Part 7
Bonito, realmente bonito a no poder más era el presente, y Horacio se extasiaba en él, como si transportado se viera a un rincón de la eterna gloria. Mas era hombre de carácter grave, educado en la soledad meditabunda, y por costumbre medía y pesaba todas las cosas, previendo el desarrollo posible de los sucesos. No era de estos que fácilmente se embriagan con las alegrías, sin ver el reverso de ellas. Su claro entendimiento le permitía analizarse con observación segura, examinando bien su ser inmutable al través de los delirios o tempestades que en él se iban sucediendo. Lo primero que encontró en aquel análisis fue la seducción irresistible que la damita japonesa sobre él ejercía, fenómeno que en él era como una dulce enfermedad, de que no quería en ningún modo curarse. Consideraba imposible vivir sin sus gracias, sin sus monerías inenarrables, sin las mil formas fascinadoras que la divinidad tomaba en ella al humanizarse. Encantábale su modestia cuando humilde se mostraba, y su orgullo cuando se embravecía. Sus entusiasmos locos y sus desalientos o tristezas le enamoraban del mismo modo. Jovial, era deliciosa la niña; enojada, también. Reunía un sin fin de dotes y cualidades, graves las unas, frívolas y mundanas las otras; a veces su inteligencia juzgaba de todo con claro sentido, a veces con desvarío seductor. Sabía ser dulce y amarga, blanda y fresca como el agua, ardiente como el fuego, vaga y rumorosa como el aire. Inventaba travesuras donosas, vistiéndose con los trajes de los modelos, e improvisando monólogos, o comedias en que ella sola hacía dos o tres personajes; pronunciaba discursos saladísimos; remedaba a su viejo D. Lope; y en suma, tales talentos y donaires iba sacando, que el buen Díaz, enamorado como un salvaje, pensaba que su amiguita compendiaba y resumía todos los dones concedidos a la naturaleza mortal.
Pues en el ramo, si así puede llamarse, de la ternura, era la señorita de Reluz igualmente prodigiosa. Sabía expresar su cariño en términos siempre nuevos; ser dulce sin empalagar, candorosa sin insulsez, atrevidilla sin asomos de corrupción, con la sinceridad siempre por delante, como la primera y más visible de sus infinitas gracias. Y Horacio, viendo además en ella algo que sintomatizaba el precioso mérito de la constancia, creía que la pasión duraría en ambos tanto como la vida, y aún más; porque, como creyente sincero, no daba por extinguidos sus ideales en la oscuridad del morir.
El arte era el que salía perdiendo con estas pasiones eternas y estos crecientes ardores. Por las mañanas se entretenía pintando flores o animales muertos. Llevábanle el almuerzo del merendero del Riojano, y comía con voracidad, abandonando los restos en cualquier mesilla del estudio. Este ofrecía un desorden encantador, y la portera, que intentaba arreglarlo todas las mañanas, aumentaba la confusión y el desarreglo. Sobre el ancho diván veíanse libros revueltos, una manta morellana; en el suelo las cajas de color, tiestos, perdices muertas; sobre las corvas sillas tablas a medio pintar; más libros, carpetas de estampas; en el cuartito anexo, destinado a lavatorio y a guardar trastos, más tablitas, el jarro del agua con ramas de arbustos puestas a refrescar, una bata de Tristana colgada de la percha, y lindos trajes esparcidos por do quiera; un alquicel árabe, un ropón japonés, antifaces, quirotecas, chupas y casacas bordadas, pelucas, babuchas de odalisca y delantales de campesina romana. Máscaras griegas de cartón y telas de casullas decoraban las paredes, entre retratos y fotografías mil de caballos, barcos, perros y toros.
Después de almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada no pareciera, se impacientó, y para entretenerse se puso a leer a Leopardi. Sabía con perfección castiza el italiano, que le enseñó su madre, y aunque en el largo espacio de la tiranía del abuelo se le olvidaron algunos giros, la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en él, y en Venecia, Roma y Nápoles se adiestró de tal modo que fácilmente pasaba por italiano en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante era su única pasión literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso, cantos enteros del _Infierno_ y _Purgatorio_. Dicho se está que, casi sin proponérselo, dio a su amiguita lecciones del _bel parlare_. Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él, a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros.
Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al melancólico poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel profundo pensamiento: _e discoprendo, solo il nulla s’accresce_, cuando sintió los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de Leopardi, ni se cuidó de que _il nulla_ creciera o menguara _discoprendo_.
¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que no cedía ni al cansancio de la interminable escalera, y se fue derecha a él para abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle.
--¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy! Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero hacerte rabiar.
--Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te estrangulo ahora mismo.
--¡Sátrapa, corso, gitano! (_cayendo fatigada en el diván_.) No me engatusas con tu _parlare honesto_... ¡Eh! _sella el labio_... _Denantes que del sol la crencha rubia_... ¡Jesús mío, cuantísimo disparate! No hagas caso: estoy loca; tú tienes la culpa. ¡Ay, tengo que contarte muchas cosas, _carino_! ¡Qué hermoso es el italiano y qué dulce, qué grato al alma es decir _mio diletto_! Quiero que me lo enseñes bien, y seré profesora. Pero vamos a nuestro asunto. Ante todo, respóndeme: ¿_la jazemos_?
Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca, por este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave o de algún verso célebre. Con tales accidentes se enriquece el diccionario familiar de los que viven en comunidad absoluta de ideas y sentimientos. De un cuento que ella oyó a Saturna, salió aquello de ¿_la jazemos_? manera festiva de expresar sus proyectos de fuga; y de otro cuentecillo chusco que Horacio sabía, salió el que Tristana no le llamase nunca por su nombre, sino con el de _señó Juan_, que era un gitano muy bruto y de muy malas pulgas. Sacando la voz más bronca que podía, cogíale Tristana de una oreja, diciéndole:
--_Señó Juan_, ¿me quieres?
Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era _Beatrice_, ya _Francesca_, o más bien la Paca de _Rímini_; a veces _Chispa_, o _señá Restituta_. Estos motes, y los terminachos grotescos o expresiones líricas que eran el saborete de su apasionada conversación, variaban cada pocos días, según las anécdotas que iban saliendo.
--_La jaremos_ cuando tú dispongas, querida Restituta --replicó Díaz--. ¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar _de amor extático_ tanto tiempo?... Vámonos: _para ti la jaca torda, la que, cual dices tú, los campos borda_...
--Al extranjero, al extranjero (_palmoteando_). Yo quiero que tú y yo seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin que nadie nos conozca.
--Sí, mi vida. ¡_Quién te verá a ti_...!
--Entre los _franceses_ (_cantando_) y entre los _ingleses_... Pues te diré. Ya no puedo resistir más a mi _tirano de Siracusa_. ¿Sabes? Saturna no le llama sino D. _Lepe_, y así le llamaré yo también. Ha tomado una actitud patética. Apenas me habla, de lo que me alegro mucho. Se hace el interesante, esperando que yo me enternezca. Anoche, verás, estuvo muy amable conmigo, y me contó algunas de sus aventuras. Piensa sin duda el muy pillo que con tales ejemplos se engrandece a mis ojos; pero se equivoca. No puedo verle. Hay días en que me toca mirarle con lástima; días en que me toca aborrecerle, y anoche le aborrecí, porque en la relación de sus trapisondas, que son tremendas, tremendísimas, veía yo un plan depravado para encenderme la imaginación. Es lo más zorro que hay en el mundo. A mí me dieron ganitas de decirle que no me interesa más aventura que la de mi _señó Juan_ de mi alma, a quien adoro con todas mis _potencias irracionales_, como decía el otro.
--Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus historias galantes.
--Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba... Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del convento de San Pablo en Toledo a la monjita...? El mismo año mató en duelo al general que se decía esposo de la mujer más virtuosa de España, y la tal se escapó con D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este siete aventuras en un mes, todas muy novelescas. Debía de ser atrevido el hombre, muy bien plantado, y muy bravo para todo.
--Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado.
--Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa boca? da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí.
--¡Y tú qué horrible!... con esos dientazos de jabalí, y esa nariz de remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas!
--Tenazas, sí, tenazas de _jierro_, para arrancarte tira a tira toda tu piel de burro. ¿Por qué eres así? _¡Gran Dio, morir si giovine!_
--Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el Concilio de Trento y que D. Alfonso el Sabio..., oye una cosa que se me ocurre. ¿Si ahora se abriera esta puerta y apareciera tu D. Lope...?
--¡Ay!, tú no conoces a _D. Lepe_. _D. Lepe_ no viene aquí, ni por nada del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que su caballerosidad se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos virtuosas, es todo dignidad.
--¿Y si entrara yo una noche en tu casa, y él me sorprendiera allí?
--Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Conque pintorcitos tenemos?» Yo no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y el pájaro voló... _Ahi Pisa, vituperio delle genti._ ¿A dónde nos vamos, hijo de mi alma? ¿A do me conducirás? (_cantando_.) _La ci darem la mano_... Sé que no hay congruencia en nada de lo que digo. Las ideas se me atropellan aquí, disputándose cuál sale primero, como cuando se agolpa el gentío a la puerta de una iglesia, y se estrujan y se... Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música. A veces se me ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré muy desgraciada, que todos mis sueños de felicidad se convertirán en humo. Por eso me aferro más a la idea de conquistar mi independencia, y de arreglármelas con mi ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún pesquis, ¿por qué no he de utilizarlo dignamente, como otras explotan la belleza o la gracia?
--Tu deseo no puede ser más noble --díjole Horacio meditabundo--. Pero no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño...!, ¿te parece que hay un oficio mejor, ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre, que te hará feliz, ¿qué más?
--¡Qué más! (_Mirando al suelo._) _Diverse lingue, orribile favelle... parole di dolore, accenti d’ira_... Ya, ya; la congruencia es la que no parece... _Señó Juan_, ¿me quieres mucho? Bueno; has dicho: «¿qué más?» Nada, nada. Me conformo con que no haya más. Te advierto que soy una calamidad como mujer casera. No doy pie con bola, y te ocasionaré mil desazones. Y fuera de casa, en todo menester de compras o negocios menudos de mujer, también soy de oro. ¡Con decirte que no conozco ninguna calle, ni sé andar sola sin perderme! El otro día no supe ir de la Puerta del Sol a la calle de Peligros, y recalé allá por la plaza de la Cebada. No tengo el menor sentido topográfico. El mismo día, al comprar unas horquillas en el Bazar, di un duro, y no me cuidé de recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el tranvía..., por cierto que me equivoqué y me metí en el del Barrio. De todo esto y de algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué piensas? ¿Verdad que nunca querrás a nadie más que a tu _Paquita de Rímini_...? Pues sigo diciéndote... No, no te lo digo.
--Dime lo que pensabas (_incomodándose_). He de quitarte esa pícara costumbre de decir las cosas a medias...
--Pégame, hombre, pega..., rómpeme una costilla. ¡Tienes un geniazo...!, _ni del dorado techo... se admira, fabricado... del sabio moro, en jaspes sustentado._ Tampoco esto tiene congruencia.
--Maldita. ¿Qué ha de tener?
--Pues _direte, Inés, la cosa_... Oye. (_Abrazándole._) Lo que he pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, ¿sabes?, es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero que decididamente no sirvo para las pequeñas.
Lo que Horacio le contestó, perdiose en la oleada de ternezas que vino después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del estudio.
XVI
Como contrapeso moral y físico de la enormísima exaltación de las tardes, Horacio, al retirarse de noche a su casa, se derrumbaba en el seno tenebroso de una melancolía sin ideas, o con ideas vagas, toda languidez y zozobra indefinibles. ¿Qué tenía? No le era fácil contestarse. Desde los tiempos de su lento martirio en poder del abuelo, solía padecer fuertes ataques periódicos de _spleen_, que se le renovaban en todas las circunstancias anormales de su vida. Y no era que en aquellas horas de recogimiento se hastiara de Tristana, o tuviese dejos amargos de las dulzuras del día, no; la visión de ella le acosaba; el recuerdo fresquísimo de sus donaires ponía en continuo estremecimiento su naturaleza, y antes que buscar un término a tan abrasadoras emociones, deseaba repetirlas, temeroso de que algún día pudieran faltarle. Al propio tiempo que consideraba su destino inseparable del de aquella singular mujer, un terror sordo le rebullía en el fondo del alma, y por más que procuraba, haciendo trabajar furiosamente a la imaginación, figurarse el porvenir al lado de Tristana, no podía conseguirlo. Las aspiraciones de su ídolo a cosas grandes causábanle asombro; pero al querer seguirla por los caminos que ella con tenacidad graciosa señalaba, la hechicera figura se le perdía en un término nebuloso.
No causaron inquietud a doña Trinidad (que así se llamaba la señora con quien Horacio vivía) las murrias de su sobrino, hasta que pasado algún tiempo advirtió en él un aplanamiento sospechoso. Entrábale como un sopor, conservando los ojos abiertos, y no había medio de sacarle del cuerpo una palabra. Veíasele inmóvil en un sillón del comedor, sin prestar la menor atención a la tertulia de dos o tres personas que amenizaban las tristes noches de doña Trini. Era esta de dulcísimo carácter, achacosa, aunque no muy vieja, y derrumbada por los pesares que habían gravitado sobre ella, pues no tuvo tranquilidad hasta que se quedó sin padre y sin marido. Bendecía la soledad, y debía mucha gratitud a la muerte.
De su vida de afanes quedole una debilidad nerviosa, relajación de los músculos de los párpados. No abría los ojos sino a medias, y esto con dificultad en ciertos días, o cuando reinaban determinados aires, llegando a veces al sensible extremo de tener que levantarse el párpado con los dedos si quería ver bien a una persona. Por añadidura, estaba muy delicadita del pecho, y en cuanto entraba el invierno se ponía fatal, ahogada de tos, con horribles frialdades en pies y manos, y todo se le volvía imaginar defensas contra el frío, en la casa como en su persona. Adoraba a su sobrino, y por nada del mundo se separaría de él. Una noche, después de comer, y antes de que llegaran los tertulios, doña Trini se sentó, hecha un ovillo, frente a la butaca en que Horacio fumaba, y le dijo:
--Si no fuera por ti, yo no aguantaría las crudezas de este frío maldito que me está matando. ¡Y pensar que con irme a tu casa de Villajoyosa resucitaría! ¿Pero cómo me voy y te dejo aquí solo? Imposible, imposible.
Replicole el sobrino que bien podía irse y dejarle, pues nadie se lo comería.
--¡Quién sabe, quién sabe si te comerán...! Tú andas también delicadillo. No me voy; no me separo de ti por nada de este mundo.
Desde aquella noche empezó una lucha tenaz entre los deseos de emigración de la señora y la pasividad sedentaria del señorito. Anhelaba doña Trini largarse; él también quería que se fuera, porque el clima de Madrid la minaba rápidamente. Habría tenido gusto en acompañarla; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, si no veía forma humana de romper su amorosa cadena, ni siquiera de aflojarla?
--Iré a llevarla a usted --dijo a su tía, buscando una transacción--, y me volveré en seguida.
--No, no.
--Iré después a buscarla a usted, a la entrada de primavera.
--Tampoco.
La tenacidad de doña Trini no se fundaba solo en su horror al invierno, que aquel año vino con espada en mano. Nada sabía concretamente de los devaneos de Horacio; pero sospechaba que algo anormal y peligroso ocurría en la vida del joven, y con feliz instinto estimó conveniente llevársele de Madrid. Alzando la cabeza para mirarle bien, pues aquella noche funcionaban muy mal los párpados, y abrir no podía más que un tercio de ojos, le dijo:
--Pues me parece que en Villajoyosa pintarías como aquí, y aun mejor. En todas partes hay Naturaleza y natural... Y sobre todo, tontín, allí te librarás de tanto quebradero de cabeza, y de las angustias que estás pasando. Te lo dice quien bien te quiere, quien sabe algo de este mundo traicionero. No hay cosa peor que apegarse a un vicio de querer... Despréndete de un tirón. Pon tierra por medio.
Dicho esto, doña Trini dejó caer el párpado, como tronera que se cierra después de salir el tiro. Horacio nada contestó; pero las ideas de su tía quedaron en su mente como semillas dispuestas a germinar. Repitió sus sabias exhortaciones a la siguiente noche la simpática viuda, y a los dos días ya no le pareció al pintor muy disparatada la idea de partir, ni vio, como antes, en la separación de su amada, un suceso tan grave como la rotura del planeta en pedazos mil. De improviso sintió que del fondo de su naturaleza salía un prurito, una reclamación de descanso. Su existencia toda pedía tregua, uno de esos paréntesis que la guerra y el amor suelen solicitar con necesidad imprescindible para poder seguir peleando y viviendo.
La primera vez que comunicó a Tristana los deseos de doña Trini, aquella puso el grito en el Cielo. Él también se indignó; protestaron ambos contra el importuno viaje, y... _antes morir que consentir tiranos_.
Mas otro día, tratando de lo mismo, Tristana pareció conformarse. Sentía lástima de la pobre viuda. ¡Era tan natural que no quisiera ir sola...! Horacio afirmó que doña Trini no resistiría en Madrid los rigores del invierno, ni se determinaba a separarse de su sobrino. Mostrose la de Reluz más compasiva, y por fin... ¿Sería que también a ella le pedían el cuerpo y el alma tregua, paréntesis, solución de continuidad? Ni uno ni otro cedían en su amoroso anhelo; pero la separación no les asustaba; al contrario, querían probar el desconocido encanto de alejarse, sabiendo que era por tiempo breve; probar el sabor de la ausencia, con sus inquietudes, el esperar y recibir cartas, el desearse recíprocamente, y el contar lo que faltaba para tenerse de nuevo.
En resumidas cuentas, que Horacio tomó las de Villadiego. Tierna fue la despedida: se equivocaron, creyéndose con serenidad bastante para soportarla, y al fin se hallaban como condenados al patíbulo. Horacio, la verdad, no se sintió muy pesaroso por el camino; respiraba con desahogo, como jornalero en sábado por la tarde, después de una semana de destajo; saboreaba el descanso moral, el placer pálido de no sentir emociones fuertes. El primer día de Villajoyosa ninguna novedad ocurrió. Tan conforme el hombre, y muy bien hallado con su destierro. Pero al segundo día, aquel mar tranquilo de su espíritu empezó a moverse y picarse con leve ondulación, y luego fue el crecer, el encresparse. A los cuatro días el hombre no podía vivir de soledad, de tristeza, de privación. Todo le aburría: la casa, doña Trini, la parentela. Pidió auxilio al arte, y el arte no le proporcionó más que desaliento y rabia. El paisaje hermosísimo, el mar azul, las pintorescas rocas, los silvestres pinos, todo le ponía cara fosca. La primera carta le consoló en su soledad; no podían faltar en ella ausencias dulcísimas, ni aquello tan sobado de _nessun maggior dolore_..., ni los términos del vocabulario formado en las continuas charlas de amor. Habían convenido en escribirse dos cartitas por semana, y resultaba carta _todos los días diariamente_, según decía Tristana. Si las de él ardían, las de ella quemaban. Véase la clase:
«He pasado un día cruel y una noche de todos los perros de la jauría de Satanás. ¿Por qué te fuiste?... Hoy estoy más tranquila; oí misa, recé mucho. He comprendido que no debo quejarme, que hay que poner frenos al egoísmo. Demasiado bien me ha dado Dios, y no debo ser exigente. Merezco que me riñas y me pegues, y aunque me quieras un poco menos (¡no, por Dios!), cuando me aflijo por una ausencia breve y necesaria... Me mandas que esté tranquila, y lo estoy. _Tu duca_, _tu maestro_, _tu signore_. Sé que mi _señó Juan_ volverá pronto, que ha de quererme siempre, y _Paquita de Rímini_ espera confiada, y se resigna con su _soleá_.»
De él a ella:
«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me salió... algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate; no veo el color, no veo la línea, no veo más que a mi _Restituta_, que me encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la imagen de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y toda la sal del _botiquín_.»
(_Nota del colector_: Llamaban _botiquín_ al mar por aquel cuento andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua salada.)
«... Mi tía no está bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad hiciera, tú misma no me la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible tortura que se le quedó en el tintero a nuestro amigo Alighieri.
»He vuelto a leer tu carta del jueves, la de las pajaritas, la de los éxtasis... _inteligenti pauca_. Cuando Dios te echó al mundo, llevose las manos a la cabeza augusta, arrepentido y pesaroso de haber gastado en ti todo el ingenio que tenía dispuesto para fabricar cien generaciones. Haz el favor de no decirme que tú no vales, que eres un cero. ¡Ceritos a mí! Pues yo te digo, aunque la modestia te salga a la cara como una aurora boreal, yo te digo, ¡oh _Restituta_!, que todos los bienes del mundo son una _perra chica_ comparados con lo que tú vales; y que todas las glorias humanas, soñadas por la ambición y perseguidas por la fortuna, son un _zapato viejo_ comparadas con la gloria de ser tu dueño... No me cambio por nadie... No, no, digo mal: quisiera ser Bismarck para crear un imperio y hacerte a ti emperatriz. Chiquilla, yo seré tu vasallo humilde; pisotéame, escúpeme, y manda que me azoten.»
De ella a él: