Part 13
Y aquí volvió á anudársele la garganta.
Á Verónica le rodaban las gotas de sudor por su cara, cada vez más lívida y descompuesta.
Antón, tras unos momentos de silencio, durante los cuales se repuso algún tanto, continuó:
--Quiero decir que, como tengo bienes de fortuna y no soy bebedor ni pendenciero ni amigo de rondar las hijas del vecino, creo... sin que esto sea menosprecio y me esté mal el decirlo, creo que... vamos, no son quién para mí las mozas del lugar, llamado á contraer enuncias el día de mañana... Porque, doña Verónica, á mí me dió Dios un corazón muy blando de su natural y un poco de sentido acá á mi manera, y pienso que con esto y los cuatro cuartos que uno tiene puede, si á mano viene, declinar á una miaja de finura y cortesía que le consuele en una inclemencia... Por otra parte, no dejo de conocer que he descuidado bastante los principios gramaticales de colegio y demás, porque mi padre se acordó ya muy tarde de que yo era más rico de lo conveniente para bregar con los terrones como un pelifustrán de tres al cuarto; pero si reflexiono que tengo, como he dicho, medios para manutenciar á una señora en todos sus requisitos, y genial para contemplarla como á los oros de la Arabia, con tal que ella se contrapunte siempre en las circunferencias del temor de Dios y de la buena ley á mí, creo que bien puedo, sin ofender á nadie, echar un memorial en este respetive... ¿No es verdad, doña Verónica?
--Me parece que sí,--tartamudeó maquinalmente ésta, que ya no sabía dónde poner el cuerpo ni la vista, y, en fuerza de tirar de los picos de la mantilla, había hecho de ella un turbante tunecino.
Antón, después de limpiarse el sudor con uno de sus dos pañuelos de seda, continuó:
--Pues bueno: en contingencia de estas razones, y sin más ites ni consonancias, sépase usted, Doña Verónica, que lo que yo quiero con todas las ansias de la cortesía es... casarme con usted.
Tres sacudidas sintió Verónica en su corazón; tres sacudidas que le produjeron en los oídos como tres cañonazos, y en seguida se le cubrió la cara de un color más encendido que el del paraguas de su padre. Jamás se había visto en otra el pálido semblante de la solariega. Sin embargo, téngase en cuenta que no era oro todo lo que relucía. Lo inesperado de la declaración, el sitio en que se le hacía, la novedad del lance y el orgullo de raza, un si es no es agraviado, contribuyeron no poco á producir el fuego que al cabo lograba inflamar una vez aquel gélido organismo.
Antón, que al soltar la andanada había bajado la vista al suelo, como si se asustara de su propio atrevimiento, osó levantarla hasta la altura de la cara de Verónica, precisamente en el instante en que ésta llegaba al colmo de su inflamación, digámoslo así... Y lectores, preciso es confesar que á la hija de don Robustiano le iba el rubor á las mil maravillas: ¡de veras que estaba guapa con las mejillas coloradas!
Al conocerlo así Antón, no pudiendo contener la expansión de su entusiasmo, exclamó, dando al mismo tiempo dos puñetazos al sombrero que siempre conservaba respetuosamente en la mano.
--¡Doña Verónica, dígame usted que sí... ó me solivianto!
No sé qué entendería Verónica por soliviantarse en aquel caso; pero es indudable que la palabra, y también algo la acción que la acompañó, acabaron de desconcertarla... precisamente en el instante en que don Robustiano doblaba el ángulo de la calleja. Verle la atortolada muchacha, palidecer hasta lo de costumbre, escapar hacia la portalada y cerrarla detrás de sí, dejando al entusiasmado Antón con la boca cerrada y los ojos echando lumbre, fué cosa de un solo instante.
Pero don Robustiano la vió, y en el acto dedujo, así de su huída como de la actitud de Antón, que allí había pasado algo extraordinario. En consecuencia, acortó su ya bien lenta marcha y comenzó á hacer el molinete con su bastón. Al llegar junto al hijo de Mazorcas hundió la barbilla en los abismos de su corbatín, doblando el cuerpo hacia atrás al mismo tiempo, y miró al chico frunciendo el entrecejo. Entonces reparó Antón en el solariego; púsose encendido como un tomate maduro, y apartándose á un lado saludó respetuosamente á don Robustiano; pero éste, sin dejar de mirarle ni de hacer el molinete, continuó marchando inalterable y silencioso hacia su casa.
Al entrar en ella y antes de cerrar la portalada, exclamó con acento melodramático:
--¡Sol de mi estirpe! ¿habrá osado mirarte frente á frente ese baldragas?
Era por carácter don Robustiano, como se ha visto, suave, apacible y bondadoso hasta el extremo de que á su lado no hubiera habido un pobre si sus recursos le hubieran permitido ser pródigo. Ni las indispensables rencillas de vecindad, ni los manejos del ayuntamiento, nada de cuanto constituye el interés y la comidilla favorita de la gente de estas aldeas, lograba sacarle de su serena dignidad; pero que oyera anteponer un _don_ al nombre de un plebeyo; que viera vestido con una prenda dos dedos más larga que la chaqueta á un rústico labrador; que entrara en aprensión de que su vecino no le había saludado al pasar con la debida consideración, ó que tal otro se había reído del marabú de su hija ó del escudo de su portalada... ya no dormía. Que se atreviera alguien á sostener que cuatro miserables onzas de oro valían más ó eran más dignas de respeto que todos los empolvados pergaminos del más empingorotado infanzón; que le hicieran capaz de cruzar con su sangre noble y pura la borra miserable de un destripaterrones; que, como una provocación á su augusta pobreza, osara un villano meterle por los ojos el brillo de su riqueza improvisada... ya se ponía trémulo é iracundo, y era capaz de arrojar un sillón á la cabeza del provocador. Por eso odiaba de muerte á Toribio Mazorcas. Zancajos vivía cerca del palacio, en una gran casa pintada de verde y amarillo, con recios muros de pulida sillería y elegante balconaje de hierro, respirando el flamante edificio abundancia y alegría por todas partes. La contigüidad de esta casa á la vieja, descolorida y vacilante de don Robustiano, era, en concepto de éste, un reto desvergonzado y continuo á su rancia dignidad. Por otra parte, en el pueblo era conocido el rico jándalo, más que por Zancajos, por _don Toribio_, que por añadidura era bromista y risotón como unas castañuelas. ¿Cómo había de sufrir en calma tan irritantes provocaciones el fanático solariego? Júzguese ahora de lo que pasaría por sus adentros cuando sorprendió á Verónica con el hijo de Mazorcas en pecaminosa plática, según las señas.
No bien entró en casa, sin detenerse en su alcoba á quitarse el sombrero y mudarse el casaquín, se dirigió al salón de Ceremonias, tomó asiento en el sillón central y llamó con voz terrible á Verónica.
Ésta, que temiéndose algo grave andaba trémula y despavorida de rincón en rincón desde que había llegado á casa, acudió al llamamiento de su padre con la cabeza caída sobre el pecho y las manos cruzadas sobre el delantal.
--Míralos frente á frente,--le dijo don Robustiano señalando á los dos retratos de la pared.
Verónica obedeció, y por cierto muy satisfecha de que no se le exigiera más.
--Esa impasibilidad me tranquiliza algún tanto--pensó don Robustiano.--Y añadió en voz alta:
--Al volver de misa te he sorprendido en la calleja con ese ganapán grosero, hijo del aún más rústico jumento de oro, Toribio Mazorcas... Al verme, tú huiste despavorida y él se quedó hecho una bestia... Todo esto es muy grave, Verónica, y me vas á decir lo que significa.
Y Verónica sintió, por segunda vez en el día y en la vida, arderle la cara. Bajóla aún más, pero no contestó una palabra.
--¡Qué significa todo eso, repito!--añadió don Robustiano.
--Nada, señor padre,--contestó al fin la hija tartamudeando.
--¡Ira de Dios! ¿cómo que nada?
--Nada, señor padre.
--¡Celliscas y granizo! ¿Y esa vergüenza que te vende?... Si nada malo has hecho, ¿por qué corriste al verme? ¿Por qué ahora, cuando te lo pregunto, te pones encarnada?
--Porque como su merced está tan enfadado y es ésta la primera vez que conmigo le sucede...
--Es la verdad: jamás te he reñido, y eso te probará la magnitud del motivo de mi cólera... Así, pues, habla y no trates de engañarme: ¿qué ha sucedido en la calleja?
--Yo, señor padre, verá su merced... Venía de misa, sola, porque su merced se quedó hablando con el señor cura... y viniendo sola, al llegar á la esquina del solar de Toribio pasó su hijo y me dió los buenos días... Yo seguí, seguí hacia casa sin reparar en él siquiera... cuando va y me llama con la mayor cortesía...
--¡Fuego divino!
--¡Señor, que me asusta su merced!
--¡Cortesía! ¡Cortesía!... ¡Cortesía un zamarro como ése!... ¡Cortesía ese cerdo!...
--Sí, señor, con mucha cortesía...
--¡Acaba!
--Primeramente me dijo que tenía que pedirme un favor... y por eso me paré... Entonces, entonces me habló de que sus sentimientos por arriba, y de que si riqueza por abajo... y que yo... y mis prendas...
--¡Truenos y relámpagos! ¿Sería capaz ese camueso, rascaboñigas, de decirte galanteos... á tí, á la nieta de cien nobles?
--¡Jesús María, señor padre, si su merced se enfada tanto!...
--¡Habla! ¿Qué sucedió al cabo?
--Pues nada, señor padre, que... me habló... yo no sé de qué... porque la verdad es que no le entendí la mitad de lo que me dijo.
--¡Pero te faltó!
--No lo crea su merced, señor padre: ni una vez siquiera dejó de llamarme _doña_ Verónica.
--Pues, hombre, hasta el extremo de negarte el don, el don que es tuyo por derecho divino, pudo haber llegado ese pendejo... Pero vamos adelante... ¿Qué más pasó? Apuesto una oreja á que te manifestó algunas pretensiones.
Verónica, al oir esto, acabó de hundir en el pecho su cara cada vez más roja. Don Robustiano saltó sobre el sillón y gritó fuera de sí:
--¡Rayos y centellas! ¿No lo dije? ¡Tú la has hecho hoy, Verónica!
--¡Señor--respondió ésta casi llorando,--puedo jurar á su merced que ni siquiera me tocó en el pelo de la ropa!...
--¡Qué ropa ni qué pelo ni qué doscientos mil demonios? Te detuvo, osó mirarte á la cara, hablarte, decirte chicoleos como á una tarasca bardaliega; él, un panojo hediondo, un rocín indecente; á tí, mi hija, la descendiente de un real trinchante y de cien señores de primer lustre. ¿Qué más agravio? ¿Qué más profanación? ¿Qué más infamia? Pero ya se ve; estamos en los tiempos de la igualdad... ¡de la canalla, digo yo! y ya no hay picotas ni parrillas para los villanos insolentes ni para los sacrílegos... ¡Verónica! tu madre, que murió al echarte al mundo, tu noble, tu ilustre madre, la única mujer digna en estas siete comarcas, por sus títulos de nobleza, de unirse á mí; tu madre, digo, no te dió ese ejemplo. Hembra denodada y majestuosa, purgó como buena, con un torozón y tres sangrías, el requiebro francés de un soldado de Napoleón: «_charmante femme_[8]» la dijo al pasar, y ella, indignada, aunque sin comprender la frase, á la vergüenza de aceptarla prefirió caer desplomada en mis brazos... Pero tú no te has muerto al escuchar la escoria inmunda que te arrojó al oído ese bodoque, mal criado y peor nacido... Eres hija desnaturalizada, has prevaricado y no te quiero ver delante... Vete, vete lejos de mí... y cuenta que no te pongo á pan y agua... porque eso no sería penitencia para tí.
Verónica, sin esperar á que le repitiera su padre la orden, sin alzar la cabeza y pisando corto y menudito, salió del gran salón y no se detuvo hasta la cocina.
Cuéntase que don Robustiano al quedarse solo cayó de hinojos ante los retratos de sus dos antepasados, y rodándole las lágrimas por sus enjutas mejillas, ofreció á las roídas imágenes su vida inmaculada en reparación del crimen de su hija, según él, primera _demagoga_ en aquella larga y copetuda familia.
III
Cuatro días necesitó Verónica para poder darse cuenta de los extraordinarios sucesos que le habían ocurrido en media hora. Al cabo de ese tiempo, y cuando ya el recuerdo de los anatemas de su padre no la hacía estremecerse, analizando en todos sus detalles la escena con Antón en la calleja, llegó á sacar en limpio:
Que su vanidad de noble no se resentía ya al considerar la falta de etiqueta cometida por el plebeyo Mazorcas, en el hecho de haberla detenido y requerido de amores á la faz del sol;
Que había hecho muy mal en aturdirse tanto como se aturdió al escuchar las manifestaciones de aquél, y mucho peor en no haberle respondido con un poco de agrado;
Que Antón era un buen mozo, con los ojos así y las narices de tal modo y la boca de cuál otro;
Que todo esto lo había visto ella sin saber cómo, pues juraría que no había mirado una vez siquiera al mozo durante su conversación con él, ni hasta entonces se había parado jamás á considerarle tan al pormenor;
Que al paso que se borraban de su memoria con la mayor facilidad las iracundas expresiones de su padre, las respetuosas y suaves de Antón se le habían grabado en ella á mazo y escoplo;
Que cuanto más examinaba éstas más las quería examinar, y cuanto más quería examinarlas más le latía el corazón y le zumbaban los oídos; y, por último,
Que Antón la había dicho que consistía su felicidad en casarse con ella, lo cual significaba que la quería de veras.
En seguida se atrevió á pensar:
Que casarse con Antón equivalía, porque Antón era muy rico, á vestir y comer todo cuanto apeteciera; á salir de estrecheces y privaciones, á reir como todo el mundo; á ser el ama de una casa llena de ropa nueva y firme, y sobre todo, á dar fomento, expansión y cuerpo á aquel inexplicable sentimiento que por primera vez experimentaba en su vida; aquel rarísimo _no sé qué_ que la hacía encontrar _algo_ en el ruido del follaje, en el curso del agua, en el contacto del aire y en la luz del sol; algo que hasta entonces había pasado en la naturaleza inadvertido para ella;
Que una vida, como la suya hasta allí, consagrada al recuerdo triste, monótono y miserable de su rancia progenie, era una abnegación estúpida y un sacrificio estéril; al paso que compartida con la de un hombre honrado, cariñoso y pudiente, tenía que ser más útil, más placentera y más grata á Dios que se la había dado.
En fin, por pensar en todo, hasta pensó:
Que era una solemne majadería creer que un hombre valía más cuantos más timbres tenía su ejecutoria.
Como se ve, la hija de don Robustiano empezaba, aunque un poco tarde, á pagar su tributo á las leyes de la naturaleza; que Dios no formó á la mujer con el solo destino de vegetar como un helecho.
Aparte de los pensamientos que la hemos descubierto, otros síntomas exteriores mostraban bien á las claras el cambio radical operado en ella en tan breve tiempo. Una mirada viva é insinuante brillaba en sus ojos, antes yertos y apagados; animaba su boca, de ordinario marmórea y mal cerrada, el alegre perfil de la sonrisa, y el color de sus labios y mejillas no era ya el de los fúnebres blandones, sino el de las rosas de Mayo. Tampoco le causaban tedio las faenas domésticas: al contrario, se aficionó de repente al trabajo y se apasionó del aseo y del orden; y siempre en actividad y movimiento, la antigua rigidez de su talle se trocó en agradable y hasta elegante flexibilidad.
Dormía poco y soñaba con Antón; y no bien oía un cantar en la calleja, ya estaba atisbando por las rendijas de las ventanas para ver y oir si la cantaban á ella y si el que cantaba era _él_... Por de contado que para esto, y hasta para pensar, se ocultaba de su padre, que desde la escena consabida la trataba con la severidad más implacable.
Entre tanto Antón, á quien dejamos más atrás saludando á don Robustiano después de haber declarado su atrevido pensamiento á Verónica, al ver cómo ésta le abandonó á lo mejor, cuando él aguardaba de sus labios una palabra digna del emperejilado discurso que ya conocemos, sintió crecer más y más su entusiasmo por la solariega, y juró que había de llevar adelante la empresa, ó de «finiquitar» en ella.
En consecuencia de sus firmes propósitos... Pero atiendan ustedes, y perdonen, que donde hay hechos están de más los comentarios.
Era una tarde del mes de Agosto.--Pesados, plomizos nubarrones avanzaban casi tocando las cumbres de las altas montañas que limitaban el horizonte de la casa de don Robustiano; las hojas de los castaños que la circundaban no se movían; los vencejos se cernían y revoloteaban sobre el campanario de la aldea, como si jugaran á las cuatro-esquinas; el aire que se respiraba era tibio, el calor, sofocante. De vez en cuando se rasgaban los nubarrones, y una rúbrica de fuego, precursora de un sordo y prolongado trueno, daba fe de que se estaba armando por allá arriba el gran escándalo: los obreros se apresuraban á _hacinar_ en la mies la yerba, segada y seca; el ganado suelto se arrimaba á los bardales de las callejas, y los perros, con las orejas gachas y rabo entre piernas, á un trote menudito tornaban á sus corraladas respectivas á roer un hueso el que había tenido antes la suerte de robarle, ó á lamerse las patas ó echar una siesta los menos afortunados, al amparo de una pértiga ó de un montón de junco seco, mientras pasaba la ya próxima tormenta.
Don Robustiano y Verónica contemplaban estos síntomas con un miedo cerval, y al oir el cuarto trueno cerraron todas las puertas y ventanas de la casa. Siguiendo la costumbre establecida en ella en lances de tal naturaleza, Verónica corrió á buscar el libro del _Trisagio_ y la _vela de los truenos_--cuya virtud consistía en ser una de las empleadas en alumbrar el Monumento en Semana Santa,--y entregó ambas cosas á su padre. Éste sacó de un haz de pajuelas una á medio quemar, y se dirigió con ella á la cocina, seguido de Verónica, que no se atrevía á estar sola en ninguna parte de la casa. Arrimó con mucho tiento la pajuela á las brasas y después á la vela, y ésta quedó encendida á vueltas de tres estonudos del pobre señor, á cuyas narices llegaba sofocante y nauseabundo el humo del infernal amasijo.
Y porque no se me tache de demasiado minucioso, al llegar aquí, por algún lector impaciente, debo advertir:
1.º. Que don Robustiano había jurado no admitir en su casa, rancia y apegada á los viejos usos, los fósforos de cerilla, ni siquiera los de cartón, por ser uno de los modernos inventos que más caracterizaban el espíritu de la época.
2.º. Que si encendió la pajuela en las brasas y la vela en la pajuela, y no la vela en los tizones directamente, fué porque siendo la llama de éstos más fuerte que la de la pajuela, derretía la cera que se le aproximaba mientras á fuerza de carrillo prendía el pábilo, y la cera costaba cara.
Queda, pues, demostrado que los pormenores consabidos no están á humo de pajas y sin su razón _de carácter_ en el sitio en que los puse. Y ahora prosigo.
Encendida la vela, puso don Robustiano delante de la llama, trémula y escasa, la palma de su mano á guisa de pantalla, y marchó carrejo adelante á paso de procesión, siempre seguido de Verónica, hasta su alcoba, en la que había, como se recordará, una imagen de Santa Bárbara. Hincáronse ante ella padre é hija, después de colocar la vela en un candelero de metal amarillo; abrió don Robustiano el libro de oraciones, y dijo santiguándose:
--En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
--Amén,--contestó desde la puerta de la alcoba una voz robusta.
--¡Jesús, María y José!--gritaron padre é hija, pensando que algo sobrenatural ocurría allí.
Y cuando se atrevió don Robustiano á mirar hacia atrás, se halló con su vecino Zancajos apretándose los ijares y riendo á más y mejor.
--¡Bárbaro!--rugió colérico el solariego poniéndose de pie.
--¿Qué será esto?--pensó Verónica al ver en su casa y tan inesperadamente al padre de Antón.
--¡Tú sólo eres capaz de eso, animal!--añadió don Robustiano echando espumarajos por la boca.
--¡Ja, ja, ja!--reía cada vez con más ganas el intruso.
--¡¡Toribio!!
--¡Ja, ja, ja!
--¡Zancajos de los demonios! ¿Vienes á provocarme á mi propia casa?... Y ahora que me acuerdo, ¿cómo has entrado en ella, bandido?
