Tirano Banderas: Novela de tierra caliente
Part 7
La casa vacía, las estancias en desierta penumbra se conmovieron con alborozo de voces ligeras: Timbradas risas de infancias alegres poblaron el vano de los corredores. La niña ranchera, iluminada con los inciensos del misacantano, entraba quitándose los alfileres del manto, en la dispersión de una tropa de chamacos. El Coronelito de la Gándara roncaba en el jinocal, abierto de zancas, y un ritmo solemne de globo terráqueo conmovía la báquica andorga. Cambió una mirada con el marido la niña ranchera:
--¿Y ese apóstol?
--Aquí se ha venido buscando refugio. Por lo que cuenta, cayó en desgracia y está en la lista de los impurificados.
--¿Y vos cómo lo pasastes? ¡Me habés tenido en cuidado, toda la noche esperando!...
El ranchero calló ensombrecido, y la mirada endrina de empavonados aceros mudaba sus duras luces a una luz amable:
--¡Por ti y los chamacos no cumplo mis deberes de ciudadano, Laurita! El último cholo que carga un fusil en el campo insurrecto, aventaja en patriotismo a Filomeno Cuevas. ¡Yo he debido romper los lazos de la familia y no satisfacerme con ser un mero simpatizante! Laurita, por evitaros lloros, hoy el más último que milita en las filas revolucionarias me hace pendejo a mis propios ojos. Laurita, yo comercio y gano la plata, mientras otros se juegan vida y hacienda por defender las libertades públicas. Esta noche he visto conducir entre bayonetas a Don Roquito. Si ahora me rajo y no cargo un fusil, será que no tengo sangre ni vergüenza. ¡He tomado mi resolución y no quiero lágrimas, Laurita!
Calló el ranchero, y súbitamente los ojos endrinos recobraron sus timbres aguileños. La niña se recogía al pie de una columna con el pañolito sobre las pestañas. El Coronelito abría los brazos y bostezaba: Suspendido en nieblas alcohólicas, salía del sueño a una realidad hilarante: Reparó en la dueña y se alzó a saludarla con alarde jocundo, ciñendo laureles de Baco y de Marte.
IV
Chino Viejo, por una talanquera, hacíale al patrón señas con la mano. Dos caballos de brida asomaban las orejas. Cambiadas pocas palabras, el ranchero y su mayoral montaron y salieron a los campos con medio galope.
LIBRO CUARTO
EL HONRADO GACHUPÍN
I
Sin demorarse, el honrado gachupín acudió a la Delegación de Policía: Guiado por el sesudo dictamen del sobrino, testimonió la denuncia con un anillo de oro bajo y falsa pedrería, que, apurando la tasa, no valía diez soles. El Coronel Licenciado López de Salamanca le felicitó por su civismo:
--Don Quintín, la colaboración tan espontánea que usted presta a la investigación policial merece todos mis plácemes. Le felicito por su meritoria conducta, no relajándose de venir a deponer en esta oficina, aportando indicios muy interesantes. Va usted a tomarse la molestia de puntualizar algunos extremos. ¿Conocía usted a la pueblera que se le presentó con el anillo? Cualquier indicación referente a los rumbos por donde mora podría ayudar mucho a la captura de la interfecta. Parece indudable que el fugado se avistó con esa mujer cuando ya conocía la orden de arresto. ¿Sospecha usted que haya ido derechamente en su busca?
--¡Posiblemente!
--¿Desecha usted la conjetura de un encuentro fortuito?
--¡Pues y quién sabe!
--¿El rumbo por donde mora la chinita, usted lo conoce?
El honrado gachupín quedó en falsa actitud de hacer memoria:
--Me declaro ignorante.
II
El honrado gachupín cavilaba, ladino, si podía sobrevenirle algún daño: Temía enredar la madeja y descubrir el trueque de la prenda. El Coronel Licenciado le miraba muy atento, la sonrisa suspicaz y burlona, el gesto infalible de zahorí policial. El empeñista acobardose y, entre sí, maldijo de Melquíades:
--En el libro comercial se pone siempre alguna indicación: Lo consultaré. No respondo de que mi dependiente haya cumplido esa diligencia: Es un cabroncito poco práctico, recién arribado de la madre patria.
El jefe de Policía se apoyó en la mesa, inclinando el busto hacia el honrado gachupín:
--Lamentaría que se le originase un multazo por la negligencia del dependiente.
