Part 19
Entre tanto, no llevaba más que siete meses de servicio, y el saldo de su cuenta no le alcanzaba para comprar el vestido de merino y las botas de charol que la traían á mal traer, especialmente desde que frecuentaba el trato de una moza que se distinguía entre todas las de su categoría por la variedad de sus trajes y por la frecuencia con que cambiaba de amos.
La tal moza había mostrado siempre una decidida inclinación hacia Fonsa, y no sosegó hasta que se hizo su inseparable compañera de plazas, fuentes y paseos. Ella se tomaba la molestia de arreglar el prendido y los cuatro trapos del vestido de la sencilla cocinera, cada vez que salían juntas; ella le corregía el estilo, así en el decir como en el andar; ella le procuraba las disculpas que había de dar en casa cuando suponía que habían de reñirla por su tardanza; ella le prometía colocaciones á porrillo para cuando se decidiera á enviar enhoramala á su ama; ella, en fin, se mostraba tan cariñosa y tan placentera y servicial con Fonsa, que ésta concluyó por quererla de todas veras y por seguirla á todas partes como una borrega.
En una ocasión se hallaban juntas en la Plaza de la Verdura. Fonsa miraba y admiraba, como de costumbre, el vistoso traje de su amiga, y ésta se dejaba admirar hasta con delectación y como si se propusiera excitar la envidia de aquélla.
--¡Cómo mil diaños te las amañas tú--dijo de pronto Fonsa,--para echarte todos esos amenículos? Yo estoy agorra que agorra, y he espenzao tamién, por consejo vuestro, á ordeñar la compra, y así y todo no me acanza la ganancia pa mercar un par de medias.
--Pues ya te he dicho otras veces--contestó la interpelada,--que yo he dado siempre con buenos amos.
--¡Buenos amos!... ¡y has parao un mes en la casa que más!
--Eso no quita... Y luego dispués, yo te diré... me tocó la lotería.
--¡La lotería!... Entonces voy á echar yo.
--Es que puede que á tí no te toque, y entonces pierdes lo que eches.
--Y ¿por qué echestes tú?
--Porque... porque sabía que me iba á tocar.
--Y ¿cómo lo sabías?
--Porque me lo dijo la _adivina_.
--¡Madre de Dios!... ¡la adivina!... Si yo me atreviera...
--Y ¿por qué no te has de atrever?
--Porque dicen que es pecao.
--¿Quién lo dice?
--El señor cura de mi pueblo... y además el Catecismo, que bien claro lo canta: «el que usa de _chapucerías_ ó cosas _pertiniciosas_».
--¡Otra! pero ése será el Catecismo de tu pueblo; aquí no rige.
--¿Pus qué rige aquí?
--El Obispo; y el diablo me lleve si le he oído una palabra contra las adivinas.
--Entonces, ¿yo puedo ir á que me echen las cartas?
--Claro que sí. ¿Crees en la adivina?
--Como en los Avangelios. ¡Y buenas ganas que se me han pasao de ir á verla desde que estoy en Santander!
--Pues, hija, ahora tienes güeña preporción.
--¿Ahora mesmo?
--No hay incominiente.
--Pus andando se va.
IV
Fonsa, temblando de emoción, se puso á las órdenes de su amiga y salió con ella de la plaza; tomaron por la calle de la Lealtad, y, torciendo por otras callejuelas, entraron en un portal obscuro, angosto y lóbrego, del que arrancaba una escalera carcomida y tortuosa. Subieron una docena de peldaños y se detuvieron delante de una puerta tan miserable como la escalera. Llamó la amiga de Fonsa y salió á abrir un ser que no me atrevo á calificar de mujer porque no se ofenda el «_bello_ sexo». Era una mole de carne mugrienta y asquerosa, mal cubierta con algunos trapos tan sucios como la carne; arrastraba en los hinchados pies unos soletos, y tenía, en lo que llamaremos cara, dos á manera de ojos ribeteados de sangre; una, como nariz, atascada de rapé, y alrededor de una abertura, que pudiera ser la boca, sucia y profunda, como el foso de una letrina, crecían rígidas y dispersas algunas cerdas grises.
--¡Entray, buenas mozas!--dijo con voz de trueno á las recién llegadas.
Y éstas siguieron al extraño ser por una especie de caverna donde se respiraba una atmósfera que debía de parecerse mucho á la de las guaridas de las fieras.
Á Fonsa le temblaban las piernas y le palpitaba el corazón. Lo que estaba viendo no se parecía en nada á cuanto ella se había imaginado sobre los hechiceros de las coplas y las viejas de los cuentos que sabía. Por eso, si hasta entonces había creído en el poder de las adivinas, desde aquel momento las suponía capaces de competir con el mismo demonio.
La vieja se detuvo en un sitio donde la habitación era un poco más ancha y menos obscura. No había allí más muebles que un banquillo cojo de madera de pino y una mesa de la misma clase, sobre la cual se sostenía, adherido á sus propias lágrimas, un cabo de vela de sebo. En un rincón de la misma pieza había un jergón sucio y desgarrado. El suelo y las paredes estaban cubiertas de roña, lamparones y telarañas.
Fonsa no podía orientarse en aquel antro asqueroso, ni siquiera darse cuenta de los objetos que la rodeaban. Por eso no se fijó en que su amiga habló muy callandito algunas palabras con la vieja.
Ésta, cuando hubo oído á su discreta interlocutora y después de mirar á Fonsa con un gesto que la hizo estremecer, llevó la diestra mano á su enorme seno, y extrajo de él un papel sucio y arrugado, un mendrugo de pan tan sucio como el papel, y una baraja mucho más asquerosa que el pan y el envoltorio. Tomó de éste entre el índice y el pulgar una buena porción de rapé que sorbieron con avidez sus narices, llevó á la boca el mendrugo y puso la baraja sobre la mesa.
--¿Á quién echo las cartas?--preguntó.
--Á ésta,--contestó, señalando á Fonsa, su amiga.
--Corta,--dijo la adivina presentando la baraja.
Fonsa, temblando como un azogado, hizo de la baraja dos montones.
--Se me figura que voy á decirte algo bueno, guapa moza--murmuró la mujerona reuniendo la baraja.--Y cuidado que lo que yo digo se cumple como el Evangelio; y aquí está tu amiga que no me dejará mentirosa. ¿Eh?
--No, señora, no; ya la he dicho que todo se me cumplió al respetive de lo prometido.
--Es que yo no soy como esas embaucadoras de tres al cuarto, que andan por la plaza engañando á las inocentes con una mala baraja sin virtud. Yo puedo decir con vanidad y con orgullo, que heredé estas cartas de una adivina que las compró á costa de su alma, en una noche de truenos, á un espíritu que se le metió por la chimenea.
Fonsa, al oir esto, pensó que la tragaba la tierra; cerró los ojos, y admiró á aquel monstruo que tales armas usaba.
--Y ahora que sabes--añadió la adivina,--lo que puedo, guárdate muy bien de no poner en planta mis consejos, pues no te perdonaría Dios si los desecharas.
Tras esto, y cuando conoció que Fonsa estaba completamente fascinada y aturdida y dispuesta á dudar, antes que de su poder, de la misericordia de Dios, comenzó á tender las cartas en la mesa y á hacer sobre ellas, á medida que iban saliendo de la baraja, comentarios de este jaez:
--Oros arriba, bastos abajo: ni bueno ni malo. Oros, más oros; copas boca abajo: tú tienes deseos. Rey de copas: de lo que no está á tus alcances. Oros otra vez, el as: dinero te hace falta. Otro rey con túnica: vestido apeteces. Espadas ahora: por la guerra. No, que salen bastos, por la aldea: trabajos en ella; no te convienen. Más oros todavía: tendrás el vestido. Más oros, la sota... y muchas galas y primores. El caballo detrás: un caballero se prendará de tí que te llenará de riquezas. Sota de copas: una mujer barrunta, morena de color. Bastos atravesados: sin fuerza ni poder. Más oros: la fortuna te persigue. Cinco y cuatro nueve, y siete diez y seis, y trece de los lados veintinueve... y ahora la sota de bastos: joven será y con bastón. Más oros: rico otra vez.
Y así prosiguió hasta que se acabó la baraja. Volvió en seguida á reunirla y tornó á desparramarla acompañándose con la propia jerga, y así continuó hasta tres veces.
