Part 8
«... Ni en broma me digas que puede mi _señó Juan_ dejar de quererme. No conoces tú bien a tu _Panchita de Rímini_, que no se asusta de la muerte, y se siente con valor para _suicidarse a sí misma_ con la mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe un vaso de agua. ¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! ¡Enterarse de todo lo que hay por allá!, y verle la cara al _pusuntra_!... ¡Curarse radicalmente de aquella dudita fastidiosa de _ser o no ser_, como dijo _Chispecrís_...! En fin, que no me vuelvas a decir eso de quererme un poquito menos, porque mira tú..., ¡si vieras qué bonita colección de revólveres tiene mi D. _Lepe_! Y te advierto que lo sé manejar, y que si me atufo, ¡pim!, me voy a dormir la siesta con el Espíritu Santo...»
¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche correo, ni se disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito en que estaban escritos.
XVII
Tan voluble y extremosa era en sus impresiones la señorita de Reluz, que fácilmente pasaba del júbilo desenfrenado y epiléptico a una desesperación lúgubre. He aquí la muestra:
«_Caro bene, mio diletto_, ¿es verdad que me quieres tanto y que en tanto me estimas? Pues a mí me da por dudar que sea verdad tanta belleza. Dime: ¿existes tú o no eres más que un fantasma vano, obra de la fiebre, de esta ilusión de lo hermoso y de lo grande que me trastorna? Hazme el favor de echar para acá una carta _fuera de abono_ o un telegrama que diga: _Existo. Firmado, señó Juan_... Soy tan feliz, que a veces paréceme que vivo suspendida en el aire, que mis pies no tocan la tierra, que huelo la eternidad y respiro el airecillo que sopla más allá del sol. No duermo. ¡Ni qué falta me hace dormir!... Más quiero pasarme toda la noche pensando que te gusto y contando los minutos que faltan para ver tu jeta preciosa. No son tan felices como yo los justos que están en éxtasis a la _verita_ de la Santísima Trinidad; no lo son, no pueden serlo... Solo un recelo chiquito y fastidioso, como el grano de tierra que en un ojo se nos mete y nos hace sufrir tanto, me estorba para la felicidad absoluta. Y es la sospecha de que todavía no me quieres bastante, que no has llegado al supremo límite del querer, ¿qué digo límite, si no lo hay?, al principio del último cielo, pues yo no puedo hartarme de pedir más, más, siempre más; y no quiero, no quiero sino cosas infinitas, entérate..., todo infinito, infinitísimo, o nada... ¿Cuántos abrazos crees que te voy a dar cuando llegues? Ve contando. Pues tantos como segundos tarde una hormiga en dar la vuelta al globo terráqueo. No; más, mucho más. Tantos como segundos tarde la hormiga en partir en dos, con sus patas, la esferita terrestre, dándole vueltas siempre por una misma línea... Conque saca esa cuenta, tonto.»
Y otro día:
«No sé lo que me pasa, no vivo en mí, no puedo vivir de ansiedad, de temor. Desde ayer no hago más que imaginar desgracias, suponer cosas tristes: o que tú te mueres, y viene a contármelo D. Lope con cara de regocijo, o que me muero yo y me meten en aquella caja horrible, y me echan tierra encima. No, no; no quiero morirme, no me da la gana. No deseo saber lo de allá, no me interesa. Que me resuciten, que me vuelvan mi vidita querida. Me espanta mi propia calavera. Que me devuelvan mi carne fresca y bonita, con todos los besos que tú me has dado en ella. No quiero ser solo huesos fríos y después polvo. No, esto es un engaño. Ni me gusta que mi espíritu ande pidiendo hospitalidad de estrella en estrella, ni que San Pedro, calvo y con cara de malas pulgas, me dé con la puerta en los hocicos... Pues aunque supiera que había de entrar allí, no me hablen de muerte; venga mi vidita mortal y la tierra en que padecí y gocé, en que está mi pícaro _señó Juan_. No quiero yo alas ni alones, ni andar entre ángeles sosos que tocan el arpa. Déjenme a mí de arpas y acordeones, y de fulgores celestes. Venga vida mortal, y salud y amor, y todo lo que deseo.
