Part 25
Ya estamos en el verdadero punto de vista. Tiende la tuya en derredor y dime si has admirado muchos cuadros más bellos que éste. La luna en toda su plenitud, sin una sola nube que empañe su claridad, reflejándose en el verdoso cristal de la bahía, produce sobre ella una ancha faja de luz inquieta y fosforescente que, naciendo en la angosta embocadura de San Martín, viene á perderse entre el bosque flotante de naves, que cerca de nosotros parecen dormitar, como si reponiendo estuvieran sus bríos para lanzarse mañana á luchar de nuevo con las tempestades del embravecido Océano. Como barreras de este líquido inmenso espejo, allá la negra mole de Cabarga, el gracioso pico de Solares, los cerros ondulantes del Puntal, Pedreña, Guarnizo y Muriedas, y más lejos las elevadas crestas del Asón y del Escudo limitando el horizonte; acá la larga fila de monumentales edificios iluminados por la pálida luz del astro y mirándose en las tranquilas aguas que lamen los pulidos sillares del muelle, y las colinas de Molnedo hasta el breve promontorio sobre el cual alza su joroba el desmantelado castillo de San Martín, como inválido, inútil centinela del puerto. Óyese el canto melancólico del remero, y el ruido lejano del mar, y el acompasado martilleo del molinete, y el susurro de las aguas; y como complemento de este panorama sublime y animado, mira una diadema de nubes de oro y escarlata sobre el azul purísimo del cielo, pugnando inútilmente por ceñir más de cerca el disco luminoso de la luna...
Yo no he visto las noches del Bósforo, ni las de Nápoles, ni otras cien noches más que los poetas melenudos y los _touristas_ de hoy han hecho célebres en teatros, libros y salones; pero sí he observado que en todos y cada uno de esos cuadros fantásticos y encantadores entran, como elementos componentes, los que ahora estamos admirando: la luna plateada, la barquilla ó la góndola surcando la tranquila superficie de las aguas, los reflejos, los tornasoles y hasta torrentes de luz juguetona, las montañas, la brisa, los palacios... De donde yo deduzco que en Venecia, en Nápoles ó en Constantinopla podrá haber noches poéticas hasta donde tú quieras, pero no más que las de Santander.
Ni un alma en la Ribera, y es natural: siendo el centro, durante el día, de la ebullición mercantil, de noche es el sitio que más reposo necesita... Sin duda por eso vienen á turbarle esos cantadores que asoman por la esquina de la Aduana... Ocho nada más...
«Los de Santander no van á Madrid, porque se _le ha_ roto el ferrocarril. «Rió, rió, rio-ja, ja, ja, ja; los de la calle Alta me la han de pagar».
Te prevengo para tu satisfacción que hace más de un año no privan aquí entre la gente del pueblo más que ese cantar tal como le has oído, y otro que no le va en zaga, así por la letra como por la música, que no tardarán en _echar_ estos mismos trovadores... Ahí le tienes:
UNA VOZ. «Ayer mañana fuí á bordo y le dije al capitán:
CORO. Que toma la vizcainita, que toma la vizcainá».
Tiene este cantar sobre el anterior la desdichada ventaja de que no se le oye el fin, pues preguntando la voz primera y respondiendo el coro siempre con el mismo estribillo, llega la tarea de los cantadores mucho más allá que la resignación de los que se ven en la angustiosa necesidad de oirlos.
Te llamó antes la atención lo mucho que aquí se canta de noche, y ahora caes en la cuenta de que las coplas que vas oyendo, cuando no pican en indecentes, pecan de bárbaras y chocarreras, y me preguntas en qué consiste esto. Yo no lo sé, amigo mío; pero es lo cierto que autores de mucha y muy merecida fama aseguran que _el pueblo es_ UN GRAN POETA. Y suelen decir en apoyo de su temerario aserto:--«¿De dónde proceden, si no, esas tiernas baladas, esos cantares sentidos que andan en boca del pueblo, y aunque bajo unas formas sencillas y desaliñadas, encierran bellos y poéticos pensamientos?» Muchas ganas se me han pasado algunas veces de contestar á estos señores lo que, aquí donde nadie nos oye, te voy á decir en confianza.--¿De dónde proceden, preguntáis (les hubiera yo dicho), esos cantares tan bellos que se oyen (muy de tarde en tarde por cierto) en boca de los sencillos trovadores de las calles y de los bosques? De vosotros, señores míos, de vosotros, ó de otros poetas como vosotros, que los han creado tan bellos en la forma como en el pensamiento; el pueblo los ha hallado después, los ha _traducido_ á su lenguaje tosco y vicioso, los ha aplicado el aire que, en su sentir, mejor les cuadraba, y se los ha cantado en seguida. De modo que, en mi humilde opinión, lo único que deben esos ligeros fragmentos de bella poesía al pueblo que los manosea, es el favor de encontrarse mutilados y contrahechos á lo mejor de la vida, cuando nacieron perfectos.
Y no es posible otra cosa. Désele á ese «gran poeta» que, por ende, debe sentir las bellezas del arte en todas sus manifestaciones; désele, repito, un hermoso mármol del mismo Fidias, y suponiendo que le quiera recibir por _descolorido_ y _ordinario_, se verá cómo no tarda en colgar un cascabel del cuello de la estatua, en ponerla una cofia en la cabeza y un ramillete de siemprevivas en la mano, cuando no un refajo sobre las caderas, ó en pintarle las mejillas de almazarrón y de verde las pantorrillas; y no por escarnio, no, señores, sino porque cree sencillamente que así está más _maja_. Millones de hechos como éste prueban con toda evidencia que el pueblo, es decir, la masa indocta, no solamente no es capaz de crear nada bello, pero ni aun de conservarlo... ni siquiera de distinguirlo. Y cuenta que estas mis observaciones, que yo extendiera mucho más si la ocasión lo exigiese, son hijas de un detenido estudio de este pueblo, que no solamente es el que más canta en España y el que, proporcionalmente, más emigra á América y á Andalucía y á multitud de puertos del mundo, y, por tanto, el que más ve y oye y puede comparar, sino el que, como _instruído_, figura el primero en la estadística[12]; es decir, que en materia de cantares y de cantares _pulidos_, no debe tener en España otro pueblo que le eche la pata. Pues ya has oído cómo canta. ¡Figúrate cómo cantarán los demás! Y basta de _música_ por ahora.
No me negarás que es de gran efecto la perspectiva que en este momento presenta el Muelle contemplado desde aquí en dirección á Molnedo: hasta la soledad que en él reina contribuye á hacer el cuadro más fantástico.--Repara esta especie de ovillo humano que yace sobre el santo suelo en el hueco de esa puerta cerrada: son chicuelos de la calaña de _Cafetera_, de aquel _raquero_ de quien te hablé en las _Escenas_, que duermen, enroscados como anguilas en banasta y sirviéndose mutuamente de colchón, almohada y cobertura, mientras llegan del mar las lanchas á que pertenecen y que han de custodiar luego hasta el amanecer en esta dársena. Lo más sorprendente es que, lo mismo que ahora, se les halla durmiendo en este sitio y en igual forma en las noches crudas de enero; y raya en lo admirable el ver cómo al despertar se ponen á cantar, ó se pegan de trompadas, tan contentos, holgados y retozones como si salieran de un lecho de plumas y damascos. Pero ahora se me ocurre que quizá no les fuera dado á estos infelices encontrar el sueño entre tanta comodidad y tanto abrigo. La Providencia suele disponer estos y otros aún más raros contrasentidos en bien de los desgraciados.
Nos aproximamos al _Suizo_, y aunque cerráramos los ojos, nos lo dieran á conocer las _bofetadas_ que nos sacuden en las narices los _aromas_ de la baja-mar. Echemos, pues, por detrás del Muelle, y por de pronto, cedamos la acera á esta parranda de cítaras y guitarras. Los que componen la comparsa son marineros, probablemente valencianos, que matan así, y parándose en tal cual taberna, sus ahorros y el tiempo que les sobra en el puerto.
Estos dos viejísimos edificios que se alzan con dificultad á los extremos de este solar, son lo único que resta de la antiquísima calle de la Mar, rival, como ya te dije, de su contemporánea y hasta _comprofesora_, la calle Alta. Por tanto, los mareantes del Cabildo de Abajo han tenido que diseminarse por las inmediaciones de sus derrumbadas viviendas. En esta sucia y obscura calle en que ahora entramos se albergan muchos; y si es que no los hueles desde aquí, mira, como testimonios irrecusables, las redes y las sereñas secándose en los balcones, y las bullangueras tertulias en las aceras.--Á propósito de bulla, vamos á ver cuál es la causa de la que se oye en la calle inmediata.--Tamboril, castañuelas, panderetas, cantares y baile alrededor de una hoguera. No siendo hoy día ni víspera de los Santos Mártires, patronos del Cabildo, ni fiesta ordinaria de precepto, necesariamente ha de ser esto una boda. Preguntémoslo. Efectivamente: aquel marinero de rostro cobrizo y de pelo crespo, y la moza que con él baila, son los novios, según me informan. ¿Ves con qué agilidad se zarandean todos? Pues estremécete: esta mañana se casaron los protagonistas en la parroquia, al amanecer; pasó el cortejo á casa de la novia, y se desayunó; se echó á la calle, y saltando y cantando al son del tamboril, recorrió toda la ciudad; comió y bebió largo y tendido, también en casa de la novia, y bailó después en la sala; tornó á lanzarse á la calle; andúvolas casi todas otra vez; _echó_ las cuatro en una taberna; bailó en ella durante una hora; salió de allí brincando y gritando... y ahí le tienes aún, á las nueve y media de la noche, rematándola entre saltos y cabriolas, como si no los hubiera probado durante el día. Ésta es la costumbre aquí en tales lances entre la gente del pueblo, y es bien seguro que estos novios no habrán faltado á ella.--Repara cómo, al son de la fiesta, se piropean esta mujer desde la calle y aquel hombre desde la ventana.
