Tirano Banderas: Novela de tierra caliente
Part 6
Agazapada al canto del mostrador, quedó atenta a la acción del usurero, que, puesto en la luz, examinaba la sortija con una lente:
--Creo conocer esta prenda.
Se avizoró la chinita:
--No soy su dueña. Vengo mandada de una familia que se ve en apuro.
El empeñista tornaba al examen, modulando una risa de falso teclado:
--Esta alhajita estuvo aquí otras veces. Tú la tienes de la uña, muy posiblemente.
--¡Mi jefecito, no me encuelgue tan mala fama!
El usurero se bajaba los espejuelos de la calva, recalcando la risa de Judas:
--Los libros dirán a qué nombre estuvo otras veces pignorada.
Tomó un cartapacio del estante y se puso a hojearlo. Era un viejales maligno, que al hablar entreveraba insidias y mieles, con falsedades y reservas. Había salido mocín de su tierra, y al rejo nativo juntaba las suspicacias de su arte y la dulzaina criolla de los mameyes: Levantó la cabeza y volvió a ponerse en la frente los espejuelos:
--El Coronel Gandarita pignoró este solitario el pasado agosto... Lo retiró el 7 de octubre. Te daré cinco soles.
Salmodió la chinita, con una mano sobre la boca:
--¿En cuánto estuvo? Eso mismo me dará el patroncito.
--¡No te apendejes! Te daré cinco soles, por hacerte algún beneficio. A bien ser, mi obligación era llamar horita a los gendarmes.
--¡Qué chance!
--Esta prenda no te pertenece. Yo, posiblemente, perderé los cinco soles, y tendré que devolvérsela a su dueño, si formula una reclamación judicial. Puedo fregarme por hacerte un servicio que no agradeces. Te daré tres soles y con ellos tomas viento fresco.
--¡Mi jefecito, usted me ve chuela!
El empeñista se apoyó en el mostrador con sorna y recalma:
--Puedo mandarte presa.
La chinita se rebotó, mirándole aguda, con el crío sobre el anca y las manos en la greña:
--¡La Guadalupita me valga! Denantes le antepuse que no es mía la prenda. Vengo mandada del Coronelito.
--Tendrás que justificarlo. Recibe los tres soles y no te metas en la galera.
--Patroncito, vuélvame el anillo.
--Ni lo sueñes. Te llevas los tres soles, y si hay engaño en mis sospechas, que venga a cerrar trato el legítimo propietario. Esta alhajita se queda aquí depositada. Mi casa es muy suficientemente garante. Recoge la plata y camínate luego luego.
--¡Señor Peredita, es un escarnio el que me hace!
--¡Si debías ir a la galera!
--Señor Peredita, no me denigre, que va equivocado. El Coronelito está en un apuro y queda no más esperando la plata. Si recela hacer trato, vuélvame la tumbaguita. Ándele, mi jefecito, y no me sea horita malo, que siempre ha sido para mi muy buena reata.
--No me sitúes en el caso de cumplir con la ley. Si te dilatas en recoger la moneda y ponerte en la banqueta, llamo a los gendarmes.
La chinita se revolvió amendigada y rebelde:
--¡No desmentís el ser gachupín!
--¡A mucha honra! Un gachupín no ampara el robo.
--¡Pero lo ejerce!
--¡Tú te buscas algo bueno!
--¡Mala casta!
--¡Voy a solfearte la cochina cuera!
--De mala tierra venís, para tener conciencia.
--¡No me toques a la patria, porque me ciego!
El empeñista se agacha bajo el mostrador y se incorpora blandiendo un rebenque.
II
Metíase, vergonzante, por la puerta del honrado gachupín, la pareja del ciego lechuzo y la niña mustia. La niña detuvo al ciego sobre la cortinilla roja de la mampara vidriera. Musitó el padre:
--¿Con quién es el pleito?
--Una indita.
--¡Hemos venido en mala sazón!
--¡Pues y quién sabe!
--Volveremos luego.
--Y hallaríamos el mismo retablo.
--Pues esperemos.
El empeñista se adelantó, hablándoles:
--Pasen ustedes. Supongo que traerán los atrasitos del piano. Son ya tres plazos los que me adeudan.
Murmuró el ciego:
--Solita, explícale la situación y nuestros buenos deseos al Señor Pereda.
Suspiró, redicha, la mustia:
--Nuestro deseo es cumplir y ponernos al corriente.
