Tipos y paisajes

Part 6

Chapter 64,065 wordsPublic domain

Su fuerte son los espectáculos gratis y al aire libre. Ellas son las que inauguran los paseos nocturnos de verano en la Alameda Primera, y las que los cierran en octubre. Si hay música en la Plaza Vieja, allí están ellas, con un pañuelo de seda echado sobre la cabeza, rompiendo las masas para examinar hasta la última cara de los circunstantes y el último escondrijo de la plaza. Que por casualidad llegó un batallón que se embarca en este puerto para otro cualquiera del reino: allá van ellas junto á la plana mayor, á misa y á la revista. ¿Hay procesión? Áones de la carrera. ¿Suena el tamboril? Á la calle, que por algo sonará. ¿Entra en el puerto un buque de guerra? Á visitarle tres veces al día. Para probar á ustedes hasta qué extremo adoran estas chicas el aire de la libertad y lo que suene á broma y espectáculos, básteles saber (y esto me consta por una indiscreción de Augusto) que llevan un libro en el cual tienen anotadas todas las serenatas _de rúbrica_ del año; todas las procesiones, con la demarcación de las calles que recorren y balcones con que pueden contar para verlas; épocas probables de cambio de guarnición; bailes campestres; chicos aceptables, con expresión de sus edades, carácter, posición y figura; funciones religiosas solemnes, etc., etc.

Merced á esta pasión de publicidad que las embriaga, las chicas de doña Calixta son conocidas hasta de la última fregona de Santander, y no hay un ser que respire en este pueblo de quien ellas no puedan dar más pormenores que un agente de policía. Si ellas faltaran una sola vez de un paseo, de una serenata ó de un espectáculo cualquiera, el público lo notaría, sin darse cuenta de ello, como nota el derribo de una casa en una calle, ó de un árbol robusto en la Alameda.--«Yo no sé lo que es», diría, «pero aquí falta algo».

Y ahora que conocen ustedes la vida y milagros de la familia de doña Calixta díganme, desprovistos de toda pasión, si no son unas embusteras «las gentes» que aseguran que las hijas de Guerrilla gastan mucho más de lo que importan las rentas de su madre y el retiro de su padre. ¡Bonito es el genio de doña Calixta para tolerar despilfarros en su casa!

Desengáñense «las gentes:» el gusanillo que roe la tranquilidad de la coronela no es la pasión del lujo por el lujo mismo: es única y exclusivamente el deseo vivísimo, ardiente, voraz, de casar pronto á sus hijas. Doña Calixta es de las madres que creen, como artículo de fe, que los hombres, cuando tratan de casarse, no se fijan en las mujeres si éstas no se les meten á todas horas por los ojos; que prefieren una chica pizpireta y vana, muy emperejilada y compuesta en la calle, aunque en casa no tenga pan que comer ni camisa que ponerse, á una joven modesta, que sepa coser y no salga á la calle más que lo puramente preciso. La señora de Guerrilla cree á puño cerrado que el paño más exquisito no se vende jamás si el pregonero no lo saca á la plaza más orlado y laureado que una colineta; y no hay quien convenza á la infeliz de que, si algo perjudica hasta á los géneros que son buenos, es el pregón incesante de su misma bondad. Por eso no comprende, aunque la maten, que si algo repugna al hombre que desea casarse, es la mujer que le echa memoriales de galas y cintajos por toda recomendación, para que la elija, y prodiga en calles y paseos una belleza que le fascinaría brillando entre las santas paredes del hogar doméstico junto al costurero, detrás de unas cortinillas blancas como los ampos de la nieve. Doña Calixta, en fin, y sus hijas no se persuadirán jamás de que hoy, como nunca, atestiguan los hechos, en la historia de los _buenos_ matrimonios, la infalibilidad del antiguo proverbio que dice: «_el buen paño en el arca se vende_».

[Ilustración]

LA ROMERÍA DEL CARMEN

I

Yo deploro ese espíritu inquieto y ambicioso que viene, años hace, apoderándose del hombre; yo abomino ese monstruo de pulmones de hierro que, devorando distancias y taladrando el corazón de las montañas, ha arrojado de nuestros pacíficos solares las tradiciones risueñas y el inocente bienestar de los patriarcas».

Me apresuro á advertir que esto no lo digo yo. Quien lo dice, y mucho más, á todas las horas del día, es mi respetable amigo el señor don Anacleto Remanso.

Necesito decir á ustedes quién es y de dónde viene este apreciable sujeto.

Don Anacleto era allá por el año 15 un mozo perfectamente reputado en el comercio de esta plaza. Tenía excelente letra y manejaba los libros con rara inteligencia. Merced á estas cualidades, su principal le aumentó el modestísimo sueldo que había estado ganando durante doce años, y cuando hubieron pasado seis más, le interesó en los negocios de la casa. Con este pie de fortuna, y gracias á no sé qué plaga que llovió sobre los trigos extranjeros tiempo andando, don Anacleto se encontró de la noche á la mañana con un capital neto de veinte mil duros. Entonces se plantó, contrajo matrimonio con una honesta doncella, su contemporánea; y libre de las penas y zozobras que torturan el alma de los que fían su bienestar en el acrecentamiento de la fortuna, comenzó á gustar las delicias de la paz del hogar, tras una sabrosísima luna de miel.

No hace á mi propósito seguir á este buen señor paso á paso en todos los de su vida hasta el año 48, época en que yo le conocí.

Era entonces don Anacleto un tanto obeso, calvo de occipucio, y sufría de vez en cuando dolores reumáticos, ya en _las cuerdas_, como él decía, del brazo derecho, ya en la paletilla. Su señora doña Escolástica, aún más gruesa que él, aseguraba que esa dolencia no acababa de curársele radicalmente porque no podía la buena señora conseguir que su marido conservara puesta durante el verano la almilla de bayeta que gastaba sobre la carne durante el invierno. Á este remedio debía ella, según decía, la modificación que notaba últimamente en sus periódicos accesos histéricos.--Pero esto no nos importa gran cosa, y vuelvo al asunto.--Don Anacleto y doña Escolástica tenían una hija y un hijo. La primera gozaba en la vecindad fama, bien adquirida por cierto, de «guapa muchacha»; y aquí, en confianza, debo decir que no tenía otra cualidad que digna de notar fuese. El segundo, más joven y más feo que su hermana, se prometía un buen porvenir en la casa de comercio en que se hallaba colocado, seis años hacía, por amistad de su principal con don Anacleto.

Esta familia vivía en un piso segundo de la calle de Atarazanas, y tenía en la sala sillería de cerezo con asiento de tejido de cerda negra sobre mullido de pelote; alfombras catalanas junto al sofá y la consola; sobre ésta, dos floreros, cuyos ramilletes eran de obleas y hechos por «la chica»; un espejito sobre ellos, de vara en cuadro, con marco dorado; un estuche con incrustaciones de nácar, debajo del espejo; delante de los fanales de los floreros, dos candeleros de plata sobre _redondeles_ de estambre azul y rojo, de la misma procedencia que los ramilletes de obleas; y por último, en las paredes, media docena de cuadros bordados en seda, representando uno de ellos un perro de lanas, trasquilado de medio atrás, con una cestita llena de flores colgada de la boca. Todos estos cuadros tenían en el fondo el siguiente letrero, bordado también en seda:

«_Lo hizo en Santander, en la enseñanza de doña Sempronia Dobladillo, Joaquina Remanso y Resconorio. Año de 1845._»

Tenía para su servicio (hablo siempre de la familia de don Anacleto) criada y aguadora, comía principio todos los días, y asistía al teatro tres veces al año: el día de los Inocentes, el de Año nuevo y el de los Santos Reyes.

