Tipos y paisajes

Part 11

Chapter 114,000 wordsPublic domain

He dicho que no son aficionados á la mar estos diablejos, y debo añadir la razón. En la mar y en el terreno que le pertenece, no hay más _cheche_ que el _raquero_, con el cual no pueden competir. Éste, de quien no trato ahora porque ya he tenido el honor de dedicarle algunas páginas en mis _Escenas Montañesas_, tiene menos ingenio, menos travesura que ellos; pero, en cambio, tiene más entraña, y una correa, que ni las de un toro de Colmenar: se pasa un par de meses en la cárcel y se duerme todo un invierno sobre las duras y húmedas losas del Muelle sin exhalar una queja ni coger un constipado; y sobre todo, acomete él solo la empresa raquera más difícil y arriesgada, y antes deja en ella los dientes que la presa. Los «chicos de la calle» saben muy bien que el más templado de todos ellos, su jefe como si dijéramos, el famoso _Coneja_, á quien conozco mucho, las mayores pruebas por que ha pasado, sin llorar, han sido dormir dos noches, no consecutivas, bajo las maderas de Cañadío, y permanecer diez horas en el _cuarto de los perros_[6]. ¿Y qué proezas ha hecho él solo. Poco más de nada: entrar en una huerta de Cajo, torcer el pescuezo á un pollo y robar dos docenas de manzanas. Para eso le _guipó_ el amo, dejó el pollo y las manzanas para hacer menor su responsabilidad, y, llorando de susto, volvió á saltar las tapias sin llevarse consigo una mala camuesa.

Debe, pues, quedar consignado:

1.°. Que estos chicos, tan osados y dañinos en pandilla, uno á uno son inofensivos borregos.

2.°. Que nada les intimida ni les detiene en sus incesantes campañas más que los raqueros del Muelle, que son indomesticables é irresistibles por naturaleza y por educación.

II

He apuntado algunos de los rasgos característicos de la vida _malhechora_ de mis personajes, omitiendo otros, porque, sobre ser de la naturaleza de los referidos, son tantos que no cabrían en un libro.

Debo ahora cambiar el cuadro de faz y presentársele al lector por la del martirio; y abrigo la esperanza de que de este modo concluirá por compadecer de todo corazón, como las compadezco yo, á esas pobres criaturas.

Persíguelas implacable á todas partes la vara del polizonte. Estos hombres, insensibles á cuanto les rodea, sólo dan señales de actividad y de inefable regocijo cuando se trata de dejar su junco flexible marcado en las nalgas de los revoltosos chicos.

Cuando éstos juegan á la pelota ó á la birla, tienen un par de centinelas de vista que á cada paso les interrumpen la diversión con el grito alarmante de _¡agua!_, señal infalible de que la policía se acerca.

Otras veces, en medio de la escena más deliciosa, se les aparece una mujer descalza y mal ataviada, por lo común en cinta: es la madre de uno de ellos. Coge á su hijo por donde le alcanza, y así le arrastra, administrándole de vez en cuando injurias y puntapiés, hasta la escuela. Abre la puerta, llama al maestro y le hace entrega del _objeto_ con estas palabras:

--Ahí está: _mátemele usted_...

El pedagogo administra á buena cuenta un par de bofetones al chico, y más tarde cumple en él casi todo el mandato de su madre.

Ellos son los primeros arrojados á la calle, sin formación de proceso, cuando hay alboroto en algún espectáculo público; los que llevan los coscorrones del _perrero_ en las funciones de la catedral, y los únicos á quienes se niega la entrada en ella.

La mayor parte de los días no comen, bien porque han llegado tarde á casa, ó porque no se han atrevido á acercarse á ella temiendo un castigo bárbaro por el siete que se hicieron en la blusa ó en los pantalones, jugando con sus camaradas; es decir, por el único de sus pecados digno de perdón.

En las fuentes públicas se les niega por las fregonas el derecho de beber un trago de agua en el caño, cuando á él se acercan sedientos y fatigados.

Lo que en los niños «decentes» se castiga en la calle con una reprensión ligerísima, les cuesta á ellos un par de puntapiés ó un trancazo, y todo el mundo se cree con el derecho de tirarles con una banqueta, de romperles un brazo ó de abrirles la cabeza... de matarlos, si es preciso.

La prensa local los denuncia á todas horas á las iras de la autoridad, y los llama _granujas_, _pilletes_, _canalla_ y otros primores por el estilo, y pide para ellos zurriagazos, encierro y hasta banderillas de fuego.

El noventa y cinco por ciento de los chicos atropellados por carros y caballerías y de los ahogados en verano en las Higueras ó San Martín, pertenecen al grupo de los de este cuadro.

De ellos son los que en el crudo invierno, arrojados de casa donde no se los compadece porque no se los ama, tiritan de frío desnudos y descalzos, y sufren, acurrucados en el quicio de una puerta, los rigores de una fiebre.

Todos ellos, al tornar de noche á sus hogares, tras un día de inquietudes y fatigas, tal vez heridos y, de fijo, mal alimentados, saben, por una cruel experiencia, que les espera, después de muchos golpes y maldiciones, un duro pedazo de pan para acallar el hambre y un no muy blando jergón para reposo del cuerpo.

Ellos son, en fin, ¡desventurados!, nunca han sabido cuánto consuelan y purifican el alma la dulce y sabia tutela de un padre y los besos, las oraciones y los cuidados de una madre cariñosa.

III

Estas criaturas, cuya viveza, cuya osadía, cuyo ingenio precoz harían esperar á cualquiera algo, muy bueno ó muy malo, pero algo extraordinario para cuando fueran hombres, tienen, sin embargo, el fin más vulgar, prosaico y triste que imaginarse pueda.

Á los trece años de edad están todos aprendiendo mal un oficio; á los diez y seis se emancipan de la tutela paterna, es decir, fuman, votan y beben delante de su padre y le niegan el derecho de castigarlos y hasta el de reprenderlos; á los veinte unos pocos van, por la suerte, al servicio de las armas; otros pocos, muy pocos, empiezan á ser industriales aplicados y virtuosos, pero vulgares, y casi todos los restantes se casan.--Á los veinticinco años tienen éstos seis hijos, poca salud, mucha miseria y bastantes vicios; á los treinta representan cincuenta y cinco, tienen cuatro hijos más, muchísima aversión al trabajo, ninguna paz en casa y la mitad de la prole vagando, como ellos vagaron, por las calles de la población.

Desde esta edad hasta la de los sesenta años, distribúyalos el lector á su gusto entre las garras del hambre, el hospital, la cárcel... y el cementerio.

* * * * *

NOTA IMPORTANTE.--Militan con frecuencia en las filas de los «chicos de la calle», y hasta forman en la vanguardia en los actos más solemnes y arriesgados, muchos individuos del sexo que, cuando se educa bien, proporciona á la sociedad virtuosas hijas, ejemplares esposas y excelentes madres.

Este dato será todo lo desconsolador que ustedes quieran; pero es la pura verdad.

[Ilustración]

NOTAS:

[6] Así se llama vulgarmente en Santander la incómoda habitación del Principal donde se alojan preventivamente los detenidos por los agentes de la autoridad.

[Ilustración]

BLASONES Y TALEGAS

I

De la empingorotada grandeza y el coruscante lustre de sus antepasados, he aquí lo que le restaba, catorce años hace, al señor don Robustiano Tres-Solares _y_ de la Calzada:

Un casaquín de paño verde con botones de terciopelo negro;

Un chaleco de _cabra_, amarillo;

Un corbatín de armadura;

Dos cadenas de reló con sonajas, sin los relojes;

Un pantalón de paño negro, muy raído;

Un par de medias-botas con la duodécima remonta;

Un sombrero de felpa asaz añejo, y

Un bastón con puño y regatón de plata.

Esto para los días festivos y grandes solemnidades.

Para los días de labor:

Otro casaquín, incoloro, que soltaba la estopa de los entreforros por todas las costuras y poros de su cuerpo;

Otro corbatín, de terciopelo negro, demasiadamente trasquilado;

Otro chaleco, de mahón de color de barquillo;

Otro pantalón, «de pulga», con más pasadas que un pasadizo;

Otro sombrero de copa, forrado de hule;

Unas zapatillas de badana, y

Un par de abarcas de _hebilla_ para cuando llovía.

Como ornamentos especiales y prendas de carácter:

Una capa azul con cuello de piel de nutria y muletillas de algodón, y

Un enorme paraguas de seda encarnada, con empuñadura, contera y argolla de metal amarillo.

Como elementos positivos y sostén de lo que antecede y de algo de lo que seguirá:

Una casa de cuatro aguas con portalada y corral, de la que hablaremos luego más en detalle;

Una faja ó cintura de viejos y retorcidos castaños alrededor de la casa;

Un solar contiguo á los castaños por el Sur, dividido desde tiempo inmemorial en tres porciones, prado, huerto y labrantío, por lo que se empeñaba don Robustiano en que tenía _tres solares_, y que ellos daban origen á su apellido; un solar, repito, mal cultivado y circuído de un muro apuntalado á trechos, y todo él revestido de una espesa red de zarzas, espinos y saúco;

Algunos carros de tierra en la mies del pueblo, y

Un molino harinero, de maíz, zambo de una rueda, que molía _á presadas_ y por especial merced de las aguas pluviales, no de las de un mal regato, pues todos los de la comarca le negaban últimamente sus caudales.

Item, como objetos de ostentación y lustre:

Un sitial blasonado junto al altar mayor de la Iglesia parroquial.

Y un rocín que rara vez habitaba bajo techado, por tener que buscarse el pienso de cada día en los camberones y sierras de los contornos.

Item más.--Tenía don Robustiano una hija, la cual hija era alta, rubia, descolorida, marchita, sin expresión ni gracia en la cara, ni el menor atractivo en el talle. No contaba aún treinta años, y lo mismo representaba veinte que cuarenta y cinco. Pero en cambio era orgullosa, y antes perdonaba á sus convecinos el agravio de una bofetada que el que la llamasen á secas Verónica, y no _doña_ Verónica.

Por ende, al verse colocada por mí en el último renglón del catálogo antecedente, tal vez _enforcarme_ por el pescuezo le hubiera parecido flojo castigo para la enormidad de mi culpa; pero yo me habría anticipado á asegurarla, con el respeto debido á su ilustre prosapia, que si en tal punto aparece no es como un _objeto_ más de la pertenencia de su hidalgo padre, sino como la segunda figura de este cuadro, que entra en escena á su debido tiempo y cuando su aparición es más conveniente á la mayor claridad de la narración.

En el ropero de esta severa fidalga, he dicho mal, en su carcomida percha de roble, había ordinariamente:

Un vestido de _alepín de la reina_, bastante marchito de color;

Un chal de muselina de lana rameado, y

Una mantilla de blonda con casco de tafetán, de color de ala de mosca.

Con estas prendas, más un par de zapatos con galgas en los pies, un marabú en la cabeza y un abanico en la mano, ocupaba Verónica junto á su padre el sitial blasonado en la Iglesia los días festivos, durante la misa mayor.

Ordinariamente no usaba, ni tenía, más que un vestido de estameña del Carmen, un pañuelo de percal y unas chancletas.

Y con esto queda anotado cuanto á nuestros dos personajes les quedaba, que _de público_ se supiese.

Penetrando ahora en su vida privada para conocer también algo de ella, conste que tenían un _Año cristiano_ y la ejecutoria, envuelta, por más señas, en triple forro de papel de bulas viejas. Con el primero daban pasto á su fervor religioso, leyendo todas las noches la vida del santo del día. Registrando los blasones y entronques de la segunda, fomentaban más y más su vanidad solariega.

Así nutrían el espíritu.

En cuanto al cuerpo, un ollón de verdura con escrúpulos de carne y un torrezno liviano y transparente como alma de usurero, se encargaban de darles el poco jugo que los dos tenían.

Exprimiendo y estirando hasta lo invisible las casi impalpables rentas que les proporcionaban las tierrucas, podían permitirse _aliquando_ el lujo de una arroba de harina de trigo, que amasaba doña Verónica, dándoles una hornada de panes que duraban tres semanas muy cumplidas, alternándolos prudentemente con las tortas de borona que se comían los dos ilustres señores á escondidas y con grandes precauciones.

He dicho que el _Año cristiano_ y la ejecutoria constituían el pasto y deleite espiritual de esta familia, y no he dicho bastante, pues conocía don Robustiano otro placer que, si bien muy relacionado con el de hojear la ejecutoria, era aún mucho más grato que éste y, en concepto del solariego, más edificante y transcendental. Consistía en rodearse siempre que hallaba ocasión, y él procuraba encontrarla casi todos los días, de aquellos convecinos suyos más influyentes en el pueblo y de más arraigo, y evocar ante ellos las gloriosas preeminencias de sus antepasados, de las que él apenas vislumbró tal cual destello tibio y descolorido. En tales y tan solemnes momentos, empezaba por explicar la significación histórica de las figuras de su escudo de armas; por qué, verbigracia, el león era _pasante_ y no _rampante_; por qué era grajo y no lechuza el pajarraco que se cernía sobre el árbol central; por qué eran culebras y no velortos lo que se enroscaba al tronco de éste; qué querían decir los arminios del tercer cuartel, que los aldeanos habían tomado por un cinco de copas bastante mal hecho, etc., etc... Y desde tal punto iba descendiendo poco á poco por el árbol de su familia, cuyas raíces alcanzaban claras, evidentes y perceptibles, hasta la época de los Alfonsos. En cuanto al espacio comprendido entre esta época y las anteriores, la leyenda de sus armas, esculpida en todos los escudos de su casa, copias fidelísimas del que constaba en la ejecutoria, le llenaba digna y elocuentemente. Decía así:

«_Antes que nobles nacieran, Antes que Adán fuera padre, Por noble era insigne ya La casa de Tres-Solares_».

Y entonces entraba lo bueno. Según don Robustiano, sus mayores cobraron _marzazgas_, _martiniegas_, _yantares_ y _fonsaderas_; no pagaron nunca derechos al Rey «_é le fablaban sin homenaje_». Uno de ellos fué _trinchante_, en época posterior, de la mesa real; y más acá, acompañando otro á su Alteza á una cacería, tuvo ocasión de prestarle su pañuelo de bolsillo y hasta, según varios cronistas, unas monedas para obsequiar á un mesonero. Cuando pasó Carlos V por la Montaña pernoctó en su casa, dejando por regalo al día siguiente un hermoso mastín que apreciaba mucho el Emperador, el cual regalo dió origen á la colocación de las dos esculturas que lucía la pared de su corral, una á cada lado de la portalada, y que groseramente tomaban los aldeanos por dos _de la vista baja_, ó sean cerdos, con perdón de ustedes. Aún más acá, dos hembras de su familia fueron acompañantas de una Princesa de sangre real, y un varón sostuvo cuarenta años pleito con el Duque de Osuna, sobre si á aquél correspondía ó no poner seis plumas en vez de cuatro en la cimera del casco del escudo. Todavía en tiempos más modernos, ayer, como quien dice, un su abuelo fué _Regidor perpetuo_ de toda aquella comarca; otro cobró alcabalas y barcajes, y, por último, su padre, como era bien notorio, gozó muchos años los derechos de pontazgo y de pesca sobre tres pontones de otros tantos regatos del país, y todos los cangrejos, langostinos y hasta _zapateras_ que se cogieran en las mismas aguas de los propios regatos. Echar las campanas á vuelo y sacar el palio hasta la puerta de la Iglesia para recibir en ella ciertos días á algún pariente suyo, se vió en el pueblo constantemente; sentarse junto al altar mayor en sillón de preferencia, lo disfrutaba él; enterrarse cerca del presbiterio, todos, hasta su padre inclusive, lo lograron por legítimo, propio y singular derecho. ¿Y privilegios de talas, de estrena de puertos y derrotas, exención de plantíos y de reparto de camberas, ó prestaciones... y tantísimas cosas más por el estilo?...--«Pero ¡ay, amigos!» (y aquí cambiaba don Robustiano su tono campanudo y reposado por otro plañidero y dolorido) «á otros tiempos otras costumbres. Cundieron los franc-masones; la impía, la infame filosofía _del francés_ invadió los pueblos y cegó á los hombres; cayó el Santo Oficio; asomó la oreja la Revolución; aparecieron los herejes; dejaron de infundir respeto á la plebe cuatro emblemas heráldicos esculpidos en un sillar; sostúvose sacrílegamente que todos los hombres, como hijos de un padre común, éramos iguales en condición, así como en el color de la sangre, creyéndose una grilla lo de que algunos privilegiados la teníamos azul; para colmo de maldades, nos hicieron trizas los mayorazgos y tragar más tarde una Constitución; y como si esto junto no fuera bastante, para no dejarnos ni siquiera una mala esperanza, muere Zumalacárregui al golpe alevoso de una bala liberal. De tan horrible desquiciamiento, de tan inaudita perversión de ideas, ¿qué había de resultar? El sacrificio estéril, pero cruel, de cien víctimas inocentes como yo; la irrupción en los poderes públicos de los descamisados; la herejía, el desorden, la confusión... el escándalo universal».

Todo esto, y mucho más, decía don Robustiano á sus convecinos, revistiéndose de cuanta elocuencia y dignidad podía disponer, con el doble objeto de satisfacer esa necesidad de su alma y de vengar en los groseros destripaterrones, con la exhibición de tanto lustre, ciertas voces que corrían por el pueblo en son de burla sobre las privaciones y estrecheces que sufrían los dos descendientes de tanto ringo-rango. Por supuesto que los aldeanos oían al solariego como quien oye llover; y al ver su casaquín raído, no daban un ochavo por toda la letanía de grandezas que, puestas en el mercado, no valdrían á la sazón medio celemín de alubias. Pero don Robustiano creía lo contrario, y se quedaba tan satisfecho.

La misma relación hacía con frecuencia á su hija durante las largas noches del invierno. ¡Y vaya si se engreía doña Verónica al conocer las grandezas de sus progenitores! ¡Vaya si gozaba y si se le ensanchaba el encogido espíritu con la ilusión de que estaba muchos codos por encima de la grosera plebe que la rodeaba en su lugar, único mundo que conocía! ¡Vaya si se juzgaba tan alta y tan ilustre como la más encopetada princesa!

Todas las horas del día que estos entretenimientos, más los indispensables de comer y dormir la siesta, dejaban libres á don Robustiano, las invertía en pasear, bostezando, su larga, arrugada y derecha talla por el balcón principal, ó _solana_, de su casa, si llovía, ó por el solar si hacía bueno, echando de paso á la calleja las piedras que los muchachos habían metido en el cercado al arrojarlas sobre los castaños vecinos para derribar su codiciado fruto.

Verónica, entre tanto, recosía unas medias, soplaba la lumbre ó bajaba al huerto á sallar media docena de berzas cuando estaba segura de que nadie la miraba. Todo lo emprendía, todo lo tocaba y todo la aburría al instante; porque es de advertir que Verónica, con toda su ilustre condición, era, amén de otras cosas, tan holgazana como asustadiza, recelosa y huraña.

Sabía leer mal y escribir peor, gracias á que su padre se lo había enseñado en casa; pues éste no quiso que su hija, cuando niña, asistiera á la escuela del lugar, donde necesariamente había de rozarse, con peligrosa familiaridad, con toda la morralla femenil de sus toscos convecinos.

Ya adulta, no la dejó tampoco asistir al _corro_ donde la gente moza baila, goza y ríe; ni la permitió visitar una tertulia casera, ni una _hila_, ni una _deshoja_.--Para que formara una idea del primero, la acompañó varias veces á que le viera por encima de las tapias del solar; en cuanto á las segundas, sólo las conocía, con repugnancia, por los relatos exagerados que, respecto á descompostura y licencia, le hacía don Robustiano.

De este modo la pobre chica pasó por su niñez y llegó al colmo de su juventud sin una amiga, sin una compañera de juegos é inocentes confidencias; sin haberse reído una sola vez con expansión; sin poder deleitarse con el recuerdo de una mala travesura; sin un deseo vehemente, sin una alegría completa, sin una pena, y lo que es peor, sin poder darse cuenta de su propio carácter ni del de los demás.

La portalada de su casa, con la palanca perpetuamente atravesada por dentro, no se abría sino en las ocasiones indispensables, ó cuando llamaba á ella cierta vecina ya entrada en años, chismosa y cuentera, que les hacía los recados y que, por un fenómeno inexplicable, se había ganado el afecto y, lo que es más asombroso, la familiaridad de don Robustiano, que no honraba con ella, por no desprestigiar su grandeza, ni aun á su propia hija. Siendo esta mujer la única que trató Verónica con intimidad, amoldóse por entero á su criterio; y tomando su voz por un oráculo, hízose, por necesidad, chismosa como ella. Oir á esta mujer y murmurar á su lado de todo el mundo sin conocerle, era la única tarea que no cansaba á la solariega doncella.--Que no amó jamás, es decir, que nunca tuvo novio, no hay para qué consignarlo; su corazón fué siempre extraño á semejante necesidad, además de que su posición era lo menos á propósito para creársela. En los mozos del pueblo, como si fueran seres de otra especie, ni reparó siquiera, saturada como estaba de las máximas aristocráticas de su padre. En cuanto á pretendientes ilustres dignos de ella, ni los había á sus alcances, ni á proponérselos de afuera se presentó embajador alguno dentro de su corral ni, en verdad sea dicho, le atormentó un solo instante su falta. La vida de Verónica, por obra y gracia de su señor padre, pasaba, dentro de la casona, como fuera de ella la de los castaños: éstos vegetaban con sol y aire; ella con el escaso pan de cada día, los chismes de la vecina y las declamaciones de su padre. Sabía que era noble, que le estaba prohibido el trabajo grosero, aun cuando le necesitase para no morirse de hambre; sabía que eran plebeyos cuantos seres la rodeaban en el pueblo, y como no la enseñaron jamás á cansarse buscando la razón de las cosas ni el fundamento de ciertas ideas, apegada á las suyas postizas, como el árbol á la tierra, dejaba pasar sobre sí años y acontecimientos sin curarse más de ellos que de mi abuela. Ni más sabía ni más necesitaba.

Escasísimas eran las palabras que entre ella y su padre se cruzaban durante el día, si al buen señor no le daba por hablar de sus antepasados, ó por renegar de los tiempos presentes, en los cuales los hombres de su importancia nada tenían que hacer. Por lo demás, si bien es cierto que no se amaban gran cosa, tampoco se aborrecían.

Don Robustiano sabía de memoria todos los apellidos ilustres de la Montaña, y conocía, hasta en su menor detalle, sus respectivos lemas y escudos de armas; pero jamás citaba á las familias sino por el nombre del pueblo en que residían. Así, por ejemplo, decía: «_los de_..».[7], y sabido era que se refería á la familia del señor don Fulano de Tal, que radicaba en aquel punto. Profesaba á algunas de ellas, por tradición, cordiales simpatías, y á otras, también por herencia, odio implacable; pero ni las unas ni las otras podían jactarse de haber atravesado, en los días de don Robustiano, los umbrales de su puerta.--No era otra la causa de que cuando éste, de Pascuas á San Juan, iba á visitar tal ó cual santuario, ó á espolvorarse un poco en la feria de acá ó de allá, ó á la capital, rodease media provincia, si era preciso, por no tocar en casa de _los de A_ ó _de B_, como en su concepto mandaba la _buena cortesía_, si las tales casas se hallaban en el camino recto. De este modo creía él que estaba excusado de recibir en la suya visitas de tal calibre.

Por eso, cada vez que, después de oirse ruido de herraduras en la calleja contigua, llamaba alguien á su portalada, salía corriendo Verónica y decía, fingiendo la voz:

--¡No está en casa!

Y esta mentira la soltaba por el ojo de la llave, apretando fuertemente con ambas manos el picaporte y cuidando mucho de que no se le vieran las chancletas por debajo de la portalada.

Si el que llamaba no se alejaba en el acto, añadía ella con zozobra:

--¡Y no vendrá en todo el mes!

Y si aún insistía el de afuera, concluía la de adentro con espanto: