Tirano Banderas: Novela de tierra caliente
Part 5
El congal, con luminarias de verbena, juntaba en el patio mitote de naipe, aguardiente y buñuelo. Tenía el naipe al salir un interés fatigado: Menguaban las puestas, se encogían sobre el tapete, bajo el reflejo amarillo del candil, al aire contrario del naipe. Viendo el dinero tan receloso, para darle ánimo trajo aguardiente de caña y chicha la Taracena. Nacho Veguillas, muy festejado, a medio vestir, suelto el chaleco, un tirante por rabo, saltaba mimando el dúo del sapo y la rana. La música clásica, que, cuando esparcía su ánimo sombrío, gustaba de oír Tirano Banderas. Nachito, con una lágrima de artista ambulante, recibía las felicitaciones, estrechaba las manos, se tambaleaba en épicos abrazos. El Doctor Polaco, celoso de aquellos triunfos, en un corro de niñas, disertaba, accionando con el libro de los naipes abierto en abanico. Atentas las manflotas, cerraban un círculo de ojeras y lazos, con meloso cuchicheo tropical. La chamaca fúnebre pasaba la bandejilla del petitorio, estirando el triste descote, mustia y resignada, horrible en su corpiño de muselinas azules, lívidos lujos de hambre. Nachito la perseguía en cuclillas con gran algazara:
--¡Cua! ¡Cua!
IV
Con las luces del alba la mustia pareja del ciego lechuzo y la chica amortajada escurríase por el Arquillo de las Madres Portuguesas. Se apagaban las luminarias. En los Portalitos quedaba un rezago de ferias: El tiovivo daba su última vuelta en una gran boqueada de candilejas. El ciego lechuzo, y la chica amortajada, llevan fosco rosmar, claveteado entre las cuatro pisadas:
--¡Tiempos más fregados no los he conocido!
Habló la chica sin mudar el gesto de ultratumba:
--¡Donde otras ferias!
Sacudió la cabeza el lechuzo:
--Cucarachita no renueva el mujerío y así no se sostiene un negocio. ¿Qué tal mujer la Panameña? ¿Tiene partido?
--Poco partido tiene para ser nueva. ¡Está mochales!
--¿Qué viene a ser eso?
--¡Modo que tiene una chica que llaman la Malagueña! Con ello significa los transtornos.
--No tomes el hablar de esas mujeres.
La amortajada puso los tristes ojos en una estrella:
--¿Se me notaba que estuviese ronca?
--No más que al atacar las primeras notas. La pasión de esta noche es de una verdadera artista. Sin cariño de padre, creo que hubieses tenido un triunfo en una sala de conciertos: “No me mates, traidora ilusión.” ¡Ahí has rayado muy alto! Hija mía, es preciso que cantes pronto en un teatro, y me redimas de esta situación precaria. Yo puedo dirigir una orquesta.
--¿Ciego?
--Operándome las cataratas.
--¡Ay mi viejo, cómo soñamos!
--¿No saldremos alguna vez de esta pesadumbre?
--¡Quién sabe!
--¿Dudas?
--No digo nada.
--Tú no conoces otra vida, y te conformas.
--¡Vos tampoco la conocés, taitita!
--La he visto en otros, y comprendo lo que sea.
--Yo, puesta a envidiar, no envidiaría riquezas.
--¿Pues qué envidiarías?
--¡Ser pájaro! Cantar en una rama.
--No sabes lo que hablas.
--Ya hemos llegado.
En el portal dormía el indio con su india, cubiertos los dos por una frazada. La chica fúnebre y el ciego lechuzo pasaron perfilándose. El esquilón de las monjas doblaba por las Ánimas.
V
Nacho Veguillas también tenía el vino sentimental de boca babosa y ojos tiernos. Ahora, con la cabeza sobre el regazo de la daifa, canta su aria en la Recámara Verde:
--¡Dame tu amor, lirio caído en el fango!
Ensoñó la manflota:
--¡Canela! ¡Y decís vos que no sos romántico!
--¡Ángel puro de amor, que amor inspira! ¡Yo te sacaré del abismo y redimiré tu alma virginal! ¡Taracena! ¡Taracena!
--¡No armés escándalo, Nachito! Dejá vos al ama, que no está para tus fregados.
Y le ponía los anillos sobre la boca vinaria. Nachito se incorporó:
--¡Taracena! ¡Yo pago el débito de esta azucena, caída en el barro vil de tu comercio!
--¡Callá! ¡No faltés!
Nachito, llorona la alcuza de la nariz, se volvía a la niña del trato:
--¡Calma mi sed de ideal, ángel que tienes rotas las alas! ¡Posa tu mano en mi frente, que en un mar de lava ardiente mi cerebro siento arder!
--¿Cuándo fue que oí esas mismas músicas? ¡Nachito, aquí se dijeron esas mismas palabras!
Nachito se sintió celoso:
--¡Algún cabrón!
--O no se habrán dicho... Esta noche se me figura que ya pasó todo cuanto pasa. ¡Son las Benditas!... ¡Es ilusión esta de que todo pasó, antes de pasar!
--¡Yo te llamaba en mis solitarios sueños! ¡El imán de tu mirada penetra en mi! ¡Bésame, mujer!
--Nachito, no seás sonso y dejame rezar este toque de Ánimas.
--¡Bésame, Jarifa! ¡Bésame, impúdica, inocente! ¡Dame un ósculo casto y virginal! ¡Caminaba solo por el desierto de la vida, y se me aparece un oasis de amor, donde reposar la frente!
Nachito sollozaba, y la del trato, para consolarle, le dio un beso de folletín romántico, apretándole a la boca, el corazón de su boca pintada:
--¡Eres sonso!
VI
Tembló el altarete de Ánimas: El aleteo de un reflejo desquició los muros de la Recámara Verde: Se abrió la puerta y entró sin ceremonia el Coronelito de la Gándara. Veguillas volvió la nariz de alcuza y puso el ojo de carnero:
--¡Domiciano, no profanes el idilio de dos almas!
--Licenciadito, te recomiendo el amoniaco. Mírame a mí, limpio de vapores. ¿Guadalupe, qué haces sin darle el agua bendita?
El Coronelito de la Gándara, al pisar, infundía un temblor en la luminaria de Ánimas: La fanfarria irreverente de sus espuelas plateras, ponía al guiño del altarete un sinfónico fondo herético: Advertíase señalada mudanza en la persona y arreo del Coronelito: Traía el calzón recogido en botas jinetas, el cinto ajustado y el machete al flanco, viva aún la rasura de la barba, y el mechón endrino de la frente, peinado y brillante:
--Veguillas, hermano, préstame veinte soles, que bien te pintó el juego. Mañana te serán reintegrados.
--¡Mañana!
Nachito, tras la palabra que se desvanece en la verdosa penumbra, queda suspenso sin cerrar la boca. Oíase el doble de una remota campana. Las luces del altarete tenían un escalofrío aterrorizado. La manflota en camisa rosa --morena prieta-- se santiguaba entre las cortinas. Y era siempre sobre su tema el Coronelito de la Gándara:
--Mañana. ¡Y si no, cuando me entierren!
Nachito estalló en un sollozo:
--Siempre va con nosotros la muerte. Domiciano, recobra el juicio, la plata de nada te remedia.
Por entre cortinas salía la daifa, abrochándose el corsé, los dos pechos fuera, tirantes las medias, altas las ligas rosadas:
--¡Domiciano, ponte en salvo! Este pendejo no te lo dice, pero él sabe que estás en las listas de Tirano Banderas.
El Coronelito aseguró los ojos sobre Veguillas. Y Veguillas, con los brazos abiertos, gritó consternado:
--¡Ángel funesto! ¡Sierpe biomagnética! Con tus besos embriagadores me sorbiste el pensamiento.
El Coronelito, de un salto estaba en la puerta, atento a mirar y escuchar: Cerró, y corrida la aldaba, abierto el compás de las piernas, tiró de machete:
--Trae la palangana, Lupita. Vamos a ponerle una sangría a este doctorcito de guagua.
Se interpuso la daifa en corsé:
--Ten juicio, Domiciano. Antes que con él toques, a mí me traspasas. ¿Qué pretendes? ¿Qué haces ya aquí sofregado? ¿Corres peligro? ¡Pues ponte en salvo!
Se tiró de los bigotes con sorna el Coronelito de la Gándara:
--¿Quién me vende, Veguillas? ¿Qué me amenaza? Si horita mismo no lo declaras, te doy pasaporte con las Benditas. ¡Luego, luego, ponlo todo de manifiesto!
Veguillas, arrimado a la pared, se metía los calzones, torcido y compungido. Le temblaban las manos. Gimió turulato:
--Hermano, te delata la vieja rabona que tiene su mesilla en el jueguecito de la rana. ¡Esa te delata!
--¡Puta madre!
--Te ha perdido la mala costumbre de hacer cachizas, apenas te pones trompeto.
--¡Me ha de servir para un tambor esa cuera vieja!
--Niño Santos le ha dado la mano con promesa de chicotearte.
Apremiaba la daifa:
--¡No pierdas tiempo, Domiciano!
--¡Calla, Lupita! Este amigo entrañable, luego, luego, me va a decir por qué tribunal estoy sentenciado.
Gimió Veguillas:
--¡Domiciano, no la chingues, que no eres súbdito extranjero!
VII
El Coronelito relampagueaba el machete sobre las cabezas: La daifa, en camisa rosa, apretaba los ojos y aspaba los brazos: Veguillas era todo un temblor arrimado a la pared, en faldetas y con los calzones en la mano: El Coronelito se los arrancó:
--¡Me chingo en las bragas! ¿Cuál es mi sentencia?
Nachito se encogía con la nariz de alcuza en el ombligo:
--¡Hermano, no más me preguntes! Cada palabra es una bala... ¡Me estoy suicidando! La sentencia que tú no cumplas vendrá sobre mi cabeza.
--¿Cuál es mi sentencia? ¿Quién la ha dictado?
Desesperábase la manflota, de rodillas ante las luces de Ánimas:
--¡Ponte en salvo! ¡Si no lo haces, aquí mismo te prende el Mayorcito del Valle!
Nachito acabó de empavorizarse:
--¡Mujer infausta!
Se ovillaba cubriéndose hasta los pies con las faldetas de la camisa. El Coronelito le suspendió por los pelos: Veguillas, con la camisa sobre el ombligo, agitaba los brazos. Rugía el Coronelito:
--¿El Mayor del Valle tiene la orden de arrestarme? Responde.
Veguillas sacó la lengua:
--¡Me he suicidado!
LIBRO TERCERO
GUIÑOL DRAMÁTICO
I
¡Fue como truco de melodrama! El Coronelito, en el instante de pisar la calle, ha visto los fusiles de una patrulla, por el Arquillo de las Portuguesas. El Mayor del Valle viene a prenderle. El peligro le da un alerta violento en el pecho: Pronto y advertido se aplasta en tierra y a gatas cruza la calle: Por la puerta que entreabre un indio medio desnudo, lleno el pecho de escapularios, ya se mete. Veguillas le sigue arrastrado en un círculo de fatalidades absurdas: El Coronelito, acarrerado escalera arriba, se curva como el jinete sobre la montura. Nachito, que hocica sobre los escalones, recibe en la frente el resplandor de las espuelas. Bajo la claraboya del sotabanco, en la primera puerta, está pulsando el Coronelito. Abre una mucama que tiene la escoba: En un traspiés, espantada y aspada, ve a los dos fugitivos meterse por el corredor: Prorrumpe en gritos, pero las luces de un puñal que ciega los ojos, la lengua le enfrenan.
II
Al final del corredor está la recámara de un estudiante. El joven, pálido de lecturas, que medita sobre los libros abiertos, de codos en la mesa. Humea la lámpara. La ventana está abierta sobre la última estrella. El Coronelito, al entrar, pregunta y señala:
--¿Adónde cae?
El estudiante vuelve a la ventana su perfil lívido de sorpresa dramática. El Coronelito, sin esperar otra respuesta, salta sobre el alféizar, y grita con humor travieso:
--¡Ándele, pendejo!
Nachito se consterna:
--¡Su madre!
--¡Jip!
El Coronelito, con una brama, echa el cuerpo fuera. Va por el aire. Cae en un tejadillo. Quiebra muchas tejas. Escapa gateando. A Nachito que asoma timorato la alcuza llorona, se le arruga completamente la cara:
--¡Hay que ser gato!
III
Y por las recámaras del congal fulgura su charrasco el Mayor del Valle: Seguido de algunos soldados entra y sale, sonando las charras espuelas: A su vera jaleando el nalgario, con ahogo y ponderaciones, zapato bajo y una flor en la oreja, la madrota:
--¡Patroncito, soy gaditana y no miento! ¡Mi palabra es la del Rey de España! El Coronel Gandarita no hace un bostezo que dijo: ¡Me voy! ¡Visto y no visto! ¡Horitita! ¡Si no se tropezaron fue milagro! ¡Apenas llevaría tres pasos, cuando ya estaban en la puerta los soldados!
--¿No dijo adónde se caminaba?
--¡Iba muy trueno! Si algún bochinche no le tienta, buscará la cama.
El Mayor miró de través a la tía cherinola y llamó al sargento:
--Vas a registrar la casa. Cucarachita, si te descubro el contrabando te caen cien palos.
--Niño, no me encontrarás nada.
La madrota sonaba las llaves. El Mayor, contrariado, se mesaba la barba chivona, y en la espera, haciendo piernas entrose por la Sala de la Recámara Verde. El susto y el grito, la carrera furtiva, un rosario de léperos textos concertaban toda la vida del congal, en la luz cenicienta del alba. Lupita, taconeando, surgió en el arco de la verde recámara, un lunar nuevo en la mejilla: Por el pintado corazón de la boca, vertía el humo del cigarro:
--¡Abilio, estás de mi gusto!
--Me mandé mudar.
--Oye, ¿y tú piensas que se oculta aquí Domiciano? ¡Poco faltó para que le armases la ratonera! ¡Ahora, échale perros!
IV
Y Nachito Veguillas aún exprime su gesto turulato frente a la ventana del estudiante. El tiempo parece haber prolongado todas las acciones, suspensas absurdamente en el ápice de un instante, estupefactas, cristalizadas, nítidas, inverosímiles como sucede bajo la influencia de la marihuana. El estudiante, entre sus libros, tras de la mesa, despeinado, insomne, mira atónito: A Nachito tiene delante, abierta la boca y las manos en las orejas:
--¡Me he suicidado!
El estudiante cada vez parece más muerto:
--¿Usted es un fugado de Santa Mónica?
Nachito se frota los ojos:
--Viene a ser como un viceversa... Yo, amigo, de nadie escapo. Aquí me estoy. Míreme usted, amigo. Yo no escapo... Escapa el culpado. No soy más que un acompañante... Si me pregunta usted por qué tengo entrado aquí, me será difícil responderle. ¿Acaso sé dónde me encuentro? Subí por impulso ciego, en el arrebato de ese otro que usted ha visto. Mi palabra le doy. Un caso que yo mismo no comprendo. ¡Biomagnetismo!
El estudiante le mira perplejo sin descifrar el enredo de pesadilla donde fulgura el rostro de aquel que escapó por la lívida ventana, abierta toda la noche con la perseverancia de las cosas inertes, en espera de que se cumpla aquella contingencia de melodrama. Nachito solloza efusivo y cobarde:
--Aquí estoy, noble joven. Solamente pido para serenarme, un trago de agua. Todo es un sueño.
En este registro, se le atora el gallo. Llega del corredor estrépito de voces y armas. Empuñando el revólver cubre la puerta la figura del Mayor Abilio del Valle. Detrás, soldados con fusiles:
--¡Manos arriba!
V
Por otra puerta una gigantona descalza, en enaguas y pañoleta: La greña aleonada, ojos y cejas de tan intensos negros que, con ser muy morena la cara, parecen en ella tiznes y lumbres: Una poderosa figura de vieja bíblica: Sus brazos de acusados tendones, tenían un pathos barroco y estatuario. Doña Rosita Pintado entró en una ráfaga de voces airadas, gesto y ademán en trastorno:
--¿Qué buscan en mi casa? ¿Es que piensan llevarse al chamaco? ¿Quién lo manda? ¡Me llevan a mí! ¿Estas son leyes?
Habló el Mayor del Valle:
--No me vea chuela, Doña Rosita. El retoño tiene que venirse merito a prestar declaración. Yo le garanto que cumplida esa diligencia, como se halle sin culpa, acá vuelve el muchacho. No tema ninguna ojeriza. Esto lo dimanan las circunstancias. El muchacho vuelve si está sin culpa, yo se lo garanto.
Miró a su madre el mozalbete y, con arisco ceño, le recomendó silencio. La gigantona estremecida corrió para abrazarle, en desolado ademán los brazos. La arrestó el hijo con gesto firme:
--Mi vieja, cállese y no la friegue. Con bulla nada se alcanza.
Clamó la madre:
--¡Tú me matas, negro de Guinea!
--¡Nada malo puede venirme!
La gigantona se debatió, asombrada en una oscuridad de dudas y alarmas:
--¡Mayorcito del Valle, dígame usted lo que pasa!
Interrumpió el mozuelo:
--Uno que entró perseguido, y se fugó por la ventana.
--¿Tú qué le has dicho?
--Ni tiempo tuve de verle la cara.
Intervino el Mayor del Valle:
--Con hacer esta declaración donde corresponde, todo queda terminado.
Plegó los brazos la gigantona:
--¿Y el que escapaba, se sabe quién era?
Nachito sacó la voz entre nieblas alcohólicas:
--¡El Coronel de la Gándara!
Nachito, luciente de lágrimas, encogido entre dos soldados, resoplaba con la alcuza llorona pingando la moca. Aturdida, en desconcierto, le miró Doña Rosita:
--¡Valedor! ¿También usted llora?
--¡Me he suicidado!
El Mayor del Valle levanta el charrasco y la escuadra se apronta, sacando entre filas al estudiante y a Nachito.
VI
Despeinadas y ojerosas atisbaban tras de la reja las pupilas de Taracena. Se afanan por descubrir a los prisioneros, sombras taciturnas entre la gris retícula de las bayonetas. El sacristán de las monjas sacaba la cabeza por el arquillo del esquilón. Tocaban diana las cornetas de fuertes y cuarteles. Tenía el mar caminos de sol. Los indios, trajinantes nocturnos, entraban en la ciudad guiando recuas de llamas cargadas de mercadería y frutos de los ranchos serranos: El bravío del ganado recalentaba la neblina del alba. Despertábase el Puerto con un son ambulatorio de esquilas, y la patrulla de fusiles desaparecía con los dos prisioneros por el Arquillo de las Portuguesas. En el congal, la madrota daba voces ordenando que las pupilas se recogiesen a la perrera del sotabanco, y el coime, con una flor en el pelo, trajinaba remudando la ropa de las camas del trato. Lupita la Romántica, en camisa rosa, rezaba ante el retablo de luces en la Recámara Verde. Murmuró el coime con un alfiler en los labios, al mismo tiempo que estudiaba los recogidos de la colcha:
--¡Aún no se me fue el sobresalto!
CUARTA PARTE
AMULETO NIGROMANTE
LIBRO PRIMERO
LA FUGA
I
El Coronelito Domiciano de la Gándara, en aquel trance, se acordó de un indio a quien tenía obligado con antiguos favores. Por Arquillo de Madres, retardando el paso para no mover sospecha, salió al Campo del Perulero.
II
Zacarías San José, a causa de un chirlo que le rajaba la cara, era más conocido por Zacarías el Cruzado: Tenía el chozo en un vasto charcal de juncos y médanos, allí donde dicen Campo del Perulero: En los bordes cenagosos picoteaban grandes cuervos, auras en los llanos andinos y zopilotes en el Seno de México. Algunos caballos mordían la hierba a lo largo de las acequias. Zacarías trabajaba el barro, estilizando las fúnebres bichas de chiromayos y chiromecas. La vastedad de juncos y médanos flotaba en nieblas de amanecida. Hozaban los marranos en el cenagal, a espaldas del chozo, y el alfarero, sentado sobre los talones, la chupalla en la cabeza, por todo vestido un camisote, decoraba con prolijas pinturas jícaras y güejas. Taciturno bajo una nube de moscas, miraba de largo en largo al bejucal donde había un caballo muerto. El Cruzado no estaba libre de recelos: Aquel zopilote que se había metido en el techado, azotándole con negro aleteo, era un mal presagio. Otro signo funesto, las pinturas vertidas: El amarillo, que presupone hieles, y el negro, que es cárcel, cuando no llama muerte, juntaban sus regueros. Y recordó súbitamente que la chinita, la noche pasada, al apagar la lumbre, tenía descubierta una salamandra bajo el metate de las tortillas... El alfarero movía los pinceles con lenta minucia, cautivo en un dual contradictorio de acciones y pensamientos.
III
La chinita, en el fondo del jacal, se mete la teta en el hipil, desapartando de su lado al crío que berrea y se revuelca en tierra. Acude a levantarle con una azotaina, y suspenso de una oreja le pone fuera del techado. Se queda la chinita al canto del marido, atenta a los trazos del pincel, que decora el barro de una güeja:
--¡Zacarías, mucho callas!
--Di no más.
--No tengo un centavito.
--Hoy coceré los barros.
--¿Y en el en tanto?
Zacarías repuso con una sonrisa atravesada:
--¡No me friegues! Estas cuaresmas el ayunar está muy recomendado.
Y quedó con el pincelillo suspenso en el aire, porque era sobre la puerta del jacal el Coronelito Domiciano de la Gándara: Un dedo en los labios.
IV
El cholo, con leve carrerilla de pies descalzos, se junta al Coronelito: Platican, alertados, en la vera de un maguey culebrón:
--¿Zacarías, quieres ayudarme a salir de un mal paso?
--¡Patroncito, bastantemente lo sabe!
--La cabeza me huele a pólvora. Envidias son de mi compadre Santos Banderas. ¿Tú quieres ayudarme?
--¡No más que diga, y obedecerle!
--¿Cómo proporcionarme un caballo?
--Tres veredas hay, patroncito: Se compra, se pide a un amigo o se le toma.
--Sin plata no se compra. El amigo nos falta. ¿Y dónde descubres tú un guaco para bolearle? Tengo sobre los pasos una punta de cabrones. ¡Verás no más! La idea que traía formada es que me subieses en canoa a Potrero Negrete.
--Pues a no dilatarlo, mi jefe. La canoa tengo en los bejucales.
--Debo decirte que te juegas la respiración, Zacarías.
--¡Para lo que dan por ella, patroncito!
V
Husmea el perro en torno del maguey culebrón, y bajo la techumbre de palmas engresca el crío, que pide la teta, puesto de pie, al flanco de la madre. Zacarías aseñó a la mujer para que se llegase:
--¡Me camino con el patrón!
Apagó la voz la chinita:
--¿Compromiso grande?
--Esa pinta descubre.
--Recuerda, si te dilatas, que no me dejas un centavo.
--¡Y qué hacerle, chinita! Llevas a colgar alguna cosa.
--¡Como no lleve la frazada del catre!
--Empeñas el relojito.
--¡Con el vidrio partido, no dan un boliviano!
El Cruzado se descolgaba el cebollón de níquel, sujeto por una cadena oxidada. Y antes que la chinita, adelantose a tomarlo el Coronel de la Gándara:
--¡Tan bruja estás, Zacarías!
Suspiró la comadre:
--¡Todo se lo lleva el naipe, mi jefecito! ¡Todo se lo lleva la ciega ofuscación de este hombre!
--¡Sí que no vale un boliviano!
El Coronelito voltea el reloj por la cadena, y con risa jocunda lo manda al cenagal, entre los marranos:
--¡Qué valedor!
La comadre aprobaba mansamente. Había velado el tiro con el propósito de ir luego a catearlo. El Coronelito se quitó una sortija:
--Con esto podrás remediarte.
La chinita se echó por tierra, besando las manos al valedor.
VI
El Cruzado se metía puertas adentro, para ponerse calzones y ceñirse el cinto del pistolón y el machete. Le sigue la coima:
--¡Pendejada que resultare fulero el anillo!
--¡Pendejada y media!
La chinita le muestra la mano, jugando las luces de la tumbaga:
--¡Buenos brillos tiene! Puedo llegarme a un empeñito para tener cercioro.
--Si corres uno solo pudieran engañarte.
--Correré varios. A ser de ley, no andará muy distante de valer cien pesos.
--Tú ve en la cuenta de que vale quinientos, o no vale tlaco.
--¿Te parés lo lleve mero mero?
-- ¿Y si te dan cambiazo?
--¡Que esperanza!
VII
El Coronelito, sobre la puerta del jacal, atalayaba el Campo del Perulero.
--No te dilates, manís.
Ya salía el cholo, con el crío en brazos y la chinita al flanco. Suspira, esclava, la hembra:
--¿Cuándo será la vuelta?
--¡Pues, y quién sabe! Enciéndele una velita a la Guadalupe.
--¡Le encenderé dos!
--¡Está bueno!
Besó al crío, refregándole los bigotes, y lo puso en brazos de la madre.
VIII
El Coronelito y Zacarías caminaron por el borde de la gran acequia hasta el Pozo del Soldado. Zacarías echó al agua un dornajo, atracado en el légamo, y por la encubierta de altos bejucales y floridas lianas remontaron la acequia.
LIBRO SEGUNDO
LA TUMBAGA
I
EMPEÑITOS DE QUINTÍN PEREDA. -- La chinita se detuvo ante el escaparate, luciente de arracadas, fistoles y mancuernas, guarnecido de pistolas y puñales, colgado de ñandutís y zarapes: Se estuvo a mirar un buen espacio: Cargaba al crío sobre la cadera, suspenso del rebozo, como en hamaca: Con la mano barríase el sudor de la frente: Parejo recogía y atusaba la greña: Se metió por la puerta con humilde salmodia:
--¡Salucita, mi jefe! Pues aquí estamos, no más, para que el patroncito se gane un buen premio. ¡Lo merece, que es muy valedor y muy cabal gente! ¡Vea qué alhajita de mérito!
Jugaba sobre el mostrador la mano prieta, sin sacarse el anillo. Quintín Pereda, el honrado gachupín, declinó en las rodillas el periódico que estaba leyendo y se puso las antiparras en la calva:
--¿Qué se ofrece?
--Su tasa. Es una tumbaga muy chulita. Mi jefecito, vea no más los resplandores que tiene.
--¡No querrás que te la precie puesta en el dedo!
--¡Pues sí que el patroncito no es baqueano!
--¡Hay que tocar el aro con el agua fuerte y calibrar la piedra!
La chinita se quitó el anillo, y, con un mohín reverente, lo puso en las uñas del gachupín:
--Señor Peredita, usted me ordena.