Don Anacleto se levantaba poco después de amanecer, se arreglaba, tomaba chocolate, cogía su caña de _roten_ y se iba á oir la misa de nueve á San Francisco. Se daba una vuelta por las calles, leía _El Eco del Comercio_ en el café _Español_, y se volvía á su casa para comer á la una en punto. Por la tarde salía á dar un largo paseo con sus amigos; á la vuelta, después de ponerse unas zapatillas de _cintos_ en los pies y un gorro de terciopelo azul en la cabeza, tomaba chocolate y agua de naranja, y ya no salía á la calle hasta el día siguiente.--En los de fiesta, si no llovía, después de oir la misa primera en San Francisco, se iba con un par de amigos á cazar pajaritos, disponiendo de tal suerte la campaña, que al dar las doce llegaban á la venta de Rocandial, donde les esperaba un puchero bien provisto, media azumbre de chacolí y una buena tajada de queso pasiego para _dejar boca_. Tomado este refrigerio, se echaban poco á poco camino de Santander, disparaban de vez en cuando sobre tal cual gorrión ó calandria que se les metiese por el cañón de la escopeta, y llegaban á casa, en paz y en gracia de Dios, al anochecer.--Si en los días festivos llovía, en lugar de irse á Rocandial tomaban dos horas de movimiento en los Mercados del Muelle ó en los claustros de la Catedral.

De higos á brevas don Anacleto dejaba la sociedad de sus amigos para acompañar á su familia á comer una empanadita ó unas tajadas frías de merluza, sobre las brañas de la Magdalena ó detrás de un bardal de Pronillo.

Tal era ordinariamente el personaje que nos ocupa, tales sus aficiones y placeres, sin otro misterio, ni otro repliegue, ni otra solapa; tal era, digo, ordinariamente, porque este hombre, que bien pudiera tomarse por la personificación de la clase media de Santander en la época citada, tenía una semana cada año en que se transfiguraba física y moralmente hasta el extremo de que él mismo se desconocía.

Ocho días antes del domingo siguiente al 16 de julio, comenzaba á salir de casa á horas inusitadas; el sombrero, que siempre llevaba á plomo sobre su cabeza, se le retiraba poco á poco de la frente, y como si huyera de la ebullición que debajo de ella notase, se echaba hacia la coronilla. Sus ojos, siempre fruncidos y dormilones, se abrían desmesuradamente y brillaban como ascuas en la obscuridad; los ángulos de su boca se iban arrimando más y más á las orejas, y el arco de las cejas se elevaba, frente arriba, como si éstas quisieran alargar el pelo que les sobraba á la cabeza que no le tenía; daba, al andar, grandes golpes de regatón con el de su caña sobre las losas de la calle; se detenía delante de todas las tiendas donde se vendían cintajos, cascabeles, plumas de color ó corbatas de fantasía; examinaba con afán estos artículos, compraba algunos y dejaba con pena los demás; miraba á las chicas guapas con ojos tiernos; detenía á todos los amigos que encontraba, y echándoles las manos sobre los hombros, les decía:--«Supongo que no faltarás; cuento _allá_ contigo»; á lo cual el interpelado, si no tenía un luto reciente ó no le esperaba de un momento á otro, contestaba con el tono más solemne que podía:--«Eso no se pregunta á ninguna persona de gusto: primero faltaría la ermita que yo».--Á los jóvenes, aunque sólo los conociera de vista, los detenía también para encargarles que fuesen bien animados y que, á ser posible, llevaran su cachito de orquesta. Pero á los que no dejaba sosegar era á los marinos.--«¿Cree usted que estamos seguros? ¿Traerá malicia este airecillo? ¿Lloverá el domingo?». Á las cuales preguntas, los marinos, que deseaban tanto como el interpelante la llegada del día cuyo recuerdo traía á éste desconcertado, contestaban prometiéndole un sol africano. Nada le quemaba tanto como que, al preguntar si llovería el domingo, le contestaran:--«El lunes se lo diré á usted».--«Parece mentira, replicaba don Anacleto, bufando de indignación, que en un asunto tan serio se permita usted semejantes bromas».

Cada nube que se formaba en el horizonte le costaba un disgusto, y la seguía en todas sus formas y colores sin perderla un minuto de vista, hasta que anochecía. Desde entonces hasta que se acostaba, salía al balcón doscientas veces para ver si corría el nublado del vendaval ó del nordeste, y si tenía cerco la luna. Ya acostado, tenía el oído siempre atento á la voz del sereno. Si éste cantaba... «_y nublado_», se apenaba; pero si decía... «_y lloviendo_», echaba con furia su cabeza sobre la almohada y le faltaba muy poco para llorar; lo mismo que le sucedía si el reúma le amagaba ó le dolían los callos.

Mientras don Anacleto corría estos temporales, que, como he dicho, le sacaban de quicio, su mujer doña Escolástica tampoco vivía un momento en reposo. Encargaba pollos bien gordos á la lechera; solemnizaba contratos en la plaza del pescado y en los Mercados para que no le faltasen el sábado al mediodía seis libras de merluza y cuatro de ternera; encargaba en la mejor confitería una colineta de almendra, y rebuscaba las tiendas de comestibles hasta dar con un jamón de Liébana «que le llenara el ojo».

Entre tanto, la joven Joaquina revolvía el ropero y el colgador, y aviaba los trajes de hilo de su padre y de su hermano, y repasaba, fruncía y planchaba los vestidos de indiana y los pañuelos de seda que ella y su madre habían de ponerse en el anhelado día.

Y para que todos los miembros de la familia tuvieran su faena correspondiente, el aprendiz de comerciante corría la ceca y la meca para hallar un carro del país que estuviera al amanecer del domingo á las órdenes de don Anacleto.

En medio de tantas y tales fatigas, llegaba la noche del sábado... ¡y entonces sí que tenía que ver la casa de don Anacleto!

Doña Escolástica, recogida la falda de su vestido sobre la jareta del delantal, descubiertos hasta el codo sus brazos, luciendo unas enaguas de muletón bajo las cuales asomaban un par de rollizas pantorrillas envueltas en unas medias _caseras_ de mezclilla de algodón; abierta, á guisa de pantalla, delante de la cara, la mano izquierda, y con una cuchara de palo en la derecha, se hallaba en la cocina delante del fogón. Ora daba una voltereta á un par de pollos en la tartera en que se asaban; ora revolvía, dentro de una enorme cazuela, un trozo de carne mechada, porque se le antojaba que olía á chamusquina; ora sacaba de la sartén, cuyo mango sostenía la criada, una tajada de merluza rebozada y ponía en su lugar otra chorreando huevo batido; ora destapaba la cacerola en que se sazonaba la menestra; ora pateaba porque presumía que «se pegaba» el asado; ora gritaba á la muchacha para que _añadiera_ el guisado que le estaba dando en la nariz, y á la vez reía, canturriaba, bufaba, iba, venía y sudaba la gota gorda.

Cerca de la cocina, en el gabinete del comedor y á la luz de una vela de sebo, daba Joaquinita la última mano á los trajes de campo y colocaba sobre dos enormes sombreros de paja sendas cintas que había planchado poco antes, de color verde esmeralda.

Don Anacleto y su hijo andaban como autómatas de la sala al comedor y del comedor á la cocina: se probaban los sombreros, pellizcaban la merluza y levantaban las coberteras, olían los guisotes y examinaban las piezas de sus respectivos trajes de campaña.

Á las diez se cenaba mal y sin orden un poco de lo mucho que se guisaba en la cocina. Pero ni las ratas se retiraban á descansar mientras no estuviesen perfectamente colocados en sus respectivas cacerolas de latón y cazuelas de barro, los diversos guisotes que había preparado con una pulcritud admirable la señora doña Escolástica.

Por supuesto que al acostarse la familia había la de Dios es Cristo sobre quién había de despertar á quién antes de amanecer, pues nadie tenía en sí mismo bastante confianza para comprometerse á desempeñar lucidamente un cargo tan delicado.

Pero este afán era excusado, porque ni entonces, ni en tiempos anteriores, hubo necesidad de despertadores en la noche que precede al día del Carmen, porque durante ella se encargaban de ahuyentar el sueño de la población las cuadrillas de romeros que recorrían las calles desde el sábado por la tarde.

Pues señor, que llegaba el anhelado día tras una noche de _parranderas_, de trompadas y de toda clase de expansiones populares. Y aquí vamos á seguir paso á paso á la familia de don Anacleto en una de las expediciones que hizo á la famosa romería; y por aquello de _ab uno disce omnes_, yo me ahorraré algunas digresiones y ustedes se fastidiarán menos asistiendo á la fiesta popular que les describo.

II

Aún no habían asomado por encima de San Martín los primeros rayos del sol, cuando paró á la puerta de don Anacleto un mal carro del país, arrastrado por dos bueyes remolones. Este carro llevaba, fijo en su armadura, el esqueleto de un toldo, y sobre las tablas de la pértiga, yerba desparramada. Antes que el carretero _enrabase_ á la puerta, bajó al portal la criada de don Anacleto con un par de colchones arrollados sobre la cabeza y plegada al hombro una colcha de indiana con grandes ramos verdes, amarillos y encarnados. Extendió los primeros sobre la yerba de la pértiga y la segunda sobre los arcos del toldo, sujetándola bien á éstos con tiras de hiladillo azul. En seguida volvió á la habitación, y bajó de ella dos grandes cestas que colocó con mucho cuidado en la parte delantera del carro. De estas cestas, la una contenía guisados y frituras, y la otra pan, cubiertos, vino, cacharros y una colineta.

Arreglados ya todos estos preliminares, bajó la familia. Iba delante don Anacleto con tuina, pantalón y chaleco de hilo crudo, zapato descotado, de castor amarillo con lazos encarnados, corbata clara, sin armadura, y sombrero de paja con anchas alas y cinta verde esmeralda.

El chico vestía un traje casi igual al de su padre, con la sola diferencia de que no llevaba chaleco y se había arrollado á la cintura una faja de seda púrpura, entre la cual y la camisa se perdía el extremo de una cadena de similor, que no sujetaba, como el mozalbete quería aparentar, el anillo de un reloj, sino el de la roñosa llave de su baúl.

Doña Escolástica y su hija llevaban vestidos de percal rayado, pañoletas de espumilla á la garganta y pañuelos de seda cruda con grandes lunares, sobre la cabeza y anudados bajo la barbilla.

Entraron estas señoras y la criada en el carro, y se colocaron _á la rabera_ don Anacleto y su hijo, que, para ir más en carácter, se sentaron de espaldas á los bueyes, dejando colgar las piernas fuera de la pértiga.

--Cuando quieras,--dijo el marido de doña Escolástica al carretero.

Y éste, con un _¡arre!_ y dos castañeteos de lengua, puso en movimiento á las dos entumecidas bestias.

Sobábase las manos don Anacleto y se revolvía en su asiento á cada tumbo que daba el carro, como si tales bamboleos fueran lo más sabroso del viaje que empezaba.

--¡Esto es magnífico!--exclamaba el buen señor al recibir un golpe que á otra persona más imparcial le hubiera arrancado lágrimas de dolor.

Y tras esto, volvía á sobarse las manos y saludaba risueño á cuanta gente pasaba junto al carro con el mismo rumbo que él, y se despedía de los barrenderos y polizontes, á quienes compadecía porque quizá eran las únicas personas sanas de la población que no iban al Carmen aquel día.

Ya en el camino real, sacaba á cada instante la cabeza por encima del toldo y buscaba con la vista algo que no le gustaba encontrar.

--Ya sé lo que busca usted, señor don Cleto--le dijo en una de estas ocasiones el carretero acercándosele con la aguijada bajo el brazo, un papelillo pegado por un ángulo al labio inferior y picando entre los dedos de la mano izquierda, parte de dos cigarros de á cuarto con una navaja que empuñaba su derecha;--pero también este año hay quien ha madrugado más que nosotros.

--Amigo--respondió don Anacleto,--yo no sé cómo se me componen las cosas, que ningún año logro ser el primero... Mira, mira allá por la cuesta de San Justo... Uno, dos, cinco, siete. ¡Ave María purísima!

Lo que don Anacleto contaba eran carros entoldados que precedían al suyo.

--Pero es lo más raro--añadió este buen señor,--que no hay nadie que se atreva á decir «yo llegué el primero:» aunque vaya á amanecer á la romería, se encuentra con dos docenas de carros que están ya cansados de descansar en ella. Pero todo tiene su compensación: si yo cogiera la delantera á los demás, no podría ir gozando, como voy ahora, en la contemplación del cuadro que presenta la carretera. ¡Vaya una animación! ¡Uf! ahí viene esa gavilla de locos galopando... ¡Agur, caballeros!... Sí, échales un galgo... Mira esos cuatro pobres marineros, descalzos y con los remos al hombro: irán á cumplir la promesa que harían á la Virgen del Carmen durante alguna borrasca. Me gusta esa fe. No tendrán tanta esos botarates que van delante de nosotros retozando con las mozas que los acompañan... Arrima un poco á la derecha, Antón, que viene un coche echando demonios sobre nosotros... ¡Tengo un miedo á estas máquinas diabólicas!... Se me figura que va dentro la familia de don Geroncio... La misma es. Beso á usted la mano... saludo á ustedes, señoras... ¡hasta luego!... Como si callaras. Sospecho que ni siquiera me han visto... ¡Pero si pasó el coche como un rayo!... ¡Magnífico está esto hoy, caramba! Lástima que no se pudiera ver de una sola ojeada, con la gente que va por la carretera, otro tanto que va por el atajo de las _Presas_ y embarcada por la bahía... ¡Y que haya mentecatos que se atrevan á decir que á la romería del Carmen le quedan pocos años de vida!

--¿Quién dice eso, don Cleto?

--Hazte cuenta que nadie, hombre: cuatro peleles que se la echan de gente á la moderna.

--¿Pero al auto de qué creen eso?

--Dicen que después que se construya el ferrocarril, de cuyo proyecto empieza á hablarse ahora, la ida y la vuelta de la romería serán un soplo, y, por consiguiente, ésta no tendrá chiste y acabaremos por ir abandonándola.

--¿Y usté cree, señor don Cleto, que ese ferril se hará?

--Como ahora llueven tocinos. Mas aunque, por un momento, conceda que el proyecto se realice, y lleguemos á ver un rosario de coches penetrar por las aguas de la bahía, pues por ella dicen que ha de ir el camino, ¿cómo es posible que ese infernal invento mate nunca entre nosotros al carro de bueyes para todo lo que sea comodidad?

--Y ello, don Cleto, ¿á manera de qué es ese demonches de laberiento? Dicen que es tou fierro po acá y fierro po allá, y que rueda po encima del carril como si el diablo le llevara.

--Como no soy competente en la materia, no puedo decirte lo que es el ferrocarril detalladamente; pero sí me atrevo á asegurar que no ha de tardar en convertirse esta invención en castigo providencial de la soberbia del hombre. Parecíanos molesto un viaje en carromato que tardaba quince días á Madrid desde Santander, y le sustituyeron en seguida las _galeras aceleradas_, que echaban semana y media en recorrer la misma distancia. Íbamos en estos carruajes como en nuestra propia casa, pues en ellos dormía usted, comía, se mudaba la camisa, se quedaba en zapatillas, bajaba usted, se estiraba las piernas, se deleitaba en la contemplación de los paisajes que recorría; y llegó todo esto á parecernos poco, y se inventaron las diligencias que van en tres días á Madrid, poniendo en constante peligro de muerte la vida de los viajeros. Parecía mentira que se pudiera correr más en menos tiempo; que hubiera un vehículo más veloz que las diligencias, que sólo de verlas devorar distancias sobre la carretera me mareo yo, y el orgullo del hombre ha querido más y ha inventado el ferrocarril, que marcha con la velocidad del pensamiento.

--Pero ¿tanto corre, don Cleto?

--Hombre, lo que yo puedo decirte, por lo que me ha contado mi amigo don Jorge Pedregales, que ha visto un ferrocarril que hay en Barcelona, es que si, cuando va marchando un tren, dejas caer una manzana desde la ventanilla de un coche, antes que la manzana llegue al suelo ha corrido el tren media legua.

--¡María Santísima! Pero ¿tan alta está la ventana?

--No, señor: tanto es lo que corre el tren... ¡Toma! como que si sacas la cabeza por la ventanilla, te mareas y apenas alcanzas respiración.

--¡Buenos caballos llevarán los coches!

--¡Qué caballos, bolonio, si toda aquella batahola la mueve el vapor!...

--¡Ah, ya! conque el vapor...