Tipos y paisajes

Part 9

Chapter 93,988 wordsPublic domain

--Ya sabes á lo que vengo, Teresa--dijo éste al llegar al portal...--Buenas tardes, señor cura... Dios te mate, borrachón,--añadió encarándose respectivamente con los aludidos.

--Buenas y santas, señores,--dijo por su parte el alguacil.

--Él os ampare--contestó don Perfecto.--Y ¿qué os trae por acá?

--Poca cosa, don Perfecto--respondió el pedáneo.--Hemos estado otras dos veces á pedir á Teresa el reparto, y como nada nos ha dado, y á la tercera es la vencida, vuelvo hoy con el _portero_, para que cargue con la prenda, como carga con las que ya trae encima, si no me dan dinero.

--¿Y qué reparto es ese?--preguntó el cura.

--Pues el de la campana.

--¡El de la campana!

--Cabal. El de la campana que se hizo el año pasado, y que todavía está sin pagar.

--Pero, hombre, ¿no se cobró un impuesto seis meses hace para pagar esa campana dichosa?

--Sí, señor; pero paece ser que el secretario echó entonces mal las cuentas, y no alcanzó el dinero que se cobró del primer reparto, y por eso se hizo otro.

--¡Ya! ¿Conque no alcanzó?... ¡Vea usted qué atrasadillo anda en contabilidad el señor secretario!--observó don Perfecto con cierto retintín.

--Y velay--dijo la afligida Teresa;--porque no he querido... porque no he podido pagar ese segundo reparto, me vienen á sacar prenda...

--¡Y vaya si te la sacaré!... como éstas que ves aquí,--recalcó el pedáneo con aire de importancia.

--¡Dichosa campana!--exclamó Teresa afligida.

Á todo esto, Gorio, que se había recostado contra el poyo, comenzó á canturrear con voz chillona y destemplada:

Tocan las campanitas por la mañana; tocan las campanitas, tocan al alba.

--¿Y cuánto te corresponde pagar, Teresa?--preguntó don Perfecto.

--Una barbaridá de dinero, señor.

--¡Taday, moquitona!--gruñó el pedáneo, desplegando la tira de papel.--Verá usté, señor cura... «Gregorio Pajares... cuatro reales y medio...». Conque dígame usted si eso vale la pena de...

--Sí: para el que no tiene pan que llevar á la boca, como si fueran mil duros,--respondió Teresa anegada en lágrimas.

--Con lo que ese mata en la taberna--añadió el alguacil,--había sobrado pa comer arroz con leche todo el año.

--Si no hubiera pícaros en el mundo--replicó con cierta intención Teresa,--no se harían borrachos los hombres de bien como el mi marido... Y de toas maneras, yo no tengo hoy con qué pagarvos: así, tirar por onde queráis...

Entre tanto, el señor cura, vuelto de espaldas á todos los del portal, se palpaba á dos manos los bolsillos con febril impaciencia.

--¡Por vida del ocho de bastos!--murmuraba.--No salen más que veintiséis cuartos...

Luego, como si le hubiera cruzado una idea por la mente, se dirigió á Gorio, le sacudió un hombro y

--Oye, Gorio--le dijo,--¿me prestas doce cuartos?

--¿Para beber á escote?--preguntó á su vez el borracho.

--Cabal--respondió el cura,--deseando acertar el deseo de Gorio.

--Pues para eso no presto: lo que hago es jugarlos á la brisca á tres juegos hechos... mano á mano.

--No puedo jugar ahora; pero te prometo devolverte por ellos mañana... veinticuatro.

--Me conviene el ajuste... y allá van esos intereses.

El borracho desocupó su bolsillo en las manos de don Perfecto.

Al mismo tiempo, apremiada por el pedáneo, decía la infeliz Teresa:

--No tengo más prenda que dar que la manta de la cama: todo lo demás se lo han ido llevando entre la josticia y la taberna.

--Pues venga la manta de la cama,--decía el alguacil.

--¡Dios mío! ¿Lo oye usté, señor cura, cómo se cumple la maldición de la Miruella?

--¿Quién dijo Miruella?--interrumpió Gorio.

--No se cumplirá esta vez--exclamó con alegría don Perfecto.--Ahí van--añadió, poniendo las monedas en manos del pedáneo,--los cuatro reales y medio de esta infeliz. Y quiera Dios que esta nueva exacción sea tan legítima como las lágrimas que cuesta.

Teresa se anegaba en las suyas; Gorio miraba la escena con aire estúpido, y el pedáneo, mientras destornillaba el tintero y ponía una _P_ enfrente del nombre de Gregorio en la lista, contestaba á la indirecta de don Perfecto:

--Pues por vida mía, señor cura, que la campana no fué para la torre de mi casa; otros sacan de ella más raja que yo, probe.

--Pues mira, hijo--respondió con sorna don Perfecto,--si lo de la raja lo dices por mí, sírvate de gobierno que yo no mandé hacer la campana, ni en la iglesia la hubiera puesto al prever lo que está sucediendo, porque no le gustan á Dios en su casa campanas que _suenen_ tanto como esa... Conque ve en paz, ya que te han pagado.

--¿Quién dijo Miruella aquí?--insistió Gorio.--Miruella, Miruella... Señor, ¿qué tenía yo que decir de la Miruella?...

--Á propósito de la Miruella, señor cura--añadió el pedáneo cuando se disponía á marcharse:--el portero y yo la hemos encontrado junto á la abacería sin sentido, y por caridad la hemos llevado á su casa al venir acá. Yo creo que de ésta va á dar al diablo lo que es suyo. Conque á la par de Dios.

Y se fueron el pedáneo y el alguacil.

--¡Ajajá! ¡eso era!--tartamudeó Gorio, volviendo á recostarse contra el poyo.

Teresa se quedó como petrificada al oir la noticia. Don Perfecto, olvidándose de todo cuando le rodeaba y pensando sólo en que su presencia sería necesaria al lado de la moribunda, si era cierto que en tal estado se hallaba la Miruella, salió precipitadamente del portal; pero no había dado tres pasos cuando le detuvo Teresa, y entre anhelosa y acongojada, le preguntó:

--Y diga usté, señor cura, ¿de qué se habrá puesto así la Miruella?

--¿De qué?... Acaso de algún _golpe_,--respondió don Perfecto con notoria intención, desprendiéndose de Teresa y saliendo apresuradamente del corral.

--¡No lo permita el Señor!--exclamó la atribulada mujer, cubriéndose la cara con las manos, como si quisiera huir de algún remordimiento.

Al levantar después la cabeza y abrir los ojos, vió á su marido que comenzaba á roncar tendido como un cerdo sobre el poyo. Al mismo tiempo aparecía en la puerta de la casa la escuálida figura de su hija, que sin duda se cansaba de esperar adentro.

--¡Devino Dios!--clamó entonces la pobre madre, elevando la vista al cielo,--¡mándame un poco de fuerza, porque no puedo ya con esta carga!

II

La pedrada que recibió en las espaldas tía Bernarda, ó si ustedes quieren, la Miruella, ó la Bruja, si más les agrada, necesita una explicación que, ya que no justifique, disculpe en parte el atentado de Teresa. Debo á la mujer de Gorio esta reparación en buena justicia, toda vez que del relato precedente, por sí sólo, no se saca el necesario acopio de razones en favor de la conducta de aquélla.

Que _hay brujas_, lo creen todos los aldeanos, y muchos que no lo son, así montañeses como no montañeses. Hasta qué punto creen en ellas y las temen mis paisanos, y _cómo son_ las brujas montañesas, es lo que vamos á ver ante todo.

Cuál es el primer hecho del cual nace la fama de una bruja, nunca se supo: me inclino á creer que esa fama procede de su mismo tipo, porque he observado que están cortadas por idéntico patrón todas las mujeres que he conocido y conozco calificadas de brujas en este país; todas se parecen á la Miruella, y como ésta, han vivido ó viven solas, generalmente sin familia conocida ni procedencia claramente averiguada.

La bruja de la Montaña no es la _hechicera_, ni la _encantadora_, ni la _adivina_: se cree también en estos tres fenómenos, pero no se los odia; al contrario, se los respeta y se les consulta, porque aunque son también _familiares_ del demonio, con frecuencia son benéficas sus artes: dan la salud á un enfermo, descubren tesoros ocultos y dicen adónde han ido á parar una res extraviada ó un bolsillo robado.

La bruja no da más que disgustos: chupa la sangre á las jóvenes, muerde por las noches á sus aborrecidos, hace mal de ojo á los niños, da _maldao_ á las embarazadas, atiza los incendios, provoca las tronadas, agosta las mieses y enciende la guerra civil en las familias.

Que montada en una escoba va por los aires á los _aquelarres_ los sábados á media noche, es la leyenda aceptada para todas las brujas.

La de la Montaña tiene su punto de reunión en Cernégula, pueblo de la provincia de Burgos. Allí se juntan todas las congregadas, alrededor de un espino, bajo la presidencia del diablo en figura de macho cabrío. El vehículo de que se sirve para el viaje es también una escoba; la fuerza misteriosa que la empuja se compone de dos elementos: una untura, negra como la pez, que guarda bajo las losas del llar de la cocina y se da sobre las carnes, y unas palabras que dice después de darse la untura. La receta de ésta es el secreto infernal de la bruja; las palabras que pronuncia son las siguientes:

_Sin_ Dios y _sin_ Santa María, ¡por la chimenea arriba!

Y parte como un cohete por los aires.

Redúcese el congreso de Cernégula á mucho bailoteo alrededor del espino, á algunos excesos amorosos del presidente, que, por cierto, no le acreditan gran cosa de persona de gusto, y, sobre todo, á la exposición de necesidades, cuenta y razón de hechos, y consultas del cónclave al cornudo dueño y señor. Tal bruja refiere las fechorías que ha cometido durante la semana; otra pregunta cómo se las arreglará para acabar en pocos días con esta hacienda ó con aquella salud; otra manifiesta que la familia de aquí ó de allí goza de una alegría y un bienestar escandalosos, y que, en su concepto, debe hacérsela algún daño, etc., etc., etc... Á todo lo cual provee el demonio en el acto, en unos casos dando consejos, en otros echando la maldición que saca lumbres; proporcionando á esa bruja ciertos polvos para que se los haga tomar á Petra, á Antonia ó á Joaquina, con los cuales es segura la _jaldía_ á las pocas horas; indicando á otra la necesidad de que al vecino X ó Z le chupe un par de reses, ó haga malparir á su mujer; y, en fin, ilustrando y auxiliando con toda clase de luces y medios materiales al numeroso congreso, para la mayor honra del demonio y desesperación de los pueblos. Estas _soirées_ duran desde las doce de la noche hasta que el alba asoma sus primeros tornasoles sobre las cumbres más altas.

Aceptando esta versión el vulgo como artículo de fe, no bien la fama califica de bruja á una mujer, ya se pone aquél en guardia contra ella.--Nadie pasa de noche junto á su casa; no se toca cosa que le pertenezca; se le da en todas partes el mejor sitio, y en cuanto vuelve la espalda, se le hace la señal de la cruz. En la calle se la saluda desde media legua, y las mujeres en cinta huyen de su presencia como de la peste; las que ya son madres separan á sus niños del alcance de su vista para que no les haga mal de ojo. Si á un labrador se le suelta una noche el ganado en el establo y se acornea, es porque la bruja se ha metido entre las reses, por lo cual al día siguiente llena de cruces pintadas los pesebres.--Si un perro aúlla junto al cementerio, es la bruja que llama á la sepultura á cierta persona del barrio; si vuela una lechuza alrededor del campanario, es la bruja que va á sorber el aceite de la lámpara ó á fulminar sobre el pueblo alguna maldición. En una palabra, todo lo triste, todo lo desgraciado, todo lo calamitoso que ocurre en la jurisdicción de una bruja, se atribuye por el vulgo á las malas artes de ésta.

Acontece que las llamadas brujas son mujeres de la misma piel del diablo, es decir, enredadoras, chismosas, borrachas y algo más, en el cual caso explotan en beneficio de sus malos instintos la necia credulidad de sus convecinos; ó son como otra persona cualquiera, y acaban por ser completos demonios, acosadas, escarnecidas y vejadas por el fanatismo popular; ó son, en fin, mujeres virtuosas y honradas á carta cabal, y entonces viven, las desdichadas, mártires de la más estúpida persecución.

De los tres grupos he conocido brujas en la Montaña.--La Miruella pertenecía al último.

Había venido al pueblo bajo los auspicios de una vieja viuda sin hijos, que al morir le dejó la casita y el huerto. Era la Miruella[3] (que así se la bautizó al llegar al pueblo por su pequeñez de cuerpo y afición á vestirse de negro) más discreta que el vulgo que la rodeaba, y ésta fué su perdición.

Sus atinadas sentencias, sus sesudos pareceres, dejaban boquiabiertos á los aldeanos; y como además era amiga del retiro, ó por lo menos, enemiga de murmuraciones, corrillos y tabernas, dióse en decir que tenía pacto con el diablo.

La Miruella notó al asomar sus primeras arrugas y al perder el último diente, que comenzaba á cundir la fama de sus brujerías. De este modo vió pasar toda su larga ancianidad entre el horror y la repugnancia de sus convecinos. No le fué dado en todo este tiempo ni siquiera el placer de hacer un beneficio, porque al conocer su procedencia todos le rehusaban.

Una vez comenzó á arder su casa y no hubo una mano caritativa que la ayudara á apagarla.

Era el verdadero paria á quien se negaba la hospitalidad y hasta la sal y el fuego. Para ella jamás había conmiseración, porque se le atribuían todos los infortunios que sufrían sus convecinos, y si no se le daba cada día una paliza, no era por repugnancia al acto en sí, sino por miedo á la venganza de la apaleada, que podía _no morir de las resultas_.

Teresa, que sobre ser la vecina más desgraciada del barrio, era la más propensa á la superstición, amén de ser la que más cerca vivía de la bruja, fué, por consiguiente, la que se creyó más perseguida por ella y más castigada; no la olvidaba un solo instante, y en todos los de su vida el odio que la profesaba era sólo comparable al horror que hacia ella sentía. De aquí su convicción, al arrojarle la piedra cuando la creyó causante también de la descalabradura del rojillo, de que, matando á la bruja, libraba á su familia de la perdición y de una calamidad al pueblo.

Un solo corazón había en él que no fuera insensible á los tormentos que sufría la Miruella; una sola mano que para ella no se cerrara; una sola lengua que no la maldijera: el corazón, la mano y la lengua del señor cura. Este santo varón no se cansaba de consolar ni de socorrer, en cuanto podía, el amargo infortunio de tía Bernarda.

Don Perfecto no era uno de esos sacerdotes ideales que se ven á menudo en el teatro y en las láminas de las entregas de á cuarto, con los ojos vueltos al cielo y los brazos en cruz, que hablan en sonetos y van seguidos de un enjambre de niños á quienes enseñan la doctrina y regalan castañas: era un tipo bastante más terrenal, así en figura como en estilo, sin que por ello fuera menos virtuoso. Predicaba el Evangelio del día todos los festivos, y si en su elocuencia no era un _pico de oro_, en los efectos de sus pláticas podía apostárselas al más inspirado, porque conocía, como las suyas propias, hasta la más liviana flaqueza de sus feligreses, y siempre les hería en lo vivo. Dar al pobre lo que le sobraba á él y vivir con lo más indispensable, le parecía un deber social, cuanto más de conciencia para un sacerdote; sacrificar hasta su vida por la del prójimo, la cosa más natural del mundo, y conquistar al demonio un alma para Dios, el colmo de sus ambiciones. Por lo demás, le gustaba hablar de vez en cuando con sus feligreses de los azares de la cosecha de éstos; oirlos discurrir sobre análogas cuestiones; corregirles más de cuatro desatinos, y hasta atufarse un poco con los más díscolos. En cambio todos le querían bien; y eso que nunca le hallaron en la taberna, ni recorriendo las ferias ó los mercados de las inmediaciones.

Como á su larga experiencia y natural penetración no se había ocultado la guerra implacable que se venía haciendo á la Miruella, creyéndola bruja el pueblo con la mayor buena fe, á cada paso estaba predicando contra ésta y otras preocupaciones semejantes, tan ocasionadas á excesos de imposible remedio y de incalculables consecuencias. No le gustaba que le tildasen de entremetido, por lo cual prefería este sistema de amonestación indirecta al de acometer de frente al objeto de sus excitaciones, que le era bien conocido; esperaba que los sucesos le proporcionasen una disculpa notoria para adoptar el segundo método que juzgaba más eficaz que el primero, y por eso le hemos visto entrar tan resuelto en casa de Teresa, después de haber presenciado la agresión brutal de ésta sobre la infeliz anciana.

Lo que le dijo durante el diálogo que con ella tuvo y queda consignado más atrás, no era más que el introito de lo que pensaba decirle después; pero habiendo oído la noticia que le dió el pedáneo, creyó de su deber acudir á lo más urgente; y para él no había nada que reclamase su presencia con mayor derecho que un feligrés en peligro de muerte.

Cuando la Miruella, pasado el primer efecto de la pedrada, se empeñó en continuar su camino, no calculó bien la infeliz todas las consecuencias del golpe. Así fué que, pocos pasos antes de llegar á la abacería adonde iba á comprar tres ochavos de aceite, volvió á perder el sentido y cayó como un tronco seco sobre los morrillos de la calleja. Viéronla en tal estado el pedáneo y el alguacil, y Gorio que, aunque borracho, no dejó de enterarse del suceso; y ya que no como prójimos los dos primeros, como miembros de la _justicia_ se creyeron en el deber de conducir á la vieja á su casa.

Al entrar en ella don Perfecto, halló á tía Bernarda tendida sobre un jergón que le servía de lecho, con todo el aspecto de un cadáver. Que á su lado no había un alma caritativa que la cuidase, no hay para qué decirlo.

Largo rato pasó sin que la enferma diera señales de vida, durante el cual don Perfecto no cesó de rociarle la cara con agua fresca y de darle á oler un poco de vinagre que halló en un pocillo desportillado. Al cabo abrió los ojos la Miruella y balbució algunas palabras ininteligibles. Cuando su mirada fué algo más firme y pudo conocer distintamente al señor cura que no se separaba de su lado,

--Siempre es usted mi providencia, don Perfecto,--dijo con voz lenta y apagada.

--Es mi deber, tía Bernarda, consolar á los afligidos y auxiliar á los menesterosos--contestó con acento cariñoso el sacerdote.--¿Padece usted mucho?--añadió en seguida, viendo la angustia con que respiraba la anciana.

--No, señor... al contrario... ahora que veo que el Señor me llama á sí, me siento muy animada... porque yo... á no haber ofendido á Dios en ello, muchas veces hubiera deseado la muerte.

--¡Tía Bernarda!...

--Sí, señor cura... Usted sabe muy bien que mi vida... ha sido una pasión... sin tregua ni descanso.

--Más dolorosa fué la de Jesús, y era un justo.

--Sí, señor... y por eso le alabo en mis penas... y bendigo la mano que me azota... por eso... Pero, padre mío... siento que se me apaga la vida poco á poco... y necesito aprovechar el tiempo que me queda... Quisiera que después de morir yo, no fuera mi fama tan aborrecible á mis convecinos... como ha sido mi vida... y quisiera también, de paso... volver á alguno... la que está perdiendo por miedo á una falta, que yo sola conozco... y debo, en conciencia, descubrir á usted, para que devuelva la paz á una familia... y el honor á un muerto.

--¿Y qué puedo hacer yo en beneficio de tan santos propósitos?

--Oirme, si á bien lo tiene... Una noche entró por esa puerta una moza hecha un mar de lágrimas... buscando en el miedo que da esta choza á los demás, el secreto que su estado necesitaba... Engañada por un hombre... con promesas muy formales... estaba á pique de echar al mundo... el fruto de su falta, que hasta entonces... había podido ocultar... á la poca malicia de su madre... Dolida de su desgracia, le presté toda la ayuda que podía... Siete días estuvo oculta en esta casa.

--Y al cabo de ellos--interrumpió don Perfecto, no sé si por economizar fuerzas á la enferma, ó por seguir mejor la pista á alguna sospecha que acababa de adquirir,--quizá su familia comenzó á alarmarse por su ausencia.

--Justamente... porque ella... según me dijo, para su familia se hallaba en el molino... á legua y media de aquí...

--Y esa muchacha, como es natural, hoy vivirá llena de inquietudes...

--Y acabando por instantes la vida que le queda... si vida puede llamarse... la pesada cruz que arrastra la infeliz...

--Y probablemente se atribuirá su enfermedad...

--Á mis hechizos... señor.

--Vea usted... ¡lo que es obra de un remordimiento!

--Y del abandono en que la tiene el desalmado que la perdió.

--Tía Bernarda, la misericordia de Dios es infinita y su justicia infalible.

--En eso confío... por ella... y por mí también.

--¡Y usted ha sufrido con resignación el odio de esa familia, cuando con una palabra!...

--Antes que decirla... me hubiera arrancado la lengua... La honra del prójimo es para mí más sagrada que la mía... Por eso le descubro este secreto á usted, que sabrá hacer con él lo que se debe... sin que padezca el honor... de esa desgraciada; que, á tanta costa, no quiero que valga lo que le he dicho...

--Yo sabré respetar tanta lealtad, tía Bernarda... Pero ¿qué fué del fruto de ese pecado?

--Á eso iba, y ello le baste por toda señal... Recibió de mis manos el agua de socorro... y se volvió al cielo... el ángel de Dios... De lo demás... creo que está usted más enterado que yo... Y ahora, padre mío, que dejo arreglada esta última cuenta con el mundo... pensemos en la que voy á dar á Dios dentro de poco... y para ello, óigame en confesión.

III

Celipe (a) _Fantesía_, era un mozalbete presumido, con humos y tal cuál prueba de seductor. Últimamente se hallaba en matrimoniales proyectos con una huérfana que tenía doce carros de tierra y media casa, aunque en manos de su tutor y tío, gran pleitista y enredador, con quien vivía.

En el momento en que aparece en escena Celipe, á la ventana del cuarto que ocupaba en el portal, especie de lobanillo característico de la mayor parte de las casas de aldea montañesas, la cual habitación se le había cedido porque no molestara á la familia en las altas horas de la noche al volver de sus frecuentes galanteos y francachelas, mirándose la cara en medio palmo de vidrio azogado, aprovecha los últimos fulgores del crepúsculo para atusarse el pelo sobre las sienes, mojando los dedos en su propia saliva.

Antes se había calzado sus zapatos amarillos con lazos verdes y encarnados, y vestido su chaleco de pana con profusión de galones de color en las orejillas de la espalda. Cuando acabó su peinado echó la chaqueta sobre el hombro izquierdo, se colocó un calañés en la cabeza, muy tirado á la derecha, y se dispuso á salir. Aquella noche iba á _cantar_ á su novia, y esperaba que ésta le recibiría después en la cocina. Por eso se pulía tan esmeradamente. En esto oyó sonar la campana grande de la iglesia, con un tañido especial.

--Tocan á _administrar_[4]--dijo para sí.--¿Á quién será?

Al mismo tiempo oyó llamar á la puerta de su cuarto.

--¡Ave María!

--¡Sin pecado concebida!--respondió abriéndola de par en par.

Y se halló frente á frente con don Perfecto.

--Buenas noches, Felipe.

--Buenas las tenga, señor cura,--contestó Felipe muy sorprendido.

--¿Te extraña mi visita?

--Á la verdá que... no sé qué pueda traer á usté por aquí á estas horas.

--La cosa más natural del mundo, hijo--replicó don Perfecto entrando en el cuarto y cerrando la puerta.--Cuando el prójimo no viene á nosotros en las grandes ocasiones, hay que ir á buscar al prójimo adonde quiera que se encuentre.

--Y, si á mano viene, ¿en qué puedo servir á usté?

--En mucho, hijo, en mucho... Pero ¿estamos solos?

--No hay en casa más que mi padre, y ese anda en la _corte_ arreglando el ganao.