Part 22
Era un hombre de mediana estatura, moreno, mejor dicho, ahumado, de pequeña cabeza, con los ojos hundidos y muy brillantes bajo unas cejas espesísimas y grises, separadas por una nariz afilada y seca, de una boca rasgada y prominente. Llegábale el ancho almidonado cuello de su camisa hasta rasparle las orejas por la altura de los oídos; vestía pantalón de color de castaña con abultadas rodilleras, chaquetón azul obscuro sobre chaleco de pana de cuadros muy alegres, y capa parda sobre el chaquetón; calzaba medias _caseras_ de mezclilla y zapatos fuertes de becerro; ceñía al pie izquierdo una roñosa espuela; asía con la mano del mismo lado la corva empuñadura de cuerno de un enorme paraguas de percal verde con contera de metal amarillo, y tenía en la derecha el sombrero de copa alta, que acababa de quitarse de la cabeza. El paraguas chorreaba; el sombrero, negro parduzco, estaba erizado como si tiritase de frío; la extremidad inferior de la capa, parte de las medias y los zapatos, estaban salpicados de lodo y empapados en agua, y la cabeza, cubierta por unas greñas muy alborotadas, que se iban en vicio por las sienes y la frente abajo, como se van por una pared vieja y descuidada las bardas y los helechos.--La edad de este hombre se perdía entre los laberintos de su cara; pero yo sé que tenía cincuenta años, porque le conocía mucho. Era vecino de un pueblo cercano, había sido su padre colono de mi abuelo y me dispensaba, tiempo hacía, la no envidiable honra de venir á consultar conmigo todos los negocios que tenía en Santander, y los tenía cada semana. Llamábanle en el pueblo las mujerucas de buena fe, _tío Sildo_; los hombres _leídos_ y _escrebidos_, _don Beregildo_; pero él, sin hacer más caso de las unas que de los otros, se firmaba siempre _Hermenegildo Trapisonda_, y firmaba la pura verdad.
Saludámonos de la manera más cortés y volvimos á mi cuarto.
Don Hermenegildo comenzó por dejar el paraguas á la puerta para que el chorro que despedía se largase por el corredor adelante, y el sombrero encima de una silla; luego recogió los pliegues de la capa sobre los muslos y se sentó, dejando ver las flacas pantorrillas hasta cerca de las ligas por debajo de las perneras, que no pecaban de cumplidas; y después de pasarse ambas manos por las greñas para domarlas un poco, miróme de hito en hito, haciendo un horrible gesto, especie de sonrisa con la cual mostró en todos sus detalles las enormes paletas de su arranciada dentadura.
Yo me había sentado en otra silla enfrente de él, y le contemplaba con curiosidad, esperando que me explicara el motivo de su tan apremiante visita. Mas viendo que no comenzaba á hablar y que no cesaba de mirarme y de sonreir,
--Usted dirá, señor don Hermenegildo,--exclamé al cabo para obligarle á entrar en materia.
--Voy allá--me respondió con su voz ronquilla y desagradable.--¿Pero ha visto usted qué tiempo más infernal tenemos? Jé, jé, jé. Desde las cuatro de la mañana, hora en que salí de casa, hasta que he llegado á la de usted, no ha cesado un minuto de llover. Yo pica que pica á la jaca, y el agua cae que caerás.
--¿Por qué no esperó usted á que escampara?
--¡Esperar!... Aunque hubieran caído capuchinos de bronce... ruedas de molino, no dejo yo el viaje... ¡Pues no faltaba más! ¡Jó, jó, jó! Yo soy así. Conque vamos al caso. Yo tenía que venir á Santander á resultas de tres expidientes que andan por acá á punto de resolución, y, á la verdá, lo dejaba, lo dejaba por aquello de que «no por mucho madrugar amanece más temprano», cuando, amigo de Dios, ocúrreme ayer, ¡paño! ese disgusto sin más acá ni más allá, que, vamos, fué como si me plantaran un rejón en seco en metá de la nuca. «Esto no puede quedar así, me dije yo al instante, y aquí tiene que arder Troya, ó pierdo yo hasta el nombre que tengo. Pero ¿por dónde la tomo? torné yo á decir. ¿Me voy al juez de primera instancia y echo á presidio á ese tunante? Esto, si bien desagravia á la ley, no me satisface la corajina, y yo necesito satisfacer la que me ahoga... y mucho más. Por otra parte, el recurso del pleito siempre me queda libre...». Y dale que le das á la cabeza; torna de aquí y vira de allá, resuélvome á sacar á ese hombre á la vergüenza pública, sin perjuicio de encausarle en el día de mañana. ¿Y cómo le saco? Pues, señor, discurre y más discurre otra vez, y cátate que se me pone usté en la mollera y me digo: _Ese muchacho_ es de por suyo dado al impreso, y tiene mucha inclinación á la _letra de molde_: él va á ser el que me ayude en esta obra de caridad... Porque, ¡sí, señor! una obra de caridad es, y de las más grandes, abichornar en público á ciertos hombres y sacarles las colores á la cara... Conque... ¡jó... jó... jó!... aquí me tiene usté.
Y esto dicho, don Hermenegildo puso los brazos en jarras, irguió su cabecita, abrió cuanto pudo sus ojuelos de rámila, que lanzaban un fulgor irresistible, y volvió á dejar al descubierto los peñascales de su dentadura amarillenta.
Como ustedes pueden figurarse, no quedé de lo más enterado, con la relación hecha por el hijo del colono de mi abuelo, del verdadero motivo de su visita, aunque por lo del rejón y lo de mi afición al impreso y á las letras de molde, y, sobre todo, por los antecedentes que yo tenía del personaje, supuse desde luego que se trataba de uno de los infinitos líos que eran la comidilla de tío Sildo, entre cuyas marañas trataba este peine de enredarme á mí. Roguéle que me explicara más clara y precisamente su pretensión, y continuó de esta manera:
--Usté sabe muy bien que mi padre fué un pobre rentero del difunto abuelo de usté (que esté en gloria). Como yo no disfrutaba de otros bienes que los cuatro terrones que machacaba á medias con el amo, y como, á la verdad, no me tiraba mucho la afición á bregar con el campo, tan aína como aprendí la escuela lo mejor que pude, marchéme á Andalucía. Bueno.--Pues, señor, estuve por allá ocho años pudriéndome la sangre detrás de un mostrador, y al cabo de ellos volvíme á la tierra con ocho onzas ahorradas y alguna experiencia del mundo, que no hay oro con qué pagarla. Cuando llegué al pueblo habíase muerto el maestro, y propusiéronme que enseñara yo la escuela por un tanto, mientras se buscaba la persona que la había de regentar. Dió también la casualidad de que por entonces cayera enfermo, para no sanar nunca, el secretario del Ayuntamiento, y me tiene usté á mí asistiendo en su lugar á todos los actos en que se necesitaba una buena pluma y un regular dictado; comenencias que, aunque me esté mal el decirlo, reunía yo mejor que el más pintado. Como el hombre guardador y hacendoso en todas ocasiones encuentra medios de mejorar su pobreza, sin dejar de ser maestro ni secretario interino, híceme rematante de arbitrios, amén de dos mayordomías que apandé: una del señor conde de la Lechuga, para lo respetive á las posesiones que tiene en la provincia, y otra de las Ánimas benditas, que en aquel entonces tenían en el pueblo un par de fincas morrocotudas. Ya con este pie de fortuna pude picar también en otras especulaciones, con lo cual llegué, como quien dice, á echar raíces en el pueblo, y cátame alcalde de la noche á la mañana... ¡Ay, amigo de Dios! ¡Nunca yo lo hubiera sido! ¡Qué tremolinas, qué laberientos!... Cuando yo cogí la vara, estaba el Ayuntamiento que daba lástima. El depositario se había comido hasta los clavos de la caja; se echaban contribuciones cada mes y recargos cada semana; había un anticipo cada quince días, y con todo y con eso se adeudaban al médico dos trimestres, estaba la casa-escuela sin ventanas y sin atriles y se debían tres puertos, que los vecinos habían pagado, como siempre, adelantados. Traté, según era regular, de poner allí un poco de orden, y empecé por acusar las cuarenta al depositario. Éste y otros actos de justicia me valieron tres palizas y la tirria y mala voluntad de una docena de facinerosos, encubridores de tantas maldades. Cinco años viví haciéndoles toda la guerra que pude y bregando con todo género de desazones; y con todo y con ello, para que al cabo de ese tiempo dejara yo la vara, fué preciso que medio pueblo me la arrancara poco menos que á mordiscos y á puntapiés... Porque, créalo usté, el hombre toma tanta más ley á una cosa cuanto más se la disputan.
--Pero, don Hermenegildo--le interrumpí,--si la administración que precedió á la de usted fué tan mala como ha dicho, no comprendo por qué el pueblo, que debía estar á matar con ella, le despidió á usted, á usted, que quiso ponerla en orden, á mordiscos y á puntapiés.
--Porque... porque... eso consiste en que los aldeanos son así--me respondió don Hermenegildo un tanto contrariado por haber dicho quizá más de lo que debiera.--Cuanto mejor los trata usté--continuó,--menos se lo agradecen. Además, que á esos vecinos que más guerra me hicieron, los compraron los contrarios, y por eso dieron en decir que mi administración había sido más mala que todas las anteriores. ¡Ya ve usté qué barbaridad!
--Efectivamente--repuse en el mismo tono que si lo creyera.--Pero noto que hasta ahora no me ha dicho usted nada que me indique lo que yo tengo que hacer en el asunto que le trae aquí.
--Voy allá de contado. Desde aquella ocasión el depositario, tres regidores, el pedáneo de mi barrio, cuatro mandones que comían con ellos la sangre del lugar, y la porrá de vecinos que se les fueron detrás como burros balleneros, no me han dejado un minuto de sosiego. Fortuna que á mí nunca me han faltado buenos arrimos acá y allá, que si no, Dios sabe lo que hubiera sucedido; porque ha de saber usté que la tirria que me tomaron cuando yo cogí la vara, ha venido hasta hoy creciendo como la espuma.
--Eso es de cajón entre semejante canalla, don Hermenegildo. Pero vamos al caso.
--El caso es que conmigo, en el curso de tanto tiempo, se han hecho herejías... Hoy una paliza al entrar en una calleja; mañana me encontraba al volver á casa con que me habían echado abajo el horno del corral; otro día me amanecían en la cuadra dos vacas con el rabo cortado al rape; otra vez se le daba espita á una cuarterola de vino en la bodega, sin saberse cómo ni por quién; si se corría por el pueblo que una res se había desgraciado en el monte, no había que preguntar de quién era, porque de fijo era mía; y ¡qué se yo cuántas iniquidades á este respetive se han cometido contra mí! Pues bueno: todas ellas las he sufrido, como aquél que dice, con serenidad, y siempre me he conformado con lo que la justicia ha podido hacer, que no ha sido mucho, en reparación de mis agravios... Pero la última, la última partida que se me ha jugado, la última, ¡paño! la última ha podido más que yo y me ha descuajaringado sin poderlo remediar. Figúrese usté, y perdone, que ayer, al ir á concejo, me encuentro con todo el vecindario amontonado junto á la puerta leyendo un papel que había amanecido pegado á ella, y dando cada risotada que metía miedo. Acércome poco á poco á leerle yo también, entérome de lo que decía, y ¡paño! no faltó un tris para que me cayera allí mesmo redondo de coraje y del rézpede que me entró. En seguida, codeando á la gente y echando lumbre hasta por los dientes, arrójome sobre el papel... y aquí está entero para que usté le vea.
Al decir esto don Hermenegildo, convulso y descompuesto, echó mano al bolsillo interior de su chaquetón; sacó de él una enorme cartera de badana amarilla amarrada con un hiladillo azul, y después de revolver muchos papeles que había en ella, tomó uno muy arrugado y me le entregó.
--¡Lea usté!--me dijo, temblándole la voz y centelleándole los ojuelos.
Abrí yo el papel, que era del tamaño de medio pliego y tenía rotas las cuatro puntas por donde había estado pegado, y leí en él lo siguiente, escrito con muy mala letra y con la ortografía que copio:
DECIMA NUEBA Y DEBERTIDA
Cuando á la Pelindongona la Hecharon los abangelios Salió gomitando azufre Trapisonda de Su cuerpo. Anbre trujo el harrastrao y se zampó por amuerzo la Braña del Sel de abajo que era rriqueza del pueblo. Quema-casas jué dempues tamien por trapisondero y á las ánimas Benditas llegó á dejarlas en cueros. Salgamos en portision Becinos de este lugar, con la cruz y con el pendon y conjuremos á ese bribon dijiendo Quirielison Cristelison ¡¡Viva la Costitucion!!
--Ya ve usté que eso es una infamia,--gritó don Hermenegildo cuando yo hube concluído de leer el pasquín, que por cierto no carecía de sal y pimienta.
--Sí, señor--le respondí;--pero es una infamia literaria. Si alguno tiene derecho á demandar de injuria al autor, es la literatura nacional.
--¡Cómo qué!--repuso don Hermenegildo enfurecido.--¿No ve usté cómo se me trata en ese papel?
--Sí que lo veo; y por lo mismo, soy de opinión de que no debe usted enfadarse por ello.
--¡Que no debo enfadarme, y se me llama bribón, y quema-casas... y aticuenta que ladrón!... ¡Paño! hombre, por el amor de Dios, ¡que esto ya es mucho!
--Sí; pero se lo llaman á usted de cierta manera...
--Ya; pero me lo llaman.
--¿Y qué? Quien, como usted, ha recibido palizas y todo género de agravios de esa misma gente sin perder su calma habitual, no debe sulfurarse por un pasquín más ó menos.
--Será todo lo que á usté le dé la gana; pero la verdad es que este golpe me ha desplomado más que ninguno, y que necesito hacer lo que nunca he hecho.
--Corriente. En ese caso, ¿qué es lo que usted quiere?
--Contestar diez por uno.
--¿Sabe usted quién es el autor de la... _décima_?
--Sí, señor: el depositario; conozco su letra. Además, no hay en el pueblo otro más que él que sepa escribir de manera que _caiga en copla_.
--Bueno. ¿Y qué va usted á decir en la contestación?
--¿Qué voy á decir? Verbo en gracia: «El muy desalmado que ha ofendido mi hombría de bien... ecetra, haría muy bien en callarse si conoce la vergüenza. Sepa todo el orbe de la tierra que la sanijuela del sudor del pobre es él... ecetra. Y si no, que diga adónde fueron los ocho mil reales de que se hizo cargo por la corta de maderas concedida en el monte del lugar al señor conde de la Lechuga, y cuyos ocho mil reales entregué yo mismo al Ayuntamiento. Item: que la obra pía del hospital, de que él es patrono, renta ochocientos ducados, y no hay nunca en aquella casa para dar una taza de caldo á un enfermo. Item: que se han comido entre él y el alcalde que me antecedió y dos que me han seguido después, tres anticipos, cuatro recargos, dos puertos y la capilla de San Roque con todos sus ornamentos. Item: que por el aquél de que estaban rejendías, desritieron entre él y el susodicho alcalde antecesor las campanas de la Iglesia, cobraron á los vecinos el valor de otras nuevas, y hoy es el día en que se toca á misa con un esquilón por no haber campanas; pues el hombre infame que me ha querido injuriar es el causante de este fraude... ecetra...». Todo esto, y mucho más que yo iré apuntando, según usté vaya escribiendo, quiero yo que se ponga en toda regla y que salga de contado en letras de molde en los diarios de esta ciudad. En seguida compro una porrá de impresos y doy uno á cada vecino y planto otro en cada esquina del pueblo.
--¡Caramba, don Hermenegildo! Repare usted que la empresa es delicada, porque son muy graves los cargos que usted quiere hacer.
--Yo lo firmo treinta veces si es preciso.
--Puede costarle á usted muy cara esa firma.
--Tengo recursos para pleitear diez años seguidos; y aunque me quede sin camisa, no me dará maldita la pena con tal de que yo ponga á ese bribón las peras á cuarto.
--Y yo lo creo. Mas, por de pronto, vayámonos con calma, que ha de serle á usted muy conveniente. Dice usted que puede acusar al depositario de todas esas iniquidades que me acaba de enumerar.
--Sí, señor, y de otras muchas.
--Concedido. Pero repare usted que no es ése el mejor medio de dejar sin valor los gravísimos cargos que á usted se le hacen en este papel: los delitos del prójimo no justifican los nuestros. Así, pues, antes de lanzarnos á contestar al depositario, veamos el fundamento que puedan tener sus imputaciones; en la inteligencia de que cuanto más inocente sea usted, tanta mayor fuerza tendrán los cargos que haga á su enemigo.
--¿Será usted capaz de dudar que todo ese papel es un manojo de imposturas, y que yo soy tan hombre de bien como el que más?
--Yo no dudo nada, don Hermenegildo; pero gusto de ver las cuestiones claras.
--Pues también yo, ya que me apura; y por lo mismo, no tengo inconveniente en dar á usté cuantas explicaciones me pida sobre el particular.
--Así me gusta, y vamos al examen... Pero procedamos con orden. El primer cargo que á usted se le hace en el pasquín es haberse almorzado la braña del Sel de Abajo... ¿Qué hay de esto?
--Pues la cosa más sencilla del mundo. Cuando yo fuí alcalde noté que en un bardal muy espeso que había á la bajada del monte, se enredaban algunas ovejas de las que se arrimaban á pacer la yerba que había entre la maleza. Dos de ellas que se quedaron allí sin que el pastor las viera, perecieron por la noche comidas por el lobo. La gente de la aldea, como usté sabe, es de por suyo dejadona y abandonada; así es que, por más que yo decía «tener cuidado con las ovejas, que anda listo el lobo», los pobres animales se enredaban todos los días y quedaban á pique de fenecer. Viendo yo esto, y con ánimo de hacer un beneficio al pueblo, voy ¿y qué hago? cierro el bardal dentro de un vallado, y todo ello sin más retribución que la propiedad de lo cercado.
--Pero más sencillo era haber cortado el bardal, don Hermenegildo.
--Verdad es; pero ese remedio tenía el inconveniente de que mañana ú otro día el bardal volvería á crecer.
--En efecto: es usted hombre previsor.
--Por lo demás, á mí me hubiera tenido más cuenta rozarle, pues crea usté que yo salí perdiendo al comprarle por el vallado que le puse.
--Según fuera el bardal, don Hermenegildo.
--Pues hágase usté cuenta que como dos veces este cuarto.
--Entonces no era una gran cosa.
--Sí; pero cuente usté que cerré con el bardal toda la llanura en que estaba, y que esta llanura, que es lo que se llama el Sel de Abajo, pasa de ochenta carros de tierra.
--¡Ya!
--Conque ya ve usté que el vallado que rodea todo ese terreno tiene que valer mucho más que el bardal.
--Naturalmente, señor don Hermenegildo. Y diga usted: ¿ese terreno era de común aprovechamiento?
--Sí, señor.
--¿Y usted le cerró sin cumplir antes los requisitos legales?
--Nada, nada: un sencillo acuerdo del Ayuntamiento, y al sol. Y desengáñese usté: todo el que quiera hacer un bien á un pueblo, tiene que hacerle así; los expedientes se eternizan en la tramitación y nunca se despachan como es debido.
--Estamos conformes. ¿Y le dejaron á usted gozar en paz la posesión de ese cercado?
--¡En paz! ¡Buenas y gordas! En cuanto dejé la vara le denunciaron á la Administración de Propiedades, y fué al pueblo un investigador y... ¡qué sé yo cuánto ajo me revolvieron! Por aquel entonces no tenía yo, aunque bien relacionado, los arrimos que tengo hoy; así es que el expediente siguió su curso natural, sin que me sirvieran un rábano, para matarle, más de veinte instancias que hice en apoyo de mi derecho.
--¿De modo que al fin le despojaron á usted del cierro?
--¡Quiá! no, señor... en España nunca se acaba la tramitación de un expediente. Informes por acá; dictamen por allá; consulta por el otro lado... Gracias á esto, pasóse una eternidad sin que recayera fallo alguno definitivo; olvidáronse hasta mis enemigos del asunto, y durmióse al cabo en estas ofecinas. Más que por dormido, por muerto le daba yo, cuando, amigo, tres meses hace vuélvese á revolver el potaje, y cátate que se pide que se me despoje de la finca. Por fortuna mía no me encontraron esta vez tan desprevenido como la anterior; y por si acaso no me servía, en apoyo de mi derecho, el tiempo que llevaba en posesión de la finca y el tenerla cultivada como un jardín, voy y escribo á _Su Excelencia_ una carta que echaba lumbres, _exigiéndole_ protección contra el atropello que quería cometerse contra mi propiedad... Aquí está la contestación que tuve pocos días después: la traigo en la cartera para restregarle con ella los hocicos, si no anda derecho, á algún empleado de la Administración adonde voy á ir en cuanto salga de aquí, con el aquél de dejar el asunto arreglado para sinfinito. Vela usté... ¿Dónde mil diablos la he puesto yo? ¡Como tengo tanto papelorio en la cartera!... Aquí está... No, pues no es esto... ¡Toma! ¡jé, jé, jé!... Si es la copia del auto del juez de primera instancia. ¡Pues también tiene que ver este negocio! Es un pleito que sigo hace más de dos años con un convecino. ¿No se empeña el condenado en que he ido metiendo poco á poco en su prado los hisos de uno mío que linda con él, y que le llevo yo apandada la mitad de la finca? Fortuna que no parece la escritura de propiedad y que han sobrado testigos que declaren en mi favor, que si no, me lleva el indino medio prado entre las uñas... Pero, señor, ¿dónde se ha escondido esa carta?... ¡Ajajá! Vela aquí, y con su canto sobredorado, Téngala usté.
--Pero ¿es de Su Excelencia el...?
--Del mismo. Pues qué, ¿sólo ustedes se han de cartear con la gentona? ¡Jojojó!
Y lleno de asombro yo, que apenas he saludado de lejos á un usía, de que aquel tipo extravagante se tratase con un Excelencia, leí los siguientes párrafos en la carta que ya tenía en la mano:
«Difícil, muy difícil, era el asunto que usted me recomendó. Según los antecedentes que pedí, se halla usted completamente al descubierto por haber prescindido de todas las prescripciones legales. _No obstante, he dado las órdenes necesarias_ á fin de que la Administración no pretenda molestarle de nuevo; y en cuanto al investigador, se guardará muy bien de volver á denunciar el cercado. Gócele usted, _amigo mío_, en paz y en gracia de Dios, sin escrúpulos ni recelos.
«¿Y cómo va _eso_? ¿Está lista su gente? No olvide usted que se aproxima el día de la batalla y que el enemigo es aguerrido y temible».
La firma era de Su Excelencia, y el sobre dirigido al mismísimo don Hermenegildo Trapisonda. Yo estaba pasmado. ¿Qué podía haber de común entre dos tan heterogéneos personajes? ¿Qué batalla y qué enemigos eran aquéllos que se mencionaban en la carta?
Expliqué mis dudas á don Hermenegildo, y me contestó con aire de cómica y hasta grotesca importancia:
--Pues todo depende _en_ las elecciones.
--¡Ah, ya! Conque porque es usted elector. No había caído en la cuenta. Mas, así y todo, paréceme que por un voto más ó menos...
--¡Un voto!... No está usté mal voto: treinta votos, señor mío, son los que tengo disponibles. Ya ve usté que este número, en un distrito como el mío, que tiene tan poquísimos votantes...
--Comprendo, comprendo... Pero ocúrreseme que cuando caiga esta situación y vengan _los otros_, perderá usted todo cuanto ahora consiga.
--¡Ya está usté fresco! Cuando vengan los otros me paso á ellos con mis veinte votos y me tiene usté tan campante como ahora.
--De manera que en el distrito nadie le puede toser á usted.
--Sí, señor: cualquiera de mi bando que amenace á Su Excelencia con ponerse enfrente de mí con veintiún votos.
--¿Y si sus veinte votos se le desertan á usted en la hora crítica?
--Es imposible: estamos todos ligados por una cadena de compromisos de muchísima importancia: hay elector de los míos que va á presidio en cuanto yo diga media palabra.
--¿Y sería usted capaz de decirla?
--En cuanto él sea capaz de faltarme.
--¿Sin remordimiento de conciencia?