Part 3
Al mismo tiempo, las cajas de aquellas sociedades que habían de realizar tantos prodigios, lejos de dar, pedían hasta por Dios, para no fenecer de hambre, consumido ya cuanto en ellas se había depositado; suceso que, como es lógico, se dejó sentir en todas las carteras de la plaza, que mermaron en más de tres cuartas partes del valor del papel que atesoraban. Del vacío resultante vino el desequilibrio natural, y, por consiguiente, el desencadenamiento de la tempestad, que á los primeros embates dió en tierra con la vacilante piedra, la cual se llevó consigo cuantas se hallaban en su inmediato contacto. ¡Allí fué el crujir de los dientes y el temblar de la voz y el maldecir de aquel engrudo que ningún apoyo prestaba á los removidos sillares que trataba de sostener; allí fué el buscar el barro que representaba y por el cual se había trocado en mejores días, y allí fué el negarse los que le tenían á dar una mala paletada de él por todo el inútil fascinador amasijo!
Y siempre creciendo el vacío y cada vez más furiosa la tormenta y más desamparado el edificio, crujió todo él y al cabo se desplomó con horrible estrépito, pereciendo entre sus ruinas hasta el último ochavo, y algo más, del hijo de don Apolinar de la Regatera.
Éste, que creyó poder presenciar el desastre con sereno valor, al ver entre sus escombros destacarse incólume la parte que había encomendado su seguridad al viejo cemento, sintió en su pecho tan vivamente la elocuencia del contraste, aquella palpable confirmación de su sistema, que reventó en el acto, de despecho, de pena, de desesperación... y de viejo.
V
Hijo del egoísmo el tal sistema, había reinado muchísimos años sobre la plaza sin extenderla un palmo, sin fijar un adoquín en sus angostas calles y sin salir del paso de sus recuas de mulos; pero atesorando enormes positivos caudales que llevaban la abundancia desde el hogar del propietario al sotabanco del bracero. Hijo el otro del entusiasmo, lanzóse á la calle, destruyó lo viejo, removió la tierra, reparó, creó y combinó; y hubo un instante en que pareció anegarse el país en la abundancia; en que el _confort_ llegó hasta el fregadero, y creyó el más pobre que había caído de pie en mitad de la famosa Jauja; pero no se echó de ver que los recursos que desatentadamente iba creando el delirio de la ambición, no podían con el peso de las necesidades que de los mismos se desprendían; que, como muchas substancias de la naturaleza, el crédito, en dosis prudentes, es elemento de la vida, y en exageradas proporciones tósigo violento; y sucedió el marasmo á la efervescencia, la penuria á la abundancia, el duelo á la alegría y el remordimiento á tanta ilusión deslumbradora.
Sin embargo, pródigo el hijo de don Apolinar, aún le sirve de alivio, en medio de su desgracia, la contemplación de la obra que contribuyó á su ruina, y mira, con cierto orgullo justificable, la parte que de sus actuales bellezas y comodidades le debe su pueblo. Avaro el padre, en idéntica situación, en su tiempo, nada encontraría que poner delante de su imaginación sino el recuerdo desesperante de su perdido tesoro.
Lo cierto es que con los generosos instintos del uno y la reflexiva parsimonia del otro, podía haberse hecho una mezcla de peregrinos resultados; pero también es verdad que si el hombre se colocara una vez siquiera en el justo medio de la razón, esa vez haría traición á una de las más esenciales condiciones de su naturaleza: el equivocarse en la mitad, por lo menos, de todo lo que cavila y ejecuta.
[Ilustración]
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PARA SER BUEN ARRIERO... (CUADRO QUE PICA EN HISTÓRICO)
I
Blas del Tejo y Paula Turuleque eran de un mismo pueblo de la Montaña, y entrambos huérfanos de padre y madre y hasta de toda clase de parientes. Blas poseía, por herencia, un cierro de ocho carros de tierra y un par de bueyes. Paula era dueña, en igual concepto que Blas, de una casuca con huerto, de dos novillas y de una carreta.
Paula y Blas convinieron un día en que si sus respectivas herencias se convirtieran en una sola propiedad y se añadiesen á ésta algunas reses en aparcería y algunas tierras á renta, se podría pasar con todo ello una vida que ni la del archipámpano de Sevilla.
Y Blas y Paula se casaron para realizar el cálculo; y pronto, como eran honrados, hallaron quien les diera en renta veinte carros de prado y otros tantos de labrantío, más un par de vacas en aparcería.
Blas era gordinflón, bajito, risueño y tan inofensivo como una calabaza.
Paula no era más alta que Blas, y allá se le iba en carnes y en malicias.
Cogían maíz para ocho meses, partían con el _amo_ una novilla cada año, y mataban un cerdo de siete arrobas por Navidad. Paula tenía siempre colgados en _la vara_, sobre la cama, un jubón de _cúbica_ negra, una saya de estameña del Carmen con randa de panilla, y un pañuelo de espumilla para los días de fiesta. Blas, por su parte, nunca estaba sin unos calzones y una chaqueta de paño fino, y un sombrero _serrano_ para las grandes solemnidades.
Blas no probaba el vino más que para celebrar los días de fiesta, y en estos casos nunca pasaba de medio cuartillo, y Paula se escandalizaba cuando oía decir que algunas de sus vecinas empeñaban sus ropas ó vendían el maíz para beber aguardiente.
Paula y Blas no tenían hijos, ni siquiera trazas de tenerlos, como decía la primera; pero, en cambio, se querían como dos palomos. Juntos iban á trabajar al campo; juntos al mercado cuando le había en la villa inmediata; juntos á misa, y hasta bailaban juntos en el corro más de cuatro veces; pues aunque eran casados eran jóvenes, no debían nada á nadie, tenían buen humor y los hijos no habían de echarles en cara esa pequeña debilidad.
Blas solía decir:--«Yo no sé qué demonches tien esta Paula: ella no es del todo bien encará ni se pasa de lista; pero la verdá es que yo no la cambiaría por la mejor moza del lugar».
Paula decía, á su vez:--«Blas es mal empernao, desconcertao de espalda, pica más en bobo que en otra cosa, y con todo y con eso, la baba se me cae de sastifación cuando le miro».
Blas y Paula se jactaban á cada instante de que jamás había habido entre ellos «un sí ni un no», y era cosa corriente en el lugar que en aquella casa nunca se había oído una disputa, ni había sonado un mal garrotazo, ni se había derramado una lágrima.
Paula no comprendía que en el mundo pudiera nadie ser mucho más feliz que ella; y de fijo hubiera juzgado su felicidad superior á todas las de la tierra, si sus medios le hubieran permitido beber agua con azucarillo y comer bizcochos siempre que se le antojara. Paula, pues, era golosa, pero sin vicio ni cosa que se le pareciera.
Blas no había ocultado nunca á su mujer que envidiaba á todos los hombres que podían, sin arruinarse, beber un cuartillo de vino blanco en cada comida, y echar una siesta de tres ó cuatro horas sobre media docena de colchones, precisamente colchones. Blas, pues, amaba la poltronería y el buen vino, pero sin que la carencia de estos regalos bastara á quitarle su buen humor habitual.
Blas y Paula, en una palabra, eran un matrimonio dichoso, tan dichoso como se puede ser en este pícaro mundo de ambiciones y miserias y donde tan rara es y tan extraña la paz del espíritu.
II
Así estaban las cosas, cuando al salir Blas un día al corral vió que entraba en él un señor, caballero en un rocín, á todos pelos de alquiler, con maleta á la grupa y espolique al costado.
--¿Vive aquí Blas del Tejo?--preguntó á Blas el caballero.
--Para servir á Dios y á usté,--respondió Blas descubriéndose la cabeza y abriendo un palmo de boca y casi otro tanto de ojos y narices.
Apeóse el preguntante; quitó la maleta al jaco; dió unas monedas al espolique, que se largó con el cuadrúpedo haciendo cortesías y muy agradecido, y volvió á preguntar el mismísimo señor al mismísimo Blas:
--¿Se llama tu mujer Paula Turuleque?
--Y además Rodero de la Peña,--gritó Paula, que atisbaba la escena desde el ventanillo de la cocina, saliendo de un brinco al corral.
--Perfectamente--añadió el recién llegado.--Pues yo soy vuestro tío.
--¡Mi tío!--exclamaron admirados Blas y Paula.
--¡Pero, señor--añadió Blas,--si nosotros no tenemos padre ni madre ni perruco que nos ladre!
--¡Se te figurará á tí! Tu mujer debe haber oído hablar á su difunta madre de un hermano...
--Sí, señor--interrumpió precipitadamente Paula:--mi madre (que en gloria esté) me habló muchas veces de un hermano suyo que se fué, de muchachuco, á la otra banda; pero también decía que se había muerto á los pocos años.
--Pues no se murió. Fué, en verdad, un poco ingrato con su patria y su familia durante mucho tiempo; pero, al cabo, pensó en ambas cosas, quiso volver á verlas... y aquí está, aunque con la pena de saber, por informes que ha adquirido oportunamente, que sólo quedas tú de su familia. Conque, con franqueza, ¿me dejáis vivir con vosotros? Ya veo que la casa no es un palacio ni mucho menos; pero como nací en ella, no la cambiaría por el de los reyes de España: además que ya tendremos tiempo de reformarla ó de hacer otra mejor, que todo se consigue cuando hay dinero, y éste, á Dios gracias, no me falta.
Blas y Paula estuvieron á pique de volverse locos de alegría. Á Paula se le nublaron los ojos, le zumbaron los oídos y tuvo un momento de soñar que se elevaba por encima del campanario del lugar sobre una nube de azucarillos claveteada con bizcochos.--Blas, no menos atortolado que su mujer, se imaginó que se hallaba tumbado panza arriba sobre una pila de colchones, y que le caía en la boca un chorro inagotable de vino rancio de la Nava del Rey.
Cuando se le pasó el mareo, apresuróse á coger la maleta que tenía su tío suspendida de una mano; Paula sacó al portal una silla de _bañizas_, rayada de encarnado y verde, que había en la casa para las grandes ocasiones; sentóse en ella el recién llegado, y los tres, en dulce amor y compaña, comenzaron á departir sobre asuntos del país y de la familia, interrumpiendo Blas de vez en cuando la conversación para quitar, con muchísimo respeto y previa la frase «aguántese y perdone», alguna mancha de polvo ó tal cual película extraña, de la levita de su tío.
Representaba éste sesenta años: era delgado y pálido y bastante encorvado, y había en su fisonomía, bondadosa y noble á todas luces, algo que revelaba padecimientos físicos inveterados. Vestía un traje sencillo, pero rico y bien cortado, y llevaba en la cabeza un sombrero de jipi-japa de anchas alas.
Y por si ustedes no le han conocido bien, entérense del siguiente retrato que de este personaje hizo Blas á sus vecinos al día siguiente de su llegada:
--El hombre pica en vejera, es agobiao de cuerpo, baja la color, muy baja; el ojo penoso y hundío, mucha ojalera, mucha, á manera de cerco ceniciento. Trae un demonches de pajero duro como una peña y blanco que tien que ver, cadena de oro al pescuezo, corbatín de fleque, carranclán más fino que el del señor cura y botas relumbrantes, que se ve la cara en ellas. Es fino de habla y noblote en su genial, y maneja ochentines como agua.
III
Dos meses hacía que el indiano había llegado á casa de sus sobrinos.
Trasladados á ella los equipajes que había dejado en Santander, y hechas algunas reformas indispensables en la habitación que había elegido en la misma casuca, el pobre hombre vivía bastante satisfecho, entregado á los potajes que le disponía su sobrina, si no con gran acierto, con la voluntad y el deseo más nobles del mundo. Los dos esposos comían con él á la mesa y de sus mismos manjares; lo cual no obstante (preciso es confesarlo), siempre se levantaban de ella Blas y Paula un si es no es descontentos y contrariados. El indiano no era goloso ni probaba el vino; por el contrario, se daba como un diablo á los amargos, y, por tanto, comía aceitunas y bebía cerveza por todo regalo. Paula, pues, no veía un azucarillo por un ojo de la cara, ni Blas se hartaba de vino blanco.
Pero, en cambio, tenían unos aperos de labranza nuevos y completos, dos vacas más, otro traje nuevo y fino cada uno, y comían carne y «pan de trigo» todos los días. Debo advertir que Blas, siguiendo aquella famosa máxima del pobre, «antes reventar que sobre», por aprovechar los medios puros que tiraba encendidos el indiano, se había hecho un fumador de gran fuerza, á costa de media docena de horribles mareos que le costó el aprendizaje.
Pues señor, volviendo al indiano, han de saber ustedes que cada día que pasaba le dejaba más flaco y más amarillo, porque el padecimiento que le ocasionaba tal _ruinera_, una disentería muy vieja y de fatal carácter, lejos de aliviársele con los aires de su tierra, iba caminando con ellos de mal en peor; tan mal, que hasta el mismo Blas entró en cuidado y le dijo un día á Paula que si aquel _despeño_ no se contenía, iba á ir el buen señor á contarlo muy pronto al otro mundo. Y adviertan ustedes que lo mismo que Blas opinaba el médico del pueblo, que asistía al enfermo.
Y tan fundada era esta opinión, que á los pocos días de manifestada por Blas á su mujer, el paciente se halló sin fuerzas para salir de la cama. El médico, al verle así, no se anduvo en chiquitas, y de buenas á primeras le dijo que se preparase en toda regla, porque se las liaba.
Cumplió el indiano, como cristiano viejo que era, con sus deberes religiosos, y previno que quería hacer testamento, por lo cual ordenó que se le trajera un escribano.
Mientras éste llegaba, el mísero paciente aprovechaba la poca tranquilidad de espíritu que tenía para pensar en la distribución que debía hacer de su caudal.
--Pero, señor, ¿á quién se le dejo yo, vamos á ver?--se decía.--Yo no tengo en el mundo más parientes que Paula y su marido, y, en rigor, á ellos les corresponde heredarme; pero ¿qué van á hacer de tanto dinero estas dos bestias? De fijo, dárselo á cuatro pillos que se lo quieran sacar con maña, porque las almas de Dios de Blas y Paula no tienen sentido común. Y si no se lo dejo á ellos, ¿á quién se lo dejo? ¿Á un extraño que tal vez no rece un Padrenuestro por mi alma? No, señor. ¿Á los pobres? Pobres son Paula y Blas, y además sobrinos míos, y me han cuidado con esmero, y me quieren indudablemente. Por otra parte, ¿quién me quita á mí de hacer un legado especial para los pobres, dejando lo demás á mis sobrinos? ¿Y quién sabe si éstos, á pesar de sus cortos alcances, sabrán dar al dinero un buen empleo?...
Y, por último--pensó el enfermo poniendo un gesto como de hiel y vinagre,--¿qué me importa ya que se lleve Pateta ese caudal que, después de haber sudado el quilo para adquirirle, no me sirve para detener un solo instante la muerte que me amenaza? Decididamente va á ser Blas un capitalista y el primer personaje del pueblo.
En esto llegó con tres acólitos el escribano, y bajo su fe testó el enfermo; y tan á tiempo, que acabar de poner la firma en el testamento y estirar la pata, fué todo uno.
Al salir del cuarto el escribano se encontró con Blas que andaba dando vueltas, muy afligido, por el _estragal_; y entre mil reverencias y sombrero en mano, le dijo:
--Resignación, _señor don Blas_: los altos juicios de Dios son incomprensibles. ÉL, que ha llamado á su seno á su señor tío, sabe por qué lo ha hecho. Otro día, cuando usted se halle con ánimo más sosegado, me permitiré anunciarle las últimas disposiciones del finado; disposiciones, señor mío, por las cuales le felicitara de muy buena gana si ellas cupiesen al lado del dolor que le embarga sin arañarse con él. Vuelvo, pues, á aconsejar á usted, _mi señor don Blas_, resignación y conformidad, y tengo la honra de saludarle hasta los pies.
Blas, que empezaba á pasmarse del _señor don_ que le encajó el escribano, dejó para otra ocasión el cuidado de averiguar el motivo de las dos palabrillas, porque la segunda parte del apóstrofe del oficioso notario dió al traste con su serenidad, y rompió á berrear como un ternero, colándose en seguida en el cuarto de su tío para convencerse de que realmente había espirado. Paula había entrado en él pocos momentos antes que su marido, y también daba el grito que aturdía el barrio. De manera que al reunirse el matrimonio junto á la cama donde se hallaba el aún caliente cadáver del indiano, no parecía sino que se iba á hundir la casa.
Decididamente Blas y Paula habían tomado cariño al buen señor; pero noble y desinteresadamente.--Conste así en elogio de estos dos borregos.
IV
Cuatro días después de este suceso, y cuando ya se hubo honrado y sepultado dignamente al indiano, se leyó solemnemente su testamento en presencia de los herederos. Según él, Blas y Paula quedaban dueños absolutos de todo el caudal del testador, separadas algunas cantidades señaladas por éste para los pobres del lugar, misas por su alma, etc., etc. La tajada que Paula y Blas se llevaban valía la friolera de treinta mil duros.
Al oirlo de boca del escribano, que leía el testamento, los improvisados capitalistas se cayeron de espaldas; y no se murieron de repente, porque no podían comprender entonces lo que aquella cantidad representaba. Todas las ambiciones de su vida juntas no habían pasado de mil reales. Respecto á esta cantidad, sabían cuanto había que saber: lo que abultaba en onzas, en medias onzas, en ochentines, en duros, en pesetas y hasta en monedas de cobre; lo que se podía comprar con ella; en qué monedas cabía en la faltriquera y en qué otras se necesitaba un taleguillo de á _maquilero_ para guardarla, etc., etc. Pero, ¡treinta mil duros! ¿Cuándo habían pensado ellos en semejante cantidad?... qué digo, ¿cuándo la habían mencionado siquiera?
Cuando el escribano los dejó solos y hubieron pasado los efectos más gordos de su sorpresa, los dos cónyuges se dieron á discurrir sobre la enorme cantidad, y trataron de pesarla y de medirla según sus pobres alcances.
--Digo, Paula--exclamaba Blas, rascándose la cabeza y apretando mucho los ojos,--que treinta mil duros deben ser... deben ser... ¡Cá!... ¡una barbaridá de dinero!... Deben ser... Yo creo que no cabrán en la caldera grande, aunque estén en onzas de oro.
--Yo no sé, Blas, si caben ó no caben en la caldera--replicaba Paula verdaderamente fascinada por la idea de semejante masa de riqueza;--lo que sé es que debemos ser muy ricos... ¡horror de ricos!... más ricos que el señor cura, más ricos que el médico, más ricos que ese fachendoso de tabernero que, porque tiene caballo, quiere pisar á too el mundo; más ricos que el alcalde, más ricos que toa la riqueza mesma de cuatro leguas á la reonda. Esto es lo que yo sé, y no quiero saber más.
--¡Calla!--gritó Blas de pronto, dándose en la frente un puñetazo, que á habérsele dado en igual sitio á un becerro, le hubiera dejado redondo;--creo que vamos á saber á punto fijo cuánto abulta ese dinero. Yo voy contando duros uno á uno hasta mil... ¿eh? dempués otra vez uno á uno hasta mil; luegomente uno á uno hasta mil tamién, hasta que haga treinta mil pilas de á mil duros ca una...
--¡Treinta no más, borrico!--contestó Paula dando un puñetazo á su marido.
--Bueno, lo mesmo da: siempre resultará que tenemos una pilá de duros que... ¡María Santísima! se me va la vista sólo de pensar en ella. Paece que la estoy viendo: grande, grande, grande, como... No sé cómo es de grande; pero se me fegura que aunque estemos comiendo duros á pienso too el año, no acabamos con ella... ¡Virgen de la Encarnación del Hijo de Dios y de María Santísima y de toos los santos y santas de la corte celestial!
Y Blas, fuera de sí, comenzó á sacudir puñetazos sobre las ancas de su mujer, que se tumbó boca abajo riéndose á carcajada seca, sin darse cuenta de lo que hacía; arrebato que concluyó por levantarse de repente los dos esposos lanzando berridos y echando cada lagrimón como una manzana _carretona_.
--¡En buena hora te casaste conmigo, cachorrón!--gritaba Paula entre sollozos y tirones de greñas.
--¡No te cantó mal gallo cuando me engañaste, becerrona!--contestaba Blas sorbiendo sus propias lágrimas y echando al aire la chaqueta y las abarcas.
--¡Anda, marranón!
--¡Anda, jabalina!
Cuando la calma volvió á apoderarse de los desquiciados espíritus de Blas y de Paula, ésta, después de meditar un largo rato, propuso á su marido llamar al maestro de escuela que, como hombre de pluma, era el único que podía sacarlos de aquella obscuridad en que cada vez se extraviaban más.
--¡Defetivamente, canijo!--respondió Blas con entusiasmo.--Vea usté y cómo mil demonios no dimos antes en ello. Y voy á ir yo mesmo por él... aunque, bien mirao, ya no debía andar á recaos como un zarramplín cualsiquiera; pero como entovía no hemos apandao la herencia, no estará del too mal visto lo que voy á hacer.
Y Blas salió del corral afuera como alma que lleva el diablo, mientras su mujer se tendió á la bartola en mitad del estragal, riendo y llorando á la vez de puro gusto.
V
Era el maestro, don Canuto Prosodia, hombre enjuto y pequeño de cuerpo, corto de alcances, aunque él creía lo contrario, y muy largo en adular á todo el que podía dar algo.
Vestía ordinariamente traje obscuro de corte humilde con aspiraciones á más elevado; es decir, gastaba un aparejo que lo mismo podía llamarse gabán corto que chaqueta larga, y llevaba al cuello un corbatín de lana que tiraba á seda. Era gran echador de epístolas los días feriados, y llevaba toda la correspondencia del lugar con los indianos y jándalos ausentes de él. Blasonaba de muy aplomado en sus pareceres, y esto le valía la intervención en todos los picos de las familias del lugar; tenía, en fin, _mucha mano_ con ellas... y mucha cuenta que dar á Dios de los desaguisados que causaba en el vecindario su torpeza ó su malicia. Se la echaba de sobrio, pero yo sé que tomaba cada turca que ardía Troya; sólo que para emborracharse se encerraba en casa.
Prevengo que ninguno de estos pormenores es de absoluta necesidad en la presente historia, y que sólo los he apuntado porque no me gusta presentar á mis lectores un personaje sin decirles lo que es, para que sepan con qué casta de pájaros tienen que codearse.
Pues señor, volviendo á lo que más nos importa, Blas y don Canuto Prosodia llegaron á casa del primero cuando aún Paula no se había levantado del suelo, donde cayó desconcertada por la alegría, al salir su marido en busca del pedagogo.
--¿_Mi señora doña Paula_ está indispuesta?--dijo don Canuto descubriéndose y parándose delante de la mujer de Blas.
--¡Qué endispuesta ni qué canijo!--respondió Paula levantándose de un respingo;--si tengo más salú que Pateta. Lo que yo quiero es saber en un periquete cuánto dinero tenemos, y, sobre too, que no me güelva usté á zamarrear con tanta _doña_ ni tanta jeringa.
--Á todo señor, todo honor--replicó don Canuto doblándose á compás.--Pero dejando este punto por ahora, pasemos al que me trae aquí á solicitud del señor don Blas, que ha tenido la dignación de enterarme por el camino de todo lo necesario para el mejor éxito de mi cometido.
Don Canuto, al decir esto, sacó del bolsillo interior de su chaquetón-gabán un tintero de cuerno y un pliego de papel blanco en ocho dobleces. Destornilló el primero, extrajo del hueco de su cónica tapadera una pluma de ave, limpióla sobre la manga de su brazo izquierdo, llenóla luego de tinta con mucha pulcritud, oprimiendo la parte tallada contra los _tintales_ de algodón que contenía el tintero, desdobló el papel dejándole reducido á cuatro pliegues, sentóse en la silla de bañizas, pidió á Paula la _tortera_, puso ésta horizontalmente sobre su muslo derecho, y en el suelo y al alcance de su mano el tintero, colocó el papel sobre la tortera y el brazo derecho sobre el papel, pluma en mano, carraspeó dos veces mirando de hito en hito á los dos esposos que acurrucados en el suelo contemplaban en silencio al dómine, jadeando de curiosidad, y con el tono más melifluo y acompasado que pudo, habló lo siguiente: