Tipos y paisajes

Part 10

Chapter 103,844 wordsPublic domain

--Corriente; y si me viera, no faltaría una disculpilla que darle... Ahora, óyeme. Hace siete meses fuiste una noche á despertarme y me pediste, por la honra de una mujer, que diera sepultura sagrada al cadáver de un niño recién nacido que traías debajo de la capa... Como me aseguraste que el niño había recibido agua antes de morir, y yo respeté el misterio en que querías envolver el asunto, y mucho más la honra aquélla de que tanto me hablaste, sin meterme en más averiguaciones, que, en todo caso, competían á Dios en el cielo y á la humana justicia en la tierra, dí sepultura al cadáver, sagrada como era debido.

--Y Dios le pagará á usté la buena obra,--dijo con notoria emoción Felipe.

--No se trata de eso ahora, sino de que la madre de ese niño se está muriendo de vergüenza y de pesar; de que esa agonía espantosa se atribuye á otras causas inventadas, que perjudican á la buena fama de una inocente, y, por último, de que el único que puede devolver la salud y la paz á esa madre y la honra á la culpada, es el padre del niño que tú llevaste á enterrar aquella noche.

--¿Y qué tengo que ver yo?...--tartamudeó Felipe, más pálido que su camisa.

--Mucho--respondió don Perfecto en tono decidido;--mucho, Felipe; porque tú eres el padre de ese niño y el seductor de su madre.

--¡Bah, bah!... señor cura--repuso el mozalbete, desconcertado ante aquella estocada á fondo.--Y aunque eso fuera verdá, ¿qué había de hacer yo al auto de?...

--Cumplir una palabra que comprometiste á cambio de una honra que quitaste. Pagar lo que debes á Dios, si eres cristiano, y al mundo si eres honrado.

--Señor cura--observó tímidamente el jaque,--yo... Y, por último, ya hablaremos de eso.

--No, hijo mío, no; tenemos muy poco tiempo que perder, y por eso vengo ahora á tu casa.

--Además, hay otros compromisos para mí de mucho... de mucho aquel, que...

--No hay mayores compromisos que los de la conciencia, Felipe... Y te advierto que si tratas de realizar proyectos que se opongan á lo que hiciste con esa infeliz, que se muere de vergüenza, no te perdonará Dios, ni en el mundo habrá paz para tí.

No era Felipe malo de corazón, pero le tiraban mucho los doce carros de tierra y la media casa de la huérfana; mucho más que los compromisos contraídos en momentos de vértigo amoroso, sin que por eso dejaran éstos de morderle un poco la conciencia á cada seguidilla que echaba á la ventana de su nueva amada: así fué que en el largo rato que duró su conversación con don Perfecto, nada pudo éste conseguir de él sino evasivas más ó menos respetuosas.

Entonces fué cuando el cura se resolvió á echar mano del recurso en que había pensado, por lo cual había ido á aquella hora y en aquellas circunstancias á ver á Felipe.

--Ya que no me concedes este favor, que al cabo había de redundar en tu bien--continuó don Perfecto,--no me negarás otro que también vengo á pedirte.

--Hable usté, señor cura--dijo más animado por su supuesta victoria el mozalbete,--que en siendo cosa que yo pueda...

--¿Quieres acompañarme á llevar el Santo Viático á un enfermo?... No tengo quién me ayude, si no es un chico que por caridad se ha prestado á tocar la campana que estás oyendo.

--Eso para mí es una obligación, don Perfecto, y siempre que puedo lo hago, cuanto más ahora que usté me lo pide... ¿Y quién se muere?

--La Miruella, hijo.

--¡La Miruella! ¿Y de qué?... ¡Si la he visto esta mañana!

--¿De qué? De vieja; y además de... de un golpe.

--¡De un golpe!...

--Sí, hijo, de un golpe. Una madre que la tiene odio porque cree que su hija se muere embrujada, ayudada de la ira que la cegó, la tiró con una piedra y...

--Y esa hija... ¿es verdá que se muere?

--Sí; pero se muere de vergüenza, porque á título de casamiento...

--¡Vamos, vamos, don Perfecto á llevar el Señor á tía Bernarda!...--exclamó aturdido Felipe, como si no quisiera oir más de aquellas palabras que caían sobre su conciencia como gotas de plomo derretido.

Un cuarto de hora después salía de la iglesia el Rey de los Reyes en manos del digno sacerdote. Iban delante Felipe, con un farol y un Crucifijo, y un muchacho que hacía sonar acompasadamente una campanilla; detrás, casi todo el barrio y parte de los más próximos á la iglesia, descubiertos los hombres, y las mujeres con un refajo sobre la cabeza, llevando una luz en la mano cuantas habían podido hallar en casa un mal cabo de vela.

Cuando la imponente comitiva llegó á la plazoleta que conocemos, se vieron, al escaso resplandor de las luces, arrodillados fuera de la portalada, á Teresa, que lloraba; á Juana, que parecía ser ella la que necesitaba el último consuelo de la religión; al rojillo, que tiritaba de miedo, y á Gorio que, disipada ya su borrachera, hundía la cara en el pecho, como si se avergonzara de exponer tanta abyección y tanta miseria delante de tanta majestad y tanta pureza. Estos personajes se agregaron luego á la comitiva y entraron con ella en casa de la Miruella, no sin grandes apreturas, por la excesiva estrechez de aquélla. Teresa y Gorio no se contentaron con entrar, sino que se pusieron cerca del altar que se había improvisado sobre una vieja mesa cerca del lecho de la enferma. El señor cura había cuidado también de revestir las paredes inmediatas con dos colchas suyas de percal, para hacer aquella pobre morada menos indigna del Huésped que iba á honrarla[5].

Al verle tan cerca de sí, la moribunda anciana quiso incorporarse, pero sus fuerzas no se lo permitieron.

--Teresa... Gorio... Juana... Antonia... Felipe...--dijo en seguida, y á medida que iba distinguiendo las personas que la rodeaban, con una voz que, aunque débil, se dejaba oir de todos, por la pequeñez del recinto y el silencio que en él reinaba,--¿tenéis algún resentimiento contra mí?

--No,--contestaron vigorosamente todos aquéllos que, una hora antes, hubieran dado de buena gana un tizón cada uno para quemarla viva.

--¿Me perdonáis cualquier agravio, cualquiera ofensa que en vida os haya podido hacer?

--Sí perdonamos.

--Yo, en cambio, os juro... en presencia de Dios que voy á recibir... que jamás mi lengua se movió para infamaros, ni mis manos para ofenderos, ni mi corazón para odiaros... que os hice todo el bien que pude, y que no pagué... con deseos de venganza el mal... que de vosotros recibí...

Teresa, á quien ahogaban los sollozos, no pudiendo contenerse más, avanzó hasta el lecho, y cogiendo entre las suyas las manos de la anciana, exclamó besándoselas al propio tiempo:

--Y yo que tanto la he ofendido á usté, ¿cómo he de esperar que me perdone?

--Hija mía--respondió la moribunda,--si Dios murió por salvar á los que le crucificaban, ¿cómo yo, miserable criatura... no he de perdonarte la falta... de haberme querido mal... porque creías... que así obrabas bien?...

Lo patético de este cuadro conmovía á todos. Felipe, aquel fachendoso que oía la misa de pie en el altar mayor, atusándose el pelo y mirando á las muchachas, clavaba sus rodillas en el suelo, y su vista, turbada por el llanto, en el Crucifijo. El mismo Gorio se mordía los labios, como si en su obstinada dureza quisiera protestar contra los impulsos de su corazón; retiraba de su frente los ásperos mechones de su salvaje cabellera, y se afanaba por ocultar con disimulo debajo de la chaqueta las manchas de vino que afrentaban su camisa. Era la primera vez que sentía asco y repugnancia de sus propios vicios.

El sacerdote, con la Hostia en la mano, brillando en sus ojos las lágrimas como perlas de purísimo rocío al reflejo de la luz que levantaba Felipe en un brazo trémulo, tenía en su semblante algo de sobrehumano, poseído como estaba de la sublime grandeza de su augusto ministerio; más sublime entonces que nunca; entonces, al dar la vida espiritual á un moribundo y acabando de convertir en suave y benéfico rocío de amorosas lágrimas un torrente de malas pasiones.

* * * * *

Después de comulgar, la anciana pasó algunos minutos en el recogimiento más profundo, observándose en su semblante, cada vez más determinados, los signos de la muerte.

El cura volvió á aproximarse á ella, dirigiéndola fervorosas exhortaciones.

--No me acerco á Dios--dijo la moribunda con voz cada vez más débil, pero con evidente deseo de ser oída de los circunstantes;--no me acerco á Dios... con la serenidad del justo... pero sí con la esperanza del que... no le ha ofendido... ni con blasfemias... ni con difamaciones... ni con escándalos... No estoy... tan firme... que no tiemble... cerca ya... de la divina presencia... porque pecadora soy... pero... ¡bendito sea el Señor... por tanta gracia!... libre me veo... del espantoso... tormento... que pasar deben... en este mismo trance... los que dejan... en el mundo... por señal... de sus vicios... hijos sin pan... familias sin sosiego... vidas sin honra... ¡Dios mío!... perdón para... ellos... y para... mí... también...

Y espiró.

--Su alma está ya en presencia de Dios,--dijo entonces conmovido el sacerdote, levantando sus ojos al cielo.

En seguida, tomando tema de aquel ejemplo, predicó grandes verdades y muy al caso. El terreno no podía estar mejor dispuesto para recibir la semilla.

Antes de volver á la iglesia el religioso cortejo, todos se brindaron á porfía á velar el cadáver durante la noche.

--Eso me corresponde á mí--dijo el buen cura:--la acompañé en vida, y no debo abandonarla hasta el sepulcro.

IV

La muerte edificante de la Miruella produjo en la casa de la portalada los efectos más maravillosos. Juana volvió á ser la moza robusta y fuerte, porque Felipe se casó con ella en seguida, sin más excitaciones nuevas que las de su conciencia. Teresa no volvió á tener cardenales en el cuerpo ni amarguras en el alma, porque Gorio, libre de la pasión del vino, no la pegaba jamás; y como éste reconquistó su antigua condición de labrador activo é inteligente, supo recuperar parte de la hacienda malvendida en azarosos días, y con ella el bienestar de toda la familia que, como ya no creía en brujas, arrojó por las bardas del corral los azabaches del rojillo, con lo cual no quedó éste tan tranquilo como deseara.

_Pero_ ¿querrán ustedes creer que antes de cumplirse un año de la muerte de tía Bernarda, ya había en el mismo pueblo, si no en el mismo barrio, otra bruja tan odiada, tan temida y tan _bruja_ como la Miruella?

NOTAS:

[1] Amuleto.

[2] Paradas las ruedas por haberse anegado en agua la parte de ellas en que cae la de la presa para darles movimiento.

[3] Miruella se llama en la Montaña á la hembra del mirlo.

[4] Dar el Señor á algún enfermo.

[5] En las casas muy pobres de la Montaña se observa esta costumbre con tan santo fin.

[Ilustración]

LOS CHICOS DE LA CALLE

I

Los seres que con este nombre se designan vulgarmente en Santander, tienen más de seis años y no pasan de doce; andan en bandadas, como los gorriones, y, como éstos, son dañinos y objeto de la general antipatía.

Usan un remendado pantalón de indefinible género, una camisa que siempre es vieja, y á las veces blusa: nada de zapatos y muy poco de gorra.

Son alumnos de la _escuela de balde_; y aunque concurren á ella dos ó, á lo sumo, tres veces al mes, llevan siempre al costado, y pendiente de un hiladillo azul, una cartera ó bolsa de lienzo manchada de tinta, que contiene un _Amigo de los niños_; una pluma reseca y abierta de puntos; un pliego de papel rayado para planas de _segunda_ ó, cuando más, de _cuarta_, la mitad de ellas en blanco y la otra mitad escritas, todas éstas _corregidas_ por el maestro con la calificación de «pésimo» entre unas cuantas crucecitas que significan otros tantos palmetazos, ya cobrados; y, por último, un cuaderno, de hechura casera, para cuentas, con forro de papel de estraza.

El destino de estas criaturas es vivir al aire libre, fijarse en todo cuanto ven, atropellar lo más respetable, atravesarse donde más estorban... hacer, en fin, todo lo contrario de lo que conviene á los demás.

Empiezan sus proezas al amanecer, porque es de advertir que los angelitos madrugan tanto como el sol. Revuelven los basureros, y son objeto de su predilección los recortes de papel y de telas de color, los pedazos de cuerda, cacerolas de latón y todo objeto sonoro, y las ratas. ¡Las ratas! Un hallazgo de esta clase es una ganga para ellos: cogerlas vivas, la mayor de sus satisfacciones.

Los recortes de color les sirven de papel-moneda: juegan con ellos al _pinto-blanco_, y el que gana diez ó doce pedazos sabe que tiene un cuarto seguro en cuanto los saca _á la plaza_, es decir, en cuanto propone su venta á cualquier camarada.--Las cuerdas les son indispensables: á un chico de la calle nunca le falta algo que amarrar, y, en último caso, se hace con ellas un látigo que siempre es de gran utilidad en sus manos.--Las cacerolas de latón sirven para hacer ruido empujándolas con el pie de calle en calle, ó para colgárselas del rabo al primer perro que se halle durmiendo al sol.--Las ratas muertas, atadas á una cuerda, son de lo mejorcito para dar sustos á los transeúntes, echándoselas, á la descuidada, entre los pies; metérselas en la cesta á la fregona que vuelve de la compra, es para los granujas un lance de primer orden; encajárselas en la pechera de la camisola á un niño decente y vestidito á la moda, es poner una pica en Flandes, y si la pobre criatura se accidenta de susto, muchísimo mejor.--Con las ratas vivas tienen mayor efecto estas hazañas, porque las sorpresas son mayores. Pero no es por esto sólo por lo que los chicos prefieren á las ratas muertas las vivas: á una de éstas, después de haber recorrido con ella las calles y los mercados, se la lleva al Muelle, se le hace nadar á todo lo largo de él en las aguas de la bahía; y cuando está hinchada como una pelota y sin fuerzas para nadar, se la conduce á una plazuela, y allí, colgada por el rabo, se la asa viva, se ven los gestos que hace cuando le llega el fuego á los hocicos, cómo se le contrae la piel, cómo sube la llama á medida que gotea sobre los tizones la grasa de la víctima, y se observa minuciosamente cómo van siendo cada vez más débiles y tardíos sus desesperados quejidos de dolor... Esta satisfacción no puede proporcionársela á los tiranuelos una rata muerta.

Á las horas de entrar en la escuela huyen de su puerta como el diablo de la cruz, y se desparraman por las calles para no llamar la atención de la policía; rondan los almacenes del comercio y recogen el azúcar derramado sobre las losas, ó lo extraen con una astilla por las hendiduras de las cajas.

Ayudan algunas misas en San Francisco y se pirran por las _recortaduras_ de la sacristía; se disputan la campanilla para acompañar al Viático por las calles, y _ufan_, es decir, _trincan_; más claro, roban las lágrimas de los blandones.

Acuden á todos los bautizos, y acorralan, persiguen é insultan, llamándole _pelón_ por las calles, al padrino que no les tira _al robo_ algunos puñados de monedas.

Se introducen en las cuadras de los mesones de Santa Clara, y arrancan á los machos las cerdas de la cola para hacer aparejos de pescar.

En la plaza de la verdura _afanan_, al paso, huevos y castañas; y encaramándose unos sobre otros, despegan los carteles impresos de las esquinas.

Se fijan en toda persona que se cae en la calle, ó que revele en su fisonomía ó en su actitud ser víctima de algún suceso extraordinario; la rodean, la siguen, la abochornan con su escandalosa curiosidad; y si los reprende, la silban, y si es muy tímida por naturaleza, la vuelven loca.

Ellos se encargan, aullando de placer, de _ejecutar_ á todos los perros que lleguen al Muelle condenados á morir ahogados. Los arrojan al agua junto á la Capitanía del puerto, y los conducen á pedradas hasta el Merlón, si la infeliz víctima no espira, como suele suceder, á medio camino. Á los angelitos les parece demasiado sencillo, para acabar con un perro, el conocido sistema de echarle al agua con un canto al pescuezo.

En los portales de vecindad juegan á la pelota _á dos paredes_, y hacen de éstas su libro de memorias. En ellas escriben todas sus grandes impresiones del día: es decir, los nuevos motes de sus amigos, lo más grave que á éstos les haya ocurrido recientemente, y algunas otras menudencias que á mí no me es lícito copiar aquí. También retratan, á su modo, á los policías más populares de la ciudad, añadiendo á la efigie observaciones curiosas, y hasta pretenden reproducir las escenas que más les hayan admirado en el teatro ó en el circo.

Por no perder tiempo, cuando, consumada una fechoría, se trasladan, para emprender otra, á distinto punto de la ciudad, mientras andan y discuten van rayando con yeso los tableros de las tiendas, abriendo las puertas que están cerradas y tocando marchas en los cristales de los escaparates. Si hay lodo en las calles, es de rigor que borren con él cuanto letrero ó muestra, recién pintados, hallen al paso.

Es de su incumbencia exclusiva aclimatar los juegos nuevos y conservar el orden de sucesión establecido para los viejos.

Ocho días antes de Semana Santa recorren las calles formados en pelotones imponentes y batiendo, con entusiasmo feroz, _mazos_ y _carracas_, cuyo estrépito aturde al vecindario.

El domingo de Ramos transforman la población en un bosque ambulante de laureles: montan sobre un ramo al camarada que juzguen más á propósito para el caso, y, conduciéndole á hombros, cantan todos á coro:

«Bendito sea el que viene en el nombre del Señor; bendito sea el que viene, aquí viene el Salvador».

El día de la Candelaria recorren las calles en igual forma, pero llevan romero en lugar de laurel, y en vez del romance del día de Ramos, cantan con la misma música de éste:...

«Cuando la Candelora llora el invierno _bota afora_; cuando se ríe está por venir».

Aman con delirio los precipicios y las grandes alturas; y no pudiendo, por falta de permiso, montarse sobre la torre de la catedral, se columpian en las cadenas del _warf_ del Merlón y se encaraman en las pilas de madera del muelle de Maliaño.

Poseen, como los monos, el instinto de la imitación y remedan en las calles lo que han visto hacer en la plaza de toros á los acróbatas, á los osos ó á _Cúchares_.--Merece citarse un ejemplo á este propósito:

Cuando se inauguró el ferrocarril de Santander á Bárcena, recuerdo haber visto á estos chicos jugar á los trenes imitándolos con una precisión pasmosa. Colocábanse diez ó doce de ellos en fila, apoyadas la cabeza y las manos de los de atrás en las espaldas de los de adelante. El que formaba el primero hacía de locomotora, y tenía la habilidad de imitar maravillosamente los silbidos y resoplidos de esta máquina. El segundo hacía de maquinista. Diferentes portales, señalados de antemano en la calle en que se jugaba, eran otras tantas estaciones. Formado el tren, el chico-maquinista levantaba la gorra del chico-locomotora, el cual, como si realmente tuviera una válvula destapada, comenzaba á pitar que se las pelaba, y pitando continuaba hasta que la gorra caía otra vez sobre su cabeza, siendo de advertir que había tal relación entre la voluntad del maquinista y la suya, que los pitidos seguían los movimientos de la gorra con la misma precisión que siguen á los de la mano de un maquinista verdadero los del silbato de la máquina que guía. Después de este requisito, el tren se ponía en marcha poco á poco, y á vuelta de muchos resoplidos, paraba en cada estación, previos los pitidos de rúbrica, y con el mismo ceremonial tornaba á la estación en que se había formado.

Tienen una afición, que raya en locura, á los espectáculos públicos; á los volatines especialmente. Los toros les gustarían mucho más; pero como son muy caros y se ejerce á las entradas de la plaza una vigilancia de todos los diablos, no se atreven á pensar en colarse «de mogollón».--Cuando se acercan las corridas y ha llegado el ganado, se van todas las tardes á verle á los prados de la Albericia, le acompañan al abrevadero al lado de los pastores, averiguan el nombre de éstos, saben cuáles son los toros de cada corrida, y á la cuarta ó quinta visita, andan por el prado á media vara de los bichos. Indagan en qué fonda ó posada paran los toreros, rondan su habitación, cuando la conocen; y mirando á las ventanas por si se asoman los, para ellos, héroes entre todos los héroes habidos y por haber, se pasan horas enteras. Á la de la corrida se van al arrastradero; y allí, metidos hasta las rodillas en un charco de sangre, pugnan y sudan el quilo por arrancar á los toros y caballos que salen arrastrados de la plaza, una banderilla del morrillo ó media docena de cerdas de la cola; menos aún, por tocar con los pies la cabeza de estos animales; por ver _un poquitín_ el interior de la plaza en el momento en que salen ó entran las engalanadas mulas, cuya suerte envidian.

Se los halla infaliblemente junto al despacho de billetes del teatro, y piden á cuantas personas se acercan á tomar localidad, dos cuartos que les faltan siempre para completar el valor de una entrada. Los que con este recurso la adquieren, un poco tarde siempre, llegan á la _cazuela_ pidiendo plaza á todo el mundo y pisando muy recio. Ya sentados, se mueven más que las ardillas, porque todo les llama la atención. La frase más insignificante en boca del _gracioso_ les hace reir á carcajadas, y piden con estrépito que se repita. Cuando oyen aplaudir á los demás, ellos silban como cien huracanes, no porque desaprueben los aplausos, sino porque el silbido es la gran expresión de su entusiasmo, lo mismo en el teatro que en la plaza. Saborean con delicia todas las situaciones de un melodrama (género por el que se pelan); y tal les abstrae el gozo, que se olvidan del lugar en que se hallan y del público que los rodea. Sólo les escuece el deseo de saber si tal camarada, que es algo distraído, está, como ellos, bien al tanto de lo que pasa en el escenario. El tal camarada suele distar de ellos todo el diámetro de la cazuela. Mas ¿para qué les dió Dios una voz extensa y penetrante? Aprovechan, pues, una situación en que se oiría volar una mosca en el teatro, y entablan á grito pelado un diálogo como el siguiente:

--¡Ay qué Dios!... _¡Rajuca!_

--¡Queee!

--¡Miale, miale!... ¡ése que arrastra á la dama!

--¿Qué casulla tiene, eh?

--¿Sabes quién es?

--El marido de la marquesa que salió endenantes.

--¡Quiá!... El que hizo la otra noche de general y luego le llevaron á la horca.

--¡Si aquél era más gordo!

--¡Cómo no fuera!... ¡si lo sabré yo!... ¡Le he visto más veces al balcón! Vive en casa de _Chiripa_, que tiene su padre posada de comediantes. Güeña va la comedia, ¿eh?

--¡De _mi-flor_!

--¿Tienes algo de pan?

--No: _precebias_.

--Arría un par de ellas.

--En abajándose el telón.

Son, por lo general, poco aficionados á la mar; prefieren hacer sus correrías por las alamedas ó por el campo: en primavera y en verano, para _acechar nidos_, _pescar_ grillos ó robar huertas; en invierno, para cazar con liga pardillos y jilgueros.