Sonrió el gachupín con hieles judaicas:
--El deseo no basta, y debe ser acompañado de los hechos. Están ustedes muy atrasados. A mí me gusta atender las circunstancias de mis clientes, aun contrariando mis intereses: Esa ha sido mi norma y volverá a serlo, pero con la revolución, todos los negocios marchan torcidos. ¡Son muy malas las circunstancias para poder relajar las cláusulas del contrato! ¿Qué pensaban abonar horita?
El ciego lechuzo torcía la cabeza sobre el hombro de la niña:
--Explícale nuestras circunstancias, Solita. Procura ser elocuente.
Murmuró, dolorosa, la chicuela:
--No hemos podido reunir la plata. Deseábamos rogarle que esperase a la segunda quincena.
--¡Imposible, cholita!
--¡Hasta la segunda quincena!
--Me duele negarme. Pero hay que defenderse, niña, hay que defenderse. Si no cumplen me veré en el dolor de retirarles el pianito. Acaso para ustedes represente una tranquilidad quitarse la carguita de los plazos. ¡Todo hay que mirarlo!
El ciego se torcía sobre la chicuela:
--¿Y perderíamos lo entregado?
Encareció con mieles el empeñista:
--¡Naturalmente! Y aún me cargo yo con los transportes y el deterioro que representa el uso.
Murmuró, acobardado, el ciego:
--Alargue usted el plazo a la segunda quincena, Señor Peredita.
Tornó a su encarecimiento meloso el empeñista:
--¡Imposible! ¡Me estoy arruinando con las complacencias! ¡Ya no puede ser más! ¡He puesto fechos al corazón para no verme fregado en el negocio! ¡Si no tengo nervio, entre todos me hunden en la pobreza! Hasta mañanita puedo alargarles el plazo, más, no. Vean de arreglarse. No pierdan aquí el tiempo.
Suplicó la niña:
--¡Señor Peredita, dilate su plazo a la segunda quincena!
--¡Imposible, primorosita! ¡Qué más quisiera yo que poder complacerte!
--¡No sea usted de su tierra, Señor Peredita!
--Para mentar a mi tierra, límpiate la lengua contra un cardo. No amolarla, hijita, que si no andáis con plumas, se lo debéis a España.
El ciego se doblaba rencoroso, empujando a la niña para que le sacase fuera:
--España podrá valer mucho, pero las muestras que acá nos remite son bien chingadas.
El empeñista azotó el mostrador con el rebenque:
--Merito pónganse en la banqueta. La madre patria y sus naturales estamos muy por encima de los juicios que pueda emitir un roto indocumentado.
La mustia mozuela, con acelero, llevábase al padre por la manga:
--Taitita, no hagas una cólera.
El ciego golpeaba en el umbral con el hierro del bastón:
--Este judío gachupín nos crucifica. ¡Te priva del pianito cuando marchabas mejor en tus estudios!
III
La otra chinita del crío al flanco, sale de un rincón de sombra, con cautela de blandas pisadas:
--¡Don Quintinito, no sea usted tan ruin! ¡Devuélvame la tumbaguita!
De una mano requiere el tapado, de la otra hace señal a la mustia pareja porque atienda y no se vaya. El empeñista azota el mostrador con el rebenque:
--¡Se me hace que vas a buscarte un compromiso, so pendeja!
--¡Vuélvame la tumbaguita!
--Tanicuanto regrese mi dependiente lo mandaré a entrevistarse con el legítimo propietario. Ten un tantito de paciencia, hasta cuando que haya sido evacuada la diligencia. Mi crédito debe serte muy suficientemente garante. En el entanto, la alhajita queda aquí depositada. Ponte, merito, en la banqueta y no me dejes aquí los piojos.
La chinita acude al umbral y, alborotada, reclama a la mustia pareja, que se ausenta con rezo de protestas y lástimas:
--¡Oigan no más! Atiendan al tanto de cómo este hombre me despoja.
El gachupín la llamó, revolviendo en el cajón de la plata:
--No seas leperona. Toma cinco soles.
--Guárdese la moneda y vuélvame la tumbaguita.
--No me friegues.
--Señor Peredita, usted no mide bien lo que hace. Usted se busca que venga con reclamaciones mi gallo. ¡Don Quintinito, sépase usted que tiene un espolón muy afilado!
El empeñista apilaba en el mostrador los cinco soles:
--Hay leyes, hay gendarmería, hay presidios y, en últimas resultas, hay una bala: Pagaré mi multa y libertaré de un pícaro a la sociedad.
--Patroncito, no le presuponga tan pendejo que se venga dando la cara.
--Cholita, recoge la moneda. Si merito, hechas las investigaciones que me exigen las leyes, hubiera lugar a darte más alguna cosa, no te será negada. Recoge la moneda. Si tienes alguna papeletita al vencimiento, me la traes luego luego, y procuraré de alargarte el plazo.
--¡Patroncito, no me vea chuela! Usted me da la tasa. El Coronel Gandarita se ha puesto impensadamente en viaje y deja algunas obligacioncitas. No lo piense más y ponga en el mostrador el cabal.
--¡Imposible, cholita! Te hago no más que el cincuenta por ciento de diferencia. La tasa, puedes verlo en el libro, son nueve soles. ¡Recibes más del cincuenta!
--Señor Peredita, no se coma usted los ceros.
--Vistas las circunstancias, te daré los nueve soles. ¡Y no me pudras la sangre! Si sale mentira tu cuento, me echo encima una denuncia del legítimo propietario.
Durante el rezo del honrado gachupín, la chinita arrebañaba del mostrador las nueve monedas, hacía el recuento pasándolas de una mano a otra, se las ataba en una punta del rebozo. Encorvándose, con el chamaco sobre el flanco, se aleja, galguera:
--¡Mi jefecito, usted condenará su alma!
--¡País de ingratos!
El empeñista colgó el rebenque de un clavo, pasó una escobilla por los cartapacios comerciales y se dispuso al goce efusivo del periodiquín que le mandaban de su villa asturiana. “El Eco Avilesino” colmaba todas las ternuras patrióticas del honrado gachupín. Las noticias de muertes, bodas y bautizos le recordaban de los chigres con músicas de acordeón, de los velorios con ronda de anisete y castañas. Los edictos judiciales, donde los predios rústicos son descritos con linderos y sembradura, le embelesaban, dándole una sugestión del húmedo paisaje: Arco iris, lluvias de invierno, sol en claras, quiebras de montes y verdes mares.
IV
Entró Melquíades, dependiente y sobrino del gachupín. Conducía una punta de chamacos, que sonaban las pintadas esquilas de fúnebres barros que se venden en la puerta de las iglesias por la fiesta de los Difuntos. Melquíades era chaparrote, con la jeta tozuda del emigrante que prospera y ahorra caudales. La tropa babieca, enfilada a canto del mostrador, repica los barros:
--¡Hijos míos! ¡Qué esperanza! ¡Idos a darle la murga a vuestra mamasita! ¡Que os vista los trajes de diario! ¡Melquíades, no debiste haberles relajado la moral, autorizándoles esta dilapidación de sus centavitos! ¡Muy suficiente una campanita para los cuatro! Entre hermanos bien avenidos, así se hace. Vayan a su mamá, que les mude los trajecitos.
Melquíades recadó la tropa, metiéndola por la escalerilla del piso alto:
--Don Celes Galindo les ha regalado los esquilones.
--¡Muy buena reata! Niños, a vuestra mamita, que os los guarde. Representan un recuerdo y debéis conservarlos para el año que viene y los sucesivos. ¡No sean rebeldes!
Melquíades, al pie de la escalerilla, vigilaba que el hato infantil subiese sin deterioro de los trajes nuevos. El arrastrarse por los escalones quedábase para el atuendo de diario. Melquíades insistió, ponderando la largueza de Don Celes:
--Son los barros de más precio. Bajo Arquillo de Madres puso en fila a los chamacos y les mandó elegir. Como pendejos, se fueron a los más caros. Don Celes sacó la plata y pagó sin atenuante. Me ha recomendado que usted no falte a la junta de notables en el Casino Español.
--¡Los esquiloncitos! ¡Ya estoy pagando el primer rédito! Me nombrarán de alguna comisión, tendré que abandonar por ratos el establecimiento, posiblemente me veré incluido para contribuir... De tales reuniones siempre sale una lista de suscripción. El Casino está pervirtiendo su funcionamiento y el objetivo de sus estatutos. De centro recreativo se ha vuelto un sacadineros.
--¡Está revolucionada la Colonia!
--¡Con razón! Desmonta el solitario de esa tumbaguita. Hay que desfigurarla.
Melquíades, sentado al pie del mostrador, buscaba en el cajón los alicates.
--“El Criterio” viene opuesto al cierre de cantinas que tramitan las Representaciones Extranjeras.
--¡Como que se vejan los intereses de muchos compatriotas! Los expendios de bebidas están autorizados por las leyes, y pagan muy buena matrícula. ¿Ha vertido alguna opinión Don Celestino?
--Don Celes se guía por que todo el comercio de españoles se haga solidario, y cierre en señal de protesta. Para eso es la junta de notables en el Casino.
--¡Qué esperanza! Esa opinión no puede prevalecer. Acudiré a la junta y haré patente mi disentimiento. Es una orientación nociva para los intereses de la Colonia. El comercio cumple funciones sociales en todos los países, y los cierres, cuando la medida no es general, solo ocasionan pérdida de clientes. El Ministro de España, si llegado el caso, se conforma al cierre de los estipendios de bebidas, se hará, de cierto, impopular con la Colonia. ¿Cómo respira Don Celestino?
--No mentó el tópico del Ministro.
--La junta de notables debía concretarse a fijar la actuación de ese loco de verano. Necesita orientaciones, y si se niega a recibirlas, aleccionarle, solicitando por cable la destitución. Para un fin tan justificado yo me suscribiría con una cuota.
--¡Y cualquiera!
--¿Por qué no lo haces tú, so pendejo?
--Ponga usted en mi cabeza el negocio, y verá si lo hago.
--¡Siempre polémico, Melquíades! ¡Siempre polémico!... Pues un cable resolvería la situación tan fregada del Ministro. ¡Un sodomita, comentado en todos los círculos sociales, que horita tiene al crápula en la cárcel!
--Ya le han dado suelta. A quien merito se llevaban los gendarmes es a la Cucaracha. ¡Menuda revolución va armando!
--Esa gente escandalosa no debía estar documentada por el Consulado. Cucarachita, con el trato tan inmoralísimo que sostiene, denigra el buen nombre de la Madre Patria.
--No le ha caído mal pleito a la tía Cucaracha. Parece complicada en la evasión del Coronel Gandarita.
--¿El Coronel Gandarita evadido? ¡Deja esa tumbaga! ¡Vaya un compromiso! ¿Evadido de Santa Mónica?
--¡Evadido cuando iban a prenderle esta madrugada en el congal de Cucarachita!
--¡Fugado! ¡La gran chivona me hizo pendejo! ¡Deja los alicantes! ¡Fugado! El Coronel Gandarita era un descalificado y tenía que verse en este trance. ¡Vaya el viajecito que me pintó la chola fregada! ¡Melquíades, ese solitario ha pertenecido al Coronel Gandarita! ¡Un lazo que a última hora me tira ese briago! ¡Me sacó nueve soles!
Sonreía, cazurro, Melquíades:
--¡Vale quinientos!
Avinagrose el honrado gachupín:
--¡Un cuerno! Perderé la plata, si no quiero verme chingado. Horita me largo a denunciar el hecho en la Delegación de Policía. Posiblemente me exigirán la presentación de la tumbaguita y hacer el depósito.
Cabeceaba considerando el poco fundamento del mundo y sus prosperidades y fortunas.
V
El honrado gachupín, agachándose tras el mostrador, se muda las pantuflas por botas nuevas. Luego echa las llaves a los cajones, y de un clavo descuelga el jipi:
--Voy a esa diligencia.
Cazurreó Melquíades:
--Cállese usted la boca, y quede achantado.
--¡Y nos visitan los gendarmes antes de un rato! ¡Solamente cavilas macanas! ¡Poco vales para un consejo en caso apurado, Melquíades! La Policía andará sobreavisada, y no sería extraño que a la cabrona mediadora ya le tuvieran la mano en la espalda. Puedo verme complicado, si no denuncio el hecho y me atengo a las ordenanzas de Generalito Banderas. ¿Te correrías tú el compromiso de no cumplimentarlas? Nueve soles me cuesta operar confiado en la buena fe de los marchantes. Ahí tienes lo que produce el negocio con todo de una práctica dilatada, por solo no tener en el sótano la conciencia. Yo, a esa cholita, que tan fullera me ha sido, pude darle no más tres soles, y le he puesto nueve en la mano. Para sacar adelante este negocio hay que vivir muy alertado y nunca obtendrás muchas prosperidades, sobrino. ¡En España soñáis que, arañando, se encuentra moneda acuñada en estas Repúblicas! Para evitarme complicaciones tendré que desprenderme de la tumbaguita y perder los nueve soles.
Melquíades adormilaba una sonrisa astuta de pueblerino asturiano:
--Al formular la denuncia se puede acompañar una alhajita de menos tasa.
El honrado gachupín se quedó mirando al sobrino. Súbita y consoladora luz iluminaba el alma del viejales:
--¡Una alhajita de menos tasa!...
LIBRO TERCERO
EL CORONELITO
I
Zacarías condujo la canoa por la encubierta de altos bejucales hasta la laguna de Ticomaipú. Alegrábase la mañana con un trenzado de gozosas algarabías --metales, cohetes, bateo--. La indiada celebraba la fiesta de Todos los Santos. Repicaban las campanas. Zacarías metió los remos a bordo e, hincando con el bichero, varó el esquife en la ciénaga, al socaire de espinosos cactus que, a modo de cerca, limitaban un corral de gallinas, pavos y marranos. Murmuró el cholo:
--Estamos en lo de Niño Filomeno.
--¡Bueno va! Asómate en descubierta.
--Posiblemente, el patroncito estará divirtiéndose en la plaza.
--Pues le buscas.
--¿Y si teme comprometerse?
--Es buena reata Filomeno.
--¿Y si lo teme y manda arrestarme?
--No habrá caso.
--En lo pior de lo malo hay que ponerse, mi jefecito. Yo, de mi cuenta, dispuesto me hallo para servirle, y cuanti que me pusieran en el cepo, con callar boca y aguantar mancuerda, estaba cumplido.
Choteó el Coronelito:
--Tú escondes alguna idea luminosa. Descúbrela no más, y como ella sea buena, no te llamaré pendejo.
El cholo miraba por encima de la cerca:
--Si Niño Filomeno está ausente, mi parecer es tunarle los caballos y salir arreando.
--¿Adónde?
--Al campo insurrecto.
--Necesito viático de plata.
El Coronelito saltó en la riba fangosa, y a par del indio se puso a mirar por encima del cercado. Descollaba entre palmas y cedros el campanario de la iglesia con la bandera tricolor. Las tierras del rancho, cuadriculadas por acequias y setos, se dilataban con varios matices de verde y parcelas rojizas recién aradas. Piños vacunos pacían a lo lejos. Algunos caballos mordían la hierba, divagando por el margen de las acequias. Una canoa remontaba el canal: Se oía el golpe de los remos: En la banca bogaba un indio de piocha canosa, gran sombrero palmito y camisote de lienzo: En la popa venía sentado Niño Filomeno. La canoa atracó al pie de una talanquera. El Coronelito salió al encuentro del ranchero:
--Mi viejo, he venido para desayunar en tu compañía. ¡Madrugas, mi viejo!
El ranchero le acogió con expresión suspicaz:
--He dormido en la capital. Me había mudado con el aliciente de oír la palabra de Don Roque Cepeda.
Se abrazan y, en buenos compadres, alternativamente se suspenden en alto.
II
Caminando de par por una senda de limoneros y naranjos, dieron vista a la casona del fundo: Tenía soportal de arcos encalados y un almagreño encendía las baldosas del soladillo. Colgaban de la viguería del porche muchas jaulas de pájaros, y la hamaca del patrón en la fresca penumbra. Los muros eran vestidos de azules enredaderas. El Coronelito y Filomeno descansaron en jinocales parejos, bajo la arcada, en la corriente de la puerta, por fondo, una cortinilla de lilailos japoneses. Son los jinocales unos asientos de bejuco y palma, obra de los indios llaneros. Al de la piocha canosa ordenó el patrón que sacase aparejo de vianda para el desayuno, y a la mucama, negra mandinga, que cebase el mate. Tornó Chino Viejo con un magro tasajo de oveja, y en lengua cutumay explicó que la niña ranchera y los chamacos estaban ausentes por haberse ido a la fiesta de iglesia. Aprobó el patrón no más que con el gesto, y brindó del tasajo al huésped. El Coronelito clavó media costilla con un facón que sacó del cinto, y puesta la vianda en el plato, levantó el caneco de la chicha. Reiteró el latigazo por tres veces, y se animó consecutivamente:
--¡Compadre, me veo en un fregado!
--Tú dirás.
--Merito se le ha puesto en la calva tronarme al chingado Banderas. Albur pelón y naipe contrario, mi amigo, que dicen los Santos Padres. Más bruja que un roto y huyente de la tiranía me tienes aquí, hermano. Filomeno, me voy al campo insurrecto a luchar por la redención del país, y tu ayuda vengo buscando, pues tampoco eres afecto a este oprobio de Santos Banderas. ¿Quieres darme tu ayuda?
El ranchero clavaba la aguda mirada endrina en el Coronelito de la Gándara:
--¡Te ves como mereces! El oprobio que ahora condenas dura quince años. ¿Qué has hecho en todo ese tiempo? La Patria nunca te acordó cuando estabas en la gracia de Santos Banderas. Y muy posible que tampoco te acuerde ahora y que vengas echado para sacarme una confidencia. Tirano Banderas os hace a todos espías.
Se alzó el Coronelito:
--¡Filomeno, clávame un puñal, pero no me sumas en el lodo! El más ruin tiene una hora de ser santo. Yo estoy en la mía, dispuesto a derramar la última gota de sangre en holocausto por la redención de la Patria.
--Si el pleito con que vienes es una macana, allá tú y tu conciencia, Domiciano. Poco daño podrás hacerme, dispuesto como estoy para meter fuego al rancho y ponerme en campaña con mis peones. Ya lo sabes. La pasada noche estuve en el mitin, y he visto con mis ojos conducir esposado, entre caballos, a Don Roque Cepeda. ¡He visto la pasión del justo y el escarnio de los gendarmes!
El Coronelito miraba al ranchero con ojos chispones: Inflábale los rubicundos cachetes una amplia sonrisa de ídolo glotón, pancista y borracho:
--¡Filomeno, la seguridad ciudadana es puro relajo! Don Roque Cepeda tarde verá el sol, si una orden le sume en Santa Mónica: Tiene las simpatías populares, pero insuficientemente trabajados los cuarteles, y con meros indios votantes no sacará triunfante su candidatura para la Presidencia de la República. Yo hacía política revolucionaria y he sido descubierto, y antes de ser tronado, me arranco la máscara. ¡Mi viejo, vamos a pelearle juntos el gallo a Generalito Banderas! ¡Filomeno, mi viejo, tú de milicias estás pelón, y te aprovecharán los consejos de un científico! Te nombro mi ayudante. Filomeno, manda no más a la mucama que te cosa los galones de capitán.
Filomeno Cuevas sonreía: Era endrino y aguileño: Los dientes alobados, retinto de mostacho y entrecejo: En la figura prócer, acerado y bien dispuesto:
--Domiciano, será un fregado que mi peonada no quiera reconocerte por jefe, y se ofusque y cumpla la orden de tronarte.
El Coronelito se atizó un trago y afligió la cara:
--Filomeno, abusas de tus preeminencias y me estás viendo chuela.
Replicó el otro con humor chancero:
--Domiciano, reconozco tu mérito y te nombraré corneta, si sabes solfeo.
--¡No me hagas pendejo, hermano! En mi situación, esas pullas son ofensas mortales. A tu lado, en puesto inferior, no me verás nunca. Digámonos adiós, Filomeno. Confío que no me negarás una montura y un guía baqueano. Tampoco estará de más algún aprovisionamiento de plata.
Filomeno Cuevas, amistoso, pero jugando siempre en los labios la sonrisa soflamera, posó la mano en el hombro del Coronelito:
--¡No te rajes, valedor! Aún falta que arengues a la peonada. Yo te cedo el mando si te aclama por jefe. Y en todo caso, haremos juntos las primeras marchas, hasta que se presente ocasión de zafarrancho.
El Coronelito de la Gándara inflose, haciendo piernas, y socarroneó en el tono del ranchero:
--Manís, harto me favoreces para que te dispute una bola de indios: A ti pertenece conducirlos a la matanza, pues eres el patrón y los pagas con tu plata. No macanees y facilítame montura, que si aquí me descubren vamos los dos a Santa Mónica. ¡Mira que tengo los sabuesos sobre el rastro!
--Si asoman el hocico, no faltará quien nos advierta. Sé la que me juego conspirando, y no me dejaré tomar en la cama como una liebre.
El Coronelito asintió con gesto placentero:
--Eso quiere decir que se puede echar otro trago. Poner centinelas en los pasos estratégicos es providencia de buen militar. ¡Te felicito, Filomeno!
Hablaba con el gollete de la cantimplora en la boca, tendido a la bartola en el jinocal, rotunda la panza de dios tibetano.
III