Part 23
--¡Qué conciencia ni qué!... Pues si en elecciones (como en las últimas me decía el candidato _mío_) se fuera uno á doler de la conciencia por una barbaridad más ó menos, ya podía cerrarse para eneterno el Congreso de los Diputados. Desengáñese usté: los delitos, por gordos que sean, son pecados veniales cuando se cometen _electoralmente_. ¡Cuánto podría yo contarle á este propósito! Personas bien estruídas, bien portadas y bien buenas conozco yo, y usté quizás también, que han hecho cosas en días de elecciones que al haberlas hecho en tiempos _corrientes_ les hubieran valido un grillete, obrando en buena justicia.
--¿Y por qué no se ha obrado así con ellos?
--Porque era en época de elecciones.
--Es verdad; y ya usted me ha dicho que entonces los delitos no pasan de pecados veniales.
--Cabal.
--¡Que me place esa jurisprudencia! Y mientras los pueblos duermen bajo su amparo tranquilos y felices, continuemos nosotros examinando la cuestión del cierro. Conque siga usted.
--Pues nada más tengo que añadir. Usté debe haberse convencido de que el cierro es mío, y muy mío, por las razones expuestas.
--Sí, señor, y, sobre todo, por la de Su Excelencia; conque sigamos adelante.--Segundo cargo del pasquín: «Quema-casas». ¿Por qué le llaman á usted «quema-casas?»
--¡Ésa sí que es impostura gorda!--respondió don Hermenegildo revolviéndose en su asiento y haciendo los más pintorescos extremos de indignación.--Escuche usté y perdone. Las últimas elecciones fueron en mi distrito de lo más reñido que se ha visto. Por de pronto, por amaños de los contrarios, se habían excluído de las listas cuatro electores de los nuestros, y se habían metido, por añadidura, dos de los suyos con recibos falsos. Gracias á los manejos míos y á los del candidato nuestro, que en esto de elecciones se mete por el ojo de una llave, tumbamos á los dos intrusos y volvimos á meter en lista á tres de los cuatro excluídos. Pues, señor, con este voto de menos que otros años, la cosa estaba, la verdá, muy apurada, y yo no pensaba más que en la manera de inutilizarles siquiera un voto, para dar al traste con sus amaños. Busca de aquí, tira de allí, malógranse todas las zancadillas que eché con aquel objeto, y llega en esto el día gordo. Con mi último plan en la cabeza, échome á la calle, cójoles un votante que me debía á mí algunos favores, y viendo que se hacía sordo á mis amenazas y á todo cuanto le proponía, resuélvome á llevarle á mi casa por el aquél de que habláramos más á gusto; accede el hombre por complacerme, aunque protestando que no le haría cambiar de opinión, so pena de que le abonase un pico de tres mil reales en el acto, pico que él tenía que satisfacer á fin de mes por unas fincas compradas á plazos, y para cuyo gasto no estaba yo autorizado por el candidato, por lo cual le dije que votara conmigo y que después hablaríamos, á lo que me respondió que á él no se la daba ningún guaja, porque en punto á elecciones sabía tanto como el Gobierno... digo que accedió el hombre á irse conmigo á mi casa, y contando con el buen saque que tiene, voy y planto entre los dos un barril de vino de la Nava que yo tenía en la bodega... «Ahora», dije yo para mí, «ó revientas ó te emborrachas, porque el vino es de la mejor calidad, y tú nunca has hecho al blanco una descortesía». Pues, señor, tira que tira y habla que habla, llevábamos ya el barril bebido hasta la mitad, cuando el hombre, más sereno que estoy yo ahora, dice que se acerca la hora de votar y que me deja... y me dejó el condenado. Quedéme yo solo renegando de mi poca habilidad, y pasóse, sin más novedad, como una hora. Al cabo de ella entraba yo en la Casa-concejo, precisamente al lado de mi hombre, cuando llega un vecino suyo gritando y diciéndole que se le estaba quemando la casa.
--¿Al vecino ó al elector?
--Al elector.
--Y ¿era verdad que se quemaba, ó era una _bromita_ de usted?
--Bromita, ¿eh? Ardía tan de veras como estamos aquí los dos.
La cabecita de don Hermenegildo me pareció en este instante, sobresaliendo por encima de los acartonados cuellos de su camisa, la de una hiena asomada á la rendija de su madriguera. Aquellos ojuelos fosforescentes, aquella boca enarcada y colmilluda, después de los relatos que acababa de oir, no se prestaban á otra comparación más consoladora. Seguí, no obstante, disimulando mi disgusto, y continuó don Hermenegildo:
--Como el hombre estaba escamado por lo de la convidada, vuélvese de pronto á mí, díceme que yo soy quien ha pegado fuego á su casa con la mira de que él no vaya á votar, y ¡paño! me sacude tal guantada, que me hizo dar tres vueltas alrededor. Amigo, la gente que me quiere mal y que lo oyó, da en decir lo mismo que él... Y fortuna que la verdad siempre triunfa y no se me pudo probar el hecho, que si no, me cuesta cara la calumnia de mi vecino.
--De manera que, al cabo, conseguiría usted su objeto: el pobre hombre se largaría en el acto á apagar su casa...
--¡Cá! Primero votó.
--¡Demonio!
--Lo que usté oye: votó, y en seguida se fué; pero ya era tarde, porque el fuego había tomado cuerpo, y la casa ardió hasta los cimientos.
--Por supuesto que usted iría á ayudarle inmediatamente.
--Le diré á usté: yo hubiera ido con mil amores; pero no podía separarme mucho de la mesa, porque la elección iba muy reñida; y en el mismo caso se hallaron la mayor parte de los vecinos, unos por votantes y otros por inclinación á éstos... ¡toma! y hasta cuatro guardias, que en cuanto oyeron lo del incendio quisieron ir á apagarle, tuvieron que quedarse al pie, como quien dice, de la mesa, mandados por el alcalde para la conservación del orden. ¿No ve usté que en estas cosas electorales, en cuanto falta el orden y se meten á barullo, se lo lleva todo la trampa? Así es que lo único que yo hice fué buscar testigos de la injuria que había recibido y reclamar en el acto contra el injuriante. Y caro que le salió, por cierto; pues amén de estar á la sombra mucho tiempo, acabó de arruinarse con las costas de justicia.
--Pero ¿y la jurisprudencia aquélla de que son pecados veniales los delitos cuando se cometen _electoralmente_?... Porque el agravio le recibía usted de boca y mano de un votante y en el acto de ir á votar.
--Todo eso es verdad; pero como nosotros ganamos la elección... y luego el candidato lo tomó tan á pecho... ¡Vaya! como que dijo que la ofensa que á mí se me había hecho era como si se la hubieran hecho á él... Andandito... No, y ello es la verdad que ese señor me aprecia á mí mucho.
--¿De manera que si la elección se pierde, usted se queda con la guantada, y quizá el pobre votante hubiera hallado medio de indemnizarse de los daños que le causó el fuego?
--No le diré á usté que no. Por lo demás, y volviendo á lo que _nos_ interesa, el incendio, aunque creo que no necesito decírselo á usté, fué pura casualidad, sin que tuviera yo más parte en él que en lo de Troya.
--Por supuesto, don Hermenegildo; ¿cómo he de creer yo otra cosa?
--Pues al mismo tenor sucede con lo de las Ánimas benditas, sobre si las dejé ó no las dejé en cueros.
--Efectivamente--dije repasando el pasquín:--ése es otro cargo que se le hace á usted aquí.
--Tan calumnioso como todos los demás; y á la prueba me remito. Como le dije á usté hace rato, yo fuí mayordomo de las Ánimas, y lo fuí seis años. Las dos fincas que tenían en el pueblo, que eran un prado y un molino de dos ruedas, venían á producir, bien administradas, mil y doscientos reales, cantidad que había que invertir en misas y sufragios. Dió la casualidad de que en cuanto yo tomé la mayordomía vino un turbión y se llevó parte de la presa del molino y rompió el eje de una rueda. Procedí, como era natural, á reparar las averías, y subió la cuenta de gastos á cuatro mil reales. Consiguientemente, en cerca de cuatro años no se cantó un responso ni se dijo una misa por las ánimas en la Iglesia del pueblo. Los que me quieren mal tomaron de aquí pie, y dieron en decir que si no se hacían sufragios era porque yo me guardaba el dinero. Enseñé entonces las cuentas, que arrojaban la cantidad que he dicho, y al verlas mis enemigos, empiezan á vociferar que todo ha sido un amaño con el contratista de la obra, porque ésta no podía costar arriba de quinientos reales, supuesto que la presa no había perdido tres carros de piedra, y el eje había quedado servible y podía volverse á colocar. Por aquí se dieron á murmurar; llevé á juicio á unos cuantos; salieron condenados en costas, y á mí me amparó la ley contra toda responsabilidad; pero ¡paño! no ha sido posible hacer callar á todos los que me ladran por detrás, como el bribón del depositario. Y ahí tiene usté explicado todo el aquél del negocio: de manera que se ve, tan claro como el sol, que cuanto se dice en ese papel es una pura calumnia.
Yo supongo que el lector, siguiendo en el diálogo á don Hermenegildo, habrá ido formándose una idea del carácter de éste; mas si así no fuera y esperase mi voto para decidirse... quédese bendito de Dios en su incertidumbre, porque estoy resuelto á no sacarle de ella; y en mi propósito de limitarme á consignar hechos, añado á los conocidos que, al oir las últimas palabras de mi visitante, estuve tentado á plantarle en la escalera sin más explicaciones; pero, reflexionando un momento, opté por hacerlo de otra manera menos violenta, si me era posible.
--Y bien,--dije por decir algo, en un tono que nada tenía de suave.
--Pues nada--me respondió don Hermenegildo, frunciendo los ojuelos y enseñando más mandíbula y más dentadura que nunca;--lo que falta es, ahora que debe usted estar bien convencido de mi inocencia, poner mano á la obra y emperejilarme en el acto la contestación; pero recia y sangrienta... y sin miedo, ¡paño! que yo firmo.
--¿Conque ahora mismo?
--Pues ¿por qué he madrugado yo tanto? Además, que para usté es eso como beberse un vaso de agua.
--Vuelvo á repetirle á usted que no le tiene cuenta meterse en semejante empresa.
--¿Cómo! ¿después de haber oído mis explicaciones me dice usté eso?
--Precisamente porque las he oído.
--¿Es decir, que usté cree que el depositario tiene razón para tratarme así?
--No creo tal, porque nunca la hay bastante para obrar en público como él ha obrado con usted.
--Pues entonces...
--En plata, don Hermenegildo: no le complazco á usted, entre otras razones que debieron haberle evitado á usted la madrugada y el remojón de hoy, porque usted y el depositario tienen, á mi juicio, muy poco que echarse en cara, y á entrambos les conviene mucho callarse la boca si quieren morir en sus propios hogares en paz y en gracia de Dios.
Al oirme hablar así, la carita de don Hermenegildo tomó súbitamente un color amarillo verdoso, sus ojuelos rechispearon en sus obscuras cuencas, tembláronle los enormes labios y crujieron sus dientes. Llevóse luego con coraje ambas manos á la cabeza, atusó dos veces las greñas y se puso de pie, exclamando al mismo tiempo, con una voz muy parecida al silbido de la culebra:
--Conque, según eso, ¿usté cree que tan buena es Juana como su ama?
--Cabalito,--le respondí, levantándome yo también.
--Pues en ese caso... conste que se desoye la voz de un hombre de bien que pide amparo contra un infame; ¡porque yo soy muy hombre de bien!
--Concedido.
--¡Y conste que lo soy tanto como el primero!
--Enhorabuena.
--¡Y conste que usté me ha faltado!
--Corriente; pero conste también, por conclusión, que usted me está _sobrando_ hace mucho tiempo.--Y le señalé la puerta.
--Ya lo veo--replicó don Hermenegildo ensayando, sin éxito, un tono de conmoción.--Deme usté ese papel,--añadió alargando la mano.
--Ahí va el papel,--dije entregándole el pasquín que aún tenía yo entre las mías.
--¡Y decir á Dios que ha de haber hombre que se niegue á dar en público al autor de estas picardías todo lo que se merece!
--Sobre ese punto, vaya usted tranquilo: no faltará quien á él y á usted les haga justicia en esa forma.
--Por de pronto, yo buscaré quién me sirva en lo que usté no ha querido servirme.
--Y en todo caso, cuente usted con _Su Excelencia_.
--Ya se ve que sí; que por fortuna mía y de la nación, todavía puede mucho.
--Así va ello.
--Usté lo pase bien.
--Vaya usted con Dios.
Y don Hermenegildo, echándome una mirada torcida y rencorosa, calóse con mano trémula el sombrero, cogió el paraguas, arregló, ó más bien, desarregló la capa sobre los hombros, y salió por el corredor como un cohete, arrastrando la espuela y con una pernera del pantalón encogida sobre la pantorrilla. En cuanto llegó á la escalera, cerré yo la puerta y pedí á Dios, de todo corazón, que conservara para siempre en el hijo del colono de mi abuelo el coraje que hacia mí le animaba al despedirse, para que aquélla su visita fuera la última que me hiciera.
[Ilustración]
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PASA-CALLE
Dame tu brazo, lector, ó toma el mío si lo prefieres, y vámonos á _matar_ dos horas que me sobran, brujuleando por las calles de la _Muy Noble, Leal y Decidida_ ciudad; que todos estos títulos ostenta en su ejecutoria la perínclita capital de la Montaña, desde Don Fernando _el Santo_ hasta Echevarría _el faccioso_, ó, si lo quieres más digerible, desde la toma de Sevilla hasta la «_batalla de Vargas_». La noche, como de otoño, está serena y apacible; y si bien el gas de los faroles que acaban de encenderse apenas bastaría para hacer visible la obscuridad, como, si mal no recuerdo, dijo en parecido caso el discretísimo y ameno _Curioso Parlante_, para no darnos de testarazos contra las esquinas tendremos á nuestra disposición los plateados rayos de la luna que, como una enorme criba roja, llega en este instante, entre nubes de púrpura y naranja, sobre los viejos paredones de la solitaria venta de Pedreña.
Partimos de la calle de la Compañía, que es donde la casualidad nos ha reunido, y cediendo á un impulso natural en todo el que tiene un reló enfrente, alzas la vista y la fijas en la transparente esfera iluminada del del Consistorio. Por supuesto que tú sabes que es el Consistorio ese humildísimo edificio, porque yo te lo digo, pues ni de los cuatro arcos sobre que descansan sus dos pisos no muy cumplidos, ni de la _solana_ del primero, ni de los cuatro balconcillos del segundo, ni aun de los mismos tres dorados escudos de armas que ostenta la fachada, ni de ser ésta de labrada sillería, se puede deducir tan alta jerarquía, dado el lustre que debemos suponer en un Municipio de una capital de la significación mercantil de Santander. Pero el hecho es que _eso_ es el Consistorio, ó el _Principal_, como aquí se dice, y que no hay más en el pueblo para albergue de la _Excma._ Corporación... y de sus beneméritas _gigantillas_.--Se me olvidaba advertirte que para las grandes solemnidades oficiales y para el día del Corpus, hay unas colgaduras de seda con los colores nacionales para cubrir las balaustradas de los balcones, y unas estrellitas y un sol de luces de gas, entre cuyos rayos se exhiben, como si friéndose estuvieran, las cabezas de los Mártires patronos, la nave de mi insigne paisano Bonifaz, el Guadalquivir, la cadena rota por aquélla y la torre del Oro, que son las figuras simbólicas del escudo de armas de esta ciudad. No te advierto, porque ya lo supondrás, que este esplendoroso ornamento no sale más que por la noche, ni que, entonces, colocado en la mencionada solana del primer piso, se llama iluminación.
Algunos rayos de ella nos vendrían bien ahora para examinar las cataduras de la gente que se vislumbra bajo los arcos; pero yo supliré esa falta con mi práctica en el terreno, diciéndote, desde luego, que los que están sentados en los poyos del soportal son señores que han venido á menos, comadres que no se conforman con la sentencia dada contra ellas en otros tantos juicios celebrados arriba por la tarde, y ciudadanos sin profesión ni rentas conocidas, que fumando, tosiendo, suspirando, maldiciendo ó meditando, esperan la hora de ir á acostarse... los que de ellos tienen cama.--Los que peroran y se agitan de pie junto al ángulo que mira á la plaza, ó sea el único ángulo saliente del edificio, pues éste no tiene más que dos fachadas, son jovenzuelos con _tuina_ de faldas y mangas cortas, señales evidentes de que se hallan en esa edad en que se muda de voz y se crece á pulgada por día, razón por la que no hay entonces ropa que siente bien más de media semana. También fuman, y, por el olor, más anís que tabaco. Son humanistas, alumnos del Instituto, y apostaría las orejas á que tienen los bolsillos atestados de tronchos y pelotillas.--¿No lo dije? Ya le arrimaron un tronchazo al pobre aldeano que va hacia la calle del Peso.
Estamos en la plaza de la Constitución, vulgo _Plaza Vieja_, y notarás que no pasa de ser un trozo de calle un poco más ancha que sus demás contemporáneas de Santander. Sin embargo, cuando yo era niño me parecía inconmensurable este espacio. Cuatro casas nuevas, un bazar de modas, un café vistoso, una botica de lujo y algunos otros establecimientos restaurados á la moderna, le han quitado el antiguo carácter que le hacía hasta venerable á los ojos de todo buen santanderino.--Muy pocos años ha, en esta tienda de la esquina, donde se vendían estampas del _Hijo Pródigo_ y liga de pescar pajaritos, pudiera yo haberte hecho admirar, cuidadosamente trenzada sobre el cuello de su anciano dueño, la única coleta que quedaba en España (sin contar las de los toreros). Un poco más abajo fabricaba, empapelaba y vendía los mejores caramelos de limón que yo he saboreado, doña Marcelina, más conocida por _la Siete-muelas_, aunque yo hubiera jurado que no tenía una sola. En aquella otra esquina vendía géneros _finos_ doña Juana Barco, cuyo lorito, por charlatán, era en Santander tan popular como su tienda. Aquí la clásica librería de don Severo Otero, con su sempiterna tertulia de señores mayores. Enfrente la _Expendición de bulas_ y el célebre estanco... y otros muchos establecimientos y tipos acá y allá que vieron pasar años y generaciones sin dar un brochazo de pintura á los marcos de sus puertas, ni hacer la menor alteración en sus hábitos.--Para conmemorar la acción de Vargas en tiempo de la Milicia que feneció el 43, se alzaba en este mismo sitio, en la noche del 3 de noviembre, un templete de tablas de cabretón, sobre el cual se colocaba una estatua, representando no sé si la Victoria ó la Fama, á la que llamaba el pueblo la _vieja de Vargas_, creyendo á ojos cerrados que aquélla era una imagen de la buena mujer que, según pública opinión, _se apareció_ á los nacionales que iban á Vargas á batir la facción, indicándoles el punto en que ésta se hallaba, por dónde se la podía atacar, etc., etc... noticias á las cuales, según las mismas fuentes, se debió el éxito de la expedición. Aquella noche, tras un día de revistas, desfiles y gigantillas, había en torno al templete música y cohetes, ruedas, suspiros, correos, carretillas y cuanto daba de sí el arte pirotécnico, creyéndose en el colmo de la felicidad el que para disfrutar de la fiesta hallaba un hueco en un balcón de las inmediaciones.--_Echar á la plaza_, ó _ir á la plaza_, se llamaba en las escuelas desafiarse dos ó más muchachos á escribir mejor una plana, y comprometerse á pasar por el fallo que dieran dos _señores_ de los tres á quienes se consultase al mediodía entre los que paseaban aquí: si el desafío era entre chicos de dos escuelas rivales, el suceso hacía ruido en el pueblo, y ponía en gravísimo apuro á los jueces, que se palpaban mucho y hasta se asesoraban de los amigos antes de fallar. ¡Vaya si tomaban el lance por todo lo serio! Te diré, para tu satisfacción, que en estas lides en que como competidor entré más de dos veces, jamás gané los dos cuartos que valía la apuesta.--Desde este segundo piso al de la casa de enfrente se ataba, antes de misa de nueve en los días festivos del invierno, una cuerda de cuyo centro pendía un lienzo de vara en cuadro, anunciando las funciones de tarde y noche en el teatro; pero no con grandes letreros ni finchados elogios, sino con un par de cuadros al temple, en los cuales se representaban, con colores rabiosos, las dos escenas más notables de los dos indispensables dramas. De tarde en tarde se iza hoy también ese cartel, pero rara vez con _láminas_ y nunca con éxito: apenas contemplan la operación de elevarle los transeúntes de Cueto, ni le leen los chicos de la escuela de balde; y no exagero si te digo que antaño aguardaban su exhibición con visible deleite, con íntima satisfacción, hasta los hombres más á la moda, los elegantes que vistieron en Santander los primeros gabanes blancos y calzaron las primeras botas de charol con caña de tafilete encarnado... Pero observo, pacientísimo lector, que me salgo del terreno de nuestro objeto, evocando estas memorias que á tí no te importan un bledo. Perdóname generoso este descuido. Cuando aún cree distinguir mi vista en lontananza los hombres y las cosas que se van, después de haber pasado entre ellos los mejores años de mi vida, no es dado á mi corazón negarles un cariñoso adiós de despedida. ¿Ves estos individuos que con paso igual y mesurado recorren la plaza, de abajo arriba y de arriba abajo, y siempre en una misma línea, como péndolas de reló? Pues me son entrañablemente simpáticos, precisamente por ser lo único que nos resta de la antigua plaza Vieja. Verdad es que parte de ellos no son los mismos hombres de entonces; pero son otros con los propios gustos é idénticas inclinaciones, y tanto monta. Aquí los hallarás todas las noches hasta las nueve y media, paseando sobre los mismos adoquines ó las mismas losas, sin que se dé el caso de que un aficionado al arroyo se intruse en la acera, ni de que pase á la de la izquierda el que está habituado á la de la derecha. Repara un poco sus trajes, y los hallarás en evidente desacuerdo con la moda actual; y aun acercándonos más, podrías ver sobre las perneras de los pantalones de más de un paseante, no viejo, la marca de la caña de la _media bota_ que calzan, en su profundo amor á los usos del 45 é inmediatos.--Y supuesto que esta curiosidad típica es la única que te puedo enseñar aquí, doblemos la esquina y entremos en la calle de San Francisco, que es, salvas las diferencias que supondrás, como si en Madrid te llevara á la Carrera de San Jerónimo, ó en París al boulevard de los Italianos.