»El problema de mi vida me anonada más cuanto más pienso en él. Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma. El desaliento me abruma. ¿Será verdad, Dios mío, que pretendo un imposible? Quiero tener una profesión, y no sirvo para nada, ni sé nada de cosa alguna. Esto es horrendo.
»Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. No quiero ser su manceba, tipo innoble, la hembra que mantienen algunos individuos para que les divierta, como un perro de caza; ni tampoco que el hombre de mis ilusiones se me convierta en marido. No veo la felicidad en el matrimonio. Quiero, para expresarlo a mi manera, estar casada conmigo misma, y ser mi propia cabeza de familia. No sabré amar por obligación; solo en la libertad comprendo mi fe constante y mi adhesión sin límites. Protesto, me da la gana de protestar contra los hombres, que se han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado a nosotras más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben andar...
«Estoy cargante, ¿verdad? No hagas caso de mí. ¡Qué locuras!, no sé lo que pienso, ni lo que escribo; mi cabeza es un nidal de disparates. ¡Pobre de mí! Compadéceme; hazme burla... Manda que me pongan la camisa de fuerza, y que me encierren en una jaula. Hoy no puedo escribirte ninguna broma, no está la masa para rosquillas. No sé más que llorar, y este papel te lleva un _botiquín_ de lágrimas. Dime tú, ¿por qué he nacido?, ¿por qué no me quedé allá, en el regazo de la señora nada, tan hermosa, tan tranquila, tan dormilona, tan...?, no sé acabar.»
En tanto que estas ráfagas tempestuosas cruzaban el largo espacio entre la villa mediterránea y Madrid, en el espíritu de Horacio se iniciaba una crisis, obra de la inexorable ley de adaptación, que hubo de encontrar adecuadas condiciones locales para cumplirse. La suavidad del clima le embelesaba, y los encantos del paisaje se abrieron paso al fin, si así puede decirse, por entre las brumas que envolvían su alma. El Arte se confabuló con la Naturaleza para conquistarle, y habiendo pintado un día, después de mil tentativas infructuosas, una marina soberbia, quedó para siempre prendado del mar azul, de las playas luminosas y del risueño contorno de tierra. Los términos próximos y lejanos, el pintoresco anfiteatro de la villa, los almendros, los tipos de labradores y mareantes le inspiraban deseos vivísimos de transportarlo todo al lienzo; entrole la fiebre del trabajo, y por fin, el tiempo, antes tan estirado y enojoso, hízosele breve y fugaz; de tal modo que, al mes de residir en Villajoyosa, las tardes se comían las mañanas, y las noches se merendaban las tardes, sin que el artista se acordara de merendar ni de comer.
Fuera de esto, empezó a sentir las querencias del propietario, esas atracciones vagas que sujetan al suelo la planta, y el espíritu a las pequeñeces domésticas. Suya era la hermosa casa en que vivía con doña Trini: un mes tardó en hacerse cargo de su comodidad y de su encantadora situación. La huerta poblada de añosos frutales, algunos de especies rarísimas, todos en buena conservación, suya era también, y el fresal espeso, la esparraguera y los plantíos de lozanas hortalizas; suya la acequia que atravesaba caudalosa la huerta y terrenos colindantes. No lejos de la casa, podía mirar asimismo con ojos de propietario un grupo de palmeras gallardas, de bíblica hermosura, y un olivar de austero color, con ejemplares viejos, retorcidos y verrugosos como los de Getsemaní. Cuando no pintaba, echábase a pasear de largo, en compañía de gentes sencillas del pueblo, y sus ojos no se cansaban de contemplar la extensión cerúlea, el siempre admirable _botiquín_, que a cada instante cambiaba de tono, como inmenso ser vivo, dotado de infinita impresionabilidad. Las velas latinas que lo moteaban, blancas a veces, a veces resplandecientes como tejuelos de oro bruñido, añadían toques picantes a la majestad del grandioso elemento, que algunas tardes parecía lechoso y dormilón, otras rizado y transparente, dejando ver, en sus márgenes quietas, cristalinos bancos de esmeralda.
Lo que observaba Horacio, dicho se está que al punto era comunicado a Tristana.
Del mismo a la misma:
«¡Ay, niña mía, no sabes cuán hermoso es esto! Pero ¿cómo has de comprenderlo tú, si yo mismo he vivido hasta hace poco ciego a tanta belleza y poesía? Admiro y amo este rincón del planeta, pensando que algún día hemos de amarlo y admirarlo juntos. ¡Pero si estás conmigo aquí, si en mí te llevo, y no dudo que tus ojos ven dentro de los míos lo que los míos ven...! ¡Ay, _Restitutilla_, cuánto te gustaría mi casa, _nuestra_ casa, si en ella te vieras! No me satisface, no, tenerte aquí en espíritu. ¡En espíritu! Retóricas, hija, que llenan los labios y dejan vacío el corazón. Ven, y verás. Resuélvete a dejar a ese viejo absurdo, y casémonos ante este altar incomparable, o ante cualquier otro altarito que el mundo nos designe, y que aceptaremos para estar bien con él... ¿No sabes? Me he franqueado con mi ilustre tía. Imposible guardar más tiempo el secreto. Pásmate, chiquilla; no puso mala cara. Pero aunque la pusiera..., ¿y qué? Le he dicho que te tengo ley, que no puedo vivir sin ti, y ha soltado la risa. ¡Vaya, que tomar a broma una cosa tan seria! Pero más vale así... Dime que te alegra lo que te cuento hoy, y que al leerme te entran ganas de echar a correr para acá. Dime que has hecho el hatillo, y me lanzo a buscarte. No sé lo que pensará mi tía de una resolución tan _súpita_. Que piense lo que quiera. Dime que te gustará esta vida oscura y deliciosa; que amarás esta paz campestre; que aquí te curarás de las locas efervescencias que turban tu espíritu, y que anhelas ser una feliz y robusta villana, ricachona en medio de la sencillez y la abundancia, teniendo por maridillo al más chiflado de los artistas, al más espiritual habitante de esta tierra de luz, fecundidad y poesía.
»_Nota bene._ Tengo un palomar que da la hora, con treinta o más pares. Me levanto al alba, y mi primera ocupación es abrirles la puerta. Salen mis amiguitas adoradas, y para saludar al nuevo día, dan unas cuantas vueltas por el aire, trazando espirales graciosas; después vienen a comer a mi mano, o en derredor de mí, hablándome con sus arrullos un lenguaje que siento no poder transmitirte. Convendría que tú lo oyeras y te enteraras por ti misma.»
XVIII
De Tristana a Horacio:
«¡Qué entusiasmadito y qué tonto está el _señó Juan_! ¡Y cómo con las glorias de ese terruño se le van las memorias de este páramo en que yo vivo! Hasta te olvidas de nuestro vocabulario, y ya no soy la _Frasquita de Rímini_. Bueno, bueno. Bien quisiera entusiasmarme con tu _rustiquidad_ (ya sabes que yo invento palabras), _que del oro y del cetro pone olvido_. Hago lo que me mandas, y te obedezco... hasta donde pueda. _Bello país debe ser..._ ¡Yo de villana criando gallinitas, poniéndome cada día más gorda, hecha un animal, y con un dije que llaman _maridillo_ colgado de la punta de la nariz! ¡Qué guapota estaré, y tú qué salado, con tus tomates tempranos y tus naranjas tardías, saliendo a coger langostinos, y pintando burros con zaragüelles, o personas racionales con albarda..., digo, al revés. Oigo desde aquí las palomitas, y entiendo sus arrullos. Pregúntales por qué tengo yo esta ambición loca que no me deja vivir; por qué aspiro a lo imposible, y aspiraré siempre, hasta que el imposible mismo se me plante enfrente y me diga: «¿Pero no me ve usted, so...?» Pregúntales por qué sueño despierta con mi propio ser transportado a otro mundo, en el cual me veo libre y honrada, queriéndote más que a las señoritas de mis ojos, y... Basta, basta, _per pietá_. Estoy borracha hoy. Me he bebido tus cartas de los días anteriores, y las encuentro horriblemente cargadas de _amílico_. ¡Mixtificador!
»Noticia fresca. D. Lope, el gran D. Lope, _ante quien muda se postró la tierra_, anda malucho. El reuma se está encargando de vengar al sin número de maridillos que burló, y a las vírgenes honestas o esposas frágiles que inmoló en el ara nefanda de su liviandad. ¡Vaya una figurilla...! Pues esto no quita que yo le tenga lástima al pobre D. Juan caído, porque fuera de su poquísima vergüenza en el ramo de mujeres, es bueno y caballeroso. Ahora que renquea y no sirve para nada, ha dado en la flor de entenderme, de estimar en algo este afán mío de aprender una profesión. ¡Pobre D. _Lepe_! Antes se reía de mí; ahora me aplaude, y se arranca los pelos que le quedan, rabioso por no haber comprendido antes lo razonable de mi anhelo.
»Pues verás: haciendo un gran sacrificio, me ha puesto profesor de inglés, digo, profesora, aunque más bien la creerías del género masculino o del neutro, una señora alta, huesuda, andariega, con feísima cara de rosas y leche, y un sombrero que parece una jaula de pájaros. Llámase doña Malvina, y estuvo en la capilla evangélica, ejerciendo de _sacerdota protestanta_, hasta que le cortaron los víveres, y se dedicó a dar lecciones... Pues espérate ahora y sabrás lo más gordo: dice mi maestra que tengo unas disposiciones terribles, y se pasma de ver que apenas me ha enseñado las cosas, ya yo me las sé. Asegura que en seis meses sabré tanto inglés como _Chaskaperas_, o el propio _Lord Mascaole_. Y al paso que me enseña inglés, me hace recordar el franchute, y luego le meteremos el diente al alemán. _Give me a kiss_, pedazo de bruto. Parece mentira que seas tan _iznorante_, que no entiendas esto.
»Bonito es el inglés, casi tan bonito como tú, que eres una fresca rosa de mayo..., si las rosas de mayo fueran negras como mis zapatos. Pues digo que estoy metida en unos afanes espantosos. Estudio a todas horas, y devoro los temas. Perdona mi inmodestia; pero no puedo contenerme: soy un prodigio. Me admiro de encontrarme que sé las cosas, cuando intento saberlas. Y a propósito, _señó Juan_ naranjero y con zaragüelles, sácame de esta duda: «_¿Has comprado la pluma de acero del hijo de la jardinera de tu vecino?_» Tonto, no; lo que has comprado es _la palmatoria de marfil de la suegra del..._ sultán de Marruecos.
»Te muerdo una oreja. Expresiones a las palomitas. _To be or nor to be..._ _All the world a stage._»
De _señó Juan_ a _señá Restituta_:
«Cielín mío, miquina, no te hagas tan sabia. Me asustas. De mí sé decirte que en esta _rustiquidad_ (admitida la nueva palabra) casi me dan ganas de olvidar lo poquito que sé. ¡Viva la Naturaleza! ¡Abajo la ciencia! ¡Quisiera acompañarte en tu aborrecimiento de la vida oscura; _ma non posso_. Mis naranjos están cargados de azahares, para que lo sepas, ¡rabia, rabiña!, y de frutas de oro. Da gozo verlos. Tengo unas gallinas que cada vez que ponen huevo, preguntan al cielo, cacareando, qué razón hay para que no vengas tú a comértelos. Son tan grandes que parecen tener dentro un elefantito. Las palomas dicen que no quieren nada con ingleses, ni aun con los que son émulos del gran _Sáspirr_. Por lo demás, comprenden y practican la libertad honrada, o la honradez libre. Se me olvidó decirte que tengo tres cabras con cada ubre como el bombo grande de la lotería. No me compares esta leche con la que venden en la cabrería de tu casa, con aquellos _lácteos virgíneos candores_ que tanto asco nos daban. Las cabritas te esperan, inglesilla de tres al cuarto, para ofrecerte sus _senos turgentes_. Dime otra cosa..., ¿has comido turrón estas Navidades? Yo tengo aquí almendra y avellana bastantes para empacharte a ti y a toda tu casta. Ven, y te enseñaré cómo se hace lo de Jijona, lo de Alicante, y el sabrosísimo de yema, menos dulce que tu alma gitana. ¿Te gusta a ti el cabrito asado? Dígolo porque si probaras lo de mi tierra, te chuparías el dedo; no, el _deíto_ ese de San Juan te lo chuparía yo. Ya ves que me acuerdo del vocabulario. Hoy está revuelto el _botiquín_, porque el Poniente le hace muchas cosquillas, poniéndole nervioso...
»Si no te enfadas, ni me llamas prosaico, te diré que como por siete. Me gustan extraordinariamente las sopas de ajo tostaditas, el bacalao y el arroz _en sus múltiples aspectos_, los pavipollos y los salmonetes con piñones. Bebo sin tasa del riquísimo _licor de Engadi_, digo, de Aspe, y me estoy poniendo gordo, y guapo inclusive, para que te enamores de mí cuando me veas, y te _extasíes_ delante de mis encantos o _appas_, como dicen los franceses, y nosotros. ¡Ay, qué _appases_ los míos! ¿Pues y tú? Haz el favor de no encanijarte con tanto estudio. Temo que la _señá_ Malvina te contagie de su fealdad seca y hombruna. No te me vuelvas muy filósofa, no te encarames a las estrellas, porque a mí me están pesando mucho las carnazas, y no puedo subir a cogerte, como cogería un limón de mis limoneros... ¿Pero no te da envidia de mi manera de vivir? ¿A qué esperas? Si no la _jazemos_ ahora, ¿cuándo, _per Baco_? Vente, vente. Ya estoy arreglando tu habitación, que será _manífica_, digno estuche de tal joya. Dime que sí, y parto, parto... (no el de los montes) quiero decir que corro a traerte. _¡Oh, donna di virtú!_ Aunque te vuelvas más marisabidilla que Minerva, y me hables en griego para mayor claridad; aunque te sepas de memoria las Falsas Decretales y la Tabla de logaritmos, te adoraré con toda la fuerza de mi supina barbarie.»
De la señorita de Reluz:
«¡Qué pena, qué ansiedad, qué miedo! No pienso más que cosas malas. No hago más que bendecir este fuerte constipado que me sirve de pretexto para poder limpiarme los ojos a cada instante. El llanto me consuela. Si me preguntas por qué lloro, no sabré responderte. ¡Ah! sí, sí, ya sé: lloro porque no te veo, porque no sé cuándo te veré. Esta ausencia me mata. Tengo celos del mar azul, los barquitos, las naranjas, las palomas, y pienso que todas esas cosas tan bonitas serán Galeotos de la infidelidad de mi _señó Juan_... Donde hay tanto bueno, ¿no ha de haber también buenas mozas? Porque con todo mi _marisabidillismo_ (ve apuntando las palabras que invento), yo me mato si tú me abandonas. Eres responsable de la tragedia que puede ocurrir, y...
»Acabo de recibir tu carta. ¡Cuánto me consuela! Me he reído de veras. Ya se me pararon los _esplines_; ya no lloro; ya soy feliz, tan feliz que no _sabo_ expresarlo. Pero no me engatusas, no, con tus limoneros y tus acequias de _undosa corriente_. Yo libre y honrada, te acepto así, aldeanote y criador de pollos. Tú como eres, yo como _ero_. Eso de que dos que se aman han de volverse iguales, y han de pensar lo mismo, no me cabe a mí en la cabeza. ¡El uno para el otro! ¡Dos en uno! ¡Qué bobadas inventa el egoísmo! ¿A qué esa confusión de los caracteres? Sea cada cual como Dios le ha hecho, y siendo distintos, se amarán más. Déjame suelta, no me amarres, no borres mi... ¿lo digo? Estas palabras tan sabias se me atragantan; pero en fin, la soltaré... mi _doisingracia_.
»A propósito. Mi maestra dice que pronto sabré más que ella. La pronunciación es el caballo de batalla; pero ya me soltaré, no te apures, que esta lengüecita mía hace todo lo que quiero. Y ahora, allá van los golpes de incensario que me echo a mí misma. ¡Qué modesta es la nena! Pues señor, sabrás que domino la Gramática, que me bebo el Diccionario, que mi memoria es prodigiosa, lo mismo que mi entendimiento (no, si no lo digo yo; lo dice _la señá_ Malvina.) Esta no se anda en bromas, y sostiene que conmigo hay que empezar por el fin. De manos a boca nos hemos _ponido_ a leer a _Don Guillermo_, al inmenso poeta, _el que más ha creado después de Dios_, como dijo Séneca..., no, no, Alejandro Dumas. Doña Malvina se sabe de memoria el Glosario, y conoce al dedillo el texto de todos los dramas y comedias. Me dio a escoger, y elegí el _Macbeth_, porque aquella señora de Macbeth me ha sido siempre muy simpática. Es mi amiga... En fin, que le metimos el diente a la tragedia. Las brujitas me han _dicido_ que seré reina... y yo me lo creo. Pero en fin, ello es que estamos traduciendo. ¡Ay, hijo, aquella exclamación de _la señá_ Macbeth, cuando grita al cielo con toda su alma _unsex me here_, me hace estremecer, y despierta no sé qué terribles emociones en lo más profundo de mi naturaleza! Como no perteneces a las _clases ilustradas_, no entenderás lo que aquello quiere decir, ni yo te lo explico, porque sería como echar margaritas a... No, eres mi cielo, mi infierno, mi polo _maznético_, y hacia ti marca siempre tu brújula, tu chacha querida, tu... _Lady Restitute_.»
Jueves 14.
«¡Ay! no te había dicho nada. El gran D. Lope, _terror de las familias_, está conmigo como un merengue. El reuma sigue mortificándole, pero siempre tiene para mí palabras de cariño y dulzura. Ahora le da por llamarme su hija, por recrear su espíritu (así lo dice) llamándose mi papá, y por figurarse que lo es. _E se non piangi, ¿de che pianger suoli?_ Se arrepiente de no haberme comprendido, de no haber cultivado mi inteligencia. Maldice su abandono... Pero aún es tiempo; aún podremos ganar el terreno perdido. Porque yo tenga una profesión que me permita ser honradamente libre, venderá él la camisa, si necesario fuese. Ha empezado por traerme un carro de libros, pues en casa jamás los hubo. Son de la biblioteca de su amigo el marqués de Cícero. Excuso decirte que he caído sobre ellos como lobo hambriento, y a este quiero, a este no quiero, heme dado unos atracones que ya, ya... ¡Dios mío, cuánto _sabo_! En ocho días he tragado más páginas que lentejas dan por mil duros. Si vieras mi cerebrito por dentro, te asustarías. Allí andan las ideas a bofetada limpia unas con otras... Me sobran muchas, y no sé con _cuálas_ quedarme... Y lo mismo le hinco el diente a un tomo de historia que a un tratado de filosofía. ¿A que no sabes tú lo que son las mónadas del señor de Leibnitz? Tonto, ¿crees que digo _monadas_? Para monadas las tuyas, dirás, y con razón. Pues si tropiezo con un libro de medicina, no creas que le hago _fu_. Yo con todo apenco. Quiero saber, saber, saber. Por cierto que... No, no te lo digo. Otro día será. Es muy tarde: he velado por escribirte; la _pálida antorcha_ se extingue, bien mío. Oigo el canto del gallo, _nuncio_ del nuevo día, y ya el plácido beleño por mis venas se derrama... Vamos, palurdo, confiesa que te ha hecho gracia lo del beleño... En fin, que estoy rendida, y me voy al almo lecho... sí, señor, no me vuelvo atrás: almo, almo.»
XIX
De la misma al mismo:
«Monigote, ¿en qué consiste que cuanto más sé, y sé ya mucho, más te idolatro?... Ahora que estoy malita y triste, pienso más en ti... Curiosón, todo lo quieres saber. Lo que tengo no es nada, nada; pero me molesta. No hablemos de eso... Hay en mi cabeza un barullo tal, que no sé si esto es cabeza o el manicomio donde están encerrados los grillos que han perdido la razón grillesca... ¡Un aturdimiento, un pensar y pensar siempre cosas mil, millones más bien, de cosas bonitas y feas, grandes y chicas! Lo más raro de cuanto me pasa es que se me ha borrado tu imagen: no veo claro tu lindo rostro; lo veo así como envuelto en una niebla, y no puedo precisar las facciones, ni hacerme cargo de la expresión, de la mirada. ¡Qué rabia!... A veces me parece que la neblina se despeja... abro mucho los ojitos de la imaginación, y me digo: «Ahora, ahora le voy a ver.» Pero resulta que veo menos, que te oscureces más, que te borras completamente, y abur mi _señó Juan_. Te me vuelves espíritu puro, un ser intangible, un... no sé cómo decirlo. Cuando considero la pobreza de palabras, me dan ganas de inventar muchas, a fin de que todo pueda decirse. ¿Serás tú _mi-mito_?