Part 11
«Allá va una noticia que no sé si es buena o mala. Me la cortan. ¡Pobrecita pierna! Pero ella tiene la culpa... ¿para qué es mala? No sé si me alegro, porque, en verdad, la tal patita no me sirve para nada. No sé si lo siento, porque me quitan lo que fue parte de mi persona... y voy a tener sin ella cuerpo distinto del que tuve... ¿Qué piensas tú? Verdaderamente, no es cosa de apurarse por una pierna. Tú, que eres todo espíritu, lo creerás así. Yo también lo creo. Y lo mismo has de quererme con un remo que con dos. Ahora pienso que habría hecho mal en dedicarme a la escena. ¡Uf! arte poco noble, que fatiga el cuerpo y empalaga el alma. ¡La pintura!... eso ya es otra cosa... Me dicen que no sufriré nada en la... ¿lo digo? en la operación... ¡Ay! hablando en plata, esto es muy triste, y yo no lo soportaré sino sabiendo que seré la misma para ti después de la carnicería... ¿Te acuerdas de aquel grillo que tuvimos, y que cantaba más y mejor después de arrancarle una de las patitas? Te conozco bien, y sé que no desmereceré nada para ti... No necesitas asegurármelo para que yo lo crea y lo afirme... Vamos, ¿a que al fin resulta que estoy alegre?... Sí, porque ya no padeceré más. Dios me alienta, me dice que saldré bien del lance, y que después tendré salud y felicidad, y podré quererte todo lo que se me antoje, y ser pintora, o mujer sabia, y filósofa por todo lo alto... No, no puedo estar contenta. Quiero encandilarme, y... no me resulta... Basta por hoy. Aunque sé que me querrás siempre, dímelo para que conste. Como no puedes engañarme, ni cabe la mentira en un ser que reúne todas las formas del bien, lo que me digas será mi Evangelio... Si tú no tuvieras brazos ni piernas, yo te querría lo mismo. Conque...»
Las últimas líneas apenas se entendían, por el temblor de la escritura. Al soltar la pluma, cayó la muñeca infeliz en grande abatimiento. Quiso romper la carta, arrepintiose de ello, y por fin la entregó a D. Lope, abierta para que le pusiese el sobre y la enviase a su destino. Era la primera vez que no se cuidaba de defender ni poco ni mucho el secreto epistolar. Llevose Garrido a su cuarto el papel, y lo leyó despacio, sorprendido de la serenidad con que la niña trataba de tan grave asunto.
--Lo que es ahora --dijo al escribir el sobre, y como si hablara con la persona cuyo nombre trazaba su pluma--, ya no te temo. La perdiste, la perdiste para siempre, pues esas bobadas del amor eterno, del amor ideal, sin piernas ni brazos, no son más que un hervor insano de la imaginación. Te he vencido. Triste es mi victoria, pero cierta. Dios sabe que no me alegro de ella sino descartando el motivo, que es la mayor pena de mi vida... Ya me pertenece en absoluto hasta que mis días acaben. ¡Pobre muñeca con alas! Quiso alejarse de mí, quiso volar; pero no contaba con su destino, que no le permite revoloteos ni correrías; no contaba con Dios, que me tiene ley... no sé por qué... pues siempre se pone de mi parte en estas contiendas... Él sabrá la razón... y cuando se me escapa lo que quiero... me lo trae atadito de pies y manos. ¡Pobre alma mía, adorable chicuela, la quiero, la querré siempre como un padre! Ya nadie me la quita, ya no...
En el fondo de estos sentimientos tristísimos que D. Lope no sacó del corazón a los labios, palpitaba una satisfacción de amor propio, un egoísmo elemental y humano de que él mismo no se daba cuenta. «¡Sujeta para siempre! ¡Ya no más desviaciones de mí!» Repitiendo esta idea, parecía querer aplazar el contento que de ella se derivaba, pues no era la ocasión muy propicia para alegrarse de cosa alguna.
Halló después a la joven bastante alicaída, y empleó para reanimarla, ya los razonamientos piadosos, ya consideraciones ingeniosísimas acerca de la inutilidad de nuestras extremidades inferiores. A duras penas tomó Tristana algún alimento; el buen Garrido no pudo pasar nada. A las dos entraron Miquis, Ruiz Alonso y un alumno de Medicina, que hacía de ayudante, pasando a la sala silenciosos y graves. Uno de los tres llevaba, cuidadosamente envuelto en un paño, el estuche que contenía las herramientas del oficio. Poco después entró un mozo que llevaba los frascos llenos de líquidos antisépticos. Recibioles D. Lope como si recibiera al verdugo cuando va a pedir perdón al condenado a muerte, y a prepararle para el suplicio.
--Señores --dijo--, esto es muy triste, muy triste...
Y no pudo pronunciar una palabra más. Miquis fue al cuarto de la enferma, y se anunció con donaire:
--Guapa moza, todavía no hemos venido..., quiero decir... he venido yo solo. A ver, ¿qué tal? ese pulso...
Tristana se puso lívida, clavando en el médico una mirada medrosa, infantil, suplicante. Para tranquilizarla, asegurole Miquis que confiaba en curarla completa y radicalmente, que su excitación era precursora de la mejoría franca y segura, y que para calmarla le iba a dar un poquitín de éter...
--Nada, hija, basta echar unas gotitas de líquido en un pañuelo, y olerlo, para conseguir que los pícaros nervios entren en caja.
Mas no era fácil engañarla. La pobre señorita comprendió las intenciones de Augusto, y le dijo, esforzándose en sonreír:
--Es que quiere usted dormirme... Bueno. Me alegro de conocer ese sueño profundo, con el cual no puede ningún dolor, por muy perro que sea. ¡Qué gusto! ¿Y si no despierto, si me quedo allá...?
--¡Qué ha de quedarse...! Buenos tontos seríamos... --dijo Augusto, a punto que entraba D. Lope consternado, medio muerto.
Y resueltamente se puso a preparar la droga, volviendo la espalda a la enferma, dejando sobre una cómoda el frasquito del precioso anestésico. Hizo con su pañuelo una especie de nido chiquitín, en el cual puso los algodones impregnados de cloroformo, y entretanto se difundió por la habitación un fuerte olor de manzanas.
--¡Qué bien huele! --dijo la señorita, cerrando los ojos, como si rezara mentalmente.
Y al instante le aplicó Augusto a la nariz el hueco del pañuelo. Al primer efecto de somnolencia siguió sobresalto, inquietud epiléptica, convulsiones y una verbosidad desordenada, como de embriaguez alcohólica.
--No quiero, no quiero... Ya no me duele... ¿Para qué cortar...? ¡Está una tocando todas las sonatas de Beethoven, tocándolas tan bien... al piano, cuando vienen estos tíos indecentes a pellizcarle a una las piernas...! Pues que sajen, que corten..., y yo sigo tocando. El piano no tiene secretos para mí... Soy el mismo Beethoven, su corazón, su cuerpo, aunque las manos sean otras... Que no me quiten también las manos, porque entonces... Nada, que no me dejo quitar esta mano; la agarro con la otra para que no me la lleven..., y la otra la agarro con esta, y así no me llevan ninguna. Miquis, usted no es caballero, ni lo ha sido nunca, ni sabe tratar con señoras, ni menos con artistas eminentes... No quiero que venga Horacio y me vea así. Se figurará cualquier cosa mala... Si estuviera aquí _señó Juan_, no permitiría esta infamia... Atar a una pobre mujer, ponerle sobre el pecho una piedra tan grande, tan grande..., y luego llenarle la paleta de ceniza para que no pueda pintar... ¡Cosa tan extraordinaria! ¡Cómo huelen las flores que he pintado! Pero si las pinté creyendo pintarlas, ¿cómo es que ahora me resultan vivas..., vivas? ¡Poder del genio artístico! He de retocar otra vez el cuadro de las Hilanderas para ver si me sale un poquitito mejor. La perfección, esa perfección endiablada, ¿dónde está...? Saturna, Saturna..., ven, me ahogo... Este olor de las flores... No, no, es la pintura, que cuanto más bonita, más venenosa...
Quedó al fin inmóvil, la boca entreabierta, quieta la pupila... De vez en cuando lanzaba un quejido como de mimo infantil, tímido esfuerzo del ser aplastado bajo la losa de aquel sueño brutal. Antes de que la cloroformización fuera completa, entraron los otros dos sicarios, que así en su pensamiento les llamaba D. Lope, y en cuanto creyeron bien preparada a la paciente, colocáronla en un catre con colchoneta, dispuesto para el caso, y ganando no ya minutos, sino segundos, pusieron manos en la triste obra. Don Lope trincaba los dientes, y a ratos, no pudiendo presenciar cuadro tan lastimoso, se marchaba de la habitación para volver en seguida, avergonzándose de su pusilanimidad. Vio poner la venda de Esmarch, tira de goma que parece una serpiente. Empezó luego el corte por el sitio llamado de elección; y cuando tallaban el colgajo, la piel que ha de servir para formar después el muñón; cuando a los primeros tajos del diligente bisturí vio D. Lope la primera sangre, su cobardía trocose en valor estoico, altanero, incapaz de flaquear; su corazón se volvió de bronce, de pergamino su cara, y presenció hasta el fin con ánimo entero la cruel operación, realizada con suma habilidad y presteza por los tres médicos. A la hora y cuarto de haber empezado a cloroformizar a la paciente, Saturna salía presurosa de la habitación con un objeto largo y estrecho envuelto en una sábana. Poco después, bien ligadas las arterias, cosida la piel del muñón, y hecha la cura antiséptica con esmero prolijo, empezó el despertar lento y triste de la señorita de Reluz, su nueva vida, después de aquel simulacro de muerte, su resurrección, dejándose un pie y dos tercios de pierna en el seno de aquel sepulcro que a manzanas olía.
XXIV
--¡Ay, todavía me duele! --fueron las primeras palabras que pronunció al volver del tenebroso abismo.
Y después, su fisonomía pálida y descompuesta revelaba como un profundo análisis autopersonal, algo semejante a la intensísima fuerza de observación que los aprensivos dirigen sobre sus propios órganos, auscultando su respiración y el correr de la sangre, palpando mentalmente sus músculos, y acechando el vibrar de sus nervios. Sin duda la pobre niña concentraba todas las fuerzas de su mente en aquel vacío de su extremidad inferior, para reponer el miembro perdido, y conseguía restaurarlo tal como fue antes de la enfermedad, sano, vigoroso y ágil. Sin gran esfuerzo imaginaba que tenía sus dos piernas, y que andaba con ellas garbosamente, con aquel pasito ligero que la llevaba en un periquete al estudio de Horacio.
--¿Qué tal, mi niña? --le preguntó D. Lope haciéndole caricias.
Y ella, tocando suavemente los blancos cabellos del galán caduco, le contestó con gracia:
--Muy bien... Me siento muy descansadita. Si me dejaran, ahora mismo me echaría a correr...; digo, a correr no... No estamos para esas bromas.
Augusto y D. Lope, cuando los otros dos médicos se habían marchado, diéronle seguridades de completa curación, y se felicitaron del éxito quirúrgico con un entusiasmo que no podían comunicarle. Pusiéronla cuidadosamente en su lecho en las mejores condiciones de higiene y comodidad, y ya no había más que hacer sino esperar los diez o quince días críticos subsiguientes a la operación.
Durante este período, no tuvo sosiego el bueno de Garrido, porque si bien el traumatismo se presentaba en las mejores condiciones, el abatimiento y postración de la niña eran para causar alarma. No parecía la misma, y denegaba su propio ser; ni una vez siquiera pensó en escribir cartas, ni salieron a relucir aquellas aspiraciones o antojos sublimes de su espíritu siempre inquieto y ambicioso; ni se le ocurrieron los donaires y travesuras que gastar solía hasta en las horas más crueles de su enfermedad. Entontecida y aplanada, su genio superior sufría un eclipse total. Tanta pasividad y mansedumbre, al principio agradaron a D. Lope; mas no tardó el buen señor en condolerse de aquella mudanza de carácter. Ni un momento se separaba de ella, dando ejemplo de paternal solicitud, con extremos cariñosos que rayaban en mimo. Por fin, al décimo día, Miquis declaró muy satisfecho que la cicatrización iba perfectamente, y que pronto la cojita sería dada de alta. Coincidió con esto una resurrección súbita del espiritualismo de la inválida, que una mañana, como descontenta de sí misma, dijo a D. Lope:
--¡Vaya, que tantos días sin escribir! ¡Qué mal me estoy portando...!
--No te apures, hija mía --replicó con donaire el viejo galán--. Los seres ideales y perfectos no se enfadan por dejar de recibir una carta, y se consuelan del olvido paseándose impávidos por las regiones etéreas donde habitan... Pero si quieres escribir, aquí tienes los trebejos. Díctame: soy tu secretario.
--No; escribiré yo misma... O si gustas... escribe tú. Cuatro palabras.
--A ver; ya estoy pronto --dijo Garrido, pluma en mano y el papel delante.
--«Pues como te decía --dictó Tristana--, ya no tengo más que una piernecita. Estoy mejor. Ya no me duele..., padezco muy poco..., ya...»
--¿Qué..., no sigues?
--Mejor será que lo escriba yo. No me salen, no me salen las ideas dictando.
--Pues toma... Escribe tú, y despáchate a tu gusto (_dándole la pluma, y poniéndole delante la tabla con la carpeta y papel_). ¡Qué...! ¿tan premiosa estás? Y esa inspiración y esos arranques, ¿a dónde diablos se han ido?
--¡Qué torpe estoy! No se me ocurre nada.
--¿Quieres que te dicte yo? Pues oye: «¡Qué bonito eres, qué pillín te ha hecho Dios, y qué..., qué desabridas son tantas perfecciones!... No, no me caso contigo ni con ningún serafín terrestre ni celeste...» Pero ¡qué!, ¿te ríes? Adelante. «Pues no me caso... Que esté coja o no lo esté, eso no te importa a ti. Tengo quien me quiera tal como soy ahora, y con una sola patita valgo más que antes con las dos. Para que te vayas enterando, ángel mío...» No, esto de ángel es un poquito cursi... «Pues, para que te vayas enterando, te diré que tengo alas..., me han salido alas. Mi papá piensa traerme todos los trebejos de pintura, y _ainda mais_, me comprará un organito, y me pondrá profesor para que aprenda a tocar música buena... Ya verás... Comparados conmigo, los ángeles del cielo serán unos murguistas...»
Soltaron ambos la risa, y animado D. Lope con su éxito, siguió hiriendo aquella cuerda, hasta que Tristana hubo de cortar bruscamente la conversación, diciendo con toda seriedad:
--No, no; yo escribiré..., yo sola.
Dejola D. Lope un momento, y escribió la cojita su carta, breve y sentida.
«Señor de mi alma: ya Tristana no es lo que fue. ¿Me querrás lo mismo? El corazón me dice que sí. Yo te veo más lejos aún que antes te veía, más hermoso, más inspirado, más generoso y bueno. ¿Podré llegar hasta ti con la patita de palo que creo me pondrán? ¡Qué mona estaré! Adiós. No vengas. Te adoro lejos, te ensalzo ausente. Eres mi Dios, y como Dios, invisible. Tu propia grandeza te aparta de mis ojos... Hablo de los de la cara..., porque con los del espíritu bien claro te veo. Hasta otro día.»
Cerró ella misma la carta y le puso el sobre, dándola a Saturna, que, al tomarla, hizo un mohín de burla. Por la tarde, hallándose solas un momento, la criada se franqueó en esta forma:
--Mire, esta mañana no quise decir nada a la señorita por hallarse presente D. _Lepe_. La carta... aquí la tengo. ¿Para qué echarla al correo si el D. Horacio está en Madrid? Se la daré en propia mano esta noche.
Palideció la inválida al oír esto, y después se le encendió el rostro. No supo qué decir, ni se le ocurría nada.
--Te equivocas --dijo al fin--. Habrás visto a alguno que se le parezca.
--¡Señorita, cómo había de confundir...! ¡Qué cosas tiene! El mismo. Hablamos más de media hora. Empeñado el hombre en que le contara todo punto por punto. ¡Ay, si le viera la señorita! Está más negro que un zapato. Dice que se ha pasado la vida corriendo por montes y mares, y que aquello es muy precioso..., pero muy precioso... Pues nada; le conté todo, y el pobrecito... como la quiere a usted tanto, me comía con los ojos cuando yo le hablaba... Dice que se avistará con D. Lope para cantarle clarito.
--¡Cantarle clarito!... ¿Qué?
--Él lo sabrá. Y está rabiando por ver a la señorita. Es preciso que lo arreglemos aprovechando una salida del señor...
Tristana no dijo nada. Un momento después pidió a Saturna que le llevase un espejo, y mirándose en él, se afligió extremadamente.
--Pues no está usted tan desfigurada..., vamos.
--No digas. Parezco la muerte... Estoy horrorosa... (_echándose a llorar_). No me va a conocer. ¿Pero ves? ¿Qué color es este que tengo? Parece de papel de estraza. Los ojos son horribles, de tan grandes como se me han puesto... ¡Y qué boca, santo Dios! Saturna, llévate el espejo, y no vuelvas a traérmelo aunque te lo pida.
Contra su deseo, que a la casa le amarraba, D. Lope salía muy a menudo, movido de la necesidad, que en aquellas tristes circunstancias llenaba de amargura y afanes su existencia. Los gastos enormes de la enfermedad de la niña consumieron los míseros restos de su esquilmada fortuna, y llegaron días, ¡ay!, en que el noble caballero tuvo que violentar su delicadeza y desmentir su carácter, llamando a la puerta de un amigo con pretensiones que le parecían ignominiosas. Lo que padeció el infeliz señor no es para referido. En pocos días quedose como si le echaran cincuenta años más encima. «¡Quién me lo había de decir..., Dios mío..., yo..., Lope Garrido, descender a...! ¡Yo, con mi orgullo, con mi idea puntillosa de la dignidad, rebajarme a pedir ciertos favores...! Y llegará día en que la insolvencia me ponga en el trance de solicitar lo que no he de poder restituir... Bien sabe Dios que solo por sostener a esta pobre niña, y alegrar su existencia, soporto tanta vergüenza y degradación. Me pegaría un tiro, y en paz. ¡Al otro mundo con mi alma, al hoyo con mis cansados huesos! Muerte y no vergüenza... Mas las circunstancias disponen lo contrario: vida sin dignidad... No lo hubiera creído nunca. Y luego dicen que el carácter... No, no creo en los caracteres. No hay más que hechos, accidentes. La vida de los demás es molde de nuestra propia vida y troquel de nuestras acciones.»
En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. _Lepe_ las horribles amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que su situación era de las más florecientes. No solo le llevó los avíos de pintar, dos cajas de colores para óleo y acuarela, pinceles, caballete y demás, sino también el organito o armonium que le había prometido, para que se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres. En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio, suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo tarde era ya para adquirir la destreza que solo da un precoz y duro trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento, menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma. Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista de primer orden, y con tal idea se animó, y tuvo algunas horitas de felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural.
--Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato... o con el de Saturna?
Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en alguna copia, y D. Lope prometió traerle buenos estudios de cabeza o paisaje para que escogiese.
El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre cojita, y... al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la dificultad.
--¡Pero, señor --dijo Saturna--, si tenemos ahí...! No sea bobo, déjeme y le traigo...
Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido pensamiento.
--Haz lo que quieras, mujer --indicó D. Lope, alzando los hombros--. Por mí...
Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje, bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro.
XXV
Impresión honda hizo en la señorita de Reluz la vista de aquellas pinturas, semblantes amigos que veía después de larga ausencia, y que le recordaban horas felices. Fueron para ella, en ocasión semejante, como personas vivas, y no necesitaba forzar su imaginación para verlas animadas, moviendo los labios y fijando en ella miradas cariñosas. Mandó a Saturna que colgase los lienzos en la habitación para recrearse contemplándolos, y se transportaba a los tiempos del estudio y de las tardes deliciosas en compañía de Horacio. Púsose muy triste, comparando su presente con el pasado, y al fin rogó a la criada que guardase aquellos objetos hasta que pudiese acostumbrarse a mirarlos sin tanta emoción; mas no manifestó sorpresa por la facilidad con que las pinturas habían pasado del estudio a la casa, ni curiosidad de saber qué pensaba de ello el suspicaz D. Lope. No quiso la sirviente meterse en explicaciones, que no se le pedían, y poco después, sobre las doce, mientras daba de almorzar al amo una mísera tortilla de patatas y un trozo de carne con representación y honores de chuleta, se aventuró a decirle cuatro verdades, valida de la confianza que le diera su largo servicio en la casa.
--Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural... Ea, no sea malo, y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice que tiene el corazón grande?
--Saturna --replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del cuchillo--, lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que esta casa, y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente está.
--Pues entonces..., pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias a Dios; digo..., por desgracia. No sea el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Si quiere que Dios le perdone todas sus barrabasadas y picardías, tanto engaño de mujeres y burla de maridos, hágase cargo de que los jóvenes son jóvenes, y de que el mundo, y la vida, y las cositas buenas son para los que empiezan a vivir, no para los que acaban... Con que tenga un... ¿cómo se dice? un rasgo, don _Lepe_, digo, D. Lope..., y...
En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a buenas.
--¿Conque un rasgo...? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que soy yo tan viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú misma, con tus cincuenta...
--¡Cincuenta! Quite usted _jierro_, señor.
--Pongamos treinta... y cinco.
--Y dos. Ni uno más. ¡Vaya!
--Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo estuviese de humor y te... No, no te ruborices... ¡Si pensarás que eres un esperpento...! No; arreglándote un poquito, resultarías muy aceptable. Tienes unos ojos, que ya los quisieran más de cuatro.
--Señor... vamos... ¿Pero qué... también a mí me quiere camelar? --dijo la doméstica familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un lado de la mesa la fuente vacía de la carne, y sentarse frente a su amo, los brazos en jarras.
--No... no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he cortado la coleta, y ya se acabaron las bromas y las cositas malas. Quiero tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre el otro amor, ya sabes... y soy capaz, por hacerla dichosa, de todos los rasgos, como tú dices, que... En fin, ¿qué hay?... ¿Ese mequetrefe...?
--Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo.
--¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos?
--Quítese allá. Toda mujer sabe de eso. ¡Vaya! Y sin comparar, que es cosa fea, digo que don Horacio es un buen mozo... mejorando lo presente. Que usted fue el acabose, por sabido se calla; pero eso pasó. Mírese al espejo, y verá que ya se le fue la hermosura. No tiene más remedio que reconocer que el pintorcito...