Tirano Banderas: Novela de tierra caliente

Part 3

Chapter 33,758 wordsPublic domain

Bajo la protección de los gendarmes, la gachupía balandrona se repartió por las mesas de la terraza. Desafíos, jactancias, palmas. Don Celes tascaba un largo veguero entre dos personajes de su prosapia: Míster Contum, aventurero yanqui con negocios de minería, y un estanciero español, señalado por su mucha riqueza, hombre de cortas luces, alavés duro y fanático, con una supersticiosa devoción por el principio de autoridad que aterroriza y sobresalta. Don Teodosio del Araco, ibérico granítico, perpetuaba la tradición colonial del encomendero. Don Celes peroraba con vacua egolatría de ricacho, puesto el hito de su elocuencia en deslumbrar al mucamo que le servía el café. La calle se abullangaba. La pelazón de indios hacía rueda en torno de las farolas y retretas que anunciaban el mitin. Don Teodosio, con vinagre de inquisidor, sentenció lacónico:

--¡Vean, no más, qué mojiganga!

Se arreboló de suficiencia Don Celes:

--El Gobierno del General Banderas, con la autorización de esta propaganda, atestigua su respeto por todas las opiniones políticas. ¡Es un acto que acrecienta su prestigio! El General Banderas no teme la discusión, autoriza el debate: Sus palabras, al conceder el permiso para el mitin de esta noche, merecen recordarse: “En la ley encontrarán los ciudadanos el camino seguro para ejercitar pacíficamente sus derechos.” ¡Convengamos que así solo habla un gran gobernante! Yo creo que se harán históricas las palabras del Presidente.

Apostilló lacónico Don Teodosio del Araco:

--¡Lo merecen!

Míster Contum consultó su reloj:

--Estar mucho interesante oír los discursos. Así mañana estar bien enterado mí. Nadie lo contar mí. Oírlo de las orejas.

Don Celes arqueaba la figura con vacua suficiencia:

--¡No vale la pena de soportar el sofoco de esa atmósfera viciada!

--Mi interesarse por oír a Don Roque Cepeda.

Y Don Teodosio acentuaba su rictus bilioso:

--¡Un loco! ¡Un insensato! Parece mentira que hombre de su situación financiera se junte con los rotos de la revolución, gente sin garantías.

Don Celes insinuaba con irónica lástima:

--Roque Cepeda es un idealista.

--Pues que lo encierren.

--Al contrario: Dejarle libre la propaganda. ¡Ya fracasará!

Don Teodosio movía la cabeza, recomido de suspicacias:

--Ustedes no controlan la inquietud que han llevado al indio del campo las predicaciones de esos perturbados. El indio es naturalmente ruin, jamás agradece los beneficios del patrón, aparenta humildad y esta afilando el cuchillo: Solo anda derecho con el rebenque: Es más flojo, trabaja menos y se emborracha más que el negro antillano. Yo he tenido negros, y les garanto la superioridad del moreno sobre el indio de estas Repúblicas del Mar Pacífico.

Dictaminó Míster Contum, con humorismo fúnebre:

--Si el indio no ser tan flojo, no vivir mucho demasiado seguros los cueros blancos en este Paraíso de Punta Serpientes.

Abanicándose con el jipi asentía Don Celes:

--¡Indudable! Pero en ese postulado se contiene que el indio no es apto para las funciones políticas.

Don Teodosio se apasionaba:

--Flojo y alcoholizado, necesita el fustazo del blanco, que le haga trabajar, y servir a los fines de la sociedad.

Tornó el yanqui de los negocios mineros:

--Míster Araco, si puede estar una preocupación el peligro amarillo, ser en estas Repúblicas.

Don Celes infló la botarga patriótica, haciendo sonar todos los dijes de la gran cadena que, tendida de bolsillo a bolsillo, le ceñía la panza:

--Estas Repúblicas, para no desviarse de la ruta civilizadora, volverán los ojos a la Madre Patria. ¡Allí refulgen los históricos destinos de veinte Naciones!

Míster Contum alargó, con un gesto desdeñoso, su magro perfil de loro rubio:

--Si el criollaje perdura como dirigente, lo deberá a los barcos y a los cañones de Norteamérica.

El yanqui entornaba un ojo, mirándose la curva de la nariz. Y la pelazón de indios seguía gritando en torno de las farolas que anunciaban el mitin:

--¡Muera el Tío Sam!

--¡Mueran los gachupines!

--¡Muera el gringo chingado!

V

El Director de “El Criterio Español”, en un velador inmediato, sorbía el refresco de piña, soda y kirsch que hizo famoso al cantinero del Metropol Room. Don Celes, redondo y pedante, abanicándose con el jipi, salió a los medios de la acera:

--¡Mi felicitación por el editorial! En todo conforme con su tesis.

El Director-Propietario de “El Criterio Español” tenía una pluma hiperbólica, patriotera y ramplona, con fervientes devotos en la gachupía de empeñistas y abarroteros. Don Nicolás Díaz del Rivero, personaje cauteloso y bronco, disfrazaba su falsía con el rudo acento del Ebro: En España habíase titulado carlista, hasta que estafó la caja del 7.º de Navarra: En Ultramar exaltaba la causa de la Monarquía Restaurada: Tenía dos grandes cruces, un título flamante de conde, un banco sobre prendas, y ninguna de hombre honesto. Don Celes se acercó confidencial, el jipi sobre la botarga, apartándose el veguero de la boca y tendiendo el brazo con ademán aparatoso:

--¿Y qué me dice de la representación de esta noche? ¿Leeremos la reseña mañana?

--Lo que permita el lápiz rojo. Pero, siéntese usted, Don Celes: Tengo destacados mis sabuesos y no dejará de llegar alguno con noticias. ¡Ojalá no tengamos que lamentar esta noche alguna grave alteración del orden! En estas propagandas revolucionarias, las pasiones se desbordan...

Don Celes arrastró una mecedora, y se apoltronó, siempre abanicándose con el panameño:

--Si ocurriese algún desbordamiento de la plebe, yo haría responsable a Don Roque Cepeda. ¿Ha visto usted ese loco lindo? No le vendría mal una temporada en Santa Mónica.

El Director de “El Criterio Español” se inclinó, confidencial, apagando la procelosa voz, cubriéndola con un gran gesto arcano:

--Pudiera ser que ya le tuviesen armada la ratonera. ¿Qué impresiones ha sacado usted de su visita al General?

--Al General le inquieta la actitud del Cuerpo Diplomático. Tiene la preocupación de no salirse de la legalidad, y eso, a mi ver, justifica la autorización para el mitin... O quizás lo que usted indicaba recién. ¡Una ratonera!...

--¿Y no le parece que sería un golpe de maestro? Pero acaso la preocupación que usted ha observado en el Presidente... Aquí tenemos al Vate Larrañaga. Acérquese, Vate...

VI

El Vate Larrañaga era un joven flaco, lampiño, macilento, guedeja romántica, chalina flotante, anillos en las manos enlutadas: Una expresión dulce y novicia, de alma apasionada: Se acercó con tímido saludo:

--Mero mero, inició los discursos el Licenciado Sánchez Ocaña.

Cortó el Director:

--¿Tiene usted las notas? Hágame el favor. Yo las veré y las mandaré a la imprenta. ¿Qué impresión en el público?

--En la masa, un gran efecto. Alguna protesta en la cazuela, pero se han impuesto los aplausos. El público es suyo.

Don Celes contemplaba las estrellas, humeando el veguero:

--¿Real y verdaderamente es un orador elocuente el Licenciado Sánchez Ocaña? En lo poco que le tengo tratado, me ha parecido una medianía.

El Vate sonrió tímidamente, esquivando su opinión. Don Nicolás Díaz del Rivero pasaba el fulgor de sus quevedos sobre las cuartillas. El Vate Larrañaga, encogido y silencioso, esperaba. El Director levantó la cabeza:

--Le falta a usted intención política. Nosotros no podemos decir que el público premió con una ovación la presencia del Licenciado Sánchez Ocaña. Puede usted escribir: Los aplausos oficiosos de algunos amigos no lograron ocultar el fracaso de tan difusa pieza oratoria, que tuvo de todo, menos de ciceroniana. Es una redacción de elemental formulario. ¡Cada día es usted menos periodista!

El Vate Larrañaga sonrió tímidamente:

--¡Y temía haberme excedido en la censura!

El Director repasaba las cuartillas:

--Tuvo lugar, es un galicismo.

Rectificó complaciente el Vate:

--Tuvo verificativo.

--No lo admite la Academia.

Traía el viento un apagado oleaje de clamores y aplausos. Lamentó Don Celes con hueca sonoridad:

--La plebe en todas partes se alucina con metáforas.

El Director-Propietario miró con gesto de reproche al sumiso noticiero:

--¿Pero esos aplausos? ¿Sabe usted quién está en el uso de la palabra?

--Posiblemente seguirá el Licenciado.

--¿Y usted, qué hace aquí? Vuélvase y ayude al compañero. Vatecito, oiga: Una idea que, si acertase a desenvolverla, le supondría un éxito periodístico: Haga la reseña como si se tratase de una función de circo, con loros amaestrados. Acentúe la soflama. Comience con la más cumplida felicitación a la Empresa de los Hermanos Harris.

Se infló Don Celes:

--¡Ya apareció el periodista de raza!

El Director declinó el elogio con arcano fruncimiento de cejas y labio: Continuó dirigiéndose al macilento Vatecito:

--¿Quién tiene de compañero?

--Fray Mocho.

--¡Que no se tome de bebida ese ganado!

El Vate Larrañaga se encogió, inhibiéndose con su apagada sonrisa:

--Hasta lueguito.

Tornaba el vuelo de los aplausos.

VII

Sobre el resplandor de las aceras, gritos de vendedores ambulantes: Zig-zag de nubios limpiabotas: Bandejas tintineantes, que portan en alto los mozos de los bares americanos: Vistosa ondulación de niñas mulatas, con la vieja de rebocillo al flanco. Formas, sombras, luces se multiplican trenzándose, promoviendo la caliginosa y alucinante vibración oriental que resumen el opio y la marihuana.

LIBRO SEGUNDO

EL CIRCO HARRIS

I

El Circo Harris, entre ramajes y focos voltaicos, abría su parasol de lona morena y diáfana. Parejas de gendarmes decoraban con rítmicos paseos las iluminadas puertas, y los lacios bigotes y las mandíbulas encuadradas por las carrilleras tenían el espavento de carátulas chinas. Grupos populares se estacionaban con rumorosa impaciencia por las avenidas del Parque: Allí el mayoral de poncho y machete, con el criollo del jarano platero, y el pelado de sabanil y el indio serrano. En el fondo, el diáfano parasol triangulaba sus candiles sobre el cielo verde de luceros.

II

El Vate Larrañaga, con revuelo de zopilote, negro y lacio, cruzó las aceradas filas de gendarmes, y penetró bajo la cúpula de lona, estremecida por las salvas de aplausos. Aún cantaba su aria de tenor el Licenciado Sánchez Ocaña. El Vatecito, enjugándose la frente, deshecho el lazo de la chalina, tomó asiento, a la vera de su colega Fray Mocho: Un viejales con mugre de chupatintas, picado de viruelas y gran nariz colgante, que acogió al compañero con una bocanada vinosa:

--¡Es una pieza oratoria!

--¿Tomaste vos notas?

--¡Qué va! Es torrencial.

--¡Y no acaba!

--La tomó de muy largo.

III

El orador desleía el boladillo en el vaso de agua: Cataba un sorbo: Hacía engalle: Se tiraba de los almidonados puños:

--Las antiguas colonias españolas, para volver a la ruta de su destino histórico, habrán de escuchar las voces de las civilizaciones originarias de América. Solo así dejaremos algún día de ser una colonia espiritual del Viejo Continente. El Catolicismo y las corruptelas jurídicas cimentan toda la obra civilizadora de la latinidad en nuestra América. El Catolicismo y las corruptelas jurídicas, son grilletes que nos mediatizan a una civilización en descrédito, egoísta y mendaz. Pero si renegamos de esta abyección jurídico-religiosa, sea para forjar un nuevo vínculo, donde revivan nuestras tradiciones de comunismo milenario, en un futuro pleno de solidaridad humana, el futuro que estremece con pánicos temblores de cataclismo el vientre del mundo.

Apostilló una voz:

--¡De tu madre!

Se produjo súbito tumulto: Marejada, repelones, gritos y brazos por alto. Los gendarmes sacaban a un cholo con la cabeza abierta de un garrotazo. El Licenciado Sánchez Ocaña, un poco pálido, con afectación teatral, sonreía removiendo la cucharilla en el vaso del agua. El Vatecito murmuró palpitante, inclinándose al oído de Fray Mocho:

--¡Quién tuviera una pluma independiente! El patrón quiere una crítica despiadada...

Fray Mocho sacó del pecho un botellín y se agachó besando el gollete:

--¡Muy elocuente!

--Es un oprobio tener vendida la conciencia.

--¡Qué va! Vos no vendés la conciencia. Vendés la pluma, que no es lo mismo.

--¡Por cochinos treinta pesos!

--Son los fríjoles. No hay que ser poeta. ¿Querés vos soplar?

--¿Qué es ello?

--¡Chicha!

--No me apetece.

IV

El orador sacaba los puños, lucía las mancuernas, se acercaba a las luces del proscenio. Le acogió una salva de aplausos: Con saludo de tenor remontose en su aria:

--El criollaje conserva todos los privilegios, todas las premáticas de las antiguas leyes coloniales. Los libertadores de la primera hora no han podido destruirlas, y la raza indígena, como en los peores días del virreinato, sufre la esclavitud de la Encomienda. Nuestra América se ha independizado de la tutela hispánica, pero no de sus prejuicios, que sellan con pacto de fariseos, Derecho y Catolicismo. No se ha intentado la redención del indio, que escarnecido, indefenso, trabaja en los latifundios y en las minas, bajo el látigo del capataz. Y esa obligación redentora, debe ser nuestra fe revolucionaria, ideal de justicia más fuerte que el sentimiento patriótico, porque es anhelo de solidaridad humana. El Océano Pacífico, el mar de nuestros destinos raciales, en sus más apartados parajes, congrega las mismas voces de fraternidad y de protesta. Los pueblos amarillos se despiertan, no para vengar agravios, sino para destruir la tiranía jurídica del capitalismo, piedra angular de los caducos Estados Europeos. El Océano Pacífico acompaña el ritmo de sus mareas con las voces unánimes de las razas asiáticas y americanas, que en angustioso sueño de siglos han gestado el ideal de una nueva conciencia, heñida con tales obligaciones, con tales sacrificios, con tan arduo y místico combate, que forzosamente se aparecerá delirio de brahamanes a la sórdida civilización europea, mancillada con todas las concupiscencias y los egoísmos de la propiedad individual. Los Estados Europeos, nacidos de guerras y dolos, no sienten la vergüenza de su historia, no silencian sus crímenes, no repugnan sus rapiñas sangrientas. Los Estados Europeos llevan la deshonestidad hasta el alarde orgulloso de sus felonías, hasta la jactancia de su cínica inmoralidad a través de los siglos. Y esta degradación se la muestran como timbre de gloria a los coros juveniles de sus escuelas. Frente a nuestros ideales, la crítica de esos pueblos es la crítica del romano frente a la doctrina del Justo. Aquel obeso patricio, encorvado sobre el vomitorio, razonaba con las mismas bascas: Dueño de esclavos, defendía su propiedad: Manchado con las heces de la gula y del hartazgo, estructuraba la vida social y el goce de sus riquezas sobre el postulado de la servidumbre: Cuadrillas de esclavos hacían la siega de la mies: Cuadrillas de esclavos bajaban al fondo de la mina: Cuadrillas de esclavos remaban en el trirreme. La agricultura, la explotación de los metales, el comercio del mar, no podrían existir sin el esclavo, razonaba el patriciado de la antigua Roma. Y el hierro del amo en la carne del esclavo se convertía en un precepto ético, inherente al bien público y a la salud del Imperio. Nosotros, más que revolucionarios políticos, más que hombres de una patria limitada y tangible, somos catecúmenos de un credo religioso. Iluminados por la luz de una nueva conciencia, nos reunimos en la estrechez de este recinto, como los esclavos de las catacumbas, para crear una Patria Universal. Queremos convertir el peñasco del mundo en ara sidérea donde se celebre el culto de todas las cosas ordenadas por el amor. El culto de la eterna armonía, que solo puede alcanzarse por la igualdad entre los hombres. Demos a nuestras vidas el sentido fatal y desinteresado de las vidas estelares, liguémonos a un fin único de fraternidad, limpias las almas del egoísmo que engendra el tuyo y el mío, superados los círculos de la avaricia y del robo.

V

Nuevo tumulto. Una tropa de gachupines, jaquetona y cerril, gritaba en la pista:

--¡Atorrante!

--¡Guarango!

--¡Pelado!

--¡Carente de plata!

--¡Divorciado de la Ley!

--¡Muera la turba revolucionaria!

La gachupía enarbolaba gritos y garrotes al amparo de los gendarmes. En concierto clandestino, alborotaban por la gradería los disfrazados esbirros del Tirano. Arreciaba la escaramuza de mutuos dicterios:

--¡Atorrantes!

--¡Muera la tiranía!

--¡Macaneadores!

--¡Pelados!

--¡Carentes de plata!

--¡Divorciados de la Ley!

--¡Macaneadores!

--¡Anárquicos!

--¡Viva Generalito Banderas!

--¡Muera la turba revolucionaria!

Las graderías de indios ensabanados se movían en oleadas:

--¡Viva Don Roquito!

--¡Viva el apóstol!

--¡Muera la tiranía!

--¡Muera el extranjero!

Los gendarmes comenzaban a repartir sablazos. Cachizas de faroles, gritos, manos en alto, caras ensangrentadas. Convulsión de luces apagándose. Rotura de la pista en ángulos. Visión cubista del Circo Harris.

LIBRO TERCERO

LA OREJA DEL ZORRO

I

Tirano Banderas, con olisca de rata fisgona, abandonó la rueda de lisonjeros compadres y atravesó el claustro: Al Inspector de Policía, Coronel Licenciado López de Salamanca, acabado de llegar, hizo seña con la mano para que le siguiese. Por el locutorio adonde entraron todos, cruzó la momia siempre fisgando, y pasó a la celda donde solía tratar con sus agentes secretos. En la puerta, saludó con una cortesía de viejo cuáquero:

--Ilustre Don Celes, dispénseme no más un instante. Señor Inspector pase a recibir órdenes.

II

El Señor Inspector atravesó la estancia cambiando con unos y otros guiños, mamolas y leperadas en voz baja. El General Banderas había entrado en la recámara, estaba entrando, se hallaba de espaldas, podía volverse, y todos se advertían presos en la acción de una guiñolada dramática. El Coronel Licenciado López de Salamanca, Inspector de Policía, pasaba poco de los treinta años: Era hombre agudo, con letras universitarias y jocoso platicar: Nieto de encomenderos españoles, arrastraba una herencia sentimental y absurda de orgullo y premáticas de casta. De este heredado desprecio por el indio se nutre el mestizo criollaje dueño de la tierra, cuerpo de nobleza llamado en aquellas Repúblicas, Patriciado. El Coronel Inspector entró, recobrado en su máscara de personaje:

--A la orden, mi General.

Tirano Randeras con un gesto le ordenó que dejase abierta la puerta. Luego quedó en silencio. Luego habló con escandido temoso de cada palabra:

--Diga no más. ¿Se ha celebrado el mitote de las Juventudes? ¿Qué loros hablaron?

--Abrió los discursos el Licenciado Sánchez Ocaña. Muy revolucionario.

--¿Con qué tópicos? Abrevie.

--Redención del Indio. Comunismo precolombiano. Marsellesa del Mar Pacífico. Fraternidad de las razas amarillas. ¡Macanas!

--¿Qué otros loros?

--No hubo espacio para más. Sobrevino la consecuente boluca de gachupines y nacionales, dando lugar a la intervención de los gendarmes.

--¿Se han hecho arrestos?

--A Don Roque, y algún otro, los he mandado conducir a mi despacho, para tenerlos asegurados de las iras populares.

--Muy conveniente. Aun cuando antagonistas en ideas, son sujetos ameritados y vidas que deben salvaguardarse. Si arreciase la ira popular, deles alojamiento en Santa Mónica. No tema excederse. Mañana, si conviniese, pasaría yo en persona a sacarlos de la prisión y a satisfacerles con excusas personales y oficiales. Repito que no tema excederse. ¿Y qué tenemos del Honorable Cuerpo Diplomático? ¿Rememora el asunto que le tengo platicado, referente al Señor Ministro de España? Muy conviene que nos aseguremos con prendas.

--Esta misma tarde se ha realizado algún trabajo.

--Obró diligente, y le felicito. Expóngame la situación.

--Se le ha dado luneta de sombra al guarango andaluz, entre buja y torero, al que dicen Currito Mi-Alma.

--¿Qué filiación tiene ese personaje?

--Es el niño bonito que entra y sale como perro faldero en la Legación de España. La Prensa tiene hablado con cierto choteo.

El Tirano se recogió con un gesto austero:

--Esas murmuraciones no me son plato favorecido. Adelante.

--Pues no más que a ese niño torero lo han detenido esta tarde por hallarle culpado de escándalo público. Ofrecieron alguna duda sus manifestaciones, y se procedió a un registro domiciliario.

--Sobreentendido. Adelante. ¿Resultado del registro?

--Tengo hecho inventario en esta hoja.

--Acérquese al candil y lea.

El Coronel Licenciado, comenzó a leer un poco gangoso, iniciando someramente el tono de las viejas beatas:

--Un paquete de cartas. Dos retratos con dedicatoria. Un bastón con puño de oro y cifras. Una cigarrera con cifras y corona. Un collar, dos brazaletes. Una peluca con rizos rubios, otra morena. Una caja de lunares. Dos trajes de señora. Alguna ropa interior de seda, con lazadas.

Tirano Banderas recogido en un gesto cuáquero, fulminó su excomunión:

--¡Aberraciones repugnantes!

III

La ventana enrejada y abierta, daba sobre un fondo de arcadas lunarias. Las sombras de los murciélagos agitaban con su triángulo negro la blancura nocturna de la ruina. El Coronel Licenciado, lentamente, con esa seriedad jovial que matiza los juegos de manos, se sacaba de los diversos bolsillos joyas, retratos y cartas, poniéndolo todo en hilera, sobre la mesa, a canto del Tirano:

--Las cartas son especialmente interesantes. Un caso patológico.

--Una sinvergüenzada. Señor Coronel, todo eso se archiva. La Madre Patria merece mi mayor predilección, y por ese motivo tengo un interés especial en que no se difame al Barón de Benicarlés: Usted va a proceder diligente para que recobre su libertad el guarango. El Señor Ministro de España, muy conveniente que conozca la ocurrencia. Pudiera suceder que con solo eso, cayese en la cuenta del ridículo que hace tocando un pífano en la mojiganga del Ministro inglés. ¿Qué noticias tiene usted referentes a la reunión del Cuerpo Diplomático?

--Que ha sido aplazada.

--Sentiría que se comprometiese demasiado el Señor Ministro de España.

--Ya rectificará, cuando el pollo le ponga al corriente.

Tirano Banderas movió la cabeza, asintiendo: Tenía un reflejo de la lámpara sobre el marfil de la calavera y en los vidrios redondos de las antiparras: Miró su reloj, una cebolla de plata, y le dio cuerda con dos llaves:

--Don Celes nos iluminará en lo referente a la actitud del Señor Ministro. ¿Sabe usted si ha podido entrevistarle?

--Merito me platicaba del caso.

--Señor Coronel, si no tiene cosa de mayor urgencia que comunicarme, aplazaremos el despacho. Será bien conocer el particular de lo que nos trae Don Celestino Galindo. Así tenga a bien decirle que pase, y usted permanezca.

IV

Don Celes Galindo, el ilustre gachupín, jugaba con el bastón y el sombrero mirando a la puerta de la recámara: Su redondez pavona, en el fondo mal alumbrado del vasto locutorio, tenía esa actitud petulante y preocupada del cómico que, entre bastidores, espera su salida a escena. Al Coronel-Licenciado, que asomaba y tendía la mirada, hizo reclamo, agitando bastón y sombrero. Presentía su hora, y la transcendencia del papelón le rebosaba. El Coronel-Licenciado levantó la voz, parando un ojo burlón y compadre sobre los otros asistentes:

--Mi Señor Don Celeste, si tiene el beneplácito.

Entró Don Celeste y le acogió con su rancia ceremonia el Tirano:

--Lamento la espera y le ruego muy encarecido que acepte mis justificaciones. No me atribuya indiferencia por saber sus novedades: ¿Entrevistó al Ministro? ¿Platicaron?

Don Celes hizo un amplio gesto de contrariedad:

--He visto a Benicarlés: Hemos conferenciado sobre la política que debe seguir en estas Repúblicas la Madre Patria: Hemos quedado definitivamente distanciados.

Comentó ceremoniosa la momia:

--Siento el contratiempo, y mucho más si alguna culpa me afecta.

Don Celes plegó el labio y entornó el párpado, significando que el suceso carecía de importancia:

--Para corroborar mis puntos de vista, he cambiado impresiones con algunas personalidades relevantes de la Colonia.