Disimuló su enojo el empeñista:
--Señor Coronelito, supuesta la omisión, no faltarán medios de operar con buen resultado a sus agentes. La chinita vive con un roto que alguna vez visitó mi establecimiento, y por seguro que usted tiene su filiación, pues no actuó siempre como ciudadano pacífico. Es uno de los plateados que se acogieron a indulto tiempos atrás, cuando se pactó con los jefes, reconociéndoles grados en el Ejército. Recién disimula trabajando en su oficio de alfarero.
--¿El nombre del sujeto, no lo sabe usted?
--Acaso lo recuerde más tarde.
--¿Las señas personales?
--Una cicatriz en la cara.
--¿No será Zacarías el Cruzado?
--Temo dar un falso reseñamiento, pero me inclino sobre esa sospecha.
--Señor Peredita, son muy valorizables sus aportaciones, y le felicito nuevamente. Creo que estamos sobre los hilos. Puede usted retirarse, Señor Pereda.
Insinuó el gachupín:
--¿La tumbaguita?
--Hay que unirla al atestado.
--¿Perderé los nueve soles?
--¡Qué chance! Usted entabla recurso a la Corte de Justicia. Es el trámite, pero indudablemente le será reconocido el derecho a ser indemnizado. Entable usted recurso. ¡Señor Peredita, nos vemos!
El Inspector de Policía tocó el timbre. Acudió un escribiente deslucido, sudoso, arrugado el almidón del cuello, la chalina suelta, la pluma en la oreja, salpicada de tinta la guayabera de dril con manguitos negros. El Coronel Licenciado garrapateó un volante, le puso sello y alargó el papel al escribiente:
--Procédase violento a la captura de esa pareja, y que los agentes vayan muy sobre cautela. Elíjalos usted de moral suficiente para fajarse a balazos, e ilústrelos usted en cuanto al mal rejo de Zacarías el Cruzado. Si hay disponible alguno que le conozca dele usted la preferencia. En el casillero de sospechosos busque la ficha del pájaro. Señor Peredita, nos vemos. ¡Muy meritoria su aportación!
Le despidió con ribeteo de soflama. El honrado gachupín se retiró cabizbajo, y su última mirada de can lastimero fue para la mesa donde la sortija naufragaba irremisiblemente, bajo una ola de legajos. El Inspector, puntualizadas sus instrucciones al escribiente, se asomaba a una ventana rejona que caía sobre el patio. A poco, en formación y con paso acelerado, salía una escuadra de gendarmes. El caporal, mestizo de barba horquillada, era veterano de una partida bandoleresca años atrás capitaneada por el Coronel Irineo Castañón, Pata de Palo.
III
El caporal distribuyó su gente en parejas, sobre los aledaños del chozo, en el Campo del Perulero: Con el pistolón montado, se asomó a la puerta:
--¡Zacarías, date preso!
Repuso del adentro la voz azorada de la chinita:
--¡Me ha dejado para siempre el raído! ¡Aquí no lo busques! ¡Tiene horita otra querencia ese ganado!
La sombra, amilanada tras la piedra del metate, arrastra el plañido y disimula el bulto. La tropa de gendarmes se juntaba sobre la puerta, con los pistolones apuntados al adentro. Ordenó el caporal:
--Sal tú para fuera.
--¿Qué me querés?
--Ponerte una flor en el pelo.
El caporal choteaba baladrón, por divertir y asegurar a su gente. Vino del fondo la comadre, con el crío sobre el anca, la greña tendida por el hombro, sumisa y descalza:
--Podes catear todos los rincones. Se ha mudado ese atorrante, y no más dejó que unos guaraches para que los herede el chamaco.
--Comadrita, somos baqueanos y entendemos esa soflama. Usted, niña, ha empeñado una tumbaguita perteneciente al Coronel de la Gándara.
--Por purita casualidad se ha visto en mi mano. ¡Un hallazgo!
--Va usted a comparecer en presencia de mi superior jerárquico, Coronel López de Salamanca. Deposite usted esa criatura en tierra y marque el paso.
--¿La criatura ya podré llevármela?
--La Dirección de Policía no es una Inclusa.
--¿Y al cargo de quién voy a dejar el chamaco?
--Se hará expediente para mandarlo a la Beneficencia.
El crío, metiéndose a gatas por entre los gendarmes, huyó al cenagal. Le gritó afanosa la madre:
--¡Ruin, ven a mi lado!
El caporal cruzó la puerta del chozo, encañonando la oscuridad:
--¡Precaución! Si hay voluntarios para el registro, salgan al frente. ¡Precaución! Ese roto es capaz de tirotearnos. ¿Quién nos garanta que no está oculto? ¡Date preso, Cruzado! No la chingues, que empeoras tu situación.
Rodeado de gendarmes, se metía en el chozo, siempre apuntando a los rincones oscuros.
IV
Practicado el registro, el caporal tornose afuera y puso esposas a la chinita, que suspiraba en la puerta, recogida en burujo, con el fustán echado por la cabeza. La levantó a empellones. El crío, en el pecinal, lloraba rodeado del gruñido de los cerdos. La madre, empujada por los gendarmes, volvía la cabeza con desgarradoras voces:
--¡Ven! ¡No te asustes! ¡Ven! ¡Corre!
El niño corría un momento, y tornaba a detenerse sobre el camino, llamando a la madre. Un gendarme se volvió, haciéndole miedo, y quedó suspenso, llorando y azotándose la cara. La madre le gritaba, ronca:
--¡Ven! ¡Corre!
Pero el niño no se movía. Detenido sobre la orilla de la acequia sollozaba mirando crecer la distancia que le separaba de la madre.
LIBRO QUINTO
EL RANCHERO
I
Filomeno Cuevas y Chino Viejo arriendan los caballos en la puerta de un jacal y se meten por el sombrizo. A poco, dispersos, van llegando otros jinetes rancheros, platas en arneses y jaranos: Eran dueños de fundos vecinos, y secretamente adictos a la causa revolucionaria: Habíales dado el santo para la reunión Filomeno Cuevas. Aquellos compadres ayudábanle en un alijo de armas para levantarse con las peonadas: Un alijo que llevaba algunos días sepultado en Potrero Negrete. Entendía Filomeno que apuraba sacarlo de aquel pago y aprovisionar de fusiles y cananas a las glebas de indios. Poco a poco, con meditados espacios, todavía fueron llegando capataces y mayorales, indios baqueanos y boleadores de aquellos fundos. Filomeno Cuevas, con recalmas y chanzas, escribía un listín de los reunidos y se proclamaba partidario de echarse al campo, sin demorarlo. Secretamente, ya tenía determinado para aquella noche armar a sus peones con los fusiles ocultos en el manigual, pero disimulaba el propósito con astuta cautela. Enzarzada polémica, alternativamente oponían sus alarmas los criollos rancheros. Vista la resolución del compadre, se avinieron en ayudarle con caballos, peones y plata, pero ello había de ser en el mayor sigilo, para no condenarse con Tirano Banderas. Dositeo Velasco, que, por más hacendado, había sido de primeras el menos propicio para aventurarse en aquellos azares, con el café y la chicha, acabó enardeciéndose y jurando bravatas contra el Tirano:
--¡Chingado Banderitas, hemos de poner tus tajadas por los caminos de la República!
El café, la chicha y el condumio de tamales provocaba en el coro revolucionario un humor parejo, y todos respiraron con las mismas soflamas: Alegres y abullangados, jugaban del vocablo: Melosos y corteses, salvaban con disculpas las leperadas: Compadritos, se hacían mamolas de buenas amistades:
--¡Valedorcito!
--¡Mi viejo!
--¡Nos vemos!
--¡Nos vemos!
Se arengaban con el último saludo, puestos en las sillas, revolviendo los caballos, galopando dispersos por el vasto horizonte llanero.
II
El sol de la mañana inundaba las siembras nacidas y las rojas parcelas recién aradas, espesuras de chaparros y prodigiosos maniguares con los toros tendidos en el carrero de sombra, despidiendo vaho. La Laguna de Ticomaipú era, en su cerco de tolderías, un espejo de encendidos haces. El patrón galopa, en su alegre tordillo, por el borde de una acequia, y arrea detrás su cuartago el mayoral ranchero. Repiques y cohetes alegran la cálida mañana. Una romería de canoas, engalanadas con flámulas, ramajes y reposteros de flores, sube por los canales, con fiesta de indios. Casi zozobraba la leve flotilla con tantos triunfos de músicas y bailes: Una tropa cimarrona --caretas de cartón, bandas, picas, rodelas-- ejecuta la danza de los matachines, bajo los palios de la canoa capitana: Un tambor y un figle pautan los compases de piruetas y mudanzas. Aparece a lo lejos la casona del fundo. Sobre el verde de los oscuros naranjales promueven resplandores de azulejos, terradillos y azoteas. Con la querencia del potrero, las monturas avivaban la galopada. El patrón, arrendado en el camino mientras el mayoral corre la talanquera, se levanta en los estribos para mirar bajo los arcos: El Coronelito, tumbado en la hamaca, rasguea la guitarra y hace bailar a los chamacos: Dos mucamas cobrizas, con camisotes descotados, ríen y bromean tras de la reja cocineril con geranios sardineros. Filomeno Cuevas caracolea el tordillo, avispándole el anca con la punta del rebenque: De un bote penetra en el tapiado:
--¡Bien punteada, mi amigo! Haces tú pendejo a Santos Vega.
--Tú me ganas... ¿Y qué sucedió? Vas a dejarme capturar, mi viejo. ¿Qué traes resuelto?
El patrón, apeado de un salto, entrábase por la arcada, sonoras las plateras espuelas y el zarape de un hombro colgándole: El recamado alón del sombrero revestía de sombra el rostro aguileño, de caprinas barbas:
--Domiciano, voy a darte una provisión de cincuenta bolívares, un guía y un caballo, para que tomes vuelo. Enantes, con la mosca de tus macanas, te hablé de remontarnos juntos. Mero, mero, he mudado de pensamiento. Los cincuenta bolívares te serán entregados al pisar las líneas revolucionarias. Irás sin armas, y el guía lleva la orden de tronarte si le infundes la menor sospecha. Te recomiendo, mi viejo, que no lo divulgues, porque es una orden secreta.
El Coronelito se incorporó calmoso, apagando con la mano un lamento de la guitarra.
--¡Filomeno, deja la chuela! Harto sabes, hermano, que mi dignidad no me permite suscribir esa capitulación denigrante. ¡Filomeno, no esperaba ese trato! ¡De amigo, te has vuelto Cancerbero!
Filomeno Cuevas, con garbosa cachaza, tiró en el jinocal zarape y jarano: Luego sacó del calzón el majo pañuelo de seda y se enjugó la frente, encendida y blanca entre mechones endrinos y tuestes de la cara:
--¡Domiciano, vamos a no chingarla! Tú te avienes con lo que te dan y no pones condiciones.
El Coronelito abrió los brazos:
--¡Filomeno, no late en tu pecho un corazón magnánimo!
Tenía el pathos chispón de cuatro candiles, la verba sentimental y heroica de los pagos tropicales. El patrón, sin dejar el chanceo, fue a tenderse en la hamaca, y requirió la guitarra, templando:
--¡Domiciano, voy a salvarte la vida! Aún fijamente no estoy convencido de que la tengas en riesgo, y tomo mis precauciones: Si eres un espía, ten por seguro que la vida te cuesta. Chino Viejo te pondrá salvo en el campamento insurrecto, y allí verán lo que hacen de tu cuera. Precisamente me urgía mandar un mensaje para aquella banda, y tú lo llevarás con Chino Viejo. Pensaba que fueses corneta a mis órdenes, pero las bolas han rodado contrariamente.
El Coronelito se finchó con alarde de Marte:
--Filomeno, me reconozco tu prisionero y no me rebajo a discutir condiciones. Mi vida te pertenece, puedes tomarla si te causa molestia. ¡Enseñas buen ejemplo de hospitalidad a estos chamacos! Niños, no se remonten: Vengan ustedes acá un rato y aprendan cómo se recibe al amigo que llega sin recursos, buscando un refugio para que no lo truene el Tirano.
La tropa menuda hacía corro, los ingenuos ojos asustados con atento y suspenso mirar. De pronto, la más mediana, que abría la rueda pomposa de su faldellín entre dos grandotes atónitos, se alzó con lloros, penetrando en el drama del Coronelito. Salió, acuciosa, la abuela, una vieja de sangre italiana, renegrida, blanco el moñete, los ojos carbones y el naso dantesco:
--¿Cosa c’é, amore?
El Coronelito ya tenía requerido a la niña, y refregándole las barbas, la besaba: Erguíase rotundo, levantando a la llorosa en brazos, movida la glotona figura con un escorzo tan desmesurado, que casi parodiaba la gula de Saturno. Forcejea y acendra su lloro la niña por escaparse, y la abuela se encrespa sobre el cortinillo japonés, con el rebozo mal terciado. El Coronelito la rejonea con humor alcohólico.
--¡No se acalore, mi viejita, que es nocivo para el bazo!
--¡Ni me asustés vos a la bambina, mal tragediante!
--Filomeno, corresponde con tu mamá política y explícale la ocurrencia: La lección que recibes de tus vástagos, el ejemplo de este ángel. ¡No te rajes y satisface a tu mamá! ¡Ten el valor de tus acciones!
III
Acompasan con unánime coro los cinco chamacos. El Coronelito, en medio, abierto de brazos y zancas, desconcierta con una mueca el mascarón de la cara y ornea un sollozo, los fuelles del pecho inflando y desinflando:
--¡Tiernos capullos, estáis dando ejemplo de civismo a vuestros progenitores! Niños, no olvidéis esta lección fundamental, cuando os corresponda actuar en la vida. ¡Filomeno, estos tiernos vástagos te acusarán, como un remordimiento, por la mala producción que has tenido a mí referente! ¡Domiciano de la Gándara, un amigo entrañable, no ha despertado el menor eco en tu corazón! Esperaba verse acogido fraternalmente, y recibe peor trato que un prisionero de guerra. Ni se le autorizan las armas, ni la palabra de honor le garanta. ¡Filomeno, te portas con tu hermano chingadamente!
El patrón, sin dejar de templar, con un gesto indicaba a la suegra que se llevase a los chamacos. La vieja italiana, arrecaudó el hatillo y lo metió por la puerta. Filomeno Cuevas cruzó las manos sobre los trastes, agudos los ojos, y en el morado de la boca, una sonrisa recalmada:
--Domiciano, te estás demorando no haciéndote orador parlamentario. Cosecharías muchos aplausos. Yo lamento no tener bastante cabeza para apreciar tu mérito, y mantengo todas las condiciones de mi ultimátum.
Un indio ensabanado y greñudo, el rostro en la sombra alona de la chupalla, se llegó al patrón, hablándole en voz baja. Filomeno llamó al Coronelito:
--¡Estamos fregados! Tenemos tropas federales por los rumbos del rancho.
Escupió el Coronelito, torcida sobre el hombro la cara:
--Me entregas, y te pones a bien con Banderitas. ¡Filomeno, te has deshonrado!
--¡No me chingues! Harto sabes que nunca me rajé para servir a un amigo. Y de mis prevenciones es justificativo el favor que gozabas con el Tirano. No más, ahora, visto el chance, la cabeza me juego si no te salvo.
--Dame una provisión de pesos y un caballo.
--Ni pensar en tomar vuelo.
--Véame yo en campo abierto y bien montado.
--Estarás aquí hasta la noche.
--¡No me niegues el caballo!
--Te lo niego porque hago mérito de salvarte. Hasta la noche vas a sumirte en un chiquero, donde no te descubrirá ni el Diablo.
Tiraba del Coronelito y le metía en la penumbra del zaguán.
IV
Por la arcada deslizábase otro indio, que traspasó el umbral de la puerta santiguándose. Llegó al patrón, sutil y cauto, con pisadas descalzas:
--Hay leva. Poco faltó para que me laceasen. Merito el tambor está tocando en el Campo de la Iglesia.
Sonrió el ranchero, golpeando el hombro del compadre:
--Por sí, por no, voy a enchiquerarte.
LIBRO SEXTO
LA MANGANA
I
Zacarías el Cruzado, luego de atracar el esquife en una maraña de bejucos, se alzó sobre la barca, avizorando el chozo. La llanura de esteros y médanos, cruzada de acequias y aleteos de aves acuáticas, dilatábase con encendidas manchas de toros y caballadas, entre prados y cañerlas. La cúpula del cielo recogía los ecos de la vida campañera en su vasto y sonoro silencio. En la turquesa del día orfeonaban su gruñido los marranos. Lloraba un perro, muy lastimero. Zacarías, sobresaltado, le llamó con un silbido. Acudió el perro zozobrante, bebiendo los vientos, sacudido con humana congoja: Levantado de manos sobre el pecho del indio, hociquea lastimero y le prende del camisote, sacándole fuera del esquife. El Cruzado monta el pistolón y camina con sombrío recelo: Pasa ante el chozo abierto y mudo: Penetra en la ciénaga: El perro le insta, sacudidas las orejas, el hocico al viento, con desolado tumulto, estremecida la pelambre, lastimero el resuello: Zacarías le va en seguimiento. Gruñen los marranos en el cenagal. Se asustan las gallinas al amparo del maguey culebrón. El negro vuelo de zopilotes que abate las alas sobre la pecina se remonta, asaltado del perro. Zacarías llega: Horrorizado y torvo, levanta un despojo sangriento. ¡Era cuanto encontraba de su chamaco! Los cerdos habían devorado la cara y las manos del niño: Los zopilotes le habían sacado el corazón del pecho. El indio se volvió al chozo: Encerró en un saco aquellos restos, y con ellos a los pies, sentado a la puerta, se puso a cavilar. De tan quieto, las moscas le cubrían y los lagartos tomaban el sol a su vera.
II
Zacarías se alzó con oscuro agüero: Fue al metate, volteó la piedra, y descubrió un leve brillo de metales. La papeleta del empeño, en cuatro dobleces, estaba debajo. Zacarías, sin mudar el gesto de su máscara indiana, contó las nueve monedas, se guardó la plata en el cinto y deletreó el papel: “Quintín Pereda. Préstamos. Compra-venta.” Zacarías volvió al umbral, se puso el saco al hombro y tomó el rumbo de la ciudad: A su arrimo, el perro doblaba rabo y cabeza. Zacarías, por una calle de casas chatas, con azoteas y arrequives de colorines, se metió en los ruidos y luces de la feria: Llegó a un tabladillo de azares, y en el juego del parar apuntó las nueve monedas: Doblando la puesta, ganó tres veces: Le azotó un pensamiento absurdo, otro agüero, un agüero macabro: ¡El costal en el hombro le daba la suerte! Se fue, seguido del perro, y entró en un bochinche: Allí se estuvo, con el saco a los pies, bebiendo aguardiente. En una mesa cercana comía la pareja del ciego y la chicuela. Entraba y salía gente, rotos y chinitas, indios camperos, viejas que venían por el centavo de cominos para los cocoles. Zacarías pidió un guiso de guajolote, y en su plato hizo parte al perro: Luego tornó a beber, con la chupalla sobre la cara: Trascendía, con helada consciencia, que aquellos despojos le aseguraban de riesgo: Presumía que le buscaban para prenderle, y no le turbaba el menor recelo, una seguridad cruel le enfriaba: Se puso el costal en el hombro, y con el pie levantó al perro:
--¡Porfirio, visitaremos al gachupín!
III
Se detuvo y volvió a sentarse, avizorado por el cuchicheo de la pareja lechuza:
--¿No alargará su plazo el Señor Peredita?
--¡Poco hay que esperar, mi viejo!
--Sin el enojo con la chinita hubiera estado más contemplativo.
Zacarías, con la chupalla sobre la cara y el costal en las rodillas, amusgaba la oreja. El ciego se había sacado del bolsillo un cartapacio de papelotes y registraba entre ellos, como si tuviese vista en el luto de las uñas:
--Vuelve a leerme las condiciones del contrato. Alguna cláusula habrá que nos favorezca.
Alargábale a la chamaca una hoja con escrituras y sellos:
--¡Taitita, cómo soñamos! El gachupín nos tiene puesto el dogal.
--Repasa el contrato.
--De memoria me lo sé. ¡Perdidos, mi viejo, como no hallemos modo de ponernos al corriente!
--¿A cuánto sube el devengo?
--Siete pesos.
--¡Qué tiempos tan contrarios! ¡Otras ferias siete pesos no suponían ni tlaco! ¡La recaudación de una noche como la de ayer superaba esa cantidad por lo menos tres veces!
--¡Yo todos los tiempos que recuerdo son iguales!
--Tú eres muy niña.
--Ya seré vieja.
--¿No te parece que insistamos con un ruego al Señor Peredita? ¡Acaso exponiéndole nuestros propósitos de que tú cantes lueguito en conciertos!... ¿No te parece bien volver a verle?
--¡Volvamos!
--Lo dices sin esperanza.
--Porque no la tengo.
--¡Hija mía, no me das ningún consuelo! ¡El Señor Peredita también tendrá corazón!
--¡Es gachupín!
--Entre los gachupines hay hombres de conciencia.
--El Señor Peredita nos apretará el dogal, sin compasión. ¡Es muy ruin!
--Reconoce que otras veces ha sido más deferente... Pero estaba muy tomado de cólera con aquella chinita, y no debía fallarle razón cuando la pusieron a la sombra.
--¡Otra que paga culpas de Domiciano!
IV