Part 24
Estas seis que vienen, al parecer, mujeres, envueltos sus talles en menguados chales y sus cabezas en flotantes pañuelos de seda cruda, á manera de capucha, son las hembras de dos familias modestas que viven en una misma escalera, y que después de cenar se han reunido para dar el ordinario nocturno paseo callejero que ahora comienzan. Todas las noches que no llueve hacen lo propio. El objeto principal de su paseo es examinar, desde afuera, los escaparates de las tiendas: si hallan un género _de imitación_ muy barato, no para comprarlo, sino para saber que le hay, _por si acaso_, señalan la noche con piedra blanca; y la señalan con dos piedras si al pasar de tienda á tienda descubren algún gatuperio, notable por los actores, entre la obscuridad de algún portal indiscreto; y, en fin, la marcan con tres piedras si topan con una serenata.--Á la misma comunión pertenecen estas otras tapadas que se cruzan con ellas, y á la propia las que están detenidas á nuestro lado. De todas ellas y otras semejantes se compone la mayor parte del pacientísimo público que en las noches de baile campestre acude á _olerle_ desde los nuevos jardines de la calle de Vargas.--Medio punto más arriba en el pentágrama social están colocadas las que vienen por la izquierda; y lo digo porque, en vez del _foulard_, llevan _nube_ arrollada á la cabeza, y sobre los hombros una cosa que quiere imitar, en forma y colorido, á los abrigos de las grandes damas... No me engañaban mis presunciones: son _las de doña Calixta_, de quienes en otra ocasión te hablé largamente, y dos de sus amigas íntimas. Por el aire que traen se deja conocer que no van de brujuleo: si hubieran salido con este fin, ya estarían alborotando las tiendas y corrillos que dejan atrás; y no yendo de brujuleo, ni habiendo música en la plaza, ni paseo en la Alameda, ni baile de campo, necesariamente van _de reunión_... cursi, por supuesto.--Estas cuatro que cruzan rápidas, envueltas en ricos capuchones, pisando recio, hablando mucho y oliendo á jazmín y á heliotropo, ya pican más alto. Aunque aparentan no cuidarse del vulgo, te advierto que no le pierden de vista y que le conocen muy al pormenor; también se perecen por los descubrimientos del género tenebroso y, sobre todo, por las tiendas; sólo que no se limitan en ellas á contemplar ó á revolver géneros, sino que los compran, ó cuando menos, los _comprometen_ para comprarlos otro día á la luz del sol. Tampoco desdeñan las serenatas si las hallan al paso. Si esta noche hubiera _recepción_ en alguna casa de lustre, no las verías en la calle: si estaban invitadas, porque lo estaban; y si no, por no darlo á entender con su presencia entre los desechados.--Aunque poco práctico en el pueblo, no dejarás de traslucir por la pinta el asunto que ocupa á esta pareja que se acerca á nosotros por la derecha. Ella joven, suelta de movimientos, vestida de percal y sin más adorno ni abrigo en la cabeza que una cabellera negra y abundante, graciosamente peinada; él con la cara oculta entre las alas del sombrero muy caídas y el cuello del gabán muy levantado; ella hablando recio y él casi por señas... Ya están junto á nosotros, y hasta se los puede oir...
--Hijo, lleva usté un paso que... ¡María Santísima! ¡Aparémonos un poco polamor de Dios!
Y pues que se paran, escuchémoslos:
--¡Se empeña usted en traerme por lo más concurrido!...
--¡No, que no! ¡Pues podíamos haber ido por los _Perineos_! ¿Le paece?
--Pero sin ir por los Pirineos hay otras calles...
--Lo que usté quiere son tapujos, y causalmente me gusta á mí llevar la cara muy descubierta por todo el pueblo en estos ratos en que deja una la costura y ha ganado con ella muy honradamente su por qué.
--¡Si no es eso, Cipriana!
--Pues en _el Tersícore_ bien amartelado se ponía y no tenía á menos el ajuntarse á mí. Bien que sería porque no le vería estonces nenguna señorona de la ristecracia... ¿Es, quizaes, anguna de esas de _marmota_ que van por ahí la que le hace encultarse?
--No ha de ser usted pesada, Cipriana... y sigamos andando.
--Te veo, inglés... ¡Cómo no!... ¡Ay, cristiano! ahora que arreparo: mire qué canafeos tan devinos tiene aquí Miguel.
--¿Qué Miguel?
--¡Otra sí qué! ¿Qué Miguel ha de ser? Trabanco.
--¡Ah, ya!
--Y deben de ser de última, porque anoche le he visto otros iguales en la comedia á la señora de _Barreduras_, por mal mote, que todo lo trae de Francia... ¡Bien precioso es todo lo que hay en la vidrera! ¿Pues el vidro? Mayor es que una sábana. ¡Y cómo repompa el gas en todas las alhajas!... Padecen de puro brillante... ¡y como que lo serán!
--Conque ¿seguimos ó no?
--¡Eh, cristiano, no tenga prisa, que no le piden nada de esto! Déjenle á una sastifacer tan siquiera la vista... Mire, ahí va la Gervasia con el hijo de Pelagatos, que es bien riquísimo... ¡Y bien despacio que van! ¿Quiere que los llame?... ¡Ay, qué chico ése! ¡cuánto más parcialote y manejable es que usté!
--¡Para él estaba!
--Ahí va tamién la Sidora... ¿Sabe quién es el que la acompaña? Pues es un melitar de tropa, abocao á capitán. ¡Y cómo la estima el venturao!
--¿Quiere usted que los sigamos?
--Lo que usté quiere ya lo sé yo... pero por no oirle tan siquiera, ya estamos diendo... ¡Hija, qué hombre!... ¡para la primera le aguardo!
--¿Por qué?
--En _el_ Tersícore se lo diré de misas.
Y se van, lector... y nosotros nos iremos también, no detrás de la pareja que ya habrás conocido á tu gusto, sino á continuar nuestras exploraciones calle abajo, supuesto que en este sitio no veríamos ya más que repetidos ejemplares de los modelos que por él has visto pasar.
Esta mocetona en mangas de camisa, con los brazos cruzados sobre el estómago y una herrada sostenida encima de su cabeza por un prodigioso esfuerzo de equilibrio, es una cocinera que viene de la fuente: no tardará en _echar_ un cantar... Ahí le tienes, y á toda voz:
«Si quieres que á güeña vaiga y me güelva la color, dame más sastifaciones y menos combresación».
Según canta al uso puro de su pueblo, debe de hacer muy pocos días que ha llegado á la ciudad la cantadora. Me fundo en que los cantares de las pejinas, ó de las que quieren aparentar que lo son, tienen otro carácter, así en el tono como en la letra... Y me remito al ejemplo de esta otra fámula del botijo, pelo enmarañado á la moda y chaquetilla encarnada, que también viene cantando. Oigámosla cuando repita. Ahora:
«Á los mares prefundos van mis sospiros, sospiritos del alma, probes sospiros; que un marinero con los ojos en glárimas, muy retrecheros, me dijo un día: serenita priciosa, tú me dechizas».
Notarás que su voz, aunque recia, es menos desagradable que la de su colega, su música más melodiosa, y en cuanto á la copla, un tantico más ingeniosa.
Y ya que de música tratamos, no desperdiciemos la que se oye en la inmediata callejuela. Son los trovadores _el ciego_ de la bandurria y su mujer, que le acompaña con una guitarra: hay á su lado un mozo chupando un puro, y en la acera de enfrente media docena de curiosos como nosotros. Tenemos que convenir en que el ciego hace primores con su instrumento. Ahora canta á dúo con su mujer:
«Asómate á esa ventana, asómate á ese balcón, Menegilda de mi vida, cara de luna y de sol».
Aquella cabeza que se asoma á aquella ventana que se abre, pertenece á un cuerpo que se muere por el mozo del puro; y si no, mírale cómo le saluda con la mano y se contonea y se sonríe, tan lleno de vanidad como si aquella música y aquellos cantares que ha alquilado por real y medio, fueran legítimos partos de su habilidad y de su ingenio.
¿Riña tenemos también? ¡Bah! no correrá la sangre. Es en la taberna de al lado, entre dos aficionados al aguardiente. Míralos á la luz del velón cómo gesticulan y manotean, al paso que juran y gritan. Óyelos un momento:
--¿Á que no me lo vuelves á decir?
--Pus ahora te digo que no sólo en tí, sino que en tu padre y en tu madre y en toa tu perra casta.
--¿Tú?
--¡Yo, yo!
--¡Ni tú ni cuatro mil como tú, lenguatón!
--Te digo que yo, y me sobro pa ello.
--¡Si no ha nacío tovía el que sea auto pa tanto!
--Que te digo que yo solo me sobro.
--¿Y serás capaz de sostenerlo?
--Cuando quieras.
--¿Á que no me lo dices en la calle?
--¡Por vida de toas mis entrañas!... Vamos á la calle y verás si yo no soy más hombre que el mundo entero ahí y en tous laus.
Ya tenemos la comedia junto á nosotros: verás qué desenlace.
--Ya me lo estás dijiendo aquí.
--Pos aquí tarrepito que en tí y en toa tu arrastrá prisapia, ¡baldragazas!
--¡Ajuera too el mundo!... ¡Á ver, repite... repite... hombre!
--Que te digo que en tí y en tu padre y en tu madre y en tos tus cinco sentíos.
--¡Tú?
--Yo.
--¡Tú?
--¡Yo, sí, yo! ¿lo quieres más claro?
--Pus ahora lo vamos á ver: ya lo estás hiciendo... ¡Vamos!
--¡Hombre!...
--Y mujer... Así se prueban los valientes... ¿Á ver cómo lo haces?
--Vamos... no matientes la pacencia, porque si matientas la pacencia, me paece á mí que esa cara recondená...
--¿Qué? vamos á ver... ¿que harías tú á esta cara que no le debe ná á la del mesmo rey?
--¡Si no juera más que golvértela al revés!
--Cuidiao la mano, mucho cuidiao con ella; porque si matocas ni tan siquiera al pelo de la ropa...
--¿Qués lo carías estonces, eh?... vamos á ver, ¿carías?
--¿Qués lo caría? ¡Ajuera too el mundo! ¿Qués lo caría? ¡Pus atoca y verás!
--Pus prevócame tú.
--Que matoques te digo.
--Que te digo que me prevoques.
--¡Á ver si matocas!
--¡Á ver si me prevocas tú!
--¡Á ver, hombre!
--¡Vamos á ver!
En vista de lo visto, podemos retirarnos nosotros en la ciega confianza de que el asunto no pasará á vías de hecho; y sírvate de gobierno que si en este pueblo se cumpliera todo lo que se promete en el capítulo de amenazas, apenas quedarían hoy en pie los gigantes chopos de la Alameda y la casa del _Pasiego_. Conste así en honra y prez de mis pacíficos paisanos, por más que sean disputadores incansables. De mil pendencias entre ellos, en noventa suenan bofetadas y en diez sale la navaja á relucir. De éstas, en cinco se envaina el arma sin haberla usado; en cuatro se hace sangre con ella, y en una se hiere de gravedad; y cuando el juzgado se presenta á recoger lo que queda sobre el campo, resulta casi siempre que el agresor es forastero. No podrás negarme que esta estadística es consoladora, si se compara con las de otras provincias en que, sin duda porque se vocea menos, se desbarrigan los hombres por un quítame esas pajas.
Y andando, andando, hemos venido á dar enfrente de la cuesta de Garmendia, ó del Cordelero. Tomémosla á pechos. Ciertamente que nuestros abuelos debían de tenerlos muy robustos, ó estaban muy atrasados en materia de rasantes, cuando convertían en calle un precipicio como éste, sin más preparativos que construir en él dos filas de casas y cubrir el suelo con una capa de morrillos desiguales.--Tápate ahora las orejas, porque estas mujeres que bajan la cuesta braceando y cerniendo las faldas con el exagerado contoneo de sus caderas, van á echar un cantar, ó faltarán á la costumbre, y tú no debes oirle: ahí le tienes. Me alegro que hayas sido sordo por este instante, pues si la música de la canción te hubiera sacado chispas de los oídos, la moral de la copla te hubiera achicharrado la vergüenza... Y repara qué bien fructifica lo malo cuando se siembra á tiempo, en este rapaz que apenas tendrá siete años; ¿á que no me dejaba á mí publicar, sin correctivo, el Código penal, y haría bien, la copla que él ha entonado á toda voz impunemente? Y eso que yo no ofendería más que á algunos cuantos lectores, al paso que los nocturnos cantares callejeros escandalizan á todo un pueblo.--Hemos llegado á la cúspide: descansemos un instante, y en el ínterin, mira qué buen efecto hacen allá abajo las luces de la calle del Correo, y enfrente, en lontananza, la negra línea de árboles del paseo del Alta.
Este edificio obscuro, jiboso y carcomido que hallamos al doblar la esquina, es la cárcel; nada tengo que decirte de ella, porque eres hombre honrado; sin embargo, apostaría una oreja á que te infunde á tí más horror que á los reos que la habitan ó á los pícaros que la merecen. Verdad es que sin éste, al parecer contrasentido, no habría delitos sobre la tierra; y el ser en ella hombres de bien, como tú y yo, no tendría mérito alguno.
Ni el hospital, ni el cementerio, á los cuales nos conduciría esta calzada de la derecha, tendrán á la hora presente el menor atractivo para nuestra curiosidad, que seguramente no va buscando ayes de agonía ni blandones funerarios. Echemos por la izquierda, y cátanos de patitas en la calle Alta, venerable resto de la primitiva Santander; desvencijado, vacilante y hediondo albergue de los mareantes del _Cabildo de Arriba_, sempiterno rival del _Cabildo de Abajo_, ó sea de los mareantes de la calle de la Mar.
La ebullición civilizadora del centro ha lanzado hasta aquí algunas lavas que á duras penas han logrado ingerirse y arraigarse, en forma de casas nuevas, entre este laberinto de balcones ruinosos, de aleros retorcidos, de jarcia, de aparejos y de pestilentes residuos de _parrocha_. Para que te formes una idea de cómo se vive en estos carcomidos palomares, puedes asomarte á la puerta de uno de ellos. Ese grupo que ves en el fondo, especie de caverna alumbrada por mortecino candil, es una familia que se dispone á descansar de las rudas faenas de todo el día, quizá sobre el duro suelo del miserable recinto, ó, á todo tirar, sobre una semi-desnuda cama el matrimonio, y sobre un montón de redes los demás. Por esta derrengada escalera se sube al primer piso, en el cual vivirán por lo menos dos familias, y continuará la escalera hasta el segundo, y allí se cobijarán sabe Dios cuántos individuos; y se ramificará hacia arriba y hacia la derecha y hacia la izquierda, y en todos los pisos hasta el quinto, y en todos los cabretes y rincones, y en las buhardillas y hasta en los balcones, habitarán pescadores oprimidos, sin luz, sin aire... y sin penas, felizmente, pues á tenerlas, producidas por la idea de su condición, no las sufrieran vivos muchas horas.
Y en prueba de que en este barrio no padece el ánimo gran cosa, repara con atención el cuadro que presenta la calle, la bulla que en él reina. En aquel portal cantan dos sardineras; canta en el balcón de allá un pescador; canta también en el de al lado un muchachuelo; conversa alegremente una familia desde aquella buhardilla con la que vive en la de enfrente; y aunque riñen acá dos mocetonas y se arañan otras tres en medio del arroyo, y en la taberna disputan dos pescadores, y gime un rapaz en esta bodega, ni la riña, ni los arañazos, ni los juramentos, ni los gemidos, reconocen por causa la menor pena: para reñir, arañarse y llorar en estos sitios, basta un poco de terquedad contrariada, y sobra un exceso de alegría. Dentro de una hora quedará todo esto en silencio; á las tres de la mañana recorrerá la calle el avisador gritando: «_¡apuya!_» y se levantarán los pescadores y se harán á la mar sobre sus lanchas, á robarle, con frecuente riesgo de sus vidas, el sabroso pez que tú puedes comer al mediodía, y que de fijo comerás, sin parar mientes en los ímprobos trabajos que ha costado llevarle hasta la plaza donde tu cocinera le adquiere regateándole cuarto á cuarto.--Y así todo el año, excepto tres días, desde la víspera de San Pedro, patrono del Cabildo, hasta el subsiguiente inclusive. Entonces se alquila el tamborilero de la ciudad, se lanza todo el barrio á la calle, corre por ella el vino, entóldanla gallardetes y banderas, se encienden hogueras por la noche, tiembla el suelo con los bailes, llenan el espacio cantares y cohetes, se come en las tabernas, se duerme allí donde el sueño acomete, y si no se echa por la ventana la casa, es porque nadie se acuerda de entrar en la suya mientras duran las fiestas. ¡Bendita sea la Providencia Divina!... ¡Zambomba! algo te ha llovido encima del sombrero... ¿Á ver?... Las tripas de una sardina; pero no te extrañe el suceso, pues como estarán desbandullando muchas en el balcón de encima y son raros en esta calle intrusos como nosotros, estas buenas gentes arrojan á ella las inmundicias sin escrúpulo ni reparo... Para huir de éste y otros inconvenientes no más aseados, conviene que salgamos de aquí cuanto antes.
Ya estamos en plena civilización otra vez, y á fe que no lo deducirás del cantar que de entonar acaba ese mozalbete de blusa... ¿Te va chocando tanta música popular? Esperaba que me lo dijeras. Pues has de saber que aquí se canta toda la noche... y todo el día. Canta la fregona al ir á la fuente y en el fregadero, y canta el _peón_ cuando trabaja y cuando deja de trabajar, y el aprendiz de zapatero cuando va de «entrega», y el vago que se cansa de serlo, y el _motil_ ó grumetillo que vuelve á bordo, y el oficial de sastre y todos los jornaleros de todos los géneros y categorías en cuanto se echan á la calle... y no te incluyo en esta música, que es de pura afición, á los _artistas de profesión_, como los indígenas ciegos de vihuela, y los de gaita y lazarillo con panderetas, exóticos, de la provincia, que en ciertos días de la semana, como el sábado, aturden la población. Y si de ella sales ahora, oirás cantar al carretero en el camino real, y al mozo que ronda la casa de su moza, y al sacristán que va á tocar á las oraciones, y al enterrador que abre una fosa... y á todo bicho viviente; que aquí, como en ninguna parte, se evidencia la admitida opinión de que los montañeses de todo el mundo son bullangueros y danzarines de suyo.
¿Por qué te sobresaltas? ¿Crees que el ruido que se oye procede de algún escuadrón de demonios que se ha escapado del infierno con todos sus chismes de freir y de tostar? Pues es lisa y llanamente una _cencerrada_ que se está dando en la calle contigua á algún viudo que se ha casado hoy en ella. Acerquémonos y verás... Calderas, bocinas, cencerros, campanillas, regaderas... de todo lo más acre, estridente y ruidoso en materia de sonidos hay en esta infernal orquesta... Ahora cesa la _instrumentación_ y comienzan las voces solas.
_Una._--¿Quién se casa?
_Coro._--Melitón el de la calva.
_Una._--¿Con quién?
_Otra._--Con Mariquita _la cancaneada_.
_Coro._--Pues siga la cencerrada.
¡Y dale que le das!... Y aquel pillete que asoma por la esquina con un almirez, se une al grupo; y esa vecina que vuelve de la fuente con un _calderón_ lleno sobre la cabeza, al ver lo que pasa derrama el agua en el suelo, mete en el cántaro unos morrillos y ¡zurra que es tarde! Silba un granuja, grazna un remendón, relincha un carretero, aúllan por simpatía los perros vagabundos, lánzase á los novios de acá un chiste, de allá una grosería y del otro lado una indecencia; y sin duda porque la boda es de pro, confúndense en este pastel horripilante la burda chaqueta y el elegante gabán, la camisa remendada y los guantes de cabritilla, el luengo ropaje del sexo débil y la estirada librea del que peina barbas y hace las constituciones y los bandos de orden y buen gobierno; que en ciertas ocasiones y para determinados actos, la humanidad no gasta remilgos ni para mientes en grados de alcurnia ni de posición social: sola se exhibe con sus tendencias ingénitas, con sus resabios esenciales, y ni la calidad ni el corte del vestido le imponen deber alguno: entonces es nieta de Caín y nada más.--Ya sabes, por el apóstrofe _coreado_ que oíste, que el novio se llama Melitón y que es calvo, y que se llama la novia María y es _cancaneada_, ó marcada de viruelas. Pues del mismo modo te irán diciendo poco á poco cuántos años tienen, y qué caudal, y por qué se casaron, y una multitud de cosas más, ciertas unas é inventadas otras, pero capaces todas de hacer enrojecerse de vergüenza á los sillares de un cuartel. Jamás he podido comprender yo el derecho en que se funda esta brutal costumbre tan arraigada aquí aún y tan popular en toda España _in illo tempore_. Y lo mismo que yo debía de pensar de las cencerradas un señor muy conocido en Santander, cuando quiso disolver á tiros, desde el balcón, una que le estaban dando; pero no la disolvió, porque ¡pásmate! se llamó _barbaridad_ al justísimo desahogo de mi anciano amigo (q. e. p. d.), y eso que desde abajo le estaban poniendo, siendo él el tipo de la honradez, como un trapo sucio; lo cual prueba que sobre el derecho natural, y sobre el sentido común, y sobre el sagrado de la familia, y sobre todo lo más santo y respetable, está la tiranía de la _costumbre_, por estúpida, por indigna que ella sea de la fama que lleva el siglo en que aún impera y nosotros alcanzamos. ¡Ah, pues las cencerradas, á pesar de lo que estás viendo, son aquí tortas y pan pintado! Yo te puedo citar pueblos de esta provincia en los cuales, pocos años hace, aún era _costumbre admitida_ sorprender á los novios en el lecho, colocarlos amarrados y desnudos sobre un carro cuyas ruedas se _desencambaban_ exprofeso, y sufriendo las angustias de este bárbaro martirio, bajarlos al galope por las cuestas más rápidas y desiguales de las inmediaciones, entre la algazara del bromista vecindario; y por fin y término de la _broma_, darles un baño, aunque fuese en el rigor del invierno, en el río más próximo, ó en el mar, si no estaba á más de una legua del pueblo... Te aseguro que en punto á cencerradas se han hecho primores en este país; y sin salir de Santander te pudiera citar tres muy célebres... En fin, hombre, yo he visto aquí una cencerrada ¡_de caballería_! Sí, señor: á caballo, formados en escuadrón y con trajes _históricos_, iban los directores y principales ejecutantes de la _sinfonía_. ¿Quieres más?... Pero observo que te sobra con lo que estás viendo y que deseas alejarte de aquí; y como á mí me sucede lo propio, nos vamos con nuestras meditaciones á otra parte.
El mercado de Atarazanas. Bajo esta gótica ó morisca _socarreña_ en que durante el día se venden frutas, harina y otros excesos al pormenor, vendrán á reunirse muy pronto, con los farolillos encendidos, que colocarán en fila junto á los respectivos chuzos, los serenos que á la primera campanada de las diez se dispersarán por la ciudad á cumplir su canora y nocturna obligación.
Pasamos por debajo del puente que, si mal no recuerdo, también se llama de Vargas, en conmemoración de la susodicha batalla, y me complazco en poder ofrecerte un espectáculo que te ha de borrar la desagradable impresión que conservas del de la cencerrada que aún se oye desde aquí. Y cuenta que no aludo al flamante pedestal que se alza en el centro de ésta también nueva plaza, construída sobre la antigua dársena, esperando pacientísimo la estatua, que nunca acaba de fundirse, de nuestro heroico paisano don Pedro Velarde, y á la cual ha de servir de base: refiérome al espectáculo que nos ofrece la naturaleza en este momento, y en el que, según observo, te has fijado ya; espectáculo frecuentísimo en Santander en las noches de otoño.--Mas, para que le aprecies en toda su magnificencia, hemos de colocarnos sobre aquel negro promontorio de enfrente, que es el famoso _paredón_ del Muelle de las Naos.