Tristana

Part 10

Chapter 104,017 wordsPublic domain

Al propio tiempo que estas ideas lisonjeaban a la señorita, servíanle de lenitivo en su grave dolencia. Se sintió mejor aquella tarde, y al quedarse sola con Saturna, antes de que esta la acostara, tuvo momentos de ideal alborozo, con las ambiciones más despiertas que nunca, y gozándose en la idea de verlas realizadas.

--Sí, sí, ¿por qué no he de ser actriz? Si no, seré lo que quiera... Viviré con holgura decorosa, sin ligarme eternamente a nadie, ni al hombre que amo y amaré siempre. Le querré más cuanto más libre sea.

Ayudada de Saturna, se acostó, después que esta le hubo curado con esmero exquisito la rodilla enferma, renovándole los vendajes. Intranquila pasó la noche; pero se consolaba con los efluvios de su imaginación ardorosa, y con la idea de pronto restablecimiento. Aguardaba con ansia el día para escribir a Horacio, y al amanecer, antes de que se levantara D. Lope, enjaretó una larga y nerviosa epístola.

«Amor mío, paletito mío, _mio diletto_, sigo mal; pero estoy contenta. Mira tú qué cosa tan rara... ¡Ay, quién me entenderá a mí, si yo misma no me entiendo! Estoy alegre, sí, y llena de esperanzas, que se me cuelan en el alma cuando menos las llamo. Dios es bueno y me manda estas alegrías, sin duda porque me las merezco. Se me antoja que me curaré, aunque no mejore; pero se me antoja, y basta. Me da por pensar que se cumplirán mis deseos, que seré actriz del género trágico, que podré adorarte desde el castillo de mi independencia comiquil. Nos querremos de castillo a castillo, dueños absolutos de nuestras respectivas voluntades, tú libre, libre yo, y tan señora como la que más, con dominios propios, y sin vida común, ni sagrado vínculo, ni sopas de ajo, ni nada de eso.

»No me hables a mí del altarito, porque te me empequeñeces tanto que no te veo de tan chiquitín como te vuelves. Esto será un delirio; pero nací para delirante crónica, y soy... como la carne de oveja: se me toma o se me deja. No, dejarme no: te retengo, te amarro, pues mis locuras necesitan de tu amor para convertirse en razón. Sin ti, me volvería tonta, que es lo peor que me podría pasar.

»Y yo no quiero ser tonta, ni que lo seas tú. Yo te engrandezco con mi imaginación cuando quieres achicarte, y te vuelvo bonito cuando te empeñas en ponerte feo, abandonando tu arte sublime para cultivar rábanos y calabazas. No te opongas a mi deseo, no desvanezcas mi ilusión; te quiero grande hombre, y me saldré con la mía. Lo siento, lo veo... no puede ser de otra manera. Mi voz interior se entretiene describiéndome las perfecciones de tu ser... No me niegues que eres como te sueño. Déjame a mí que te fabrique... no, no es esa la palabra; que te componga... tampoco... que te reconstruya... tampoco... Déjame que te piense conforme a mi real gana. Soy feliz así; déjame, déjame.»

Siguieron a esta carta otras, en que la imaginación de la pobre enferma se lanzaba sin freno a los espacios de lo ideal, recorriéndolos como corcel desbocado, buscando el imposible fin de lo infinito, sin sentir fatiga en su loca y gallarda carrera.

Véase el género:

«Mi señor, ¿cómo eres? Mientras más te adoro, más olvido tu fisonomía; pero te invento otra a mi gusto, según mis ideas, según las perfecciones de que quiero ver adornada tu sublime persona. ¿Quieres que te hable un poquito de mí? ¡Ay, padezco mucho! Creí que mejoraba; pero no, no quiere Dios. Él sabrá por qué. Tu bello ideal, tu Tristanita podrá ser, andando el tiempo, una celebridad; pero yo te aseguro que no será bailarina... ¡Lo que es eso...! Mi piernecita se opondría. Y también voy creyendo que no será actriz, por la misma razón. Estoy furiosa... cada día peor, con sufrimientos horribles. ¡Qué médicos estos! No entienden una palabra del arte de curar... Nunca creí que en el destino de las personas influyera tanto cosa tan insignificante como es una pierna, una triste pierna, que solo sirve para andar. El cerebro, el corazón, creí yo que mandarían siempre; pero ahora, una estúpida rodilla se ha erigido en tirana, y aquellos nobles órganos la obedecen... Quiero decir, no la obedecen, ni le hacen maldito caso; pero sufren un absurdo despotismo, que confío será pasajero. Es como si se sublevara la soldadesca... Al fin, al fin, la canalla tendrá que someterse.

»Y tú, mi rey querido, ¿qué dices? Si no fuera porque tu amor me sostiene, ya habría yo sucumbido ante la sedición de esta pata que se me quiere subir a la cabeza. Pero no, no me acobardo, y pienso las cosas atrevidas que he pensado siempre... no, que pienso más, mucho más, y subo, subo siempre. Mis aspiraciones son ahora más acentuadas que nunca; mi ambición, si así quieres llamarla, se desata y brinca como una loca. Créelo, tú y yo hemos de hacer algo grande en el mundo. ¿No aciertas cómo? Pues yo no puedo explicártelo; pero lo sé. Me lo dice mi corazón, que todo lo sabe, que no me ha engañado nunca, ni puede engañarme. Tú mismo no te formas una idea clara de lo que eres y de lo que vales. ¿Será preciso que yo te descubra a ti mismo? Mírate en mí, que soy tu espejo, y te verás en el supremo Tabor de la glorificación artística. Estoy segura de que no te ríes de lo que digo, como segura estoy de que eres tal y como te pienso, la suma perfección moral y física. En ti no hay defectos, ni puede haberlos, aunque los ojos del vulgo los vean. Conócete; haz caso de mí; entrégate sin recelo a quien te conoce mejor que tú mismo... No puedo seguir... Me duele horriblemente... ¡Que un hueso, un miserable hueso nos...!»

Jueves.

«¡Qué día ayer, y qué noche! Pero no me acobardo. El espíritu se me crece con los sufrimientos. ¿Creerás una cosa? Anoche, cuando el pícaro dolor me daba algunos ratitos de descanso, me volvía todo el saber que leyendo adquirí, y que se me había como desvanecido y evaporado. Entraban las ideas una tras otra, atropellándose, y la memoria, una vez que las cogía dentro, ¡zas! cerraba la puerta para no dejarlas salir. No te asombres; no solo sé todo lo que sabía, si no que sé más, muchísimo más. Con las ideas de casa, han entrado otras nuevas, desconocidas. Debo yo de tener un _ideón_, palomo ladrón, que al salir por esos aires, seduce cuantas ideítas encuentra, y me las trae. Sé más, mucho más que antes. Lo sé todo... no; esto es mucho decir... Hoy me he sentido muy aliviada, y me dedico a pensar en ti. ¡Qué bueno eres! Tu inteligencia no conoce igual; para tu genio artístico no hay dificultades. Te quiero con más alma que nunca, porque respetas mi libertad, porque no me amarras a la pata de una silla ni a la pata de una mesa con el cordel del matrimonio. Mi pasión reclama libertad. Sin ese campo no podría vivir. Necesito comerme libremente la hierba, que crecerá más arrancada del suelo por mis dientes. No se hizo para mí el establo. Necesito la pradera sin término.»

En sus últimas cartas, ya Tristana olvidaba el vocabulario de que solían ambos hacer alarde ingenioso en sus íntimas expansiones habladas o escritas. Ya no volvió a usar el _señó Juan_ ni la _Paca de Rímini_, ni los terminachos y licencias gramaticales que eran la sal de su picante estilo. Todo ello se borró de su memoria, como se fue desvaneciendo la persona misma de Horacio, sustituida por un ser ideal, obra temeraria de su pensamiento, ser en quien se cifraban todas las bellezas visibles e invisibles. Su corazón se inflamó en un cariñazo que bien podría llamarse místico, por lo incorpóreo y puramente soñado del ser que tales afectos movía. El Horacio nuevo e intangible parecíase un poco al verdadero, pero nada más que un poco. De aquel bonito fantasma iba haciendo Tristana la verdad elemental de su existencia, pues solo vivía para él, sin caer en la cuenta de que tributaba culto a un Dios de su propia cosecha. Y este culto se expresaba en cartas centellantes, trazadas con trémula mano, entre las alternadas excitaciones del insomnio y la fiebre, y que solo por mecánica costumbre eran dirigidas a Villajoyosa, pues en realidad debían expedirse por la estafeta del ensueño hacia la estación de los espacios imaginarios.

Miércoles.

«Maestro y señor, mis dolores me llevan a ti, como me llevarían mis alegrías si algunas tuviera. Dolor y gozo son un mismo impulso para volar... cuando se tienen alas. En medio de las desgracias con que me aflige, Dios me hace el inmenso bien de concederme tu amor. ¿Qué importa el dolor físico? Nada. Lo soportaré con resignación, siempre que... tú no me duelas. ¡Y no me digan que estás lejos! Yo te traigo a mi lado, te siento junto a mí y te veo y te toco; tengo bastante poder de imaginación para suprimir la distancia, y contraer el tiempo conforme se me antoja.»

Jueves.

«Aunque no me lo digas, sé que eres como debes ser. Lo siento en mí. Tu inteligencia sin par, tu genio artístico, lanzan sus chispazos dentro de mi propio cerebro. Tu sentimiento elevadísimo del bien, en mi propio corazón parece que ha hecho su nido... ¡Ay, para que veas la virtud del espíritu! Cuando pienso mucho en ti, se me quita el dolor. Eres mi medicina, o al menos un anestésico que mi doctor no entiende. ¡Si vieras...! Miquis se pasma de mi serenidad. Sabe que te adoro; pero no conoce lo que vales, ni que eres el pedacito más selecto de la divinidad. Si lo supiera, sería parco en recetar calmantes, menos activos que la idea de ti... He metido en un puño el dolor porque necesitaba reposo para escribirte. Con mi fuerza de voluntad, que es enorme, y con el poder del pensamiento, consigo algunas treguas. Llévese el Demonio la pierna. Que me la corten. Para nada la necesito. Tan espiritualmente te amaré con una pierna como con dos..., como sin ninguna.»

Viernes.

«No me hace falta ver los primores de tu arte maravilloso. Me los figuro como si delante de mis ojos los tuviera. La Naturaleza no tiene secretos para ti. Más que tu maestra es tu amiga. De sopetón se introduce en tus obras, sin que tú lo solicites, y tus miradas la clavan en el lienzo antes que los pinceles. Cuando yo me ponga buena, haré lo mismo. Me rebulle aquí dentro la seguridad de que lo he de hacer. Trabajaremos juntos, porque ya no podré ser actriz; voy viendo que es imposible... ¡Pero lo que es pintora...! No hay quien me lo quite de la cabeza. Tres o cuatro lecciones tuyas me bastarán para seguir tus huellas, siempre a distancia, se entiende... ¿Me enseñarás? Sí, porque tu grandeza de alma corre parejas con tu entendimiento, y eres el sumo bien, la absoluta bondad, como eres... aunque no quieras confesarlo, la suprema belleza.»

XXII

El efecto que estas deshilvanadas y sutiles razones hacían en Horacio fácilmente se comprenderá. Viose convertido en ser ideal, y a cada carta que recibía, entrábanle dudas acerca de su propia personalidad, llegando al extremo increíble de preguntarse si era él como era, o como le pintaba con su indómita pluma la visionaria niña de D. _Lepe_. Pero su inquietud y confusión no le impidieron ver el peligro tras ellas oculto, y empezó a creer que _Paquita de Rímini_ más padecía de la cabeza que de las extremidades. Asaltado de ideas pesimistas, y lleno de zozobra y cavilaciones, resolvió marchar a Madrid, y ya tenía dispuesto todo para el viaje, a últimos de febrero, cuando un repentino ataque de hemoptisis de doña Trinidad le encadenó a Villajoyosa en tan mala ocasión.

En los mismos días de esta ocurrencia, pasaban en Madrid y en casa de D. Lope cosas de extraordinaria gravedad, que deben ser puntualmente referidas. Tristana empeoró tanto, que nada pudo su fuerza de voluntad contra el dolor intensísimo, acompañado de fiebre, vómitos y malestar general. Desesperado y aturdido, sin la presencia de ánimo que requería el caso, D. Lope creía conjurar el peligro clamando al Cielo, ya con acento de piedad, ya con amenazas y blasfemias. Su irreflexivo temor le hacía ver la salvación de la enferma en los cambios de tratamiento: despedido Miquis, hubo que llamarle otra vez, porque su sucesor era de los que todo lo curan con sanguijuelas, y esta medicación, si al principio determinó algún alivio, luego aniquiló las cortas fuerzas de la paciente.

Alegrose Tristana de la vuelta de Miquis, porque le inspiraba simpatía y confianza, levantándole el espíritu con el poder terapéutico de su afabilidad. Los calmantes enérgicos le devolvieron por algunas horas cada día la virtud preciosa de consolarse con su propia imaginación, de olvidar el peligro, pensando en bienes imaginarios y en glorias remotísimas. Aprovechó los momentos de sedación para escribir algunas cartas breves, compendiosas, que el mismo D. Lope, sin hacer ya misterio de su indulgencia, se encargaba de echar al correo.

--Basta de tapujos, niña mía --le dijo con alardes de confianza paterna--. Para mí no hay secretos. Y si tus cartitas te consuelan, yo no te riño, ni me opongo a que las escribas. Nadie te comprende como yo, y el mismo que tiene la dicha de leer tus garabatos no está a la altura de ellos, ni merece tanto honor. En fin, ya te irás convenciendo... Entretanto, muñeca de mi vida, escribe todo lo que quieras, y si algún día no tuvieras ganas de manejar la pluma, díctame, y seré tu secretario. Ya ves la importancia que doy a ese juego infantil... ¡Cosas de chiquillos, que comprendo perfectamente, porque yo también he tenido veinte años, yo también he sido tonto, y a cuanta niña me caía por delante la llamaba _mi bello ideal_, y le ofrecía mi blanquísima mano...

Terminaba estas bromas con una risita no muy sincera, que inútilmente quería comunicar a Tristana, y al fin él solo reía sus propios chistes, disimulando la terrible procesión que por dentro le andaba.

Augusto Miquis iba tres veces al día, y aún no estaba contento D. Lope, decidido a emplear todos los recursos de la ciencia médica para sanar a su muñeca infeliz. En aquel caso no se contentaba con dar la camisa, pues la piel misma le hubiera parecido corto sacrificio para objeto tan grande.

--Si mis recursos se acaban por completo --decía--, lo que no es imposible al paso que vamos, haré lo que siempre me repugnó, y me repugna, daré sablazos, me rebajaré a pedir auxilio a mis parientes de Jaén, que es para mí el colmo de la humillación y de la vergüenza. Mi dignidad no vale un pito ante la tremenda desgracia que me desgarra el corazón, este corazón que era de bronce y ahora es pura manteca. ¡Quién me lo había de decir! Nada me afectaba, y los sentimientos de toda la humanidad me importaban un ardite... Pues ahora, la piernecita de esta pobre mujer me parece a mí que nos va a traer el desequilibrio del Universo. Creo que hasta el momento presente no he conocido cuánto la quiero, ¡pobrecilla! Es el amor de mi vida, y no consiento perderla por nada de este mundo. A Dios mismo, a la muerte se la disputaré. Reconozco en mí un egoísmo capaz de mover las montañas, un egoísmo que no vacilo en llamar santo, porque me lleva a la reforma de mi carácter y de todo mi ser. Por él abomino de mis aventuras, de mis escándalos; por él me consagraré, si Dios me concede lo que le pido, al bien y a la dicha de esta sin par mujer, que no es mujer, sino un ángel de sabiduría y de gracia. ¡Y yo la tuve en mis manos y no supe entenderla! Confiesa y declara, Lope amigo, que eres un zote, que solo la vida instruye, y que la ciencia verdadera no crece sino en los eriales de la vejez...

En su trastorno insano, tan pronto volvía los ojos a la medicina como al charlatanismo. Una mañana le llevó Saturna el cuento de que cierta curandera, establecida en Tetuán, y cuya fama y prestigio llegaban por acá hasta Cuatro Caminos y por allá hasta los mismos muros de Fuencarral, curaba los tumores blancos con la aplicación de las llamadas _hierbas calleras_. Oírlo D. Lope y mandar que viniera la que tales prodigios hacía, fue todo uno, y poco le importaba que D. Augusto pusiese mala cara. Descolgose la comadre con un pronóstico muy risueño, y aseguró que aquello era cosa de días. Revivió en D. _Lepe_ la esperanza; hízose cuanto la vieja dispuso; enterose Miquis aquella misma tarde y no se enojó, dando a entender que el emplasto de la profesora libre de Tetuán no produciría daño ni provecho a la enferma. Maldijo D. Lope a todas las charlatanas habidas y por haber, mandándolas que se fueran con cien mil pares de demonios, y se restablecieron los planes y estilos de la ciencia.

Pasó Tristana una noche infernal, con violentos accesos de fiebre, entrecortados de intensísimo frío en la espalda. Garrido, a quien se podía ahorcar con un cabello, no tuvo más que ver la cara del doctor, en su visita matutina, para comprender que el mal entraba en un período de gravedad crítica, pues aunque el bueno de Augusto sabía disfrazar ante los enfermos su impresión diagnóstica, aquel día pudo más la pena que el disimulo. La misma Tristana se le adelantó, diciendo con aparente serenidad:

--Comprendido, doctor... Esta... no la cuento. No me importa. La muerte me gusta; se me está haciendo simpática. Tanto padecer va consumiendo las ganas de vivir... Hasta anoche, figurábaseme que el vivir es algo bonito... a veces... Pero ya me encariño con la idea de que lo más gracioso es morirse..., no sentir dolor... ¡Qué delicia, qué gusto!...

Echose a llorar, y el bravo D. _Lepe_ necesitó evocar todo su coraje para no hacer pucheros.

Después de consolar a la enferma con cuatro mentiras muy bien tramadas, encerrose Miquis con D. Lope en el cuarto de este, dejándose en la puerta sus bromas y la máscara de amabilidad caritativa, y le habló con la solemnidad propia del caso.

--Amigo D. Lope --dijo, poniendo sus dos manos sobre los hombros del caballero, que parecía más muerto que vivo--, hemos llegado a lo que yo me temía. Tristanita muy grave. A un hombre como usted, valiente y de espíritu sereno, capaz de atemperarse a las circunstancias más angustiosas de la vida, se le debe hablar con claridad.

--Sí --murmuró el caballero, haciéndose el valiente, y creyendo que el cielo se le venía encima, por lo cual, con movimiento instintivo, alzó las manos como para sostenerlo.

--Pues sí... La fiebre altísima, el frío en la médula, ¿sabe usted lo que es? Pues el síntoma infalible de la reabsorción...

--Ya, ya comprendo...

--La reabsorción... el envenenamiento de la sangre... la...

--Sí... y...

--Nada, amigo mío. Ánimo. No hay más remedio que operar...

--¡Operar! --exclamó Garrido, en el colmo del aturdimiento--. Cortar... ¿no es eso? ¿Y usted cree...?

--Puede salvarse, aunque no lo aseguro.

--¿Y cuándo...?

--Hoy mismo. No hay que perder tiempo... Una hora que perdamos nos haría llegar tarde.

Don Lope fue asaltado de una especie de demencia al oír esto, y dando saltos como fiera herida, tropezando con los muebles, y golpeándose el cráneo, pronunció estas incongruentes y desatentadas expresiones:

--¡Pobre niña...! cortarle la... ¡Oh! mutilarla horriblemente... ¡Y qué pierna, doctor...! una obra maestra de la Naturaleza... Fidias mismo la querría para modelar sus estatuas inmortales... ¿Pero qué ciencia es esa, que no sabe curar sino cortando? ¡Ah! no saben ustedes de la misa la media... D. Augusto, por la salvación de su alma, invente usted algún otro recurso. ¡Quitarle una pierna! Si eso se arreglara cortándome a mi las dos... ahora mismo, aquí están... Ea, empiece usted... y sin cloroformo.

Los gritos del buen caballero debieron de oírse en el cuarto de Tristana, porque entró Saturna, asustadísima, a ver qué demonches le pasaba a su amo.

--Vete de aquí, bribona... tú tienes la culpa. Digo, no... ¡Cómo está mi cabeza!... Vete, Saturna, y dile a la niña que no consentiré se le corte ni tanto así de pierna, ni de nada. Primero me corto yo la cabeza... No, no se lo digas... Cállate... Que no se entere... Pero habrá que decírselo... Yo me encargo... Saturna, mucho cuidado con lo que hablas... Lárgate, déjanos...

Y volviéndose al médico, le dijo:

--Dispénseme, querido Augusto, no sé lo que pienso. Estoy loco... Se hará todo, todo lo que la facultad disponga... ¿Qué dice usted? ¿Que hoy mismo...?

--Sí, cuanto más pronto mejor. Vendrá mi amigo el doctor Ruiz Alonso, cirujano de punta, y... Veremos. Creo que practicada con felicidad la amputación, la señorita podrá salvarse.

--¡Podrá salvarse! De modo que ni aun así es seguro... ¡Ay, doctor, no me vitupere usted por mi cobardía! No sirvo para estas cosas... Me vuelvo un chiquillo de diez años. ¡Quién lo había de decir! ¡Yo que he sabido afrontar sin un fruncimiento de cejas los mayores peligros...!

--Sr. D. Lope --dijo Miquis con triste acento--, en estas ocasiones de prueba se ven los puntos que calza nuestra capacidad para el infortunio. Muchos que se tienen por cobardes resultan animosos, y otros que se creen gallos salen gallinitas. Usted sabrá ponerse a la altura de la situación.

--Y será forzoso prepararla... ¡Dios mío, qué trance! Yo me muero... yo no sirvo, D. Augusto...

--¡Pobrecilla! No se lo diremos claramente. La engañaremos.

--¡Engañarla! No se ha enterado usted todavía de su penetración.

--En fin, vamos allá, que en estas cosas, señor mío, hay que contar siempre con alguna circunstancia inesperada y favorable. Es fácil que ella, si tanta agudeza tiene, lo haya comprendido, y no necesitemos... El enfermo suele ver muy claro.

XXIII

No se equivocaba el sagaz alumno de Hipócrates. Cuando entraron a ver a Tristana, esta les recibió con semblante entre risueño y lloroso. Se reía, y dos gruesos lagrimones corrían por sus mejillas de papel.

--Ya, ya sé lo que tienen que decirme... No hay que apurarse. Soy valiente... Si casi me alegro... Y sin casi... porque vale más que me la corten... Así no sufriré... ¿Qué importa tener una sola pierna? Digo, como importar... Pero si ya en realidad no la tengo, si no me sirve para nada...! Fuera con ella, y me pondré buena, y andaré... con muletas, o como Dios me dé a entender...

--Hija mía, te quedarás buenísima --dijo don Lope, envalentonándose al verla tan animosa--. Pues si yo supiera que cortándome las dos me quedaba sin reuma, hoy mismo... Después de todo, las piernas se sustituyen por aparatos mecánicos que fabrican los ingleses y alemanes, y con ellos se anda mejor que con estos maldecidos remos que nos ha encajado la Naturaleza.

--En fin --agregó Miquis--, no se asuste la muñeca, que no la haremos sufrir nada... pero nada... Ni se enterará usted. Y luego se sentirá muy bien, y dentro de unos cuantos días ya podrá entretenerse en pintar...

--Hoy mismo --dijo el viejo, haciendo de tripas corazón, y procurando tragarse el nudo que en la garganta sentía-- te traigo el caballete, la caja de colores... Verás, verás qué cuadros tan bonitos nos vas a pintar.

Con un cordial apretón de manos se despidió Augusto, anunciándole su pronta vuelta, sin precisar la hora, y solos Tristana y D. Lope, estuvieron un ratito sin hablarse.

--¡Ah! Tengo que escribir --dijo la enferma.

--¿Podrás, vida mía? Mira que estás muy débil. Díctame, y yo escribiré.

Al decir esto, llevaba junto a la cama la tabla que servía de mesa, y la resmilla de papel y el tintero.

--No... Puedo escribir... Es particular lo que ahora me pasa. Ya no me duele. Casi no siento nada. ¡Vaya si puedo escribir! Venga... Un poquito me tiembla el pulso, pero no importa.

Delante del tirano escribió estas líneas: