Part 14
--No hay que tomar así las cosas, don Robustiano, que yo vengo de paz; en casos como éste es cuando debe hablarse con toda claridad, y lo que dejo apuntado no va en otro concepto. Digo que soy bastante rico, y añado que soy viudo, que pico en viejo y que por aquello de que «el joven puede morir, pero el viejo no puede vivir», y por lo de que «antes va el carnero que el cordero», todos mis haberes han de pasar bien aína á manos del único hijo que tengo.
--Á propósito: ese hijo es un facineroso.
--Creo que está usted equivocado, don Robustiano: Antón es un gran sujeto, nada tonto y muy cariñoso.
--Repito que es un bandido.
--Sostengo que usted le calumnia.
--Me ha inferido un agravio.
--Eso ya es otra cosa; y si fuera cierto, podía usted contar con que el ser mi hijo no le libraría de que yo le virase la jeta de un sopapo. Conque dígame usted cómo le ha agraviado.
--Osando elevar sus ambiciones hasta mi hija.
--Eso no es agravio.
--¡Impío!
--Lo dicho. Y tan no lo tengo por tal, que hablarle á usted de ese asunto es lo único que aquí me trae.
--¡Hola!... Según eso, ¿vienes tú á remachar el clavo?
--¿Quiere usted dejarme acabar de explicarme?
--Sigue, _sanculote_; acaba, francmasón.
--Agradeciendo, señor don Robustiano. El caso es que tanto yo como mi hijo, ya que los medios lo permiten, nos hemos propuesto dar, en él que es joven, robusto y generoso, base, cimiento y entronque á una familia á la usanza de las ricas del día; queremos que fenezcan la chaqueta y los terrones en mi generación y que de ella en adelante aparezcan otras más lucidas; vamos, que, á ser posible, nazca desde hoy la gente de mi casa con la levita puesta, como el otro que dice.
--Y ¿piensas, ganapán, groserote, que á un señor le hace la levita? ¿Piensas que basta rascarse la boñiga de las manos y echarse un puñado de onzas en el bolsillo y una cadena de oro al cuello, para quedar convertido en un personaje de calidad? Pero, señor, ¡á esta canalla del día, á esta caterva de jacobinos se le figura que hasta la ley de Dios está también al capricho de sus infames ambiciones!
Y al decir esto estalló un trueno aún más fuerte y prolongado que el anterior. Á sus vibraciones temblaron hasta los viejos cuadros de la pared. Don Robustiano se encogió como un ovillo, y el mismo Zancajos no se creyó muy seguro bajo aquellos carcomidos techos.
--¿Lo oyes, _Voltaire_?... ¡Hasta la cólera divina te amenaza!--exclamó don Robustiano abriendo los ojos después que cesó el trueno.
--Lo que yo oigo--respondió con sorna Toribio,--es que truena, y lo que veo es que esto se tambalea, lo cual lo mismo puede significar una amenaza para mí que un aviso para usted.
--¿Un aviso para mí? revolucionario, ¿para mí? Y ¿por qué?
--Porque esto se va, don Robustiano, y es una lástima que por una vanidad mal entendida se queden ustedes á la luna de Valencia el día de mañana, ó aplastados debajo de un montón de escombros, como sabandijas, que aún será peor.
--¿Qué quieres decir, bandolero?
--Que nosotros, no los impíos como usted cree (y yo se lo perdono), ni los bandoleros, ni los jacobinos, sino los hombres de bien, creyentes y laboriosos, que á fuerza de trabajo hemos hecho una fortuna; que nosotros, repito, somos los llamados á afirmar estos escudos que se caen de rancios, y estos techos minados por la polilla; á hacer producir esos solares yermos y á llenar de ruido y de alegría el hueco de estos salones ahumados, que ya no tienen nada que hacer de por sí desde que feneció la reina Maricastaña.
--¡Jesús... Jesús mil veces!! Y no hay un rayo que... ¡Dios me perdone! Una centella... ¡Ave María purísima!... Pero sigue, sigue, _Robespierre_; continúa, desollador: quiero ver hasta dónde llega tu sacrílega osadía.
Todo esto lo dijo don Robustiano revolviéndose iracundo en el sillón, castañeteando los dientes y apretando los puños.
Zancajos continuó después de sonreirse:
--Yo, como ya he dicho, tengo mucho dinero.
--¿Otra vez las talegas, fanfarrón? ¿Otra vez me provocas, jandalillo aceitero?
--Digo que tengo mucho caudal.
--¡Y dale!
--Que tengo muchos monises, pero nada más.
--Ya se te conoce.
--Y quisiera, á costa de lo que me sobra, adquirir lo que me falta; quisiera hallar para mi hijo una colocación que no se pareciera en nada á estas mocetonas rústicas de la aldea, ni tampoco á las pisonderas relamidas, damiselas de la ciudad... quisiera, pinto el caso, una solariega pobre...
--¡San Robustiano bendito!
--Una solariega pobre que se hallara dispuesta á apuntalar las fachadas de su palacio con los montones de ochentines ganados en la taberna de Sevilla.
--Te veo, Iscariote.
--Ella sería siempre una señora; descansaría á la sombra y sobre bien mullidos sillones, y dejaría obscuro al sol con las galas que Antón la _echara_...
--Sigue, sigue...
--Saldría á ver un poco el mundo, si le daba la gana; educaría á sus hijos en el temor de Dios y á la altura de las necesidades del día...
--¡Echa, echa, hijo de una perra!
--Y con tal que quisiera bien á su marido y se creyera muy honrada con él...
--¡Vamos... con franqueza, hombre, pide por esa boca!
--En conclusión, don Robustiano: mi hijo y yo hemos pensado para el caso en doña Verónica, cuya mano vengo á pedirle á usted para Antón.
Verde, amarilla, azul... de veinticinco colores se puso la cara del orgulloso solariego al oir las últimas palabras de Zancajos; y ya se disponía, no sé si á tirarle con un mueble ó á llamar en su auxilio todas las furias del averno, pues de ambas cosas tenía trazas, cuando el salón, que poco á poco había ido quedándose medio á obscuras con la intensidad del nublado, vióse súbitamente iluminado por una luz fatídica y fosforescente: los próximos castaños doblaron rugiendo sus pesadas copas; se abrieron con estrépito las puertas del balcón; estalló en los aires un trueno _despatarrado_, es decir, según el diccionario montañés, agudo, estridente, como si el cielo fuera una inmensa lona y la rasgasen á estirones desiguales dos gigantes enfurecidos; las nubes se desgajaron, y el huracán, arrollando en su ira potente mares de agua y pedrisco, inundó con ello valles, callejas y tejados... y el del achacoso _palacio_ lanzó un quejido lúgubre, aterrador, como si, rindiéndose á la pesadumbre de los años y al furor de la tempestad, gritase á sus cobijados: «¡Sálvese el que pueda, que yo me hundo!»--Todo esto junto sucedió en brevísimos instantes.
Verónica, que aguardaba con afán la respuesta de su padre á la demanda de Toribio, lanzó un grito; don Robustiano dos, y Zancajos un ¡zambomba! que valió por diez; y acto continuo los tres personajes, atropellándose unos á otros, salieron despavoridos al corral.
Allí, guarecidos de la lluvia bajo la teja-vana, estuvieron largo rato esperando á que se desplomaran los últimos restos de la grandeza de don Robustiano. Qué angustias pasaría este desdichado en aquella situación, durante la cual no se atrevió á abrir los ojos, no hay para qué decirlo. Si el techo se hundía, ¿qué iba á ser de él? ¿adónde iba á parar su pobre, pero altiva independencia?
Pasó media hora, y pasó también el furor de la tormenta. Don Robustiano empezaba á creer que el crujido que les hizo huir del salón no procedía de ninguna lesión grave sufrida por su palacio, y ya se iba serenando su ánimo y hasta se había atrevido á abrir los ojos, cuando, después de mirar y remirar el edificio, exclamó señalando á un punto del tejado:
--¡Qué horror!
--Hace media hora que lo estoy viendo yo--dijo Mazorcas.--¡Y si fuera eso sólo!...
--Pues ¿qué más hay, hijo de Lucifer?
--Mire usted debajo del alero, junto á la puerta del balcón.
--¡Dios de bondad!
Lo que veían don Robustiano y Toribio era una enorme quebradura en la cumbre del tejado y una grieta tremenda en la pared de la fachada principal.
La pobre Verónica lloraba; su padre hacía pucheros. El rico Mazorcas, profundamente conmovido, se atrevió á decirles:
--Ya no deben ustedes pensar en dormir en esta casa; y para remediar el mal en parte, les ofrezco la mía de todo corazón.
--¡Primero la cárcel!--replicó iracundo el fanático solariego.
--Muy mal pensado, don Robustiano: es mucho más cómoda mi casa, donde nada les faltará á ustedes mientras ésta se repara... y pongo también para ello mi dinero á su disposición.
--¡Yo no pido limosna!
--Ni yo se la ofrezco á usted, señor don Robustiano.
--Aún me queda por ahora esa glorieta.
--Es cierto; pero ese garito no tiene desahogo suficiente, ni siquiera el preciso abrigo.
--Y á tí ¿qué te importa?
--Nada, si usted quiere; pero, francamente, me da lástima verle á usted, en una situación como ésta, andarse todavía reparando en pelillos y respirando por esa condenada herida de señorío.
--¿Aún tienes humor para provocarme, carbonero?
--No, señor: lo que tengo es afán de que usted comprenda para _in sæcula_ que por aquella grieta de la pared se ha largado ya la poca grandeza que en casa le quedaba.
--¡Vete tú de ella, corsario! ¡Sal de mi corralada, salteador!
--Sí que me marcho, y sin enfadarme, don Robustiano; y en prueba de ello, otra vez le ofrezco, sin plazo ni réditos, el dinero necesario para reparar los estragos de la tempestad.
--¡Primero la unción que tu dinero!
--¡Bah!... Piénselo usted en calma... y no olvide tampoco mi otra proposición, que usted me dará las gracias algún día... y usted también, doña Verónica.
--Señor padre, dígale su merced que sí,--se atrevió á murmurar la pobre muchacha en tono suplicante, aludiendo, en verdad sea dicho, más á la proposición matrimonial que á la otra.
--¡Un rayo que le parta!--gritó convulso don Robustiano.--¡Dejadme en paz!
--Voy á complacerle á usted. ¡Salud, don Robustiano! Adiós, doña Verónica.
--Vaya usted con Él, _don_ Toribio,--respondió afectuosamente la solariega.
--¡Don... alforjas! ¡don marrano! digo yo, ¡hembra perversa!--exclamó don Robustiano fuera de sí al oir á su hija dar semejante tratamiento á un hombre tan vulgar como Zancajos.
Entre tanto, éste salió del corral entre risueño y apenado: risueño, porque para un carácter como el suyo siempre ofrecían un deleite sabrosísimo las rabietas aristocráticas de don Robustiano; apenado, porque como hombre de buen sentido y excelente corazón, se condolía de la tenacidad del señorón que se sacrificaba lastimosamente, con cuanto le pertenecía, en aras de una mal entendida dignidad, rechazando obstinadamente á la fortuna que llamaba á las puertas de su casa.
IV
Cuando se quedaron solos don Robustiano y Verónica, dió el primero rienda suelta á sus lamentaciones y tomaron mayor cuerpo los sollozos de la segunda. Con aquel rudo golpe de la adversidad no había contado nunca el vanidoso Tres-Solares, que pensó llegar al sepulcro con la misma altiva aunque pobre independencia que halló al venir al mundo. ¡Todo lo había perdido en un solo instante! Todo, porque el pabellón que le restaba sólo podía aceptarse como habitación interinamente, y eso con grandes dificultades: era su capacidad mezquina, y no bien entrase el otoño daría tanto dormir allí como al raso en la _llosa_ más desabrigada.
No había, pues, otro remedio que reparar las averías del palacio, cuyo techo podía desplomarse de un momento á otro; y para esto se necesitaba dinero, precisamente lo que á don Robustiano le faltaba; y para adquirirlo tenía que vender las tierras y el molino, del cual modo tendría casa... pero no tendría qué comer; y para tenerlo había que renunciar á las reparaciones, lo cual equivalía á condenarse á vivir á la intemperie, que aún era peor que morirse de hambre.
Todas estas consideraciones, en esta misma forma y en un momento, asaltaron la imaginación del atribulado señor antes que saliera de la teja-vana. En seguida, como el caso era apremiante, se resolvió á habilitar la glorieta con los muebles y ropas que, acto continuo y entre sustos, carreras y toda clase de precauciones, sacaron Verónica y él de la antigua morada.
Cuando fué hora de acostarse, don Robustiano renunció á este placer: prefirió pasar la noche en vela y dando vueltas por la angosta habitación (que el pudor de Verónica había dividido con una colcha, dos palos y cuatro tachuelas), buscando en su imaginación el medio de procurarse, con la decencia, el decoro y la dignidad que á su clase convenían, aquellos ochavos viles que con tanta urgencia necesitaba. Desde luego desechó el recurso de la venta de su escasa hacienda. El de un préstamo le pareció más aceptable. Pero ¿á quién se le proponía? ¿Á Toribio? Antes el hambre, el frío y la misma muerte. En los demás convecinos no había que pensar: eran míseros colonos de Zancajos, ó ricachos tan _ordinarios_ como él. El señor cura que, como en confesión, podría hacer el anticipo sin que ni los pájaros le olieran, necesitaba la cortísima paga que le daba el Estado para no morirse de hambre. El Ayuntamiento ya era otra cosa: éste era indudablemente, entre todos los prestamistas, el _menos indigno_ de él, pues al fin y al cabo era una entidad, oficialmente, de alta significación, por más que en detalles individuales fuera bien despreciable. Pero ¿podría el Ayuntamiento meterse á prestamista? Y si podía, como mero administrador de ajenos caudales, ¿no sería más exigente que nadie en precauciones y garantías? Y si le exigía una de éstas, ¿debía él _humillarse_ á concederla? Y si se humillaba, ¿la encontraría? Las tierras y el molino le bastaban para ello; pero, vencido el plazo del préstamo, ¿con qué le pagaba si había de comer hasta entonces? Y si no pagaba y le vendían lo hipotecado, ¿con qué comía en adelante?... Y siempre girando en este estrecho círculo de hierro, don Robustiano perdía la cabeza y sudaba la gota gorda. «¡Oh siglo perro y desquiciado, ladrón y materialista, que ves mi afán y no te conmueves ni te abochornas!» clamaba entre iracundo y afligido el mísero, como si el siglo tuviera la culpa de lo que á él le sucedía.--Y en cuanto se calmaba un poco, tornaba á discurrir y volvía á tropezarse con los dos fatales extremos: no comer, ó la _humillación_ de pedir; más claro: el hambre ó el dinero de Zancajos.--«Vea usted,--decía retrocediendo ante estas dos conclusiones, como si fueran puntas aceradas que le hiriesen el rostro,--vea usted cómo sería muy útil que todos los hombres de mi jerarquía estuviéramos unidos en estrecha alianza. De este modo podríamos hacer frente á ciertas eventualidades y reirnos descuidadamente de la tendencia artera y demoledora de la canalla impía que nos estima en poco y nos acorrala como á bestias despreciables... Pero en lances como el que á mí me ocurre hoy, ¿tendríamos la abnegación suficiente para confesar á los demás una necesidad tan perentoria? El orgullo de estirpe, ¿sería capaz de tanto sacrificio?... ¿Cómo dudarlo? En la triste alternativa de demandar una... sí, señor, una limosna á un tabernero soberbio y presuntuoso, ó de reclamar el auxilio generoso de un hombre de calidad, no cabe vacilación. Por otra parte, la ropa sucia, dice el proverbio, debe lavarse en casa... Es indudable que yo debía acudir con mis cuitas á las rancias familias del país. ¿Pero querrán ampararme? ¿Podrán, acaso, aunque quieran? La verdad es que entre nosotros ha habido siempre unas prevenciones, unos odios tan sistemáticos y tan tenaces... Luego tantas sospechas de que no tengan esos señores más lucido pelaje que yo!... También es cierto que no tratamos aquí de que, por llegar, me llenen los bolsillos de monedas... ¡Me guardaría yo muy bien de manifestar á nadie mis apuros de sopetón! Por de pronto, me limitaría á ir tanteando el terreno y preparando las voluntades, y después... después ¡qué diablo! me quedaría siquiera el consuelo de desahogar con alguno esta angustia que me mata».
Y revolviendo en su magín don Robustiano razonamientos por el estilo, acabó por aceptar la conveniencia de recurrir, cuando menos, al consejo de un hombre _de los suyos_. En seguida procedió á formarlos á todos en su memoria y á pasarles la necesaria revista para elegir el más conveniente. Por supuesto que no conocía á ninguno de ellos de trato, ni siquiera de vista, y sólo por noticias de su padre; pero él creía que, para el caso, esta circunstancia importaba muy poco. He aquí el resultado de su tarea.--Diez familias habían sido enemigas mortales de la suya, unas por razón de intereses, otras por puntillos de etiqueta y otras por cuestión de carácter; del paradero de otras tantas no tenía la menor noticia; le constaba que otra media docena de ellas se habían extinguido por completo, y que algunas estaban reducidas á una vieja solterona ó á un celibato memo. Solamente halló una que no le desanimó del todo: una familia cuyas íntimas y cordiales relaciones con la de él habían durado hasta la época de su abuelo inclusive. Verdad es que desde entonces no habían vuelto á comunicarse directa ni indirectamente, los representantes de ambas; pero esto no era un obstáculo para los planes de nuestro solariego, pues éste, como hombre de calidad, antes de reparar en pelillos semejantes, debía atenerse á lo que la historia y la tradición le enseñaban en muy diverso sentido. Atúvose, pues, á ello, y se resolvió á encomendar sus amarguras al consejo, á la protección... ó á lo que saliera, de esa familia, única, ciertamente, con que podía contar entre todas las contenidas en el largo catálogo de las nobles de la Montaña. Debo advertir que sabía de ella que su actual representante se llamaba don Ramiro, y que tendría su edad próximamente; que vivía en un pueblo bastante cercano del suyo; que estaba casado con una hidalga de lo más rancio y blasonado del país, y que el lema de sus armas era, entre todos los lemas de escudos montañeses, el único que casi podía competir con el de los Tres-Solares. Decía así:
«_Á un Rey hicieron merced Y con Infanta casaron, Y al mismo sol dieran lustre Los que esta casa fundaron_».
En consecuencia de su resolución, en caliente y antes que vacilase su voluntad, apenas amaneció mandó que _cazasen_ el caballo, que con la pasada tormenta había ido á parar á los quintos infiernos; hizo que después de cogido se le diera el indispensable frote de garojo; preparó Verónica de prisa y corriendo una muda blanca, y con todo el ceremonial que conocemos cabalgó don Robustiano á las diez de la mañana. Atravesó seis callejas, dos sierras y un monte; y á la bajada de él y en medio de un centenar de robustas encinas, se detuvo delante de una portalada tan vieja y tan blasonada como la suya. Era la de la casa de don Ramiro. Llamó su paje, abrió un jayán de mala traza y mandó al tal que le anunciara á su amo.
Mientras éste salía, echó una mirada desde el corral al exterior de la casa, y no le encontró mucho más lucido que el de su palacio. Tomó en cuenta este dato y no se las prometió muy felices para sus pretensiones, por lo que hacía al auxilio directo de su colega. Pero, en cambio, con este convencimiento se sintió más animoso para tratar á don Ramiro con cierto desparpajo, y esto le consoló hasta cierto punto.
Entre tanto, don Ramiro, sorprendido con la noticia de la llegada de don Robustiano y careciendo de tiempo para ponerse su traje de etiqueta, se echó encima una especie de balandrán de cúbica para tapar de un golpe sus muchas pasadas y transparencias de diario, y bajó al portal haciendo al recién llegado las mayores cortesías.
--¿Tengo el honor de hablar al señor don Ramiro Seis-Regatos y Dos-Portillas de la Vega?--le preguntó, apeándose, don Robustiano.
--El honrado soy yo, señor don Robustiano,--contestó don Ramiro doblándose más y más.
Entonces el primero tendió su diestra al segundo, y
--Salvo el guante,--le dijo, aludiendo á uno con que la cubría, viejísimo y bordado con tres filas de lentejuelas por el dorso.
--La acepto y correspondo,--dijo Seis-Regatos apretándosela mucho.
En seguida introdujo á su huésped en casa, mandando al paje á la cocina y disponiendo que se encerrase el caballo en _las_ caballerizas. Nada se habló de almuerzo para el primero ni de pienso para el segundo.
Las piezas que recorrieron los dos solariegos hasta llegar al estrado en que se detuvieron, no merecen el trabajo de una especial mención, porque ninguna de ellas podía echar grandes roncas á las del palacio de don Robustiano. En cuanto al estrado, también corría parejas, en tamaño y conservación, con el salón de Ceremonias que conocemos. Pero no tenía retratos como éste. En su defecto, había un reló de caja, muy antiguo, y un trofeo compuesto de dos sables corvos, una espada de cazoleta, un cuerno de caza y dos cuchillos de monte. Por todo mueblaje, el indispensable sillón de vaqueta, con las armas talladas de la familia, y cuatro sillas de paja en muy mal estado.
Don Robustiano apreció también el valor de todo aquello que, por el sitio que ocupaba, tenía que ser lo mejorcito de la casa, y dedujo que se las había con un personaje tan tronado como él.
Por su parte, don Ramiro había tenido tiempo suficiente para examinar el hábito de su huésped, y se convenció bien pronto de la exactitud de las noticias que tenía acerca de los medios de fortuna de don Robustiano.
Tomaron asiento los dos señorones, y dijo el de casa:
--Ante todo, debo manifestar á usted mi pena por no poderle presentar á mi esposa é hijas, porque están en la Iglesia desde esta mañana.
--¡Te veo!--pensó don Robustiano.--Apostaría una oreja á que están escondidas en algún rincón por falta de vestido con qué presentarse delante de mí como conviene á su clase.--Y en voz alta respondió:--Su señora esposa de usted y sus señoras hijas, todas muy señoras mías, están siempre cumplidas con este humilde servidor, señor don Ramiro.
--Mil gracias en nombre de ellas y en el mío, señor don Robustiano. Y ¿á qué debemos la honra de tan agradable visita?
--La honra es mía, señor don Ramiro; y en cuanto al objeto de mi visita, es pura y simplemente el deseo de conocer personalmente al noble nieto del gran amigo de mi señor abuelo.
--¡Cuánto celebro esa ocurrencia que me proporciona á mí el placer de estrechar su mano y de ofrecerle mi cordial amistad!
--Que yo acepto con todo mi corazón, señor don Ramiro, lamentándome de no haber puesto en ejecución muchos años hace el pensamiento que realizo hoy. Pero usted sabe, por propia experiencia, cómo en los hombres de nuestra condición llegan á hacerse los hábitos una segunda naturaleza. Se aísla uno, se retrae y, metido en su cáscara un día y otro y un mes y un año, ya no acierta á salir de la portalada la vez que se lo propone. Así es que yo, aunque siempre con el afán de estrechar la mano de usted, jamás he podido lograr una ocasión que me pareciese bastante oportuna para ello.
--Lo mismo, poco más ó menos, me ha sucedido á mí con respecto á usted.
--¡Vaya si lo creo!
--Y ¿cómo logró usted hoy vencer tanta pereza?
--Pues le diré á usted, señor don Ramiro: voy siendo ya muy viejo; llevo muchos años de retiro y de devorar en silencio la pena, por no decir despecho, que me causa el desdén y menosprecio con que mira el siglo que corre á los hombres de nuestra procedencia; y me he dicho: «¿será posible que yo me muera sin el placer gratísimo de desahogar mi pecho junto al del hombre en quien se reconcentran todos mis afectos amistosos, sin decirle: he aquí vinculada en este corazón toda la lealtad con que fué adicta á tu familia durante siglos enteros la mía?» Y con tal fe me lo dije, don Ramiro; tan ardiente llegó á ser mi deseo, que en el acto monté á caballo... y aquí me tiene usted.
--Ese rasgo le enaltece á usted, don Robustiano; y, en recíproca, puedo, á Dios gracias, brindar al insigne Tres-Solares con toda la adhesión y sincero cariño de cien generaciones de Seis-Regatos.
--¡Líbreme Dios de ponerlo en duda! Y ¡ojalá que todos los buenos de la Montaña hubiéramos seguido siempre y para todo esta misma conducta entre nosotros! ¡Otro gallo nos cantara hoy!
--¿Usted lo cree así?
--¿No he de creerlo? ¿Acaso usted lo duda?
--No tal; pero...