Tipos y paisajes

Part 8

Chapter 84,178 wordsPublic domain

--Y bien maduros que deben de estar... ¡Me valga, cómo negrean las uvas! ¡Paicerán las puras mieles!...

--Puei que saban á pez,--observa el rojillo.

--Sí, á pez... ¡como no saban á pez!...--replica el grandullón.

--Pus ello--dice el del lunar,--yo no las comía.

--Tocante á eso, puei que yo tampoco--añade el rojillo;--pero puei que sí por otro lao, que á Andrés el de la Junquera bien le sabieron el otro día que saltó el huerto y apandó un rucimo.

--Pero ¡contra!--observa el mellado,--ello tamién semos bien güeis, ¿por qué mos han de saber á pez esos rucimos?

--Porque es bruja el ama,--responde el gordinflón con cierta solemnidad.

--Y como que es bruja--añade el rojillo,--tiene los mengues, y tuviendo los mengues, too lo que es suyo sabe á azufre, y supiendo á azufre, toos los cristianos que lo comen revientan de contao.

--Y tamién paece ser que los que son miraos con enquina por las brujas,--dice el del lunar.

--De eso se murió el otro día la hija del tío Juan Bardales--replica el rojillo.--Y jué y la encontró allá abajo la bruja, ajunto casa del señor cura, y jué y no dió á la bruja los güenos días, y jué la bruja y la miró así, así, así... no, más arrevesao entovía... así, así, así; y jué y entráronle unas tercianas á la otra; conque, hijos de Dios, antayer la dieron tierra.

--Y tamién le entró solengua al güey de la viuda, porque la bruja le tocó con el palo...

--Y dice que la otra noche apaició amontá encima del campanario, dimpués de haberse chumpao el aceite de la lámpara del altar mayor, y al dir el campanero á tocar al alba vióla allí agarrá al mango de la escoba; y quisiendo espantarla, hizo la señal de la cruz dijiendo al mesmo tiempo «¡Jesús!» y la bruja se comirtió en un cárabo y tresponió los aires y se jué al monte. Dicen que enestonces golvía de Cerneula de bailar con el enemigo malo.

--¿De modo y manera que en hiciendo la señal de la cruz se va?

--Ó tuviendo ajos y acebache al piscuezo, como tengo yo--dice el rojillo,--y por eso no se ha metío conmigo como con mi madre, que toas las mañanas se levanta con el cuerpo amoratao, de pura dentellá que le ha dao la bruja por la noche.

--Pus á tu hermana--repone el gordinflón dirigiéndose al rojillo,--no le han valío los acebaches, que bien la ha chumpao la bruja.

--Eso fué endenantes, cuando no sabíamos la melecina; pero dende enestonces acá no ha díó á más la ruinera.

--Y si no le ven á uno las brujas--pregunta el bizco, hasta ahora silencioso, aunque atento observador de todo lo que hacen y dicen sus camaradas,--¿no pueden hacerle mal?

--Creo que no,--responde el rubio.

--Pus enestonces, ahora que no está ella en casa, bien podíamos saltarle el huerto.

--Eso digo yo tamién.

--Pus sáltale tú, que en too caso tienes _amenículo_[1],--propone el grandullón.

--¡Cóntrales!... no me atrivo con too y con eso.

--¡Devino Dios!--exclama al mismo tiempo el gordinflón metiendo los ojazos por el bardal,--si paece que los rucimos le están dijiendo á uno que los arranque.

--Anda, hombre, entra por un ver...

--Cóntrales, no matentéis la cubicia...--dice el rubio, á quien le bailan ya las piernas.

--¡Cudiao que aquél de allá lantrón es manífico!...

--¿Saberá ese á pez, tú?

--Tocante á eso--observa el rubio, con un pie ya en el seto,--podíamos cogerle, y dimpués pipiabas una uva, ¿eh? y dimpués escopías, dijiendo «Jesús»; y dimpués pipiabas otra uva, ¿eh? y escopías y decías «Jesús»; y dimpués pipiabas otra uva y decías «Jesús», y escopías; y si no sabían á pez las pipiabas toas dijiendo «Jesús». ¿No verdá?

Como se ve, el rubio necesitaba muy poco para decidirse á entrar en el huerto; y como lo conocían también perfectamente sus camaradas, no les fué difícil arrancarle sus últimos escrúpulos.

--Pero ¡contra!--observó todavía el travieso rapaz mirando con gran avidez á la portalada de enfrente y rascándose la cabeza á dos manos;--si me guipa mi madre, va á ser pior que si me cogiera la bruja mesma.

También este recelo supieron desvanecerle sus amigos, prometiéndole una vigilancia escrupulosa. En seguida le ayudaron á elevarse sobre el seto, y desde aquella altura, no sin santiguarse antes y besar el amuleto de ajos y azabache que llevaba al cuello, se dejó caer en el huerto.

--No me aceleréis ahora, ¿eh?--dijo desde adentro.

--No tengas cuidao.

--¿Viene anguno?

--No vien delguno. No ta-celeres por eso.

Pasaron escasos cinco minutos de anhelosa emoción para los de afuera, y al cabo de este tiempo apareció en el aire, y sobre el seto, un racimo como un lebrato, que fué á caer á los pies de los cuatro muchachos.

--¿No pipiar, eh?--dijo el de adentro.

--No pipiamos, no,--respondieron los de afuera, recogiendo uno el racimo y los otros las uvas dispersas.

Tomábanlas entre los dedos, como si quemaran, y entre escupitinas y conjuros las llevaban á los labios, probando apenas su provocativo licor.

--Pus no me sabe á pez,--se aventuró á decir uno, muy por lo bajo.

--Tampoco á mí,--añadió otro.

--No vos engoloséis mucho tovía, pusi-acaso,--advirtió el gordinflón, que no se atrevía á chupar una mala uva.

Otro racimo cayó del huerto,

--¿No pipiar, eh?--volvió á decir el de adentro.

--¡Que no pipiamos, contra!... ¡Me valga, qué hombre más esconfiao!...

Y mientras el rojillo andaba bregando en la parra con el tercer racimo y sus camaradas probando y escupiendo las uvas de los otros dos, se abrió la puerta de la casuca y apareció en el hueco una viejecita encorvada sobre un palo, con una alcuza en la mano, cubierto el tronco con una raída saya de estameña parda, y dejando asomar por la abertura superior una carilla macilenta, compuesta de una nariz y una barbilla que se juntaban sobre la boca, no permitiendo ver de ésta más que las dos extremidades, de dos agujeros en que apenas oscilaba un rayo de luz mortecina, y de una tercia escasa de arrugado pergamino para revestirlo.

La vieja volvió á trancar con una llave roñosa la insegura puerta que acababa de abrir para salir por ella, y renqueando se dirigió á la parte de la plazoleta en que estaban los chicuelos, para buscar la calleja con que lindaba por aquel extremo.

Verla los chicos, hacer la señal de la cruz, dejar los racimos en el suelo y desaparecer como una bandada de palomas á la vista del milano, fué todo uno.

Al mismo tiempo aparecía sobre el seto el rojillo con el tercer racimo entre manos. No sé si la vieja le vió; pero tan clara vió él á la vieja y tal horror se apoderó de su ánimo, que vacilando entre la idea de volverse al huerto ó de saltar á la otra parte, enredáronsele los pies entre las zarzas, perdió el equilibrio y cayó junto á los dos racimos abandonados y á los pies de la anciana, hiriéndose las narices contra un morrillo.

Detúvose sobrecogida la mujer al verle en tal estado, y tratando de incorporarle,

--Hijo mío--le dijo con cariño,--te pudiste haber matado... Y ¿todo por qué?--añadió reparando en los racimos:--por coger de prisa y corriendo unas uvas que yo te hubiera dado por la puerta si me las hubieras pedido.

--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!--gritó tres veces el rojillo al reparar á un tiempo en la presencia de la vieja y en la sangre que le brotaba de las narices.

--Vaya, ángel de Dios, que esto no vale nada,--añadía la pobre mujer con el fin de tranquilizarle y después de convencerse de que la sangre procedía de un ligero rasguño.

--¡Madre, madre mía! ¡Jesús de mis entrañas!--gritaba el chico con el mayor desconsuelo.

--¡Pero, inocente, si no es nada lo que tienes!

--¡Si no es por eso... es que... es que tengo miedo!...

Y el infeliz daba diente con diente.

--Es verdad... ya no me acordaba,--murmuró con pena la anciana.

Y requiriendo el báculo y la alcuza, continuó su camino á lentos, cortos é inseguros pasos, como los da la humana vida bajo el peso de los años y á media vara del sepulcro.

Iba á doblar el ángulo de la plazoleta para entrar en la calleja, cuando salió de la portalada una mujer desgreñada y mal ceñida de refajo, que acudía á los gritos del descalabrado muchacho. Vió la sangre que le bañaba el rostro, reparó en la vieja, y sin más averiguaciones, rugiendo como una pantera, cogió un morrillo tan grande como su cabeza y se le arrojó á la pobre mujer que, aunque le recibió de rebote y en la espalda, hubiera caído de pechos sobre las piedras á no recogerla en sus brazos el señor cura, que providencialmente iba á cruzarse con ella, siguiendo su diario y acostumbrado paseo.

El discreto sacerdote abarcó con una sola mirada todo el cuadro, y casi con lágrimas en los ojos dijo con voz conmovida, pero solemne, á la mujer que había arrojado la piedra, y sin dejar de sostener á la anciana:

--¡Teresa, eso no lo manda Dios!

Mucho contuvo á Teresa la presencia del señor cura, sin la cual Dios sabe lo que hubiera hecho; pero no tanto que la impidiera responder con ira:

--Lo que no manda Dios es que ande suelto el demonio por la tierra acabando con las familias honradas.

Y levantando del suelo al muchacho:

--Ven acá, hijo mío,--le dijo con voz cariñosa.

Pero no había llegado con él á la portalada, cuando cambiando de tono y dándole media docena en cada nalga, comenzó á gritar:

--¡Si tú has de morir como las cabras, lambión! ¿Á qué te metes en la hacienda de naide? ¿Á qué juistes á tentar la pacencia de ese mal enemigo de mujer? ¿No sabías lo que te esperaba de ella?

Estas últimas palabras se perdieron dentro de la portalada, que cerró Teresa con estrépito.

Entre tanto la pobre vieja perdía el conocimiento en brazos del señor cura, que la prodigaba las mayores atenciones; pero tan pronto como volvió en sí, se empeñó en continuar su camino, sin exhalar una queja siquiera contra el proceder de su vecina.

El señor cura, después de verla caminar algún trecho, se dirigió presuroso á la portalada y entró en el corral de Teresa.

Hallábase ésta ya en el ancho soportal de su casa lavando la cara al rojillo, y junto á los dos una joven, como de veinte años, pálida como la cera, envuelta en un refajo de bayeta amarilla y acurrucada en el suelo. Sus ojos, yertos y desanimados, parecían no fijarse en lo que delante tenían.

--¡Maldita sea ella por siempre jamás amén, que se empeñó en acabar con mi casa y ya lo va consiguiendo!--gritaba Teresa mientras restañaba la sangre de su hijo.

Y á cada exclamación de éstas se santiguaba el chicuelo, y la joven pálida bajaba la vista y escarbaba el suelo con un dedo trémulo y tan descolorido como la tierra que tocaba.

Así continuó la escena un corto rato, y ya parecía calmarse la furia de Teresa, cuando al ver que, por haberse arañado la herida, volvía á sangrar su hijo, gritó más iracunda que nunca, precisamente en el instante en que entraba el cura en el corral:

--Pero, Señor, ¿ya no hay justicia en la tierra?

--En la tierra no, Teresa--respondió el cura;--en el cielo sí, y esa es la que has de temer, porque nunca falta ni se tuerce.

--Eso es: tras de cuernos, con perdón de usté, penitencia... ¡Ay, señor cura! no es lo mesmo pedricar que ser enfeliz.

--No hay verdadera desgracia, Teresa, cuando se llevan todas con resignación... ¿Tú sabes lo que acabas de hacer?...

--Sí, señor; y también lo que no hice, porque algún ángel le puso á usté delante.

--Tú lo has dicho, Teresa: algún ángel protegió á esa pobre anciana; luego tú no obrabas bien cuando la...

--Lo que yo sé, don Prefeuto, es que estoy acabándome, y que está feneciendo toa mi casta por los malos amaños de esa endina.

--Calla, calla, y no difames á quien ni siquiera conoces.

--¡Que no conozco yo á la _Miruella_, señor cura!

--No, yo te lo aseguro.

--¿No ve usté á esta enfeliz de hija que tengo aquí, con un pie en la sepoltura? ¿No ve usté á esta criatura de Dios medio atontecía de un golpe que le vino sin saber por ónde ni por ónde no?... ¿No sabe usté que mi marido, el hombre más de bien de too el mundo, y el labrador más atropao, es hoy un borracho que se va bebiendo el pan de sus hijos?... ¿No sabe usté que una cabaña de reses que yo tenía?...

--Óyeme, Teresa... Pero antes, tú, Juana, y tú, Andrés, entrad en casa un momento, que vamos á tratar nosotros un punto muy importante.

Los dos aludidos hijos de Teresa obedecieron dócilmente; y con trabajo la joven y lloriqueando Andrés, se metieron en casa, cerrando la puerta en seguida.

Solos en el portal el señor cura y Teresa, tomó asiento el primero en el poyo y comenzó así su diálogo con la segunda:

--Ya que eres la única persona razonable de tu casa, aunque no el jefe por la ley, contigo debo entenderme en el importante asunto que aquí me trae ahora, porque tu marido... ¿En dónde está tu marido, Teresa?

--En la taberna, señor.

--Como siempre... Conque, vamos á cuentas, y á cuentas claras. ¿En qué te fundas tú para creer que esa pobre mujer es capaz de ocasionarte todas las desdichas de que te quejas?

--En que es bruja... ¡bruja! Créalo usté por...

--Corriente. Y ¿qué pruebas tienes de que es bruja?

--¡Otra sí qué! Too el pueblo lo sabe, señor, como usté mismo.

--Poco á poco: yo no solamente no lo sé, sino que niego que lo sea; y en cuanto al pueblo, puede equivocarse como tú. Lo que yo quiero saber son los motivos particulares que tú tienes para tratar á esa mujer como la has tratado hace poco.

--¡María Santísima!... Si yo fuera á retaporcionarle á usté toos los itimenejes que esa endina trae contra mí... ¡Me valga el devino misterio!

--Pues mira, Teresa: para mí es hasta un deber de conciencia arrancarte esas preocupaciones funestas: conque así, no me ocultes ni una sola de tus razones.

--Espenzando por lo más gordo, dígame, señor don Prefeuto, ¿qué tiene la mi Juana que se me va consomiendo como un sospiro?

--Una enfermedad como otra cualquiera.

--Y estonces, ¿por qué en cuanto se le alcuerda la Miruella le entra un temblío que se pone á morir, y un lloriqueo que se va en glárimas?

--Mera casualidad; y cosa muy natural si te empeñas tú en hacerla creer que esa mujer es la causa de todos sus males.

--Y si eso juera, ¿por qué el otro día, hablando la Miruella de la mi hija con la mi sobrina Anestasia, la decía: «se empeñan en sanar á Juana curándola de la _palotilla_, y no es esa la melecina que la conviene». Es decir, señor don Prefeuto, que la Miruella sabe la enfermedá de Juana, y conoce la melecina y tiene sastifación en verla morir, porque ni quiere descobrir la enfermedá, ni decir «éste es el remedio».

--Lo que eso quiere decir, Teresa, es que tía Bernarda tiene más sentido que tú, y conoce que es una barbaridad descoyuntar los huesos á las jóvenes porque están pálidas y macilentas, y ve claro que así no pueden sanar.

--Segundamente, y perdone, Juana era una moza rebusta como un castaño siete meses hace, como usté se alcordará, hasta el istante mesmo de dir una tarde al molino, porque así lo quiso, que en verdá no hacía mucha falta aquel día, porque harina teníamos tovía pa una semana. Pos señor, diéndose al molino, estuvimos en casa siete días y medio espera que espera, y mi Juana no golvía. Al cabo del tiempo voy yo mesma á preguntar por ella, y díceme el molinero que por allí no se ha visto á Juana. Güélvome desaflegía como una Magalena á casa, y me la encuentro aquí mesmo gimoteando y tapujá con la saya. Dígola que ónde ha andao metía, y respóndeme que en el molino ha estao, y que se güelve sin moler porque la presa está seca... Alviértole, don Prefeuto, que yo mesma ví el molino _arreguñao_[2], motivao á lo mucho que había llovido. Á too esto, le faltaba el saco de maíz, y no sabía decirme ónde le había dejao, ni saberlo pude nunca. Con éstas y otras, pregunto de acá y de allá, y alquiero que á la muchacha la vieron salir aquella mañana mesma de casa de la Miruella. Añada usté á too esto, y perdone, que dende aquel día Juana no ha limpiao la ruinera, y dígame si no es la cosa pa que yo reniegue de esa bruja y crea como los Avangelios que el enemigo malo le anda en el cuerpo, y que me destravió y atonteció á la hija al dir al molino pa acabar dimpués con ella.

Pensativo dejó por unos instantes este relato al bondadoso don Perfecto; pero como no era por las hechicerías de tía Bernarda, en las cuales empezase á creer, ni mucho menos, disimuló discretamente su curiosidad y se limitó á responder á Teresa:

--Todo eso no prueba sino que el día en que tu hija se puso mala entró en casa de la Miruella, suponiendo que esa noticia sea cierta.

--¿Y la vaca que se murió de solengua por tocarla con el palo esa mujer, cuando la alcontró en la calleja?

--Esa mujer tocó con el palo á tu vaca para que no la atropellara en la calleja, precisamente el día mismo en que tu vaca, por causas que no conocemos, se puso enferma y se murió.

--Y por qué cuando habla de las borracheras del mi hombre dice que yo me he de ver sin manta que echar en la cama, porque me la ha de sacar la josticia si el diablo no la lleva antes, y too se va compliendo, porque yo he visto salir de mi casa, hoy pa el tabernero y mañana pa la contrebución, hasta la caldera de la cocina, dempués de haber consomío el ropal de sabanas que yo tenía hilás y cosías por estas manos, á más de haber tenío que vender en dos años toa la propiedá terrentorial? ¿No ha estao dos veces la josticia esta semana á sacarme prenda porque no se pagó una contrebución nueva, motivao á no tener un mal ochavo en mi casa, ni de ónde sacarle? ¿Y no es too esto una maldición de esa bruja, que me va caendo encima?

--¿Crees tú que yo soy brujo?

--¡Jesús, señor cura!...

--Pues mira, yo te he pronosticado las mismas desgracias que tía Bernarda; y cualquiera que desee tu bien y tenga dos dedos de frente te hará el mismo pronóstico, porque no puede dar otro resultado la conducta de tu marido.

--Sí, sí; lo que es para usté too tiene güena explicativa... ¿Y el golpe que acaba de llevar el mi Andrés por haberle visto la bruja salir de su güerto?

--Si haciendo lo que manda Dios y la buena educación, no se hubiera metido Andrés en el cercado ajeno, no se habría descalabrado al salir de él con el fruto robado.

--Y estos mordiscos (Teresa se descubrió un brazo lleno de cardenales), ¿de quién son sino de esa condená de bruja mientres que yo duermo?

--Esos que tú llamas mordiscos, son cardenales, Teresa, hijos legítimos de la paliza que te pegó tu marido anteayer.

--Y aunque too eso fuera verdá, ¿me negará usté que el domingo se le olvidó á usté cerrar el misal al acabar la misa?

--Efectivamente me sucedió eso; pero, ¿y qué?

--Que motivao á ello la bruja se quedó clavá de rodillas en la iglesia, y que no hubiera salió de allí si á la mego-día no va el campanero á tocar, y ve asina el misal y le cierra.

--Y ¿qué tiene que ver el misal abierto con toda esa monserga?

--¡Esta sí qué! ¿Pus usté no sabe que las brujas cuando entran á misa no pueden salir de la iglesia si se queda el misal abierto?

El bendito sacerdote no pudo contener la risa al oir semejante desatino, y eso que no ignoraba que era versión aceptada en la Montaña como artículo de fe.

--En el presente caso--dijo formalizándose otra vez don Perfecto,--el acto de quedarse tía Bernarda en la iglesia cuando sus convecinos salen de ella, no significa sino que se queda á rezar mientras vosotros vais acaso á murmurar y á maldecir de ella; y si tú frecuentaras la iglesia tanto como esa _bruja_, la verías, como la he visto yo, permanecer allí muy á menudo las horas enteras sin que á mí se me haya olvidado cerrar el misal... Y ahora te digo que es ofender á Dios creer supercherías semejantes, y mucho más con relación á determinadas personas.

--Tamién la han visto encultar debajo del llar de la cocina el puchero del unto que se da pa dir á Cerneula...

--Lo que le habrán visto, sin duda alguna, ocultar, son hasta los mendrugos de borona que recoge de limosna, para que no se los roben los que, á título de bruja, se creen con derecho á atropellarle todos los días el pobre hogar...

Aquí llegaba el diálogo cuando se abrió con estrépito la portalada y cayó de hocicos en el corral un hombre.

--¡El Señor me dé pacencia!--exclamó Teresa juntando las manos al reconocer á su marido.

El primer impuso de don Perfecto fué correr á levantar al caído; pero éste no tuvo necesidad de su auxilio, porque, apenas besó el suelo, volvió á incorporarse, aunque no sin perder más de dos veces el equilibrio. Puesto ya de pie, con las greñas encima de los ojos, tirado el sombrero sobre el cogote, negros los labios, mal sujetos á la cintura los pantalones, medio vestida la chaqueta, los brazos al desgaire y desgarrada y tinta de vino la pechera de la camisa, comenzó á mirar en derredor de sí con esa vaguedad de vista propia de los borrachos.

El señor cura y Teresa le observaban en silencio.

--Sssufffrrrsss... sschsis--masculló el beodo fijándose más obstinadamente en don Perfecto.--¿Un carranclán en mi casa? Hombre, hombre, ¿qué me cuenta usté?... Conque en mi casa... ¡Ssssangrrrre va á corrrrrer aquí!...

Y se acercó más al portal.

--Dios te ilumine, Gorio,--le dijo con suavidad el señor cura.

El borracho se fijó entonces con más empeño en don Perfecto; se restregó los ojos en seguida, y derribando perezosamente de un revés el oscilante sombrero de la coronilla,

--Perdone usté, señor dd...ddiácono--tartamudeó;--creí que eras... ¡Me valga Dios, qué juriacán sopla de esta banda!...

--Pero, hombre, ¡si está una tarde magnífica!

--¿Mosolina dice usté, señor a...cólito? Mosolina no... La cogí con... ¡brrrrrumbssh!... con rioja... Un hombre como yo no gasta menos... Oye, Teresona, tarascona, dame... ¡aachhhis! dame... los...

--¿Qué es lo que quieres, hombre de Dios?--respondió Teresa casi llorando.

--Quiero las... ¡Menuda paliza te vas á chumpar esta tarde! Cuando te digo que te vas á relamber de gusto... Misté, don prisbítero, cuando yo echo la mano por salva la parte á Teresona, y le aministro un par de morrás á mi gusto, vamos, no me cambio por...

--Pues eso es muy mal hecho, Gorio, y de ello tienes que dar cuenta á Dios.

--¿Á Dios?... ¿á Dios... padre... sssuddiácono? Verá usté quién es Dios ahora mesmo. «¿Quién es Dios, niño?--Respondo: la cosa más... más...». ¡Por vida de!... Y ahora que me alcuerdo, ¿qué haces tú en mi casa con ese camisolín de seda y ese futifraque?... ¿Te debo yo algo?... Vamos á ver, ¿te debo yo algo?

--Nada me debes, Gorio.

--Sin andróminas, hombre, ni pitismiquis, ¿te debo algo?... Porque si te debo algo, yo soy muy auto para pagarlo ahora mesmo... Conque pide por ese piquito, hermoso.

Al decir esto Gorio, metió su diestra en el bolsillo del chaleco, y sacó, entre puntas de cigarro, papelillos arrugados y pedazos de hojas de maíz, hasta dos reales y medio en piezas de cobre.

--Miá tú--dijo á Teresa,--si yo soy hacendoso y atropao... como no tenía ya para beber esta semana, he vendío hoy al jándalo del Regatón la novilla que nos queda, y me ha dao de señal och... ochhh... ochhh...o riales.

--¡Jesús me ampare!--exclamó Teresa llorando al oir esto.--¿Lo oye usté, don Prefeuto? ¡Lo único que nos quedaba!

--Eso no, devinidá de mis entrañas--repuso el borracho con una horrible mueca que quería hacer pasar por sonrisa.--¿Y este cuerpecito, salero? ¿No te queda para tu sussstento y alegría?... Y si hay algún guapo que lo niegue, que salga al frente... náaa, vamos, que salga... ¿Lo niega usted, padre... prifacio?... ¡Calla! ¿si vendrán á negarlo esos dos sandifesios?

Al decir esto, señalaba Gorio á dos hombres que acababan de entrar en el corral.--Teresa palideció al verlos.--El señor cura levantó sus ojos al cielo murmurando apenas:

--¡Desdichada familia!

--¡Toma!--dijo el borracho,--si es el _sacamantas_.

Con este nombre se conoce en muchos pueblos rurales de la Montaña al alguacil del concejo, y nunca mejor que en este caso mereció el mote. Casualmente traía al hombro una de dormir y un caldero en cada mano. El hombre que le acompañaba era el alcalde pedáneo: llevaba colgado de un ojal de la chaqueta un tintero de cuerno y una tira de papel en la mano.