Tipos y paisajes

Part 18

Chapter 184,089 wordsPublic domain

--¿Mis impresiones, eh? Pues le diré á usted.--Me gusta muchísimo la mar, y deben de ser muy provechosos los baños de ola, cuando tanto se recetan; pero les tengo un poquillo de respeto, y, á la verdad, tomándolos en coche los encuentro bastante carillos. Me entusiasma la franqueza que reina en el arenal, donde se olvidan de sus escrúpulos y etiquetas, sexos, condiciones y catigurías; y es de sentir que no se tome en la ciudá alguna parte de este sistema, ya que está probado que cabe de lo bien hasta en las señoras mujeres. Franqueza, sí, señor, franqueza. Éste es el modo de que nos conozcamos á fondo los unos á los otros. Vea usted: yo tenía hasta hoy á las damas por una cosa así... vamos, que hasta el aire las hacía daño; y ahora que las he visto correr descalzas y, como si dijéramos, en camisa por el arenal, echar un párrafo con un amigo en ropas menores, y jugar con las olas como quien juega á los litos, voy creyendo que tienen más correa que nosotros. ¿Y qué me dice usted de lo físico? Es verdad que, por regla general, todas las mujeres pierden en traje de baño; pero también es cierto que la que así nos gusta le asegura á uno de desengaños para toda la vida; como que, hoy por hoy, yo me atrevería á aconsejar á todos los amantes á macha-martillo que, á no estar muy seguros, muy seguros de que al respetive eran rollos de manteca, no se citasen en las olas del Sardinero... ¡Cuidado si las tales olas son enemigas de artificios y mentiras! Dígalo si no la consabida compañera del rincón... ¿pues no se quedó la indina más seca que un espárrago en cuanto se arrimó á la playa sin los ringo-rangos que ahora lleva encima?

--Eso le probará á usted que hay mentiras físicas y morales, dado que el género humano no puede ser perfecto, que son indispensables y hasta meritorias. He aquí por qué yo no perdería la ilusión si encontrase á mi novia en el Sardinero con algunas libras de peso menos de las que yo le había supuesto en el paseo... Y conste que mi opinión no vale para aquéllos que eligen las mujeres por _libras_ y _trapío_, como si fueran toros de lidia.

--Pues mire usted, confieso con toda franqueza que he sido siempre un poco llevado de esa debilidad.

--¿Sí? Pues en ese caso procure usted no frecuentar el Sardinero en época de baños; y sobre todo, báñese usted en él las menos veces que pueda, que si las mujeres azotadas por las olas pierden casi todos sus muchos físicos atractivos, los hombres en idéntica situación... también tenemos que ver.

--Me ha convencido usted: ya no vuelvo al Sardinero.

--Hará usted muy mal. Lo que usted debe hacer es lo que hago yo: no tomar las mujeres _al peso_; de este modo, y pensando siempre en mis propias _flaquezas_, me baño en el Sardinero sin ver las de los demás.

--¡Canario! pues creo que tiene usted razón. Desde mañana me voy á bañar á las olas, y he de tratar de contener este pícaro genio reparón, aunque pase por delante de mí la misma estampa de la muerte.

--Usted me dará las gracias si es firme esa resolución.

--¿Que no?... Vayan á cuenta esos cinco, y abajo, que ya llegamos.

--Tome usted esos diez... y hasta la vista.

[Ilustración]

NOTAS:

[10] Tenga presente el lector que conozca los dos Sardineros de hoy con todos sus accesorios, tan distintos de los que aparecen en este cuadro, que la última edición de él se hizo en 1871.--(N. de la ed. de 1887).

[Ilustración]

IR POR LANA...

I

Nutrida de carnes, sana de color, ancha de caderas, roma de nariz, alta de pecho, alegre de mirada y frisando en los veintidós, Fonsa, hija de un viejo matrimonio cargado de trabajo, de arrugas y privaciones, era quien se llevaba la palma entre todas las mozas de su lugar. Rondábanla por la noche y bailábanla á porfía los domingos en el corro los mozos más gallardos; poníanle arcos de flores á la ventana durante la velada de San Juan, y la hacían, en fin, objeto de cuantas manifestaciones es susceptible la rústica galantería montañesa.

Pero Fonsa no era feliz, á pesar de todo. Su único hermano había marchado á América poco tiempo hacía, y dos amigas y convecinas que servían en Santander, se habían presentado en el pueblo con vestido de _merino de lana_ y botas de charol. Lo primero la tenía en constante esperanza de ser _señora_; lo segundo la hizo reparar más de lo conveniente en que ella aún vestía bayeta y percal, y que, descalza casi siempre, se pasaba lo más del año cavando la tierra y sufriendo la inclemencia del sol y del frío. Por eso se dijo una vez, á su modo, por supuesto: «Mi hermano me ha prometido hacerme una señora principal, pero mañana ú otro día; y de aquí allá, ya hay lugar para morirse de hambre. Yo podía, para entretener mejor el tiempo, irme á servir á Santander, donde dicen mis compañeras que se divierten mucho y comen y se visten bien y trabajan poco».

Y á Fonsa empezó á quitarle el sueño el condenado gusanillo de la ambición, que está haciendo y ha hecho en la Montaña más estragos que el oidium, la epizootia y el cólera juntos.

Los padres de la ilusa muchacha, tan pobres de criterio como de bienes de fortuna, soñaban como ella en riquezas y señoríos, y miraban con repugnancia la escasa tierra que labraban, como si no fuese capaz de prestarles lo necesario para cubrir sus cortísimas necesidades; así fué que, al conocer las pretensiones de Fonsa, en lugar de darle un par de moquetes por atreverse á aspirar á la lana y al charol de sus amigas, sin saber antes cómo lo habían ganado, y á abandonar á los pobres viejos al rigor de los trabajos campestres, superiores á sus ya cansadas fuerzas, aceptaron el plan como una inspiración de Dios, aunque con la condición precisa, porque los viejos eran honrados á carta cabal, de que Fonsa había de entrar á servir en casa conocida y de _prencipios_, donde se mirara por ella con interés.

La aspirante á sirvienta propuso en seguida á sus padres la familia de cierta doña Remedios que pasaba los veranos en aquella aldea, bien para servir en su casa, bien para que le buscase otra de su confianza. Y tan racional pareció la idea de Fonsa á su padre, que en seguida fué éste á la taberna, compró un pliego de papel y se plantó en casa de un mozalbete que tenía en el barrio fama de gran pendolista.

--Vengo--le dijo,--al auto de que me escribas una carta para doña Remedios, la de Santander.

El mozalbete dejó el enorme mazo con que encambaba un rodal, entró en casa, volvió á salir con un tintero de cuerno en la mano, y, puesto de rodillas delante del poyo del portal, escribió sobre el papel que le dió el padre de Fonsa lo siguiente, que éste le dictó rascándose la cabeza:

«Señora doña Remedios:

«Para servir á usté y de toda mi satisfación: sabrá usté primeramente como la mi muchacha y nusotros deseamos que la muchacha pase á servir á casa de usté, ó á persona de la comenencia de usté, porque la muchacha, como usté sabe, es honrá, y nusotros, vamos al decir, y perdone la franqueza, semos muy hombres de bien por mar y por tierra y por el reondel del orbe. Si usté tiene á bien que la muchacha sirva en casa de usté, ó en casa de su comenencia de usté, avisará tan aína como ésta llegue á ojos de usté; y si, pinto el caso, no llegara, avisará tamién pa ver de ponerle otra al mesmo tenor.

«Y con esto no canso más; quédese usté con Dios, y mandar con franqueza. La mujer güena, gracias á Dios.

* * * * *

«PORDATA.--La muchacha es docilita y sofría, está en güenas carnes y es avispá de por suyo; güen genial y mejor voluntá.

«Y no cansando más por ahora, pa servir á usté y finezas á la señora familia, me repito. Y con esto tendrá usté el honor de saber que es su vasallo con respecto y servidumbre y fineza,

«CELIGONIO CALOSTROS».

El pendolista arañó la pared para sacar polvos, cubrió con ellos la carta y la cerró con pan mascado; púsola el sobrescrito, y dándosela al tío Celedonio, llevóla éste á la estafeta del lugar.

Ocho días después contestó doña Remedios diciendo que había encontrado una casa de su confianza, en la cual podía servir Fonsa.

Entonces llamó tío Celedonio á su hija, y la habló en estos términos:--«Á Santander vas á dir, probe sí, pero con muchísima honra. Si sé que te sales de la casa onde te meta doña Remedios, sin el aquél de su permiso, y si, pinto el caso, faltas al respeto á tus amos ó levantas los ojos del suelo cuando te reprendan, malos lichones me jalen si no voy á la ciudá y te traigo á casa entre ceviles. Y si, llevá de malas compañías, faltas al temor de Dios y te das á picos pardos, nuestra Señora de las Angustias te ampare, porque yo te descuartizo».

Oído con respeto este sermón, Fonsa arregló su pequeño equipaje, cerróle en un arca de pino, y con ella sobre la cabeza salió de su pueblo dos días después, acompañada de su madre.

La cual hizo solemne entrega de su hija á doña Remedios, quien, á su vez, entregó la muchacha á la familia á que había de servir.

Volvió á oir Fonsa de boca de su madre el mismo sermón que le echó en el pueblo su padre, y convencida la pobre vieja de que dejaba asegurado el porvenir de su hija, compró un rosco de _vasallón_ y se volvió tranquila á comerle con su marido al amor de los tizones, y á continuar bregando con los terrones y las vacucas.

II

Empezó Fonsa su servicio rompiendo mucha vasija y empleando toda su escasa inteligencia en aprender su modesta, pero transcendental obligación.

Hacía los recados en un periquete, porque le asustaban el ruido y el movimiento de las calles, y en ninguna parte se hallaba tranquila más que en el rincón de la cocina. No quería salir los días de fiesta, porque «no se amañaba» con las diversiones de la ciudad; y recordando los bailes y los cantares de su lugar, se llevaba la tarde suspirando y hasta llorando, acurrucada en el balcón del comedor.

Pasaba la pena negra cada vez que iba á la fuente, porque le pasmaba el extenso semicírculo de criadas que, sentadas sobre sus respectivas _herradas_, esperaban _la vez_ para _coger_. Aquellas mujeres hablaban á gritos, reñían casi siempre entre grotescos ademanes y contorsiones, y no era su más rara ocupación desollar la opinión de sus amos, sacando á relucir secretos sorprendidos á la familia, y no pocas invenciones calumniosas. Según aquel congreso de ingratas y desleales, todas sus amas eran _roñosas_, todos sus _señores_ impertinentes, todos sus _señoritos_ dulces y afables, y todas sus _señoritas_ gazmoñas y fastidiosas. Hablaban el _pejino_, es decir, con el tonillo acentuado característico del pueblo bajo de Santander; y hasta la peor ataviada de todas ellas vestía _casabeca_, aunque muy sucia, y tenía el pelo en rodete. Fonsa, con el acento de su lugar, había dicho, aludiendo al botijo que tenía en la mano, que llevaba media hora esperando y que _tuvía_ estaba _vacía_. Estas expresiones valieron á la pobre muchacha una rechifla espantosa, haciéndole saber, para en adelante, algunas fregonas compasivas, que debió haber dicho «_entodavía_ está _vacido_». También la advirtieron que el nombre de Fonsa era _aldeano_, y que en la ciudad se decía _Eldifonsa_. Todo esto, más la circunstancia de andar la sencilla moza con justillo y en mangas de camisa y gastar el pelo en moño, había hecho que la llamasen sus colegas de la fuente _arlotona_ y _ordinaria_. Por supuesto que las cultas fregatrices eran, sin excepción, tan aldeanas como Fonsa; pero llevaban algún tiempo más que ella en la ciudad, y bien sabido es que no hay peor cuña que la de la misma madera.

Cuando la hija del pobre Celigonio Calostros se retiraba á casa con la herrada en la cabeza, al paso que bendecía á Dios porque, según las trazas, le había procurado para servir la _única_ familia buena que había en Santander, suspiraba de pena al considerar todo lo que tenía que aprender para colocarse á la altura de sus correctoras de estilo.

Así se pasó algún tiempo.

Poco á poco la rolliza aldeana fué perdiendo la corteza que obscurecía el claro color natural de su cara; la esmerada y nutritiva alimentación que le daban en casa de sus amos redondeábala más y más cada día; se ajustaba con todas sus fuerzas la cintura y estudiaba con cuidado el modo de vestir de sus _comprofesoras_ para cuando sus medios le permitiesen adquirir el anhelado traje de lana y las botas de charol. Sus dos paisanas le decían que estaba ya más vistosa que en la aldea, y que se iba afinando.

Un día, al volver de la fuente, se le acercó un joven chupando un puro de á cuarto y vestido con el traje de estos artesanos, es decir, heterogéneo en sus piezas, pero poco limpio.

--¿Necesita usted, prenda--dijo á Fonsa mirándola con terneza,--que la ayuden á llevar la herrada?

--¿Qué se le importa al demontres del?...--respondió la interpelada con acento y gesto más duros que los aros de su herrada.

--No se ofenda usted, buena moza, que lo pregunto con el corazón más tierno y la más fina voluntad.

--Que le digo que me deje en paz y no me prevoque... ¡Cuidao que tien que ver!

--Repito, joven, que no quiero faltarla á usted, porque sépase usted que no es ésta la primera vez que mis ojos se han quedado ciegos al ver los resplandores de ese cuerpecito tirano.

--Sí, sí; mucho de palique, y aticuenta que ná.

--Este palique se prueba si se agradece.

--¡Bah, bah! Quítese dáy y no me consuma la pacencia, que tengo más cacer coir esas pampirolás del diañu. No ¡pus si una juera á hacer caso de to lo que la ladran á la oreja!...

--Me parece que cuando uno viene con honradez...

--¡Como no venga!

--¿Y por qué no, morena?

--Morena ó no morena, Fonsa Calostros me llamo con toa la honra de la honría más relumbrante... y si me tomó el sol y no soy tan blanca como las de la ciudá, sallando maíces fué en la mies de mi lugar... ¡Ésta sí que me gusta!... Pus pué que se le figure al birriagas de ese hombre que yo tengo á menos el ser morena!

--Si algo he dicho que la ofenda, perdonar la falta, que de buena intención fué la palabra. Pero sepa usted, _Alifonsa_, que ahora que sé cómo usted se llama, siento que la miro con mucha mayor estimación.

--¡Otra que te vas! Como si fuera á pasarme el deo con esa compresación... ¡Ea, no se arrime tanto!

--No merece usted que se la quiera.

--Ni falta que me hace, pa que usté lo sepa.

--Es usted una ingrata.

--Y usté un lenguatón mal enseñao.

--Ya se arrepentirá usted algún día de haber recibido tan mal mis finezas.

--¡Ya me voy arrepintiendo! Pus si yo juera á creer... ¡Madre de mi corazón! Valiérame más un cólico cerrao que me llevara en un periquete. Güenos son los hombres de la ciudá, trapaceros y embusterones.

--En la ciudad hay de todo, Alifonsa; y aunque me esté mal el decirlo, soy un artesano honrado que sabe obsequiar finamente á una joven tan interesante como usted.

--De manera es que como una no debe, vamos al decir, corresponder al respetive de lo primero que la cantan...

--Por eso yo la pido á usted su correspondencia para cuando mis finos obsequios la prueben que no he querido engañarla.

--Eso ya es otra cosa... Velay. Ya espienzo yo ahora á cogerle un poco de ley, siquiera por el aquél de la formalidá.

--En cuanto á lo demás, aquí me tiene usted; y creo que, mejorando lo presente, no soy del todo mal personal.

--Tocante á eso, hijo del alma, no hay una mujer menos reparona que _Lifonsa_; y aunque fuera más feo de lo que es...

--No creo que lo soy tanto, Alifonsa.

--Vamos al decir, que es usté chumpao de cara, y tiene así un demontres de bocico de juriacagüevos; y dimpués es mal empernao de patas y malaspenas acanza á la talla... Pero, como yo digo cancia mí: sea el hombre honrao, que lo demás no vale dos anfileres.

--¿Es decir, no dándome por ofendido de la semelitura que acaba usted de hacer de mi personal, que usted corresponde á mis finezas?

--¡Cá! _Entodavía_ no.

--Pero á lo menos no me negará usted su conversación cuando se la pida.

--Tocante á eso... puei que no... Y mire, no me jeringue más, que pasucu á pasucu hemos allegao al portal de mi casa, y puei que la señora nos haiga echao ya el ojo.

--Entonces no canso más. ¿Y se puede saber en qué piso sirve usted?

--En el segundo.

--Pues ahora me retiro satisfecho... Por supuesto, con la condición de...

--¿Condición y tou, eh? Pusándese con chunfleterías así, y verá si le echo encima toa el agua de la herrá y le hago dirse echando centellas.

--Vamos, no he dicho nada entonces. Quedar con Dios hasta... ¿hasta cuándo?

--Hasta que me dé á mí la gana.

--Corriente, y no hay que ofenderse, Alifonsa. Conque, _á más ver_.

Y tras esto se separaron Fonsa y su cortejante. Fonsa, bufando como una gata montés, subió las escaleras de su casa; su derretido galán siguió calle adelante, recorrió otras muchas y no se detuvo hasta que encontró al _ciego de la bandurria_. En Santander hay siempre un ciego que toca admirablemente este instrumento, y una mujer que le sirve de guía y le acompaña además con la guitarra.

--Á las nueve en punto en la calle de San Francisco,--dijo al ciego lacónicamente el mozo que le buscaba.

--No puede ser á las nueve: tengo una boda á esa hora.

--Pues á las ocho y media.

--Corriente. ¿Serenata ó paseo?

--Serenata.

--¿Cómo se llama?

--Alifonsa.

--¿Doncella, zagala ó cocinera?

--Cocinera.

--¿En qué piso?

--En el segundo.

--Está bien.

--Ahí va real y medio.

--No doy yo serenatas por menos de media peseta.

--No hace cuatro días la has dado por diez cuartos.

--Es que se ha subido el pan de entonces acá. Además, el nombre de aquélla era María.

--¿Y qué?

--Que casi todas las coplas las tengo arregladas á él por ser el más corriente; y las que no, se amañan en seguida digiendo Mariquita, ó Mariuca ú otra cosa así. Créelo, es nombre muy socorrido. Al paso que Alifonsa... Vamos, te aseguro que tengo que hacer las coplas casi que de nuevo.

--Todo eso es pantomina y floreo para dorar la píndola; pero como yo no soy hombre que dejo de hacer una fineza por una insinificanza más ó menos, ahí van los dos reales.

--Salú te dé Dios. ¿Y has de ir tú conmigo?

--Pues claro: enfrente de su portal te esperaré: allí me verá ésta.

--No hay necesidá de que te vea, porque yo, en cuanto doble la esquina, empiezo á echar el _pasacalle_, y ya me sentirás para decirme dónde han de ser los cantares. Conque vete descuidado.

--Pues adiós.

--Adiós.

Aquella misma noche, mientras Fonsa fregaba una cacerola, se dejó oir en la calle, al son de una bandurria bien tañida, este cantar entonado á dúo por las voces de un hombre y de una mujer:

«En este piso segundo vive la reina tirana de un corazón que la adora y estos cantares la manda».

Fonsa siguió fregando. Pero á este cantar siguió este otro:

«Alifonsa de mi vida, prenda de mi corazón asómate á la ventana, que debajo espero yo».

El cual cantar dió á entender á Fonsa que si la música no iba con ella, le faltaba muy poco. Otras dos coplas, en las que entraba también el nombre de Alifonsa, persuadieron á ésta de que á nadie más que á ella se dirigía el obsequio. Entonces abrió el balcón de la cocina, se asomó á él y vió, á la luz de una cerilla que encendieron en la calle, la cara de su cortejante; y aunque esta nueva circunstancia no le dejaba la menor duda del objeto de la serenata, el siguiente cantar que se oyó abajo al asomarse ella al antepecho, acabó de confirmarlo:

«Emperatriz de las Indias quisiera nombrarla yo á la hermosa cocinera que se ha asomado al balcón».

Fuése que empezaban á hacer alguna mella en el pecho cerril de Fonsa las finezas de su adorador, ó bien que la música por sí sola la fascinase, lo cierto es que la obsequiada mocetona se estuvo al balcón cerca de media hora escuchando la serenata.

Cuando se retiró de él, después de oir el último cantar, se encontró con que se le había _resquemado_ la cena, con que lo había olido la señora y con que ésta la estaba llamando á gritos diez minutos hacía. Semejante falta fué la primera que cometió Fonsa en casa de sus amos, y también la primera que oyó en ella la dura reprensión que le echó la señora.

Aquella noche durmió muy mal entre los recuerdos de la serenata y los de la subsiguiente reprimenda: los primeros le sabían á miel; pero los segundos le hacían dar en la cama cada revolcón que temblaba la casa.

III

Pasó más tiempo.

Durante él habló Fonsa varias veces con su atento obsequiante, ó mejor dicho, novio; perdió el miedo que le causaban antes la gente y el bullicio de la calle y las pejinas de la fuente; adquirió, por regalo de su señora, una _casabeca_, y por anticipo sobre su soldada, un vestido de percal rameado y unas botas de lienzo de color de tórtola con trencillas verdes; bailó cuatro tardes en el _Reganche_; adquirió algunas amigas íntimas entre aquellas mismas criadas veteranas que tanto respeto la infundían al principio, y se convenció de que, á pesar de sus remilgos y casabecas, eran tan bestias como ella; aprendió en su escuela á reirse á gritos sin saber de qué, y á estarse una hora, con la herrada llena sobre la cabeza, diciendo tonterías á otra que tal en medio de la acera; fué tres veces tarde á casa, y llevó por estas tres faltas graves tres sermones en tiple de la señora; volvió á ésta tres respuestas nada reverentes, y por la última de ellas fué conminada con la pena de ser puesta de patitas en la calle si reincidía en semejante falta; habló con sus amigas de este asunto, y quedó convencida de que su ama era gruñona, y además roñosa, porque le trancaba los garbanzos, el azúcar y el chocolate; se atrevió á buscar dos veces casa sin el consentimiento de su familia; se permitió algunas burlas de las aldeanas que llegaban á servir á la ciudad en las mismas condiciones en que había llegado ella poco antes; trocó su aire antiguo de marcha, rígido y empinado como el mango de una escoba, por un exagerado contoneo; soltó el moño tradicional de su recia cabellera para reemplazarle por el moderno rodete, y fijó bien en la memoria las palabras _abuja_, _endimpués_, _bujero_, _cudiado_, _sastinfecho_, _bolpe_, _juegar_ y otras por el estilo del lenguaje fino fregonil, y algunas muletillas de igual procedencia, como _¡Ya baja! ¡Á la vuelta lo venden tinto! ¡Cómo no, morena!... Soy de Orozco y no te conozco_, las cuales encajaba á cada momento, pegasen ó no pegasen; y con todos estos adelantos se creyó completamente cepillada y pulida, pero no satisfecha, porque aún no tenía lo que más ambicionaba en la tierra: botas de charol y vestido de merino de lana.

Llegó en esto el día del Santo patrono de su pueblo, y obtuvo permiso de su ama para ir á pasar la fiesta con su familia. Presentóse entre sus antiguas relaciones con aire de taco y, como el jándalo famoso del rastrillo, alardeó de haber olvidado hasta el nombre de los más comunes aperos de labranza, como si hiciera siglos que los había perdido de vista; chilló como una perra apedreada cada vez que tuvo que saltar un charco, y aparentó, brincando con muchos dengues de morrillo en morrillo, no saber andar ya por las callejas; se compadeció de los _enfelices_ que tenían que pasar la vida destripando terrones y comiendo borona; se desdeñó de bailar el _periquín_ en la romería, pretextando que ya no sabía más que _al punteao_ de la ciudad; reprendió á cuantas personas la llamaban Fonsa, advirtiéndoles que debían decir Eldifonsa; llamó á su vez _Celipas_ y _Enestasias_ á las llamadas Lipas y Tanasias, y volvió á salir de su pueblo á las treinta y seis horas de haber entrado en él, dejando medio duro á su padre y asegurando á las amigas de quienes se dignó despedirse que le _repuznaba_ la _ordinariez_ de la aldea.

Otra vez en Santander, continuó progresando en la escuela fregonil y adquiriendo cada día una nueva amistad en fuentes y plazuelas, haciéndose más y más susceptible á las reprensiones de su ama y dándole á cada hora un nuevo motivo de enojo.