¡Cristo, cómo se ponen! Y por las señas, es un matrimonio.
--Sube á recogerte, ¡bribonaza!
--No me da la gana, ¡borrachón! Aquí me tengo de estar, que lo que tú quieres es acabar conmigo.
--¡Sube acá, pícara, ó abajo yo!
--¡Con la josticia he de hacerte yo abajar, arrastrao!
--Pos yo no te he de dejar á la santimperie... Toma la cama.
¡Cataplum!... Un jergón á la calle... Y ahora el catre.
--Pero, diga usted, buena mujer, ¿qué es lo que pasa ahí?
--¡Ay, señor! ¿qué tiene de pasar? Ese venturao, que es de suyo un enfelizote y güeno como el pan; pero es dao á la mosolina, y en cuanto se prohibe, se le tristorna el celebro y no se puede con él. Á la probe mujer la pegao endenantes una soba que la doblao; y ahora, porque no asube, la echao la cama por la ventana. Pos el otro día, porque no quería la enfeliz sobir á cenar goliéndose una paliza, dijo él que la iba á abajar la cena; y tan aína lo dijo, despenzó á tirar por la ventana toos los cacharros de la cocina. Y mire usté, señor, ¡quién lo pensara cuando una los vió, como quien dice, ayer, como los ví el día que se casaron los esgraciaos, triscar y bailar, lo mesmo que éstos que está usté viendo ahora á la vera nuestra!
Ya lo oyes, lector; y por cierto que la noticia me ahorra á mí una observación que iba á hacerte, á propósito de los héroes de la fiesta que alumbra esa hoguera.
Estamos en la calle del Arcillero, la que lleva la palma á todas las de Santander en materia de parrandas, pendencias y toda clase de ruidos incómodos, especialmente en noches de verbena, carnaval ó víspera de alguna fiesta popular: en estos casos ya sabe el señor Morfeo que no tiene que acudir á estas vecindades. En este instante reina en ellas alguna tranquilidad, lo cual consiste en que se han ido recogiendo en los casuchos que ves á la derecha, el enjambre de comadres, sardineras, raqueros y otros análogos personajes que pululaban poco ha en balcones, tabernas, aceras y portales.--Algunos pasos más y nos hallaremos en el punto de donde partimos para hacer la exploración, que podemos dar por terminada en la calle de la Compañía.
Nadie en ella... nadie en la plaza... nadie en las calles inmediatas: algún transeúnte, á lo más, que se dirige aceleradamente á su casa. No te extrañe tanta quietud: en el reló del Principal han sonado ya las diez, y esta hora es una especie de escoba que recoge, como por encanto, de las calles de Santander, á todo bicho viviente, menos á los perros y á los cantadores parrandistas, que ninguna noche se callan por completo hasta que el alba asoma; retíranse los polizontes de su retén del Principal (y aprovecho esta ocasión de presentártelos, ya que no has podido conocerlos ni en la cencerrada, ni en la cuesta del Cordelero, ni en otros varios sitios que hemos recorrido y en los que debiéramos haberlos hallado) y aparecen los serenos... á _cantar_ también la hora, que es el papel que les está reservado y retribuído en esta pajarera donde todo es música y gorjeos, ni más ni menos que si en ella fueran cosa inusitada el sueño y el reposo, ó el llanto y los pesares.
Y á Dios te queda, lector... Mas antes de separarnos y por si no volvemos á vernos, escucha la postrera observación, la última palabra, como si dijéramos:
Con lo que has visto y oído durante nuestro paseo, puedes formarte una idea de lo que es la fisonomía general de este pueblo á la luz de la luna: no quiero que me digas ahora si la encuentras parecida á la de otros de España que te son muy conocidos, ó si la juzgas digna de estudio por su originalidad; pero seguro estoy de que con estos datos nocturnos, más los que ya posees, tomados por mí del natural, así de este modelo como de la provincia entera, á la luz del sol y hasta á la de los humildes tizones, tienes cuanto necesitas para poder saludar al pueblo de la Montaña en sus diversas zonas y jerarquías como á persona conocida; de lo cual me felicito, pues juzgándote leal, confío en que harás justicia á mis paisanos, concediendo sin rebozo que si en sus costumbres hay mucho que reprender entre algo que aplaudir, hay, en cambio, muy poco que castigar. ¡Dichosos los pueblos de quienes, en los tiempos que corremos, se pueda decir otro tanto!
1870.
[Ilustración]
NOTAS:
[12] Véase la publicada últimamente respecto á instrucción primaria, en la cual figura esta provincia á la cabeza de las demás de España.--(N. de la ed. de 1871).