Tirano Banderas: Novela de tierra caliente

Part 2

Chapter 23,831 wordsPublic domain

--No se dilate, Don Celes. Quiere decirse que se remite para mañana la invitación que le hice. ¿A usted no le complace el juego de la ranita? Es mi medicina para esparcir el ánimo, mi juego desde chamaco, y lo practico todas las tardes. Muy saludable, no arruina como otros juegos.

El ricacho se arrebolaba:

--¡Asombroso cómo somos de gustos parejos!

--Don Celes, hasta lueguito.

Interrogó el gachupín:

--¿Lueguito será mañana?

Movió la cabeza Don Santos:

--Si antes puede ser, antes. Yo no duermo.

Encomió Don Celes:

--¡Profesor de energía, como dicen en nuestro diario!

El Tirano le despidió, ceremonioso, desbaratada la voz en una cucaña de gallos.

VII

Tirano Banderas, sumido en el hueco de la ventana, tenía siempre el prestigio de un pájaro nocharniego: Desde aquella altura fisgaba la campa donde seguían maniobrando algunos pelotones de indios, armados con fusiles antiguos. La ciudad se encendía de reflejos sobre la marina esmeralda. La brisa era fragante, plena de azahares y tamarindos. En el cielo, remoto y desierto, subían globos de verbena, con cauda de luces. Santa Fe celebraba sus ferias otoñales, tradición que venía del tiempo de los virreyes españoles. Por la conga del convento, saltarín y liviano, con morisquetas de lechuguino, rodaba el quitrí de Don Celes. La ciudad, pueril ajedrezado de blancas y rosadas azoteas, tenía una luminosa palpitación, acastillada en la curva del Puerto. La marina era llena de cabrilleos, y en la desolación azul, toda azul, de la tarde, encendían su roja llamarada las cornetas de los cuarteles. El quitrí del gachupín saltaba como una araña negra, en el final solanero de Cuesta Mostenses.

VIII

Tirano Banderas, agaritado en la ventana, inmóvil y distante, acrecentaba su prestigio de pájaro sagrado. Cuesta Mostenses flotaba en la luminosidad del marino poniente, y un ciego cribado de viruelas rasgaba el guitarrillo al pie de los nopales, que proyectaban sus brazos como candelabros de Jerusalén. La voz del ciego desgarraba el calino silencio:

--Era Diego Pedernales de noble generación, pero las obligaciones de su sangre no siguió.

LIBRO SEGUNDO

EL MINISTRO DE ESPAÑA

I

La Legación de España se albergó muchos años en un caserón con portada de azulejos y salomónicos miradores de madera, vecino al recoleto estanque francés, llamado por una galante tradición Espejillo de la Virreina. El Barón de Benicarlés, Ministro Plenipotenciario de Su Majestad Católica, también proyectaba un misterio galante y malsano, como aquella virreina que se miraba en el espejo de su jardín, con un ensueño de lujuria en la frente. El Excelentísimo Señor Don Mariano Isabel Cristino Queralt y Roca de Togores, Barón de Benicarlés y Maestrante de Ronda, tenía la voz de cotorrona y el pisar de bailarín. Lucio, grandote, abobalicado, muy propicio al cuchicheo y al chismorreo, rezumaba falsas melosidades: Le hacían rollas las manos y el papo: Hablaba con nasales francesas y mecía bajo sus carnosos párpados un frío ensueño de literatura perversa: Era un desvaído figurón, snob literario, gustador de los cenáculos decadentes, con rito y santoral de métrica francesa. La sombra de la ardiente virreina, refugiada en el fondo del jardín, mirando la fiesta de amor sin mujeres, lloró muchas veces, incomprensiva, celosa, tapándose la cara.

II

Santos y Difuntos. En este tiempo, era luminosa y vibrante de tabanquillos y tenderetes la Calzada de la Virreina. El quitrí del gachupín, que rodaba haciendo morisquetas de petimetre, se detuvo ante la Legación Española. Un chino encorvado, la espalda partida por la coleta, regaba el zaguán. Don Celes subió la ancha escalera y cruzó una galería con cuadros en penumbra, tallas, dorados y sedas: El gachupín experimentaba un sofoco ampuloso, una sensación enfática de orgullo y reverencia: Como collerones le resonaban en el pecho fanfarrias de históricos nombres sonoros, y se mareaba igual que en un desfile de cañones y banderas: Su jactancia, ilusa y patriótica, se revertía en los escandidos compases de una música brillante y ramplona: Se detuvo en el fondo de la galería. La puerta luminosa, silenciosa, franca sobre el gran estrado desierto, amortiguó extrañamente al barroco gachupín, y sus pensamientos se desbandaron en fuga, potros cerriles rebotando las ancas. Se apagaron de repente todas las bengalas, y el ricacho se advirtió pesaroso de verse en aquel trámite: Desasistido de emoción, árido, tímido como si no tuviese dinero, penetró en el estrado vacío, turbando la dorada simetría de espejos y consolas.

III

El Barón de Benicarlés, con quimono de mandarín, en el fondo de otra cámara, sobre un canapé, espulgaba meticulosamente a su faldero. Don Celes llegó, mal recobrado el gesto de fachenda entre la calva panzona y las patillas color de canela: Parecía que se le hubiese aflojado la botarga:

--Señor Ministro, si interrumpo, me retiro.

--Pase usted, ilustre Don Celestino.

El faldero dio un ladrido, y el carcamal diplomático, rasgando la boca, le tiró de una oreja:

--¡Calla, Merlín! Don Celes, tan contadas son sus visitas, que ya le desconoce el Primer Secretario.

El carcamal diplomático esparcía sobre la fatigada crasitud de sus labios una sonrisa lenta y maligna, abobada y amable. Pero Don Celes miraba a Merlín, y Merlín le enseñaba los dientes a Don Celes. El Ministro de Su Majestad Católica, distraído, evanescente, ambiguo, prolongaba la sonrisa con una elasticidad inverosímil, como las diplomacias neutrales en año de guerras. Don Celes experimentaba una angustia pueril entre la mueca del carcamal y el hocico aguzado del faldero: Con su gesto adulador y pedante, lleno de pomposo afecto, se inclinó hacia Merlín:

--¿No quieres que seamos amigos?

El faldero, con un ladrido, se recogió en las rodillas de su amo, que adormilaba los ojos huevones, casi blancos, apenas desvanecidos de azul, indiferentes como dos globos de cristal, consonantes con la sonrisa sin término, de una deferencia maquillada y protocolaria. La mano gorja y llena de hoyos, mano de odalisca, halagaba las sedas del faldero:

--¡Merlín, ten formalidad!

--¡Me ha declarado la guerra!

El Barón de Benicarlés, diluyendo el gesto de fatiga por toda su figura crasa y fondona, se dejaba besuquear del faldero. Don Celes, rubicundo entre las patillas de canela, poco a poco, iba inflando la botarga, pero con una sombra de recelo, una íntima y remota cobardía de cómico silbado. Bajo el besuqueo del falderillo, habló, confuso y nasal, el figurón diplomático:

--¿Por dónde se peregrina, Don Celeste? ¿Qué luminosa opinión me trae usted de la Colonia Hispana? ¿No viene usted como Embajador?... Ya tiene usted despejado el camino, ilustre Don Celes.

Don Celes se arrugó con gesto amistoso, aquiescente, fatalista: La frente panzona, la papada apoplética, la botarga retumbante, apenas disimulaban la perplejidad del gachupín. Rio falsamente:

--La tan mentada sagacidad diplomática se ha confirmado una vez más, querido Barón.

Ladró Merlín, y el carcamal le amenazó levantando un dedo:

--No interrumpas, Merlín. Perdone usted la incorrección y continúe, ilustre Don Celes.

Don Celes, por levantarse los ánimos, hacía oración mental, recapacitando los pagarés que tenía del Barón: Luchaba desesperado por no desinflarse: Cerró los ojos:

--La Colonia, por sus vinculaciones, no puede ser ajena a la política del país: Aquí radica su colaboración y el fruto de sus esfuerzos. Yo, por mis sentimientos pacifistas, por mis convicciones de liberalismo bajo la gerencia de gobernantes serios, me hallo en una situación ambigua, entre el ideario revolucionario y los procedimientos sumarísimos del General Banderas. Pero casi me convence la colectividad española, en cuanto a su actuación, porque la más sólida garantía del orden es, todavía, Don Santos Banderas. ¡El triunfo revolucionario traería el caos!

--Las revoluciones, cuando triunfan, se hacen muy prudentes.

--Pero hay un momento de crisis comercial: Los negocios se resienten, oscilan las finanzas, el bandolerismo renace en los campos.

Subrayó el Ministro:

--No más que ahora, con la guerra civil.

--¡La guerra civil! Los radicados de muchos años en el país, ya la miramos como un mal endémico. Pero el ideario revolucionario es algo más grave, porque altera los fundamentos sagrados de la propiedad. El indio, dueño de la tierra, es una aberración demagógica, que no puede prevalecer en cerebros bien organizados. La Colonia profesa unánime este sentimiento: Yo quizá lo acoja con algunas reservas, pero, hombre de realidades, entiendo que la actuación del capital español es antagónica con el espíritu revolucionario.

El Ministro de Su Majestad Católica se recostó en el canapé, escondiendo en el hombro el hocico del faldero:

--¿Don Celes, y es oficial ese ultimátum de la Colonia?

--Señor Ministro, no es ultimátum. La Colonia pide solamente una orientación.

--¿La pide o la impone?

--No habré sabido explicarme. Yo, como hombre de negocios, soy poco dueño de los matices oratorios, y si he vertido algún concepto por donde haya podido entenderse que ostento una representación oficiosa, tengo especial interés en dejar rectificada plenamente esa suspicacia del Señor Ministro.

El Barón de Benicarlés, con una punta de ironía en el azul desvaído de los ojos, y las manos de odalisca entre las sedas del faldero, diluía un gesto displicente sobre la boca belfona, untada de fatiga viciosa:

--Ilustre Don Celestino, usted es una de las personalidades financieras, intelectuales y sociales más remarcables de la Colonia... Sus opiniones, muy estimables... Sin embargo, usted no es todavía el Ministro de España. ¡Una verdadera desgracia! Pero hay un medio para que usted lo sea, y es solicitar por cable mi traslado a Europa. Yo apoyaré la petición, y le venderé a usted mis muebles en almoneda.

El ricacho se infló de vanidad ingeniosa:

--¿Incluido Merlín para consejero?

El figurón diplomático acogió la agudeza con un gesto frío y lacio, que la borró:

--Don Celes, aconseje usted a nuestros españoles que se abstengan de actuar en la política del país, que se mantengan en una estricta neutralidad, que no quebranten con sus intemperancias la actuación del Cuerpo Diplomático. Perdone, ilustre amigo, que no le acoja más tiempo, pues necesito vestirme para asistir a un cambio de impresiones en la Legación inglesa.

Y el desvaído carcamal, en la luz declinante de la cámara, desenterraba un gesto chafado, de sangre orgullosa.

IV

Don Celes, al cruzar el estrado, donde la alfombra apagaba el rumor de los pasos, sintió más que nunca el terror de desinflarse. En el zaguán, el chino rancio y coletudo, en una abstracción pueril y maniática, seguía regando las baldosas. Don Celes experimentó todo el desprecio del blanco por el amarillo:

--¡Deja paso, y mira, no me manches el charol de las botas, gran chingado!

Andando en la punta de los pies, con mecimiento de doble suspensión la botarga, llegó a la puerta y llamó al moreno del quitrí, que con otros morenos y rotos, refrescaba bajo los laureles de un bochinche: Juego de bolos y piano automático con platillos:

--¡Vamos vivo, pendejo!

V

Calzada de la Virreina tenía un luminoso bullicio de pregones, guitarros, faroles y gallardetes. Santa Fe se regocijaba con un vértigo encendido, con una calentura de luz y tinieblas: El aguardiente y el facón del indio, la baraja y el baile lleno de lujurias, encadenaban una sucesión de imágenes violentas y tumultuosas. Sentíase la oscura y desolada palpitación de la vida sobre la fosa abierta. Santa Fe, con una furia trágica y devoradora del tiempo, escapaba del terrorífico sopor cotidiano, con el grito de sus ferias, tumultuoso como un grito bélico. En la lumbrada del ocaso, sobre la loma de granados y palmas, encendía los azulejos de sus redondas cúpulas coloniales San Martín de los Mostenses.

LIBRO TERCERO

EL JUEGO DE LA RANITA

I

Tirano Banderas, terminado el despacho, salió por la arcada del claustro bajo al jardín de los frailes. Le seguían compadritos y edecanes:

--¡Se acabó la obligación! Ahora, si les parece bien, mis amigos, vamos a divertir honestamente este rabo de tarde, en el jueguito de la rana.

Rancio y cumplimentero, invitaba para la trinca, sin perder el rostro sus vinagres, y se pasaba por la calavera el pañuelo de hierbas, propio de dómine o donado.

II

El Jardín de los Frailes, geométrica ruina de cactus y laureles, gozaba la vista del mar: Por las mornas tapias corrían amarillos lagartos: En aquel paraje estaba el juego de la rana, ya crepuscular, recién pintado de verde. El Tirano, todas las tardes esparcía su tedio en este divertimiento: Pausado y prolijo, rumiando la coca, hacía sus tiradas, y en los yerros, su boca rasgábase toda verde, con una mueca: Se mostraba muy codicioso y atento a los lances del juego, sin ser parte a distraerle las descargas de fusilería que levantaban cirrus de humo a lo lejos, por la banda de la marina. Las sentencias de muerte se cumplimentaban al ponerse el sol, y cada tarde era pasada por las armas alguna cuerda de revolucionarios. Tirano Banderas, ajeno a la fusilería, cruel y vesánico, afinaba el punto apretando la boca. Los cirrus de humo volaban sobre el mar.

--¡Rana!

El tirano, siempre austero, vuelto a la trinca de compadres, desplegaba el pañuelo de dómine, enjugándose el cráneo pelado:

--¡Aprendan, y no se distraigan del juego con macanas!

Un vaho pesado, calor y catinga, anunciaba la proximidad de la manigua, donde el crepúsculo enciende, con las estrellas, los ojos de los jaguares.

III

Aquella india vieja, acurrucada en la sombra de un toldillo, con el bochinche de limonada y aguardiente, se ha hispido, remilgada y corretona bajo la seña del Tirano:

--¡Horita, mi jefe!

Doña Lupita cruza las manos enanas y orientales, apretándose al pecho los cabos del rebocillo, tirado de priesa sobre la greña: Tenía esclava la sonrisa y los ojos oblicuos de serpiente sabia: Los pies descalzos, pulidos como las manos: Engañosa de mieles y lisonjas la plática:

--¡Mándeme, no más, mi Generalito!

Generalito Banderas doblaba el pañuelo, muy escrupuloso y espetado:

--¿Se gana plata, Doña Lupita?

--¡Mi jefecito, paciencia se gana! ¡Paciencia y trabajos, que es ganar la Gloria Bendita! Viernes pasado compré un mecate para me ajorcar, y un ángel se puso de por medio. ¡Mi jefecito, no di con una escarpia!

Tirano Banderas, parsimonioso, rumiaba la coca, tembladera la quijada y saltante la nuez:

--¿Diga, mi vieja, y qué le sucedió al mecatito?

--A la Santa de Lima amarrado se lo tengo, mi jefecito.

--¿Qué le solicita, vieja?

--Niño Santos, pues que su merced disfrute mil años de soberanía.

--¡No me haga pendejo, Doña Lupita! ¿De qué año son las enchiladas?

--¡Merito acaban de enfriarse, patroncito!

--¿Qué otra cosa tiene en la mesilla?

--Coquitos de agua. ¡La chicha muy superior, mi jefecito! Aguardiente para el gauchaje.

--Pregúntele, vieja, el gusto a los circunstantes, y sirva la convidada.

Doña Lupita, torciendo la punta del rebocillo, interrogó al concurso que acampaba en torno de la rana, adulador y medroso ante la momia del Tirano:

--¿Con qué gustan mis jefecitos de refrescarse? Les antepongo que solamente tres copas tengo. Denantes, pasó un coronelito briago, que todo me lo hizo cachizas, caminándose sin pagar el gasto.

El Tirano formuló lacónico:

--Denúncielo en forma, y se hará justicia.

Doña Lupita jugó el rebocillo como una dama de teatro:

--¡Mi Generalito, el memorialista no moja la pluma sin tocar por delante su estipendio!

Marcó un temblor la barbilla del Tirano:

--Tampoco es razón. A mi sala de audiencias puede llegar el último cholo de la República. Licenciado Sostenes Carrillo, queda a su cargo instruir el proceso en averiguación del supuesto fregado...

IV

Doña Lupita, corretona y haldeando, fue a sacar los cocos puestos bajo una cobertera de palmitos en la tierra regada. El Tirano, sentado en el poyo miradero de los frailes, esparcía el ánimo cargado de cuidados: Sobre el bastón con borlas doctorales y puño de oro, cruzaba la cera de las manos: En la barbilla, un temblor; en la boca verdosa, un gesto ambiguo de risa, mofa y vinagre:

--Tiene mucha letra la guaina, Señor Licenciado.

--Patroncito, ha visto la chuela.

--Muy ocurrente en las leperadas. ¡Puta madre! Va para el medio siglo que la conozco, de cuando fui abanderado en el Séptimo Ligero: Era nuestra rabona.

Doña Lupita amusgaba la oreja, haldeando por el jacalito. El Licenciado recayó con apremio chuflero:

--¡No se suma mi vieja!

--En boca cerrada no entran moscas, valedorcito.

--No hay sello para una vuelta de mancuerda.

--¡Santísimo Juez!

--¿Qué jefe militar le arrugó el tenderete, mi vieja?

--¡Me aprieta, niño, y me expone a una venganza!

--No se atore y suelte el gallo.

--No me sea mala reata, Señor Licenciado.

El Señor Licenciado era feliz, rejoneando a la vieja por divertir la hipocondría del Tirano. Doña Lupita, falsa y apenujada, trajo las palmas con el fruto enracimado, y un tranchete para rebanarlo. El Mayor Abilio del Valle, que se preciaba de haber cortado muchas cabezas, pidió la gracia de meter el facón a los coquitos de agua: Lo hizo con destreza mambís: Bélico y triunfador, ofrendó como el cráneo de un cacique enemigo, el primer coquito al Tirano. La momia amarilla desplegó las manos y tomó una mitad pulcramente:

--Mayorcito, el concho que resta, esa vieja maulona que se lo beba. Si hay ponzoña, que los dos reventemos.

Doña Lupita, avizorada, tomó el concho, saludando y bebiendo:

--Mi Generalito, no hay más que un firme acatamiento en esta cuera vieja: ¡El Señor San Pedro y toda la celeste cofradía me sean testigos!

Tirano Banderas, taciturno, recogido en el poyo, bajo la sombra de los ramajes, era un negro garabato de lechuzo. Raro prestigio cobró de pronto aquella sombra, y aquella voz de caña hueca, raro imperio:

--Doña Lupita, si como dice me aprecia, declare el nombre del pendejo briago que en tan poco se tiene. Luego luego, vos veréis, vieja, que también la aprecia Santos Banderas. Dame la mano, vieja...

--Taitita, dejá sos la bese.

Tirano Banderas oyó, sin moverse, el nombre que temblando le secreteó la vieja. Los compadritos, en torno de la rana, callaban amusgados, y a hurto se hacían alguna seña. La momia indiana:

--¡Chac, chac!

V

Tirano Banderas, con paso de rata fisgona, seguido por los compadritos, abandonó el juego de la rana: Al cruzar el claustro, un grupo de uniformes que choteaba en el fondo, guardó repentino silencio. Al pasar, la momia escrutó el grupo, y con un movimiento de cabeza, llamó al Coronel-Licenciado López de Salamanca, Jefe de Policía:

--¿A qué hora está anunciado el acto de las Juventudes Democráticas?

--A las diez.

--¿En el Circo Harris?

--Eso rezan los carteles.

--¿Quién he solicitado el permiso para el mitin?

--Don Roque Cepeda.

--¿No se le han puesto obstáculos?

--Ninguno.

--¿Se han cumplimentado fielmente mis instrucciones?

--Tal creo...

--La propaganda de ideales políticos, siempre que se realice dentro de las leyes, es un derecho ciudadano y merece todos los respetos del Gobierno.

El Tirano torcía la boca con gesto maligno. El Jefe de Policía, Coronel-Licenciado López de Salamanca, atendía con burlón desenfado:

--Mi General, en caso de mitote, ¿habrá que suspender el acto?

--El Reglamento de Orden Público le evacuará cumplidamente cualquier duda.

El Coronel-Licenciado asintió con zumba gazmoña:

--Señor Presidente, la recta aplicación de las leyes será la norma de mi conducta.

--Y en todo caso, si usted procediese con exceso de celo, cosa siempre laudable, no le costará gran sacrificio presentar la renuncia del cargo. Sus servicios --al aceptarla-- sin duda que los tendría en consideración el Gobierno.

Recalcó el Coronel-Licenciado:

--¿El Señor Presidente no tiene otra cosa que mandarme?

--¿Ha proseguido las averiguaciones referentes al relajo y viciosas costumbres del Honorable Cuerpo Diplomático?

--Y hemos hecho algún descubrimiento sensacional.

--En el despacho de esta noche tendrá a bien enterarme.

El Coronel-Licenciado saludó:

--¡A la orden, mi General!

La momia indiana todavía le detuvo, exprimiendo su verde mueca:

--Mi política es el respeto a la ley. Que los gendarmes garantan el orden en Circo Harris. ¡Chac! ¡Chac! Las Juventudes Democráticas ejemplarizan esta noche practicando un ejercicio ciudadano.

Chanceó el Jefe de Policía:

--Ciudadano y acrobático.

El Tirano, ambiguo y solapado, plegó la boca con su mueca verde:

--¡Pues, y quién sabe!... ¡Chac! ¡Chac!

VI

Tirano Banderas caminó taciturno. Los compadres, callados como en un entierro, formaban la escolta detrás. Se detuvo en la sombra del convento, bajo el alerta del guaita, que en el campanario sin campanas clavaba la luna con la bayoneta. Tirano Banderas estúvose mirando el cielo de estrellas: Amaba la noche y los astros: El arcano de bellos enigmas recogía el dolor de su alma tétrica: Sabía numerar el tiempo por las constelaciones: Con la matemática luminosa de las estrellas se maravillaba: La eternidad de las leyes siderales abría una coma religiosa en su estoica crueldad indiana. Atravesó la puerta del convento bajo el grito nocturno del guaita en la torre, y el retén, abriendo filas, presentó armas. Tirano Banderas, receloso, al pasar, escudriñaba el rostro oscuro de los soldados.

SEGUNDA PARTE

BOLUCA Y MITOTE

LIBRO PRIMERO

CUARZOS IBÉRICOS

I

Amarillos y rojos mal entonados, colgaban los balcones del Casino Español. En el filo luminoso de la terraza, petulante y tilingo, era el quitrí de Don Celes.

II

--¡Mueran los gachupines!

--¡Mueran!...

El Circo Harris, en el fondo del parque, perfilaba la cúpula diáfana de sus lonas bajo el cielo verde de luceros. Apretábase la plebe vocinglera frente a las puertas, en el guiño de los arcos voltaicos. Parejas de caballería estaban de cantón en las bocacalles, y mezclados entre los grupos, huroneaban los espías del Tirano. Aplausos y vítores acogieron la aparición de los oradores: Venían en grupo, rodeados de estudiantes con banderas: Saludaban agitando los sombreros, pálidos, teatrales, heroicos. La marejada tumultuaria del gentío, bajo la porra legisladora de los gendarmes, abría calle ante las puertas del Circo. Las luces del interior daban a la cúpula de lona una diafanidad morena. Sucesivos grupos con banderas y bengalas, aplausos y amotinados clamores, a modo de reto, gritaban frente al Casino Cspañol:

--¡Viva Don Roque Cepeda!

--¡Viva el libertador del indio!

--¡Vivaaa!...

--¡Muera la tiranía!

--¡Mueraaa!...

--¡Mueran los gachupines!

--¡Mueran!...

III

El Casino Español --floripondios, doradas lámparas, rimbombantes moldurones-- estallaba rubicundo y bronco, resonante de bravatas. La Junta Directiva clausuraba una breve sesión, sin acta, con acuerdos verbales y secretos. Por los salones, al sesgo de la farra valentona, comenzaban solapados murmullos. Pronto corrió, sin recato, el complot para salir en falange y deshacer el mitin a estacazos. La charanga gachupina resoplaba un bramido patriota: Los calvos tresillistas dejaban en el platillo las puestas: Los cerriles del dominó golpeaban con las fichas y los boliches de gaseosa: Los del billar salían a los balcones blandiendo los tacos. Algunas voces tartufas de empeñistas y abarroteros reclamaban prudencia y una escolta de gendarmes para garantía del orden. Luces y voces ponían una palpitación chula y politiquera en aquellos salones decorados con la emulación ramplona de los despachos ministeriales en la Madre Patria: De pronto la falange gachupina acudió en tumulto a los balcones. Gritos y aplausos:

--¡Viva España!

--¡Viva el General Banderas!

--¡Viva la raza latina!

--¡Viva el General Presidente!

--¡Viva Don Pelayo!

--¡Viva el Pilar de Zaragoza!

--¡Viva Don Isaac Peral!

--¡Viva el comercio honrado!

--¡Viva el Héroe de Zamalpoa!

En la calle, una tropa de caballos acuchillaba a la plebe ensabanada y negruzca, que huía sin sacar el facón del pecho.

IV