Fonsa estaba aplanada de sorpresa, de terror y de gozo, todo junto. Pero aún se aplanó más cuando la adivina le hizo el resumen de sus investigaciones cabalísticas en estos términos:
--Un caballero bien parecido y muy principal se prendará de tí, y esto te lo hará saber á la hora menos pensada por medio de una mujer morena con un lunar en el carrillo izquierdo, una verruga debajo de la nariz y vestida de obscuro, con un pañuelo á la cabeza. El caballero hará tu suerte si no te niegas á nada de lo que te ordene ni de lo que disponga la mujer que ha de hablarte de su parte. Tendrás por de pronto el vestido de merino y las botas de charol que deseas, y estarás muy poco tiempo sirviendo, porque tú has nacido para mayores puestos. No dirás nada de todo esto á tu familia, ni á tus amos, ni á nadie, mientras no empiece á cumplírsete. _Apurre_ ocho cuartos y vete bendita de Dios, que algún día me darás las gracias.
Con mano trémula sacó Fonsa de la faltriquera las monedas que le pedía la adivina; y no digo ocho cuartos, ocho mil la hubiera dado si los hubiera tenido á su disposición. ¡Por cuatro monedas viles de cobre una fortuna!
Hecho el pago de los ocho cuartos, salieron de la zahurda las dos amigas, acompañándolas hasta la puerta la especie de fiera que la habitaba.
Fonsa, cuando á la calle salió, no vió la luz del sol, ni la gente que encontraba, ni el camino que seguía: toda su poca razón estaba ocupada en desmenuzar las risueñas promesas que acababa de hacerle la adivina.
Así volvieron á la Plaza de la Verdura, donde la amiga de Fonsa hizo una seña muy expresiva á cierta mujer que se hallaba vagando, como sin objeto determinado, entre las banastas de frutas y repollos.
La mujer se acercó en seguida á las dos muchachas, y Fonsa al verla dió un respingo. Había encontrado en ella todas las señas que la adivina le había dado de la persona que debía anunciarle su felicidad.
--¿Á dónde va lo bueno?--dijo la recién llegada á las dos amigas.
--Pus aquí voy con Eldifonsa,--respondió la mentora de ésta recalcando mucho el nombre.
--¿Eldifonsa has dicho?
--Sí, señora: Eldifonsa, una muchacha que vino de la aldea pocos meses hace...
--¿Y que sirve en casa de...?
--Doña Liboria, que vive en la calle de San Francisco...
--¡La misma, hija! Vea usted si la suerte lo dispone bien. Pues tengo que hablar contigo una cosa de mucha importancia, Eldifonsa... ¡Y vaya si tienes todas las señas que me han dado!
--Entonces las dejo á ustedes solas para que hablen más á satisfacción--dijo la pícara fregona disponiéndose á marcharse.--Mira, Eldifonsa--añadió,--la señora es de toda mi confianza, y lo que ella te diga ha de ser para tu provecho. Conque quédate con Dios, y usted lo pase bien, doña Rosaura.
Y se fué la muy pícara.
Fonsa se quedó con la llamada doña Rosaura, sin saber lo que le pasaba. Tantas coincidencias juntas eran para dar al traste con otra razón menos dormida que la suya.
--Tengo que hablarte de parte de un caballero que te estima,--dijo de sopetón doña Rosaura.
Oir esto y caérsele á Fonsa la cesta que llevaba al brazo, fué todo uno.
--¿Conque de parte de un caballero... que me estima?--tartamudeó al cabo la inocente borrega, pellizcándose las uñas.
--Cabal,--insistió doña Rosaura, estudiando minuciosamente los efectos del aturdimiento de su víctima.
--Y güeno, ¿y qué?--añadió ésta deseando saber algo más.
--Pos, hija de Dios, bien claro está: cuando pasan rábanos... y la ocasión dicen que es calva. El caballero desea verte; principal, ya es bien principal, y por lo que hace á campechano, no hay nada que pedirle; y, según las trazas, está muy prendado de tí... Posupuesto, hija mía, que yo en este asunto no soy más que una amiga de buen aquél que se presta á servir á un amigo á quien se deben favores. «Que Fulana me gusta y no puedo hablarla en la calle por el bien parecer»; que veo yo á Fulana y la digo de parte de esa persona que esto, que lo otro y lo de más allá, como ya has oído... Y velay lo que pasa... Conque tú dirás.
--Y á usted, ¿qué le paece?--preguntó Fonsa con voz insegura, después de meditar un rato, durante el cual recorrió muchas veces con los dedos los tres lados sueltos de su delantal.
--¿Que qué me paece á mí?--respondió la supuesta embajadora, penetrando con su mirada hasta el último rincón de la flaca mollera de la sirvienta.--Pues á mí me paece, hablándote sin rodeos, que debes aprovechar la ocasión que se te presenta de salir de miserias. ¡Vaya! ¡pues no faltaba más! ¡Una moza tan arrogante como tú, vestida todavía con cuatro pispajos, cuando las más enfelices de las de tu clase gastan lana y charol y paecen unas señoras prencipales!
¡Lana! ¡Charol! Pronunciar estas palabras junto á las orejas de Fonsa, era soplar el fuego, empujar el cuerpo que rueda al abismo.
--Pero ¿sabe usted si ese caballero, vamos al decir, desea hacer mi suerte sólo por el aquél del beneficio?--objetó la moza luchando con sus últimos escrúpulos.
--Eso no se pregunta--replicó doña Rosaura, afectando resentimiento...--Pero ¿de qué tierra vienes tú, mujer, que todavía te paras en esos inconvenientes? ¡Ave María, qué poco conoces el mundo!
--¡Ay, doña Rosaura, que dicen que está perdío!
--Cuatro gazmoñas que desean echarse á perder, y ni así se acuerda nadie de ellas.
--Con too y con eso, ¡si tuviera yo aquí á mi padre para pedirle consejo!...
--¡Líbrete Dios de ello!--exclamó la consejera con una viveza como si hubiera pisado lumbre.--Á los padres siempre les ciega el cariño que tienen á los hijos, y por el afán de apartarlos del mal, los privan del bien muy á menudo. Desengáñate, Eldifonsa: si quieres aprovechar la ganga que se te ofrece, no solamente no has de decir una palabra sobre el asunto á tu familia ni á tus amos, y has de guardar el secreto hasta en sueños, sino que has de obedecer ciegamente, en todo lo que te ordene, á la persona que te busca.
Esta última condición, por ser la misma que le impuso la adivina, acabó de aturdir á Fonsa. Creyó á puño cerrado que se hallaba bajo una influencia sobrenatural, y dando al traste con su último reparo, entregóse á discreción á la voluntad de doña Rosaura.
Ésta, que no quería perder tiempo, se apresuró á preguntarla:
--¿Cuándo te toca salir?
--Yo salgo todos los días de fiesta por la tarde, hasta el anochecer.
--Mejor sería hasta un poco después de anochecido; pero, en fin... Hoy es sábado; espérame mañana por la tarde á las cuatro en este mismo sitio, vestida con la mejor ropa que tengas.
--¿Aónde vamos á dir?
--Aonde yo te lleve. Y te vuelvo á advertir que te dejes manejar de mí y del caballero, si no quieres que se lo lleve todo la trampa; y ni en sueños se te escape nada de lo que aquí hemos hablado; y mucho cuidao también con no darte por conocida mía cuando vayas con alguno, sobre todo con la señora.
--Curriente.
--Entonces, hasta mañana... y mira que si faltas, contra tí harás.
--No faltaré, doña Rosaura.
--Ya me darás las gracias algún día.
--¡Dios lo quiera!
Y las dos mujeres se separaron.
Fonsa, hechas las compras que se le habían encargado, volvió á casa dos horas después de lo que debía, y oyó por esta falta tempestades de su ama y estuvo á pique de ser despedida por algunas respuestas descaradas que devolvió. Pasó todo el día y la mayor parte de la noche preocupada y luchando con el recuerdo de los consejos de su padre, con el de los augurios de la adivina y con el de las proposiciones de doña Rosaura. Á veces temía algo que no veía claro, y medio se decidía á no asistir á la cita; pero las raras coincidencias de la víspera, aquellas promesas de fortuna hechas por la monstruosa vieja y puestas por la otra mujer á dos dedos de la realidad, no eran para desechadas sin levantar antes por lo menos la punta del velo misterioso. Durmióse, pues, en estas reflexiones, amaneció el día siguiente, llegó la una de la tarde, comieron sus amos á las dos y media, fregó la vasija, vistióse lo mejor que pudo á las tres, y á las cuatro en punto se hallaba en la Plaza de la Verdura saludando á doña Rosaura, á cuyo lado marchó en seguida por la calle de Atarazanas adelante, y llegaron á la Cuesta del Hospital... y se eclipsaron en una de sus afluentes callejuelas.
V
Aquí hay un paréntesis de algunas horas. Fonsa no vuelve á presentarse en escena, en la escena que nos es lícito contemplar, hasta muy entrada la noche. Entonces se la vió, á la escasa luz de los faroles, caminar calle abajo hecha una exhalación, tomar por el Arco de la Reina, entrar por Puerta-la-Sierra en la calle de San Francisco y llegar al portal de su casa. Gruñendo como una jabalina, recibió de su ama la advertencia de que al día siguiente sería despedida, supuesto que sus faltas, lejos de corregirse, iban haciéndose más graves cada vez; dirigióse rápida á su alcoba; rompió un cristal de la puerta al cerrarla con furia; cambió su traje de gala por el de diario; fué á la cocina y se empeñó en avivar el fuego del hogar vertiendo agua sobre los tizones, y sazonó las alubias con azúcar y echó media libra de pimentón en la compota. Al conocer tanta torpeza, se tiró de los pelos, lloró de coraje y maldijo en sus adentros á la adivina, á doña Rosaura y á la picara que se las había dado á conocer. Porque es de advertir que Fonsa, á pesar de su roma inteligencia, había empezado á sospechar que era la víctima de una infame combinación preparada contra ella; siendo lo peor del lance que ya no podía retroceder, porque en ciertas situaciones, como al borde de un abismo, el primer paso decide la caída, y Fonsa acababa de darle corriendo ciega tras la confirmación de las risueñas profecías.
En vano buscó más tarde un poco de tranquilidad entre las dulzuras del sueño; este caballerito sólo dispensa sus favores á los muy felices ó á los muy perdidos, y Fonsa, aunque no pertenecía al grupo de los segundos, estaba aquella noche muy lejos de ser de los primeros. Así es que se la pasó en claro, batallando sin cesar con sus recuerdos y, sobre todo, con el de los dos pobres viejos que en tanto tenían su acrisolada honradez. Y tal la carcomía y la impresionaba éste, que llegó á ponerse febril. Entonces se le representó la cara del tío Celedonio más avinagrada y más contraída que nunca; vió la mano del viejo campesino levantarse, armada de un palo de acebo, y hasta sintió sobre sus costillas la impresión de un furibundo garrotazo. Aparecíansele también en su delirio la casa de la adivina, y su amiga, y un millar de barajas dispersas, y un señor que la echaba onzas y más onzas sobre el delantal, y el delantal se llenaba de ellas, y caían después por el suelo y nunca acababan de caer, y veía culebras que se convertían en vacas y subían por la cuesta del Hospital detrás de doña Rosaura, que iba vestida de escajos y tenía cabeza de raposa y cola de lagarto; después asomaba un señor por una bocacalle, daba un silbido, se espantaban las vacas y la corneaban á ella, que salía de un portal muy largo, muy largo, muy largo, con vestido de merino de lana y botas de charol; después se quería levantar, y venía su padre con un garrote lleno de nudos y la molía las costillas; luego pasaba la adivina sorbiendo tabaco y royendo un mendrugo, y se comía á su padre de un bocado, y le daba un beso á ella, y de aquel beso salían barajas, barajas, barajas y muchísimas botas de charol que recogía en la falda del vestido; después se ponía á probárselas encima del campanario de su lugar, bajo el cual estaba su rendido novio echándola una copla al son de la bandurria y llorando al mismo tiempo á moco tendido. En esto arreció el viento, zarandeó el campanario y la despidió por los aires. Vuela, vuela, vuela y cae, cae, cae, parecióle haber estado bajando más de tres días, al cabo de los cuales llegó al suelo... y volvió en sí. Restregóse los ojos, vió la luz del crepúsculo de la mañana, orientóse por completo, suspiró con la más negra pena y se levantó.
No bien hubo desempeñado las primeras faenas de su cargo y se desayunó, le puso la señora la cuenta en la mano y la plantó en la escalera. Lloró entonces Fonsa muchas lágrimas, y las lloró con el corazón; pero se abstuvo de implorar misericordia, porque reconoció todas sus culpas y se penetró de que su ama no había de creer en su arrepentimiento.
Una vez en la calle, y puesto que, por entonces, no tenían remedio sus pesares, se dedicó á recorrer tiendas, y compró el suspirado vestido, las anheladas botas y aún algunas prendas más, y todavía le quedó dinero sobrante. En la mañana del día anterior no le hubiera sido posible adquirir ni siquiera el vestido con el saldo de su cuenta. Convengamos en que los pronósticos de la adivina no fueron del todo descabellados.
Con sus nuevas galas en la arquilla, que llevaba consigo, se encaminó á la Plaza de la Verdura, centro obligado de esta clase de gente. Allí encontró, al llegar, á doña Rosaura. Requemósele un poco la sangre á su vista, y aun quiso decirle cuatro frescas; pero tales trazas se dió la caritativa mediadora, que acabó Fonsa por mostrársele muy reconocida... y por aceptar su casa para vivir mientras no hallase colocación.
Entre tanto supo doña Remedios que su recomendada había sido despedida, y avisó inmediatamente á tío Celedonio para que le sirviera de gobierno, añadiéndole que Fonsa no se le había presentado aún á participarla el suceso, lo cual no le daba muy buena espina.
Mientras llegó la carta á la aldea, y lo supo tío Celedonio, y la sacó de la estafeta, y halló quién se la leyera, y le lavó su mujer la camisa fina, y secó ésta, se pasaron ocho días, al cabo de los cuales entró el pobre aldeano en Santander, resuelto á llevarse á su hija á machacar terrones si las disculpas que le diera no le satisfacían completamente.
Dos días antes había sido colocada Fonsa en una casa que le proporcionó su amiga, aquella buena pieza que la llevó á ver á la adivina. Allí la encontró su padre; y aunque le repitió doña Remedios que no la había visto desde que fué despedida y que no le gustaban las noticias que de su comportamiento le había dado la familia á que acababa de servir, como los nuevos amos no le dijeron nada malo de su hija, y como ésta, entre protestas, lágrimas y disculpas, le entregó enterito el saldo de su cuenta, tío Celedonio se dió por muy satisfecho y se volvió á la aldea, creyendo de todo corazón que Fonsa estaba en grande y que nada tenía que temer por ella. Quedóse, pues, otra vez en Santander la temeraria muchachona, libre de la tutela de doña Remedios, y descuidada, por entonces, en cuanto á sospechas y recelos de su familia.
Durante los seis días que vivió con doña Rosaura consiguió ésta hacerla transigir con muchos escrúpulos. Fonsa comprendió al fin qué género de prosperidad era el que le habían dispuesto entre la adivina y sus agentes, y no deliró, como la noche de marras, al conocer tan triste verdad; en una palabra, Fonsa no aceptó su situación sin cierto disgusto, pero se resignó á ella. Doña Rosaura quiso más aún y obró en consecuencia.
No llevaba la inexperta muchacha quince días de servicio en casa de sus nuevos amos, cuando su amiguita le dijo:
--Es preciso, Eldifonsa, que cambies de clase: ya tienes ropas como la más peripuesta y estás afinada que pasmas; tienes que dejar de ser cocinera y tratar de ser _doncella_.
--¡Á güen tiempo te alcuerdas!--respondió Fonsa con una sinceridad admirable.
--Nunca es tarde para eso, chica.
--Vaya un arte de doncella que tengo yo, que ni sé planchar, ni recibir como se debe á las señoras, ni amañarme con toas esas zarandajas del oficio.
--Todo eso se aprende en tres días. Y por de pronto, vas á dejar de ir al _Reganche_ los domingos y te vas á venir conmigo al _Relajo_, para que empieces á tratar gentes de mundo.
--¡Al _Relajo_! ¡Pero si en mi vida he bailao por lo _fino_!
--Ya te enseñarán allí mismo.
_El Relajo_, _El Crimen_, _La Chaqueta al hombro_, _El Infierno_, etc., son otros tantos salones de baile que han gozado, y aún gozan algunos de ellos, gran boga en Santander entre las fregonas más desastradas y los aficionados á este género _desastroso_. Cómo en esos salones se baila y cómo se conduce en ellos la concurrencia, lo dicen bien gráficamente los títulos de las mismas sociedades.