Tirano Banderas: Novela de tierra caliente

Part 4

Chapter 43,827 wordsPublic domain

--Hábleme de su Excelencia el Señor Ministro de España. ¿Cuáles son sus compromisos diplomáticos? ¿Por qué su actuación contraria a los intereses españoles aquí radicados? ¿No comprende que la capacitación del indígena es la ruina del estanciero? El estanciero se verá aquí con los mismos problemas agrarios que deja planteados en el propio país, y que sus estadistas no saben resolver.

Don Celeste tuvo un gran gesto adulador y enfático:

--Benicarlés no es hombre para presentarse con esa claridad y esa transcendencia las cuestiones.

--¿En qué argumentación sostiene su criterio? Eso estimaría saber.

--No argumenta.

--¿Cómo sustenta su opinión?

--No la sustenta.

--¿Algo dirá?

--Su criterio es no desviarse en su actuación de las vistas que adopte el Cuerpo Diplomático. Le hice toda suerte de objeciones, llegué a significarle que se exponía a un serio conflicto con la Colonia. Que acaso se jugaba la carrera. ¡Inútil! ¡Mis palabras han resbalado sobre su indiferencia! ¡Jugaba con el faldero! ¡Me ha indignado!

Tirano Banderas, interrumpió con su falso y escandido hablar ceremonioso:

--Don Celes, venciendo su repugnancia, aún tendrá usted que entrevistarse con el Señor Ministro de España: Será conveniente que usted insista sobre los mismos tópicos, con algunas indicaciones muy especializadas. Acaso logre apartarle de la perniciosa influencia del Representante Británico. El Señor Inspector de Policía tiene noticia de que nuestras actuales dificultades obedecen a un complot de la Sociedad Evangélica de Londres. ¿No es así, Señor Inspector?

--¡Indudablemente! La Humanidad que invocan las milicias puritanas es un ente de razón, una logomaquia. El laborantismo inglés, para influenciar sobre los negocios de minas y finanzas, comienza introduciendo la Biblia.

Meció la cabeza Don Celes:

--Ya estoy al cabo.

La momia se inclinó con rígida mesura, sesgando la plática:

--Un español ameritado no puede sustraer su actuación cuando se trata de las buenas relaciones entre la República y la Patria Española. Hay a más un feo enredo policíaco. El Señor Inspector tiene la palabra.

El Señor Inspector, con aquel gesto de burla fúnebre, paró un ojo sobre Don Celes:

--Los principios humanitarios que invoca la diplomacia, acaso tengan que supeditarse a las exigencias de la realidad palpitante.

Rumió la momia:

--Y en última instancia, los intereses de los españoles aquí radicados, están en contra de la Humanidad. ¡No hay que fregarla! Los españoles aquí radicados representan intereses contrarios. ¡Que lo entienda ese Señor Ministro! ¡Que se capacite! Si le ve muy renuente, manifiéstele que obra en los archivos policíacos un atestado por verdaderas orgías romanas, donde un invertido simula el parto. Tiene la palabra el Señor Inspector.

Se consternó Don Celes: Y puso su rejón el Coronel-Licenciado:

--En ese simulacro, parece haber sido comadrón el Señor Ministro de España.

Gemía Don Celes:

--¡Estoy consternado!

Tirano Banderas rasgó la boca con mueca desdeñosa:

--Por veces nos llegan puros atorrantes representando a la Madre Patria.

Suspiró Don Celes:

--Veré al Barón.

--Véale, y hágale entender que tenemos su crédito en las manos. El Señor Ministro recapacitará lo que hace. Hágale presente un saludo muy fino de Santos Banderas.

El Tirano se inclinó, con aquel ademán mesurado y rígido de figura de palo:

--La Diplomacia gusta de los aplazamientos, y de esa primera reunión no saldrá nada. En fin, veremos lo que nos trae el día de mañana. La República puede perecer en una guerra, pero jamás se rendirá ante una imposición de las Potencias Extranjeras.

V

Tirano Banderas salió al claustro, y encorvado sobre una mesilla de campaña, sin sentarse, firmó, con rápido rasgueo, los edictos y sentencias que sacaba de un cartapacio el Secretario de Tribunales, Licenciado Carrillo. Sobre la cal de los muros, daban sus espantos malas pinturas de martirios, purgatorios, catafalcos y demonios verdes. El Tirano, rubricado el último pliego, habló despacio, la mueca dolorosa y verde en la rasgada boca indiana:

--¡Chac-chac! Señor Licenciadito, estamos en deuda con la vieja rabona del 7.º Ligero. Para rendirle justicia debidamente, se precisa chicotear a un Jefe del Ejército. ¡Punirlo como a un roto! ¡Y es un amigo de los más estimados! ¡El macaneador de mi compadre Domiciano de la Gándara! ¡Ese bucanero, que dentro de un rato me llamará déspota, con el ojo torcido al campo insurrecto! Chicotear a mi compadre es ponerle a caballo. Desamparar a la chola rabona, falsificar el designio que formulé al darle la mano, se llama sumirse, fregarse. ¿Licenciado, cuál es su consejo?

--Patroncito, es un nudo gordiano.

Tirano Banderas, rasgada la boca por la verde mueca, se volvió al coro de comparsas:

--Ustedes, amigos, no se destierren: Arriéndense para dar su fallo. ¿Han entendido lo que platicaba con el Señor Licenciado? Bien conocen a mi compadre. ¡Muy buena reata y todos le estimamos! Darle chicote como a un roto es enfurecerle y ponerle en el rancho de los revolucionarios. ¿Se le pune, y deja libre y rencoroso? ¿Tirano Banderas --como dice el pueblo cabrón-- debe ser prudente o magnánimo? Piénsenlo, amigos, que su dictado me interesa. Constitúyanse en tribunal, y resuelvan el caso con arreglo a conciencia.

Desplegando un catalejo de tres cuerpos reclinose en la arcada que se abría sobre el borroso diseño del jardín, y se absorbió en la contemplación del cielo.

VI

Los compadritos hacen rueda en el otro cabo, y apuntan distingos justipreciando aquel escrúpulo de conciencia que, como un hueso a los perros, les arrojaba Tirano Banderas. El Licenciado Carrillo se insinúa con la mueca de zorro propia del buen curial:

--¿Cuál será la idea del patrón?

El Licenciado Nacho Veguillas, sesga la boca y saca los ojos remedando el canto de la rana:

--¡Cua! ¡Cua!

Y le desprecia con un gesto, tirándose del pirulo chivón de la barba, el Mayor Abilio del Valle:

--¡No está el guitarrón para ser punteado!

--¡Mayorcito del Valle, hay que fregarse!

El Licenciado Carrillo no salía de su tema:

--Preciso es adivinarle la idea al patrón, y dictaminar de acuerdo.

Nacho Veguillas hacía el tonto mojiganguero:

--¡Cua! ¡Cua! Yo me guío por sus luces, Licenciadito.

Murmuró el Mayor del Valle:

--Para acertarla, cada uno se ponga en el caso.

--¿Y puesto en el caso vos, Mayorcito?...

--¿Entre qué términos, Licenciado?

--Desmentirse con la vieja, o chicotear como a un roto al Coronelito de la Gándara.

El Mayor Abilio del Valle, siempre a tirarse del pirulo chivón, retrucó soflamero:

--Tronar a Domiciano y después chicotearle, es mi consejo.

El Licenciado Nacho Veguillas sufrió un acceso sentimental de pobre diablo:

--El patroncito acaso mire la relación de compadres, y pudiera la vinculación espiritual aplacar su rigorismo.

El Licenciado Carrillo tendía la cola petulante:

--Mayorcito, de este nudo gordiano vos estate el Alejandro.

Veguillas angustió la cara:

--¡Un escacho de botillería, no puede tener pena de muerte! Yo salvo mi responsabilidad. No quiero que se me aparezca el espectro de Domiciano. ¿Vos conocés la obra que representó anoche Pepe Valero? “Fernando el Emplazado”. ¡Che! Es un caso de la Historia de España.

--Ya no pasan esos casos.

--Todos los días, Mayorcito.

--No los conozco.

--Permanecen inéditos, porque los emplazados no son testas coronadas.

--¿El mal de ojo? No creo en ello.

--Yo he conocido a un sujeto, que perdía siempre en el juego si no tenía en la mano el cigarro apagado.

El Licenciado Carrillo aguzaba la sonrisa:

--Me permito llamarles al asunto. Sospecho que hay otra acusación contra el Coronel de la Gándara. Siempre ha sido poco de fiar ese amigo y andaba estos tiempos muy bruja, y acaso buscó remediarse de plata en la montonera revolucionaria.

Se confundieron las voces en un susurro:

--No es un secreto que conspiraba.

--Pues le debe cuanto es al patroncito.

--Como todos nosotros.

--Soy el primero en reconocer esa deuda sagrada.

--Con menos que la vida, yo no le pago a Don Santos.

--Domiciano le ha correspondido con la más negra ingratitud.

Puestos de acuerdo, ofreció la petaca el Mayor del Valle.

VII

El Tirano corría por el cielo el campo de su catalejo: Tenía blanca de luna la calavera:

--Cinco fechas para que sea visible el cometa que anuncian los astrónomos europeos. Acontecimiento celeste de que no tendríamos noticia a no ser por los sabios de fuera. Posiblemente, en los espacios sidéreos tampoco saben nada de nuestras revoluciones. Estamos parejos. Sin embargo, nuestro atraso científico es manifiesto. Licenciadito Veguillas, redactará usted un decreto para dotar con un buen telescopio a la Escuela Náutica y Astronómica.

El Licenciadito Nacho Veguillas, finchándose en el pando compás de las zancas, sacó el pecho y tendió el brazo en arenga:

--¡Mirar por la cultura es hacer patria!

El Tirano pagó la cordialidad avinada del pobre diablo con un gesto de calavera humorística, mientras volvía a recorrer con su anteojo el cielo nocturno. Los cocuyos encendían su danza de luces en la borrosa y lunaria geometría del jardín.

VIII

Tosca y esquiva, aguzados los ojos como montés alimaña, penetró, dando gritos, una mujer encamisada y pelona. Por la sala pasó un silencio, y los coloquios quedaron en el aire. Tirano Banderas, tras una espantada, se recobró batiendo el pie con ira y denuesto. Temerosos del castigo, se arrestaron la recamarera y el mucamo, que acudieron a la captura de la encamisada. Fulminó el Tirano:

--¡Chingada, guarda tenés de la niña! ¡Hi de tal, la tenés bien guardada!

Las dos figuras parejas se recogían, susurrantes en el quicio de la puerta: Eran, sobre el hueco profundo de sombra, oscuros bultos de borroso realce. Tirano Banderas se acercó a la encamisada, que con el gesto obstinado de los locos, hundía las uñas en la greña y se agazapaba en un rincón aullando:

--Manolita, vos serés bien mandada. Andate no más para la recámara.

Aquella pelona encamisada era la hija de Tirano Banderas: Joven, lozana, de pulido bronce, casi una niña, con la expresión inmóvil, sellaba un enigma cruel su máscara de ídolo: Huidiza y doblada, se recogió al amparo de la recamarera y el mucamo, arrestados en la puerta. Se la llevaron con amonestaciones, y en la oscuridad se perdieron. Tirano Banderas, con un monólogo tartajoso, comenzó a dar paseos: Al cabo, resolviéndose, hizo una cortesía de estantigua, y comenzó a subir la escalera.

--Al macaneador de mi compadre, será prudente arrestarlo esta noche, Mayor del Valle.

TERCERA PARTE

NOCHE DE FARRA

LIBRO PRIMERO

LA RECÁMARA VERDE

I

¡Famosas aquellas ferias de Santos y Difuntos! La Plaza de Armas, Monotombo, Arquillo de Madres eran zoco de boliches y pulperías, ruletas y naipes. Corre la chusma a los anuncios de toro candil en los Portalitos de Penitentes: Corren las rondas de burlones apagando las luminarias, al procuro de hacer más vistoso el candil del bulto toreado. Quiebra el oscuro, en el vasto cielo, la luna chocarrera y cacareante: Ahúman las candilejas de petróleo por las embocaduras de tutilimundis, tinglados y barracas: Los ciegos de guitarrón cantan en los corros de pelados: El criollaje ranchero --poncho, facón, jarano-- se estaciona al ruedo de las mesas con tableros de azares y suertes fulleras. Circula en racimos la plebe cobriza, greñuda, descalza, y por las escalerillas de las iglesias, indios alfareros venden esquilones de barro con círculos y palotes de pinturas estentóreas y dramáticas. Beatas y chamacos mercan los fúnebres barros, de tañido tan triste que recuerdan la tena y el caso del fraile peruano. A cada vuelta saltan risas y bravatas. En los portalitos, por las pulperías de cholos y lepes, la guitarra rasguea los corridos de milagros y ladrones:

Era Diego Pedernales de buena generación.

II

El congal de Cucarachita encendía farolillos de colores en el azoguejo, y luces de difuntos en la Recámara Verde. Son consorcios que aparejan las ferias. Lupita la Romántica, con bata de lazos y el moño colgante, suspiraba caída en el sueño magnético, bajo la mirada y los pasos del Doctor Polaco: Alentaba rendida y vencida, con suspiros de erótico tránsito:

--¡Ay!

--Responda la Señorita Médium.

--¡Ay! Alumbrándose sube por una escalera muy grande... No puedo. Ya no está... Se me ha desvanecido.

--Siga usted hasta encontrarle, Señorita.

--Entra por una puerta donde hay un centinela.

--¿Habla con él?

--Sí. Ahora no puedo verle. No puedo... ¡Ay!

--Procure situarse, Señorita Médium.

--No puedo.

--Yo lo mando.

--¡Ay!

--Sitúese. ¿Qué ve en torno suyo?

--¡Ay! Las estrellas grandes como lunas pasan corriendo por el cielo.

--¿Ha dejado el plano terrestre?

--No sé.

--Sí lo sabe. Responda. ¿Dónde se sitúa?

--¡Estoy muerta!

--Voy a resucitarla, Señorita Médium.

El farandul le puso en la frente la piedra de un anillo. Después fueron los pases de manos y el soplar sobre los párpados de la daifa durmiente:

--¡Ay!...

--Señorita Médium, va usted a despertarse contenta y sin dolor de cabeza. Muy despejada y contenta, sin ninguna impresión dolorosa.

Hablaba de rutina, con el murmullo apacible del clérigo que reza su misa diaria. Gritaba en el corredor la madrota, y en el azoguejo, donde era el mitote de danza, aguardiente y parcheo, metía bulla el Coronelito Domiciano de la Gándara.

III

El Coronelito Domiciano de la Gándara templa el guitarrón: Camisa y calzones, por aberturas coincidentes, muestran el vientre rotundo y risueño de dios tibetano: En los pies desnudos arrastra chancletas, y se toca con un jaranillo mambís, que al revirón descubre el rojo de un pañuelo y la oreja con arete: El ojo guiñate, la mano en los trastes, platica leperón con las manflotas en cabellos y bata escotada: Era negrote, membrudo, rizoso, vestido con sudada guayabera y calzones mamelucos, sujetos por un cincho con gran broche de plata: Los torpes conceptos venustos celebra con risa saturnal y vinaria. Niño Domiciano nunca estaba sin cuatro candiles, y como arrastraba su vida por bochinches y congales, era propenso a las tremolinas y escandaloso al final de las farras. Las niñas del pecado, desmadejadas y desdeñosas, recogían el bulle-bulle en el vaivén de las mecedoras: El rojo de los cigarros las señalaba en sus lugares. El Coronelito, dando el último tiento a los trastes, escupe y rasguea cantando por burlas el corrido que rueda estos tiempos, de Diego Pedernales. La sombra de la mano con el reflejo de las tumbagas, pone rasgueo de luces en el rasgueo de la guitarra:

--Preso le llevan los guardias, sobre caballo pelón, que en los Ranchos de Valdivia le tomaron a traición. Celos de niña ranchera hicieron la delación.

IV

Tecleaba un piano hipocondríaco, en la sala que nombraban Sala de la Recámara Verde. Como el mitote era en el patio, la sala agrandábase alumbrada y vacía, con las rejas abiertas sobre el azoguejo y el viento en las muselinas de los vidrios. El Ciego Velones --nombre de burlas-- arañaba lívidas escalas, acompañando el canto a una chicuela consumida, tristeza, desgarbo, fealdad de hospiciana. En el arrimo de la reja, hacían duelo, por la contraria suerte en los albures, dos peponas amulatadas: El barro melado de sus facciones se depuraba con una dulzura de líneas y tintas, en el ébano de las cabezas pimpantes de peines y moñetes, un drama oriental de lacres y verdes. El Ciego Velones tecleaba el piano sin luces, un piano lechuzo que se pasaba los días enfundado de bayeta negra. Cantaba la chicuela, tirante las cuerdas del triste descote, inmóvil la cara de niña muerta, el fúnebre resplandor de la bandejilla del petitorio sobre el pecho:

--¡No me mates, traidora ilusión! ¡Es tu imagen en mi pensamiento, una hoguera de casta pasión!

La voz lívida, en la lívida iluminación de la sala desierta, se desgarraba en una altura inverosímil:

--¡Una hoguera de casta pasión!

Algunas parejas bailaban en el azoguejo, mecidas por el ritmo del danzón: Perezosas y lánguidas, pasaban con las mejillas juntas por delante de las rejas. El Coronelito, más bruja que un roto, acompañaba con una cuerda en el guitarrón, la voz en un trémolo:

--¡No me mates, traidora ilusión!

V

La cortina abomba su raso verde en el arco de la recámara: Brilla en el fondo, sobre el espejo, la pomposa cama del trato, y por veces todo se tambalea en un guiño del altarete. Suspiraba Lupita:

--¡Ánimas del Purgatorio! ¡No más, y qué sueño se me ha puesto! ¡La cabeza se me parte!

La tranquilizó el farandul:

--Eso se pasa pronto.

--¡Cuando yo vuelva a consentir que usted me enajene, van a tener pelos las tortugas!

El Doctor Polaco, desviando la plática, felicitó a la daifa con ceremonia de farandul:

--Es usted un caso muy interesante de metempsicosis. Yo no tendría inconveniente en asegurarle a usted contrata para un teatro de Berlín. Usted podría ser un caso de los más célebres. ¡Esta experiencia ha sido muy interesante!

La daifa se oprimía las sienes, metiendo los dedos con luces de pedrería por los bandos endrinos del peinado:

--¡Para toda la noche tengo ya jaqueca!

--Una taza de café será lo bastante... Disuelve usted en la taza una perla de éter, y se hallará prontamente tonificada, para poder intentar otra experiencia.

--¡Una y no más!

--¿No se animaría usted a presentarse en público? Sometida a una dirección inteligente, pronto tendría usted renombre para actuar en un teatro de Nueva York. Yo le garanto a usted un tanto por ciento. Usted, antes de un año, puede presentarse con diplomas de las más acreditadas Academias de Europa. El Coronelito me ha tenido conversación de su caso, pero muy lejano, que ofreciese tanto interés para la ciencia. ¡Muy lejano! Usted se debe al estudio de los iniciados en los misterios del magnetismo.

--¡Con una cartera llena de papel, aun no cegaba! ¡A pique de quedar muerta en una experiencia!

--Ese riesgo no existe cuando se procede científicamente.

--La rubia que a usted acompañaba pasados tiempos, se corrió que había muerto en un teatro.

--¿Y que yo estaba preso? Esa calumnia es patente. Yo no estoy preso.

--Habrá usted limado las rejas de la cárcel.

--¿Me cree usted con poder para tanto?

--¿No es usted brujo?

--El estudio de los fenómenos magnéticos no puede ser calificado de brujería. ¿Usted se encuentra libre ya del malestar cefálico?

--Sí, parece que se me pasa.

Gritaba en el corredor la madrota:

--Lupita, que te solicitan.

--¿Quién es?

--Un amigo. ¡No pasmes!

--¡Voy! De hallarme menos carente, esta noche la guardaba por devoción de las Benditas.

--Lupita, puede usted obtener un suceso público en un escenario.

--¡Me da mucho miedo!

Salió de la recámara con bulle-bulle de faldas, seguida del Doctor Polaco. Aquel tuno nigromante, con una barraca en la feria, era muy admirado en el congal de Cucarachita.

LIBRO SEGUNDO

LUCES DE ÁNIMAS

I

--En borrico de justicia le sacan con un pregón, hizo mamola al verdugo al revestirle el jopón, y al Cristo que le presentan, una seña de masón.

En la Recámara Verde, iluminada con altarete de luces aceiteras y cerillos, atendía, apagando un cuchicheo, la pareja encuerada del pecado. Llegaba el romance prendido al son de la guitarra. En el altarete, las mariposas de aceite cuchicheaban y los amantes en el cabezal. La daifa:

--¡Era bien ruin!

El coime:

--¡Ateo!

--En la noche de hoy, ese canto de verdugos y ajusticiados, parece más negro que un catafalco.

--¡Vida alegre, muerte triste!

--¡Abrenuncio! ¡Qué voz de corneja sacaste! ¿Veguillas, tú, vista la hora final, confesarías como cristiano?

--¡Yo no niego la vida del alma!

--¡Nachito, somos espíritu y materia! ¡Donde me ves con estas carnes, pues una romántica! De no haber estado tan bruja, hubiera guardado este día. ¡Pero es mucho el empeño con el ama! Nachito, ¿tú sabes de persona viviente que no tenga sus muertos? Los hospicianos, y aun esos porque no los conocen. Este aniversario merecía ser de los más guardados: ¡Trae muchos recuerdos! Tú, si fueses propiamente romántico, ahora tenías un escrúpulo: Me pagabas el estipendio y te caminabas.

--¿Y caminarme sin aflojar la plata?

--También. ¡Yo soy muy romántica! Ya te digo que de no hallarme tan en deuda con la madrota...

--¿Quieres que yo te cancele el crédito?

--Pon eso claro.

--¿Si quieres que yo te pague la deuda?

--No me veas chuela, Nachito.

--¿Debes mucho?

--¡Treinta Manfredos! ¡Me niega quince que le entregué por las Flores de Mayo! ¡Como tú te hicieses cargo de la deuda y me pusieses en un pupilaje, ibas a ver una fiel esclava!

--¡Siento no ser negrero!

La daifa quedose abstraída mirando las luces de sus falsos anillos. Hacía memoria. Por la boca pintada corría un rezo:

--Esta conversación, pasó otra vez de la misma manera: ¿Te acuerdas, Veguillas? Pasó con iguales palabras y prosopopeyas.

--Pudiera.

La moza del pecado, entrándose en sí misma, quedó abismada, siempre los ojos en las piedras de sus anillos.

II

Percibíase embullangado el guitarro, el canto y la zarabanda de risas, chapines y palmas con que jaleaban las del trato. Gritos, carrerillas y cierre de puertas. Acezo y pisadas en el corredor. Los artejos y la voz de la Taracena:

--¡El cerrojo! Horita vos va con una copla Domiciano. El cerrojo, si no lo tenéis corrido, que ya le entró la tema de escandalizar por las recámaras.

Siempre abismada en la fábula de sus manos, suspiró la romántica:

--¡Domiciano toma la vida como la vida se merece!

--¿Y el despertar?

--¡Ave María! ¿Esta misma plática no la tuvimos hace un instante? ¿Veguillas, cuándo fueron aquellos pronósticos tuyos, del mal fin que tendría el Coronelito de la Gándara?

Gritó Veguillas:

--¡Ese secreto jamás ha salido de mis labios!

--¡Ya me haces dudar! ¡Patillas tomó tu figura en aquel momento, Nachito!

--Lupita, no seas visionaria.

Venía por el corredor acreciéndose la bulla de copla y guitarra, soflamas y palmas. Cantaba el valedor un aire de los llaneros:

--Licenciadito Veguillas, saca del brazo a tu dama para beber una copa a la salud de las ánimas.

--¡Santísimo Dios! ¡Esta misma letra se ha cantado otra vez estando como ahora acostados en la cama!

Nacho Veguillas, entre humorístico y asustadizo, azotó las nalgas de la moza, con gran estallo:

--¡Lupita, que te pasas de romántica!

--¡No me pongas en confusión, Veguillas!

--Si me estás viendo chuela toda la noche.

Tornaba la copla y el rasgueo, a la puerta de la recámara. Oscilaba el altarete de luces y cruces. Susurró la del trato:

--Nacho Veguillas, ¿llevas buena relación con el Coronel Gandarita?

--¡Amigos entrañables!

--¿Por qué no le das aviso para que se ponga en salvo?

--¿Pues qué sabes tú?

--¿No hablamos antes?

--¡No!

--¡Lo juras, Nachito!

--¡Jurado!

--¿Que nada hablamos? ¡Pues lo habrás tenido en el pensamiento!

Nacho Veguillas, sacando los ojos a flor de la cara, saltó en el alfombrín con las dos manos sobre las vergüenzas:

--¡Lupita, tú tienes comercio con los espíritus!

--¡Calla!

--¡Responde!

--¡Me confundes! ¿Dices que nada hemos hablado del fin que le espera al Coronel de la Gándara?

Batían en la puerta, y otra vez renovábase la bulla, con el tema de copla y guitarro:

--Levántate, valedor, y vístete los calzones, para jugarnos la plata en los albures pelones.

Abriose la puerta de un puntapié, y rascando el guitarrillo que apoya en el vientre rotundo, apareció el Coronelito. Nacho Veguillas, con alegre transporte de botarate, saltó de cucas, remedando el cantar de la rana:

--¡Cua! ¡Cua!

III