--Aprovechando la salida de la obrera ó sirvienta... ó lo que sea esa bruja chismosa que está siempre metida aquí... Llegaba yo con ánimo de visitar á ustedes; ví que se abría la puerta y me colé, porque dije: si dan en no abrir, por más que yo llame no asomo al corral en todo el santo día de Dios.
--En mi casa no entra nadie sin mi permiso.
--Lo sé muy bien, señor don Robustiano.
--Entonces...
--Pero hay casos...
--Acabemos: ¿qué morcilla se te ha roto aquí? ¿Qué tienes que decirme?
--Poco y bueno.
--¿Bueno y tuyo? ¿Y qué haces callado?
--Esperando á que usted me deje hablar... Como se me ha hecho un recibimiento tan suave...
--El que merece un hombre que se introduce como tú en el hogar ajeno.
--¡Ja, ja, ja!
--¿Otra vez, Toribio?
--Perdone usted, don Robustiano, que soy muy tentado de la risa...
--¿Acabas ó no? ¿Qué es lo que tienes que decirme?
--Si doña Verónica nos dispensa el favor de dejarnos solos un instante...
--Mejor será que la dejemos nosotros á ella. Así como así, ya que el diablo te pone á mis alcances, no quiero que te vayas sin llevar las orejas calientes á propósito de cierto asunto. Vente conmigo.
--Adonde usted quiera, don Robustiano.
Toribio Mazorcas se puso en seguimiento del solariego, que le condujo al salón de Ceremonias, cerrando, cuando en él estuvieron, la puerta, á la cual se pegó por fuera Verónica como una lapa, no tanto por el miedo que tenía, como hemos dicho, al quedarse sola durante la tormenta, cuanto por escuchar la conversación por el ojo de la cerradura.
Vestía Zancajos un rico traje obscuro, de corte medio entre el de caballero y el de hombre de pueblo, brillando entre los rizos de la chorrera de su camisa los gruesos eslabones de una cadena de oro que salía después sobre el pecho y bajaba en dos grandes ramas á perderse en uno de los bolsillos del chaleco; calzaban sus enormes pies brillantes botas de charol, y llevaba en la mano un recio bastón de caña de Indias con puño y contera de oro.
Ninguna de estas prendas pasó inadvertida para don Robustiano; antes al contrario, las examinó de reojo una á una y sintió con indignación herirle las pupilas los rayos de tanto lustre, porque los consideró, según costumbre, como un insulto á su descolorida pobreza. Y como en situaciones análogas era cuando más irritada se erguía su vanidad, tomó asiento con aire majestuoso en el sillón de los blasones y dejó delante de él y de pie al rico Mazorcas que, como hombre de buen humor, se reía de aquellas debilidades.
--Habla,--le dijo el solariego ahuecando la voz.
Mas antes que Toribio desplegase los labios, dejóse oir un trueno horrísono que hizo temblar el pavimento.
--¡Santa Bárbara bendita!--exclamó don Robustiano cubriéndose la cara con las manos.
--Que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita en el ara de la Cruz, líbranos. Amén, Jesús;
concluyó Verónica desde su escondrijo, dando diente con diente.
--Esto pasará, don Robustiano,--dijo Mazorcas.
--¡Ya habría pasado si nos hubieras dejado rezar el _Trisagio_ en paz y en gracia de Dios!
--Si es por eso, ya lo estamos rezando, que precisamente me le sé de memoria desde que era tamañico... Y si no, escuche y perdone:
«El trisagio que Isaías escribió con grande celo, le oyó cantar en el cielo á angélicas jerarquías...».
--¡Toribio!... No te burles de las cosas santas, ya que las mundanas te merecen tan poco respeto.
--Yo no me burlo, señor don Robustiano; que, á Dios gracias, soy hombre de mucha fe.
--En fin, alma de Satanás, ¿qué es lo que quieres?
--De hacerlo saber trato... y en pocas palabras.
--Dios lo quiera.
--Yo, don Robustiano, aunque hombre de baja estofa, como ustedes dicen, sin más educación que el dalle y el ariego, supe, á fuerza de sudores y paciencia, ganarme honradamente, en Andalucía, un caudal más que regular.
--Y á mí, ¿qué me importa eso?
--Algo puede importarle.
--Ni tanto como una castaña, menos que un alfiler, para que lo sepas, ¡farsantón!