Part 5
Y pasábanse los días, y Paula no se saciaba de bizcochos y agua con azucarillo, y bajaba el color de su cara, y enflaquecía su cuerpo y se abatía su ánimo; engordaba el morrillo de Blas, y subía el color rojo de sus narices, ojos y mejillas; crecía su afición al blanco y á las siestas sobre los colchones, enronquecíasele la voz y se iba haciendo su paso más lento y más inseguro. Llegó el caso de no cruzarse en todo un día una sola palabra entre ambos esposos, que apenas salían el uno de la solana y el otro de la alcoba, en los cuales sitios se entregaban, con la fiebre de la pasión, á sus respectivas devociones.
Dejaron de visitarlos el cura y don Canuto, porque al entrar en la casona no hallaban con quién hablar; continuaron en el pueblo criticándolos y calumniándolos unos, compadeciéndolos otros y conviniendo el resto en que la herencia del indiano había sido para los herederos como una maldición de Dios, lo cual era la pura verdad.
Y aquí tiene el lector explicada la causa de la situación física y moral en que hemos visto á nuestros personajes al comenzar este capítulo.
El médico del partido se propuso algunas veces poner en cura á la pobre Paula, que indudablemente caminaba á un fin desastroso; pero siempre tuvo que desistir de su noble plan, porque para llevarle á cabo era preciso empezar por proscribir de la casona los bizcochos y los azucarillos, y Paula no creía, aunque se lo jurase la ciencia de curar, que el dulce hiciere mal á ningún cuerpo humano.
Blas opinaba lo mismo respecto del vino blanco, y ambos atajaban los razonamientos del médico que quería ponerlos en cura, con el siguiente argumento que no dejaba de ser lógico, á la cerril usanza:
--¿No dice usté que un poco de dulce y un poco de vino hacen provecho, no digo á un sano, sino á un enfermo? Según esto, mucho vino y mucho dulce deben hacerle mucho más.
Y de aquí no salían estos majaderos, ni á palos.
Con muchísima frecuencia recordaba Blas aquellos felices días pasados entre las faenas agrícolas de sus tiempos de pobre, y hasta el alma le retozaba de placer cuando se imaginaba que tenía una pareja de cuarenta doblones, con anchas colleras de campanillas, y una carreta ligera y bien claveteada, con _pértiga_, de armadura vizcaína; que él iba con la aguijada al hombro por el camino real al lado de sus bueyes, echando un cantar al son de las campanillas; que tenía además una cabaña de vacas gordas y relucientes, y un cierro de doscientos carros de tierra con pared de cal y canto, y que iba al corro los domingos con un puñado de siemprevivas en el sombrero, al lado de Paula, que relinchaba de contenta.
Pero el muy zopenco, en lugar de agarrarse á tan sencillo y placentero goce, que estaba á dos deditos de su mano, apresurábase á darle al olvido como una mala tentación, empeñado en que, ya que era rico, debía vivir «como un señor».
Y para remachar más y más el clavo de su majadería, dábase al blanco con mayor empeño, y engordaba, es decir, se abotargaba más y más cada día; tanto, que entorpecidas sus fuerzas y debilitada en extremo su cabeza, y no atreviéndose á trepar por la escalera de su cama, se había visto precisado á ir quitándola colchones para hacer menos expuesta la subida.
Tres tenía solamente cuando Paula, que ya no pensaba porque estaba hecha un madero seco, le llamó un día desde la solana, donde estaba encogida como un ovillo y bebe que te bebe agua dulce.
Acercósele Blas con mucho trabajo y con gran sorpresa, porque su mujer hacía dos meses no pronunciaba otra palabra que «agua».
--¿Qué quieres?--le dijo cuando se halló á su lado. Paula, sin levantar la vista del suelo y manoteando al aire, contestó con voz débil y cavernosa:
--Quítame estos azucarillos que están cayendo alreguedor de mí.
Blas se hacía todo ojos, y así veía azucarillos como mamelucos.
--¡Uf!--exclamó Paula;--agora me ha caído en la cabeza uno que pesa media arroba... Y también tengo un bizcocho atravesao en el pasa-pan...
Blas se restregaba los ojos para ver más claro; pero ni por esas.
Paula continuó:
--Mira hacia el corral: too está lleno de azucarillos que caen de las nubes como si granizara... ¡Uy! otro me ha caído en metá en metá del testú: mira á ver si sangro... Y ahora se me ensancha el bizcocho del pasa-pan, y caa vez más... ¡Ayyy!!...
Y Paula, al decir esto, encandiló los ojos, estiró una pata, y luego la otra, y fué á digerir el bizcocho al otro mundo.
EPÍLOGO
La última vez que yo ví á Blas estaba tumbado en la cama, que no tenía ya más que dos colchones.
Las manchas rojas de su cara se habían vuelto cárdenas, y tenía la nariz lo mismo que un tomate podrido. Apenas abría los ojos y no podía mover las piernas, que eran dos postes por lo abultadas.
Costóle mucho trabajo reconocerme, y á las palabras que le dirigí lamentándome de su estado, me replicó, con voz ronca y pausada, estas otras:
--Yo me tengo la culpa de too lo que me pasa. Quise echámela de señor, sólo porque tenía rentas, y no hice caso de lo que tantas veces le oí al señor cura hablando del alcalde, que fachendeaba mucho:--_Para ser buen arriero, hay que ser hijo de rocín._--Yo tengo mucho dinero; pero por no saber gastarlo he reventao con ello... y que no vale mentir. Paula se murió atracá de azúcara, y yo me voy á morir hinchao de vino blanco... ¡Permita Dios que á ningún probe le caiga encima de repente, como á mí, una herencia tan grande como la de mi tío!
En su vida había estado Blas tan cuerdo como lo estuvo al proferir esta jaculatoria.
Tengo para mí que si los herederos del indiano hubieran hecho lo que pensaba hacer el labrador de Castilla en el caso de que le tocara la lotería, es decir, aprovechar la herencia para ir á caballo á labrar la tierra, hubieran sido muy felices.
¡Era más cuerdo de lo que parecía á primera vista el rancio castellano!
Recomiendo su consejo á los que, siendo felices en la pobreza, reciban una visita de la caprichosa fortuna; en la inteligencia de que es más difícil que adquirir grandes riquezas, el saber gastarlas.
[Ilustración]
[Ilustración]
EL BUEN PAÑO EN EL ARCA SE VENDE
Tengo el gusto de presentar á ustedes á la señora doña Calixta Vendaval y Chumacera, de Guerrilla y Somatén, mujer de cincuenta eneros cumpliditos, enjuta de carnes, pálida de cutis, sutil y hasta punzante de mirada, y bajita de estatura.
Dice á cuantos se lo preguntan, y á muchos más, que su marido es coronel retirado del ejército de la Isla de Cuba, en donde ganó el grado rechazando la invasión del filibustero López; pero yo sé de buena tinta que el señor Guerrilla y Somatén no pasó jamás de teniente con grado de capitán, carrera, en mi concepto, brillante para un hombre que, como el marido de doña Calixta, procede de la clase de tropa y es además muy bruto y muy feo. Pero doña Calixta no es de esta opinión; y lejos de ello, es capaz de arañarse con cualquiera que se atreva á poner en duda que su marido es un hermoso y bizarro militar que tiene tres galones como tres luceros. Sírvales á ustedes de gobierno esta circunstancia, especialmente en este instante en que van á ser presentados por mí á la familia de aquella señora.
Tres hijas y un hijo tiene doña Calixta. La mayor de las primeras pasó ya de los treinta abriles, aunque ella, como es de rigor, lo niega á pie juntillo: es rubia, bastante flaca y sobradamente marchita; se llama Pilar y hace doce años está _en relaciones_ con un teniente de infantería que desde que era alférez espera el empleo de capitán para casarse con ella.--La segunda, Trinidad, _Trini_ llamada, por apócope, entre sus amigas y su familia, es trigueña, también enjuta, y frisa en los veintisiete. Ésta muda de adoradores con más frecuencia que su hermana: en cinco años ha recorrido casi todas las clases de servidores del Estado: últimamente ama desesperadamente á un auxiliar de aduanas que, por no alcanzarle el mezquino sueldo para cubrir las exigencias de su pasión, negocia más empréstitos que el Gobierno y tiene más ingleses que Gibraltar.--La tercera se llama Leonor: es más bonita y más fresca que sus hermanas, de quienes ha conseguido hacerse llamar _Leonora_. Delira por _Il Trovattore_... y por un escribiente sin sueldo, sólo porque lleva por nombre Manrique.--El cuarto vástago de doña Calixta es un gaznápiro de doce años, destrozón, sucio y díscolo: hace seis que va á la escuela, y todavía no sabe leer; pero es capaz de beberse, sin resollar, dos copas de ron, si se las pagan, y se fuma cuantas colillas encuentra en la calle: se le educa para militar, y es mucho más bruto y más feo que su padre; se llama Augusto, y jamás se ha visto un nombre peor colocado.
Doña Calixta tiene algunas posesiones en la Montaña, heredadas de un su tío, cura párroco que fué de un pueblecito de Trasmiera, y bajo cuyo amparo estaba dicha señora cuando se casó con Guerrilla, que era entonces sargento con grado de oficial. Con lo que estas haciendas producen, que es bien poco, y el retiro de Guerrilla, vive en Santander la familia de doña Calixta, feliz y satisfecha... si hemos de juzgar por lo que se ve.
Ni la sediciente coronela ni sus hijos han salido jamás de la capital de la Montaña, no sé si por apego de la primera á la _tierruca_, ó por razones de economía: lo cierto es que Guerrilla, con quien parece haberse complacido el Gobierno, haciéndole correr toda la Península y provincias ultramarinas, no ha llevado consigo en sus largas peregrinaciones más familia que el asistente y la Ordenanza, ni ha gustado los placeres del hogar doméstico, en cuarenta años de carrera, más que durante cinco meses, tiempo de otras tantas licencias temporales que pudo obtener. De aquí que las hijas de este buen señor sean conocidas siempre en los círculos santanderienses por _las de doña Calixta_, y jamás por _las de Guerrilla_. Y me alegro de haber hablado de este asunto, porque no faltan lenguas que aseguren que el no citarse nunca con el nombre de Guerrilla á su familia, consiste en que ésta se preocupa muy poco del pobre retirado, y hasta que es ella también la causa de que el teniente con grado de capitán se pase los once meses del año en las haciendas de su mujer entregado al cultivo del repollo y de algunos frutales, y al cobro de las rentas que producen unos cuantos prados de regadío y dos casitas de labranza.
Estas mismas lenguas, que pertenecen á ese grupo heterogéneo y multiforme que se llama público, son las que más consumen la paciencia de doña Calixta, que no es sorda, con ciertas voces que hacen correr, interpretando maliciosamente hasta los actos más triviales de la familia de la coronela. Hay que convenir en que con ciertas «gentes» no hay tranquilidad posible. Estas «gentes» son las que en todo pueblo, grande ó pequeño, pero especialmente en los que son _ilustradas medianías_, entre corte y cortijo, llevan á cada vecino una cuenta corriente, en la cual aparecen consignados los más insignificantes gastos al frente de los más mezquinos ingresos; y, como si ellas lo pagaran, alcanzan el cielo con las manos en cuanto exceden en un céntimo los primeros á los segundos. Pues bien: estas gentes son las que más muerden á todas horas á _las de doña Calixta_, porque á pesar de sus cortísimos recursos habitan una gran casa, dan reuniones de vez en cuando, visten siempre á la moda, frecuentan bailes y espectáculos, y se pasan todo el santo día de Dios visitando tiendas y recorriendo calles. ¡El diablo son estas «gentes!»
Un deber de amistad me obliga á tomar cartas en este juego, si no para vindicar completamente ante el público á la familia del buen Guerrilla, para dejar, al menos, las cosas en su verdadero terreno.--Vamos por partes.
Cobra doña Calixta por rentas de sus haciendas y retiro de Guerrilla, diez mil reales, pico más ó menos.
Esto lo saben «las gentes» tan bien como ella, y, en su consecuencia, se escandalizan de que no viva en una casa _retiradita_ para que sea barata. Y aquí me cumple á mí decir que la gente apunta bien, pero no da.
Es verdad que la casa que habitan las de doña Calixta está en una de las calles principales, y ostenta gran balconaje y ancho y lustroso portal; mas lo que no saben «las gentes» es que la tal habitación sólo consta de una salita con dos alcobas, de otra obscura en el _carrejo_ y de un reducidísimo comedor junto á una exigua cocina con sus aún más exiguas dependencias: total, que el cuarto que habitan las de doña Calixta no tiene más que fachada, razón por la que sólo les cuesta cinco realitos diarios. También es cierto que por este mismo precio se podía hallar en las calles excéntricas de la población una casa mucho más desahogada y cómoda y saludable; pero las de doña Calixta prefieren la que habitan por cuestión de lustre, que al cabo es un gusto tan respetable como el que más.
Y continúan «las gentes:»--«El lujo y los moños que gasta esa familia, planchado, fregado y servidumbre que esto exige, requieren gastos que no pueden cubrirse con lo que resta de los diez mil reales después de satisfechas las atenciones indispensables de una casa...».
Otra exageración que vamos á demostrar.--Consideren ustedes que en casa de doña Calixta no hay siquiera una mala criada, pues allí se arreglan todos con la aguadora, para lo más esencial, merced á un cortísimo sobresueldo que se le da. Ella hace la compra diaria de plaza, enciende el hogar, pone al fuego el sencillísimo puchero, friega por la tarde la vasija y hace los recados. El resto queda á cargo de doña Calixta y sus hijas; y el resto se reduce simplemente á que se dé la primera una vuelta por la cocina, al sonar la una, para sazonar el puchero y hacer la sopa, poner en seguida la mesa y servir de un solo viaje toda la comida, compuesta de sota, caballo y rey, como decían los estudiantes de tricornio y cuchara de palo; y al avío de la casa, que es de cuenta de las chicas. Esta operación se despacha en un cuarto de hora. Ya he dicho que en la tal casa no hay más que tres alcobas; debo añadir ahora que en éstas sólo hay dos camas: en la una duermen las tres chicas, y en la otra doña Calixta y Augusto. Por lo que hace á Guerrilla, las pocas noches del año que pasa con su familia se arregla como puede en un catre de tijera que se habilita en el cuarto obscuro. De manera que se reduce el avío á mullir dos camas, barrer los suelos y quitar los polvos. La ropa blanca da poquísimo que hacer, pues no hay más que la que está en uso y otro tanto que se llevó la lavandera. En cuanto al planchado de las enaguas, ocurre una vez cada semana y le hacen las chicas, que no quieren privarse ni de sus paseos ni de sus otros placeres cuotidianos, á las altas horas de la noche del sábado.--¿Qué despilfarro... de dinero encontrará en todo esto el más roñoso fiscal?--Pues pasemos ahora al ramo de vestidos y moños.
El menos avezado á examinar los caracteres del lujo, podrá notar, si se fija un poco en los trajes que usan generalmente las de doña Calixta, que éstos son de género marchito y de color enfermizo; que les falta esa tersura fresca y rechispeante que distingue los de las verdaderas elegantes, cualidad que es la voz, digámoslo así, que va pregonando por calles y paseos:--«Estos trapos nuevecitos acaban de salir del taller de la modista, y están cortados y sazonados con arreglo á los preceptos más severos de la última moda».
Las hijas de Guerrilla, sépanlo ustedes, dan treinta vueltas á sus trajes y prendidos: ora les ponen lo de abajo arriba, ora lo de arriba abajo, ora atrás lo de delante, ora lo de dentro afuera; para las cuales operaciones tienen una costurera baratita, que posee además la gracia de darlas exacta noticia de lo poquísimo que ellas ignoran en cuanto á crónica local: verbigracia, matrimonios en ciernes, idem en crisis; «jóvenes» recién llegados á la población, con qué figura, empleo y sueldo; si dejan novia en el punto de su procedencia, etc., etc.; si se proyecta algún baile; si se fueron ó no los forasteros que pasaron por su calle más de tres veces el día anterior; dónde se han hecho y cuánto valen los vestidos que llevaron al paseo el domingo último las de X ó las de Z; si se pagaron ó si se deben, etc., etc... Tal es el misterio que envuelve el lujo de las de doña Calixta; misterio que deben tener en cuenta las gentes que se escandalizan de verlas, lo menos una vez cada día, revolviendo géneros en las tiendas de modas. Harto se deja comprender, después de lo dicho, que si bien son la desesperación de los horteras, por lo que les hacen plegar y desplegar, en cambio, de higos á brevas compran algo; de lo cual, sin que yo se lo demostrara, debían estar convencidas «las gentes», si se tomaran la molestia de observar cómo estas chicas se despiden en los establecimientos que frecuentan:--«Conque dice usted que el último precio de este corte es tal, y el de este otro cuál, y que nos dará en tanto las mangas y en cuánto los pañuelos... Corriente. Pues en consultándolo con mamá nos decidiremos y le pasaremos á usted el recado por la muchacha». Así se despiden generalmente las de doña Calixta en las tiendas de modas; y sabido es en toda tierra de cristianos lo que semejante despedida quiere decir.
Que doña Calixta da reuniones: convenido; pero vamos á ver cómo las da. Invita una vez cada semana, durante el invierno, á todos sus _conocimientos íntimos_, que están reducidos á tres ó cuatro familias de la índole de la suya, y á una porción de empleados de cortísimo sueldo, jóvenes imberbes los más de ellos, que hacen alguno que otro soneto por Semana Santa ó alguna décima por Pascua de Navidad. Como la sala es pequeñísima, fuera ocioso convidar á más personas. Las que en ella se reúnen la llenan de bote en bote. Empieza la «soaré» á las ocho de la noche, y son los primeros que á ella asisten los dos futuros yernos de doña Calixta; y digo los dos, porque el teniente muy rara vez se halla en la ciudad. Excuso decir que en la «soaré» se baila mucho; pero como en la casa no hay piano ni siquiera una mala guitarra, se ha convenido en que los mismos que bailan tarareen el aire, en el cual ejercicio se ha captado el joven Manrique la honrosa calificación de «ruiseñor». Por eso es muy frecuente oir entre la confusión de estos bailes éstas ó parecidas exclamaciones: «No apriete usted mucho, no me haga usted reir, no me distraiga usted, porque voy á desafinar».
La sala está alumbrada por un quinqué que consume un cuarterón de aceite, y en el comedor arde una bujía de estearina; junto á la bujía hay una bandeja, y en la bandeja un paquete de azucarillos y media docena de vasos llenos de agua. Á esto se reduce todo el gasto que hace doña Calixta en cada reunión que da á sus conocimientos.
Y ya que de estas reuniones se trata, creo que estoy en el deber de citar el rasgo que más las distingue. Éste consiste en alguna barbaridad de Augusto. Augusto, cuando ha pasado el día _corriéndola_ fuera de la ciudad, vuelve á casa rendido y jadeante, y se acuesta al anochecer. Cuando esto sucede en noche de reunión, es segurísimo que al darse la primera vuelta en la cama, á eso de las nueve y media ó las diez, es decir, cuando la tertulia está más en punto de caramelo, arma el gran escándalo, comenzando á gritar de improviso desde el fondo de la alcoba, junto á la cual se entretienen tal vez algunas parejas en dulces y sentidos conceptos amorosos.
--¡Ayyyrrr...re san Bruno!!... ¡Mamá!!
Doña Calixta palidece y entra corriendo en la alcoba, cerrando apresuradamente la puerta.
--¡Calla, condenado!--dice muy bajito, pero con mucha rabia, al energúmeno.--¿Qué mil diablos te pasa?
--¡Que me comen vivo!--responde Augusto, gritando mucho más alto.
--Pero ¿quién te come, alma de Lucifer?
--¡Las pulgas!... ¡¡las chinches!!...
--¡Hijo de los demonios!--exclama doña Calixta, tapando la boca á Augusto, que cada vez grita más;--¿no ves que está la sala llena de gente?
--Que se vaya al infierno esa gente; yo no tengo nada que ver con ellas... ¡Hambrones, que vienen aquí á llenar la tripa de azucarillos!...
Doña Calixta, en el colmo de la ansiedad, pone una almohada sobre la boca de su hijo y le sacude un par de puñetazos. Pero el gaznápiro se desprende con rabia de la blanda mordaza, y grita más recio:
--¡Esto no es cama!... ¡Esto es un bardal! ¡y la culpa de ello la tienen esas pingolondangas de mis hermanas, que son capaces de vender las sábanas por un moño!
La coronela, no sabiendo ya cómo tapar el resuello á aquel ganso, le echa encima toda la ropa del colgador y hasta las sillas, y se vuelve á la sala; pero su hijo, derribando al suelo de un respingo todos los trastos que le sofocaban, coge una bota, tira con ella á su madre y la pega en el occipucio, en el instante en que esta atribulada mujer abría la puerta de la alcoba. Doña Calixta aparece en la sala haciendo que se ríe con las _bromas_ de su hijo; pero la tertulia se ha comido la partida, á pesar de los esfuerzos que han hecho para desorientarla las chicas de la casa durante la refriega, y no acepta de todo corazón la sonrisa de la mamá.
Si Augusto no está en la cama cuando hay reunión, todavía son más temibles sus inconveniencias. Á lo mejor se presenta descalzo, ó en camisa, en medio de la sala, pidiendo, por ejemplo, el cordel de su trompa, empeñándose en que alguna de sus hermanas se le ha cogido para amarrarse las enaguas; trata á sus tertulianos á la baqueta; les dice que se larguen á la calle porque quiere cenar; les cuenta que la cena no tiene arte ni substancia, y que sus hermanas no piensan más que en emperejilarse, y que no tienen más camisa que la puesta y otra, y que á veces andan á la greña porque se disputan el único refajo decente que hay en casa, y que rabian por casarse, y que por algo su papá no quiere parar en casa... ¡qué sé yo! porque aquel bárbaro, en cuanto se enfada, no tiene atadero y cuenta lo que sabe y hasta lo que presume. Los tertulianos de doña Calixta, con estas escenas que tienen lugar infaliblemente en todas las reuniones que da la coronela, sudan la gota gorda de pura vergüenza... pero siguen asistiendo á ellas á pesar de todo.
Y demostrado ya que estas reuniones, si bien originales, no son caras, pasemos al asunto de los espectáculos.
Al decir «las gentes» que las chicas de Guerrilla asisten á _todos_ los de pago, las calumnian. Yo sé que los frecuentan poquísimo, y esto con su cuenta y razón. Por ejemplo: sabe doña Calixta que una familia muy conocida suya se dispone á ir al teatro; pues pasa un recado á la señora, concebido en estas palabras, que la aguadora que le lleva va repitiendo por el camino:
«De parte de doña Calixta, que tome usted otra luneta para la señorita Pilar, que ella le abonará á usted el importe mañana, y que cuando ustedes vayan al teatro, que se pasen por su casa para acompañarla».
La luneta se compra, y la hija de doña Calixta va á ocuparla. Pero ¿con qué cara le pide á la coronela al día siguiente la familia _pagana_ un par de pesetas, á pesar de las _instancias_ de aquélla?
--Me quita usted la libertad, con este _desaire_, para incomodarlas otra vez,--dice, como si realmente estuviera ofendida doña Calixta.
Y con esta moneda paga de ordinario el teatro á sus hijas: razón por la que siempre las verán ustedes en los espectáculos de pago dispersas y agregadas á otras familias; jamás reunidas y en un solo grupo con su mamá.