Tipos y paisajes

Part 21

Chapter 213,971 wordsPublic domain

--Siendo un pastor de tierra de gentiles, este pastor diz que conocía toa herba del campo y con ellas curaba que tenía que ver. Le dolía á usté salva la parte: le untaba él con la herba del caso, y sanaba usté; que el otro tenía un lubieso: pues, señor, ahí va la herba, y fuera con él al minuto; que el de más allá perecía de tercianas: dábale la herba respetive, y largo las tercianas. De modo y manera es que too el mundo se valía del pastor pa las melicinas, motivao á lo que los cerujuanos y los boticarios de veinte leguas á la redonda no le podían ver.--Pus, señor, sépanse ustedes que este pastor no bajaba al pueblo más que los domingos; y como era buen mozo y manífico bailador, dispués del rosario se iba al corro; y diéndose al corro, no le gustaba jugar á la brisca ni á los bolos; y no gustándole, se pasaba la tarde baila que te baila con una misma moza, respetive á lo que tomáronse los dos mucha ley y conviniéronse en que, malaspenas entrara él en quintas, se habían de casar si no le tocaba soldao. Bueno. Amigos de Dios, évate que una tarde estaba el mi pastor en la sierra toca que toca el caracol, tumbao debajo de una cajiga; encárase con él un caminante de lo más bien portao que podía verse, como que llevaba sombrero fino, bastón de puño de oro, levita y cadena de reló; apárase de pronto el caminante, y dícele de esta manera al pastor:--«Oiga usté, buen amigo, ¿me dirá usté por casualidá ónde para un pastor que dicen que anda por estos lugares y que cura too mal que se le presente?»--«Está usté hablando con él, buen caminante»,--dícele el pastor. Y oyéndolo el otro, salta y le dice:--¿Quiere usté venirse conmigo y ganará too lo que pida?»--«Si no es muy lejos, ya estamos andando».--«Á los palacios del rey».--¿Quién está malo allí?»--«Una hija mía que quiero como á las telas del corazón: dos años lleva en la cama, toos los mejores médicos la han auxiliao, más de tres mil reales van gastaos con ellos, y la muchacha á peor, á peor, á peor. Díjome una adivina que usté sólo me la podía curar, y por buscarle á usté vengo corriendo tierras».--«Y usté ¿quién es?»--saltó entonces el pastor.--«El rey de los gentiles»,--arrespondió el caminante muy _aquello_. Amigos, el pastor que tal oye, vió su suerte hecha y se risolvió á seguir al rey con el aquél de ganar, por lo que menos, seis mil reales pa librarse del servicio, caso que le tocara quinto. En éstas y en otras, ayudóle el rey á recoger el ganao pa acabar primero, y fuéronse andando, andando, y al cabo de los tres días llegaron á los palacios; y llegando á los palacios, fuéronse á ver á la enferma, que diz que paecía un sol, de maja que era, en aquella cama de plata con colcha sobre-dorá. No hizo el pastor más que echarla una ojeá, y sin tocarla ni cosa anguna, dijo:--«La moza tien esto y lo otro: se le dará tal herba así y de la otra manera, y á los quince días estará tan rebusta como endenantes». Á too esto, al buen pastor se le hospedó en un cuarto alhajao de lo bueno, se le echó un vestido de _arriba abajo_, como el de un señor prencipal, y se le puso á qué quieres boca, con su puchero de garbanzos con carne del día, su vino de la Nava, de lo mejor, y el azucarillo y el bizcocho tiraos, como el otro que dice, por el suelo. Con estos regalos el pastor, que ya era majo de por suyo, hízose un pasmo de buen mozo; y como entraba tan á menudo en el cuarto de la hija del rey, prendóse ella perdidamente de él. Tanto, que á los ocho días ya le orillaba los pañuelos del bolsillo y le espulgaba. Pus, amigos de Dios, la hija del rey, con éstas y con las otras, á mejor, á mejor y á mejor... como que á los doce días ya salía á tomar el sol á un balcón de cristales que daba á la huerta del palacio. Y saliendo un día al balcón, dice la muchacha al rey:--«Padre, yo estoy prendada del que me ha curao, y si usté es gustoso, me casaría con él». Y dícela el rey (que era bueno y parcialote de suyo), que no tendrá en ello inconveniente; pero con la condición de que no se hará el casamiento mientres que la muchacha no quede sana como un coral; y si, pinto el caso, ella falliciese de resultas de la enfermedá, por recaída, el pastor perecería en la horca. Pus, amigos de Dios, como el pastor estaba bien seguro de las melecinas que daba, firmó el compromiso delante de escribano, sin alcordarse ni pizca de la probe moza que estaba en su lugar esperándole como el agua de mayo. No era esta muchacha sabedora del caso; pero una bruja que era vecina suya, llámala y cuéntaselo todo; con lo que la probe se desafligió como una Magalena. Atento á ello, dícele la condená de la bruja que en su mano tendrá la venganza si la apeticiese; y va y la da un anfilerón y una feguruca á modo de santuco de cera, y la dice:--«Onde tú pinches con este anfilerón en la fegura, le dolerá á la hija del rey; pero ten mucho cuidao, porque si le pincharas el corazón, la otra moriría».

Pus, amigo de Dios, que la moza, deseosa de atrasar el casorio, espienza á pinchar de acá y á pinchar de allá á la fegura, y cátate que al mesmo tiempo espienza la hija del rey «¡ay! que me duele aquí, ¡ay! que me duele en el otro lao», hasta que volvió á caer en cama. El pastor se volvía loco buscando herbas por los praos y no atinaba con el aquél de la recaída. Y no atinando, pasaron así más de dos meses; y pasando más de dos meses, viendo la moza del pueblo que el pastor no llegaba, alteriósele el pulso con las penas, y al ir á pinchar la fegura un poquitín, fuésele la mano y llegó al corazón con el anfiler... En el auto fallició la hija del rey. Y falliciendo la hija del rey, en el mesmo día que se la dió tierra se ahorcó al pastor enfrente de la casa del Ayuntamiento. Corrió la voz del caso, y sabiéndolo la moza fué á los palacios del rey á pedir josticia contra la bruja; y pidiéndola, salieron ceviles por toas partes, cogieron á la pícara y la quemaron juntamente con la fegura de cera; y quemándolas á las dos, se convirtieron en una bandá de enemigos malos que ajuyeron agoliendo á azufre y asolando los campos por onde iban, con el viento y la llama que llevaban consigo mesmos. Á too esto, como el rey no tenía más hija que la defunta, cogió mucha ley á la muchacha aflegida que le pidió josticia; y cogiéndola ley, llevóla á los palacios, y más alante se casó con ella. Siendo la muchacha reina de gentiles, llamó á toos sus parientes y los hizo unos señores, y al que menos de los vecinos de su pueblo le dió cuarenta carros de tierra y una pareja de güeis, y le pagó las contrebuciones por dos años; y siendo ella crestiana y de suyo lista y despabilá, convirtió á toos los gentiles al cabo de los tiempos... y colorín colorao.

--De manera es--dice Pólito,--que too se refiere á un rey que ahorca á la hija, porque un pastor se prenda de una bruja que le curó á él con herba del campo.

--Justo,--se le contesta para acabar primero.

--La historia--objeta Gorio Tejares,--es de suyo manífica; pero creerán ustedes que eso de prendarse una hija de un rey de un mozo seglar, quiero decir, paisano, es panoja de diez libras; pues es cosa muy corriente, y si el mozo es melitar, tanto mejor. Yo, en las tierras que he corrido, he tenido ocasión de verlo; y si hubiera sido, como otros, tentado de la cubicia ú de la vanidá, pudiera haber sacado del uniforme, no diré que una princesa, pero una infanta... en fin, ¡mucho!

Concluida la tanda de cuentos, porque Tanasio cuenta varios, entra la de _adivinillas_. Éstas las propone siempre el erudito Cencio. Óiganle ustedes.

--Una cosa cosina que Dios adivina: _Anda, anda y nunca llega á Miranda_.

Tío Ginojo se perece por las adivinillas. Espabílase un poco al oir la primera, frótase los ojos y pregunta:

--¿Cómo has dicho, Cencio?

--«Anda, anda y nunca llega á Miranda».

--Hombre, muy arrevesao es... Si dijeras apara, apara... podría ser, pinto el caso... pero eso de anda, anda...

--Anda, anda--repite Pólito dándose puñetazos en la cabeza.--¿Qué mil demonios podrá ser?... ¡Un güey!

--No estás tú mal güey,--dice Cencio.

--Anda, anda--canturrea Gorio...--el batallón de cazadores de Chiclana.

--¡Echa!

--Anda, anda...--suspira el Polido,--será... Vamos, con esta jartura que tengo ni veo el ite de la cosa. Cuatro güevos, dos torrendos y media vara de longaniza me he triscao para cenar...

--Anda, anda--murmura Tanasio.--Hombre, aunque sea mala pregunta, ello ¿es cosa de comer?

--No.

--¿Es animal ú persona humana?

--Es semoviente de por sí mesmo y finca imponible en contrebución terrentorial,--contesta Cencio con su aire habitual de importancia.

--Apara, apara... y luego allega á la villa,--refunfuña el desmemoriado tío Ginojo.

--No, señor: es «anda, anda y nunca llega á Miranda».

--¿Y qué sabe uno ónde está Miranda?

--Tiene razón--dice Sabel.--Si fuera la villa lo conoceríamos mejor, y podría ser...

--El mercao,--añade Mari-Juana.

--O la deligencia,--dice Chiscona.

--He dicho que es semoviente de por sí mesmo y finca imponible en contrebución terrentorial,--repite Cencio.

--Pus me doy,--exclama tío Ginojo.

--Y yo.--Y yo.--Y yo,--añaden otros varios.

--Pus yo no--dice Pólito, dándose un tremendo puñetazo en la rodilla.--¿Cómo espienza?

--Por _mo_,--contesta Cencio.

--Mo, mo, mo...--repite tío Ginojo.--Si fuera ma, ma, ma, sería, pinto el caso... pero mo, mo, muy arrevesao es.

--Mo, mo, mo,--se canturrea por todos los rincones.

--¡El marrano!--grita Pólito como si hubiera resuelto la dificultad.

--He dicho que empieza por _mo_.

--Pus por lo mesmo.

--¿Y marrano declina _mo_ en primera istancia, animal?

--Pus si no, no sé lo que es...

--Vaya, vos lo pondré más claro: moli, moli, moli...

Dos voces:

--Molinero.

--Cerca andáis.

Toda la hila á coro:

--¡Molino!... ¡El molino!

--¡Hombre! ¡qué gracia!

--Pus no me sastiface--protesta Pólito,--porque al molino se llega en cuatro zancás, y tú has dicho que nunca se llega á Miranda.

--¡Virgen, qué caráiter de riflisión que tiene este hombre! He dicho: «Anda, anda y nunca llega á Miranda». ¿No está el molino rueda que rueda todo el santo día de Dios sin moverse de un sitio?

--Sí que lo está.

--Pues ahí tienes cómo no puede llegar á Miranda ni á denguna parte.

--¡Vaya una cencia que tien la adivinilla!--gruñe tío Ginojo.--¡Y pa eso le despiertan á uno!

--¿No decía usté que era tan arrevesá?

--Como tú lo ponías, sí.

--Pos si lo estipulara claro desde su descomienzo, buena habilidad sería dar con el ite.

--¡Taday!... ¡Chapucerías que no valen un anfiler!

Dice tío Ginojo, hunde la segunda pierna en la _jornía_ y vuelve á dormitar.

Otras dos ó tres adivinillas más vuelven á poner á prueba el ingenio de los tertulianos; pero no se resuelve ninguna sin que Cencio diga la mitad del nombre de la cosa en problema.

No falta allí su párrafo de discreteo, que suelen provocar Gorio y Sabel, especialmente mientras el primero tiene el huso para que la segunda devane lo que lleva hilado, ó Silguero y Clavellina en igual ó parecida ocasión.

Por ejemplo:

--Muy gordo lo hilas, Sabel.

--Pa quién es mi padre basta mi madre.

--Mucho te abajas.

--No es porque tú me alevantes.

--¡No fuera malo!

--Pa que te lijaras...

--Buena bizma conozco yo que me sanara en un contao...

--Esa bizma no tiene tanta vertú.

--Más de la que tú piensas.

--¡Cómo no!...

--¡Juy, quién fuera capitán de ese regimiento!

--Este regimiento se gubierna él solo tan guapamente.

--Pero la soledá es muy triste.

--Más vale solo que mal acompañao.

--Se estima la fineza.

--No apretes el huso, que se va á cascar el hilo.

--Es que me hace cosquillas en la palma de la mano.

--Muy fino tienes el pellejo.

--Más que el corazón, que á puro desaire de una que yo sé, se va pusiendo más recio que el cuero de una mochila.

--¡Jesús, qué antusiasmo!

--¡Calla, ingratona!

--¡Taday, trapacerón!

--¡Olé, rrracataplán!

(Risotada general).

También se paga su tributo á las modas. Un cintajo en el pelo de Sabel, un fruncido nuevo en las mangas del jubón de Clavellina, que al punto llaman la atención de tía Cimiana, bastan y sobran para excitar el entusiasmo _artístico_ de la rústica modista.

--Vaya, que el diañu seis las mozas de ahora. Ca día vos poneis un amenículo nuevo. De modo y manera que una se despistoja, para cortar bien un vestido, y al cabo le salen á usté con que le falta esto y le falta lo otro, y que no está al estilo, y que torna y que vira. ¡María, hija! Endenantes daba gusto: sabía usté que la mejor gala de una moza era la saya de baeta y el jugón de alepín respulgao de pana. De dos tirones amañaba usté los paños de la saya, hilvanaba usté los plegues, la ponía sobre el jergón, y mejor debajo de un colchón si la cama le tenía, dormía usté tres ó cuatro veces encima, y la sacaba usté que daba gloria verla puesta, de cómo caían aquellos plegues. Pero ¡ya te quiero un cuento hoy! ¡El Señor me valga! Ya too el mundo quier el vestío, y tan aína angosto de manga como ancho, tan aína con floriqueteo por las muñecas, como con trencillas por abajo. ¡Como que no pierdo romería ni mercao por el aquél de ver lo que se usa y poder estar al tanto del estilo pa servir á estas chapuceras presomías!... Y entovía rejonfuñan... porque, las condenás de ellas, ca una quier una cosa diferente y trae un antojo destinto... Malos demónchicos vos lleven nunca ni no... que si no fuera porque, aunque me esté mal el decirlo, sé cumplir con mi obligación, muchas veces había de pensar que se me había olvidao coger las tiseras en la mano. Dimpués de too, si habiesis ganao algo en el cambio, juera too por Dios; pero el Señor no mampare si no paicéis sandifesios con los mingorondangos de abora. ¡Josús, hijas, quien vos vió con aquellos rufajos de endenantes tan asentaos al cuerpo y tan plegaos, y quien vos vei con esos etelajes de señoras mal acomparás, que si vos los coge una barda en da que calleja, vos deja esnugas en un periquete... ¡Si vos digo que tien que ver!

Se hace asimismo tal cual excursión por el campo de la política, y entonces lleva la batuta Tanasio.

Tanasio, como carretero, está frecuentemente en Santander, donde tiene por íntimos amigos á dos _coraceros_, ó descargadores de carros, que le enteran, á su modo, de los sucesos más notables de que ellos tienen noticia. Además, mientras está en un escritorio aguardando que le den una guía ó le paguen otra, no pierde ripio de cuanto allí se habla, si es de política. De esta manera, con datos adquiridos tan á retazos y en fuentes tan heterogéneas, forma el curioso carretero los argumentos de sus narraciones políticas, que son la delicia de tío Selmo, del Polido y de Gorio.

--Y ¿qué se sabe de por esos mundos, Tanasio?--pregunta el primero aprovechando uno de los pocos instantes de silencio en que queda la hila.

--Pus por la presente--dice el interpelado,--mucho paez que hay regüelto al respeuto de guerras.

--¿Cacia ónde?--interpela el Polido.

--Ello hacia extranjería debe ser, según se corre.

--Y ¿á qué mano cae eso, si se puei saber?

Aquí es de rigor que entre Cencio.

--Extranjería es por tierra de Francia, y también de rusios y de purcios.

--Y ¿qué se pide?

--Pus too ello--continúa Tanasio,--paez ser que resulta de piques entre los reyes.

--¿Á respeuto de qué?

--De sus mases y sus menos, por si lo de acá es mío ú no lo es, ó si quiero esto ú lo otro. Paez que el francés ha ofrecido combate y los otros no han querío entrar.

--Y ¿quién son los otros?

--Pus los de Ingalaterra por un lao, y por el otro los _ensalzaos_[11] que quieren cerrar toas las iglesias.

--¡El Señor nos libre de ello, amén!--exclaman, santiguándose, las mujeres.

--Toma, como que diz que el Papa Santo de Roma ha tenío que salir un día al balcón á echar un pedrique á una porrá de herejes que ya estaban apedreándole los cristales del palacio.

--¡María Santísima!

--¡Mucho hereje, mucho, paez que hay por ese mundo!

--¿Y al auto de qué ha pedío combate el francés?

--Pus al auto de lo que vos he dicho.

--Pero ¿contra quién va?

--Contra los ensalzaos.

--Yo pensé--dice el Polido,--que el francés era hereje.

--Lo fué en sus prencipios--observa Cencio;--pero se convirtió.

--El Señor le ampare,--dice Mari-Juana.

--Amén,--añaden las demás mujeres.

--Pus bueno--continúa Tanasio;--ahora resulta de que como los ensalzaos no quieren entrar, nusotros los españoles paez que estamos abocaos á jurgarlos pa que entren, porque resulta que el francés es poderoso, y el caso es echarle allá los ensalzaos pa que dé cuenta de toos. Por otra parte, diz que estos ensalzaos tienen hasta reyes de herejes que sacan la cara por ellos, y á mi modo de ver el francés se va á ver mal con tantos, y puei que tengamos que darle ayuda. Por eso vos decía que al respeuto de guerras hay por la presente mucho regüelto.

--Y ¿qué le costará al probe labrador too ese laberiento?

--Pus aticuenta que algunos cuartos más de los que hoy paga.

--¿Pero no sacarán soldados cada mes?

--Se cree que no, porque de eso, como ya toa la tropa en España es de cristinos, tenemos sobrao pa hacer frente á toa la extranjería del orbe tirraquio. Toma, pus por eso naide se mete en el mundo con nusotros... salvo los de Morería, que bien caro les costó hace poco.

--¿Que si les costó? ¡María Santísima!--salta Gorio, que guarda como una reliquia la cruz de San Fernando que ganó en los campamentos de Tetuán.--Figúrese usté...

--Mira, Gorio--le interrumpe tío Selmo,--nos lo has contao más de treinta veces y hemos llorao más de seis oyéndolo; pero ya lo sabemos de memoria.

--Quiere decirse que _soniche_, ¿no es verdá? Vamos, que cierre el pico.

--Por esta noche, sí.

--Pus sacabó la historia.

--Ello resulta de que no sacarán por ahora más soldaos, ¿no-verdá, Tanasio?--pregunta una de las mujeres.

--Vos digo que no hay ningún cuidao.

--Pus mientras no lleven de casa á los hijos de su madre, y los males se remedien con dinero, vengan males á porrillo y salú nos dé Dios, que, al cabo, de probes no hemos de salir.

Á veces se juegan entre los más aficionados dos cuartos á la baraja, á tres juegos hechos á la _brisca_ ó á la _flor de cuarenta_. Entonces de cada real que se cruza se deja en fondo un cuarto para pagar la ballena que consume el candil con que se alumbra la hila.

En noches de días festivos, por aquello de que no se puede hilar y de que «donde va la soga que vaya el caldero», se echa un ligero reparto entre los contertulios y se consume en la hila una azumbre de lo tinto, que equivale á dos en sangría, como ha de estar para que lo prueben Sabel y Clavellina, en cuyo obsequio se bautiza y dulcifica siempre el vino.

Y con estos ú otros lances por el estilo y tal cual _prefacio_ que entona Silguero á ruegos de la tertulia, se disuelve ésta todas las noches antes de las once, yéndose cada concurrente en paz y en gracia de Dios á su casa, bendiciendo al primero á quien se le ocurrió la manera de pasar tantas, tan baratas y tan agradables horas _al amor de los tizones_... uno de los cuales se lleva siempre tío Ginojo, porque dice que, manejándole como él sabe manejarle, no hay lobo que pare en dos leguas á la redonda.

Conque, imparcialísimos lectores, me parece que después de lo que ustedes han visto y han oído en casa de tío Selmo Lombío, no podrán menos de concederme que si _haciendo_ literatura, y música, y política, y galanteos, y chismografía, y sorbiendo y jugando es como mejor se utilizan las largas noches del invierno, á este propósito las _hilas_ de la Montaña no tienen nada que aprender de las _soirées_ del «gran mundo», ni que envidiarles... si no es la pluma de ámbar y batista con que las cantan los _Pedro Fernández_ de la prensa aristocrática.

NOTAS:

[11] Exaltados, revolucionarios, herejes... todo lo que se quiera por esta escala arriba.

[Ilustración]

UN TIPO MÁS

Corría el mes de noviembre: hacía poco más de una hora que había amanecido, y llovía á cántaros. Excusado creo decir que aún me hallaba yo en la cama tan abrigadito y campante, gozando de ese dulce sopor que está á dos dedos del sueño y á otros tantos del desvelo, pero que, sin embargo, dista millares de leguas de los dolores, amarguras y contrariedades de la vida; estado feliz de inocente abandono en que la imaginación camina menos que una carreta cuesta arriba, y no procura más luz que la estrictamente necesaria para que la perezosa razón comprenda la bienaventuranza envidiable que disfrutan en esta tierra escabrosa los tontos _de la cabeza_. Punto y seguido. Abrieron de pronto la puerta de mi cuarto, y avisáronme la llegada de una persona que deseaba hablarme con mucha urgencia.

Ustedes, caballeros lectores, que estarán hartos de devorar multitud de artículos empezados con párrafos semejantes al anterior; artículos cuyos protagonistas-autores es de rigor que se tuteen, en los episodios que refieren, con un _Sandoval_, con un _Montellano_, con un _Monteverde_, ó siquiera con un _Arturo_, _Eduardo_ ó _Alfredo_ á secas; artículos dados á luz en _ilustrados_ Semanarios, ó en la sección de _Variedades_ de tal cual papelón madrileño, por la péñola almibarada de algún revistero aristócrata; ustedes, pacientísimos prójimos, que, de fijo, estarán avezados á ese género de literatura bizarra, esperarán que yo les diga, en vista del comienzo de este croquis, que la voz que me dió el recado era la de mi _ayuda de cámara_, al cual mandé, después de llamarle _borrico_ y de ofrecerle un puntapié, que corriese los _cortinajes_ de mi balcón para que entrara la luz del día; que en seguida me envolví el cuerpo en una cómoda bata, forrada de pieles de marta, y los pies en un par de pantuflas morunas que no se oían al hollar la espesa alfombra del suelo; que me arrellané en una muelle butaca delante de los troncos que ya chisporroteaban en la chimenea; que encendí un aromático habano, precisamente de la _Vuelta de Abajo_, y que, por último, después de encasquetarme en la cabeza un gorro griego... ó tudesco, de finísima felpa, dije al susodicho mi criado: «Que pase esa persona», es decir, esa dama incógnita, ese vizconde elegante, ese matachín de moda, ese bandido generoso ó ese marido agraviado... Pues no, señores; no hubo nada de eso, al parecer tan común en la vida episódico-literaria de nuestros revisteros del día... porque, aunque á ustedes no les importe un rábano la noticia, han de saber que yo no tengo ayuda de cámara, ni gasto bata forrada ni sin forrar, ni pantuflas morunas, ni gorro persa; ni en mi cuarto de dormir hay pesados cortinajes, ni alfombra espesa, ni vegueros á granel; ni allí han entrado jamás damas misteriosas, ni vizcondes elegantes, ni bandidos de ninguna clase, ni matachines, ni maridos agraviados... por mí.

He aquí, lisa, llana y prosáicamente, lo que sucedió:

Oído el recado, que fué transmitido por una modestísima fregona, abrí desde la cama la desnuda vidriera del balcón; vestíme con lo primero que hallé á mano, como hago todos los días; encendí un pitillo de _Astrea_, y salí al encuentro del personaje anunciado, al cual conocí en cuanto le eché la vista encima.