Part 20
Fonsa entró un domingo con su amiga en el _Relajo_; y se aturdió por de pronto al ver aquella multitud de personas que giraban, aullando como bestias, en brazos unas de otras, al son de una murga estridente y bajo una atmósfera de tabaco y aceite de candil. Poco á poco se fué orientando; y como era frescachona y rolliza, cosas bastante raras en aquel _agosto_ nauseabundo, pronto se halló solicitada por un sinnúmero de _caballeros_ que aspiraban á la honra de _bailarla_. Quiso excusarse diciendo que no sabía bailar; pero lo puso peor así: todos se brindaron á enseñarla. Una chica que no sabe bailar es una ganga en semejantes salones: primero, porque revela cierta inocencia de costumbres muy envidiable; y segundo, porque enseñarla á bailar es lo mismo que estar autorizado para estrujarla, resobarla y exprimirla. Fonsa cayó en manos, mejor dicho, en brazos de un _maestro_ que había sido en Madrid estudiante de medicina catorce años seguidos sin haber ganado tres cursos. Después bailó con un corneta de la guarnición, y, por último, con un corista del teatro, á quien le faltaban la campanilla y media nariz.
--¿Qué tal?--le preguntó la amiga al salir del baile.
--¡Manífico, chica!--respondió Fonsa.--Al escomenzar me dió algo de vergüenza; pero en seguida la perdí toa... Mucho empujón y muchísimo pellizco me han dao, eso sí; pero también te aseguro que me he divertío de lo güeno... Y que al mesmo tiempo he aprendío el valseo y las habaneras, ¡vaya!... ¡Y bien que me gustan! ¡Güeña deferiencia va de esto al Reganche!... Vendremos todos los domingos, ¿eh?
La amiga, como era de esperar, aplaudió tan buenos propósitos.
Para abreviar: Fonsa perseveró tanto en ellos, que antes de tres semanas fué despedida de la casa en que servía, y en vano trató de entrar en otras en calidad de _doncella_. Su vida agitada la impedía cumplir con sus deberes domésticos, y encontraba insoportable la sujeción y mezquino el sueldo que ésta le proporcionaba. Declaróse, pues, libre y se instaló en casa de doña Rosaura.--No aspiraba ésta á otra cosa.
Así vivió dos meses, entregada de lleno á las emociones del baile y á otras aún de peor calidad; hízose popular en los _salones_ del _Relajo_, del _Crimen_ y del _Infierno_, y continuó progresando en esta senda, hasta que no tuvo el diablo por donde desecharla.
Supo tío Celedonio algo de lo que pasaba: vino á Santander, obligóla á irse con él al pueblo, la arrimó allí un par de palizas de padre y muy señor mío, y la hizo trabajar en las más rudas faenas de la labranza. Pero Fonsa no era ya capaz de soportarlas; y un día, muy tempranito, hizo un lío con su mejor ropa y desapareció de la aldea. Buscáronla sus padres con el ahinco que ustedes pueden imaginarse, pero todo fué en vano: Fonsa no volvió á parecer para los pobres viejos, que se murieron algún tiempo después rogando á Dios por ella.
¿Adónde había ido? ¿Cuál fué su paradero?
No contándose segura en Santander, adonde volvió cuando se escapó de casa, largóse á Madrid con el doble objeto de continuar su carrera en mayor escala y vivir más á cubierto de la persecución de su familia. Entregóse en la corte á todo género de licencias; perdió muy pronto las pocas gracias que debía á la naturaleza; y hambrienta, casi desnuda y enferma, cayó una noche de enero sobre un montón de basura en un rincón de una plazuela, y allí se recogió al amanecer su rígido cadáver.
[Ilustración]
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AL AMOR DE LOS TIZONES
Porque _hace_ música, y literatura, y política, y sorbe _tes dansants_ y _chocolates bulliciosos_, y juega al _ecarté_... y á la banca en los salones, piensa la gente del «gran mundo» que ella sola sabe sacar partido de las largas noches del invierno. Llenas están las columnas de la prensa periódica de almibaradas revistas y hasta de poemas _garapiñados_ que me lo hace creer así. Pero la gente susodicha y sus melifluos infatigables salmistas se equivocan de medio á medio, como voy á demostrarlo con hechos, que son argumentos sin vuelta ni revés; y con hechos que no han de proceder de la vida y milagros de la benemérita clase media que, por horror innato á su propia medianía, vive en perpetuo remedo aristocrático; ni tampoco de los anales de los sabañonudos gremios horteril, especiero y consortes, rebaño que ya viste frac, toma sorbete y baila con guantes los domingos, y forcejea y suda por eclipsar el brillo social de la clase media. Para que el éxito de mi tarea sea más completo, he de buscar los hechos prometidos en una esfera mucho más distante, en grado descendente, de la en que reside la encopetada jerarquía que, por no saber en qué dar, da con frecuencia en vestirse de estación, y de nube, y de astro... y de no sé cuántas cosas más; he de buscarlos, repito, entre los más sencillos aldeanos del más apartado rincón de la Montaña, contando, por supuesto, con que sabrán otorgarme su indulgencia aquellos señores del buen tono por el crimen de lesa etiqueta que cometo al oponerles, siquiera por un instante, un parangón tan grosero, tan inculto, tan cerril.
Y hecha esta importante salvedad, dejo al arbitrio del más escrupuloso lector la elección del pueblo... ¿Ése? Corriente.
Treinta casas tiene; se divide en dos barrios, y en cada uno de ellos hay un acabado modelo de lo que yo necesito: una _hila_.
Fijémonos en cualquiera de las dos, á la casualidad: en la del tío Selmo Lombío.
Selmo, ó Anselmo Lombío, es un pobre labrador que á duras penas cosecha maíz para todo el año; por consiguiente, no es siquiera lo que se llama un hombre _acomodado_. Pero no ha conocido jamás el mal humor, no tiene vicios ni cosa que se le parezca, ni, lo que siente mucho, hijos que le pidan pan, no obstante llevar más de treinta años unido en legítimo matrimonio á tía Ramona Maizales, cuyo carácter parece cortado por el mismo patrón que el suyo.
Ambos profesan y predican, con más fe cada día, la máxima de que «_la gente humana_ ha nacido para la _comunicancia_ y _parcialidad_»; y por ende no transigen con que el pobre, rendido por el trabajo cuotidiano, se limite, por único consuelo, á tumbarse á roncar sobre una mala cama á la hora en que se albergan las gallinas. Y en prueba de que no hablan sólo por _el aquél_ de abrir la boca, no bien se _coge_ el maíz, y se siega el pelo de la _toñá_ (la yerba de otoño), y se _derrotan_ las mieses, y comienzan los pelados bardales á llorar gota á gota por las mañanas el rocío de la noche, ya los tienen ustedes brindando con su cocina á todo convecino que quiera favorecerla con su presencia.
Y la gente del barrio, que se guarda muy bien de desairar el brindis, acude solícita á ella, y hasta la hace _de moda_ entre la rústica sociedad.
Estarán ustedes cansados de leer en la grave prensa periódica de España párrafos como el siguiente:
«Magnífica estuvo, como todas las anteriores, la recepción que tuvo lugar anoche en los _espléndidos_ salones de la _encantadora_ marquesa del Rábano ó de la Coliflor, viéndose aquéllos poblados de cuanto de más bello, elegante y distinguido encierra la buena sociedad de...».
Y esto lo dice el periodista porque presume, ó sabe, ó quiere hacer creer que concurrieron á los salones espléndidos de la encantadora marquesa del Rábano ó de la Coliflor, la _seductora_ baronesa de la _Ortiga_, la _adorable_ condesa del _Pámpano_, las _hechiceras_ señoritas de _Azafrán_, la _interesante_ viuda de _Mogol_, el _opulento_ banquero _Potosí_, el _ilustre_ diplomático vizconde del _Tornasol_, el mimado poeta _Aljófar_, el lisonjero folletinista que lo cuenta, _Jarabe_, y el _artista sublime_ más en boga en el _regio coliseo_, si de Madrid se trata.
Pues bien: pregunten ustedes por las hilas de tío Selmo en el pueblo en que éste vive, y le dirán sus convecinos, uno á uno, ó á coro si se prefiere:
--_¡Maníficas!_ ¡de lo mejor!
Lo cual equivale, allí donde no hay prensa ni revisteros de salones, al reproducido suelto de los periódicos del «gran mundo».
Porque á la cocina de tío Selmo concurren, infaliblemente cada noche y todas las del invierno, amén de otros eventuales, los siguientes personajes:
_Tanasio Mirojos._--Maduro de edad, largo de talla y no muy limpio de porte, mediano labrador, pero gran carretero. Gusta mucho de «estar al tanto» de lo que pasa por el mundo, y es un almacén de cuentos y romances.
_Pólito Redondo._--Cuadrado de espaldas, angosto de frente, recio de pelo y barba, cetrino de color y duro de entendimiento. _Amaña_, es decir, resume todo lo que oye á los demás para comprender algo de ello; pero al cabo se queda siempre en ayunas, porque tiene peores _amañadores_ que _entendederas_.
_Lencio_, _Cencío_, _Delencio_, _Endilencio_, ó como ustedes quieran, pues por todo responde menos por Indalecio, como le nombró en la pila su padrino. Tiene escasos cuarenta y cinco años, y no fuma, ni vota, ni se enfada nunca; su fuerte es la _elocuencia_; y como también es _erúdito_, resuelve de plano cuantas dudas científicas, históricas, ortográficas y etimológicas se le consultan. Pone la pluma como un maestro de escuela, y no hay cuenta que se le resista, desde las de _medio-partir_ y _partir por entero_, hasta las de _cuartos-reales_ y _compañías_ inclusive.
_Gorio Tejares._--Ex-soldado del ejército, ha corrido muchas tierras, y no se la deja pegar de ningún listo. Trató con intimidad, durante el servicio, á todos los generales por quienes se le pregunta. O'Donnell le convidaba á café y copa tres veces á la semana, y pasando un día con su regimiento por la Plaza de Palacio, la Reina, que estaba al balcón, le echó los galones de sargento. Pudo haber llegado á capitán; pero le tiraba mucho el pueblo, y no quiso reengancharse.
_El Polido._--Corto de estatura, flaco y torcido de piernas y chupado de jeta, mal vestido y peor alimentado. Su manía es hacer creer á los demás, siempre y á todas horas, que acaba de comer y que revienta de harto.
_Tío Ginojo._--Más antiguo en el mundo que las viruelas, sordo de un oído, torpe del otro y sin pizca de memoria: se duerme en cuanto se sienta.
_Silguero._--Mozo presumido y seductor irresistible, bailarín consumado y, sobre todo, gran entonador de _Kiries_, _Glorias_ y _Credos_ en misa mayor; habilidad que constituye su mayor orgullo y le ha valido el honroso mote, mal pronunciado, de _Jilguero_, con que se le conoce.
_Tía Cimiana._--Mujer de Tanasio: «tiene gloria en las manos» para cortar sayas y jubones, y es por eso la única _costudera_ del pueblo.
_Sabel._--Moza robusta y potente, ancha de _encuentros_ y caderas, alegre de ojos y suelta de lengua.
_Chiscona._--Digna pareja de Pólito, y no hay más que decir de ella.
_Clavellina._--La antítesis de Sabel, pequeñita, sonrosada, muy compuesta y algo _parada_.
_Mari-Juana._--Mujer de seis pies de talla, flaca y curtida, es una notabilidad para salar tocino y curar de la _palotilla_ á las chicas pálidas.
Y la _Rijiosa_.--Apreciable mitad del Polido, con un genio de doscientos mil demonios, pero con una gracia especial para sembrar _á chorco_ y _empozar_ lino.
Es decir, lo más escogido de la buena sociedad del barrio.
Las mujeres van á la hila provistas de rueca y _mocío_ de estopa ó madeja de cerro. Por una excepción, que se comprende bien, tía Cimiana suele llevar obra de aguja y tijera, según se encuentra de atareada. Los hombres no llevan nada, ó, cuando más, un taco de madera para una _llavija_, ó un haz de mimbres retorcidos para _peales_.
Para colocar á todos los tertuliantes, hay en la cocina del tío Selmo tres grandes bancos de roble, muy ahumados, que, con el largo poyo de la pared, forman un espacioso rectángulo, dentro del cual queda la lumbre, en _llar bajo_, ó sea en el santo suelo.
No hay, como ustedes pueden comprender, lacayo que vaya anunciando á las personas que llegan. Allí se cuela todo el mundo como Pedro por su casa. De todos modos, sería ociosa aquella ceremonia, pues mucho antes de que el tertuliano se anuncie á sí propio en la cocina con el saludo obligado de «Dios sea aquí», «el Señor nos acompañe» ú otro del mismo laudable género, se ha dado á conocer perfectamente. Tío Ginojo, por ejemplo, porque se le oye dar en la calleja una en los morrillos y ciento en las pozas con sus almadreñas; el Polido, porque las que calza, no teniendo clavos y siendo muy viejas y desiguales entre sí, suenan á madera rota; Pólito, que las gasta con _tarugos_, porque cuando pisa con ellos, sus golpes parecen de mazo de _encambar_; Silguero, por las _tiranas_ que entona; Mari-Juana, por los golpes de tos «que la ajuegan»; Gorio, por las _dianas_ que silba, etc., etc.
Que las mujeres van á hilar á casa de tío Selmo, debe haberse presumido desde el instante en que yo dije que llevan rueca y lino.
Con este dato, adivine el perspicaz lector por qué se llaman hilas y no _soirées_ ni _recepciones_ las tertulias montañesas del género y calidad de la que voy á describir.
Y cuenta que al hacerlo me cabe la persuasión de que en ello rindo un tributo que, en buena justicia, se debe á las rancias costumbres de mi tierra. Siglos, acaso, hace ya que en ella están siempre abiertas centenares de cocinas á la mayor recreación del vecindario. En ellas vienen exhibiéndose millares de bellezas vigorosas, de ingenios peregrinos, de tipos y escenas que hubieran envidiado, para su gloria, los pinceles de Goya y de Theniers; y no obstante, no han logrado una pluma que los ensalce y los sahume, ó siquiera los _reviste_ á la faz del público, hoy que en el «gran mundo» no se come una mala raja de salchichón, ni se hace una cabriola, ni se suelta un vocablo ingenioso, sin que las cien trompas de la fama cuenten, enaltezcan y sublimen el suceso desde el folletín de los periódicos más en boga, y le lleven en alas de éstos hasta el último confín de la tierra.
De lamentar es, por otra parte, que la falta de esas plumas privilegiadas haya de repararse con la mía, indigna, por tosca y mal tajada, de empresa tan difícil; pero si la buena intención es algo, á la que me guía me amparo por excusa, y en ella confío para que los apreciables tertulianos de tío Selmo Lombío me dispensen su más amplia y cordial indulgencia al encontrar sus retratos en las humildes páginas de este libro.
Nada más grato para tía Ramona, nada que más la recree, que ver llegar al último de sus tertulianos y contemplarlos en seguida á todos llenando los tres bancos de la cocina.
Para solemnizar debidamente momentos tan placenteros, toma del _rincón de la leña_ la mejor mata de escajo, y la arroja sobre el montón de gruesos tizones que empiezan á quemarse en el llar. La vacilante escasa llama prende las secas apiñadas espinas de la mata, y bien pronto una columna de fuego sube chisporroteando hasta más arriba del _sarzo_ del desván, iluminando los rostros de la hila sobre el fondo negro lustroso de las ahumadas paredes, con una luz que entusiasmara á Rembrandt, si dado le fuera resucitar para contemplarla.
Con esta salva se inaugura cada noche la tertulia. Las mujeres aprovechan la _lumbrada_ para preparar las ruecas; los hombres sus velortos, navajas y tacos de madera.
Tío Ginojo, que ocupa siempre uno de los ángulos del poyo, con el fin de tener cerca de los pies la _jornía_, ó cenicero, al sentir la primera bofetada de la llama saca las manos de los respectivos bolsillos, mete una brasa en la pipa, le tira tres chupadas que suenan como tres pistoletazos... y vuelve á su estupor crónico.
No es raro que la sesión comience por un rosario, á cuyo final se pida por cada uno de los muertos del pueblo, que recuerde la memoria de Cencio, que reza delante.
De todas maneras, es seguro que á la media hora de constituída la hila, toma, salvas ligeras variantes, el siguiente rumbo:
--¡Uno de los buenos, tío Tanasio!
--¡Que nos haga de reir!
--De ladrones y encantos, que son más divertíos.
--De lo que él quiera, ¡condenius, pedigones!
--Si digieris de lo que yo sepa, digieris más verdá.
(Tanasio es hombre que gusta hacerse rogar en estos casos, pues cree que de otro modo desprestigia su ingenio).
--¡Hombre, pues no dice que!... ¡Si sabe usté más cuentos!
--Pero si tos vos los he contao ya.
--Menos los que le quedan en el magín.
--Marrecelo que delguno... Pero, en fin, veremos á ver si estrujando, estrujando, sale daque cosa.
Silencio profundo.--Tanasio medita.--Pólito se soba los dedos, se rasca la cabeza á dos manos, abre medio palmo de boca y clava sus ojazos verdes en el narrador.--Cencio se dispone á resolver las numerosas dudas que del cuento puedan surgir.--Silguero se contonea, cruza las piernas y se atusa el pelo mirando tierno á Clavellina.--El ex-soldado se encara con Sabel.--El Polido eructa como si le llegara la cena á la garganta.--Las mujeres, hila que hila.--Tío Ginojo se recuesta contra el poyo, bosteza y mete un pie en el montón de ceniza.
Al cabo de un rato dice Tanasio:
--Conque en el supuesto, vos contaré el cuento de _Arranca-Pinos_ y _Arranca-Peñas_.
--Ya se contó anoche.
--Enestonces vos contaré el romance de _don Argüeso_.
--También se contó.
--El del _Soldado_.
--¿Cuál es ése?
--Estaba una señorita sentadita en su balcón; pasó por allí un soldado de muy buena condición...
--Se contó antanoche.
--Cuando yo vos decía que toos vos los había contao... ¿Sabéis el cuento de _Rosaura del Guante_?
--Está contao tamién.
--Pus, ojo, que allá va uno que nunca habéis oído.
Atención general.
--Amigos de Dios...
Una palabra, con permiso de Tanasio. Reproduzco íntegra su narración, porque el estilo de los cuentos populares de la Montaña tiene un sabor especialísimo de localidad que yo debo dar á conocer.
Oigan ustedes ahora á Tanasio.
--Amigos de Dios: éste era un pastor de tierra de gentiles; y siendo un pastor...
--¿Qué son gentiles?--pregunta Pólito.
--Pus gentiles--responde Tanasio algo apurado, mirando á Cencio,--gentiles, á mi modo de ver, deben ser, así, como quien dice... ¿no es verdá, Cencio?... ¿Á que Cencío lo sabe también?
Y Cencio, con aire de la más hinchada importancia, encaja sin pararse en barras la siguiente explicación:
--Gentiles es bien sabido que son unos vivientes que viven en islas acuáticas, y son gigantes muy rebustos de fegura corporal... y no tienen iglesias ni tampoco señores curas, y se comen los unos á los otros, si á mano viene.
--¿Lo oyes, Pólito? Pus eso lo saben hasta los mozucos de la escuela.
--Pero como yo no la he tuvido, por eso lo pregunto. Ahora ya lo sé pa sinfinito.
--¿Y lo sabes bien?
--¡Ni aunque yo fuera tan torpe!... Pus me paez á mí que la cosa tien poco que estudiar. Los gentiles son unos seres corporales que viven en las iglesias y se comen gigantes acuáticos.
--¡Ave María Purísima!
--Qué, ¿no es eso?
--¡Sí, hombre, sí!
--Es que por las risas paecía que no... ¿Y qué es eso de acuático? aunque sea mala pregunta. Digo yo que será cosa de carambelo ó de azúcara.
--Acuático--responde el grave Endelencio,--declina de los mares mayores... porque estas islas de los gentiles están entre aguas de los mares...
--Pus estonces, las islas serán á manera de barcas.
--Islas--añade el erudito un poco asustado ya por la extensión geográfica que van tomando las dudas,--son unos lugares encultos y de mucho matorral; y tan aína las hay acuáticas, como de tierra firme; sólo que entonces se llaman islas _Celepinas_, porque están en Morería.
Lo mismo queda enterado Pólito de lo que son islas que quedó de lo que eran gentiles; pero como no es cosa de pasar la noche en semejantes explicaciones, se da la duda por aclarada y continúa Tanasio: