Part 5
(_Aparte_). (Deseo salir de este laberinto de una vez, y de ese hombre a quien no hay nada que asombre... Me repugna por instinto su faz sombría, su calma imperturbable, su irónica conversación, su sardónica sonrisa eterna en el alma me infunde honda inquietud; no me acusa la conciencia de nada; di la sentencia con severa rectitud, conforme a ley; mas presiento que hay en todo esto un arcano que sondar pretendo en vano, y deja sin complemento la obra de la justicia. Exhala ese hombre satánico no sé qué de frío y pánico... creo que me maleficia. En fin, poco resta ya. Si el rey la sentencia envía firmada, el último día es hoy que calor le da). ¿Dormís, señor Espinosa?
GABRIEL
Casi, casi, señor juez.
DON RODRIGO
¿Cansado estáis?
GABRIEL
¡Psé!
DON RODRIGO
¿Tal vez sufrís dolor?
GABRIEL
Poca cosa.
DON RODRIGO
Aquí estaréis menos mal que en la torre.
GABRIEL
Así, así.
DON RODRIGO
Que apreciarais más creí mi caridad.
GABRIEL
Me es igual.
DON RODRIGO
¿Tal vez me guardéis rencor por la cuestión?
GABRIEL
¡Brava pena, por Dios!
DON RODRIGO
La prueba fue buena.
GABRIEL
Pudo haber sido mejor.
DON RODRIGO
Confieso que fue cruel el tormento.
GABRIEL
Pero inútil.
DON RODRIGO
¿Lo creéis prueba tan fútil?
GABRIEL
Ya lo veis.
DON RODRIGO
Volver a él podemos aún.
GABRIEL
Volvierais a ver lo que visteis ya.
DON RODRIGO
La segunda vez quizá vuestro silencio rompierais.
GABRIEL
Sería inútil fatiga; y ahora que hablamos de esto: de hoy para entonces protesto contra todo cuanto diga, y ya podéis calcular que si en negar doy después lo dicho, el tormento es cuento de nunca acabar.
DON RODRIGO
¡Por Dios que sois hombre fuerte, y gastáis bizarro humor!
GABRIEL
Soy terco y sufro el dolor; soldado soy, y a la muerte voy como iba a la pelea. Más despacio o más aprisa hallarla es cosa precisa, mas temerla es cosa fea.
DON RODRIGO
Vuestra fortaleza envidio; mas noto en vos ha un momento tristeza y decaimiento. ¿Qué tenéis?
GABRIEL
Que me fastidio.
DON RODRIGO
¡Que os fastidiáis!
GABRIEL
Sí, ¡a fe mía! Tres meses ha que aquí estoy, y lo mismo hacemos hoy que hicimos el primer día. «Traed ante mí a Gabriel». Vuelta vos a preguntar, vuelta yo a no contestar. «Al calabozo con él». Vuelve a amanecer el día, y vuelta a sacar al preso, y vuelta a leer el proceso, y vuelta a nuestra porfía. «Hablad, señor Espinosa». «No quiero, señor alcalde». «Que habéis de hablar». «Que es en balde». Y siempre la misma cosa. No hubo más que la semana en que me disteis tormento que variara..., y ya me siento casi bueno, Santillana.
DON RODRIGO
Me amedrenta, ¡vive Dios!, vuestra eterna sangre fría.
GABRIEL
También me amedrentaría a mí si fuera que vos.
DON RODRIGO
Vuestra osada impavidez cada día toma creces.
GABRIEL
Sí; parecemos a veces el reo vos y yo el juez.
DON RODRIGO
Es que a veces hallo en vos un misterio que me espanta.
GABRIEL
Es que tal vez se levanta tras mí la sombra de Dios.
(_Pausa_).
DON RODRIGO
Yo creo, señor Gabriel, que no es Dios, es Satanás quien de vos está detrás y os dejáis llevar por él. ¿A qué hombre de sano seso no hartarán vuestras pesadas continuas balandronadas que llenan vuestro proceso? ¿Qué son, pues, vuestras preñeces y siniestras reticencias?
GABRIEL
Tembladlas si son sentencias; reídlas si son sandeces.
DON RODRIGO
Pues bien, hablad de una vez; si ese secreto fatal existe en vos, hacéis mal de ocultarlo a vuestro juez. Si sois quien juzgan, decid: «Yo soy...», probadlo y mañana...
GABRIEL
(_Variando de tono_). ¿Cuándo vendrá, Santillana, el capitán de Madrid?
DON RODRIGO
Hoy mismo.
GABRIEL
¡Gallardo mozo! ¿Le queréis mucho?
DON RODRIGO
¡Pues no, si es mi hijo!
GABRIEL
También yo le quiero bien, y me gozo con su vista. ¿No tenéis más hijos que él?
DON RODRIGO
Nada más.
GABRIEL
¿Ni los tuvisteis jamás?
DON RODRIGO
Las preguntas que me hacéis, Espinosa...
GABRIEL
Son sencillas.
DON RODRIGO
No sé qué se me figura que hay en ellas...
GABRIEL
¿Por ventura os pregunto maravillas? Tenéis un hijo mancebo, y si hubisteis os pregunto más que él: no hay en el asunto de mi cuestión nada nuevo.
DON RODRIGO
¡Jamás podré conseguir arrancar de vuestra faz ese sarcasmo tenaz! ¿Qué me tenéis que decir? Acabemos, Espinosa. Esa burlona altivez que excita en mí alguna vez una duda misteriosa, ¿qué significa? Parece que no os habéis convencido de que juzgado habéis sido, de que ya no os pertenece vuestra acotada existencia, y de que según la ley, no falta sino que el rey confirme vuestra sentencia. ¡Parece que en vuestro pecho hay una firme esperanza que os da audacia y confianza contra esa ley!
GABRIEL
Es un hecho.
DON RODRIGO
¿Creéis que no firmará el rey?
GABRIEL
Esa es cuenta suya: Dios por sus obras le arguya. ¿Le habéis vos escrito ya que pido verle?
DON RODRIGO
Y respuesta aguardo; ¿mas si apeláis al rey en vano?
GABRIEL
Me ahorcáis, y se concluyó la fiesta.
(_Don Rodrigo mira a Gabriel con asombro; Gabriel permanece sereno_).
DON RODRIGO
Sospéchome que estáis loco.
GABRIEL
Tal vez.
DON RODRIGO
Aunque más bien creo que es otro vuestro deseo.
GABRIEL
¿Cuál creéis?
DON RODRIGO
Ir poco a poco dilatando la sentencia, dando a entender que aún hay más que esperar de vos.
GABRIEL
Quizás.
DON RODRIGO
Pues os protesto en conciencia que hoy tendrá fin vuestro afán; si el rey no manda otra cosa, morís hoy por Espinosa o por rey don Sebastián. Basta ya de dilaciones, harto estoy de toleraros, y me es ya en mengua trataros con tales contemplaciones. Vos sois un villano artero, un taimado embaucador que esperáis suerte mejor dándoos por un caballero. ¡Un necio, que aguarda en vano negándose a confesar, que nunca le han de matar como a un infame pagano sin confesión! Mas caéis en un miserable error: si no queréis confesor, sin confesor moriréis. Y no tenéis que cansaros, no me habéis de aventajar; si os obstináis en callar, yo me obstinaré en ahorcaros. ¿Ahora os reís?
GABRIEL
(_Riéndose_). ¡Sí, por Dios! Y no he muerto ya de hastío, porque, como ahora, me río mil veces.
DON RODRIGO
¿De qué?
GABRIEL
De vos.
DON RODRIGO
¿De mí? En vuestra audacia loca os olvidáis, a mi ver, que os puedo mandar poner una mordaza en la boca.
GABRIEL
Verme mudo os diera pena; de que es, estoy persuadido, mi voz para vuestro oído el cantar de la sirena. ¡Mordaza! De vuestros fieros a pesar, si lo procuro de veras, estoy seguro, señor juez, de adormeceros. Ya me parece, ¡pardiez!, que comenzáis a turbaros y no he hecho más que miraros. Os voy a decir, buen juez, lo que pasa en vuestro pecho: a fuerza de ir y volver sobre quién soy, de mi ser un fantasma os habéis hecho. Ser superior me imagina vuestra razón exaltada, y mi voz y mi mirada os deslumbra y os fascina. Todo se os vuelven antojos; si os miro fijo a la cara, os turbáis como si echara fuego o sangre por los ojos. Si en paz llevando mi suerte alejo de mí el pesar, creéis que voy a evitar con algún filtro la muerte. Si de vuestros hijos hablo y por ellos os pregunto, no parece sino asunto de vendérselos al diablo. Si levanto un poco más estando solos la voz, cual de una bestia feroz teméis, y os echáis atrás. Y si al hablarme con saña vos, os hablo con violencia, os dobláis en mi presencia como ante el viento la caña. Tan hondo y siniestro influjo he adquirido sobre vos, que, ¡no os lo demande Dios!, me estáis suponiendo brujo. No parece, Santillana, sino que sabéis que puedo haceros temblar de miedo cuando me diere la gana. ¿Y no es verdad, don Rodrigo, no es verdad que mi semblante os está siempre delante, que andáis, que soñáis conmigo? ¿No es verdad que se os alcanza que tendrá alguna razón al mostrar mi corazón tan osada confianza? ¿No es verdad que todo cabe en hombres, y que, tal vez, en vuestra vida de juez, hay algún secreto grave que creéis hundido vos en la eternidad oscura, y que teméis por ventura que me lo revele Dios? ¿No es verdad que cuando a solas hablo con vos, don Rodrigo, va vuestra alma en lo que os digo como nave entre las olas, esperando de un momento a otro verse sumergida por la mar embravecida de mi airado pensamiento? ¿No es verdad que habéis cruzado una vez el Portugal, y cerca de Setubal, en mitad de un despoblado, un monasterio habéis visto cuya sagrada vivienda fue teatro de una horrenda profanación?
DON RODRIGO
¡Jesucristo!
GABRIEL
¿No es verdad que cuando clavo mis ojos en vuestro rostro os hielo el alma y os postro a mis pies como un esclavo? De rodillas, Santillana, vuestra vida está en la mía, viviréis más que yo un día: si yo muero hoy, vos mañana.
DON RODRIGO
¡Dios me valga!
(_Don Rodrigo se arrodilla_).
GABRIEL
¡Calla! ¿Y vos lo tomáis como os lo digo? Si esto es farsa, don Rodrigo, serenaos, ¡vive Dios!
DON RODRIGO
¿Conque es decir?...
GABRIEL
Que divierto mi fastidio, Santillana.
DON RODRIGO
(_Furioso_). No haréis lo mismo mañana.
GABRIEL
(_Con calma_). Ahorcándome hoy, no por cierto.
ESCENA III
DICHOS y el ALGUACIL
ALGUACIL
Su merced, el capitán Santillana.
GABRIEL
¡Que nos cae del cielo!
DON RODRIGO
Y que el fallo trae del rey.
GABRIEL
Fin de nuestro afán.
ESCENA IV
DON RODRIGO, GABRIEL y DON CÉSAR
DON RODRIGO
¿Traes tú los despachos?
DON CÉSAR
Sí. Mas ¿que tenéis, padre?
DON RODRIGO
Nada. ¿Traes la sentencia aprobada?
DON CÉSAR
Sí.
DON RODRIGO
¿Dónde está?
DON CÉSAR
(_Dándole un papel_). Vedla aquí.
(_Don Rodrigo toma, abre y lee el pliego que le da don César, y dice llamando_):
DON RODRIGO
¡Hola! (_Entran algunos alguaciles y el Escribano_). Cúmplase la ley. Avisad al confesor y al verdugo ejecutor de las justicias del rey. Escribano, evacuad vos la postrera diligencia, intimadle la sentencia y que se encomiende a Dios.
DON CÉSAR
Señor...
DON RODRIGO
¡Silencio! Leed.
ESCRIBANO
(_Empezando a leer_). Vista y fallada...
DON RODRIGO
(_Interrumpiéndole_). Adelante: la aprobación es bastante, fórmulas a un lado haced.
ESCRIBANO
(_Leyendo_).
«Y en atención a que en los cofres de dicho Gabriel Espinosa han sido halladas muchas prendas y joyas de valor, pertenecientes a la persona de nuestro difunto sobrino don Sebastián, rey de Portugal, sin que haya podido probar Espinosa la legitimidad de su adquisición y posesión; y en atención a que el marqués de Tavira y fray Miguel de los Santos y otros señores castellanos y portugueses han declarado, unos en juicio y otros en tormento, que le tienen y han tenido desde que le vieran por el rey don Sebastián, y habiéndose probado que muchos nobles portugueses le han visitado en Madrigal para reconocerle, y que en su nombre se han escrito cartas, contraído empréstitos y armado gentes para concitar a la rebelión a los pueblos en favor suyo; y teniendo en cuenta que dicho Gabriel Espinosa no ha negado nunca ser él el mismo rey don Sebastián, antes ha contribuido a hacer creer a los incautos que lo es efectivamente, no declarando jamás quién sea en realidad, dándose ya por una persona ya por otra, y aparentando el gesto, las acciones y las señales exteriores, que a su parecer pueden convenir mejor con los recuerdos y las pinturas que de don Sebastián se conservan entre los que en vida le conocieron; y considerando, en fin, que el cuerpo de dicho rey fue por nos rescatado del poder de Muley Mahamet y traído de África al monasterio de Belén, donde yace sepultado; aprobamos y confirmamos la sentencia contra él dada, y le declaramos impostor infame, traidor a su rey, y usurpador del nombre del rey don Sebastián. Por cuyas razones le condenamos a ser arrastrado, y ahorcado y descuartizado, y puesta su cabeza en una lanza a una de las salidas del pueblo de Madrigal, en donde vivió, para desengaño de incautos y escarmiento de traidores. — Yo el rey».
GABRIEL
(_Con ira_). ¿Traidor yo, impostor, infame? ¿Muerte a mí con tal afrenta? (_Serenándose_). Que Dios me lo tome en cuenta cuando a su juicio me llame. (_Al Escribano_): ¿Tenéisme más que leer?
ESCRIBANO
Nada más.
GABRIEL
Pues despachemos y tiempo no malgastemos. Sea lo que haya de ser.
DON CÉSAR
(¡Indomable corazón!)
DON RODRIGO
(¡Incomprensible fiereza! Ni aun inclinó la cabeza para oír la intimación).
GABRIEL
Alcalde, estáis demudado, trémulo..., ¡por vida mía! Cualquiera imaginaría que erais vos el sentenciado.
DON RODRIGO
(_Airado_). Pronto lo viera. Tenéis de vida tres cuartos de hora.
GABRIEL
Son las cinco y cuarto ahora.
DON RODRIGO
Encerradle.
GABRIEL
(_A don Rodrigo_). Hasta las seis.
DON RODRIGO
Despejad.
(_Llevan a Gabriel a su encierro, y vanse el Escribano y los alguaciles por el fondo_).
ESCENA V
DON RODRIGO y DON CÉSAR
DON CÉSAR
¿Padre, qué es esto?
DON RODRIGO
Que es fuerza que ese hombre muera.
DON CÉSAR
Dadle un día.
DON RODRIGO
Ni siquiera una hora.
DON CÉSAR
Que dispuesto muera al menos cual cristiano.
DON RODRIGO
Muera, y sea como fuere.
DON CÉSAR
¡Sin confesión!
DON RODRIGO
No la quiere; es un hereje, un pagano.
DON CÉSAR
Padre, estáis ciego de ira.
DON RODRIGO
Ira es lo que aparento, ira, César; pero miento, es terror lo que me inspira ese hombre de Satanás. Y yo, ¡imbécil!, que le daba tormento porque no hablaba; no, no: que no hable jamás, que le lleven al cadalso con una mordaza puesta; que no hable con nadie; en esta hora cuanto diga es falso.
DON CÉSAR
Padre, sospecho, ¡ay de mí!, que se os desvanece el juicio.
DON RODRIGO
Es obra de un maleficio.
DON CÉSAR
¿Os maleficiaron?
DON RODRIGO
Sí.
DON CÉSAR
¡Superstición!
DON RODRIGO
Ya lo ves. Gabriel me malefició, y él ha de morir o yo. Ya firmó el rey: muera, pues.
DON CÉSAR
¡Padre!
DON RODRIGO
¡César..., hijo mío!
DON CÉSAR
¡Estáis delirando!
DON RODRIGO
¿Alguno me escuchó acaso?
DON CÉSAR
Ninguno.
DON RODRIGO
(De mí propio desconfío).
DON CÉSAR
Padre, algún mal os acosa; tembláis..., estáis demudado.
DON RODRIGO
Algún vértigo; he velado tantas noches de Espinosa con el proceso maldito, me ha dado tanto que hacer, que en mí no estoy hasta ver que de en medio me lo quito. Mas no fue nada, pasó ya, César. Veamos, pues, los despachos de la corte.
DON CÉSAR
Tomad: aquí los tenéis.
DON RODRIGO
Esta es la consulta mía, esta la aprobación es del consejo; esta la carta de su majestad el rey; ¿y este otro pliego sellado, de quién es?
DON CÉSAR
¡Yo no lo sé! me fue entregado en palacio con todos ellos.
DON RODRIGO
¿Por quién?
DON CÉSAR
Por el rey mismo.
DON RODRIGO
A ver: ábrele.
DON CÉSAR
Una real orden.
DON RODRIGO
Pues lee.
DON CÉSAR
(_Leyendo_).
«En nombre del rey. — Por la presente, pondréis en libertad en la hora en que la recibiereis, y sobreseyendo en su causa, si hubiereis procedido a formarla contra ella, a doña Aurora Espinosa, detenida y a vuestras órdenes en la cárcel de Madrigal; dejando disponer libremente de sí misma a dicha doña Aurora, como fuere su voluntad. — Madrid, etcétera. — A don Rodrigo Santillana».
DON RODRIGO
¿En libertad? No comprendo tal orden del rey.
DON CÉSAR
Y está bien terminante.
DON RODRIGO
Y será cumplida. Sigue leyendo.
DON CÉSAR
Otro pliego para mí.
DON RODRIGO
Rompe la nema y aparta la cubierta. ¿Qué hay?
DON CÉSAR
Aquí viene un papel y otra carta.
DON RODRIGO
Lee.
DON CÉSAR
Dice el papel así:
(_Lee_).
«En nombre del rey. — Otorgamos licencia para dejar el servicio de Su Majestad, temporal o absolutamente, como más le conviniere, al capitán del primer tercio de Flandes don César de Santillana».
DON RODRIGO
¿Y para qué?
DON CÉSAR
¿Qué sé yo?
DON RODRIGO
¿Tú no la has pedido?
DON CÉSAR
No.
DON RODRIGO
Sigue. (¿Qué es esto? ¡Ay de mí!).
DON CÉSAR
(_Lee_).
«Y ordenamos al dicho capitán don César, por ser así del agrado de Su Majestad, conducir con todo honor y escoltar con toda seguridad, durante su viaje por tierras de sus dominios y mares guardados por su real marina, a doña Aurora de Espinosa, hasta ponerla sana y salva en Estados de Venecia, por cuyo embajador ha sido reclamada, como hija adoptiva de la República Serenísima».
DON RODRIGO
¡Ira de Dios! Todo ahora lo comprendo.
DON CÉSAR
¿Qué es, señor, lo que comprendéis?
DON RODRIGO
Tu amor, ¡desventurado!, a esa Aurora.
DON CÉSAR
Es cierto: un amor profundo; mas no os traiga con cuidado, que es el más desesperado que hubo jamás en el mundo.
DON RODRIGO
¿Lo ves? ¡Ah! También a ti te han maleficiado; pero responde, César. Yo quiero saberlo ya todo; di. Tú con ella en connivencia, huir con seguridad queriendo, su libertad conseguiste y tu licencia.
DON CÉSAR
No, a fe mía.
DON RODRIGO
Sí, arrastrado por sus sortilegios has trabajado en contra mía con temeridad impía y en favor suyo.
DON CÉSAR
Jamás. Que tuve siempre, confieso, simpatía misteriosa e interés por Espinosa, pero no obré en su proceso. Amé a Aurora, la amo aún; mas mi pasión despechada es imposible, y no hay nada entre los dos de común. Mientras viva la amaré; pero este amor solitario de mi pecho en el santuario solo yo conservaré.
DON RODRIGO
¡Otro misterio!
DON CÉSAR
Tremendo sin duda, padre; mas puede conmigo, y mi brío cede a su poder.
DON RODRIGO
No lo entiendo.
DON CÉSAR
Ni yo sé decir más de él sino que Aurora, señor, no nació para mi amor.
DON RODRIGO
¿Quién te ha dicho eso?
DON CÉSAR
Gabriel.
DON RODRIGO
¡Infeliz! Es su manceba.
DON CÉSAR
Quien tal os dijo ha mentido, señor.
DON RODRIGO
Ella misma ha sido.
DON CÉSAR
¿Ella?
DON RODRIGO
En la primera prueba del tormento.
DON CÉSAR
¡Cielo santo! ¿La habéis puesto en el tormento?
DON RODRIGO
Es débil, y habló al momento.
DON CÉSAR
¡Me paralizo de espanto! ¿Qué abismo es este de males que por doquier nos circunda? ¡Qué trama esta tan fecunda de misterios!
DON RODRIGO
Los fatales hilos de esa negra trama tan solo puede romper la muerte, y hoy ha de ser. Que mueran él y su dama.
DON CÉSAR
¡Imposible! Mintió.
DON RODRIGO
¿Quién?
DON CÉSAR
Ella: no puede tampoco ser de Gabriel.
DON RODRIGO
¿Quieres loco volverme?
DON CÉSAR
No. Sé muy bien lo que digo: esa mujer es prenda de una venganza. Solo con esa esperanza la conserva en su poder.
DON RODRIGO
¿Ella de venganza prenda y en su poder? ¡Dios me asista! De este arcano ante mi vista se aclara la sima horrenda. ¡Hola! (_Toca la campanilla y entra un alguacil_). En libertad a Aurora poned al punto, y aquí traedla. Escucha, ¡ay de mí!, escucha, César, ahora un secreto horrible: ese hombre, que no es nada y que lo es todo, de quien de saber no hay modo religión, patria ni nombre; ese hombre, a quien nada espanta, cuya altivez nadie doma, penitente humilde en Roma, peregrino en Tierra Santa, soldado en Flandes, marqués en Madrid, corso en Venecia, que alma y vida menosprecia como al polvo de sus pies; a quien no rinde el tormento, y cuyo espíritu fuerte ve a un paso de sí la muerte y se sonríe contento, no es criatura, es fantasma; no es vivo, es aparición, quimera, ensueño, visión, más que de terror me pasma. Es un hombre de otra edad: un hombre que estando muerto halló su sepulcro abierto y huyó de la eternidad mis pasos para seguir; es la sombra de otro ser que sale a la tierra a ver nuestra sepultura abrir.
DON CÉSAR
¡Ay de mí! El continuo afán del proceso de Gabriel os hizo concebir de él esas quimeras que están trastornándoos la razón.
DON RODRIGO
Dices bien..., sí..., no comprendas jamás las causas horrendas de mi ruin superstición.
ESCENA VI
DON RODRIGO, DON CÉSAR y DOÑA AURORA
DOÑA AURORA
¡Libre!.. Jamás esperé que nos olvidara Dios; (_A don César_) ni de haber fiado en vos jamás me arrepentiré, pues duda no queda en mí de a quién debo, capitán, la libertad que me dan cuando os vuelvo a ver aquí.
DON RODRIGO
Despeja. Escuchad, Aurora.
DOÑA AURORA
¿Por qué le mandáis salir?
DON RODRIGO
Porque nadie debe oír nuestras palabras ahora.
DOÑA AURORA
¡Dios mío! ¿Qué extraño afán os agita? ¿Es, por ventura, mi libertad impostura? ¡Ah! No os vayáis, capitán; quiere volverme tal vez al tormento.
DON RODRIGO
Oíd, os digo. Sois libre, y yo vuestro amigo.
DOÑA AURORA
¿Cabe entre el reo y el juez amistad? ¿Entre el verdugo y la víctima? Jamás os conoceré por más que por juez.
DON RODRIGO
¡A Dios no plugo que fuese de otra manera! Mas acaso desde ahora variéis de opinión, Aurora.
(_Vuelve a don César, que permanece en pie junto a la puerta_).
¿Qué esperáis vos? Idos fuera.
(_Vase don César_).
ESCENA VII
DON RODRIGO y DOÑA AURORA
DON RODRIGO
Nada receléis de mí, pobre niña: en libertad estáis: vuestra voluntad no tendrá ya coto aquí. Serenaos, pues; oídme, Aurora, y por cuanto améis ruégoos que me contestéis la verdad.
DOÑA AURORA
Pues bien, decidme vos en conciencia primero: ¿mi libertad se me dio con la de Gabriel? Si no es así, yo no la quiero.
DON RODRIGO
Solo depende de vos la libertad; si un secreto me aclaráis vos, os prometo la libertad de los dos.
DOÑA AURORA
¿Es mío solo el secreto que me pedís?
DON RODRIGO
Sí, en verdad.
DOÑA AURORA
¿Y vale la libertad de Gabriel?
DON RODRIGO
Me comprometo a dársela.
DOÑA AURORA
Preguntad.
DON RODRIGO
¿Qué tiempo hará que de Gabriel al lado vivís?
DOÑA AURORA
Desde muy niña.
DON RODRIGO
¿Y qué memoria de vuestra infancia conserváis?
DOÑA AURORA
Apenas una vaga memoria me ha quedado de aquellas horas al pesar ajenas.
DON RODRIGO
No espero yo que recordéis la historia de vuestra infancia, cuya edad se olvida pronto, y muy fácilmente con las penas o los placeres de la inquieta vida; mas del lugar en donde habéis nacido, donde pasasteis los primeros años, tendréis alguna idea.
DOÑA AURORA
Muy confusa; tal, que puedo decir que la he perdido mezclándola después con mil extraños recuerdos posteriores.
DON RODRIGO
¿De manera que imposible os será, pues lo rehúsa vuestra memoria ya, la más ligera noticia dar de vuestra edad primera?
DOÑA AURORA