángel de castigo que fulminaba rayos, una personificación extraordinariamente bella y terrible, tal como él la soñaba en sus horas de delirio amoroso y de ardor guerrero. Su actitud majestuosa, su ademán colérico, su voz grave, dejaron suspenso y sobrecogido al sacristán-soldado. La monja le dijo:

—¡Y vacilas, hombre miserable y pequeño! ¡Y tiemblas, cobarde! ¡No eres capaz de ningún acto sublime y generoso, gusano despreciable, y te has atrevido a poner los ojos en mí! ¡No eres capaz del sacrificio, y has osado mirarme con amor, como si yo, mujer noble, hermosa y consagrada a Dios, pudiera acogerte sin merecimientos grandes, tan grandes como la inmensa escala que he de recorrer descendiendo desde mi altura a tu pequeñez!... Quítate de mi presencia, reptil despreciable; juzgué posible no aborrecerte, juzgué posible amarte; pero esto no puede ser, no. No puede alterarse la ley que prohibió a los sapos brillar como las estrellas del cielo. Quítate de mi presencia... ¿En dónde está ese corazón tuyo que llamas grande y es incapaz de un sentimiento de sublime piedad y abnegación? No tienes más que los estúpidos ardores de la bestia, y a eso llamas amor, miserable. Llamas amor a ese instinto de manchar, que es propio de los más bajos seres... y te has atrevido a mirarme, a mirarme a mí, que vivo de lo ideal, de los sentimientos puros, de las ideas castas y nobles... ¡Ves morir con ignominia a un inocente, acusado de un crimen cometido por ti, y no sientes piedad!... ¡Dices que me amas, y no eres capaz de morir por mí! ¿Qué amor es ese que se atreve a llamarse tal sin conocer el sacrificio?... Me causas horror; vete, mátate cien veces; te aborrezco; no tendrás de mí ni aun la compasión que inspira el pobre insecto en el momento en que lo aplastamos con el pie; vete; te digo que te vayas, ¡maldito!

Dio algunos pasos, inclinose, recogió del suelo el puñal que poco antes soltara Tilín, y arrojándoselo a los pies, le dijo:

—Toma tu cuchillo, puedes matarte de despecho por no haber poseído el tesoro que robaste, ladrón. Necio, estúpido, ¿cómo pudiste creer que Dios permitiría a la paloma casta y hermosa caer en el nido del murciélago asqueroso?... Puedes matarte delante de mí, aplacando con tu sangre el ardor de tus sentidos; no tendré compasión, y miraré tu agonía con asco, no con lástima... y bajarás volando al infierno, donde arderás más y más, y estarás viéndome eternamente, y deseándome eternamente, y padeciendo los más horribles tormentos, siempre, sin poder alcanzarme nunca, sin poder llegar a tocar mi hermosura con tus dedos inmundos... y con una eternidad de suplicios expiarás la inmensidad de tu sacrilegio.

Dicho esto, en cuyo efecto creía, dejose caer sin aliento sobre las piedras sepulcrales. Su pecho palpitaba como no había palpitado nunca. Tilín parecía idiota. No hallaba palabras para dar salida al volcán de su pecho. Por fin soltó atropelladamente estas:

—¡Que yo no soy grande! ¡Que yo no soy capaz de un acto heroico de abnegación y generosidad! ¡Que yo no soy capaz de elevarme de un salto hasta los últimos cielos!... ¡Que soy un insecto!... ¡Que no sé amar sino como las bestias!... ¡Que no tengo sentimientos nobles ni idea de la justicia!... ¡Oh!, señora, no me conoce quien tal dice. Todo lo que es humanamente posible lo haré yo. Tan hombre soy como cualquier santo... ¡Sacrificio! No hay quien sepa calcular la extensión de lo que yo puedo hacer, si en una hora de angustia y de sacudimiento como esta me lleno de esa luz que a veces me relampaguea dentro. ¡Ah!, me he oído llamar maldito sin protestar; maldito, cuando mi corazón aceptaba quizás el sacrificio que se le imponía... ¿Sabe usted quién soy yo? ¿Lo sabe?

Al decir esto se acercó a la monja, y con su brutal mano le tocó la barba para levantarle el rostro, que ella inclinaba mirando al suelo.

—¿Sabe usted quién soy yo? —añadió—. Pues soy el hombre de corazón más grande que ha nacido de madre. La paloma no lo cree... ¡Ah!, ella, con su nobleza, con su hermosura, con su castidad, con sus virtudes, con su santidad, no es capaz de hacer... esa cosa extraordinariamente rara y grandiosa que haré yo. Ella, tan justamente orgullosa, no será nunca capaz de elevarse como se elevará ahora el reptil, el gusano, el miserable, el maldito. ¡Abnegación, sacrificio, justicia! ¿Y si yo dijera que todo eso me es familiar en un momento dado, que es mi centro, mi elemento, como lo es al pájaro la altura? ¿Qué diría a esto la dama ilustre que se siente manchada solo con una mirada de mis pobres ojos? ¿Qué diría a esto?

La dama no dijo nada.

Haciendo con el brazo derecho un movimiento semejante al de un hombre que arroja la vida con tanto desprecio como se arrojaría la cáscara de una fruta que se va a comer, Tilín dijo:

—Señora, si Guimaraens sabe arreglar esto, su hermano de usted está salvo.

Teodora le miró. Estaba pálida, y una turbación piadosa había borrado de su rostro la expresión colérica. La dominica se acercó al bárbaro y le puso ambas manos sobre los hombros. Si antes le había abrumado con su ira, con su orgullo, con su violencia recriminadora, ahora le embelesaba con su piedad, con su gratitud, con lágrimas que a él le parecieron resbalar por el mismo trono de Dios para caer sobre su corazón.

La caprichosa monja jugaba con los sentimientos del pobre Tilín como juega el diestro con la fiereza pujante, pero ciega, del toro.

—No es solo sacrificio —le dijo—. Es también justicia. Mi hermano es inocente.

—Y yo culpable, lo sé; el orden natural me lleva a perecer en lugar suyo. Acepto. Pero lo que me arrastra a este sacrificio, antes es amor que justicia. Así lo confesaré ante Dios.

—Pues bien —le dijo ella con dulcísimo tono—: todo eso que has deseado, todo eso que has soñado...

—¿Qué?

—Ya lo mereces.

Tilín sintió su alma llena de congoja y desfallecimiento. Dejose caer en el asiento, y escondiendo su rostro entre los brazos, exclamó gimiendo:

—¡Pero cuándo..., pero cuándo!

Teodora se acercó a él, puso la mano sobre su cabeza, y le dijo:

—Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas? ¿Nuestra vida no ha de tener complemento glorioso más allá de la muerte? ¿Qué vale este paso doloroso por la tierra al lado de la eterna dicha, donde los afectos duran eternamente, sin hastío, y donde los corazones alimentan con el eterno fuego sus ansias, que aquí no son jamás satisfechas?... Perdóname si te ofendí creyéndote incapaz de un acto generoso. ¡Oh, Pepet, con una palabra has establecido entre tu alma y la mía esa relación, esa cadena de oro que enlaza pensamiento, corazón, voluntad, y de dos seres no hace más que uno solo! Te has transfigurado a mis ojos; ya no eres Tilín: eres un ser adornado de esa belleza sublime que emana de las grandes acciones. Una idea sola, un sentimiento, diferencian al monstruo del ángel. ¡Cuán admirables giros hace la obra predilecta de Dios, que es el alma! Has cautivado de improviso mi corazón por la virtud de tu sacrificio. No hablan a mi alma los sentidos: le habla la idea superior. Yo la escucho, y te acojo con afecto y orgullo.

La monja le estrechó en sus brazos. Al hacerlo y al decirle lo último que le dijo, sintió que por sus labios pasaban aquellas mismas ascuas que pasaran antes, y sintió también como una trepidación honda, un sacudimiento, cual si se desquiciaran las esferas celestiales. Tuvo miedo de sí misma, porque en sí misma estaba el origen de aquel desquiciamiento.

—¡La eternidad! —murmuró Tilín besando con delirante ardor las manos de la virgen del Señor—. ¡Qué lejos está eso! ¡Dios mío, qué lejos!

—Toda la existencia terrenal es un soplo —repuso la monja con expresión mística—. El tiempo todo es un segundo. Considera cuán distinta es tu muerte de lo que habría sido dándotela tú mismo con desesperación. Ahora morirás cristianamente, y tu abnegación por salvar a otro hombre, tu generoso y sublime rasgo de caridad, tu espíritu de justicia, te llevarán derecho al cielo... al cielo, donde gozarás de Dios eternamente, y donde las amorosas ansias que en vida han sido tu tormento, serán para ti manantial perdurable de delicias.

—Pero solo...

—Solo no. Pronto verás pasar junto a ti una sombra bella y cariñosa... Seré yo, yo, a quien dejas aquí inundada de gratitud y de admiración. En el cielo hay dulce compañía, y el grato, el inefable arrimo de todas las personas que hemos amado en el mundo. Los lazos tiernos, castos, nobles, que las almas establecieron en el mundo, permanecerán por los siglos de los siglos. Ningún ser que haya amado puede comprender la gloria de otro modo.

—¡Ah!, sí, sí —exclamó Tilín, que, creyente firmísimo en el dogma del cielo y del infierno, aceptaba aquella idea con júbilo y con entusiasmo.

—Desde el instante de tu tránsito —añadió sor Teodora haciendo un esfuerzo— serás feliz; me tendrás por los siglos de los siglos.

Como para anticipar aquella posesión de siglos de siglos, Tilín asía con fuerte mano los brazos de la monja.

—Sí, sí —balbució—: seré feliz contigo.

Sentíase ya ebrio, enloquecido, y su alma se cernía entre el amor y el misticismo. A su turbado entendimiento se presentaba la morada de los justos, como un lugar que, sin dejar de ser divino, tenía algo de humano por albergar parejas felices y tiernos desposorios.

El tiempo volaba. Sor Teodora se apartó de él, y le dijo:

—¿Sostienes lo que has ofrecido?

—Yo no digo las cosas más que una vez.

—¿Insistes en un sacrificio que te hará grande a los ojos de Dios y a los míos?

—Sí —contestó Tilín inundado de amor, que tomaba un tinte de devoción abrasadora.

—Pues yo te bendigo.

La monja extendió sus manos sobre él.

—En vez de decirme «yo te bendigo», dime «yo te amo» —declaró Tilín con el cerebro enteramente trastornado.

—¡Pobre espíritu vacilante! —dijo ella—. ¿No serás capaz de desprenderte de las miserias humanas y elevar tu corazón a aquellas esferas de luz donde reside el amor puro, el amor ideal, aquel amor que no se envilece con los sentidos? Hombre pequeño, que aspiras a ser grande y a ceñir la corona de los mártires, reconoce tu error, no me pidas un amor impropio de mi estado religioso, de mi nobleza, de mi dignidad: pídeme, sí, el que a uno y otro corresponde, aquel dulce fuego del corazón, más vivo cuanto más casto, porque es el verdadero amor de...

A sor Teodora se le atravesó algo en la garganta.

—El verdadero amor de los ángeles —dijo concluyendo la frase.

—¡El amor de los ángeles! —exclamó Tilín cruzando las manos y dejándose caer en una especie de éxtasis.

¡Infeliz alucinado! Como el toro arremete ciego al lienzo rojo, así se abalanzó su espíritu hacia la idea de los celestiales desposorios prometidos.

Sor Teodora miró al cielo.

—Pronto amanecerá.

—Ya llega mi hora —dijo estremeciéndose.

—Para mí viene la aurora de un día triste como todos los días; para ti amanece ya el día infinito, Tilín.

Y haciendo un esfuerzo, el último, el más grande, exclamó con exaltación:

—Hombre generoso, espíritu elevado, estoy llena de admiración por ti. Ya no eres el incendiario de San Salomó: eres el redentor de la inocencia, porque salvas a mi hermano de la pena impuesta por un delito que no ha cometido; eres el realizador de la justicia, porque la haces recaer sobre el verdadero autor de aquel delito, que eres tú, y así quedas lavado, puro, sin mancha.

—¿Es su hermano, su hermano?... —murmuró Tilín cayendo en súbito abatimiento.

Parecía que un relámpago de duda y desconfianza surcaba por su cerebro.

—¿Dudas, amigo, dudas de mí? —dijo Teodora haciendo un esfuerzo mayor aún.

—No —replicó él alzando la cabeza y sacudiéndola como para echar de ella una mala idea—. No he dudado jamás.

La dominica comprendió que era preciso reanimar aquel entusiasmo que parecía enfriarse, y echar leña a la hoguera que oscilaba.

—Pepet —exclamó dando a su voz un tono arrebatador—, te aborrecí sacrílego; pero verdugo de ti mismo por la salvación de mi infeliz hermano, te admiro y te amo.

—Y yo —dijo Pepet con acento de hombre de viva fe—, yo que he sido perverso, que he sido arrastrado al crimen por mi despecho y mis bárbaras pasiones, consiento gozoso en realizar un sacrificio por salvar a otro hombre, y agradar a la persona por quien he vivido y por quien he deseado morir. Ese sacrificio cuadra a mi alma, le viene bien y a medida, como un traje bien cortado. Donde hubo aquella fiebre intensa y aquel sacrilegio, y las ideas de destruir una obra de siglos para sacar de ella lo que reputaba mío; donde aquellos delirios hubo, señora, aquí, en mi alma, no puede haber ya sino esta solución terrible, única que por la grandeza del suplicio corresponde a la fealdad de mis pecados. Y yo puedo decir: «Le devuelvo a su hermano; le doy, después de una gran amargura, la mayor alegría que puede recibirse. Conquisto con un solo hecho la benevolencia de su corazón, y muriendo, gano el inefable bien de vivir en su recuerdo. Conquisto lo que vale más que una posesión pasajera: conquisto su memoria en la tierra, y en el cielo su compañía». Nada más hay que decir, señora. La hora se acerca.

—Aguarda —dijo la de Aransis—. No te muevas de aquí.

Salió precipitadamente sin añadir nada más. Pepet la vio salir y dirigirse por el patio adelante hasta desaparecer por una puerta que en el extremo opuesto había. Esperó un rato entregado a meditaciones, o mejor dicho, a los delirios calenturientos de un idealismo desenfrenado. Su mente arrebatada navegó entre mil ideas, como nave a quien las olas llevan de peñasco en peñasco, y aquí se estrella, allí se hunde, más allá se levanta, y nunca acaba de naufragar ni acaba de salvarse. No supo él cuánto tiempo duró este tormento; pero al fin abriose la puerta dando paso a la dominica.

Sin decirle nada se acercó a él, y poniéndole la mano izquierda en el pecho, elevó al cielo la derecha. Estaba pálida, profundamente desconcertada; temblaban sus labios; sus ojos intranquilos parecían recibir la impresión de imágenes aterradoras. Miró a Pepet, y aunque sus ojos no hablaban más lenguaje que el de un desasosiego difícil de comprender, el infeliz reo vio en aquella mirada discursos más elocuentes y conmovedores que cuantos pronuncian los ángeles en la conciencia del justo cuando acaba de hacer un gran bien; vio y leyó en aquella mirada todo cuanto la religión y el amor pueden idear de más cariñoso y de más sublime. El pobre Pepet perdió en tal instante lo que aún quedaba en su alma de terrenal y de egoísta: era todo espíritu, todo idea, y se perdía en las esferas nebulosas por donde ha corrido sin freno el pensamiento de los soñadores místicos y de los enamorados caballerescos, que vienen a ser una misma casta de personas.

Algo quiso decir; pero había llegado a una situación en que la lengua no sabía nada y los signos vocales no podían ser más que ruidos desapacibles. Se arrodilló, tomó las manos de Teodora para derramar sobre ella besos y lágrimas, hasta que se entreabrió la puerta para dar paso a la voz y a la cara de don Pedro Guimaraens, el cual dijo:

—Es tarde.

Pepet salió mirando hasta el último instante la figura majestuosa, sublime, soberana de sor Teodora de Aransis, que con una mano puesta sobre su corazón y la otra alzada para señalar el cielo, le despedía en el centro de la sala.

XXXI

Al quedarse sola, estuvo un momento la dominica sin poder pensar ni sentir nada. Algo le pasaba semejante a una congelación, digámoslo así, de sus claras facultades, o una como catalepsia moral. De repente vio un espectro que la llenó de mortal espanto. No es justo decir que lo vio, sino que lo sintió dentro de sí levantándose y saliendo majestuosamente de su corazón como de una tumba, para mostrársele por entero en su imponente grandor, pues abrazaba toda la extensión sensible: era su conciencia.

Causole tanto miedo, que corrió velozmente de un lugar a otro de la estancia, huyendo de sí misma. Pero ¿cómo separarse de aquella sombra interior, proyectada por la íntima luz del alma? La sombra la seguía, diciéndole:

—¡Impostora!...

La monja se dejó caer de rodillas y llamó en su auxilio con fuertes voces del alma... ¿A quién? A su razón, para que le diera argumentos, sutilezas, armas cortantes y punzantes contra aquel fantasma. Pero la razón no le dio más que un alfiler.

—No, no —dijo sor Teodora esgrimiendo contra la sombra el arma pueril—; no soy tan culpable como parece. Lo que me ha impulsado a presentar esta farsa horrible no ha sido una liviandad, un capricho del corazón propenso a repentinas simpatías: ha sido lástima, caridad, compasión, amor al prójimo.

—¡Mentira, mentira! —gritó la sombra proyectada por la luz íntima del alma, y que cada vez parecía crecer más.

El alfiler de la razón se torció en las manos de la dominica. Ella quería una espada cortante y bien templada: la razón le ofreció un pedazo de alambre.

—Pues si no ha sido la compasión mi móvil, ha sido otro más grande: la justicia. Ese hombre es inocente de la destrucción de San Salomó. Pues si es inocente y Pepet culpable, ¿qué cosa más santa que inducir al culpable a la muerte para salvar al inocente?

—¡Impostora! A ti no te toca enmendar las injusticias de los hombres. No te entrometas en la obra incógnita de Dios. ¡Justicia! ¿Qué entiendes tú de eso, mujer caprichosa? Has obedecido a un afecto nacido bruscamente en tu pecho.

—No, no —gritó ella con desesperación.

—Voy a decirte la verdad —declaró la sombra—; voy a decírtela, palabra por palabra, letra por letra, clara como el pensamiento divino que mueve mi lengua. Voy a decírtela.

—No, no —exclamó angustiada la dominica, pidiendo otra vez a la razón con furibundo anhelo espadas, flechas, catapultas, arietes y los más tremendos ingenios de guerra.

—Yo no puedo callar. El divino aliento sopla dentro de mí, y sin quererlo yo, habla. Soy la voz de Dios, que no puede mentir. Voy a decirte la verdad.

—Y yo no quiero oírla, no quiero —dijo horrorizada la de Aransis.

—Ese hombre te agrada, te agrada mundanamente —murmuró la sombra, teniendo la consideración de hablar bajo para que cosa tan grave no escandalizara demasiado a la buena madre.

—No, no puede ser. Te parecerá así y no será cierto. Es una alucinación, un error, una perversa ficción producida por el demonio.

—Ese hombre te agrada, te ha inspirado una ilusión cariñosa —repitió la sombra alzando la voz al ver pasado el temor del primer momento—, y tu repentino afecto a un hombre desconocido debe espantarte, y de seguro espantaría al mismo que es objeto de él. Ninguna mujer que vive en el siglo, en comercio constante con los demás seres humanos, podría concebir esa inclinación inesperada y vehemente hacia un desconocido, que se entra como los ladrones en su habitación y con el cual apenas habla media hora. No hay hombre alguno, aunque sea el más hermoso, el más gallardo, el más discreto y el más valiente de todos, que pueda jactarse de un triunfo semejante con tal rapidez alcanzado. Esto, que es absurdo en el mundo libre y activo, deja de serlo en la solitaria estrechura y en el aislamiento holgazán de una celda, de aquel nido donde por espacio de doce años han dormido tus afectos y tus pasiones, tu vanidad de hermosa, tu presunción, tu exuberante pujanza moral, tu ternura de doncella enamorada y tus presentimientos de esposa y de madre. Ese absurdo del siglo es natural y humano en ti, monja indigna, que has vivido doce años en ese sepulcro, ocupándote en profanidades y alimentando sin cesar con tu imaginación las ansias de tu pecho, honradas y nobles fuera de aquella casa.

—No, eso es mentira, conciencia —pensó la atribulada dominica, sintiéndose abandonada por la razón—. Yo me avergonzaría de mí misma si me viera encendida de amores por un hombre que entró en mi celda como un ladrón, y me pidió pan y asilo... No, eso no puede ser, eso es vergonzoso.

—Eso es verdad, monja alucinada. No le amaste cuando le viste; desde hace doce años estás alimentando la idea de él en tu fantasía exaltada por la soledad, por el bienestar material y la holgazanería; hace doce años que le amas, y es el mismo, el mismo. Poco importa que en algún rasgo discreparan sus facciones de las que tú veías con los ojos cerrados; pero es el mismo. Confiesa una cosa, confiésala, mala monja. Cuando aquel hombre se presentó en tu celda; cuando pasado el primer momento de terror, le ofreciste de comer y conversaste con él, te asombrabas interiormente de ver en forma humana al mismo compañero imaginario de las soporíferas soledades de San Salomó. En tu alma se elevaba un estupor angustioso viendo aquella figura real; era él mismo, era el tuyo, aquel que en tu fantasía y en tu corazón no tuvo más rival que el detestable interés por las guerras. Era él, era el mismo cuyas facciones, cuyas miradas y palabras ha estado tejiendo y destejiendo tu aburrida cavilación día tras día, año tras año... En el trabajo de esta tela invisible transcurren lentas y tristes muchas vidas bajo una máscara de mortecina santidad. ¡Ay, pobre de ti! En el siglo hubieras sido una doncella honesta, una esposa amante, una madre ejemplar; enclaustrada sin vocación, has podido perder tu alma en un instante.

Sor Teodora se sintió más abatida. No sabía qué contestar. Con gran espanto vio que al lado de aquella sombra habladora se alzaba otra: era su razón, que después de combatir un instante con ella se había pasado al enemigo. Viéndose tan sola, volviose a la fe, a Dios, y pidió armas a la oración; pero si la razón no le había dado más que alfileres y alambres, aquella no le dio más que unos pedacitos de caña que para nada servían.

Las dos sombras le dijeron:

—No, Dios no te puede perdonar. Has querido engañarle, disfrazando de piedad y de justicia tus criminales afectos de monja soñadora.

—¡Misericordia, Dios mío! —exclamó Teodora, bañado el rostro en frío sudor.

—No la hay para ti, porque has sido impostora.

—He sido impostora por lástima, por piedad...

—Mentira. Has abusado de tu influjo sobre Pepet y del loco amor que te tenía para hacerle morir por otro.

—¡Ha sido justicia! —exclamó Teodora con cierta locura.

—Mentira.

—He sacrificado al culpable, para salvar al inocente.

—Mientes, monja embustera —gritó la sombra proyectada por la luz íntima del alma—. Sacrificaste al feo por salvar al hermoso.

—¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia!

Sacáronla de aquel estado de congoja los ruidos de humanas voces y de tambores que llegaron hasta ella. Había amanecido: la sala se llenaba de claridad.

Olvidada al punto de aquel coloquio y de la reciente disputa que había encrespado las potencias de su alma, corrió a la ventana, diciendo para sí:

—¡Si me habrá engañado Pepet; si me habrá engañado Guimaraens!

Grandísima pena sintió al ver la tropa dispuesta para el fúnebre acto; al ver al espantoso brigadier asomado en el balcón con toda su comitiva; al ver al reo que, con la cabeza descubierta y las manos atadas, hacia Chaperón se volvía, y decía en voz alta su nombre y proclamaba la justicia de su muerte.

Sor Teodora se apartó horrorizada, y al refugiarse en el opuesto extremo de la sala oyó el estrépito de un trueno.

Entonces la sombra volvió a levantarse delante de ella y le dijo:

—¡Impostora!... ¡Homicida!

—¡Ha sido justicia, justicia! —exclamó ella con agonía de moribunda...—. El uno criminal, el otro inocente... ¡Misericordia, Señor!

—¡Caprichosa!... ¡Embustera!

Más tarde, ella no sabía a qué hora, entró el Padre Juanico a traerle un poco de alimento.