Tipos y paisajes

Part 4

Chapter 44,114 wordsPublic domain

--Hame dicho el señor don Blas que asciende la herencia de ustedes á la respetabilísima cantidad de treinta mil duros. Apúntolos, pues. Para reducirlos á reales, los multiplico por veinte, ó, lo que es lo mismo, por dos, añadiendo luego un cero á la derecha del producto que esta multiplicación nos arroje. Tenemos, pues, que los treinta mil duros son lo mismo que seiscientos mil reales.

--¡Echa reales!--dijo Blas sobándose las manos.

--¡María Santísima!--exclamó Paula mordiéndose los puños.

--También me ha dicho don Blas--continuó don Canuto,--que esa suma está invertida en América, según reza el testamento, en fincas y empresas á cargo de un apoderado del testador, que cuidará en lo sucesivo de remitir á ustedes los productos de dicho capital, ó el capital mismo si ustedes lo desean. ¿No es esto lo que usted me ha dicho, señor don Blas?

--Hombre, precisamente eso mesmo, no; pero eso es lo que he querío decir.

--Tanto monta.

--Pero señor don Canuto--exclamó Paula con impaciencia,--lo que nusotros queremos saber es cuánto nos corresponde caa día al respetive de esa barbaridá de dinero.

--Á eso vamos, señora mía. Suponiendo que el capital produzca un seis por ciento, rédito que me parece muy conforme con la ley de Dios, ganará en todo un año... ¿Por qué método quieren ustedes que hagamos este cálculo? Tenemos dos: uno que consiste en establecer la siguiente proporción: ciento es á capital, como tanto es á interés, y despejar luego la incógnita, que en el caso presente es el interés, según las reglas establecidas por los autores; y otro, que llamamos abreviado, consistente en...

--Déjeme usté de esas andróminas, señor don Canuto--interrumpió Paula ya quemada,--y sáqueme usté pronto el montante del dinero, aunque lo saque por el satanincas ó por el diaño que cargue con usté y con esa calma condená que se le pasea por los gañotes.

Don Canuto bajó la cabeza, un si es no es contrariado en su alarde de erudición con la andanada de Paula, y comenzó á hacer números con mucho pulso sobre el papel. Blas y Paula seguían con la vista con ávida curiosidad los giros de la pluma de don Canuto, como si conocieran los guarismos que éste hacía. Al cabo de un cuarto de hora levantó el maestro la cabeza, colocó la pluma sobre la oreja derecha, tomó entre sus manos el papel en que había hecho los cálculos, y dijo á los dos herederos, que seguían arrodillados delante de él y mirándole sin pestañear:

--Importan anualmente los réditos del caudal, al seis por ciento, según hemos convenido, treinta y seis mil reales, que divididos entre trescientos sesenta y cinco días que tiene el año, proporcionan á ustedes un diario de noventa y ocho reales y veinte maravedíes, salvo error de pluma ó suma.

--Y ¿qué es eso de diario, señor maestro?--preguntó Paula.

--Diario, señora mía, es lo mismo que si dijéramos todos los días; más claro: cada veinticuatro horas tienen ustedes una renta de noventa y ocho reales y veinte maravedíes.

--¡Carafle! yo creí que nos correspondía más,--dijo Blas con cierto disgusto, mirando á Paula.

--Yo tamién,--añadió ésta mirando á Blas.

--Pero, señores, reparen ustedes que ese diario procede solamente de las rentas del capital, que siempre queda entero y de ustedes.

--¡Ahhh!!--exclamaron, respirando con placer, los dos bolonios herederos.

--El capital es, como quien dice, una fuente que da cada veinticuatro horas, para ustedes que son dueños de ella, noventa y ocho reales y medio. Claro está que si ustedes no se satisfacen con lo que de la fuente mana espontáneamente, pueden acudir al depósito, zambullir en él la cabeza y darse un atracón hasta que revienten ó hasta que le agoten; resolución que yo no aprobaría, pues esta clase de fuentes, una vez secas, yo no vuelven á dar, por lo general, una mala gota.

--Aguárdese usté y perdone--dijo Paula de repente, cogiendo al maestro por las solapas del chaquetón.--Pinto el caso de que yo tengo una vaca; la ordeño un día, y me echa en la _zapita_ noventa y ocho reales y medio; la ordeño otro día, y me da otro tanto, y todos los días lo mesmo: esta vaca nunca se seca, y además la vaca es mía. ¿No es así el aquél de la herencia?

--Cabalito,--respondió el maestro, desprendiendo, con mucho cuidado, de su gabán-chaqueta las manos de Paula, porque no se llevaran las raídas solapas entre las uñas.

--¡Paula!--gritó Blas entre lloroso y risueño;--espienzo á conocer lo riquísimos que semos, y que he sío un burro pensando que tú eras rematá de bestia. Y usté, señor don Canuto, toque esos cinco y cuente con un vestío _de arriba abajo_, y con un barril de lo blanco.

--¡Tanta munificencia! ¡Tanta generosidad!... ¡Oh, señor don Blas, yo no merezco semejante agasajo!--replicó el pedagogo plegándose como un libro y relamiéndose de gusto.

--¡Qué comenencia ni qué grandiosidá son esas que usté emperegila!--añadió Paula dando manotadas al aire;--tome lo que le dan sin cirimonia y con toos los sentíos del alma, que usté se lo merece y nusotros podemos darlo... ¡y mucho más, si se mos pone en el testú!

--Seguramente que sí, y sólo con el recurso de la renta; porque si se propusieran ustedes gastar en veinte años, por ejemplo, todo el capital, que no deja de ser plazo respetable, hasta carruaje podrían tener ustedes, y ugieres y saraos, banquetes y justas ó torneos. Acepto, pues, la oferta, aunque conmovido por el reconocimiento. Y con esto no canso más. Terminada mi misión entre ustedes, déjoles entregados á sus risueños cálculos, y vuélvome á buscar á mi dulce amigo, el estudio, que me espera en la lobreguez de mi paupérrima morada. He dicho, y soy de ustedes afectísimo seguro y agradecido servidor que sus pies y manos besa respectivamente.

Y tras esto, salió don Canuto, de espaldas por más señas, dejando más y más aturdidos á los dos herederos con la andanada de carruajes y saraos que les soltó.

Cuando Blas y Paula se quedaron solos, el primero se separó de la segunda tres ó cuatro varas; miróla un rato, y se dió en seguida á bailar y á gritar. Paula hizo lo mismo que su marido. De pronto se paró éste, fijó otra vez su vista en Paula, abrió los brazos y gritó poseído del mayor entusiasmo:

--Paula... ya lo has oído: ¡semos riquísimos! ¿Qué te pide el cuerpo?

--Blas--contestó Paula con iguales ademanes y el mismísimo entusiasmo:--¡muchísimo azucarillo! ¡horror de bizcochos! Y á tí, ¿qué te pide el tuyo?

--Paula, ¡muchísimo colchón! ¡atrocidá de vino blanco!

--¡Pus á ello, Blas!

--¡Á ello, Paula!

VI

Y aquí entra la parte más lastimosa de esta verídica historia.

Han pasado tres años desde la escena que acabo de referir. Blas y Paula no viven ya en la pobre casuca que heredó de su madre la segunda: han comprado un caserón solariego con portalada y solana, y han trasladado á él sus penates. El tal caserón tiene gran corralada y anchas cuadras; pero ni en la primera saltan los terneros, ni en las segundas se oyen los mugidos de las vacas ni las campanillas de los bueyes. Blas, que á veces se la echaba de listo, se había reído en más de una ocasión, desde que supo el cuento de boca del oportunísimo señor cura, de aquél labrador de Castilla que solía decir, pareciéndole muy larga la distancia que mediaba entre su casa y sus haciendas:--«Si por algo deseo ser rico, es por poder ir á caballo á cavar mis tierras».

Cuando Blas y Paula cambiaron de morada, se propusieron cambiar también de costumbres y dedicarse resueltamente á ser _señores_, y nada más que señores. La casuca quedó, pues, con sus ganados y sus tierras, encomendada á un aparcero, que halló con todo ello el cielo abierto. Los flamantes capitalistas sólo llevaron al caserón sus cuerpos, sus ropas nuevas y los equipajes del indiano. Á Blas le incomodaba hasta el olor del ganado vacuno, y Paula se compadecía de las gentes que tenían, para comer, que sallar maíces bajo los rayos del sol de junio.--«Bastante hemos tirao del mango de la azáa y arrascao las nalgas á las bestias», decía Paula muy á menudo; «y cuando el Señor nos ha puesto en las manos la fortuna, es porque no quiere que trabajemos más».

No se extrañe, pues, el silencio y la soledad que reinan en la nueva morada de nuestros conocidos: bajo sus carcomidos techos y entre la pesadumbre de sus viejos resquebrajados muros, no hay más seres vivientes que Blas y Paula; un criado zurdo y perezoso, pastor de vacas en los _malos_ tiempos de sus actuales amos; un perro holgazán, que lo poco que ladra lo ladra echado, y algunos centenares de ratas y lagartijas.

El mobiliario de la casona se compone de una docena de sillas de perilla, de una gran mesa de nogal, de una cama de lo mismo con un enorme jergón, y otra con seis colchones y una escalera de mano arrimada á ellos. La primera es la de Paula, pues no ha habido fuerzas humanas que la reduzcan á dormir sobre lana.--«En quitándome á mí», decía, «de meter las patas por los ujeros del jergón entre las hojas, no cierro el ojo ni descanso».--Blas era en este punto el viceversa de su mujer: amaba con delirio los colchones, según hemos tenido ocasión de observar; y como eran ricos y podían hacer su santísima voluntad, la una se proveyó de un jergón á su gusto, y el otro se atracó de colchones, hasta el extremo de necesitar una escalera para trepar al último de ellos.

Entre las doce sillas que apenas se ven en el anchísimo salón en que están colocadas, hay un gran armario.

Este armario está dividido, interiormente, en tres departamentos: en el superior hay pan y algunas otras municiones de boca; en el centro, cuatro vasos de á cuartillo y dos grandes envoltorios, uno de azucarillos y otro de bizcochos; por último, en el inferior se guarda, cuidadosamente calzado con tacos de madera, un barrilito de á cántara, con canilla de metal, haciéndole la guardia de honor dos vasos de á cuarterón, ó cortadillos.

Y ahora que conocemos estos detalles de la casa, digamos algo de los que la habitan.

Paula no es ya aquella mozona rechoncha que vendía salud y alegría cuando ustedes la conocieron: está flaca como un espárrago, y vela su morena faz un tinte amarillento que tira á cárdeno; es apagada y triste su mirada, y su voz débil y penosa; anda á cortos pasos, y así y todo, vacilan sus piernas bajo el leve peso del descarnado tronco. No sale de casa más que para ir á misa, y se pasa los días tendida en la solana.

Blas, aunque no más risueño y alegre que su mujer, es físicamente lo contrario de ésta. Ha echado un morrillo como un toro y un vientre que mete miedo. Anda con dificultad por la excesiva gordura de sus muslos, y parece que echa lumbre por los ojos, las mejillas y la punta de la nariz. También sale poquísimo á la calle, y tantas horas como su mujer en la solana, se pasa él tumbado boca arriba encima de los colchones de su cama.

El criado y el perro huelgan siempre, y sólo están alegres cuando están comiendo.

¿Cuáles son las causas que han producido un cambio tan radical y tan rápido en el carácter de nuestros simpáticos amigos Paula y Blas?

Van á conocerlas ustedes.

Al saberse en el pueblo la noticia de que éstos habían heredado al indiano, la mayor parte de los vecinos se sintieron mordidos por el demonio de la envidia, y ya que no podían deshacer con su mala intención lo hecho por la bondad de aquél, decían á cada instante:--«¡Qué lástima de dinero!» Lo cual significa, para todo el que conozca un poco á ciertas gentes: «Les cayó á los herederos la lotería con la guerra que les vamos á armar si no aflojan la mitad de lo heredado». Otra parte del vecindario recibió con indiferencia la noticia; y otra parte, la más pequeña por supuesto, se alegró de buena fe al saber que Paula y Blas habían salido de pobres.

Cuando «se corrió» que éstos habían recibido la primera remesa de fondos, su casa no se pudo cerrar en todo el santo día de Dios.

--Soy la hija de tío Juan Pendejo--dijo una muchacha mal ataviada, con las greñas sobre la frente y dos dedos de roña sobre la piel, presentándose en el portal de Blas,--y vengo de parte de mi padre á que me emprieste veinte riales pa mercar un celemín de fisanes pa la olla.

Blas prestó los veinte reales á la hija de Juan Pendejo.

Tras de la hija de Juan Pendejo se presentó la mujer de Antón Cervatos.

--Vengo al efeuto, Blas, de que tengas la caridá de dame dos duros pa ver de pagar ocho riales que debemos al peganio por el demonches del destrozo que hizo la vaca en la heredá del señor alcalde, y pa yuda de un poco de maíz que llevar al molino, que too lo pagaremos, como Dios manda, á vuelta de viaje del mi hombre que está á porte.

Blas aflojó los dos duros.

Tras de la mujer de Antón Cervatos llegó Pedro Baldragas.

--Cuando Dios da, no da pa uno solo, amigo Blas--dijo Baldragas:--yo, como sabes, tengo seis meses hace la mujer en la cama, baldeá de un lao; hay malas lenguas que icen que el baldeo fué á resultas de una paliza que yo la dí; pero esos son malos quereres, porque bien sabe Dios que la condená de la golosona, por ir á robar los higos al güerto del vecino, se cayó de un higar, y de la caída se quedó como está. Al respetive de esto, debo al boticario, que porque ice que el daño es de mano airá, no me quiere dar las melecinas por el asalareo, dos cantabrias que la encajó el médico en sóbala-parte, dos gallinas que me fió la vecina, y tengo que comprar dos celemines de maíz para dar de comer á los hijucos de Dios, que no han probao bocao de ayer acá. De modo y manera es que vengo aquí al ojeuto de que me emprestes un ochentín que yo te pagaré antes de ocho días, porque voy á vender el prao de cinco carros.

Blas largó también el ochentín, y más tarde dos ducados, y más tarde un doblón, y en seguida medio duro, y en seguida... yo no sé cuánto, porque en dos días todos se dieron á pedir y ni una sola vez se negó Blas á dar.

Pero el asunto se iba poniendo serio, tan serio que apenas les quedaba á los benditos herederos, de la primera remesa de dinero, lo más preciso para satisfacer sus más perentorias necesidades. Merced á esta circunstancia, tampoco pudo Blas dispensarse de ir pidiendo los préstamos que había hecho á medida que iban venciendo los plazos. Pero los benditos aldeanos, que ya se habían propuesto vivir á costa de la herencia del indiano, como si fuera hacienda de perdidos, recibieron las justísimas negativas y reclamaciones de Blas como una bofetada. Acusáronle, primero por lo bajo y luego á grito pelado, de «fantesioso», de «agarrao», y sobre todo, de bragazas y rocín, y á su mujer de «tordona», de «piojo resucitao» y de tarasca. Amenazáronlos con el rigor de sus venganzas; y puede asegurarse que desde aquel día infausto empezó á nublarse la estrella feliz de Blas y de Paula, que jamás habían tenido un enemigo en el pueblo y estaban acostumbrados á dormir á pierna suelta sin penas ni cuidados.

Estrenaba Paula un vestido y se iba con él á misa mayor: un rumrum de risas y cuchicheos la seguía desde su casa á la de Dios. Si era largo el vestido, que por qué no era corto; si era corto, que por qué no era largo; si era fino, que por qué no era basto; si era basto, que por qué no era fino; que tarasca por arriba, que bestia por abajo, que holgazana por acá, que golosaza por allá.

Presentábase Blas en público con una chaqueta un poco más larga y más fina que las que antes había gastado, y la pública murmuración no callaba un instante: que morral, que «señor mal acomparao», que talego de pesetas, que si debió ó no debió soñar en verse tan alto, que burro, que pollino y que marrano.

Un servicio que se presta gratis entre convecinos, les costaba á ellos un dineral, y una riña escandalosa, amén de una indemnización arbitraria y enorme, el menor desliz cometido fuera de casa por el gato ó por el perro.

Sabíase en todo el pueblo lo que comían, lo que bebían, las horas que pasaban en la cama y las que destinaban á sus sencillos recreos; los planes que les preocupaban y las cantidades que recibían, siendo cada uno de estos asuntos un incentivo para la incansable maledicencia del vecindario.

Dos meses se necesitaron para que Blas y Paula se enteraran de esta guerra cruel que la mayoría de sus convecinos les habían declarado. Eran inofensivos, y sólo deseaban al prójimo bienes y felicidad. ¿Cómo habían de suponer que hubiera una sola persona en el pueblo que se doliese del fortunón que se les había entrado por las puertas?

Cuando Blas conoció la amarga verdad, estuvo un cuarto de hora haciéndose cruces, y exclamó después, hablando con Paula:

--¿Pero quién ha dicho á esa gente que yo no soy el Blas de siempre y que no eres tú la Paula de ayer? ¿No damos lo que se nos pide y algo más, mientras lo tenemos? ¿No es justo que se nos devuelva cuando lo necesitamos? ¿Salimos al camino con un trabuco para robar la riqueza que tenemos? ¿No fué la voluntá de Dios la que nos la trajo á casa? ¿La hemos pintao nusotros de señores finos en ninguna parte? Si hemos dejao la labranza y vestimos y comemos mejor que endenantes, ¿lo hacemos á costa de naide? Luego ¿qué mil demonios de rézpede tiene esa gente contra nusotros?

Paula lo echaba todo por el amor de Dios, y no sabía qué contestar á su marido.

El señor cura y los pocos buenos vecinos que se alegraban de la prosperidad de estas dos sencillas criaturas, les aconsejaron que se hiciesen sordos á las murmuraciones de los malévolos, que se apartasen de todo trato con ellos y que les hiciesen todo el bien que pudieran.

Blas y Paula tomaron el consejo al pie de la letra y cerraron con doble vuelta la portalada de la casona, que sólo se abría cuando la verdadera necesidad llamaba á ella.

Pero ¡ay! no era bastante este recurso contra el mal que les amenazaba, porque no era el mayor enemigo de la felicidad de Blas y Paula la maledicencia de algunos envidiosos. El demonio que había de perturbar la ventura de su soñado paraíso, le llevaban ellos consigo, encarnado en su excesiva sencillez y casi primitiva inexperiencia.

Pensaban Blas y Paula, como piensan muchos en el mundo, que el mayor mal de todos los males conocidos es ser pobre, y, por consiguiente, que tener mucho dinero es el supremo bien de la tierra; con esta errada máxima por norte, acogieron con frenética alegría las talegas del indiano y se desprendieron con ingrato desdén de su antigua honrada pobreza, sin pararse á considerar una sola vez siquiera, que ésta satisfacía todas sus cortísimas necesidades, y que con ella habían sido completamente felices muchos años; es decir, que era punto menos que imposible que todo el rico tesoro de la herencia del indiano les proporcionara vida más placentera que la que les habían proporcionado hasta allí cuatro terrones y una casuca.

Pero lejos de pensar así, porque á gentes que calzan más puntos que nuestros personajes les sucede lo mismo, diéronse Blas y Paula á satisfacer los más ardientes deseos de toda su vida.

Ya sabemos cuáles eran estos deseos. Paula hizo abundante provisión de azucarillos y bizcochos, y Blas de vino blanco y de colchones. Sustituyeron la olla de berzas y la borona de antaño con un puchero bien provisto de carne y garbanzos, y con pan de trigo; hiciéronse un traje fino para cada uno, y pare usted de contar. Para aquellas dos almas benditas no había más que apetecer en el mundo.

Paula usaba el agua azucarada y los bizcochos hasta en la comida, en lugar del agua natural y del pan.

Al levantarse de la cama, agua con azucarillo; si el calor de la cocina la molestaba un poco, agua con azucarillo; si el sol picaba, agua con azucarillo; para salir á la calle, agua con azucarillo; al volver á su casa, agua con azucarillo, y agua con azucarillo al acostarse, y al despertar, y al volver á dormirse. El cuerpo de Paula era una tinaja que no se llenaba nunca, y lejos de eso, más agua pedía cuanto más agua se le daba.

De un abuso semejante resultó lo que era indispensable que resultase. Pervertido aquel estómago con tanto y tanto jarabe, lo mismo era darle alimentos sólidos y suculentos, que enviarlos enhoramala con la fuerza de una catapulta. Á los quince días, el alimento de Paula estaba reducido á dos docenas de azucarillos, á media libra de bizcochos y á un cuarterón de chocolate cada veinticuatro horas; tenía una sed insaciable, y comenzó á palidecer y á perder su buen humor.

Blas, que se pasaba el día comiendo cada tajada que metía miedo, bebiendo á pasto vino blanco y roncando sobre una pila de colchones, notó la alteración física que había experimentado su mujer, y no pudo menos de decirle:

--¿Qué mil demonches de ruinera es esa que te come de un tiempo acá, y no paece sino que te dan la ración en dinero?

--Yo no sé lo que es esto, Blas--replicó Paula con acento triste;--pero harto será que algún mal querer no me persiga. Porque, si no, ¿por qué no había de estar yo partiendo de gorda?

--Pué que no te siente bien lo que comes.

--¡Que no me sienta bien, y estoy comiendo dulce todo el santo día de Dios!

--Verdá es.

Y entrambos quedaron conformes en que no podía ser el alimento la causa de la ruinera de Paula.

Un día le dijo su marido:

--Paece mentira; pero los días se me hacen años, y si no fuera por el qué dirán, me largaba al monte á hacer un carro de leña, ó á levantar un vallao, ó á segar media ocena de _lombíos_. Y el demonches es que cuando éramos probes no me sucedía nada de esto: ahora con el ganao, dempués en el campo y más tarde en el avío de los trastos de la labranza, se me iba el tiempo en un periquete. ¿Cómo diaños se las arreglarán esos señores de la villa pa estar siempre contentos y entreteníos? Pus á fe á fe que nusotros tenemos tanto dinero como ellos, comemos de lo bien que se pué comer, y vestimos lo que nos da la gana. ¿Qué te paece á tí, Paula?

Y Paula, que aún tenía el ánimo más aplanado que su marido, no pudiendo explicarse la causa de ello, achacábalo, como todo lo malo que le sucedía, á los malos quereres, y echábalo por el amor de Dios.

Pretendió Blas en una ocasión aprender á escribir, ó, cuando menos, á leer, pues no se le ocultaba lo necesario que esto le era en su nueva posición. Llamó á don Canuto; participóle su proyecto y hasta recibió del dómine las primeras lecciones. Un mes necesitó para llegar á conocer las letras del abecedario; y como le fuese de todo punto imposible aprender á formar sílabas, tiró el libro por la ventana y renunció á su proyecto, fundándose en que le iba á costar muchos malos ratos y no estaba dispuesto á pasarlos, ya que sus medios le permitían vivir sin penas ni cuidados.

Entre tanto, iba engordándole el pescuezo más y más, y coloreándosele los ojos y las narices, y aumentaba cada día su ración de vino blanco y las horas de reposo sobre el montón de colchones.

Paula, por el contrario, enflaquecía visiblemente y perdía por horas el sano color de su cara; pero también aumentaba sus raciones de bizcochos y agua azucarada.

Al criado zurdo se le iba el día en escanciar vino á Blas y agua fresca á Paula.

Ni las observaciones del señor cura ni las de don Canuto, únicas personas que penetraban en la casona, pudieron convencerlos de que se estaban matando con semejante método de vida; que había otros goces muy distintos del dulce y del vino blanco, al alcance de su caudal, si querían reformar su educación, y, por último, que treinta mil duros, disfrutados como ellos los disfrutaban, lejos de ser una fortuna, eran una calamidad.

Hacía ya un mes que Paula no hablaba más que lo puramente preciso, por lo cual no contestaba nunca á estas observaciones. En cuanto á Blas, sostenía, y sostenía desgraciadamente la verdad, que Dios le había hecho así y que le era imposible amoldarse á otras costumbres más refinadas.