Tirano Banderas: Novela de tierra caliente

Part 8

Chapter 83,916 wordsPublic domain

Zacarías se movió hacia la mustia pareja. El ciego, cerciorado de que la niña no leía el papel, lo guardaba en el cartapacio de hule negro. La cara del lechuzo tenía un gesto lacio, de cansina resignación. La niña le alargaba su plato al perro de Zacarías. Insistió Velones:

--¡Domiciano nos ha fregado! Sin Domiciano, Taracena estaría regentando su negocio y podría habernos adelantado la plata, o salido garante.

--Si no lo rehusaba.

--¡Ay, hija, déjame un rajito de esperanza! Si me lo autorizases, pediría una botella de chicha. ¡No me decepciones! La llevaremos a casa y me inspiraré para terminar el vals que dedico a Generalito Banderas.

--¡Taitita, querés vos poneros trompeto!

--Hija, necesito consolarme.

Zacarías levantó su botella y llenó los vasos de la niña y el ciego:

--Jalate no más. La cabrona vida solo así se sobrelleva. ¿Qué se pasó con la chinita? ¿Fue denunciada?

--¡Qué chance!

--¿Y la denuncia la hizo el gachupín chingado?

--Para no comprometerse.

--¡Está bueno! Al Señor Peredita dejátelo vos de mi mano.

Cargó el saco y se caminó, con el perro a la vera, el alón de la chupalla sobre la cara.

V

El Cruzado se fue despacio, enhebrándose por la rueda de charros y boyeros que, sin apearse de las monturas, bebían a la puerta del bochinche: Inmóvil el gesto de su máscara verdina, huraño y entenebrecido, con taladro doloroso en las sienes, metiose en las grescas y voces del real, que juntaba la feria de caballos. Cedros y palmas servían de apoyo a los tabanques de jaeces, facones y chamantos. Se acercó a una vereda ancha y polvorienta, con carros tolderos y meriendas: Jarochos jinetes lucían sus monturas en alardosas carreras, terciaban apuestas, se mentían al procuro de engañarse en los tratos. Zacarías, con los pies en el polvo, al arrimo de un cedro, calaba los ojos sobre el ruano que corría un viejo jarocho. Tentándose el cinto de las ganancias, hizo seña al campero:

--¿Se vende el guaco?

--Se vende.

--¿En cuánto lo ponés, amigo?

--Por muy bajo de su mérito.

--¡Sin macanas! ¿Querés vos cincuenta bolivianos?

--Por cada herradura.

Insistió Zacarías con obstinada canturía:

--Cincuenta bolivianos, si querés venderlo.

--¡No es pagarlo, amigo!

--Me estoy en lo hablado.

Zacarías no mudaba de voz ni de gesto: Con la insistencia monótona de la gota de agua, reiteraba su oferta. El jarocho revolvió la montura, haciendo lucidas corvetas:

--¡Se gobierna con un torzal! Mirale la boca y verés vos que no está cerrado.

Repitió Zacarías con su opaca canturía:

--No más me conviene en cincuenta bolivianos. Sesenta con el aparejo.

El jarocho se doblaba sobre el arzón sosegando al caballo con palmadas en el cuello. Compadreó:

--Setenta bolivianos, amigo, y de mi cuenta las copas.

--Sesenta con la silla puesta, y me dejás la reata y las espuelas.

Animose el campero, buscando avenencia:

--¡Sesenta y cinco! ¡Y te llevas, manís, una alhaja!

Zacarías posó el saco a los pies, se desató el cinto y, sentado en la sombra del cedro, contó la plata sobre una punta del poncho. Nubes de moscas ennegrecían el saco, manchado y viscoso de sangre. El perro, con gesto legañoso, husmeaba en torno del caballo. Desmontó el jarocho. Zacarías ató la plata en la punta del poncho y, demorándose para cerrar el ajuste, reconoció los corvejones y la boca del guaco: Puesto en silla cabalgó probándolo en cortas carreras, obligándole de la brida con brusco arriende, como cuando se tira al toro la mangana. El jarocho, en la linde de la polvorienta estrada, atendía al escaramuz, sobre las cejas la visera de la mano. Zacarías se acercó, atemperando la cabalgada:

--Me cumple.

--¡Una alhaja!

Zacarías desató la punta del poncho, y en la palma del campero, moneda a moneda, contó la plata:

--¡Amigo, nos vemos!

--¿No vos caminarés mero mero sin mojar el trato?

--Mero mero, amigo. Me urge no dilatarme.

--¡Vaya chance!

--Tengo que restituirme a mi pago. Queda en palabra que trincaremos en otra ocasión. ¡Nos vemos, amigo!

--¡Nos vemos! Compadrito, cuidame vos del ruano.

El real de la feria tenía una luminosa palpitación cromática. Por los crepusculares caminos de tierra roja ondulaban recuas de llamas, piños vacunos, tropas de jinetes con el sol poniente en los sombreros bordados de plata. Zacarías se salió del tumulto, espoleando, y se metió por Arquillo de Madres.

VI

Zacarías el Cruzado se encubría con el alón de la chupalla: Una torva resolución le asombraba el alma, un pensamiento solitario, insistente, inseparable de aquel taladro dolorido que le hendía las sienes. Y formulaba mentalmente su pensamiento, desdoblándolo con pueril paralelismo:

--¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor Peredita!

Cuando pasaba ante alguna iglesia se santiguaba. Los tutilimundis encendían sus candilejas, y frente a una barraca de fieras sintió estremecerse los flancos de la montura: El tigre, con venteo de carne y de sangre, le rugía levantado tras los barrotes de la jaula, la enfurecida cabeza asomada por los hierros, los ojos en lumbre, la cola azotante: El Cruzado, advertido, puso espuelas para ganar distancia: Sobre la fúnebre carga que sostenía en el arzón, había dejado caer el poncho. El Cruzado se aletargaba en la insistencia monótona de su pensamiento, desdoblándolo con obstinación mareante, acompasado por el latido neurálgico de las sienes, sujeto a su ritmo de lanzadera:

--¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor Peredita!

Las calles tenían un cromático dinamismo de pregones, guitarros, faroles, gallardetes. En el marasmo caliginoso, adormecido de músicas, acohetaban repentes de gritos, súbitas espantadas y tumultos. El Cruzado esquivaba aquellos parajes de mitotes y pleitos. Ondulaba bajo los faroles de colores la plebe cobriza, abierta en regueros, remansada frente a bochinches y pulperías. Las figuras se unificaban en una síntesis expresiva y monótona, enervadas en la crueldad cromática de las baratijas fulleras. Los bailes, las músicas, las cuerdas de farolillos, tenían una exasperación absurda, un enrabiamiento de quimera alucinante. Zacarías, abismado en rencorosa y taciturna tiniebla, sentía los aleteos del pensamiento, insistente, monótono, trasmudando su pueril paralelismo:

--¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor Peredita!

VII

Iluminaba la calle un farol con el rótulo de la tienda en los vidrios: “Empeñitos de Don Quintín”. El tercer vidrio estaba rajado, y no podía leerse. Las percalinas rojas y gualdas de la bandera española decoraban la puerta: “Empeñitos de Don Quintín”. Dentro, una lámpara con enagüillas verdes alumbraba el mostrador. El empeñista acariciaba su gato, un maltés vejete y rubiales, que trascendía el absurdo de parecerse a su dueño. El gato y el empeñista miraron a la puerta, desdoblando el mismo gesto de alarma. El gato, arqueándose sobre las rodillas del gachupín, posaba el terciopelo de sus guantes en dos simétricos remiendos de tela nueva. El Señor Peredita llevaba manguitos, tenía la pluma en la oreja y sobre la misma querencia el seboso gorrete, que años pasados la niña bordó en el colegio:

--¡Buenas noches, patrón!

Zacarías el Cruzado --poncho y chupalla, botas de potro y espuelas--, encorvándose sobre el borrén, adelantaba por la puerta medio caballo. El honrado gachupín le miró con cicatera suspicacia:

--¿Qué se ofrece?

--Una palabrita.

--Ata el guaco en la puerta.

--No tiene doma, patrón.

El Señor Peredita pasó fuera del mostrador.

--¡Veamos qué conveniencia traes!

--¡Conocernos, patrón! Es usted muy notorio por mis pagos. ¡Conocernos! Solo a ese negocio he acudido a la feria, Señor Peredita.

--Tú has jalado más de la cuenta y es una sinvergüenzada venir a faltar a un hombre provecto. Camínate no más, antes que con una voz llame al vigilante.

--Señor Peredita, no se sobresalte. Tengo que recobrar una alhajita.

--¿Traes el comprobante?

--¡Véalo no más!

El Cruzado, metiendo la montura en el portal, ponía sobre el mostrador el saco manchado y mojado de sangre. Se espantó el gachupín:

--¡Estás briago! Jaláis más de la cuenta, y luego venís a faltar en los establecimientos. Toma el saquete y camínate, luego, luego.

El Cruzado casi tocaba en la viguería con la cabeza: Le quedaba en sombra la figura desde el pecho a la cara, en tanto que las manos y el borrén de la silla destacaban bajo la luz del mostrador:

--¿Señor Peredita, pues no habés pedido el comprobante?

--¡No me friegues!

--Abra usted el saco.

--Camínate y déjame de tus macanas.

El Cruzado fraseó con torva insistencia, apagada la voz en un silo de cólera mansa:

--Patrón, usted abre no más, y se entera.

--Poco me importa. Chivo o marrano, con tu pan te lo comas.

El gachupín se encogió viendo caérsele encima la sombra del Cruzado.

--¡Señor Peredita, buscás abrir el saco con los dientes!

--Roto, no me traigas un pleito de gaucho malo. Si deseas algún servicio de mi parte, vuelves cuando te halles más despejado.

--Patrón, mero mero liquidamos. ¿Recordás de la chinita que dejó una tumbaga en nueve bolivianos?

El honrado gachupín se aleló, capcioso:

--No recuerdo. Tendría que repasar los libros. ¿Nueve bolivianos? No valdría más. Las tasas de mi establecimiento son las más altas.

--¡Quier decirse que aún los hay más ladrones! Pero no he venido sobre ese tanto. Usted, patrón, ha presentado denuncia contra la chinita.

Gritó el gachupín con guiño perlático:

--¡No puedo recordar todas las operaciones! ¡Vete no más! ¡Vuelve cuando te halles fresco! ¡Se verá si puede mejorarse la tasa!

--Este asunto lo ultimamos luego luego. Patroncito, habés denunciado a la chinita y vamos a explicarnos.

--Vuelve cuando estés menos briago.

--Patroncito, somos mortales, y a lo pior tenés la vida menos segura que la luz de ese candil. ¿Patroncito, quién ha puesto a la chinita en la galera? ¿No habés visto el ranchito vacío? ¡Ya lo verés! ¿No habés abierto el saco? ¡Ándele, Señor Peredita, y no se dilate!

--Tendrá que ser, pues eres un alcohólico obstinado.

El honrado gachupín comenzó a desatar el saco: Tenía el viejales un gesto indiferente. A la verdad, no le importaba que fuese chivo o marrano lo que guardase. Se transmudó con una espantada al descubrir la yerta y mordida cabeza del niño:

--¡Un crimen! ¿Me buscas para la encubierta? ¡Vete y no me traigas mal tercio! ¡Vete! ¡No diré nada! ¡So chingado, no me comprometas! ¿Qué puedes ofrecerme? ¡Un puñado de plata! ¡So chingado, un hombre de mi posición no se compromete por un puñado de plata!

Habló Zacarías, remansada la voz en abismos de cólera:

--Ese cuerpo es el de mi chamaco. La denuncia cabrona le puso a la mamasita en la galera. ¡Me lo han dejado solo para que se lo comiesen los chanchos!

--Es absurdo que me vengas a mí con esa factura de cargos. ¡Un espectáculo horrible! ¡Una desgracia! Quintín Pereda es ajeno a ese resultado. Te devolveré la tumbaguita. No hago cuenta de los bolivianos. ¡Quiere decirse que te beneficias con mi plata! Recoge esos restos. Dales sepultura. Comprendo que, bebiendo, hayas buscado consolarte. Vete. La tumbaguita pasas mañana a recogerla. Dale sepultura sagrada a esos restos.

--¡Don Quintinito cabrón, vas, vos acompañarme!

VIII

El Cruzado, con súbita violencia, rebota la montura, y el lazo de la reata cae sobre el cuello del espantado gachupín, que se desbarata abriendo los brazos. Fue un dislocarse atorbellinado de las figuras, al revolverse del guaco, un desgarre simultáneo. Zacarías, en alborotada corveta, atropella y se mete por la calle, llevándose a rastras el cuerpo del gachupín: Lostregan las herraduras y trompica el pelele, ahorcado al extremo de la reata. El jinete, tendido sobre el borrén, con las espuelas en los ijares del caballo, sentía en la tensa reata el tirón del cuerpo que rebota en los guijarros. Y consuela su estoica tristeza indiana Zacarías el Cruzado.

LIBRO SÉPTIMO

NIGROMANCIA

I

Están prontos los caballos para la fuga en el rancho de Ticomaipú. El Coronelito de la Gándara cena con Niño Filomeno. Sobre los términos de la colación, manda llamar a sus hijos el ranchero. Niña Laurita, con reservada tristeza, sale a buscarlos, y acude, brincante, la muchachada, sin atender a la madre, que asombra el gesto con un dedo en los labios. El patrón también sentía cubierta su fortaleza con una nube de duelo: Tenía los ojos en los manteles: No miraba ni a la mujer ni a los hijos: Recobrándose, levantó la frente con austera entereza.

II

Los chamacos, en el círculo de la lámpara, repentinamente mudos, sentían el aura de una adivinación telepática:

--Hijos, he trabajado para dejaros alguna hacienda y quitaros de los caminos de la pobreza: Yo los he caminado, y no los quisiera para ustedes. Hasta hoy esta ha sido la directriz de mi vida, y vean cómo hoy he mudado de pensamiento. Mi padre no me dejó riqueza, pero me dejó un nombre tan honrado como el primero, y esta herencia quiero yo dejarles. Espero que ustedes la tendrán en mayor aprecio que todo el oro del mundo, y si así no fuese, me ocasionarían un gran sonrojo.

Se oyó el gemido de la niña ranchera:

--¡Siempre nos dejas, Filomeno!

El patrón, con el gesto apagó la pregunta. La rueda de sus hijos en torno de la mesa tenía un brillo emocionado en los ojos, pero no lloraba:

--A vuestra mamasita pido que tenga ánimo para escuchar lo que me falta. He creído hasta hoy que podía ser un buen ciudadano, trabajando por acrecentarles la hacienda, sin sacrificar cosa ninguna al servicio de la Patria. Pero hoy me acusa mi conciencia, y no quiero avergonzarme mañana, ni que ustedes se avergüencen de su padre.

Sollozó la niña ranchera:

--¡Desde ya te pasas a la bola revolucionaria!

--Con este compañero.

El Coronelito de la Gándara se levantó, alardoso, tendiéndole los brazos:

--¡Eres un patricio espartano, y no me rajo!

Suspiraba la ranchera:

--¿Y si hallas la muerte, Filomeno?

--Tú cuidarás de educar a los chamacos y de recordarles que su padre murió por la Patria.

La mujer presentía imágenes tumultuosas de la revolución. Muertes, incendios, suplicios y, remota, como una divinidad implacable, la momia del Tirano.

III

Ante la reja nocturna, fragante de albahacón, refrenaba su parejeño Zacarías el Cruzado: Apareciose en súbita galopada, sobresaltando la nocharniega cadencia campañera:

--¡Vuelo, vuelo, mi Coronelito! La chinita fue delatada. Ya la pagó el fregado gachupín. ¡Vuelo, vuelo!

Zacarías refrenaba el caballo, y la oscura expresión del semblante y el sofoco de la voz metía, afanoso, por los hierros. En la sala, todas las figuras se movieron unánimes hacia la reja. Interrogó el Coronelito:

--¿Pues qué se pasó?

--La tormentona más negra de mi vida. ¡De estrella pendeja fueron los brillos de la tumbaguita! ¡Vuelo, vuelo, que traigo perro sobre los rastros, mi Coronelito!

IV

La niña ranchera abraza al marido, en el fondo de la sala, y lloriquea la tropa de chamacos encandillándose a la falda de la madre. Hipando su grito, irrumpe por una puerta la abuela carcamana:

--¿Perché questa follia? Se il Filomeno trova fortuna nella rivoluzione potrá diventar un Garibaldi. ¡Non mi spaventar i bambini!

El Cruzado miraba por los hierros, la figura toda en sombra. El ojo enorme del caballo recibía por veces una luz en el juego de las siluetas que accionaban cortando el círculo del candil. Zacarías aún terciaba sobre la silla el saco con el niño muerto. En la sala, el grupo familiar rodeaba al patrón. La madre, uno por uno, levantaba a los hijos, pasándoles a los brazos del padre. Consideró Zacarías, con dejo apagado:

--¡Son pidazos del corazón!

V

Chino Viejo acercó los caballos, y los ecos de la galopada rodaron por la nocturna campaña. Zacarías en el primer sofreno, al meterse por un vado, apareó su montura con la del Coronelito:

--¡Se chinga Banderitas! Tenemos un auxiliar muy grande. ¡Aquí va conmigo!

El Coronelito le miró, sospechándole borracho:

--¿Qué dices, manís?

--La reliquia de mi chamaco. Una carnicería que los chanchos me han dejado. Va en este alforjín.

El Coronel le tendió la mano:

---Me ocasiona un verdadero sentimiento, Zacarías. ¿Y cómo no has dado sepultura a esos restos?

--A su hora.

--No me parece bien.

--Esta reliquia nos sirve de salvoconducto.

--¡Es una creencia rutinaria!

--¡Mi jefecito, que lo cuente el chingado gachupín!

--¿Qué has hecho?

--Guindarlo. No pedía menos satisfacción esta carnicería de mi chamaco.

--Hay que darle sepultura.

--Cuando estemos a salvo.

--¡Y parecía muy vivo, el cabroncito!

--¡Cuanti menos, para su padre!

QUINTA PARTE

SANTA MÓNICA

LIBRO PRIMERO

BOLETO DE SOMBRA

I

El Fuerte de Santa Mónica, que en las luchas revolucionarias sirvió tantas veces como prisión de reos políticos, tenía una pavorosa leyenda de aguas empozoñadas, mazmorras con reptiles, cadenas, garfios y cepos de tormento. Estas fábulas, que databan de la dominación española, habían ganado mucho valimiento en la tiranía del General Santos Banderas. Todas las tardes en el foso del baluarte, cuando las cornetas tocaban fajina, era pasada por las armas alguna cuerda de revolucionarios. Se fusilaba sin otro proceso que una orden secreta del Tirano.

II

Nachito y el estudiante traspasaron la poterna, entre la escolta de soldados. El Alcaide los acogió sin otro trámite que el parte verbal depuesto por un sargento, y enviado desde la cantina por el Mayor del Valle. Al cruzar la poterna, los dos esposados alzaron la cabeza para hundir una larga mirada en el azul remoto y luminoso del cielo. El Alcaide de Santa Mónica, Coronel Irineo Castañón, aparece en las relaciones de aquel tiempo como uno de los más crueles sicarios de la Tiranía: Era un viejo sanguinario y potroso que fumaba en cachimba y arrastraba una pata de palo. Con la bragueta desabrochada, jocoso y cruel, dio entrada a los dos prisioneros:

--¡Me felicito de recibir a una gente tan seleccionada!

Nachito acogió el sarcasmo con falsa risa de dientes y quiso explicarse:

--Se padece una ofuscación, mi Coronelito.

El Coronel Irineo Castañón vaciaba la cachimba golpeando sobre la pata de palo:

--A mí en eso ninguna cosa me va. Los procesos, si hay lugar, los instruye el Licenciadito Carballeda. Ahora, como aún se trata de una simple detención, van a tener por suyo todo el recinto murado.

Agradeció Nachito con otra sonrisa cumplimentera y acabó moqueando:

--¡Es un puro sonambulismo este fregado!

El Cabo de Vara, en el sombrizo de la puerta, hacía sonar la pretina de sus llaves: Era mulato, muy escueto, con automatismo de fantoche: Se cubría con un chafado kepis francés, llevaba pantalones colorados de uniforme, y guayabera rabona muy sudada: Los zapatos de charol, viejos y tilingos, traía picados en los juanetes. El Alcaide le advirtió jovial:

--Don Trini, a estos dos flautistas vea de suministrarles boleto de preferencia.

--No habrá queja. Si vienen provisorios se les dará luneta de muralla.

Don Trini, cumplida la fórmula del cacheo, condujo a los presos por un bovedizo con fusiles en armario: Al final, abrió una reja y los soltó entre murallas:

--Pueden pasearse a su gusto.

Nachito, siempre cumplimentero y servil, rasgó la boca:

--¡Muchísimas gracias, Don Trini!

Don Trini, con absoluta indiferencia, batió la reja, haciendo rechinar cerrojos y llaves: Gritó alejándose:

--Hay cantina, si algo desean y quieren pagarlo.

III

Nachito, suspirando, leía en el muro los grafitos carcelarios decorados con fálicos trofeos. Tras de Nachito, el taciturno estudiante liaba el cigarro: Tenía en los ojos una chispa burlona, y en la boca prieta, color de moras, un rictus de compasión altanera. Esparcidos y solitarios paseaban algunos presos. Se oía el hervidero de las olas, como si estuviesen socavando el cimiento. Las ortigas lozaneaban en los rincones sombríos, y en la azul transparencia aleteaba una bandada de zopilotes, pájaros negros. Nachito, finchándose en el pando compás de las zancas, miró con reproche al estudiante:

--Ese mutismo es impropio para dar ánimos al compañero, y hasta puede ser una falta de generosidad. ¿Cómo es su gracia, amigo?

--Marco Aurelio.

--¡Marquito, qué será de nosotros!

--¡Pues, y quién sabe!

--¡Esto impone! ¡Se oye el farollón de las olas!... Parece que estamos en un barco.

El Fuerte de Santa Mónica, castillote teatral con defensas del tiempo de los virreyes, erguíase sobre los arrecifes de la costa, frente al vasto mar ecuatorial, caliginoso, de ciclones y calmas. En la barbacana, algunos morteros antiguos, roídos de lepra por el salitre, se alineaban moteados con las camisas de los presos tendidas a secar: Un viejo, sentado sobre el cantil frente al mar inmenso, ponía remiendos a la frazada de su camastro. En el más erguido baluarte cazaba lagartijas un gato, y pelotones de soldados hacían ejercicios en Punta Serpiente.

IV

Hilo de la muralla, la curva espumosa de las olas balanceaba una ringla de cadáveres. Vientres inflados, livideces tumefactas. Algunos prisioneros, con grito de motín, trepaban al baluarte. Las olas mecían los cadáveres ciñéndolos al costado de la muralla, y el cielo alto, llameante, cobijaba un astroso vuelo de zopilotes, en la cruel indiferencia de su turquesa. El preso que ponía remiendos en la frazada de su camastro quebró el hilo, y con la hebra en el bezo murmuró leperón y sarcástico:

--¡Los chingados tiburones ya se aburren de tanta carne revolucionaria, y todavía no se satisface el cabrón Banderas! ¡Puta madre!

El rostro de cordobán, burilado de arrugas, tenía un gesto estoico: La rasura de la barba, crecida y cenicienta, daba a su natural adusto un cierto aire funerario. Nachito y Marco Aurelio caminaron inciertos, como viajeros extraviados: Nachito, si algún preso cruzaba por su vera, apartábase solícito y abría paso con una sonrisa amistosa. Llegaron al baluarte y se asomaron a mirar el mar alegre de luces mañaneras, nigromántico con la fúnebre ringla balanceándose en las verdosas espumas de la resaca. Entre los presos que coronaban el baluarte acrecía la zaloma de motín con airados gestos y erguir de brazos. Nachito se aleló de espanto:

--¿Son náufragos?

El viejo de la frazada le miró despreciándole:

--Son los compañeros recién ultimados en Foso-Palmitos.

Interrogó el estudiante:

--¿No se les enterraba?

--¡Qué va! Se les tiraba al mar. Pero visto cómo a los tiburones ya les estomaga la carne revolucionaria, tendrán que darnos tierra a los que estamos esperando vez.

Tenía una risa rabiosa y amarga. Nachito cerró los ojos:

--¿Es de muerte su sentencia, mi viejo?

--¿Pues conoce otra penalidad más clemente el Tigre de Zamalpoa? ¡De muerte! ¡Y no me arrugo ni me rajo! ¡Abajo el Tirano!

Los prisioneros encaramados en el baluarte, hundían las miradas en los disipados verdes que formaba la resaca entre los contrafuertes de la muralla. El grupo tenía una frenética palpitación, una brama, un clamoreo de denuestos. El Doctor Alfredo Sánchez Ocaña, poeta y libelista, famoso tribuno revolucionario, se encrespó con el brazo tendido en arenga, bajo la mirada retinta del centinela que paseaba en la poterna con el fusil terciado:

--¡Héroes de la libertad! ¡Mártires de la más noble causa! ¡Vuestros nombres escritos con letras de oro, fulgirán en las páginas de nuestra Historia! ¡Hermanos, los que van a morir os rinden un saludo, y os presentan armas!

Se arrancó el jipi con un gran gesto, y todos le imitaron. El centinela amartilló el fusil:

--¡Atrás! No hay orden para demorar en el baluarte.

Le apostrofó el Doctor Sánchez Ocaña:

--¡Vil esclavo!

Una barca tripulada por carabineros de mar, arriando vela, maniobraba para recoger los cadáveres. Embarcó siete. Y como los prisioneros en creciente motín no desalojaban el baluarte, salió la guardia y sonaron cornetas.

V

Nachito, tomado de alferecía, se agarraba al brazo del estudiante:

--¡Nos hemos fregado!

El viejo de la manta le miró despacio, el belfo mecido por una risa de cabrío:

--No merita tanto atribulo esta vida pendeja.

Nachito ahiló la voz en el hipo de un sollozo: