Tipos y paisajes

Part 12

Chapter 124,058 wordsPublic domain

--¡Y está sola la casa... y se llevó la llave don Robustiano!

En seguida se retiraba, y su padre, que observaba el suceso con un ojo por el ventanillo ó _cuarterón_ de la puerta del _estragal_, le decía con febril ansiedad:

--¡Ahora arriba; y silencio, aunque echen la puerta al suelo!

Y el pobre señor sufría angustias de muerte cada vez que se hallaba en trances semejantes, porque es de advertir que su carácter era afable y expansivo, y su corazón noble y hospitalario; pero el orgullo, el pícaro orgullo de raza, el ardiente celo por el lustre de su estirpe, eran más fuertes que él, y no podía resignarse á mostrar aquel roñoso polvo de su grandeza, aquella angustiosa desnudez de sus hogares preclaros, á los, en su concepto, más esponjados rivales suyos en timbres y pergaminos.

La verdad es que las grandezas interiores de la casa de don Robustiano mejor estaban para apuntaladas que para vistas... Y á propósito: esta ocasión es la más oportuna para dedicar á aquélla el párrafo que le tenemos prometido.--Vaya, pues.

Dividíase el edificio en tres partes: baja, principal y alta. En la primera se hallaban las cuadras, el anchísimo soportal y la bodega. La segunda estaba, á su vez, dividida por un largo _carrejo_ en dos porciones iguales, una al Sur y otra al Norte. Constaba aquélla de tres piezas, dos de las cuales eran dormitorios y la restante un gran salón llamado de _Ceremonias_ por la familia, y sépase por qué. Según don Robustiano, allí recibían sus mayores los _homenajes_ de sus _súbditos_; allí trataban y pactaban de potencia á potencia con los señores de aquende y de allende en los apurados conflictos que surgían á cada instante por cuestiones de etiqueta ó de administración; allí, en fin, se verificaban todos los actos domésticos que más sublimaban el recuerdo histórico de los ascendientes preclaros de don Robustiano. Por eso consagraba éste al salón de Ceremonias un respeto casi religioso: no entraba en él en mangas de camisa, ni escupía sobre su suelo, ni consentía que se abriese más veces que las puramente indispensables. Por lo demás, no le quedaban otras señales de sus pasados altos destinos que dos retratos ahumados y sin fisonomía ni traje perceptibles á la simple vista, aunque el solariego aseguraba que eran las veras efigies de dos de sus abuelos; un sillón de vaqueta, blasonado, tres sillas cojas, de lo mismo; una mesa apolillada, de nogal, con gruesos relieves, y las ensambladuras del techo manchadas y corroídas por las goteras. Tal es la historia del salón de Ceremonias, y tal era el salón mismo. De las dos piezas inmediatas á él, hay muy poco que hablar: estaban tan desnudas y deslucidas como el salón, y es cuanto se puede decir: no contenían más que las camas, de alto y pintarrajeado testero, eso sí; la percha de Verónica, una silla de encina por cada cama, un Crucifijo y una mala estampa de Santa Bárbara encima de la de don Robustiano, y otra percha para la ropa y sombreros de éste.

La parte Norte constaba del mismo número de piezas que la del Sur; pero una estaba ya sin tillado cuando Verónica vino al mundo; la otra se quedó sin techo pocos años después, merced á una invernada cruel que entró por el tejado, llevándose detrás los cabrios, las latas, las tejas y el pedazo de desván correspondientes; la otra, sala de comer y de tertulia en los buenos tiempos, había perdido la mitad del muro exterior, quedando en su lugar un boquete que tenía que tapar don Robustiano todos los otoños á fuerza de _rozo_, morrillos y barro de calleja, únicas reparaciones asequibles á sus fondos, por el cual boquete se empeñaban en meter la cabeza todas las iras del invierno. Felizmente la cocina, que se hallaba en terreno neutral á una de las extremidades del carrejo, había quedado servible y respetada de los temporales. De manera que don Robustiano no había tenido más remedio que irse replegando poco á poco á la parte del Sur, á medida que la del Norte se arruinaba. Al fin y al cabo, el pobre señor, disponiendo aún de media casa, y de media casa enorme, apenas podía revolverse en ella, y eso que su ajuar estaba reducido á la última expresión. Para comprender este, al parecer, contrasentido, hay que observar que en cada salón de los dos citados se podía dar una batalla. Del desván no quiero hablar, pues tal se hallaba, que hasta una mirada le conmovía. No obstante, debe citarse un tesoro que encerraba, un tesoro, en concepto de don Robustiano: dos piezas roñosas de una armadura de un su ascendiente que peleó en San Quintín. Yo juraría que eran dos grandes vasos ó canjilones de noria; pero cuando el solariego decía lo contrario, sabido se lo tendría. Dentro del corral (que, como es de ene, estaba al Sur y contiguo á la casa), había un pabellón habitable, aunque muy pequeño, que don Robustiano llamaba _la glorieta_. Allí tenía el solariego todos sus papeles de familia y escasísimos libros de abolengo en una alacena embutida en la pared junto á una mesa de castaño, sobre la que había una carpeta de badana y un tintero de estaño. Enfrente del pabellón había una teja-vana que servía de leñera, y al lado de ésta un pozo con el correspondiente lavadero.

Añada el lector á todo lo que queda dicho un largo balcón á cada fachada del edificio, un escudo de armas grabado en alto relieve sobre cada puerta, y media torre almenada cubierta de hiedra en el ángulo del vendaval, y tendrá una idea de lo que era por dentro, por fuera, por abajo y por arriba la casa de don Robustiano Tres-Solares _y_ de la Calzada, llamada en el pueblo, de cuyo nombre tampoco yo quiero ni debo acordarme, el _palacio_.

Hemos dicho que de higos á brevas hacía don Robustiano un viaje á la capital, ó á alguna feria ó santuario de la provincia, y es conveniente añadir aquí _cómo_ le hacía; pues este cómo le comía á él la atención mucho tiempo antes y después de la expedición, y constituía uno de los acontecimientos más graves de su estirada y económica existencia.

Concebido el proyecto cuatro ó cinco meses antes de realizarle, le consultaba con Verónica y con la almohada, soñaba con él y le rumiaba con lo que comía; y sólo á vueltas de muchas semanas de brega se atrevía á aceptarle como un hecho, tras de muchos y muy recios suspiros, como aquél que se decide á acometer una empresa heroica y descomunal. ¡Y entonces empezaba el trajín gordo! Examen por Verónica del vestido de gala de su padre, costura á costura, botón á botón, pelo á pelo; pasada al calzoncillo; remiendo á la espalda del chaleco; zurcido á la pechera de la camisa; refuerzo á un ojal; cepillo y saliva á esta mancha; estirón y puñetazo á aquella arruga; reposición de jaretas... y para todo ello, en atención á la transparencia y esencial debilidad de las prendas, un pulso y un equilibrio en los movimientos como si se anduviera con telas de araña ó panes de dorar. Esto, por lo que hace á Verónica.

Don Robustiano, por su parte, frotaba las botas con parvidades de tocino; las ponía al sol dos ó tres días, y cuando ya las hallaba flexibles y á su gusto, golpe de cepillo y betún, hasta que corrían por su pellejo enjuto mares de sudor y asomaba al de las botas un destello vergonzante y ruboroso de lustre. Examinaba pieza á pieza todas las de la montura de su jamelgo, y afirmaba con bramante encerado las flaquezas de aquellos achacosos viejos restos de mejores días; pero en lo que echaba todas sus fuerzas y ponía los cinco sentidos, era en bruñir las armas de su casa esculpidas en las placas enmohecidas del frontalete y del pretal, y en las abrazaderas de los estribos de _celemín_. Un mocetón, hijo de un rentero suyo, que al día siguiente había de servirle de paje, ó espolique, se encargaba de rascar con un par de _garojos_ el encrespado pelambre del rocín que, pastando siempre á su libertad, como ya se ha dicho, estaba hecho una miseria á fuerza de revolcarse en el polvo y en el barro de las callejas.

