Part 9
»Pienso que todo eso que me dices de que estás hecho un ganso es por burlarte de mí. No, niño, eres un gran artista, y tienes en la mollera la divina luz; tú darás que hacer a la fama, y asombrarás al mundo con tu genio maravilloso. Quiero que se diga que Velázquez y Rafael eran unos pintapuertas comparados contigo. Lo tienen que decir. Tú me engañas: echándotelas de patán y de huevero y de _naranjista_, trabajas en silencio, y me preparas la gran sorpresa. ¡No son malos huevos los que tú empollas! Estás preparando con estudios parciales el gran cuadro que era tu ilusión y la mía, el _Embarque de los moriscos expulsados_, para el cual apuntaste ya algunas figuras. Hazlo, por Dios, trabaja en eso. ¡Asunto histórico, profundamente humano y patético! No vaciles, y déjate de gallinas y vulgaridades estúpidas. ¡El arte! ¡La gloria, _señó Juanico_! Es la única rival de quien no tengo celos. Súbete a los cuernos de la luna, pues bien puedes hacerlo. Si hay otros que regarán las hortalizas mejor que tú, ¿por qué no intentas lo que nadie como tú hará? ¿No debe cada cual estar en lo suyo? Pues lo tuyo es eso, el divino arte, en que tan poco te falta para ser maestro. He dicho.»
Lunes.
«¿Te lo digo? No, no te lo digo. Te vas a asustar, creyendo que es más de lo que es. No, permíteme que no te diga nada. Ya estoy viendo los morros que me pones por este sistema mío de apuntar y no hacer fuego, diciendo las cosas con misterio y callándolas sin dejar de decirlas. Pues entérate, aguza el oído y escucha. ¡Ay, ay, ay! ¿No oyes cómo se queja tu _Beatricita_? ¿Crees que se queja de amor, que se arrulla como tus palomas? No, quéjase de dolor físico. ¿Pensarás que estoy tísica pasada, como la _Dama de las camelias_? No, hijo mío. Es que D. Lope me ha pegado su reuma. Hombre, no te asustes; D. Lope no puede pegarme nada, porque... ya sabes... No hay caso. Pero se dan contagios intencionales. Quiero decir que mi tirano se ha vengado de mis desdenes, comunicándome por arte gitanesco o de mal de ojo la endiablada enfermedad que padece. Hace dos días, al levantarme de la cama, sentí un dolor tan agudo, pero tan agudo, hijo... No quiero decirte dónde: ya sabes que una señorita, inglesa por añadidura, _miss Restitute_, no puede nombrar decorosamente, delante de un hombre, otras partes del cuerpo que la cara y las manos. Pero, en fin, grandísimo poca vergüenza, yo tengo confianza contigo, y quiero decírtelo claro: me duele una pierna. ¡Ay, ay, ay! ¿Sabes dónde? Junto a la rodilla, do existe aquel lunar... ¡Vamos, que si esto no es confianza...! ¿No te parece cruel lo que hace Dios conmigo? ¡Que a ese perdulario le cargue de achaques en su vejez, como castigo de una juventud de crímenes contra la moral, muy santo y muy bueno; pero que a mí, jovenzuela que empiezo a pecar, que apenas..., y esto con circunstancias atenuantes, que a mí me aflija, a las primeras de cambio, con tan fiero castigo...! Ello será todo lo justo que se quiera, pero no lo entiendo. Verdad que somos unos papanatas. ¡No faltaba más sino que entendiéramos los designios, etc...! En fin, que los decretos del Altísimo me traen muy apenada. ¿Qué será esto? ¿No se me quitará pronto? Me desespero a ratos, y creo que no es Dios, que no es el Altísimo, sino el _Bajísimo_ quien me ha traído este alifafe. El Demonio es mala persona y quiere vengarse de mí por lo que le hice rabiar. Poco antes de conocerte, mi desesperación anduvo en tratos con él; pero te conocí, y le mandé a freír espárragos. Me salvaste de caer en sus uñas. El maldito juró vengarse, y ya lo ves. ¡Ay, ay, ay! Tu _Restituta_, tu _Curra de Rímini_ está cojita. No creas que es broma: no puedo andar... Me causa terror la idea de que, si estuvieras aquí, no podría yo ir a tu estudio. Aunque sí, iría, vaya si iría, arrastrándome. ¿Y tú me querrás cojitranca? ¿No te burlarás de mí? ¿No perderás la ilusión? Dime que no; dime que esta cojerilla es cosa pasajera. Vente para acá; quiero verte, me mortifica horriblemente esto de haber perdido la memoria de tu carátula. Me paso largos ratos de la noche figurándome cómo eres, sin poder conseguirlo. ¿Y qué hace la niña? Reconstruirte a su manera, crearte con violencias de la imaginación. Ven pronto, y por el camino pídele a Dios, como yo se lo pido, que cuando llegues no cojee ya tu _fenómena_.»
Martes.
«¡Albricias, _señó Juan_, hombre rústico y pedestre, destripaterrones, moro de los dátiles, albricias! Ya no me duele. Hoy no cojeo. ¡Qué alivio, qué alegrón! D. Lope celebra mi mejoría; pero se me figura a mí que en su fuero interno (un foro de muchas esquinas) siente que la esclava no claudique, porque la cojera es como un grillete que la sujeta más a su malditísima persona... Tu carta me ha hecho reír mucho. Eso de no ver en mi enfermedad más que una luxación por los brincos que doy para escalar _de la inmortalidad el alto asiento_, tiene mucha sal. Lo que me aflige es que persistas en ser tan rebrutísimo y en apegarte a esas cominerías ramplonas. ¡Que la vida es corta y hay que gozar de ella! ¡Que el arte y la gloria no valen dos ochavos! No decías eso cuando nos conocimos, grandísimo tuno. ¡Que en vez de brincar, debo sentarme con muchísima pachorra en las losas calentitas de la vida doméstica! ¡Hijo, si no puedo; si cada vez soy menos doméstica! Mientras más lecciones le da Saturna, más torpe es la niña. Si esto es una falta grave, ten lástima de mí.
»¡Qué feliz soy! Primero: me dices tú que vendrás pronto. Segundo: ya no cojeo. Tercero..., no, lo tercero no te lo digo. Vamos, para que no te devanes los sesos, allá va. Anoche estuve muy desvelada, y una idea mariposeaba en torno de mí, hasta que se me metió en la mollera, y allí se quedó; y hecho su nido, ya me tienes con mi plaga de ideítas que me están atormentando, y que te comunicaré incontinenti. Sabrás que ya he resuelto el temido problema. La esfinge de mi destino desplegó los marmóreos labios, y me dijo que para ser libre y honrada, para gozar de independencia y vivir de mí misma, debo ser actriz. Y yo he dicho que sí; lo apruebo, me siento actriz. Hasta ahora dudé de poseer las facultades del arte escénico; pero ya estoy segura de poseerlas. Me lo dicen ellas mismas gritando dentro de mí. ¡Representar los afectos, las pasiones, fingir la vida! ¡Jesús, qué cosa más fácil! ¡Si yo sé sentir, no solo lo que siento, sino lo que sentiría en los varios casos de la vida que puedan ocurrir! Con esto, y buena voz, y una figura que... vamos, no es maleja, tengo todo lo que me basta.
»Ya, ya veo lo que me dices: que me faltará presencia de ánimo para soportar la mirada de un público, que me cortaré... Quítate, hombre, ¡qué he de turbarme yo! No tengo vergüenza, dicho sea en el mejor sentido. Te juro que en este instante me encuentro con alientos para representar los más difíciles dramas de pasión, las más delicadas comedias de gracia y coquetería. ¿Qué? ¿Te burlas? ¿No me crees? Pues a probarlo. Que me saquen a la escena, y verás quién es tu _Restituta_. Nada, hombre, que ya te convencerás, ya te irás convenciendo. ¿A ti qué te parece? Ya me figuro que no te gustará, que tendrás celos del teatro. Eso de que un galán me abrace, eso de que a un actorcillo cualquiera tenga yo que hacerle mimos y decirle mil ternezas, te desagrada, ¿verdad? Ni tiene maldita gracia que veinte mil majaderos se prenden de mí, y me lleven ramos, y se crean autorizados para declararme la mar de pasiones volcánicas. No, no seas tonto. Yo te quiero más que a mi vida. Pero hazme el favor de concederme que el arte escénico es un arte noble, de los pocos que puede cultivar honradamente una mujer. Concédemelo, bruto, y también que esa profesión me dará independencia, y que en ella sabré y podré quererte más, siempre más, sobre todo si te decides a ser grande hombre. Hazme el favor de serlo, niño, y no te vea yo convertido en un terrateniente vulgar y oscuro. No me hables a mí de dulces tinieblas. Quiero luz, más luz, siempre más luz.»
Sábado.
«¡Ay, ay, ay! Mi gozo en un pozo. Estarás en ascuas, sin carta mía desde el martes. ¿Pero no sabes lo que me pasa? Me muero de pena... ¡Coja otra vez, con dolores horribles! He pasado tres días crueles. La mejoría traidora del martes me engañó. El miércoles, después de una noche infernal, amanecí en un grito. D. Lope trajo al médico, un tal Miquis, joven y agradable. ¡Qué vergüenza! No tuve más remedio que enseñarle mi pierna. Vio el lunarcito, ¡ay, ay, ay!, y me dijo no sé qué bromas para hacerme reír. Creo que su pronóstico no es muy tranquilizador, aunque don _Lepe_ asegura lo contrario, sin duda para animarme. Dios mío, ¿cómo voy a ser actriz con esta cojera maldita? No puede ser, no puede ser. Estoy loca: no pienso más que horrores. Y todo ello ¿qué es? Nada; alrededor del lunarcito, una dureza..., y si me toco, veo las estrellas, lo mismo que si ando. Ese Miquis, que parta un rayo, me ha mandado no sé qué ungüentos, y una venda sin fin, que Saturna me arrolla con muchísimo cuidado... ¡Estoy bien, vive Dios! Tienes a tu _Beatrice_ hecha una cataplasma. Debo de estar feísima, ¡y qué facha!... Te escribo en el sillón, del cual no puedo moverme. Saturna mantiene el tintero... ¿Y cómo te veo ahora si vienes? No, no vengas hasta que esto se me quite. Yo le pido a Dios y a la Virgen que me curen pronto. No he sido tan mala que este castigo merezca. ¿Qué crimen he cometido? ¿Quererte? ¡Vaya un crimen! Como tengo esta maldita costumbre de buscar siempre el _perché delle cose_, cavilo que Dios se ha equivocado con respecto a mí. ¡Jesús, qué blasfemia! No, ¡cuando Él lo hace...! Sufriremos; venga paciencia, aunque francamente, esto de no poder ser actriz me vuelve loca y me hace tirar a un lado toda la paciencia que había podido reunir... ¿Pero y si me curo?... Porque esto se curará, y no cojearé, o cojearé tan poquito que lo pueda disimular.
»Vamos, que si ahora no tienes lástima de mí, no sé para cuándo la guardas. Y si ahora no me quieres más, más, más, mereces que el _Bajísimo_ te coja por su cuenta y te saque los ojos. ¡Soy tan desgraciada!... No sé si por la congoja que siento o efecto de la enfermedad, ello es que todas las ideas se me han escapado, como si se echaran a volar. Volverán, ¿no crees tú que volverán? Y me pongo a pensar y digo: pero, Señor, todo lo que leí, todo lo que aprendí en tantos librotes, ¿dónde está? Debe de andar revoloteando en torno de mi cabeza, como revolotean los pajaritos alrededor del árbol antes de acostarse, y ya entrarán, ya entrará todo otra vez. Es que estoy muy triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No, yo no quiero ser coja. Antes...
»Malvina, por distraerme, me propone que la emprendamos con el alemán. La he mandado a paseo. No quiero alemán, no quiero lenguas, no quiero más que salud, aunque sea más tonta que un cerrojo. ¿Me querrás tú cojita? ¡No, si me curaré...! ¡Pues no faltaba más! Si no, sería una injusticia muy grande, una barbaridad de la Providencia, del Altísimo, del... no sé qué decir. Me vuelvo loca. Necesito llorar, pasarme todo el día llorando...; pero estoy rabiosa, y con rabia no puedo llorar. Tengo odio a todo el género humano, menos a ti. Quisiera que ahorcaran a doña Malvina, que fusilaran a Saturna, que a D. Lope le azotaran públicamente, paseándole en un burro, y después le quemaran vivo. Estoy atroz, no sé lo que pienso, no sé lo que digo...»
XX
Al caer de la tarde, en uno de los últimos días de enero, entró en su casa D. Lope Garrido, melancólico y taciturno; como hombre sobre cuyo ánimo pesan gravísimas tristezas y cuidados. En pocos meses, la vejez había ganado en su persona el terreno que supieron defender la presunción y el animoso espíritu de sus años maduros; inclinábase hacia la tierra; su noble semblante tomaba un color terroso y sombrío; las canas iban prosperando en su cabeza, y para completar la estampa del decaimiento, hasta en el vestir se marcaba cierta negligencia, más lastimosa que el _bajón_ de la persona. Y las costumbres no se quedaban atrás en este cambiazo, porque don Lope apenas salía de noche, y el día se lo pasaba casi enteramente en casa. Bien se comprendía el motivo de tanto estrago, porque, habrá que repetirlo, fuera de su absoluta ceguera moral en cosas de amor, el libertino inservible era hombre de buenos sentimientos, y no podía ver padecer a las personas de su intimidad. Cierto que él había deshonrado a Tristana, matándola para la sociedad y el matrimonio, hollando su fresca juventud; pero lo cortés no quitaba lo valiente; la quería con entrañable afecto, y se acongojaba de verla enferma y con pocas esperanzas de pronto remedio. Era cosa larga, ¡ay!, según dijo Miquis en la primera visita, sin asegurar que quedase bien, es decir, libre de cojera.
Entró, pues, D. Lope, y soltando la capa en el recibimiento, se fue derechito al cuarto de su esclava. ¡Cuán desmejorada la pobrecilla con la inacción, con la pena moral y física de su dolorosa enfermedad! Encajada y quieta en un sillón de resortes que su viejo le compró, y que se extendía para dormir, cuando la necesidad de sueño la agobiaba; envuelta en un mantón de cuadros, las manos en cruz y la cabeza al aire, Tristana no era ya ni sombra de sí misma. Su palidez a nada puede compararse; la pasta de papel de que su lindo rostro parecía formado era ya de una diafanidad y de una blancura increíbles; sus labios se habían vuelto morados; la tristeza y el continuo llorar rodeaban sus ojos de un cerco de transparencias opalinas.
--¿Qué tal, mona? --le dijo D. Lope acariciándole la barbilla, y sentándose a su lado--. Mejor, ¿verdad? Me ha dicho Miquis que ahora vas bien, y que el mucho dolor es señal de mejoría. Claro, ya no tienes aquel dolor sordo, profundo, ¿verdad? Ahora te duele, te duele de firme; pero como una desolladura..., eso es. Precisamente es lo que se quiere: que te duela. La hinchazón va cediendo. Ahora... niña (_sacando una cajita de farmacia_), vas a tomar esto. No sabe mal: dos pildoritas cada tres horas. En cuanto al medicamento externo, dice D. Augusto que sigamos con lo mismo. Conque anímate, que dentro de un mes ya podrás brincar y hasta bailar unas malagueñas.
--¡Dentro de un mes! ¡Ay!, yo apuesto a que no. Dices eso por consolarme. Lo agradezco; pero ¡ay!... Ya no brincaré más.
El tono de hondísima tristeza con que lo dijo enterneció a D. Lope, hombre valiente y de mucho corazón para otras cosas; pero que no servía para nada delante de un enfermo. El dolor físico en persona de su intimidad le ponía corazón de niño.
--Ea, no hay que acobardarse. Yo tengo confianza; tenla tú también. ¿Quieres más libros para distraerte? ¿Quieres dibujar? Pide por esa boca. ¿Tráigote comedias para que vayas estudiando tus papeles? (_Tristana hacía signos negativos de cabeza._) Bueno, pues te traeré novelas bonitas, o libros de historia. Ya que has empezado a llenar tu cabeza de sabiduría, no te quedes a la mitad. A mí me da el corazón que has de ser una mujer extraordinaria. ¡Y yo tan bruto que no comprendí desde el principio tus grandes facultades! No me lo perdonaré nunca.
--Todo perdonado --murmuró Tristana con señales de profundo aburrimiento.
--Y ahora, ¿comemos? ¿Tienes ganita? ¿Que no? Pues hija, hay que hacer un esfuerzo. Ya que no otra cosa, el caldo y la copita de Jerez. ¿Te chuparías una patita de gallina? ¿Que no? Pues no insisto... Ahora, si la egregia Saturna quiere darme algún alimento, se lo agradeceré. No tengo muchas ganas; pero me siento desfallecido, y algo hay que echar al cuerpo miserable.
Fuese al comedor, y sin enterarse del contenido de los platos, pues sus pensamientos le abstraían completamente de todo lo externo, despachó sopa, un poco de carne y algo más. Con el último bocado entre los dientes volvió al lado de Tristana.
--¿Qué tal?..., ¿has tomado el caldito? Bien, me gusta que no hagas ascos a la comida. Ahora te daré tertulia hasta que te entre sueño. No salgo, por acompañarte... No, no te lo digo para que me lo agradezcas. Ya sé que en otros tiempos debí hacerlo y no lo hice. Es tarde, es tarde ya, y estos mimos resultan algo trasnochados. Pero no hablemos de eso; no me abochornes... Si te incomodo, me lo dices; si gustas de estar sola, me voy a mi cuarto.
--No, no. Estate aquí. Cuando me quedo sola pienso cosas malas.
--¿Cosas malas, vida mía? No desbarres. Tú no te has hecho cargo de lo mucho bueno y grande que te reserva tu destino. Un poquillo tarde he comprendido tu mérito; pero lo comprendo al fin. Reconozco que no soy digno ni del honor de darte mis consejos; pero te los doy, y tú los tomas o los dejas, según te acomode.
No era la primera vez que D. Lope le hablaba en este tono; y la señorita de Reluz, dicha sea la verdad, le oía gozosa, porque el marrullero galán sabía herirla en lo más sensible de su ser, adulando sus gustos y estimulando su soñadora fantasía. Hay que advertir, además, que algunos días antes de la escena que se refiere, el tirano dio a su víctima pruebas de increíble tolerancia. Escribía ella sus cartas sin moverse del sillón, sobre una tabla que para el caso le había preparado convenientemente Saturna. Una mañana, hallándose la joven en lo más recio de su ocupación epistolar, entró inesperadamente don Lope, y como la viese esconder con precipitación papel y tintero, díjole con bondad risueña:
--No, no, mocosa, no te prives de escribir tus cartitas. Me voy para no estorbarte.
Pasmada oyó Tristana las gallardas expresiones que desmentían en un punto el carácter receloso y egoísta del viejo galán, y continuó escribiendo tan tranquila. En tanto, D. _Lepe_, metido en su cuarto, y a solas con su conciencia, se despachó a su gusto consigo mismo en esta forma: «No, no puedo hacerla más desgraciada de lo que es... ¡Me da mucha pena, pero mucha pena..., pobrecilla...! Que en esta última temporada, hallándose sola, aburrida, encontrara por ahí a un mequetrefe y que este me la trastornara con cuatro palabras amorosas... Vamos..., pase... No quiero hacer a ese danzante el honor de preocuparme de él... Bueno, bueno; que se aman, que se han hecho mil promesas estúpidas... Los jóvenes de hoy no saben enamorar; pero fácilmente le llenan la cabeza de viento a muchacha tan soñadora y exaltada como esta. De fijo que le ha ofrecido casarse, y ella se lo cree... Bien claro está que van y vienen cartitas... ¡Dios mío, las tonterías que se dirán...! Como si las leyera. Y matrimonio por arriba, matrimonio por abajo, el estribillo de siempre. Tanta imbecilidad me movería a risa, si no se tratara de esta niña hechicera, mi último trofeo, y como el último, el más caro a mi corazón. ¡Vive Dios, que si estúpidamente me la dejé quitar, ha de volver a mí; no para nada malo, bien lo sabe Dios, pues ya estoy mandado recoger, sino para tener el gusto de arrancársela al chisgarabís, quien quiera que sea, que me la birló, y probar que cuando el gran D. Lope se atufa, nadie puede con él! La querré como hija, la defenderé contra todos, contra las formas y especies varias de amor, ya sea con matrimonio, ya sin él... Y ahora, ¡por vida de...!, ahora me da la gana de ser su padre, y de guardarla para mí solo, para mí solo, pues aún pienso vivir muchos años, y si no me cuadra retenerla como mujer, la retendré como hija querida; pero que nadie la toque, ¡vive Dios!, nadie la mire siquiera.»
El profundo egoísmo que estas ideas entrañaban fue expresado por el viejo galán con un resoplido de león, accidente muy suyo en los casos críticos de su vida. Fuese luego junto a Tristana, y con mansedumbre que parecía surgir de su ánimo sin ningún esfuerzo, le acarició las mejillas diciéndole:
--Pobre alma mía, cálmate. Ha llegado la hora de la suprema indulgencia. Necesitas un padre amoroso y lo tendrás en mí... Sé que has claudicado moralmente, antes de cojear con tu piernecita... No, no te apures, no te riño... Mía es la culpa; sí, a mí, solo a mí, debo echarme los tiempos por ese devaneo tuyo, resultado de mi abandono, del olvido... Eres joven, bonita. ¿Qué extraño es que cuantos monigotes te ven en la calle te galanteen? ¿Qué extraño que entre tantos haya saltado uno, menos malo que los demás, y que te haya caído en gracia..., y que creas en sus promesas tontas, y te lances con él a proyectillos de felicidad, que pronto se te vuelven humo...? Ea, no hablemos más de eso. Te lo perdono... Absolución total. Ya ves... quiero ser tu padre, y empiezo por...
Trémula, recelosa de que tales expresiones fueran astuto ardid para reducirla a confesar su secreto, y sintiendo más que nunca el misterioso despotismo que D. Lope ejercía sobre ella, la cautiva negó, balbuciendo excusas; pero el tirano, con increíble condescendencia, redobló sus ternuras y mimos paternales en estos términos:
--Es inútil que niegues lo que declara tu turbación. No sé nada, y lo sé todo. Ignoro y adivino. El corazón de la mujer no tiene secretos para mí. He visto mucho mundo. Ni te pregunto quién es el caballerito, ni me importa saberlo. Conozco la historia, que es de las más viejas, de las más adocenadas y vulgares del humano repertorio. El tal te habrá vuelto tarumba con esa ilusión cursi del matrimonio, buena para horteras y gente menuda. Te habrá hablado del altarito, de las bendiciones, y de la vida chabacana y oscura, con sopa boba, criaturitas, ovillito de algodón, brasero, camilla y demás imbecilidades. Y si tú te tragas semejante anzuelo, haz cuenta que te pierdes, que echas a rodar tu porvenir y le das una bofetada a tu destino...
--¡Mi destino! --exclamó Tristana, reanimándose; y sus ojos se llenaron de luz.
--Tu destino, sí. Has nacido para algo muy grande, que no podemos precisar aún. El matrimonio te zambulliría en la vulgaridad. Tú no puedes ni debes ser de nadie, sino de ti misma. Esa idea tuya de la honradez libre, consagrada a una profesión noble; esa idea que yo no supe apreciar antes y que al fin me ha conquistado, demuestra la profunda lógica de tu vocación, de tu ambición diré, si quieres. Ambicionas porque vales. Si tu voluntad se dilata, es porque tu entendimiento no cabe en ti.... ¡Si esto no tiene vuelta de hoja, niña querida! (_Adoptando el tonillo zumbón._) ¡Vaya que a una mujer de tu temple salirle con la monserga de las tijeras y el dedalito, de la echadura de huevos, del amor de la lumbre, y del contigo pan y cebolla! Mucho cuidado, hija mía, mucho cuidado con esas seducciones para costureras y señoritas de medio pelo.... Porque te pondrás buena de la pierna, y serás una actriz tan extraordinaria, que no haya otra en el mundo. Y si no te cuadra ser comedianta, serás otra cosa, lo que quieras, lo que se te antoje... Yo no lo sé... tú misma lo ignoras aún; no sabemos más sino que tienes alas. ¿Hacia dónde volarás? ¡Ah!... si lo supiéramos, penetraríamos los misterios del destino, y eso no puede ser.
XXI
«¡Ay, Dios mío --decía Tristana para sí, cruzando las manos y mirando fijamente a su viejo--, cuánto sabe este maldito! Él es un pillastre redomado, sin conciencia; pero como saber... ¡vaya si sabe...!»
--¿Estás conforme con lo que te digo, pichona? --le preguntó D. _Lepe_, besando sus manos, sin disimular la alegría que le causaba el sentimiento íntimo de su victoria.
--Te diré... sí... Yo creo que no sirvo para lo doméstico; vamos, que no puedo entender... Pero no sé, no sé si las cosas que sueño se realizarán...
--¡Ay, yo lo veo tan claro como esta es luz! --replicó Garrido, con el acento de honrada convicción que sabía tomar en sus fórmulas de perjurio--. Créeme a mí... Un padre no engaña, y yo, arrepentido del daño que te hice, quiero ser padre para ti, y nada más que padre.
Siguieron hablando de lo mismo, y D. Lope, con suma habilidad estratégica, evolucionó para ganarle al enemigo sus posiciones, y allí fue el ridiculizar la vida boba, la unión eterna con un ser vulgar y las prosas de la intimidad matrimoñesca.