Al amanecer se levantaba don Robustiano el día destinado al viaje; daba, por extraordinario, un pienso de maíz al penco; le ensillaba, colocaba en sus respectivos sitios las alforjas y la capa, y dejando las bridas preparadas junto al pesebre, mientras con los granos en él diseminados se regodeaba el manso bruto, se vestía pausada y escrupulosamente con las galas que conocemos, tomaba un huevo pasado por agua, y después de almorzar en la cocina un torrezno el espolique, vestido de día de fiesta y con la chaqueta al hombro, bajaban ambos al corral. Allí se embridaba el caballo; daba don Robustiano, por vía de prueba, un par de tirones á las cinchas, y, calzando una espuela en el pie derecho y santiguándose luego tres veces, decía al paje, puesto ya en actitud de montar:

--Cuidado con olvidarse de los requisitos de costumbre; sobre todo, á la llegada al parador. Allí, ya lo sabes, fuera el sombrero y en seguida mano al estribo y al bocado. Yo, aunque viejo, soy bastante ágil, y si no hay correspondencia y auxilio en los movimientos, puedo llevarme detrás la silla al desmontar; y ¡á fe que haría la triste figura un hombre de mis circunstancias rodando por el suelo á los pies de su caballo! Por lo demás, distancia respetuosa siempre... y lo que te he repetido mil veces.

Y esto tan repetido era, que mientras caminasen por callejas ó sierras solitarias podía permitirse el paje tal cual interpelación ó advertencia familiar á su amo; pero que se guardara muy bien de hacerlo y de no observar la más rigorosa compostura cuando atravesasen barriadas ó caminos reales. Sólo en casos muy apurados le concedía el derecho de interpelarle en público, y eso con tal que no omitiese el previo _señor don_, exigencia en la cual no hubiera hallado nada que reprochar el mismo ilustre paisano suyo, el famoso _Don Pelayo_, _Infanzón de la Vega_.

¡Y era cosa de admirar cómo cabalgaba don Robustiano! Erguido, cerrada sobre el muslo la diestra mano, las riendas en la izquierda á la altura del estómago, las cejas arqueadas y los labios contraídos, impasible á todo cuanto á su lado ocurriese, atento sólo á devolver los saludos que le dirigían los transeúntes; hundido hasta la cintura entre la capa arrollada en el arzón delantero y las alforjas; fijando alguna vez los ojos fruncidos en el rígido cuello de su cabalgadura, y dándose aires de inquietud por los desmanes fogosos de ella, como si capaz fuese de permitirse tanto lujo de vigor. Á una vara del estribo izquierdo marchaba el espolique con su chaqueta y el paraguas del amo al hombro, al mismo trote pausado y monótono del rocín.

En tal guisa, parándose á respirar á la sombra de este castaño, bebiendo el mozo un trago de lo fresco... en la fuente de más allá, llegaban al punto prefijado, del que necesariamente habían de volver á casa antes que el sol se ocultase; pues el solariego, ni por razón de alcurnia ni de carácter, osaba caminar de noche, inerme y solo, ó poco menos.

Era de rigor entre los hombres de su importancia volver con las alforjas llenas. Don Robustiano las atacaba de lechugas, ó de cualquier otro vegetal parecido que, costando poco, abultara mucho.

Sus expansiones con Verónica durante muchos días después de la expedición y á propósito de ella, eran del siguiente jaez:--¿Por qué me miraría tanto un lechuguino que hallé en tal punto? Quizá me conociera. Lo mismo me sucedió con unos personajes que iban en coche: hasta sacaron la cabeza para verme mejor.--Creí conocer á una dama que viajaba en jamugas.--Me pareció, á lo lejos, bastante deteriorada la casa de _los de Tal_.--De los siete que comimos en la mesa redonda, tres debían de ser títulos: uno de ellos me hizo plato; los demás me parecieron gentezuela de poco más ó menos... Por cierto que ahora se gastan unos carranclanes que con ellos parecen títeres los hombres: _el marqués_ que comía á mi derecha tenía uno.--En el pueblo de Cual se está levantando un palacio: supuse que le harían _los de X_... pero se me dijo que le fabricaba ¡pásmate! un rematante de arbitrios...

Si el viaje había sido á Santander, los comentarios subsiguientes, aunque del mismo género, eran más minuciosos, y jamás se le olvidaba contar que, merced á su destreza, el caballo galopó muy erguido al salir por la Alameda, á consecuencia de lo cual todo el _señorío_ que en ella paseaba se le quedó mirando, y muchos personajes le saludaron, entre ellos uno que llevaba bastón con borlas y que, en su concepto, debía de ser el Intendente.

Creo que el lector, con lo que apuntado dejo hasta aquí, tiene cuanto necesita para conocer, algo más que superficialmente, al nobilísimo don Robustiano. En esta inteligencia omito de buen grado otros muchos detalles que aún pudieran añadirse al bosquejo. Pues bien: este personaje, en la ocasión en que yo le exhibo y tal como ustedes le han visto, era feliz. Y quiero que así conste, por si de los pormenores referidos no se desprendiese muy clara semejante felicidad que, dicho sea de paso, no debe chocar á nadie que se fije un poco en las condiciones morales del solariego.

«Las revoluciones, el materialismo grosero de la época», aboliendo los derechos y las preeminencias que llenaron las escarcelas y los graneros de sus mayores, barrieron hasta el polvo de sus pergaminos, sobre los que ya no fiara el siglo una peseta, y dejaron limitado el sostén de su grandeza al miserable producto del exiguo mayorazgo, castigado en la mies por la cizaña y el _pan de cuco_, y en el hogar por el orín y la polilla. Pero aún su vanidad era independiente; aún no había tenido que humillarla delante de ningún _villano_ en solicitud de un mendrugo para acallar el hambre; aún el árbol venerando de la familia se ostentaba virgen, sin el mejor ingerto de leña grosera; aún la piqueta revolucionaria no había profanado los enhiestos escudos de su morada... en una palabra, don Robustiano tenía pura la sangre de su linaje, pan para nutrirse y casa blasonada que le prestaba abrigo en el invierno y sombra en el verano. Es decir, tenía cuanto un pobre de su alcurnia, de sus ideas y de su carácter podía apetecer en los tiempos que corrían, y en ello fundaba su mayor vanidad.

II

Toribio Mazorcas (a) _Zancajos_, era en figura, en carácter, en alcurnia y en dinero, el viceversa de su convecino don Robustiano: chaparro, mofletudo, con las piernas formando un paréntesis amazacotado y borroso, como le hiciera un niño sobre la pared mojando un dedo en el tintero de su padre, imperfección de la cual le procedía el mote que llevaba; risueño y hablador, plebeyo por todos cuatro costados, y rico. Fuése en sus mocedades á probar suerte en Andalucía, y allí, fregando la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender lo suficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. Poco á poco la taberna llegó á ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas. Entonces se vino á la Montaña con ánimo de no volver á salir de ella, y á los pocos meses de establecido en su casa perdió la compañera que, con poco amor y escasa inclinación, había tomado en el mismo pueblo durante una de sus primeras breves visitas á él.--Generalmente se daba una vuelta por la _tierruca_ cada cuatro años.--Al hallarse viudo y rico, pasóle por la mollera la idea de volver á casarse más á su gusto; pero tomando con calma el consejo de su propia experiencia, desistió fácilmente de su empresa temeraria y se consagró desde luego con toda decisión al cuidado de sus muchas haciendas y al de un hijo que le quedaba, muchachón de diez y ocho años, fresco, rollizo, esbelto, buen mozo en toda la extensión de la palabra, y no tonto ni de mal carácter, aunque algo resabiado por el casi abandono en que había vivido cuando más necesitaba freno y dirección, mientras su padre se hallaba en Sevilla más apegado al interés de la bodega que al recuerdo de su familia. Fluctuó el rico Mazorcas entre enviarle á Andalucía á continuar allí explotando su ya morrocotudo filón de riqueza, ó casarle de golpe y porrazo con una muchacha que valiera la pena, con objeto de que se encargase de la dirección de las labranzas que aquí poseía el afortunado jándalo; pero temiendo que la inexperiencia del joven diera al traste en pocos días con las botas amontonadas á fuerza de sudores, y, por otra parte, cansado ya de bregar con vacas, salladoras y rozadores, y anheloso de verse algún día rodeado de familia _decente_, _fina_ y de _principios_, se decidió... por enviar á Antón (así se llamaba el chico) á Santander á un colegio «de los caros», con el fin de que allí se puliese, desasnase y civilizase, para dar comienzo en él al plan de restauración que se proponía con respecto á su descendencia. El tal chico, sin parar mientes en la talla de granadero que ya medía, y guiado sólo de su afán de salir á ver mundo y gastar como un señor algunos cuartos, aceptó el compromiso y se instaló en la capital como su padre quería. Pero antes de un mes se convenció de que no estaba ya su madera para tarrañuelas, ni su talle para la desgarbada y exigente levita. Con ella era un facha que excitaba la risa en los paseos, mientras que con el traje corto y desahogado se llevaba detrás de sí los ojos de las muchachas. En vista de lo cual se volvió al pueblo y se decidió á no salir más de él, ni de su condición de labrador, como sus abuelos, aunque con todas las ventajas y comodidades de que podía rodearle la posición de su padre.

Como éste, y tal vez por la propia causa, no _mecía_ gran cosa con las mozas de aparejo redondo tratándose de elegir una para perpetua compañera; le gustaban más las de alto copete, no muy emperejiladas y pizpiretas como las que él había visto en las alamedas de Santander, sino las modestas y recatadas que, sin dejar de ser señoras «desde sus principios» y sin carecer de un interesante _personal_, sabían ser «amas de su casa». Y he aquí el camino por el cual encarriló el demonio al hijo del plebeyo Zancajos para hacerle ir á parar con sus pensamientos, sin darse apenas cuenta de ello, nada menos que á la hija del orgulloso don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, que estaba bien lejos de presumirse tamaño desaguisado á su estirpe solariega.

Y no se sorprenda el lector, que ya conoce el retrato de Verónica, del gusto del joven Antón, así en cuanto á lo físico como á lo moral del objeto de sus deseos. Verónica, físicamente estudiada, sería en el teatro ó en los salones de nuestras cultas capitales una mujer desagradable á los ojos de un hombre avezado á saborear los afeites y la voluptuosidad de las jóvenes de «buena sociedad»; pero colocada en una aldea entre mocetonas de anchas y pesadas caderas, de tostadas mejillas y de torpes y varoniles movimientos, no podía menos de inspirar codicioso interés con su cutis pálido, su pelo rubio y sus manos blancas y pequeñas. La hija de don Robustiano, bajo este aspecto, era, relativamente á lo que la rodeaba, una filigrana, una cosa fina, materialmente hablando; y en siendo una _cosa fina_ en estas aldeas, ya tiene cuantos títulos necesita para conquistar el deseo y hasta la envidia de los aldeanos. Lo _fino_ es para ellos el prototipo de lo bello. Por otra parte, Verónica era señora por herencia y no _piojo resucitado_, como lo atestiguaban cien testimonios irrecusables; cualidad que basta y sobra para inspirar á las gentes sencillas una más que regular consideración.--Por lo que hace á sus prendas morales, ni Antón las conocía, ni aunque las conociera hubiera sido capaz de apreciarlas con su falta de mundo.

Lo cierto es que el hijo de Toribio Mazorcas, empezando por mirar con atención las dotes personales de Verónica y por recrearse en el examen de las aristocráticas, concluyó por cobrar á la hija de don Robustiano un verdadero interés.

Tanto, que habló á su padre del asunto; y como daba la feliz casualidad de que Zancajos no miraba sin cierta envidia el sitial de preferencia en la Iglesia y los blasones del _palacio_, por más que muchas veces se hubiese reído de las hinchadas presunciones de su _noble_ convecino, lejos de combatir las inclinaciones de Antón, le prometió apoyárselas con la mejor voluntad.

Así las cosas, un domingo volvía Verónica de misa, sola, porque don Robustiano se había quedado en la sacristía á saludar al señor cura. Iba, como de costumbre, á un paso más que regular y sin otro pensamiento que el de llegar á casa cuanto antes, pues en fuerza de vivir en oscura reclusión había cobrado miedo hasta á la luz y al aire de la libertad. Ya doblaba el ángulo de un muro de la calleja por donde marchaba, y podía distinguir hasta los clavos de su portalada, cuando se halló frente á frente con el hijo de Mazorcas.

Vestía el esbelto chico su mejor ropa, luciendo en cada bolsillo de su finísima chaqueta un pañuelo de seda, cuyos picos caían por fuera, como á la casualidad, pero en rigor con mucho estudio; calzaba ajustados zapatos de becerro en blanco con trencillas verdes, medio cubiertos por la ancha y graciosa campana de un pantalón de satén color de caramelo; prendía con dos gemelos de oro el ancho y almidonado cuello de su camisa de batista, de bordada pechera, ocultando la mitad de los primores de ésta entre las solapas de un chaleco de terciopelo azul con bandas carmesí, y cubría su cabeza con un sombrero de copa, bajo cuyas alas asomaban sobre las sienes dos grandes rizos de pelo negro y lustroso.

Al hallarse Antón enfrente de Verónica se descubrió respetuosamente, y cediéndole galante los morrillos que en aquel sitio pudieran llamarse acera, dijo con voz no muy segura:

--Muy buenos días, señora doña Verónica.

Ésta, sin levantar su vista del suelo, pero acelerando más el paso que llevaba, contestó con la mayor indiferencia:

--Buenos días, Antón.

Y Antón, revolviendo el sombrero entre sus manos, la vió alejarse algunas varas, luchando entre sus deseos, su turbación y el recelo de no volver á hallar ocasión tan propicia. Pero bien pronto, haciendo un supremo esfuerzo durante el cual se cambiaron veinte veces los colores de su cara, se decidió por lo que más le interesaba, y avanzó hacia la solariega, atreviéndose á llamarla bastante recio:

--¡Doña Verónica!

No hubieran hecho más efecto en la hija de don Robustiano dos banderillas de fuego que esta interpelación del hijo de Toribio Mazorcas. En un instante asaltaron su mente aprensiva los temores más extraños; y no teniendo formado el mejor concepto de la conducta de Antón, hasta le creyó capaz de asesinarla allí mismo. En consecuencia, lejos de responder al llamamiento, apretó más y más el paso que estuvo á pique de llegar á carrera. Pero Antón se había resuelto á no dejar la empresa una vez metido en ella. Avanzó, pues, hasta ponerse al lado de la fugitiva, y le dijo dulcificando la voz cuanto le fué dable:

--Tengo que pedir á usted un favor.

Entonces Verónica no pudo menos de detenerse. Trató de combatir su turbación, y retorciendo los picos de la mantilla entre sus manos convulsas, y pálida como la muerte:

--¿Un favor... á mí?--dijo, entre desabrida y asustada.

--Á usted, sí, señ...--respondió Antón sin poder pasar de la ñ, porque la emoción le atascó, como un tarugo, la garganta.

Dió nuevas vueltas al sombrero entre sus manos, miró á Verónica y después á los morrillos de la calleja, y en seguida al cielo, y luego á cada uno de los treinta y dos vientos de la rosa, hasta que por fin, logrando tragar el tarugo, rompió á hablar de esta manera:

--Yo, doña Verónica, presunto el respeto que Dios manda y que usted me contribuye, porque se lo merece, quería decir á usted ahora lo que... vamos, lo que ya la hubiera dicho más de cuatro veces al habérseme acomodado tan buena proximidad como ésta... Lo verdad es, señora doña Verónica, tomando el intento con el arrodeo del caso, que yo no estoy de lo más convenido ni amoldado al gentío del pueblo; y ya que mis medios me lo permiten, quería transigir á mi gusto y proporcionales comenencias... Usted, por sus principios de nacimiento y finura de personal... Vamos al decir... que si... yo...